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martes, 25 de junio de 2013

Crónicas del hombre de acero, primera parte

Antes de comenzar quiero dejar algo muy claro: nunca he sido un gran aficionado de Supermán. Quienes medianamente han seguido mi trayectoria saben que lo mío –lo mío- es Batman. Y el murciélago, uno de los héroes más interesantes por su humanidad y trágico pasado, nunca ha ocultado su desprecio por él, por más que se haya ganado su respeto y formen parte de una agrupación. Le dice “el boy scout”. Para mi la creación de Joe Shuster y Jerry Siegel fue concebida como un símbolo de Estados Unidos, defensor estricto del american way of life, que a pesar de proceder de otro planeta llevaba en su uniforme los colores del imperio. “Dios existe, y es estadounidense”, decía Alan Moore sobre su versión del personaje –el Dr. Manhattan- que hoy ocupa mi atención. El asesino Bill (David Carradine), en el díptico dirigido por Quentin Tarantino, resume bien su naturaleza: “Supermán no necesita una máscara. Clark Kent es su verdadero disfraz, con su actitud tímida, su traje de tres piezas y sus anteojos. Su verdadera identidad es la del héroe. Incluso su capa es la manta que lo arropó en su viaje a la tierra”. “¡Demonios! ¡Ninguno de los que le rodean se da cuenta! ¿Están todos ciegos?”, pensaba todo el tiempo desde mi niñez. Sus aventuras, divertidas, ingenuas y optimistas, estaban siempre marcadas por un sesgo tajante entre el “bien” y el “mal”, sin cabida para los grises tan normales de la vida real. De la misma manera que sus precursores clásicos, Supermán surgió del matrimonio del cielo y la tierra. Como el Mesías de cualquier religión, Supermán tiene un padre terrenal (el Sr. Kent, de Smallville) y uno celestial (Jor-El, de Kriptón). El dios Loki (Tom Hiddlestone) resume bien su posición. “Yo no tengo conflictos con ustedes, como una hormiga no tiene conflictos con una bota”. Curiosamente es su omnipotencia la que lo aleja del resto de los mortales. Ahí la necesidad de una kriptonita que lo haga vulnerable. Pero por sobre todas las cosas estaban su buen humor, bondad y buena voluntad para con sus protegidos. Detenía por igual a asaltabancos, terroristas, catástrofes naturales, amenazas extraterrestres y se daba tiempo para rescatar gatitos atrapados en lo alto de un árbol. Al final eso y su naturaleza imperialista me hicieron repelerlo. En retrospectiva, veo que ese es un juicio severo. Como otros héroes de su era defendió valores tan necesarios para las personas durante tiempos oscuros –la Segunda Guerra Mundial- y sirvió de vehículo propagandístico e ideologizante como el Capitán América. Y él no me caía –no me cae- tan mal. Sus inevitables saltos a otras expresiones artísticas hicieron eco de esto, desde los populares seriales radiofónicos, los cortometrajes que estelarizó, las caricaturas de los estudios Fleischer, su paso a la televisión –con el trágico George Reeves-, al cine y los videojuegos. Todos son temas de la discusión más amplia. Vean por ejemplo a la exitosa película –y sus inevitables continuaciones- protagonizada por Christopher Reeve, a la que más se liga al personaje. Su tono ligero –cómico en más de una ocasión- no da cabida a la seriedad. La gente piensa que así debe ser el héroe. Ese fue el principal error que cometió el cineasta Bryan Singer en Supermán regresa (2006): repetir estilísticamente –incluido su colorido disfraz y la partitura de John Williams- lo iniciado por Richard Donner en 1978. No puede llevarse a otros medios, al pie de la letra, lo propuesto en las páginas del cómic. Un buen planteamiento, como nos enseñó el propio Singer en Hombres X y Christopher Nolan en su reinvención de Batman –al menos e sus dos primeras películas-, exige llevar sus aventuras convincentemente a la realidad, trasladar su universo al nuestro. Esa tendencia es criticada por muchos, porque humaniza a titanes. Aunque admiramos sus proezas, creo que es el lado humano lo que los acerca a nosotros. La tendencia parece hacerlos más oscuros, agregar un poco de tintura negra a sus ropas y esencia. Eso fue lo que me hizo respetar al huérfano de Kriptón por primera vez. Su posición y méritos son incuestionables. Permitió la prosperidad y evolución del noveno arte y nos marcó culturalmente. Si él no existiría Batman o el Hombre Araña. En el mes de junio que transcurre cumple sus primeros 75 años de vida, porque estoy seguro nos sucederá a todos. Que el estudio que detenta sus derechos fílmicos y se ha beneficiado de él por varias décadas, Warner Brothers, haya decidido relanzarlo para celebrar la ocasión, con tal vigor y calidad, me pareció apropiado y justo. Esa es la forma en que los mitos cobran nueva vida y aseguran su vigencia. Pero sobre eso platicaré en breve.  

sábado, 15 de junio de 2013

Una muy breve reflexión sobre el Día del Padre

En prácticamente todos los países del mundo, siempre con un carácter secundario e inminentemente comercial, se celebra el Día del Padre el tercer domingo del mes de junio. Culturalmente, no suele rendirse a éstos la misma veneración que a la figura materna. Los restaurantes no están llenos al tope de su capacidad, al igual que los centros comerciales. Tampoco se registra la misma venta de arreglos florales ni de tarjetas de felicitación. El lazo con nuestras progenitoras suele ser –en el mayor de los casos- más estrecho, pero creo que es justo que le rindamos a la otra parte de la ecuación el reconocimiento que se merece. Si bien en la ficción podemos recordar madres notables, como la célebre Sra. Bates de Psicosis, recordemos a padres dignos de mención. Comencemos por el filósofo natural Víctor Frankenstein, que fue incapaz de lidiar con las consecuencias de sus anhelos creadores. “¿Cómo expresar mi sensación ante esta catástrofe, o describir el engendro que con tanto esfuerzo e infinito trabajo había creado?”, dijo el progenitor novicio al contemplar a su engendro. La novela que Mary Shelley escribió en 1818 es, en esencia, un relato de paternidad responsable. La metáfora que propone se mantiene vigente para estudiar las consecuencias nefastas de nuestra soberbia e inmadurez, desde los estragos que hemos propiciado en nuestro medio ambiente hasta el terrorismo mundial. ¿Qué fue Osama Bin Laden sino una criatura de Frankenstein que salió del control de su creador, el Gobierno de los Estados Unidos? Siempre me hace recordar al androide Roy Batty (Rutger Hauer) y su “amoroso” reencuentro con su “padre” Eldon Tyrell (Joe Turkel) en la joya que Ridley Scott dirigió en 1982, Blade Runner. Pero no nos desviemos. Sobre la paternidad, ejemplos abundan. Muchos monstruos clásicos le entraron al juego (La hija de Drácula, El hijo de Frankentein, El hijo de la mosca, El hijo de Kong, El hijo de Godzilla), al igual que otros más recientes, del ogro Shrek a Hellboy. Hasta el Hombre Araña y Supermán se suman a ese selecto club. Pero el más memorable de los papás siempre será Anakin Skywalker, mejor conocido como Darth Vader. La revelación que hace a su mutilado hijo Luke (Mark Hamill) en El Imperio contraataca (Irvin Kershner, 1980) es uno de los momentos más recordados de la cinematografía occidental. “Luke, yo soy tu padre”. Una tragedia griega en toda la extensión. 

miércoles, 4 de mayo de 2011

¿La tercera dimensión es el futuro del cine?

Esta fue la afirmación que recientemente hizo George Lucas, cineasta al que debemos la hoy sobre explotada saga que inició con La Guerra de las Galaxias (1977). El dicho de este importante empresario/artista hizo que me preguntara cuánta razón tiene. Nunca he sido entusiasta de la tercera dimensión –o 3D-, técnica inventada en los años cincuenta y popular por momentos desde entonces. Parece que en nuestros días se ha convertido en un negocio que los grandes estudios desean capitalizar a través de cintas hechas parcial y totalmente en este formato, así como mediante la traslación de películas ya estrenadas a la técnica –El extraño mundo de Jack, Toy Story y la serie completa de La Guerra de las Galaxias, por ejemplo-. Lo cierto es que no se ha puesto al servicio de la historia que se narra. Quizá algunos trataron de esquivar el pico que el vengativo minero lanzó a sus víctimas y se incrustó en un parabrisas en Sangriento San Valentín 3D (Patrick Lussier, 2009), y algunas escenas de Alicia en el país de las maravillas (Tim Burton, 2010) son delirantes. Pero todo el efecto que causa es fugaz y momentáneo. Se reduce a un deslumbrante estímulo visual. En la década de los sesenta William Castle fue reconocido por emplear esqueletos flotantes, dispositivos eléctricos y sabandijas que recorrían los pasillos entre las butacas de las salas de cine para reforzar el efecto horrorífico que causaban las imágenes que los espectadores contemplaban en la pantalla –estos trucos fueron nombrados gimmicks-. Quiero creer que la tercera dimensión puede conseguir algo similar y ofrecer algo más que el pene cercenado del remake de Piraña (Alexandre Aja, 2010) o los anteojos que el malvado presidente Wesker (Shawn Roberts) lanza a sus adversarios en Resident evil: resurrección (Paul W. S. Anderson, 2010).
Me gustaría conocer su opinión, así que el espacio está abierto.

jueves, 22 de julio de 2010

Los remakes y la vejez

Cada generación tiene el derecho de reinventar a sus clásicos. Esta es a la vez su obligación, y nos ha entregado maravillosas e incontables reelaboraciones de obras clásicas de William Shakespeare, Joseph Conrad, Henry James o Arthur Conan Doyle. Desafortunadamente, en nuestra época el remake, –en el anglicismo original- se ha erigido como un signo de desgaste para los creativos, una falta de valor para experimentar con nuevas historias, “apostar por el caballo ganador”. También es señal inequívoca de nuestra propia vejez. Uno se vuelve conciente de su edad cuando comienzan a hacerse remakes de las películas que disfrutamos cuando niños. Acaba de estrenarse una nueva versión de Pesadilla en la calle Elm (aunque en el corazón de todos los aficionados siempre será Pesadilla en la calle del infierno), la cual conocí en su forma original en 1984 cuando tenía 11 tiernos años.

Este es el inicio de mi primera colaboración para la revista Eje central, donde elaboro una clasificación de los remakes cinematográficos. Pueden conseguir la publicación en su Samborns favorito. Comparto este avance con ustedes luego de ver, por culpa mis compañeros de trabajo, la reelaboración de un clásico de los años ochenta, El Karate Kid. Al terminar sólo pude pensar dos cosas: Jackie Chan no es Pat Morita y éste último debe estar revolcándose en su tumba.
El tema de los remakes y el debate sobre su validez será motivo de otra entrada de este blog.

domingo, 18 de octubre de 2009

Sorprenden 'zombies' al DF

Alberto Cuenca
Domingo 18 de octubre de 2009
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De los cuerpos y de la boca de algunos goteaba sangre fresca que simulaban haber tomado de la última víctima.
Casi todos dejaban ver llagas en la piel descompuesta, o pústulas a las que les faltaba poco para reventar.
Con ellos venían niños que, como los adultos, exhibían las huellas de la decadencia en los ojos, en el color de la piel y en sus ropas.
Caminaron así por las calles del Centro Histórico, enfilándose hacia el Zócalo capitalino como lo hacen muchas otras marchas.
Pero esta no era una manifestación contra la desaparición de Luz y Fuerza del Centro; no demandaban vivienda y mucho menos exigían que una comisión fuera recibida por autoridades.
El contingente avanzaba lentamente por avenida Juárez. "A paso zombie, caminemos a paso zombie", decían ellos mismos, aunque cuando pasaban frente a un bar o restaurante se abalanzaban presurosos sobre los capitalinos que los miraban sorprendidos detrás del cristal.
Frente a la Alameda Central, el paisaje de un tradicional fin de semana se vio interrumpido por unos 300 muertos vivientes que conmemoraron la tercera edición de la "marcha zombie" en el Distrito Federal.
Disfrazados, maquillados, algunos con máscaras y ropas desgarradas, jóvenes de las diferentes subculturas y tribus urbanas caminaron del Monumento a la Revolución hacia el Zócalo capitalino, como parte de un evento a través del cual se le rinde tributo al género de terror, en particular a la cultura zombie e inspirados por películas como la Noche de los Muertos Vivientes y Resident Evil.
Así, le rinden también homenaje al director, escritor y actor de cine estadounidense, creador del arquetipo zombie, George A. Romero.
"La marcha zombie es una crítica de la realidad actual, donde el zombie refleja la deshumanización de la sociedad, la falta de valores y la masa consumista en la que nos hemos vuelto" , decía el zombie líder y organizador de esta marcha.
La primera marcha zombie se realizó en agosto de 2001 en Sacramento California, pero actualmente se realizan manifestaciones de este tipo en Amsterdam, Atlanta, Detroit, Londres, Sao Paolo, entre muchas otras ciudades de América y Europa.
Lo cierto es que este sábado al mediodía, en su camino hacia el Centro Histórico, la marcha zombie convocaba a la diversión, porque los jóvenes que participaban jugueteaban entre ellos y con la gente los observaba. Con un ánimo desenfadado estos zombies tomaban iconos, símbolos y aspectos de la realidad actual para expresarse, como cartulinas en las que se leía: "Jesucristo regresó de la muerte. Era zombie" o "Esto no es influenza, es el virus T" en referencia a la trama de la película Resident Evil.