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lunes, 21 de abril de 2014

Dos veces maníaco

Regreso a ti, adorado blog–e igualmente queridos lectores- luego de casi un mes de ausencia. Y lo hago con un tema muy en deuda con mi reciente experiencia tapatía.
Son muchos los aciertos de la no suficientemente difundida reelaboración de Maniac (2012), tercer largometraje del francés Franck Khalfoun. Primeramente cuenta con un respetuoso e inteligente guión de Alexandre Aja, Grégory Levasseur y C.A. Rosenberg, que parte de la película de culto del mismo nombre, dirigida en 1980 por William Lustig y escrita y protagonizada por Joe Spinell, joya prohibida en los estantes de los videoclubes de mi niñez. Ahora el papel del asesino serial Frank Zito es heredado por Elijah Wood, cuya cara de niño bueno es diametralmente opuesta a la de su antecesor Spinell. Esa es una cualidad que los realizadores aprovecharon muy bien, tal como lo anticipó Alfred Hitchcock al elegir a Anthony Perkins para interpretar al desquiciado Norman Bates en 1960 –ya saben en dónde-. El monstruo más terrible es el que se parece a nosotros, el que vive en la puerta de al lado, el que no da motivos para desconfiar de sus intenciones. Al menos así sucedió a muchas de las víctimas de Ted Bundy o Jeffrey Dahmer, con nefastos resultados. Pero las de ellos son otras historias de horror que he tratado en otros espacios.
Bajo su máscara de sanidad, Zito esconde un pasado perturbador revelado a través de los ojos del homicida: la cinta –casi en su totalidad- se nos presenta en cámara subjetiva. La propositiva puesta en escena permite que los espectadores calcen los zapatos del criminal. Sólo vemos a Elijah cuando camina frente a ventanales, en espejos retrovisores u otras superficies reflejantes, lo cual es un alarde de técnica narrativa del cinefotógrafo Maxime Alexandre, cuyo estilo apreciamos desde su cartel promocional. Luego está la lóbrega partitura del músico francés Robin Coudert, quien firma sus obras simplemente como Rob. Todo adereza a la perfección secuencias sanguinolentas, que no escatiman en mostrar a nuestro “héroe” ejerciendo su oficio: rebanar gargantas y escalpar a inocentes damiselas.

Pero lo mejor, insisto, es Wood, con su aspecto casi frágil, inocente y bondadoso que acotó desde muy temprana edad en su debut fílmico e ineludiblemente relacionamos con su Frodo Bolzón en la trilogía El Señor de los Anillos (Peter Jackson, 2001-2003) pese a que ya lo vimos como el sádico Kevin en La ciudad del pecado (Robert Rodríguez y Frank Miller, 2005). Ya desde ahí demostró que podía dar miedo. 

viernes, 14 de marzo de 2014

Renuencia a los remakes, capítulo 2, o el extraño caso del nuevo RoboCop

Han pasado cuatro semanas desde su estreno comercial, así que la distancia me permite hablar de ella con más libertad. Hay que vencer los prejuicios para disfrutar la reelaboración de RoboCop (José Padilha, 2014). Expresé previamente mis preocupaciones, pero afortunadamente el resultado rebasó mis expectativas. Me encontré ante un remake que disfruté enormemente y se ajusta a lo que comenté ayer. Sobre todo respeta elementos que distinguieron a su versión original, dirigida por el holandés Paul Verhoeven en 1987. Hice en su momento una verdadera súplica a los Reyes Magos: “lo que más deseo es que el espíritu crítico de su primera versión prevalezca: la violencia que sobrepasa las capacidades gubernamentales para enfrentarla, la privatización de las instituciones policíacas, la codicia empresarial, los límites de los avances científicos, el poder de los medios de comunicación, la cosificación del individuo, la pérdida de la identidad y, sobre todo, el triunfo de la condición humana”.
En el año 2028, la Policía del Mundo (el gobierno de Estados Unidos) impone la paz con ayuda de la poco escrupulosa OmniCorp, una transnacional que provee a su ejército de la más impresionante tecnología armamentística (incluido el monstruoso y brutal ED-209). No puede hacer esto en su propia casa pese al apoyo de políticos y del incendiario Patrick Novak (Samuel L. Jackson), conductor de un popular programa de “serio periodismo de investigación”. El propietario del conglomerado Raymond Sellars (Michael Keaton), una suerte de Steve Jobs, identifica la tecnofobia de la opinión pública de su país y decide colocar a un humano dentro de sus máquinas. Entra en escena Alex Murphy (Joel Kinnaman), amoroso esposo y padre de familia quien ostenta ahora un grado de Detective y presta sus servicios en el muy corrupto Departamento de Policía de Detroit. Tras un atentado casi fatal, con ayuda del genio Dr. Dennett Norton (Gary Oldman) e instigado por Sellars, ingresa a un programa que cambiará su vida –o no vida- y lo convertirá en un instrumento supremo de justicia. Uno “pintado de negro”, como resuelve su creador.
Todo está ahí, insisto. Incluso el ruido se los servomotores del héroe y el retumbar del piso cuando camina (a pesar de su diseño aerodinámico). El guión de Joshua Zetumer se permite realizar adiciones notables, como la que tiene que ver con la tecnología de las prótesis ortopédicas en la era del corredor con piernas de titanio –y presunto homicida- Oscar Pistorius. O qué decir del poco amable estratega de combate Rick Mattox (Jackie Earle Haley), entrenador y enemigo de nuestro héroe mecánico. Y ese remate con “I fought the law and the law won”, la pegajosa canción del grupo de punk británico The Clash. En lo personal adoré la puesta en escena, con una muy buena fotografía del brasileño Lula Carvalho, que por momentos se acerca al documental, y los deslumbrantes efectos visuales de Legacy Effects, que dan una nueva dimensión a la tragedia de Murphy.

Al final, lo más importante para sus distribuidores la Metro-Goldwyn-Mayer y Columbia Pictures: trae con vigor a una redituable creación a un nuevo público y abre las puertas al renacimiento de una franquicia. Y no podemos culparlos. El cine de nuestros días es una forma de entretenimiento –a veces de arte-, pero sobre todo un negocio millonario. Esto hace evidente que los nuevos días de RoboCop apenas comienzan.

jueves, 13 de marzo de 2014

Renuencia a los remakes

Regreso al viejo tema de los remakes (uso deliberadamente el anglicismo, pues casi todos lo aceptan). También los llaman, en la era de la corrección política, reelaboraciones. Coloquial y despectivamente, refritos. Este último calificativo tiene base en nuestra renuencia a aceptarlos, cosa parcialmente comprensible. Tendemos a formarnos un criterio en base a la experiencia, y de ésta hemos aprendido que muchos suelen ser malos, terribles e irrespetuosos con la obra que los origina. Esto es ultrajante. Más cuando se realizan con un propósito meramente comercial. Pero de eso ya he hablado en el pasado. Quiero defender a las minorías, porque no todos merecen ser menospreciados simplemente por tratarse de una nueva versión de una historia que conocimos y admiramos. Tomemos el caso de Drácula. Hacerlo sería descalificar el trabajo que Gary Oldman hizo en 1992, o la actuación de Sir Christopher Lee en 1957 y colocarlos por debajo de la interpretación de Bela Lugosi de 1931. Todos son vampiros memorables, con maíces distintos y que se colocan dignamente en la misma posición en nuestra memoria y afectos.
El tema de los remakes supone un gran dilema. Sigamos con el caso de Drácula. No considero uno estricto a la versión que Francis Ford Coppola –sobre un libreto de James V. Hart- dirigió en 1992. Sobre todo si tenemos en cuenta que la de 1931, dirigida por Tod Browning, usa como base un guión escrito por Garrett Fort que parte –más que de la novela de Bram Stoker- del libreto que Hamilton Deane escribió para los escenarios ingleses y que –al comprobarse su éxito- John L. Balderston adaptó para las audiencias estadounidenses. 
Algo similar ocurre con la película La mosca (Kurt Neumann, 1958), adaptación escrita por James Clavell del cuento La mosca de la cabeza blanca de George Langelaan. En 1986 el canadiense David Cronenberg llevó la historia a su universo. Escrita por el mismo Cronenberg y Charles Edward Pogue, en lugar de ofrecernos de nuevo la historia clásica, “es el drama de dos amantes, uno de ellos con una terrible enfermedad degenerativa”, como escuché decir al cineasta hace años en la Cineteca Nacional. Y nadie puede negar que brilla por méritos propios. Lo mismo sucedió con La noche de los muertos vivientes, remake que en 1991 Tom Savini hizo de la cinta que valió su pase a la posteridad a su maestro George Romero en 1968. Ambas son, con la debida distancia, maravillosas.
Incluso hay algunos remakes que logran superar a su original. Y sé que eso puede sonar a sacrilegio. Pero los hay, pese a que son escasos. Para mí siempre será más afortunada la versión de 1988 de La mancha voraz, dirigida por Chuck Russell, que la original de 1958 de Irvin Yeaworth, estelarizada por el entonces debutante Steve McQueen. Las dos son entrañables B movies, cierto, y quizá tiene mucho que ver que la segunda es parte importante de mi adolescencia.
Lo anterior me permite identificar 3 aspectos que definen a un buen remake:
1. Un buen remake nunca debe realizarse con fines puramente mercantilistas, sólo por aprovecharse de la fortuna económica o la fama de una película. Ahí están para demostrarlo los desastrosos remakes de Psicosis (Gus Van Sant, 1998) o La casa de cera (Jaume Collet-Serra, 2005).
2. Un buen remake debe poner al día de forma inteligente, afortunada y respetuosa una idea ya presentada, incorporando aspectos que demuestren su vigencia.
3. Un buen remake agrega elementos reconocibles por el aficionado –guiños-, sean elementos, actuaciones especiales, parlamentos o algo que nos permita trazar un vínculo con su original. Todo usado de forma inteligente que no le reste una identidad propia.

En resumidas cuentas, no debemos generalizar. Dicen que “el que pega primero, pega dos veces”, cierto. Pero el que disfrutemos un remake bien hecho no es un atentado contra una obra que siempre será insustituible, ni mucho menos nos convierte en traidores. Esto me será de utilidad para compartir con ustedes mi visión sobre el nuevo RoboCop. Pero eso será mañana. Espero. 

jueves, 27 de febrero de 2014

El extraño caso del Señor Disney y la Señora Poppins

Lo primero que hay que aclarar es que la película El sueño de Walt Disney (2013), producción británica-australiana-estadounidense dirigida por John Lee Hancock a partir de un guión de Kelly Marcel y Sue Smith, se llama originalmente Salvando al Señor Banks. El título por el que la conocemos en nuestro país se debe sin duda al enorme peso de la figura del animador y empresario en la historia, aunque no es el protagonista. Esto me da pretexto para hablar del sentimiento amor-odio que tengo por él. Confieso que jugó un papel decisivo en mi interés por la fantasía desde temprana edad. Las visitas con mi madre al extinto Cine Continental de esta gloriosa y decadente Ciudad de México, recinto sagrado que está a meses de ser derrumbado, son parte de mi formación como amante del Séptimo Arte. Y lo mismo ocurrió a muchos, pese a que comúnmente se niegue. Gracias a esas películas, de Blanca Nieves (1937) a Bambi (1942), de Dumbo (1941) a Peter Pan (1953), de 20 mil leguas de viaje submarino (1954) a El gran ratón detective (1986), me interesé en conocer las versiones originales que las propiciaron. Ahí nació mi romance con la literatura y la razón que me hizo despreciar sus productos. Basta leer Cenicienta –en la versión de su preferencia, sea la escrita por Charles Perrault o los Hermanos Grimm- para darse cuenta de las enormes diferencias respecto a lo que conocimos en la pantalla grande: adaptaciones edulcoradas de relatos que nos ayudaban a lidiar con los temores de nuestra infancia en la transición a la adolescencia. En muchos modos no podemos culpar a Disney. Esa fue la fórmula que le permitió convertirse de un humilde dibujante en un magnate que conquistó todos los medios de comunicación. Supo beneficiarse de la fantasía de los niños y los bolsillos de sus padres para construir un gran negocio. Y eso no lo que me disgusta. Ya lo dijo el Guasón del difunto Heath Ledger: “si eres bueno en algo, nunca lo hagas gratis”. Lo que me causa serios conflictos es que lo comercial corrompa la esencia de las cosas. De ahí viene mi temor por su reciente adquisición de Marvel Comics y la franquicia Star Wars. Me indigna profundamente ver al robot R2-D2 (conocido como Arturito en estos rumbos) con unas orejitas de Mickey Mouse.
Pero regresemos a Salvando al Señor Banks. Es un recuento, que oscila entre el drama y la comedia, de los hechos que hicieron que la novelista británico-australiana Pamela Lyndon Travers (Emma Thompson) vendiera a Walt Disney (Tom Hanks) los derechos para trasladar al cine a su más popular creación –la niñera mágica Mary Poppins-, una negociación que se prolongó por veinte años y demostró una de dos cosas: el genuino anhelo de Disney por contar la historia (“es una promesa que hice a mis hijas”) o su convencimiento por su potencial económico. Si toda obra de arte posee rasgos autobiográficos, la de Travers –nacida como Helen Lyndon Goff- no es la excepción y relaciona terribles recuerdos de su infancia con el personaje que detona los acontecimientos de Mary Poppins, el rígido banquero George Banks. Esto la convirtió en una mujer absurdamente exigente que grababa en audio todas sus sesiones de trabajo de escritorio –cosa que acompaña los créditos finales- y despreciaba cualquier intento porque su texto –el primero de una serie- se convirtiera en un musical animado. Al final descubrimos que ambos, Disney y Travers, son perseguidos por demonios similares. Sólo que eligen exorcizarlos de maneras diferentes. Y de paso conocemos un poco de Disney, descripción que deliberadamente lo engrandece (“odia que lo llamen Señor Disney. Prefiere que le digan Walt”) como un individuo generoso, amable y tenaz pero evade profundizar en la especulación sobre los derechos autorales de la insignia de su Imperio. “El ratón es mi familia”. Era previsible que la Compañía Disney, parte obligada del proyecto por razones legales, solicitara que su fundador fuera interpretado por un actor reconocido, en este caso uno que ha ganado dos veces el codiciado Óscar y, como está más allá del bien y del mal, ha aparecido en la película de Los Simpson (“Hola, soy Tom Hanks. Como el Gobierno de Estados Unidos ha perdido su credibilidad, me ha pedido prestada la mía”) o bailando “El chicharito” en un programa de la cadena de televisión latina Univisión.

Salvando al Señor Banks es una película impecablemente realizada, con una muy competente fotografía de John Schwartzman, una gran recreación de época de Lauren E. Polizzi y Susan Benjamin, y una emotiva partitura de Thomas Newman. También cuenta con las actuaciones secundarias de Paul Giamatti, Bradley Whitford y Collin Farrell. En resumidas cuentas, es una buen biopic. No más, no menos. Sigo en espera de un filme que profundice en los claroscuros de Disney, el hombre. Porque en la vida real no todo es hermoso. Pero eso seguramente sería obstruido por una industria que protege y busca dar un aura de santidad a sus mitos porque, nos guste o no, Walt Disney lo es. 

miércoles, 14 de agosto de 2013

Lucha de gigantes

Ahora que lo pienso, es curioso: pese a que en incontables ocasiones –y en todos los espacios a los que tengo alcance- he manifestado mi admiración hacia él, nunca había escrito sobre un largometraje concreto de Guillermo del Toro. Esta fascinación es patente si escuchan el episodio especial que CinemaNet le dedicó la semana anterior. El tapatío es un ejemplo de congruencia y compromiso hacia un género poco respetado en el panorama fílmico mundial. Sus obras lo dignifican y legitiman. Su producción, impecable y perfecta, le han valido incontables seguidores en todo el planeta. Es uno de los pocos cineastas vivos que se mueven cómodamente entre el llamado cine de autor y el cine comercial. Guillermo del Toro es, en esencia y como los fenómenos de Tod Browning, “uno de nosotros”, un niño terrible que está convencido fervientemente, como la médium que encarnó Geraldine Chaplin en El Orfanato (Juan Antonio Bayona, 2007), que “no se trata de ver para creer, sino de creer para ver”.
Su octavo largometraje, Titanes del pacífico (Pacific Rim, 2013), es una cinta colosal como sus protagonistas. El director demuestra satisfactoriamente su capacidad y buen oficio para lidiar con el peso de una producción de su tamaño. De nuevo es un tributo a las obsesiones de su primera educación sentimental, en este caso a las series y películas japonesas de monstruos –orgánicos y mecánicos- gigantes. El guión que fraguó con Travis Beecham –el segundo que no es enteramente suyo- nos lo advierte desde el primer momento. Kaiju es la expresión nipona que designa a una criatura extraña, generalmente humanoide, de grandes proporciones y enorme potencial destructivo. Estos seres fueron ampliamente explotados por los estudios cinematográficos Toho. El ejemplo más famoso lo representa, sin duda alguna, Gojira. Mejor conocido como Godzilla, el monstruoso lagarto verde se popularizó gracias al director Ishirō Honda en 1954 y abrió las puertas a un sinfín de creaciones similares, desde la polilla gigante Mothra, el pterodáctilo Rodan, la tortuga colosal Gamera, el dragón volador de tres cabezas Ghidorah o Mechagodzilla, cuyo nombre lo define a la perfección. Por otra parte están los mangas y series animadasanimes-  sobre robots gigantes –bautizados aquí Jaegers (cazadores)-, la última línea de defensa de la humanidad contra los primeros y que tienen en Mazinger Z uno de sus campeones indiscutibles. El cartel de la película resume bien su espíritu. “Para combatir monstruos, creaos monstruos”.
Lo que sigue es un relato –el más largo que nos ha entregado- donde se reúnen nuevamente algunas de las constantes del cineasta (la pérdida de la figura paterna, sus mecanismos –gigantes esta vez-, los insectos “atrapados en ámbar”) y actores indispensables –fetiches como los califica “El Gordo”- en su filmografía: el español Santiago Segura –a quien hemos visto en Blade 2 (2002), Hellboy (2004) y Hellboy 2, el Ejército Dorado (2008)- y Ron Perlman, quien además de aparecer en las cintas anteriores colabora con Del Toro desde su ópera prima La invención de Cronos (1993). Aquí encarna a Hannibal Chau (“tomé el nombre de mi personaje histórico favorito y mi apellido de mi segundo restaurante Szechuan preferido de Brooklyn”), un tratante en el mercado negro de órganos de Kaijus, un sujeto pintoresco y poco escrupuloso que aparentemente es despachado con rapidez (“¿Dónde rayos está mi bota?”).
La trama no pretende ninguna profundidad. En el no tan distante año 2020, del fondo de océano (“estamos más acostumbrados a mirar al espacio”) surgen monstruos de otra dimensión –herederos de los dinosaurios y muy en deuda con la imaginería lovecraftiana que tanto ama el director- que amenazan con diezmar a la humanidad. Los gobiernos del orbe crean una coalición para enfrentarlos (el Programa Jaeger) en forma de costosísimos gigantes mecánicos operados por dúos de pilotos (“como los dos hemisferios del cerebro humano”) y un equipo semejante al del programa espacial de la NASA o del Instituto de Investigaciones Fotónicas. Dramas provenientes de pérdidas y recuerdos terribles son el motor de una historia trepidante de principio a fin donde el principal atractivo son los monumentales combates. Nos coloca en medio de esta situación tan aparentemente remota. Mi querido Raúl Camarena dijo en redes sociales, emocionado, “ver la película en 3D es lo más cercano a estar en medio de una pelea de este tipo”.

Indiscutiblemente la experiencia se disfruta mejor si estás en la sintonía del admirador de la otredad y que, como ustedes y yo, creemos en el universo de Del Toro, un hombre que conserva el potencial de sorprendernos. Así será como lo demuestra su saturada agenda en los próximos 10 años con proyectos de cine, animación e historieta. El próximo 2014 –el 9 de octubre- cumplirá su primer medio siglo de vida, ocasión que sin duda celebraremos ampliamente. Esto aunque su trascendencia está ya asegurada.

miércoles, 26 de junio de 2013

Crónicas del hombre de acero, segunda parte

La historia es por todos conocida, pero un reinicio exige visitarla de nuevo. En el lejano planeta Kripton, el científico Jor-El (Russell Crowe) y su esposa Lara Lor-Van (Ayelet Zurer) al borde de la destrucción de su mundo, envían a su pequeño hijo Kal-El a la salvación. Ella tiene enormes reservas y anticipa lo obvio. “Será un marginado”. Él la corrige. “Lo considerarán un Dios”. El huérfano llega a la Tierra, a una pacífica comunidad rural (no recuerdo haber visto la palabra Smallville) del estado estadounidense de Kansas. El niño crece y descubre paulatinamente que es diferente al resto de sus compañeros. Sufre lo que hoy conocemos como bullying, pero aún así muestra señales tempranas del heroismo que le caracterizará. Al crecer, su padre adoptivo Jonathan Kent (Kevin Costner) le revela su origen y trata por todos los medios de advertirle de los riesgos de exponer sus poderes al mundo, mientras su madre Martha (Diane Lane) le inculca los mejores valores posibles. Aquí está el primer atractivo de El hombre de acero (Zack Snyder, 2013). El guión de David S. Goyer, urdido en contubernio con Christopher Nolan, incluye un deslumbrante prólogo en el mundo nativo del héroe pero presenta su formación terrestre en breves flashbacks, que de inmediato evoca lo que la dupla hizo en la reciente trilogía de Batman. Fue esto, junto con su impresionante éxito de crítica y taquilla, lo que abrió las puertas al proyecto. Ambos se propusieron el reto de aplicar este mismo enfoque a un personaje difícil de traer a nuestra realidad, sobre todo por el tono optimista y cándido que tenían sus aventuras originales. Y el resultado me dejó sorprendentemente satisfecho.
Al cumplir 33 años, como Jesucristo, Kal-El, quien recibió el nombre terreno de Clark Kent (Henry Cavill), viaja alrededor del mundo en busca de respuestas y en el proceso se da el tiempo para realizar hazañas extraordinarias. Llega al ártico, donde descubre una estación aislada enviada por su civilización. Ahí una proyección de su padre muerto le narra los últimos días de su raza y le advierte del malvado General Zod (Michael Shannon), un psicótico genocida aprisionado con sus seguidores -justo antes del Apocalipsis- en la dimensión estéril conocida como La Zona Fantasma. También conoce a la intrépida Lois Lane (Amy Adams), reportera del diario El Planeta, quien acompaña al comando militar que hizo el descubrimiento. Y de paso su padre le ofrece su icónico disfraz, un poco más oscuro de lo que conocemos y, como escuché decir a alguien, “con los calzones por dentro”. Pero no todo es miel sobre hojuelas. Zod escapa de su destierro y rastrea a su paisano hasta nuestro planeta con la intención de obtener información para reconstruir su mundo, literalmente, encima del nuestro.
Sigue un abrumador espectáculo de destrucción –que calculé duró más de 40 minutos y creo empata a lo que vimos en Los Vengadores (Joss Whedon, 2012)-, que comienza en el pueblo del héroe y se traslada a la gran ciudad de Metrópolis (símil de Nueva York), donde el jefe de Lois, Perry White (Laurece Fishbourne) y el resto de los ciudadanos emprenden el difícil reto de sobrevivir. Juntos, el héroe, la heroína y el País que le teme en un principio, emprenden una arriesgada ofensiva para derrotar al tirano. “Este hombre no es nuestro enemigo”, ordena a sus hombres el Coronel Hardy (Christopher Meloni). Al final, y eso es lo que muchos aficionados objetan, el héroe se ve obligado a hacer lo inimaginable.

Los huecos que tiene la historia pasan desapercibidos ante una producción impresionante, un sólido e inspirado ensamble actoral, una estupenda fotografía de Amir Mokri, una briosa partitura de Hans Zimmer y sobre todo una dirección precisa de Snyder, director que ganó mi simpatía por su buen desempeño en El amanecer de los muertos (2004), 300 (2007) y la estupenda Watchmen (2009). Visualmente deslumbrante, su trabajo me hizo respetar por vez primera a un personaje que nunca capturó mi atención. Bautizado por los medios de comunicación, su Supermán lucha con la reputación que arrastra desde tiempos de Christopher Reeve, aunque no deja de rendirle cierto homenaje (como vemos a un lado). Ahora no hay cabida para el buen humor. El único chiste lo dice al final una militar.
El Supermán de Snyder es dos veces huérfano. Para muchos esto parecerá cursi y contravendrá su naturaleza divina, pero es su parte humana la que puede generar interés. Origen más noble no puede tener: es hijo de un campesino. De ahí provienen sus valores. Cuando la milicia le externa preocupación por el riesgo potencial que representa, responde “por favor, General, crecí en Kansas”. Y su Némesis trata de señalar esto como una debilidad, “yo me crié como un guerrero, me entrené toda la vida para educar mis sentidos, tú lo hiciste en una granja”. También vindica a la figura femenina. Lois Lane no es ya una damisela en desgracia, es parte integral de la resolución del conflicto y conoce desde el primer momento su identidad secreta. En el desenlace ocurre lo obvio. Clark, sin ninguna formación periodística previa, se une a las filas de El Planeta. Pero lo sustancial está en sus orígenes, en la imagen inocente de un niño que ata una sábana en su cuello a manera de capa y corre al lado de su perro, mientras sus padres sonrientes lo observan.

El guión huye de lo esperado, como ocurrió al final de Batman inicia (Nolan, 2005) y Sherlock Holmes (Guy Ritchie, 2009): insinuar quién será el villano de la siguiente cinta. Pero eso es algo obvio para todos los conocedores del cómic. Se ha rumorado que la primera elección de Snyder para encarnar al malvado Lex Luthor es el actor Mark Strong, quien personificara al terrible Lord Blackwood en la ya mencionada aventura holmesiana. Si esto ocurre será otro motivo para esperarla con ansiedad, como se ha anunciado, en el 2014. Eso me parece apresurado, como ya dije, junto con la intención de una aventura que pretende reunir al popular ensamble de héroes de DC Comics, la Liga de la Justicia. Creo que una empresa de este tamaño, si tratan de emular los resultados de su rival Marvel Comics, requiere más tiempo. Al menos de otra buena película sobre una parte sustantiva del grupo, la Mujer Maravilla. El realismo planteado por el propio Nolan en su serie de Batman me hacía pesar que el suyo y los mundos fantásticos eran irreconciliables. Hoy ese matrimonio parece posible. Después de ver el resultado, hay una luz de esperanza. Dicen que eso es lo que muere al último. ¿Después de todo, no es ese el significado del símbolo –que siempre creí era una letra S- que lleva en su pecho?

martes, 25 de junio de 2013

Crónicas del hombre de acero, primera parte

Antes de comenzar quiero dejar algo muy claro: nunca he sido un gran aficionado de Supermán. Quienes medianamente han seguido mi trayectoria saben que lo mío –lo mío- es Batman. Y el murciélago, uno de los héroes más interesantes por su humanidad y trágico pasado, nunca ha ocultado su desprecio por él, por más que se haya ganado su respeto y formen parte de una agrupación. Le dice “el boy scout”. Para mi la creación de Joe Shuster y Jerry Siegel fue concebida como un símbolo de Estados Unidos, defensor estricto del american way of life, que a pesar de proceder de otro planeta llevaba en su uniforme los colores del imperio. “Dios existe, y es estadounidense”, decía Alan Moore sobre su versión del personaje –el Dr. Manhattan- que hoy ocupa mi atención. El asesino Bill (David Carradine), en el díptico dirigido por Quentin Tarantino, resume bien su naturaleza: “Supermán no necesita una máscara. Clark Kent es su verdadero disfraz, con su actitud tímida, su traje de tres piezas y sus anteojos. Su verdadera identidad es la del héroe. Incluso su capa es la manta que lo arropó en su viaje a la tierra”. “¡Demonios! ¡Ninguno de los que le rodean se da cuenta! ¿Están todos ciegos?”, pensaba todo el tiempo desde mi niñez. Sus aventuras, divertidas, ingenuas y optimistas, estaban siempre marcadas por un sesgo tajante entre el “bien” y el “mal”, sin cabida para los grises tan normales de la vida real. De la misma manera que sus precursores clásicos, Supermán surgió del matrimonio del cielo y la tierra. Como el Mesías de cualquier religión, Supermán tiene un padre terrenal (el Sr. Kent, de Smallville) y uno celestial (Jor-El, de Kriptón). El dios Loki (Tom Hiddlestone) resume bien su posición. “Yo no tengo conflictos con ustedes, como una hormiga no tiene conflictos con una bota”. Curiosamente es su omnipotencia la que lo aleja del resto de los mortales. Ahí la necesidad de una kriptonita que lo haga vulnerable. Pero por sobre todas las cosas estaban su buen humor, bondad y buena voluntad para con sus protegidos. Detenía por igual a asaltabancos, terroristas, catástrofes naturales, amenazas extraterrestres y se daba tiempo para rescatar gatitos atrapados en lo alto de un árbol. Al final eso y su naturaleza imperialista me hicieron repelerlo. En retrospectiva, veo que ese es un juicio severo. Como otros héroes de su era defendió valores tan necesarios para las personas durante tiempos oscuros –la Segunda Guerra Mundial- y sirvió de vehículo propagandístico e ideologizante como el Capitán América. Y él no me caía –no me cae- tan mal. Sus inevitables saltos a otras expresiones artísticas hicieron eco de esto, desde los populares seriales radiofónicos, los cortometrajes que estelarizó, las caricaturas de los estudios Fleischer, su paso a la televisión –con el trágico George Reeves-, al cine y los videojuegos. Todos son temas de la discusión más amplia. Vean por ejemplo a la exitosa película –y sus inevitables continuaciones- protagonizada por Christopher Reeve, a la que más se liga al personaje. Su tono ligero –cómico en más de una ocasión- no da cabida a la seriedad. La gente piensa que así debe ser el héroe. Ese fue el principal error que cometió el cineasta Bryan Singer en Supermán regresa (2006): repetir estilísticamente –incluido su colorido disfraz y la partitura de John Williams- lo iniciado por Richard Donner en 1978. No puede llevarse a otros medios, al pie de la letra, lo propuesto en las páginas del cómic. Un buen planteamiento, como nos enseñó el propio Singer en Hombres X y Christopher Nolan en su reinvención de Batman –al menos e sus dos primeras películas-, exige llevar sus aventuras convincentemente a la realidad, trasladar su universo al nuestro. Esa tendencia es criticada por muchos, porque humaniza a titanes. Aunque admiramos sus proezas, creo que es el lado humano lo que los acerca a nosotros. La tendencia parece hacerlos más oscuros, agregar un poco de tintura negra a sus ropas y esencia. Eso fue lo que me hizo respetar al huérfano de Kriptón por primera vez. Su posición y méritos son incuestionables. Permitió la prosperidad y evolución del noveno arte y nos marcó culturalmente. Si él no existiría Batman o el Hombre Araña. En el mes de junio que transcurre cumple sus primeros 75 años de vida, porque estoy seguro nos sucederá a todos. Que el estudio que detenta sus derechos fílmicos y se ha beneficiado de él por varias décadas, Warner Brothers, haya decidido relanzarlo para celebrar la ocasión, con tal vigor y calidad, me pareció apropiado y justo. Esa es la forma en que los mitos cobran nueva vida y aseguran su vigencia. Pero sobre eso platicaré en breve.  

jueves, 21 de febrero de 2013

Una llorona que sí asusta


Dejaré de hablar, por ahora, de Gein, Bloch e Hitchcocock. Regreso a horrores mejores, esos que se quedan en la narración oral, en las páginas de un libro o son exorcizados al presionar la tecla de un control remoto. Estrenada el mismo día que Hitchcock (Sacha Gervais, 2012), Mamá (Andrés Muschietti, 2013) sigue en cartelera. Esto es fácil de comprender porque, como dije antes, es una película con la capacidad de arrastrar a los grandes públicos al cine y asustarlos. Ese viernes 1 de febrero, mi amigo Rafael Aviña publicó –como es regular- su opinión sobre ella, aparecida en la sección Primera Fila del diario Reforma.
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Una llorona que sí asusta
Rafael Aviña

El impresionante éxito de Mamá (España-Canadá, 2013), que se colocó en el primer lugar de taquilla en su estreno en Estados Unidos, se debe en buena medida a la magnética presencia de Jessica Chastain, una guapa actriz capaz de desenvolverse con eficacia en cualquier terreno.
Pero, sobre todo, el éxito se debe a la destreza del debutante cineasta argentino Andrés Muschietti para construir un relato de horror sobrenatural a la antigua, con varios y logrados momentos de tensión que provocan sustos y emociones encontradas en el espectador a partir de un tópico en apariencia inofensivo: el amor maternal.
Un corto de 3 minutos del mismo nombre, rodado en una vieja casona de Barcelona en 2008, fue motivo para emocionar a ese generoso cinéfilo que es Guillermo del Toro, quien como productor ejecutivo ha sido capaz de trasladar sus obsesiones y universos a una micro historia inquietante y terrorífica que carecía de explicación alguna.
Las presencias sobrenaturales del pasado, los seres fantasmagóricos que vagan sin descanso, las amenazas que acechan en las tinieblas y protegen a los menores de edad –en particular las polillas- y las pulsiones de venganza caben aquí.  
A una historia confusa y desarticulada que tiene problemas severos para integrar a los hombres adultos (los motivos del padre no son claros, el tío aparece y desaparece como en las telenovelas, el personaje del psiquiatra pierde fuerza y consistencia), se contraponen varios elementos.
Destaca el trabajo atmosférico, ominoso y perturbador, una eficaz inventiva visual –el ente de Mamá es fascinante-, un diseño sonoro y de producción poderoso y, en especial, una muy lograda labor histriónica de Chastain, una rockera dark que debe hacerse cargo de dos niñas que han vivido abandonadas en un estado semi salvaje por cinco años luego de la muerte violenta de sus padres (las pequeñas Charpentiere Isabelle Nélisse, estupendas).
Lo que inicia como una perversa reelaboración de los cuentos de hadas fantásticos, termina por convertirse en una suerte de oblicua puesta al día del tema de La Llorona.
En este caso, la historia de una joven del siglo 19 a la que le intentan arrancar a su bebé, mismo que pierde en una situación trágica y violenta, lo que da pie a una hipnótica escena onírica y a escenas escalofriantes. Mamá es una película muy entretenida que lanza a un director que promete.

martes, 4 de diciembre de 2012

Entre Hombres de Negro te veas


El comúnmente llamado Incidente Roswell, ocurrido la noche del 2 de julio de 1947 en Roswell, Nuevo México, marcó de muchas maneras a la cultura popular de occidente. Los creyentes en la vida extraterrestre lo consideran un momento cumbre, una de las más fidedignas señales de que, como dice Pedro Ferriz Santacruz, “un mundo nos vigila”. Básicamente, atendiendo los incontables testimonios del hecho, un Objeto Volador No Identificado se estrelló en el lugar y se recuperó el cadáver de su tripulante, quedando éste en poder del Gobierno de los Estados Unidos. Son famosas las imágenes clandestinas que la supuesta necropsia practicada a un ser pequeño y cabezón, de grandes ojos negros, por la milicia. De forma paralela, proliferaron los encuentros con unos misteriosos Hombres  de Negro, de los que nunca se ha aclarado su procedencia, que clamaban pertenecer a una agencia gubernamental y tenían por objetivo intimidar a los testigos del episodio para impedir que divulgaran la verdad. Sobre esta base, 40 años después, el escritor Lowell Cunningham y el dibujante Sandy Carruthers publicaron en 1990 una serie de 4 historietas tituladas The Men in Black, bajo el modesto sello canadiense Aircel Comics, comprado luego por Malibu Comics, que posteriormente fue asimilada por Marvel Comics, que hoy en día es propiedad de Mickey Mouse. Los Hombres de Negro de Cunningham son muy semejantes a los mostrados por la extinta teleserie Los expedientes secretos X, siniestros, poco escrupulosos, al servicio del verdadero poder tras al que los mortales rendimos cuentas. Pero de regreso a Aircel, su título más exitoso propició la exitosísima película Hombres de Negro (Barry Sonnenfeld, 1997) que, como todo producto tocado por la mano de Steven Spielberg, suavizó su tono en aras de llegar a todas las audiencias. De monitorear vida sobrenatural de todos tipos (vampiros, brujas, demonios y demás), se centró exclusivamente en la que procedía de otros planetas, y las aventuras de los Agentes K y J (Tommy Lee Jones y Will Smith en la cinta) se volvieron menos sombrías, pues su organización buscaba moldelar el pensamiento de las personas, no proteger a la colectividad. El resultado, filmado a partir del guión de Ed Solomon y con brillantes efectos de maquillaje de Rick Baker, fue un espectáculo muy disfrutable que alternaba acción y aventuras con momentos hilarantes. Inevitablemente, le siguió una secuela, Hombres de Negro 2 (Barry Sonnenfeld, 2002), que si bien es divertida, no alcanza la gracia y efectividad de su predecesora.
Este fin de semana vi su tardía tercera aventura, Hombres de Negro 3 (Barry Sonnenfeld, 2012), uno de mis grandes pendientes antes de concluir el año. La cinta, que no disimula el paso del tiempo en sus protagonistas, añade un atractivo que he visto en muchas formas recientes, del filme Hombres X, primera generación (Matthew Vaughn, 2011) a la serie televisiva Mad men: desarrollar parte de su historia en los años sesenta. Al combate cotidiano de esta agencia, que dirige la Agente O (Emma Thompson) en sustitución del finado Z (Rip Torn), se suma una nueva amenaza, Boris el animal (Jemaine Clement), que pone nuevamente en peligro al planeta y a uno de sus protagonistas (Jones). Así su contraparte (Smith), tras comprobar que se cumplieron las intenciones del malvado, viaja en el tiempo -en un salto de fe semejante al de Las alas del deseo de Win Wenders- para detenerlo. Y he ahí el principal atractivo: se encuentra con la versión juvenil de su compañero (Josh Brolin) quien se convertirá parte esencial de un evento dos veces importantes en la historia de la humanidad. El guión de Ethan Cohen no es del todo fiel a la continuidad de los hechos descritos en las aventuras previas, pero hace aportaciones interesantes, como ese vidente extraterrestre Griffin (Michael Stuhlbarg) o el lazo afectivo que une a los héroes en el tiempo. El competente diseño de arte de Bo Welch, que con la ayuda de Mary E. Vogt viste a los extraterrestres de los 60 en el mejor estilo de las cintas de Serie B de la era, en conjunto con el siempre afortunado maquillaje de Rick Baker, hacen la experiencia un verdadero festín visual. Nos recuerda también algo que en todos los niveles burocráticos debería tenerse en cuenta: trate bien a su subalterno. Algún día podría ser su jefe.    
En este punto debería ponerme unos lentes negros y pedirles que vean el extraño aparatito que tengo en la mano, pero quiero que recuerden haber leído estas líneas. 

viernes, 13 de julio de 2012

Tenemos que hablar de “Tenemos que hablar de Kevin”


Este es un tema que debí tratar con Guadalupe Gutiérrez en el extinto Testigos del Crimen.
La cuarta edición del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales de la Asociación Americana de Psiquiatría o DSM-IV (cuyas siglas en inglés refieren al Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders) habla, entre muchos, de trastornos que tienen su origen en la infancia, la niñez o la adolescencia, como los ocasionados por déficit de atención y comportamiento perturbador, que comprenden alteraciones de la conducta cuyas características son la desadaptación por impulsividad o hiperactividad, afectaciones del comportamiento (violación de derechos de otros, hostilidad, conducta desafiante). Todos son antecedentes claros del Trastorno antisocial de la personalidad, también conocido como sociopatía. Y aunque el documento prohíbe diagnosticarlo en menores (se recomienda detectarlo a partir de los 18 años), la historia documenta casos que contravienen esta premisa. Los niños también matan. Esto puede remitirnos al añejo debate si la maldad puede heredarse o sólo es un constructo de factores bio-psico-sociales. Los hechos son escalofriantes y hablan por sí solos.
Pensar en esto fue oportuno, inevitable, el otro día que vi un gran pendiente: la película Tenemos que hablar de Kevin (We Need to Talk About Kevin, Lynne Ramsay, 2011), la cual me comprueba que no es necesario recurrir a un fantasma o un vampiro para producir horror. En un gran flashback conocemos la trágica historia de Eva Katchadourian (Tilda Swinton), otrora brillante escritora de viajes y mujer cuya vida parece marcada por el color rojo (de la tradicional Tomatina valenciana a las manchas de la deshonra en su nueva casa). Ella y su eventual esposo Frank (John C. Reilly) son pronto “bendecidos” con un pequeño vástago, Kevin (Jasper Newell de niño, Ezra Miller de adolescente) quien desde sus primeros años tiene una conducta poco común –solapada por su padre- que rebasa peligrosamente los arranques propios de su edad y desencadenan en una masacre semejante a la cometida por Eric Harris y Dylan Klebold en la Escuela Preparatoria Columbine el 20 de abril de 1999. Eva vive –si a eso se llama vivir- en un entorno suburbano que la estigmatizó, está consumida por el alcohol, los antidepresivos y el remordimiento. No obstante la fuente de sus penas le da la única esperanza para seguir adelante.
La cinta me remite a una joya poco conocida, La mala semilla (Mervyn Le Roy, 1956), basada a su vez en la adaptación teatral de Maxwell Anderson a la novela de William March, donde la inocente Rhoda (Patty McCormack, interpretada en los escenarios nacionales por Angélica María) comete todo tipo de atrocidades que dejan en manifiesto que nació la maldad está en sus genes. O al episodio “Consciencia” de la sexta temporada de La Ley y el Orden: Unidad de Víctimas Especiales, donde el pequeño Jake O´Hara (Jordan Garrett) asesina a su condiscípulo, hijo de un prominente psiquiatra (Kyle MacLachlan). El profesional pronto cae en cuenta de su naturaleza. “Es un sociópata”. Acto seguido, toma el arma de un policía y dispara al menor. Tras ser enjuiciado y exonerado por el homicidio, el médico admite que lo mató con plena consciencia. “La diferencia es que él volvería a hacerlo. Yo no”.
Por lo anterior remato con una sugerencia: sean generosos cuando sus vecinitos les pidan “calaverita” el siguiente Día de Muertos.

miércoles, 11 de abril de 2012

Las sempiternas ratas

La terrorífica experiencia del descendiente de la familia Delapore (del que nunca conocemos su nombre) en su vetusta heredad Exham Priory, en Inglaterra, da cuerpo a uno de los mejores relatos de Howard Phillips Lovecraft, Las ratas en las paredes (1924). Es un cuento que, aunque conozcas previamente, siempre tiene la capacidad de arrancar escalofríos. Se renueva con cada reencuentro. El español Carles Torrens, director de la ingeniosísima Emergo (2010) la coloca dentro de sus cinco relatos favoritos del autor. Y es por algo. Sin duda su efecto se debe al temor primigenio de muchas personas por los roedores, “las escurridizas e insaciables ratas con su continuo ajetreo que no me deja conciliar el sueño”. Uno de los mejores cuentos de Cthulhu, una celebración a los mitos (Valdemar 2001), Jerusalem´s Lot de Stephen King, es un declarado homenaje. Más que una continuación, el autor traslada el horror primigenio a su natal Maine de la forma más eficaz.
Releí ambas historias la semana pasada que gracias a mis queridos amigos Samantha Patiño y Guillermo Benítez me encontré con No temas a la oscuridad (Troy Nixey, 2011) una competente película cuyo mayor mérito radica en el guión de Guillermo del Toro y Matthew Robbins. La dupla tomó una venerada película televisiva (Don't Be Afraid of the Dark, John Newland, 1973) y la trasladó al universo del tapatío –tan en deuda con el del estadounidense-, con inevitables referencias a Arthur Machen y Algernon Blackwood, maestros de ambos.
La historia es ya familiar, pero no deja de atraernos (o al menos así me pasa). El restaurador Alex Hirst (Guy Pearce) y su pareja Kim (Katie Holmes) compran y se mudan a la abandonada mansión Blackwood –primer homenaje- en Providence, Rhode Island –segundo homenaje-. Sobre el lugar pesa una infame memoria, relacionada con los terribles eventos que rodearon la desaparición de su dueño el pintor Emerson Blackwood (Garry McDonald) y su hijo. Con la pareja llega a vivir la pequeña Sally (Bailee Madison), hija del primero, presa de la separación de sus padres bajo tratamiento para la depresión. La niña, detentora de una imaginación desbordada y víctima propicia para los terribles seres que habitan en el subsuelo y las paredes de la edificación, no deja de guardar similitudes con Ofelia (Ivana Baqueiro), la protagonista de El laberinto del fauno (2006). Ambas enfrentan la pérdida, circunstancias terribles para todo infante. Inquietantes llamados, descubrimientos terribles (esos dientes en la chimenea), encuentros peligrosos (el del pobre trabajador) y revelaciones fatales anuncian a los verdaderos protagonistas de la historia, esa horda de pequeñas criaturas que están a medio camino entre las imaginadas por Lovecraft y las hadas de los dientes de Guillermo del Toro (Hellboy II, el Ejército Dorado, 2008).
La presencia de Katie Holmes -la objeción que muchos pueden hacer- es compensada por el espectáculo visual, porque nadie cuestiona su incapacidad actoral y que su papel pudo interpretarlo mejor cualquier actriz de mediano talento. Y aunque Del Toro coescribió el guión, tiene un entrañable lazo con su fuente de procedencia (la película televisiva), dio su consejo constante al director y –como su maestro Alfred Hitchcock- tiene una fugaz aparición, resulta curioso que no se haya animado a dirigirla. Creo que hizo bien, porque aunque la factura de la cinta es impecable el tapatío está destinado a proyectos más ambiciosos. Puede darse ya el lujo de endosar su buen nombre a otros proyectos. “Guillermo del Toro presenta” es ya un sello de calidad.