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jueves, 5 de junio de 2014

Dulcificar la maldad

Desde principios del año 2011, comenzó a circular en Hollywood la noticia de la intención de los Estudios Disney de producir una película live action -o de acción en vivo- que volvía a narrar los eventos de su clásica cinta animada La bella durmiente (Clyde Geronimi, Les Clark, Eric Larson y Wolfgang Reitherman, 1959), pero desde la óptica de su antagonista, la malvada hada despechada Maléfica. Tim Burton, a quien todos conocemos, inicialmente recibió la encomienda del proyecto por su entonces renacida relación con la productora, pero finalmente lo abandonó y cedió el timón a Robert Stromberg, cuya experiencia como Director de Arte de Alicia en el País de las Maravillas (Burton, 2010) -que le mereció el prestigiado premio Óscar- y Oz, el Poderoso (Sam Raimi, 2013), lo hacía ideal -al menos en lo visual- para el reto. Cuando a mediados de 2012 se confirmó la participación de Angelina Jolie como la protagonista, más de uno quedó satisfecho.  Y es que siendo justo, el papel está hecho a su medida y resulta lo más atractivo de la película. Aunque Jolie ha participado en productos comerciales como 60 segudos (Dominic Sena, 2000) o el díptico Lara Croft: Tomb Raider (Simon West en 2001 y Jan de Bont en 2003), ha estelarizado películas interesantes donde ha demostrado verdadera capacidad actoral, como Inocencia interrumpida  (James Mangold, 1999) o El sustituto (Changeling, Clint Eastwood, 2008), que le han valido galardones y el reconocimiento de la crítica especializada. Este tipo de decisiones dan credibilidad a un personaje. Lo fortalecen. Un gran villano merece -debe- ser interpretado por un gran actor. Cuando en otoño de 2012 fue difundida la primera fotografía de Jolie caracterizada como la villana, el entusiasmo de todos creció. Incluido el mío, pese a mis enormes reservas. Mi recelo era justificado: se trataba, después de todo, de una película de Disney.
Ayer que vi la cinta, confirmé todos mis temores. Y no es que sea mala. Es espectacular, un derroche visual gracias a la sobria fotografía de Dean Semler. Cada dólar que se gastó en su realización se refleja en la pantalla. La culpa es del guión de Linda Woolverton, quien ya había hecho de las suyas en la Alicia de Tim Burton. Pero en el último de los casos, el resultado es responsabilidad de los estudios Disney, quienes históricamente han hecho muy clara su tendencia a edulcorar historias que conocimos en nuestra más tierna infancia, brutales en el fondo, en aras de satisfacer a las buenas conciencias y ganar millonadas en el proceso. La pobre Maléfica, la segunda villana más atractiva de la casa, es despojada de su terrible encanto y se convierte al final en una de sus princesas.
Visualizo tres errores fundamentales en una película que, siendo abrumadoramente realista, nunca debió existir. No aporta nada al personaje y, lejos de ello, traiciona su espíritu más elemental de la forma más infame:
1. Lo dije en el pasado: "El mal existe y a veces sólo necesitamos saber eso [...] Los grandes villanos no siempre requieren un origen. Los espacios en blanco y las interrogantes hacen trabajar la imaginación del lector, lo obligan a poner atención a los pequeños detalles que explican la personalidad del personaje. El exceso de datos no siempre se agradece". Ahora Maléfica (Ella Purnell) es una pequeña hada bondadosa,  virtuosa, fuerte y protectora de las criaturas mágicas con las que cohabita en el maravilloso reino de Los Páramos, con unas impresionantes y poderosas alas con las que cruza el firmamento. Sus vecinos, los insidiosos seres humanos, se encuentran en pugna permanente con ellos. Se enamora del joven Stefan (Michael Higgins), un plebeyo noble en apariencia pero increíblemente ambicioso. Al crecer, Maléfica (Jolie) derrota aparatosamente las intenciones invasoras de sus rivales y su moribundo Rey Henry (Kenneth Cranham) ofrece la sucesión de su corona a quien lo vengue. Así Stefan (Sharlto Copley) comete la traición más abominable, lo que da el pretexto perfecto para que nuestra heroína descienda a las tinieblas. Hasta ahí el asunto es tolerable. Insisto que es innecesario, pero es tolerable.
2. Una vez que te vuelves a la oscuridad, no hay marcha atrás. Si logras escapar de sus garras es por una razón poderosa, como sucedió a Darth Vader (David Prowse), luego de una profunda reflexión que duró toda la cinta, al ver en peligro de muerte a su hijo Luke (Mark Hamill) en el desenlace de El regreso del Jedi (Richard Marquand, 1983). La redención nunca se da por razones sensibleras, poco profundas, coronadas por lágrimas sinceras, que cortan de tajo las motivaciones de la malvada. La bella Aurora (Elle Fanning, radiante) siempre sería el recordatorio de la infamia y el mal de los que es capaz el hombre. Jamás podría inspirar la compasión de un personaje como Maléfica. Mucho menos a salvar su vida en más de una ocasión, desde sus primeros días. Si a esas vamos, Maléfica merecía su venganza.
3. Los excesos visuales, porque los avances tecnológicos no siempre se agradecen. Esos paisajes de ensueño y sus criaturas, mostrados hasta el hartazgo, no dejan de recordarme a las imágenes artificiales y coloridas de El Hobbit o a Las Crónicas de Narnia. Las tres hadas buenas Flora, Faura y Primavera (Imelda Staunton, Juno Temple y Lesley Manville), con su pequeño tamaño, rostros digitales y graciosas ocurrencias, tratan de dar momentos hilarantes al relato.  Y si Disney es partidario de los animales parlantes, ¿cuál fue la intención de transformar intermitentemente en humano al cuervo Diaval (Sam Riley)?
El filme se ha ganado con creces el desprecio de la crítica, incluido el mío. Pero en lo que a los estudios importa, su éxito comercial, ya ha recuperado su inversión y promete convertirse en un éxito contundente a nivel mundial. Lo peor de todo es que les impulsará a dar luz verde a una secuela. Y peor aún, a producciones similares donde harán lo mismo a célebres villanos como la Malvada Reina de Blanca Nieves o el Capitán Garfio de Peter Pan. Ya comenzaron de hecho, como lo anticipa ese teaser trailer de Cenicienta. Podemos esperar entonces películas donde la manzana envenenada inducía un estado letárgico a la pálida jovencita para ser tratada en el futuro por alguna enfermedad mortal, o a un pirata maltratado en su infancia que perseguía implacablemente al efebo que se rehusaba a crecer para prevenirlo de la maldad interna de sus Niños Perdidos. Porque según Disney todos los malos tienen, en lo más íntimo, un corazón de oro.

El futuro no es nada promisorio. 

lunes, 17 de diciembre de 2012

¿No estar emocionado por “El Hobbit” es estar muerto por dentro?


En mayo de 2008, con bombo y platillo, se anunció la filmación de El Hobbit, la emblemática novela de John Ronald Reuel Tolkien que abrió las puertas a uno de los textos más memorables que recuerdo, El Señor de los Anillos -publicado tradicionalmente en tres partes-. Como sabemos, el neozelandés Peter Jackson convirtió este último en la primera gran trilogía cinematográfica del nuevo milenio, un auténtico fenómeno que le valió el reconocimiento del público, incontables premios y, por supuesto, paletadas de dinero. El Hobbit es un libro que forma parte de mi primera educación. Fue –junto con Drácula de Bram Stoker y Grandes esperanzas de Charles Dickens- uno de los candidatos para ser leídos de forma ininterrumpida durante la edición de la Feria del Libro de Guadalajara de este agonizante 2012 –ganó el vampiro-. Llevar a la pantalla grande las aventuras de Bilbo Bolsón, si bien era algo atractivo, obedecía a una necesidad inevitable de lucrar con el éxito de su predecesora, aprovechándose de la euforia por las precuelas. En su momento, Jackson designó a nuestro compatriota Guillermo del Toro para materializar el proyecto, colocándose en una posición de productor. Los admiradores del tapatío inmediatamente aplaudieron la decisión. Él mismo mostró su entusiasmo en incontables ocasiones. Se mudó incluso a Nueva Zelanda, locación convertida en la Tierra Media y hogar de WingNut Films, la compañía de Jackson, donde trabajó incansablemente en el guión y la pre producción de la cinta. Sólo algunos locos pensamos que esto era algo arriesgado, porque a pesar que Jackson abrazaba la imaginación de Del Toro, éste no dejaba de ser su proyecto, el hermano menor de uno que le permitió ingresar al gran Olimpo de los cineastas ganadores del Oscar. Para mí y pese a su afán en desmentirlo, Jackson nunca permitiría entera libertad creativa a nuestro paisano. Del Toro haría una película que empatara con lo que Jackson estableció previamente, no más, no menos. Dificultades económicas postergaron la idea al grado que, a más de un año de distancia, Del Toro se vio obligado a saltar del barco. Obviamente, Jackson estaba listo para tomar el timón.
Este drama minó mi entusiasmo por ver El Hobbit, un viaje inesperado (Peter Jackson, 2012). Más porque el director anunció que convertirá la historia en otra trilogía. Toda traslación literaria al cine, como hemos visto, exige sacrificios. Y lo que funciona en papel no necesariamente lo hace en el celuloide. ¿Un solo libro amerita tres películas?  Eso no sucedió con El Señor de los Anillos, que fue severamente reducido para adaptarse al lenguaje cinematográfico. Y en mi opinión, funcionaba.  Algunos entusiastas dicen que las versiones extendidas solucionan todo, pero los excesos son malos. Cochino dinero. Esto opaca a un reparto atractivo, que incluye nuevamente a Sir Ian McKellen, Sir Christopher Lee, Cate Blanchett, Hugo Weaving y Andy SerkisGandalf el gris, Saruman el blanco, Galadriel, Elrond y el entrañable Gollum- y a una dupla que me ha cautivado en tiempos recientes: Martin Freeman –el Dr. Watson en la teleserie Sherlock- en el papel protagónico y Benedict Cumberbatch –el mismísimo Sherlock Holmes- como el malo del cuento. El músico Howard Shore y el cinefotógrafo Andrew Lesnie fueron convocados por Jackson de nueva cuenta. Para colmo mis reservas aumentaron cuando leí los reportes de PETA y la American Humane Association que documentan indiferencia que derivó en la muerte de 5 caballos, 12 gallinas, un pony y muchas cabras. Aunque hay personas que dicen que no creerán en eso hasta que no vean fotos de los animales muertos durante la filmación, la seriedad de las fuentes es contundente por sí misma. La falta de respeto por cualquier forma de vida es aberrante, intolerable.
¿Los aficionados que correrán a ver la cinta estarán consientes de todo lo anterior? Yo esperaré a que la lancen en Beta. 

domingo, 20 de noviembre de 2011

Mandato incuestionable

Ya lo dije antes, y me respaldan muchos especialistas: por cada buena película de horror hay, por lo menos, diez malas o pésimas. Ya he escrito sobre los factores que, en mi humilde juicio y experiencia, definen  a estos lastimeros intentos. Pero cada que veo una resuenan en mi cabeza algunas preguntas: ¿los cineastas que hicieron esta cosa, cuando la estaban filmando, no se dieron cuenta que estaban haciendo una porquería? ¿Nadie en el equipo de producción anticipó al realizador sobre el fatal resultado? Dolores Fuller (Sarah Jessica Parker) estalla contra su aún pareja sentimental Ed Wood, Jr. (Johnny Depp) al final de la filmación de La novia del monstruo (Ed Wood, 1955) en el bioepic Ed Wood (Tim Burton, 1994). “Están todos locos. Desperdician sus vidas hacienda mierda que a nadie le importa. Sus películas son terribles”. La reputación y trascendencia que los filmes de Wood han alcanzado son incuestionables. Yo soy un gran admirador suyo. Pero algo que no podemos impugnar es que, en un prisma de realismo, sus películas son muy malas. Parte de su valor actual radica en que el cineasta las hacía con la convicción del que se sabe hacedor de una obra maestra. Pero los casos como el de él son muy pocos. Y mi amada Ana Luisa me hizo notar algo: fue hasta que tocó fibras personales cuando Dolores hechó en cara sus errores al cineasta, pues antes lo apoyaba ciegamente, incluso revisaba y aprobaba sus guiones.
Lo pensé ayer que me topé por accidente, en el recién nacido canal Pánico, con la cinta Simón dice, infamia escrita y dirigida por William Dear el año 2006 y protagonizada por el antiguo papá de Marty McFly (en Volver al futuro, Robert Zemeckis, 1985) Crispin Glover. No pienso desgastarlos –ni desgastarme- con los sórdidos detalles. Me basta con decir que es una slasher movie fallidísima, predecibe e irrisoria. Juega, sin ninguna gracia, con fórmulas conocidas –y mejor utilizadas- y con artefactos que arrojan picos de minero a diestra y siniestra. En resumidas cuentas, pésima. Lo peor es que en la portada del DVD que les presento (que encontré en la red, por supuesto, porque nunca la compraría) dice "la mejor película de horror del 2009". Evidentemente la cinta toma su título del popular juego infantil cuyo origen puede remontarse a la antigua Roma pero que conocemos por la entrañable caricatura sesentera Supercán o en los labios de Jeremy Irons en la tercera entrega de Duro de Matar (Die Hard with a vengeance, John McTiernan, 1995). Lo que al villano le faltó ordenar es “Simón dice… apaga la televisión”.

lunes, 14 de febrero de 2011

Los impertinentes deben morir

[…] Los demás protagonistas, en cambio, no dan pie con bola, y hacen una serie de cosas que a nadie se le ocurriría hacer sabiendo que la película es de vampiros: caminar por el bosque a la media noche, entrar en los cementerios, andar jaloneando tumbas, meterse en un castillo medieval sin encender la luz, dormir con la ventana abierta, darle la espalda a unos cortinajes de brocado, colgar de la pared cuadros de difuntos dientones… Como tenía que ocurrir con tanto descuido, alguien aparece desangrado y con los dos típicos colmillazos en el pescuezo. –Vida de los vampiros, Jorge Ibargüengoitia.

Uno de los lugares más comunes de muchas películas de horror son los adolescentes impertinentes, quienes realizan todo tipo de acciones que pueden despertar la furia del monstruo en turno. Para ilustrar el punto, piensen en aquellos jovencitos que se metieron a protagonizar un reality show en la casa del psicópata Michael Myers en Halloween: la resurrección (Rick Rosenthal, 2002), los púberes de Camino hacia el terror (Rob Schmidt, 2003) o la pareja de Silencio en el lago (James Watkins, 2008). En todos los casos, y en muchos otros más, las consecuencias son nefastas. Y así tenía que ser. Sobre la secuela de Halloween que acabo de mencionar, un crítico –no recuerdo si fue Ernesto Diezmartínez o Rafael Aviña- dijo en su momento: “si la Chiva, el Pato y la Mapacha se metieran a mi casa, yo también les caigo a cuchilladas”.
El esquema fue presentado, con mejor fortuna, en 2000 maniacos (Herschell Gordon Lewis, 1964), La masacre de Texas (Tobe Hooper, 1974) o Las colinas tienen ojos (Wes Craven, 1977). Para ser justo, los cineastas anteriores no descubrieron el hilo negro. Ofrecer información sobre los peligros a los que está sometido un personaje –sin que éste lo sepa- es un recurso que podemos localizar en numerosos relatos de fantasmas del escritor victoriano Montague Rhode James. Es exitoso porque cuando el lector –el espectador en el caso del cine- tiene plena conciencia de estos peligros, logra involucrarse de mejor manera con el personaje y con la historia. Pero hay una diferencia abismal entre los personajes de James, todos hombres cultos y racionales, y los jovencitos de tantas películas contemporáneas. Todos los excesos son malos. Para confirmarlo vean Freddy contra Jason (Ronny Yu, 2005). Los intrépidos adolescentes suben a una camioneta a un inconsciente y monumental Jason Voorhees para llevarlo hasta Cristal Lake y a su inevitable confrontación con Freddy Krueger (porque sin el duelo, el título de la película no tendría sentido). Al final, sólo dos de ellos sobreviven. Y era de esperarse. ¿Quién, en su sano juicio, se atrevería a dar respiración boca a boca al gigante asesino? Como dicen las abuelas, el que busca, encuentra.
En muchas ocasiones, los jovencitos impertinentes son masacrados mientras celebran un acto sexual, a veces en el lugar más inoportuno, como aquella pareja que huye de unos terribles zombis pero hace una pausa para “conocerse” –como se decía en la antigüedad- sobre una lápida en Las noches eróticas de los muertos vivientes (Joe D´Amato, 1979). En la década de los ochenta –en plena administración de Ronald Reagan- los señores Krueger, Vorhees y Myers se convirtieron en guardianes de las buenas costumbres y la sexualidad responsable: el que fornica, muere. Wes Craven se mofó de esta convención en Scream (1996). Pero ese será un tema que trataré en otra ocasión.
Para finalizar una infamia más, muy a tono con el día de los enamorados. En el remake de Sangriento San Valentín (Patrick Lussier, 2009), la valerosa Sarah, después de sufrir un aparatoso accidente de tránsito, corre por su vida por un bosque desolado y se refugia en una casucha derruida y siniestra, que resulta ser la vivienda veraniega del asesino. Lo dije en otro momento: ¡coherencia, por favor!

lunes, 31 de enero de 2011

Los remakes de películas de horror y la vejez. Segunda de dos partes.

6. Muchos directores han sucumbido a la necesidad de reelaborar obras que les valieron notoriedad, en algunos casos como un ejercicio de auto superación o aferrándose a sus triunfos pasados. Instalado en Hollywood y acogido por los grandes públicos estadounidenses, el Maestro Hitchcock dirigió un exitoso remake de su propia cinta El hombre que sabía demasiado (1956), que ya había filmado en su país natal en 1934. Lo mismo hizo el austriaco Michael Haneke con sus Juegos divertidos (1997 y 2008), o Takashi Shimizu al traer a occidente su serie de historias Ju-on, con Sarah Michelle Gellar –mejor conocida como Buffy la cazavampiros- como protagonista. Veo los tres casos como una suerte de impuesto por derecho de piso, una cuota por usar los vastos recursos de la industria fílmica más poderosa del mundo.

7. También existen remakes voraces, propiciados por intereses económicos. Las productoras estadounidenses difícilmente pueden resistirse a fenómenos extranjeros que se convierten en redituables películas y, eventualmente, en franquicias. Ejemplo de esto son las versiones norteamericanas de cintas como la saga japonesa Ringu, iniciada en 1998 por Hideo Nakata y adaptada en 2002 por Gore Verbinski. Lo mismo sucedió con la brillante cinta española de zombies –o al menos eso creíamos- REC (2007), de Jaume Balagueró y Paco Plaza, que al año siguiente fue reelaborada bajo el título de Cuarentena por John Erick Dowdle. Y acaba de estrenarse Déjame entrar, versión estadounidense de la película sueca de Tomas Alfredson (2008), con apenas un par de años de diferencia. Quienes la han visto aseguran que es mejor que la original. Juzguemos por nosotros mismos. La comentaré en unos días.
8. Muchos justifican un remake por los avances técnicos. En su muy reciente Furia de Titanes (2010), el francés Louis Leterrier pretendía rendir tributo a la película que en 1981 dirigió Desmond Davis. Para ello incorporó los –que se dicen- más recientes avances técnicos en el campo de la animación, pirotecnia visual que sin duda es excesiva y demuestra que la tecnología, por muy impresionante que sea, nunca reemplazará una buena historia que tiene encanto, porque prefiero mil veces la animación stop-motion de Ray Harryhausen que sus gráficos tipo videojuego, como esa secuencia de los escorpiones gigantes. Muy pocos directores pueden resistirse a caer en esto, al menos en un par de secuencias. Ya hablé del remake de Pesadilla en la Calle Elm. En uno de los momentos más recordados por los aficionados de la cinta original, Freddy se aparece por encima de la cabecera de la cama de una inquieta Nancy, una escena brillante por su simplicidad y economía (un actor restregándose contra una película de látex que simula ser un muro). En la nueva versión esto es reemplazado por un efecto digital que es supuestamente más realista pero no puede disimular su procedencia y termina por verse falso.
9. Y por último existen remakes que nunca, pero nunca, debieron existir. Y de ellos prefiero no hablar mucho, pues sus incontables fallas consumirían nuestro valioso tiempo. Algunos de los que más he aborrecido en tiempos recientes son Terror en la niebla (Rupert Wainwright, 2005), El Hombre de Mimbre (Neil Labute, 2006), Hasta el viento tiene miedo (Gustavo Moheno, 2007), El Libro de Piedra (Julio César Estrada, 2009), y Viernes 13 (Marcus Niespel, 2009), por sólo citar algunos.

Que los remakes seguirán produciéndose, es algo seguro. Y así será mientras sigamos consumiéndolos. Porque sus artífices y beneficiarios saben que inevitablemente acudiremos a verlos por curiosidad o nostalgia. Quién sabe. Tal vez se encuentre a la altura –o supere- a la obra que lo propició. Porque cuando acudimos al cine siempre esperamos sorprendernos.
El espacio está abierto para recibir sus recomendaciones y advertencias. ¿Cuál ha sido el remake que más les ha gustado y el que más han odiado?

viernes, 21 de enero de 2011

A colgarse de la capa del vampiro


En tiempos recientes, los vampiros han demostrado su rentabilidad como personajes en diferentes medios. Lo demuestra la saga literaria, convertida en películas, de Stephanie Meyer, o las series de televisión True blood –basada en los libros de Charlaine Harris- o The vampire diaries –basada en las novelas de Lisa Jane Smith-. Infame fue resultado de la “secuela oficial” de la novela canónica, que supuestamente escribió un descendiente de Bram Stoker. Lo único que hizo fue lucrar con el buen nombre de su ancestro.
El vampiro es remunerable por innumerables razones: representa nuestros anhelos y temores, la sensualidad desatada, el matrimonio del instinto y la razón y la promesa de la eternidad en una época donde la juventud es un valor. Si no lo creen, pregunten a los púberes empacadores del supermercado que gusten: Una costumbre que tengo, signo de respeto y cortesía, es decirles “señor”. En varias ocasiones me han corregido “¿Cómo que señor? Si tengo apenas 15, ¿o tan viejo me veo?”. Sobra decir que los resultados no siempre son afortunados y ello contribuye a la decepción de muchos de sus admiradores. Y ni qué decir de los estudiosos. Mi amigo Ricardo Bernal piensa que “distraen la atención de otros temas más atractivos del horror”, mientras que Julio Patán cree que es un monstruo que se ha agotado, “símbolo de nuestra vejez”. Un clavo en el ataúd es el plan que el actor y empresario teatral Fred Roldán –cuya infame versión de Pinocho fui obligado a ver en mi infancia- anunció ayer en la radio: llevar nuevamente a escena Drácula, “la verdadera historia de amor que concibió Bram Stoker”. Mi indignación no se hizo esperar. No me queda duda que el hombre sólo ha visto la versión cinematográfica de Francis Ford Coppola (1992) y como en el título y cartel decía Bram Stoker´s Drácula, “love never dies”, dio por cierto que esa era la línea de la novela. Esto hace obvio que nunca ha leído el libro de Stoker, ni siquiera una de sus dignísimas versiones para niños. Es cierto que en medio de las tragedias nacionales esta es irrelevante, pero de que causa horror, causa horror. Y más porque es un musical. Roldán presumió, con gran satisfacción, algunos temas que se usarán en la obra, pésimos todos. Al menos mi amigo Benjamín Vidales me hizo ver el lado bueno: esto lo obligará a dejar su disfraz de Peter Pan –que teñirá de negro- y seguramente usará el mismo arnés para volar sobre el escenario. La fortuna del conde transilvano en el teatro mexicano es cuestionable. ¿Alguien recuerda la ópera gótica del grupo Cristal y acero? Pero hay esperanzas para el vampiro, al menos en otros territorios. Me hace recuperarla la novela Oscura (Suma de letras, 2010), segunda parte de una trilogía escrita por el tapatío Guillermo del Toro y Chuck Hogan. Estoy a unas páginas de terminarla. La comentaré ampliamente en otra ocasión.

lunes, 17 de enero de 2011

¿Qué define una mala película de horror? Segunda de tres partes.

5. El sexo no siempre vende. Si como pensaba Herschell Gordon Lewis, principal artífice del cine gore, que “el sexo y la muerte venden”, la combinación no siempre es afortunada. El pornógrafo convertido en director de algunas cintas de horror de culto aseguraba que como los hombres pagaban las entradas al cine, había que complacerlos con heroínas voluptuosas. Es cierto que Elisha Cuthbert, hija de Kiefer Sutterland en la extinta serie de televisión 24, es una chica muy atractiva. Pero su figura no aportó nada a la cinta El Sótano (Captivity, Roland Joffé, 2007). Y como éste podría nombrar innumerables casos.
6. El susto barato. El protagonista realiza alguna actividad cotidiana o explora un lugar peligroso. Abre, por ejemplo, la puerta con espejo del anaquel de un baño. Cuando la cierra descubre súbitamente atrás de él al monstruo en cuestión, o a algún amigo cuya presencia en el sitio es inesperada, con un aumento en el volumen o un acorde que altera el flujo de la banda sonora. Sigue a este susto repentino una estela de risas del auditorio. Muchas películas se ostentan como de horror abusando de este recurso. Esta clase de estremecimiento, fugaz y físico, es previsible en muchas ocasiones y siempre decepcionante.
7. Las secuelas innecesarias deben morir. Un hombre lobo americano en Paris (Anthony Walker, 1997) buscaba explotar el éxito de la cinta canónica de John Landis (Un hombre lobo americano en Londres, 1981). El resultado final, de ínfima calidad en todos los aspectos, la condenó al olvido. Igualmente sucedió con El Proyecto de la Bruja de Blair 2 (Joe Berlinger, 2000), secuela que se alejó diametralmente de su antecesora y no aportó nada a una premisa interesante. Menos horripilante fue la secuela de la estupenda REC (Jaumé Balagueró y Paco Plaza, 2007), REC2 (2009), nuevamente dirigida por la dupla española. La cinta retoma la historia en el instante mismo de su aparente desenlace, pero le da un giro dramático al transformar lo que parecía ser una inteligente película de zombis en un relato de posesiones demoníacas, con todo y un sacerdote que no deja de recordarme al Padre Merrin (Max Von Sydow) de El Exorcista (William Friedkin, 1973). Este tipo de esfuerzos, realizados con voracidad comercial en muchos casos, no sólo traicionan historias ingeniosas sino que defrauda profundamente al cinéfilo.
8. Los remakes innecesarios también deben morir. Mi amigo Jorge Grajales, para calificar la nueva versión de Psicosis (Gus Van Sant, 1998), acuñó una frase que vive en mi memoria: “si no está roto, no lo compongas”. Sigo defendiendo la cinta como un ejercicio cinematográfico curioso y como un esfuerzo por traer a las nuevas generaciones una historia memorable. Van Sant dirigió una impecable calca, en vívido color y encuadre por encuadre, de la obra inmortal de Alfred Hitchcock. Infame sin duda fue La casa de cera (Jaumé Collet-Serra, 2005), actualización de la joya protagonizada por Vincent Price. Un guión irrisorio, una lluvia de “estrellas juveniles” y un villano inverosímil atormentan mis reducidos recuerdos de ella. La parte que no puedo olvidar –porque la celebré sinceramente- fue la muerte de la socialité Paris Hilton. El malvado pudo atravesarle el cráneo con facilidad con un tubo porque no había un cerebro que opusiera resistencia. Y de las mexicanas Hasta el viento tiene miedo (Gustavo Moheno, 2007) o El libro de piedra (Julio César Estrada, 2009), no vale la pena hablar.
9. Un videojuego exitoso no garantiza una gran película. La saga El huésped maldito se basa libremente, como sabemos, en el popular videojuego Resident evil. El purista de este medio puede obviar las diferencias por sus valores de producción, sus efectos especiales o por la presencia de Mila Jovovich. Pero otros intentos no han corrido con la misma suerte. La casa de los muertos (Uwe Boll, 2003), adaptación del videojuego de Sega, es funesta por el lado que se le vea. Cuando al villano le preguntaron para qué quería ser inmortal, respondió con gran contundencia: “para vivir para siempre”. Doom, la puerta al infierno (Andrzej Bartkowiak, 2005), con el astro de la lucha libre Duane“The Rock” Johnson, deja mucho qué desear. Muchos cineastas no comprenden que los videojuegos son un medio diferente al cine, con un lenguaje propio que en ocasiones sólo funciona bien en su forma original. Si muchos cineastas no lo entendieran, seguramente ya hace mucho se hubiera lanzado Pacman begins.

Dejo deliberadamente de lado el tema de las llamadas películas de culto. Glen o Glenda (1953), La novia del monstruo (1955) y Plan 9 del espacio exterior (1958), todas escritas y dirigidas por Edward D. Wood, Jr., son malísimas, pésele a quien le pese. Pero sus deficiencias, candor y la nostalgia las convirtieron, con el paso de los años, en objetos dignos de veneración y forman parte entrañable de las videotecas de muchos de nosotros. Quién sabe. A lo mejor los admiradores de muchas de las cintas que mencioné en esta serie de entradas aún no han nacido. O tal vez nunca existan. De lo que estoy seguro es que muchas no sobrevivirán el paso del tiempo.

domingo, 3 de octubre de 2010

Infamia de una mañana de domingo

Un placer culposo, digno de suceder el desayuno dominical, fue ver en la televisión la película Todavía se lo que hicieron el verano pasado (Danny Cannon, 1998), inecesaria secuela de la prescindible cinta de horror que abreva del cine de asesinos sobrenaturales de los setenta y ochenta. El vengativo psicópata -Ben Willis, alias El pescador- ahora siguió a la protagonista -Jennifer Love Hewitt- hasta a una isla de las Bahamas -seguramente tuvo, como todos los mortales, que reservar alojamiento, transportación,comprar bronceador y un par de bermudas-. La previsible, incoherente, ridícula pero -involuntariamente- divertidísima trama de Trey Callaway, plagada de diálogos absurdos y lugares comunes, tiene a menos dos aciertos: la efímera aparición de Jeffey Combs (mejor conocido como Herbert West en la serie Re-animator) y la muerte violenta de Jack Black (futura estrella del King Kong de Peter Jackson), un molesto rastafari traficante de droga. Eso anima cualquier domingo.

jueves, 30 de septiembre de 2010

La cosecha de infamias nunca se acaba

En ocasiones previas hice un par dedicadas al cine de vampiros en México. Hoy, en el ocaso del mes del bicentenario, hago una adición a la segunda parte de mis textos, la dedicada a las infamias. Y es que toda figura del cine de horror, como el vampiro, vive con el riesgo latente de ser denigrado en aras de lucrar con su popularidad. Añado un ejemplo más, gracias a mi espíritu intrépido: la película Drácula mascafierro (Víctor Manuel "el Güero" Castro, 2002). Su premisa, insultante por sí misma, implica la persecución de un linaje de vampiros encabezado por Roberto “Flaco” Guzmán (quien ya interpretó a un vampiro la terrible Curados de espatos, que reseñé previamente) quienes transforman en homosexuales a las victimas de su mordida. Los valientes cazadores de monstruos (Gary Rivas y Jorge Aldama) , patéticos “machos” mexicanos, huyen de esta posibilidad como de la peste. Confieso, por salud mental, que sólo soporté 15 minutos de su metraje. El guión del propio Castro, adalid del cine de albures de los años ochenta, carece de la menor pizca de gracia, buen gusto e inteligencia. Lo prueban la insultante escena donde una celulítica devota del vampiro mayor pretende realizarle una felación, ese pene de plástico o los diálogos absurdos entre los heroicos e ignorantes protagonistas. Por favor, cuando la vean anunciada en la televisión de paga, evítenla.

sábado, 18 de septiembre de 2010

La invasión de los vampiros o disculpe usted, pero sus colmillos están en mi cuello bicentenario. Segunda de dos partes y conclusión

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Parte del ciclo de todo mito cinematográfico que comienza a mostrar desgaste, como sucedió con las entrañables películas de horror de los estudios Universal, es coquetear con otros géneros. Lo mismo sucedió al vampiro nacional, que se sacrificó para el lucimiento de los cómicos del momento, del mismo modo que hicieron Bela Lugosi y Lon Chaney, Jr. en Abbot y Costello contra Frankenstein (Charles Barton, 1948). La primera de las cintas que lo demuestran, que incluye la participación fortuita del mismísimo Germán Robles en su momento de máxima gloria, porque en sus propias palabras accedió a aparecer en ella como un favor al protagonista cuando tomaba un descanso durante la filmación de El ataúd del vampiro, es El castillo de los monstruos (Julián Soler, 1958). Hilarante es el momento en que su astro, Antonio Espino “Clavillazo”, huye despavorido del vampiro favorito de todos. Luego tocó su turno a Eulalio González “Piporro” en La nave de los monstruos (Rogelio A. González, 1960), curioso híbrido de cine de ciencia-ficción, horror, comedia y estampa del México rural, donde el popular "Rey del taconazo" es seducido por los encantos de Lorena Velázquez que interpreta a la vampira alienígena Beta. También debemos recordar Échenme al vampiro (Alfredo B. Crevenna, 1961), una comedia de misterio tipo Scooby Doo, de tres episodios, que involucra a un grupo de codiciosos herederos y a un presunto vampiro interpretado por Yerye Beirute. De sirviente a vampiro, ascenso más que merecido.

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Y todo mito no puede escapar de las infamias. En la industria occidental, por cada buena película de vampiros podemos contar, al menos, diez malas o pésimas. La primera que recuerdo es El imperio de Drácula (Federico Curiel, 1967) donde Erick del Castillo se pone la capa y encarna al vampiro Barón Draculstein, con todo y su recio acento ranchero. Inevitable es Chiquidrácula (Julio Aldama, 1984), que lucra con la fama del entonces niño maravilla Carlitos Espejel y su papel en una conocida serie de comedia del momento. Su trama es simple. Un niño de un barrio pauperizado se disfraza como un pequeño aristócrata vampiro para alejar del alcoholismo a su pariente Adalberto Martínez “Resortes”. Más reciente es El vampiro teporocho (Rafael Villaseñor Kuri, 1989), en la que Pedro Weber “Chatanuga” encarna a un desaliñado chupasangre que se coloca condones en los colmillos para evitar infecciones. Al menos esto puede leerse como una metáfora del sexo responsable en la era del VIH. Más aterradora es Curados de espantos (Adolfo Martínez Solares, 1992), cuya insultante trama cruza el camino de un vampiro revivido en una excavación prehispánica y posterior dueño de un burdel de mala muerte (Roberto “Flaco” Guzmán) con dos curanderos albureros y lujuriosos (Alfonso Zayas y César Bono), su enano ayudante (René Ruiz “Tuntún”) y una voluptuosa arqueóloga (Lina Santos). Peor, imposible.

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¿Hacia dónde se dirige el vampiro nacional? Para muchos estudiosos dignos de todo mi respeto, como Julio Patán, es un monstruo que ha tocado fondo y se ha deslavado completamente. Yo creo, y no porque sea uno de sus grandes admiradores, que aún tiene mucho que ofrecernos, por más que populares sagas muestren lo contrario. Las letras pueden ser una buena manera de reconocer sus posibilidades. El cuento No se duerman en el metro, publicado en 1994 en una serie que Revista de revistas del periódico Excélsior dedicó a los hijos de la noche, es un gran ejemplo. Su autor, Mario Méndez Acosta, los traslada, con verosimilitud testimonial al calor de las copas, hasta los túneles del sistema de transporte colectivo de la capital mexicana. Concluye con una terrible advertencia: “¡No se duerman en el Metro! Si lo hacen, corren el peligro de, por lo menos, no volver a dormir nunca más con tranquilidad”. Con mucho humor, a través de una breve comunicación epistolar, la escritora regiomontana Patricia Laurent Kulick lo aborda en Se solicita sirvienta, con el acierto de nunca mencionar la palabra “vampiro”. La autora emplea el mismo tono, con una pizca de malevolencia, en El invitado (Selecciones del Reader´s Digest, 1998), donde luego de divertirse como el gato hace con el ratón, el vampiro remata a su futura víctima con un sarcástico “querida, sin el beneficio del juego la eternidad sería mortalmente aburrida”. Pero mi historia favorita, referencia obligada en mis clases, es La ruta del hielo y la sal (Ediciones Vid, 1998), recientemente nominada a los españoles premios Ignotus 2010 en la categoría de novela corta. Debemos este triunfo de la ficción nacional al poblano Jose Luis Zárate. Su relato es, en resumidas cuentas, el capítulo que omitió Bram Stoker en Drácula y que nos presentó brevemente en una bitácora de navegación, el del viaje de la goleta Démeter de Varna a Whitby. Su protagonista, el capitán del navío, lucha con sus propios demonios y con un misterioso polizón que diezma paulatinamente a su tripulación. Zárate rinde un respetuoso tributo a una novela a la que tanto debo sin siquiera nombrar su título ni al malévolo personaje que se lo proporciona. Otra posibilidad que puede dar nuevo impulso al vampiro es explorar cuanto lo asemeja al ser humano. No sus debilidades, sino sus carencias. Un regreso a su origen. Mi amigo José Francisco Macedo bien lo dijo, “en mi época el vampiro era temido, no tímido”. El creador no debe repetir el esquema del Louis de Point du Lac de Anne Rice (Brad Pitt en la película de Neil Jordan), ni al delicado Conde Saint Germain de Chelsea Quinn Yarbro, mucho menos al insufrible Edward Cullen de la multicitada serie Crepúsculo (un vampiro “maricón”, según Paco Ignacio Taibo II, calificativo que no hace alusión en modo alguno a preferencias sexuales), es decir, al vampiro “sensiblero”, el que lamenta ser un vampiro. “Hace doscientos cuarenta años que no veo la luz del día, dice el vampiro que vi en la última película”, recuerda con ironía Jorge Ibargüengoitia en su divertido Vida de los vampiros. El monstruo que me gusta, como a Guillermo del Toro, es el que disfruta su posición en el pináculo de la cadena alimenticia, que acepta y se regocija en su otredad. Como dice sabiamente el vampiro Lestat de Anne Rice, “si estás condenado a vivir hasta el fin de los tiempos, mejor haz una fiesta de todo ello”. Eso ha permitido prosperar a muchos hombres de negocios, pasar por encima de otros sin el mayor miramiento y amasar las más cuantiosas fortunas. Codicia para muchos, naturaleza humana para mí. Ahora bien, en una época donde los adolescentes consideran su juventud como un valor, no como una virtud efímera, el miedo a envejecer, a la corrupción del cuerpo, puede ser también una preocupación del vampiro. Así le sucedió a Narciso o al Dorian Grey de Oscar Wilde. “La vanidad, definitivamente mi pecado favorito”, fue la última línea de Al Pacino en El abogado del diablo (Taylor Hackford, 1997). Más sabe el diablo por viejo que por diablo. Las adicciones, los desordenes alimenticios, las enfermedades de transmisión sexual, la soberbia que puede albergar al saberse casi omnipotente, su maridaje con otros géneros (¿se han imaginado a unos vampiros narcotraficantes?), son temas por explorar. Todos pueden asegurar su inmortalidad. En el cine nacional aún puede resurgir. No a través de un remake de El vampiro (ojalá eso nunca suceda), pues son lamentables los resultados de las reelaboraciones de Hasta el viento tiene miedo y El libro de piedra. La permanencia del vampiro reside en su capacidad de evolucionar, de adaptarse al entorno como hace el ser humano mismo. Después de todo, son nuestro reflejo.