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jueves, 21 de junio de 2012

La sabiduría del androide



Comenzaré jugando al abogado del Diablo. A pesar del descontento y desilusión de muchos, Prometeo (Ridley Scott, 2012) no es una mala película. No fue lo que esperaba, cierto, pero es una cinta a la que no puede reprocharse nada en sus aspectos técnicos. La fotografía de Daruisz Wolski es grandiosa, espectacular por momentos –su secuencia inicial, por ejemplo-, al igual que el Diseño de Arte de Marc Homes, que retoma la imaginería que Hans Rudi Giger hizo popular cuando se estrenó Alien en 1979 y que se ha integrado ya a la cultura popular de occidente. De ahí proviene el malestar. Desde que su afamado director dijera que su nuevo proyecto tenía "ADN de Alien” las expectativas que todos nos fijamos fueron las más altas, sobre todo porque se especulaba era la precuela de una de las obras más inteligentes de su tiempo, la séptima mejor película de ciencia ficción de todos los tiempos según el American Film Institute, una verdadera joya.
Las fallas emanan del guión de Damon Lindelof –quien fuera parte esencial del éxito de la teleserie Lost- y John Spaihts. Pero si el espectador logra superar sus inconsistencias, podrá disfrutar el gran espectáculo. Las fallas son muchas, también es cierto. Una de las que más aborrecí fue que dos de los expedicionarios –científicos a diferencia de los pilotos de la primera aventura- se encuentran con un organismo alienígena en un planeta desconocido, luego de ver una pila de cadáveres, se aproximan a él como si se tratara de un lindo gatito. Merecieron su horrible destino.  Por lo demás sus actuaciones son competentes: Noomi Rapace (la original Chica del Dragon Tatuado) como una arqueóloga que cree en Dios, Charlie Holloway como un científico desilusionado por no obtener las respuestas que anhelaba, Idris Elba como un capitán con una repentina vocación heroica, Charlize Theron –desaprovechada- como la hija del patrocinador del viaje y Guy Pierce –cubierto de kilos de maquillaje- como Peter Weyland, el malvado promotor de la desgracia y genio detrás de la ambiciosa y poco escrupulosa Weyland-Yutani –antes de fusionarse con la segunda-, una transnacional más siniestra que McDonalds, Microsoft, Walmart y Televisa Networks juntas.  El mejor elemento del reparto –y posiblemente del filme- es sin duda David (Michael Fassbender), un androide que juega basketball en bicicleta, espía los sueños ajenos, se tiñe el cabello y ve Lawrence de Arabia para matar el tiempo. David se aleja notablemente de su sucesor Bishop (Lance Henriksen) en tanto viola las tres leyes de la robótica concebidas por Isaac Asimov.
Más emparentada con los dilemas planteados en Frankenstein de Mary Shelley y con un inevitable vínculo con Las montañas de la locura de H. P. Lovecraft, Prometeo (así se llama la nave) no sólo toma oportunamente el nombre del Titán griego, sino plantea preguntas existenciales sobre el origen del hombre. La más notable es que la raza humana y la alienígena que todos conocemos poseen un origen común. Para finalizar me quedo con una de las reflexiones de David, que perfectamente se ajusta al espíritu de la cinta: “las grandes cosas tiene comienzos pequeños”.

P.D. Más sobre la cinta en futuras entregas de la versión en podcast de este blog, en tres programas de antología que grabamos ayer con Carlos del Río, Blanca López, Raúl Camarena, Antonio Camarillo, Pablo Guisa y su servidor.

martes, 20 de septiembre de 2011

La visión de los vencidos

La emoción inunda el aire. Hoy inicio mi nuevo curso sobre vampiros en el Centro Nacional de las Artes. Pero aún hay tiempo de finiquitar asuntos pendientes.
El reinicio –o reboot- de una franquicia cinematográfica se debe a dos razones fundamentales: porque en otro momento demostró ser un negocio redituable para los grandes estudios o porque cayó en desgracia (y de la gracia del público). En ese sentido es una especie de deslinde de responsabilidades, como ocurrió con la fallidísima Spiderman 3 (Sam Raimi, 2007). En el mejor de los casos porque su historia tiene lecturas inagotables, dignas de explorarse en la época actual. Así sucede con la espléndida novela del francés Pierre Boullé, El Planeta de los Simios (1963), la cual fue llevada con maestría –aunque estaba muy lejana del relato original- por Franklin J. Schaffner en 1968. Sobra decir que la cinta es indispensable para todos los amantes de la ciencia ficción (que desprendió secuelas, series de televisión y un remake) y un referente en la cultural popular que ha sido homenajeada –incluso- por la familia Simpson. La obra de Boullé critica notablemente la estructura de la sociedad occidental a través de una especie muy semejante al hombre (los primates del título), del mismo modo que George Orwell lo hiciera años antes en Rebelión en la Granja (1945). Tras su colorida alegoría, realiza una sentencia que tiene mucho sentido (lamentablemente) para la especie animal: “todo lo que camina sobre dos pies, es enemigo”.
Esto podría aplicarse a El Planeta de los Simios: (R)evolución (Rise of the planet of the Apes, Rupert Wyatt, 2011). La cinta puede leerse como una precuela de la historia (fílmica) original, pero a la vez  es un reinicio. Narra el drama de Will Rodman (James Franco, más lúcido que en la pasada entrega del Oscar), un científico de la farmacéutica Gen-Sys quien trata de desarrollar una cura contra el Mal de Alzheimer (de la cual se beneficiaría su propio padre). Pero no todo es noble. El camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones, dice siempre un querido amigo. Como sucede en el desarrollo de muchos medicamentos y productos para el consumo humano, las compañías realizan pruebas preliminares en animales, en este caso en chimpancés. Luego de administrar el fármaco en la bella Ojos Brillantes, Rodman advierte un prodigioso aumento en su inteligencia. Pero súbitamente la chimpancé entra en un frenesí que obliga a sus captores a sacrificarla y terminar la investigación. Luego Rodman advierte la causa del arrebato: sólo quería proteger a su cría, un pequeño chimpancé al que el científico bautiza como César y que, en apariencia por remordimiento pero más maravillado porque su madre le transmitió su intelecto superdesarrollado, toma bajo su protección. César crece y advierte las enormes diferencias entre él y los humanos. “¿Soy una mascota?”, le pregunta a Will, su “padre”. La incomprensión del hombre lo lleva al encierro. Ahí se da cuenta de la opresión de que su especie es objeto, como el maltrato del malvado cuidador Dodge (Tom Felton, alias Draco Malfoy en la saga de Harry Potter). “Simios estúpidos”, le dice a César el sabio orangután Maurice (en lenguaje de señas) al ver el sin sentido en que viven sus congéneres. Se da cuenta del poder que pueden tener si están unidos, y lo demuestra con lo difícil que es romper un puñado de ramas. Así, César les administra la droga y comienza la revolución.
Uno de tantos aciertos del libreto de Rick Joffa y Amanda Silver es hacer evidente que los simios (al igual que ningún animal) no son malos. Ese sentimiento es exclusivo del hombre. César no busca vengarse, sino rescatar a los suyos del zoológico de San Francisco y del laboratorio para refugiarse en un santuario. Cuando un gorila está a punto de atacar a un policía indefenso, César lo detiene, a pesar de que éstos tienen órdenes de matarlos. Minutos después el mismo gorila da su vida para proteger a su líder, acto genuino de lealtad y heroísmo. Los simios no buscan diseminar la droga (que tiene efectos mortales en los humanos) que eventualmente asegurará su lugar como la especie dominante del planeta.
La cinta tiene muchos guiños para los aficionados. No sólo el protagonista principal (que de ninguna manera es James Franco) tiene el mismo nombre que llevara Roddy McDowall en La conquista del planeta de los Simios (J. Lee Thompson, 1972) y Batalla por el Planeta de los Simios (Arthur P. Jacobs, 1973), hijo de Cornelius (el mismo McDowall) y Zira (Kim Hunter), personajes fundamentales de la cinta original (la de 1968). César aparece armando un modelo a escala de la Estatua de la Libertad. Conocemos también una noticia televisiva sobre el viaje espacial de la nave Icarus (la misma de Charlton Heston). Y el guiño más notable: la línea “¡Quítame las garras de encima, simio inmundo!” ahora en voz de Felton, cuyo destino debió tener su más notorio papel. Y hay más. La escena donde el poco escrupuloso Jacobs (David Oyelowo) entra a su compañía, no dejó de recordarme a Los pájaros (1963) de Alfred Hitchcock.
En apariencia el primer aspecto que brilla en la película son los elaborados efectos de Weta digital, la compañía de Peter Jackson. De hecho es la primera cinta de la serie que los usa (en todas sus anteriores los simios fueron encarnados por actores maquillados). De ellos el más notable es César, al que da vida el actor Andy Serkis (el mismo que hiciera al Gollum en El Señor de los Anillos y al gigantesco King Kong, ambas del propio Jackson) gracias a la técnica llamada Motion capture. Se habla incluso de una nominación al Oscar para Serkis por su excepcional trabajo. A pesar de lo sorprendentes que resultan, los efectos están al servicio de la historia, no son su sustento. 
Más allá, la historia tiene relevancia en una época en que por más que se defiendan los derechos de los animales continúan ocurriendo grandes atrocidades. Es inevitable ligar a esto una lectura política, de opresión y, por qué no, un mensaje sobre la paternidad responsable. Al igual que la criatura de Frankenstein, César no pidió ser dotado de intelecto y conciencia. Al final triunfa la irracionalidad del hombre y ésta lo conduce irremediablemente a su exterminio. Todo lo anterior, como dijo alguna vez mi amigo Rafael Aviña, en una cinta deslumbrante de principio a fin.
De esta cinta seguiré hablando en la versión podcast de Horroris causa con mis cofrades Pablo Guisa, Antonio Camarillo y mi buen amigo Carlos del Río. Ahí nos escuchamos.  

lunes, 12 de septiembre de 2011

La pesadilla interminable

No tenía intención de escribir sobre el tema, pero no puedo evitarlo. Prácticamente todo el pasado fin de semana, la televisión revivió los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York. El recuerdo es imborrable. Todos podemos relatar lo que hacíamos en ese momento al enterarnos de la noticia (yo acababa de llegar a mi entonces oficina en los Servicios Periciales de Iztapalapa cuando José Gutiérrez Vivó dio la nota en el desaparecido noticiero Monitor). A lo largo de los años hemos visto cientos de veces las imágenes de los dos aviones estrellándose contra las torres del World Trade Center. Hemos visto idénticas ocasiones el espectacular incendio que causó en ellas, con docenas de personas arrojándose al vacío desde los pisos superiores para escapar de las llamas. Hemos visto los dos edificios colapsarse en medio de una gigantesca nube de polvo y escombros. Conocemos, gracias a la impresionante cobertura que los medios informativos dieron al suceso, los testimonios de cientos de testigos y víctimas. Pero el hecho no deja de ser sobrecogedor. En un momento donde las noticias terribles se han convertido en algo cotidiano en nuestra sociedad y donde la historia nos demuestra que tal vez no es la mayor tragedia que ha conocido la raza humana, los efectos en la memoria y sentir de la sociedad occidental son no tienen  precedentes. Esa es la esencia del auténtico horror. Lo que más me impresionó fueron los videos tomados por transeúntes donde los bomberos de la Ciudad de Nueva York contemplaban, con miedo e incredulidad evidentes en sus rostros, las dimensiones de la conflagración y a pesar de ello se internaron en el infierno en busca de ayudar a las víctimas. Eran –porque muchos no sobrevivieron- hombres con familias y sueños, con motivos para vivir. Mayor expresión de heroísmo, imposible.
Con orgullo, el Presidente de Estados Unidos anunció hace unos meses la muerte del responsable intelectual de la masacre, Osama Bin Laden, líder de la organización terrorista Al Qaeda que, irónicamente, gozó del apoyo de anteriores administraciones estadounidenses. Por ello se han hecho las más variadas teorías de conspiración gubernamental. No discutiré sobre su posibilidad o imposibilidad (de los Gobiernos puedo esperar todo), ni si el pueblo estadounidense merecía el atentado tras cientos de años de abusos contra otras culturas, ni compararé la magnitud del hecho respecto a otras desgracias, como la que actualmente vivimos en nuestro país. Las muertes sin sentido son abominables aquí, en cualquier época, en cualquier lugar.
Inevitablemente las bellas artes se nutrieron del suceso, sea como un tributo a las víctimas o como un homenaje póstumo a los cientos de héroes que la enfrentaron. El cine trató de capturar el episodio en cintas como Vuelo 93 (Paul Greengrass, 2006) y Las torres gemelas (Oliver Stone, 2006). Pero mucho antes de estas cintas, el complejo de edificios ocupó un lugar importante en la industria fílmica estadounidense como símbolo y representante de la más grande de sus ciudades, de la capital del Imperio. Las escaló un gigantesco y popular gorila en King Kong (John Guillermin, 1976), fueron vistas en Los Cazafantasmas (Ivan Reitman, 1984) y destruidas por invasores extraterrestres en Día de la Independencia (Roland Emmerich, 1996), las visitó el insoportable Kevin McAllister (Macauley Culkin) en Mi pobre angelito 2, perdido en Nueva York (Chris Columbus, 1992) e incluso usadas por El Hombre Araña (Sam Raimi, 2002) para tender una red que atrapara un helicóptero piloteado por asaltabancos, en un trailer que se suprimió tras los atentados.
El lugar que ocuparan las Torres, conocido como la Zona Cero, fue elegido por Guillermo del Toro y Chuck Hogan en su novela Nocturna  como guarida y nido del Amo, el malvado vampiro Jusef Sardú. Cuando su protagonista, el epidemiólogo Ephraim Goodweather, preguntó a su guía y mentor Abraham Setrakian por qué había elegido ese lugar, el anciano respondió: “Porque se sintió atraído. Los topos construyen sus madrigueras en los troncos muertos de los árboles caídos. La gangrena nace en las heridas. Sus orígenes están en la tragedia y el dolor”.
Pero el momento que mejor captura el deseo del pueblo estadounidense –que la desgracia nunca hubiera ocurrido- ocurre la escena final de la primera temporada de la teleserie Fringe. La agente Olivia Dunham (Anna Torv) discute con William Bell (Leonard Nimoy), fundador y propietario de la siniestra Massive Dynamics y éste le pregunta si tiene conciencia dónde se encuentra. La cámara se aleja y revela que ocupan una oficina en la Torre Sur del World Trade Center. Evidentemente se trata de un universo paralelo, eje central del programa. Pero no estamos en otro lugar. Aún cuando así fuera, estoy seguro que habría desgracias de otro tipo.

lunes, 28 de marzo de 2011

Indignación tardía

Cuando escribí el otro día sobre adaptaciones en el cine, mencioné brevemente el caso del Avispón verde, claro antecedente de los superhéroes de la era moderna. Por ello, pese a las continuas advertencias de amigos dignos de toda credibilidad, vencí mi renuencia a ver su reciente encarnación fílmica, dirigida por Michel Gondry, cineasta que demostró eficacia en Eterno resplandor de una mente sin recuerdos (2004), La ciencia del sueño (2006) y Originalmente pirata (2008). Él siempre me pareció una opción inusual, incluso arriesgada, para dirigir una película de gran presupuesto. Encima, si era una película de superhéroes. “Se ganó el beneficio de la duda”, pensé.
Lo que ví defraudó mi voto de confianza. La cinta me pareció interminable. Es pésima. Muchos son los factores que contribuyen al lamentable resultado. Primero, una historia que no define su rumbo. ¿Es una comedia? ¿Una sátira? ¿Una comedia de acción? Podríamos señalar a sus guionistas, Seth Rogen –a quien ya llegaré- y Evan Goldberg, como responsables. La dupla no comprendió la esencia del enmascarado: un héroe sombrío, que no temía ensuciarse las manos en su lucha contra el crimen. Parece que los guionistas desconocen que el Avispón nació en la radio, no en una historia pulp o un cómic, y mucho menos en la televisión. Incluso si así fuera, la historia sólo toma algunos aspectos de la serie protagonizada por Van Williams y Bruce Lee. Segundo, personajes mal trazados o irrelevantes. ¿Era necesaria la presencia de Cameron Díaz o de Edward James Olmos? Tercero, el protagonista Seth Rogen, quien seguramente se sintió con derecho para interpretar al protagonista por ser co-responsable del guión y fungir como productor ejecutivo. Rogen, mediano comediante canadiense, es una de las peores elecciones de reparto de que tengo memoria. Su Britt Reid, tiene más parecido en su ideología y comportamiento con un springbreaker que con el heredero de un emporio de comunicaciones, y mucho menos con un superhéroe. Las motivaciones de su cruzada son meramente circunstanciales. Es producto de su fortuito encuentro con Kato más que de traumas no resueltos con su figura paterna o un legítimo hartazgo de la injusticia. Ni la presencia de Christoph Waltz y Tom Wilkinson logra dar la mínima dignidad a la cinta. Pero todo esto no repercutió en su efecto taquillero –a nivel mundial ha ganado el doble de los 120 millones de dólares que costó-. Al menos, tras tres semanas de exhibición seguía en tres salas del complejo de cines que frecuento. Para suavizar mi molestia y desilusión, reproduzco la opinión de Ernesto Diezmartínez –que sin duda es más amable con la película- publicada en el periódico Reforma el pasado 21 de enero de 2011.
Una recomendación final: cuando la cinta salga en DVD, no piensen siquiera en comprarla. Menos en regalarla.

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Dos tipos de cuidado
Ernesto Diezmartínez

El Avispón Verde (The Green Hornet, EU, 2011) no es la típica película de superhéroes.
Su director, el imaginativo Michel Gondry, no parece el cineasta ideal para un blockbuster de acción.
Y el protagonista, Seth Rogen, no es el actor que uno esperaría ver interpretando al misterioso héroe enmascarado nacido en la década de 1930. Y, sin embargo, el experimento funciona… más o menos.
El guión escrito por el propio Rogen rescata los elementos básicos del personaje –el Avispón Verde es una especie de criminal que combate a otros criminales y no tiene superpoderes sino una infinidad de chunches tecnológicos-, pero los fusiona con la antiquísima fórmula cómica de la pareja/dispareja.
Así pues, Kato (la superestrella china Jay Chou), no es el fiel asistente del Avispón Verde sino su pareja, casi en el sentido más amplio del término.
Es decir, la película trata más de cómo resuelven su relación de amistad/rivalidad adolescente los protagonistas, que de la lucha que tienen que enfrentar para derrotar al egocéntrico mafioso encarnado por Christoph Waltz.
El resultado es disparejo pero funciona cuando no hay escenas de acción en medio: Waltz, preocupado por no ser lo suficientemente temible; Rogen como el ricachón ni-ni que va creando/descubriendo su personalidad heroica.
Chou derrocha personalidad en un papel que Bruce Lee hizo suyo en los años 60, y alguno que otro momento culposamente divertido, como aquél en el que el Avispón y Kato salen a la calle de Los Ángeles cantando “Gangsta´s Paradise”.
Ah, lo olvidaba. En la cinta aparece Cameron Díaz, pero no tiene nada qué hacer.
En este tipio de filmes la historia de amor es entre los hombres: como la de Laurel y Hardy, Lemmon y Matthau, Infante y Negrete…
En esta del Avispón y Kato, Cameron, de plano, estorba.

jueves, 27 de enero de 2011

Los remakes de películas de horror y la vejez. Primera de dos partes.

Cada generación tiene el derecho de reinventar a sus clásicos. Esta es a la vez su obligación –pues habla de su perdurabilidad- y ha generado maravillosas e incontables reelaboraciones de obras clásicas de William Shakespeare, Joseph Conrad, Henry James o Arthur Conan Doyle. Desafortunadamente, en nuestra época el remake –en el anglicismo original- se ha erigido como un signo de desgaste para los creativos, una falta de valor para experimentar con nuevas historias. Pareciera que los productores se limitan a apostar por el caballo ganador, a filmar historias cuyo éxito está comprobado. También son señal inequívoca de nuestra propia vejez. Uno se vuelve conciente de su edad cuando comienzan a hacerse remakes de las películas que disfrutamos cuando niños. En el extinto 2010 se estrenó una nueva versión de Pesadilla en la calle Elm (aunque en el corazón de todos los aficionados siempre será Pesadilla en la calle del infierno), la cual conocí en su forma original en 1984 cuando tenía 11 tiernos años. Este fenómeno en crecimiento nos invita a reflexionar sobre el valor de la reelaboración de una película y nos obliga a preguntarnos sobre su pertinencia y validez. Lo haré en los siguientes puntos:
1. Es cierto que existen remakes legítimos. Son los realizados por algunos cineastas como una necesidad de contar un relato que influyó en sus obras, sea como un ejercicio estético o un homenaje a otro artista. Son esfuerzos genuinos que pueden representar una aportación valiosa a un mito cinematográfico. El remake permite al cineasta explorar significados subyacentes que tienen un especial significado en nuestra época. El crítico de cine Antonio Camarillo se refirió a La mancha voraz (1958 y 1988) como el perfecto remake de una película serie B, esas que se caracterizaban por su limitada distribución, sus bajos presupuestos, sus elencos novatos o decadentes y sus limitados recursos. Aprecio muchísimo la versión de Tom Savini, quien conocía muy bien el material original, de La noche de los muertos vivientes (1990). En la cinta declara su admiración por su mentor George Romero y dignifica el rol de la protagonista femenina con un respeto riguroso a la línea argumental de la película de 1968, la cual se mantiene vigente por muchas razones que ya he tratado previamente.
2. El remake es a veces un fenómeno cíclico. De las incontables versiones de la novela Drácula de Bram Stoker, destaca la que dirigió Francis Ford Coppola en 1992. No la considero estrictamente un remake, sino una nueva versión de una obra clásica de la literatura, más apegada al estilo narrativo y espíritu de la novela –no olvidemos que la película de 1931 está basada en una obra teatral-, pese a que nos fue vendida como una historia de amor por su guionista James V. Hart. Sin embargo la tradición cronológica, representada a través de los rostros de Bela Lugosi, Christopher Lee, Frank Langella, George Hamilton y Gary Oldman, nos permite verla como una reelaboración.
3. Existen remakes que son actos declarados de soberbia. En su liberal posición como director independiente, Gus Van Sant reelaboró en 1998 Psicosis, el clásico de Alfred Hitckcock de 1960. Las diferencias entre ambos artesanos, pese al talento indiscutible del primero, son abismales. El cineasta norteamericano jamás podrá enmendar la plana a su antecesor británico. El resultado es una calca encuadre por encuadre y en vibrante color, con mínimas adiciones, de la cinta del Mago del Suspenso. Es un curioso ejercicio cinematográfico, impecable pero estéril. “Si no está roto, no lo arregles”, me dijo sobre el resultado mi amigo Jorge Grajales. Trato de verle el lado positivo y suelo defenderla como un intento por traer una historia memorable a las nuevas generaciones, a las que no aprecian una película en blanco y negro. Pero esto, al final, fomenta la ignorancia, la pereza y la falta de respeto de esos jóvenes espectadores por piezas fundamentales del género.
4. Un cineasta puede ser cegado por su admiración por una historia. Así le sucedió al talentoso neozelandés Peter Jackson, cuya fascinación por King Kong lo llevó a realizar un remake espectacular –la tecnología que da vida al gorila gigante es impresionante- y muy disfrutable, pero que al final es excesivo. A la cinta dediqué una entrada previa en este blog.

5. También hay caprichos generosos. En el año 2005, Tim Burton decidió hacer un regalo a sus hijos: filmar una nueva versión de la ya clásico libro infantil Charlie y la fábrica de chocolate de Roald Dahl, que ya había sido filmada en 1971 por Mel Stuart bajo el título de Willy Wonka y la fábrica de chocolate. El papel del chocolatero fue interpretado en ese entonces por Gene Wilder; en el remake burtoniano por su actor fetiche Johnny Depp. El colorido de ambas –con sus números musicales y sus escenarios delirantes-, a pesar sus diferencias de épocas y recursos, es vibrante, capaz de seducir al niño más exigente. Al menos lo consiguió conmigo cuando incluyó la aparición de Christopher Lee. Burton ha declarado que uno de sus siguientes proyectos será una versión del clásico de la televisión sesentera –una telenovela, de hecho- de Dan Curtis, Dark Shadows, una historia de vampiros y otros monstruos. Depp será el nuevo rostro del insepulto Barnabás Collins, papel que interpretara en su momento el canadiense Jonathan Frid. Cuando se concrete, será la primera cinta de vampiros de Burton.