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lunes, 3 de marzo de 2014

Horrible inmortalidad (2)

El sábado pasado, en la trigésima quinta emisión de la fiesta de los libros y la imaginación que se celebra tradicionalmente en el Palacio de Minería, recinto brillante de mi Universidad Nacional, tuve el honor de acompañar a Alberto Cué, Bernardo Esquinca y Rafael Aviña en la presentación de su nuevo libro Orson Welles en Acapulco y el misterio de la Dalia Negra, un texto que converge tres veces –desde su título- en la mutilación: de la obra del cineasta, el lugar paradisíaco y la víctima a los que hace referencia. Este es el texto que preparé para la ocasión.
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Horrible inmortalidad
(Texto para la presentación de “Orson Welles en Acapulco”)
Roberto Coria

El cuerpo sin vida de la joven aspirante a actriz Elizabeth Short, bautizada por los medios de comunicación de su tiempo y conocida por la posteridad como la Dalia Negra, fue descubierto la mañana del 15 de enero de 1947 en un lote baldío en la intersección de las avenidas South Norton, Coliseo y Oeste 39, distrito de Leimert Park, en Los Ángeles, California. Si su cadáver no hubiera sido dispuesto de una forma tan brutal, posiblemente su caso no habría trascendido en la Historia del Crimen: desnuda, eviscerada y desangrada, partida en dos por la cintura, mutilada facialmente para simular una grotesca sonrisa. Omito deliberadamente más detalles. Éstos sólo nos envilecen como especie. La imagen perturbó la opinión pública de su época e incendió la imaginación de una innumerable cantidad de personas. Sobra decir que su asesino –o asesinos- nunca fue identificado.
Este es precisamente el punto del que parte el comunicador y crítico de cine Rafael Aviña en Orson Welles en Acapulco y el misterio de la Dalia Negra (CONACULTA, 2013), un libro inclasificable que transita con gracia entre el periodismo de investigación, la llamada non fiction novel, el ensayo, el guión cinematográfico y la biografía. Todo en su conjunto trata de dar solución al enigma, una teoría tan válida por los hallazgos que realiza el autor y van más allá de la mera coincidencia. Todos nos remiten a una de las más prestigiadas figuras del Séptimo Arte: Orson Welles, ese genio que en 1941 pasó a la historia por escribir, dirigir y protagonizar El ciudadano Kane, una joya indispensable para todo amante del cine.
Aviña, como el ficticio reportero Jerry Thompson (William Alland) que trata de descubrir el significado de las últimas palabras del magnate de los medios de comunicación Charles Foster Kane (Welles), escarba en el tiempo y nos traslada a un lugar inmediato y vinculado al crimen que a primera vista nos parecería improbable: el paradisíaco puerto de Acapulco de finales de los años cuarenta, un lugar belleza incomparable. Hace un vivo retrato de su historia –a través de una profusión de publicaciones y testimonios-, su  gente, sus grandes carencias, los afanes de los políticos por convertirlo en un punto obligado del turismo y la industria cinematográfica extranjera y nacional. Rafael no pierde a oportunidad de expresar su amor por el sitio, mismo que lo une irremediablemente con su querido Germán Genaro Cipriano Gómez Valdés Castillo, el mítico Tin Tán, que hizo de Acapulco su segundo hogar, recorrió sus aguas a bordo de sus Tintaventos y realizó ahí en 1969 –escrita, dirigida y estelarizada por él- una de sus últimas películas, El capitán Mantarraya.
Rafael también nos presenta un viaje tras la filmación de una de las cintas más recordadas de Welles, espécimen fundamental del llamado Cine Noir –sobre el que nos da una verdadera cátedra en su doceavo capítulo: La dama de Shanghai (1947), escrita, dirigida y protagonizada por él y su entonces esposa Rita Hayworth. Precisamente su relación intermitente y contradictoria nos permite formarnos una imagen de Welles, el hombre: un individuo fuerte y corpulento que rebasaba los 1.85 metros de estatura, violento, irascible, misógino, taurópata, con un bajo umbral de tolerancia a la frustración, megalómano e increíblemente creativo. Aviña no lo señala gratuitamente como un sospechoso potencial. Estuvo en la mira del Departamento de Policía de la Ciudad de los Ángeles y del escrutinio de numerosas investigaciones como la de Mary Pacios, amiga entrañable de la infancia de Short que ha emprendido una cruzada por vindicar su imagen. ¿Welles pudo encontrarse tras el asesinato de la Dalia? Esa es una teoría más, tan probable como las muchas otras que a lo largo de los años se han producido. Si quieren corroborarlo, deberán comprar el libro.
Sólo me resta invitarlos a conocer el texto y agradecer a Rafael Aviña por esta carta de amor al cine, a uno de sus lugares extraordinarios y a la búsqueda de la verdad para dignificar a una trágica figura en un país y una época donde nuevas Dalias aparecen todos los días.

Finalizo mi participación dedicándola a la memoria de Elizabeth Short, como hizo Rafael en el principio de su libro. No imagino qué pasaba por su mente los días previos a ese fatídico 15 de enero de 1947. Sólo imaginarlo resume la esencia del horror y puede provocarnos las peores pesadillas. Sin embargo sus sueños –aunque no como los esperaba- se volvieron realidad. Cito a Aviña: “La figura bellísima de La Dalia Negra se mantiene incorruptible en el deseo, la fantasía y el tiempo. Su cuerpo, exánime y profanado, se convirtió en un cadáver exquisito en toda la extensión de la palabra, y su hermoso rostro, fascinante y perturbador, no supo jamás de los estragos de la vejez. El hecho relevante es que la Dalia no pudo rehuir a su destino. Si Elizabeth Short no hubiera sido sacrificada, hoy en día sería una respetable anciana de ochenta y nueve años”. 

viernes, 13 de diciembre de 2013

Un depredador de Alaska

Si aún existiera Testigos del Crimen, el podcast que conduje durante 5 años con mi querida Guadalupe Gutiérrez, este hubiera sido uno de sus temas. De hecho es uno de nuestros grandes pendientes. Y si existe el lugar que las religiones llaman infierno, Robert Cristian Hansen tiene sin duda un lugar reservado en él. Mientras leen estas líneas, él purga una condena de 461 años en la Correccional de Spring Creek, en Seward, Alaska. Tiene 74 años de edad y goza de un techo y tres comidas diarias por cortesía de los contribuyentes y el Sistema Penitenciario de Estados Unidos. Se encuentra ahí por violar y asesinar cruelmente a un número no determinado de mujeres –se calculan entre 17 y 21, aunque muchos creen que el número es mayor- entre 1971 y 1983. Y en verdad, la sentencia me parece poca.
Sus actividades homicidas quedaron expuestas el 13 de junio de 1983, cuando la joven prostituta Cindy Paulson logró escapar de sus garras. A esto siguió un caso que pone en manifiesto la difícil –trágica- vida de muchas trabajadoras sexuales de Anchorage, Alaska, el trato discriminatorio que reciben cuando denuncian un delito cometido en su contra, las limitaciones del sistema legal y el mejor espíritu de los buenos representantes de la Ley.
La carrera de Hansen ha sido tratada en varios documentales televisivos –de Discovery channel esencialmente-, en series –recuerdo un episodio de La Ley y el Orden: Unidad de Víctimas Especiales-, inspiró en 2007 la película Naked fear –con Joe Mantegna- y la cinta que propicia estas líneas.
Bajo cero (The frozen ground, 2013), escrita y dirigida por el neozelandés Scott Walker, es un muy competente relato policial que se estrenó muy tarde en nuestro país –en Estados Unidos se hizo en agosto- y seguramente quedará sepultado este fin de semana en la cartelera por el estreno de la secuela de El Hobbit. Es una persecución entre el investigador Jack Halcombe que encarna Nicholas Cage –el personaje está modelado a partir de Glenn Flothe, el sabueso de la vida real- y Hansen, interpretado por John Cusack. La desgraciada Paulson es encarnada por la cantante Vanessa Hudgens, egresada de High School Musical y que aparece en Machete kills (Robert Rodríguez, 2013), con un buen resultado.
La cinta no prescinde de lugares comunes, familiares para nosotros por la televisión –los personajes con un pasado tortuoso, el jefe que en principio no apoya al protagonista, la angustiante búsqueda de evidencia y el dramático interrogatorio-, pero el conjunto es satisfactorio sin duda. “Esto es lo que eres y lo que haces”, reconoce su esposa (Radha Mitchell) a nuestro héroe. “El sistema no es perfecto, pero no dejarás de luchar por hacerlo un poco mejor”.

Y uno de los aciertos de Walker es dedicar su primer trabajo a las víctimas de Hansen, las conocidas y las desconocidas. Antes que corran los créditos finales, el director nos muestra las fotos de las que se sospecha fueron asesinadas por el monstruo, con las estremecedoras leyendas cuerpo localizado y cuerpo sin localizar. Sobrecogedor.

martes, 31 de enero de 2012

Horrible inmortalidad

El cuerpo sin vida de la aspirante a actriz Elizabeth Short, conocida como la Dalia Negra,  fue descubierto el 15 de enero de 1947 en un lote baldío en la intersección de las avenidas South Norton, Coliseo y Oeste 39, distrito de Leimert Park, en Los Ángeles, California. Si su cadáver no hubiera sido dispuesto de una forma tan brutal, posiblemente su caso no habría trascendido: desnuda, eviscerada y desangrada, partida en dos por la cintura, mutilada facialmente para simular una grotesca sonrisa. La imagen perturbó la opinión pública de su época e incendió la imaginación de una innumerable cantidad de personas –civiles, investigadores y artistas- que buscaban dar una respuesta al misterio. Testigos del Crimen le dedicó su programa 42. Porque sobra decir que su asesino –o asesinos- nunca fue identificado.
 Yo conocí el hecho en mi preadolescencia, en un capítulo de 1989 del programa televisivo Misterios sin resolver donde Robert Stack –el antiguo Eliot Ness de Los Intocables- realizaba una semblanza del crimen. Años después, gracias a los consejos de mi amigo y mentor Ricardo Bernal, me hice de la novela La Dalia Negra (1987), donde el escritor norteamericano James Ellroy entremezclaba el caso con su fantasía y demonios personales. El resultado fue una estupenda obra donde el autor daba respuesta al enigma, profundizando en el mundo de privilegios y excesos de la alta sociedad californiana de la época. El libro fue fallidamente trasladado al cine en 2006 por Brian de Palma, pese a su deslumbrante diseño de arte y fotografía, que le valió una nominación al Óscar.
Hablo de todo esto porque la semana pasada vi un episodio de American horror story, la estupenda serie de televisión creada por Ryan Murphy y Brad Falchuk, donde aparecía Elizabeth Short y se daba una explicación coherente –empleando el juego de la imaginación y teniendo en cuenta que se trata de una historia de fantasmas- a su asesinato: deseosa de notoriedad, fue presa de los apetitos de un odontólogo, quien la mata accidentalmente. Acto seguido aparece el fantasma del desquiciado Dr. Montgomery (Matt Ross),  quien pone sus talentos al servicio del involuntario homicida. La Dalia Negra fue encarnada por la joven actriz Mena Suivari, objeto del deseo de Kevin Spacey en Belleza americana (Sam Mendes, 1999).
El libro Escenarios del deseo (UNAM, 2009) reúne los ensayos expuestos durante el coloquio homónimo realizado en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional. En él destaco el de mi buen amigo Rafael Aviña, titulado Psicopatía criminal y cine: el caso de La Dalia Negra: “Sin embargo, ningún asesinato violento, ningún crimen sádico puede compararse con el caso de La Dalia Negra, ocurrido hace setenta años: Un caso único, irrepetible y atroz, que rebasa cualquier expectativa o fantasía perversa”.
No imagino qué pasaba por la mente de Elizabeth Short la mañana previa a ese fatídico 15 de enero de 1947. Sin embargo sus sueños –aunque no como los esperaba- se volvieron realidad. “El cuerpo bellísimo de La Dalia Negra se mantiene incorruptible en el deseo, la fantasía y el tiempo. Su cuerpo exánime y profanado se convirtió en un cadáver exquisito en toda la extensión de la palabra, y su hermoso rostro, fascinante y perturbador, no supo jamás de los estragos de la vejez. Si Elizabeth Short no hubiera sido sacrificada, hoy en día sería una respetable anciana de 83 años”, dice Aviña.     

lunes, 11 de abril de 2011

Auténtico horror

Mis 16 años como investigador de crímenes violentos y toda una vida como observador de la naturaleza humana, me han llevado a una fatal certidumbre: el hombre, como especie y a pesar de sus incontables virtudes, no merece existir. Ejercicios brutales como la galardonada Operación delfín (The cove, Louis Psihoyos, 2009), cinta que Ernesto Diezmartínez reseñó en la sección Primera Fila del diario Reforma el pasado viernes 8 de abril de 2011, me lo recuerda. Sobre la masacre sólo puedo decir una cosa: el karma existe y me comprueba que los horrores que exploro –en la literatura y el cine- son definitivamente mejores y más seguros que los de la realidad.
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Mares de sangre
Ernesto Diezmartínez
Hacia el final de Operación delfín (The cove, EU, 2009) las aguas de una alejada bahía de las costas del pueblito japonés de Taiji están enrojecidas. Acaba de suceder una masacre y nosotros la hemos atestiguado.
Es un momento de auténtico horror. Más aún cuando las razones para la susodicha masacre son francamente estúpidas.
Exhibida hace un año en Ambulante 2010, es la notable ópera prima del fotógrafo y conservacionista Louis Psihoyos. Estamos ante una cinta que es un tercio de bienintencionado filme documental, otro tercio emocionante thriller de acción y otro más de efectiva pieza de agitprop político-ecológica.
El centro dramático lo ocupa Ric O´Barry, un intenso hombre que carga una culpa desde hace tres décadas y lucha por su redención.
O´Barry, el hacedor tras bambalinas de la celebérrima teleserie Flipper (1964-1967), fue el responsable no sólo de entrenar a las cinco delfines hembra que interpretaron al heroico mamífero marino en ese programa televisivo, sino que él mismo capturó a los animales.
La convivencia con esos dientones, le enseñó que seres acuáticos como Cathy (su “Flipper” preferida) tienen un grado de conciencia de sí. Y si realmente entienden lo que está pasando, ¿cómo se siente él ahora que lo sabe?
En su última parte, la misión existencial de O´Barry se transforma en una suerte de Ocean´s Eleven de verdad. Así, para develar un sangriento secreto, junta un equipo con una pareja de buzos, un amante del peligro, un fotógrafo y conservacionista marítimo y un experto en maquetas que ha trabajado con George Lucas.
Así pues, todo el equipo se dará a la tarea de acercarse a una bahía nipona para tratar de mostrar lo que todos saben, pero todos niegan.
No agregaré más, pero apostaré a que no podrá ver otro episodio de Flipper sin evocar esta cinta.