Le debo el título de esta entrada a Agustín Galván, fiel lector de este blog.
Karl Stig-Erland Larsson, periodista y escritor sueco conocido como Stieg Larsson, murió el 9 de noviembre de 2004. Tenía 50 años de edad. Falleció de un ataque al corazón por subir 7 pisos de escaleras, según la versión oficial. Esta dolencia fue causada por sus enemigos, piensan algunos, por su declarada afiliación comunista. Y he aquí lo que me parece verdaderamente triste: no vivió lo suficiente para ver publicadas su serie de novelas denominada “La trilogía Millenium” ni para comprobar el éxito rotundo en que se convirtieron. Mucho menos para ver cómo fueron llevadas a la pantalla grande en su país ni su cuestionable remake estadounidense. Pero ya llegaré a eso.
Aunque Larsson dio sus primeros pasos escriturales en el terreno de la ciencia ficción, ganó notoriedad en la literatura de tema criminal. No sólo porque la sangre vende y es un negocio redituable (pregunten a los editores de La Prensa o Metro), sino porque en su juventud atestiguó hechos terribles que implicaban violencia contra las mujeres en diferentes formas. Ese es el tema principal de su prestigiada trilogía. Muchos pueden cuestionar su estilo, su originalidad o su validez como aportación al género policíaco. Lo cierto es que utilizó todos los elementos que pueden convertir un texto en un best-seller. Y lo hizo sin esa intención.

Su primera novela, Los hombres que no amaban a las mujeres (2005, publicada en Estados Unidos como La chica del dragón tatuado), narra la historia del periodista de investigación Mikael Blomkvist, editor de la revista Millenium (equivalente a la Proceso de estos rumbos) que cae en desgracia legal y es contratado por el millonario Henrik Vanger para investigar un asesinato ocurrido 40 años atrás, un clásico misterio de habitación cerrada (sólo que la habitación es una isla). En el proceso Blomkvist une su camino con el de Lisbeth Salander, genio de computadoras, investigadora brillante de una empresa de seguridad, poseedora de memoria eidética, con su cuerpo cubierto de piercings y tatuajes (es la chica del dragón tatuado del título) y poseedora de oscuros secretos. Ella es una de tantas mujeres a que temen y odian los hombres comunes. Es una mujer fuerte, empoderada, por momentos víctima que decide asumir el papel opuesto. Tatúa –como El Zorro- en el abdomen de su tutor legal, el hombre que la brutalizó, la leyenda “Soy un cerdo sádico, un pervertido y un violador”, acto incuestionable de justicia. Ella es el personaje principal de la serie y, en definitiva, uno de los más más fascinantes que recuerdo en tiempos recientes. Juntos (Blomkvist y Salander) son una estupenda pareja de investigadores.

La trilogía fue llevada al cine en la natal Suecia de Larsson en 2009. La primera entrega bajo la dirección de Niels Arden Oplev, la segunda (La chica que jugaba con fuego, publicada como La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina) y la tercera (La chica que golpeaba avisperos, publicada como La reina en el palacio de las corrientes de aire) dirigidas por Daniel Alfredson, con la muy acertada actuación de la sueca Noomi Rapace –la gitana de Sherlock Holmes, juego de sombras- como Lis Salander. En México la primera fue estrenada comercialmente. Las dos restantes pueden verse en DVD.
Ello me lleva a hablar de la versión estadounidense de la primera aventura de Salander, dirigida por David Fincher.
Soy un declarado admirador de este cineasta, esteta del cine oscuro con profundas raíces en la cultura del video clip (como lo demuestran los créditos iniciales con ese cover de Led Zeppelin), desde su debut en Alien 3 (1992), su indispensable Seven (1995), El juego (1997), El club de la pelea (1999), Zodiaco (2007), El curioso caso de Benjamin Button (2008) y Red social (2010). Por eso mis expectativas eran tan altas. Lo que vi fue a un Fincher al servicio de la voracidad de los grandes estudios (por aquello de hacer un remake de una película reciente). El guión de Steven Zaillian trata de ser fiel a la historia de Larsson (incluso sucede en Suecia y retoma los nombres originales de sus personajes) pero desaprovecha sub tramas y añade aspectos que desdibujan a los héroes. Yo no concibo a Lis Salander (ahora Rooney Mara) preguntado “¿puedo matarlo?” o pidiendo que le acaricien la espalda. Le quita también importancia a sus demonios, los que la convierten en la chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina. Incluso le resta méritos en la investigación: hallazgos importantes que ella hace se le atribuyen a Blomkvist (ahora Daniel Craig) para el lucimiento del actual 007. Incluso recurre a situaciones desgastadas e innecesarias, como esa silueta amenazadora (con ruido tenebroso incluido) en los archivos de las Industrias Vanger mientras Lis realiza su pesquisa, o sus preparativos/shopping de los momentos finales. Y lo peor, Fincher no hizo suya la historia de Larsson, con sus crímenes del pasado y su violencia desmedida. El director es tímido –casi se autocensura- en la escena de la violación de Lis (importantísima en la trama) pero goza al mostrar su cuerpo desnudo o abundar en la sexualidad del personaje (su ligue en ese antro).
La Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Estados Unidos la nominó para recibir cinco estatuillas en su próxima entrega del Oscar, incluida Rooney Mara como mejor actriz. La cinta fue bien recibida por la crítica. Su éxito en taquilla es cosa aparte. Pero no me crean. Juzguen por ustedes mismos. Para que tengan más elementos de juicio reproduzco la crítica que Ernesto Diezmartínez publicó en la sección Primera Fila del periódico Reforma el 20 de enero de 2012. Al final, lo único bueno: Zaillian y Fincher le evitaron la cárcel a Blomkvist.
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Con el sello de Fincher
Ernesto Diezmartínez
La tarea no era difícil. El objetivo era mejorar estilísticamente la adaptación fílmica original del primer tomo de la trilogía Millenium, los hombres que no amaban a las mujeres (Arden Oplev, 2009).
Después de todo, la cinta sueca no es más que un telefilme bien tramado, con buenos actores y una actriz protagónica, Noomi Rampace, genuinamente hipnótica.
En manos del especialista en películas de serial-killers David Fincher (Se7en: Siete pecados capitales/1995, Zodiaco/2007) la trama escrita por Stieg Larsson tenía que verse mejor.
Y sí La chica del dragón tatuado (The Girl with the Dragon Tatoo, EU-Suecia-Alemania-GB, 2011), se ve mejor, desde la espectacular secuencia de créditos.
Por lo demás, la adaptación escrita por Steve Zaillian es fiel a la historia original, con todo y los secretos familiares escondidos, los nazis avejentados, los empresarios corruptos y nuestros dos protagonistas, el valiente periodista de izquierdas Mikael Blomkvist (Daniel Craig) y su asistente/amante/salvadora Lisbeth Salander (Rooney Mara), la solitaria vengadora gótica-hacker bisexual que es la auténtica heroína de la serie.
Fincher y su equipo de editores estructura la trama en una acezante narrativa paralela, de tal manera que Blomkvist y Salander se encuentran cuando ha pasado más de una hora de la cinta. Incluso después, Fincher los mantiene separados, pues las investigaciones que cada uno de ellos realiza son complementarias para descubrir la identidad de un asesino serial que se ha mantenido impune durante más de 40 años.
Ver este remake hollywoodense un par de años después de la cinta original resulta en un inevitable ejercicio formalista. ¿Qué le falta, qué le sobra, qué le suma, esta versión a la adaptación sueca? Un estilo visual más vigoroso y menos elíptico, una violencia más gráfica, una trepidante banda sonora de Reznor/Ross y una Lisbeth Salander más ligera, más joven y más sexualizada que la que encarnó la señorita Rampace.
Este último aspecto es problemático. En un filme dedicado a denunciar a esos despreciables cerdos –el tutor de Salander, el asesino serial en la sombra- que “no aman a las mujeres”, es curioso ver cómo Fincher explota visualmente la sensualidad y el físico de su joven actriz cuando ésta aparece desnuda. Sospecho que a la Salander no le gustaría.