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lunes, 3 de marzo de 2014

Horrible inmortalidad (2)

El sábado pasado, en la trigésima quinta emisión de la fiesta de los libros y la imaginación que se celebra tradicionalmente en el Palacio de Minería, recinto brillante de mi Universidad Nacional, tuve el honor de acompañar a Alberto Cué, Bernardo Esquinca y Rafael Aviña en la presentación de su nuevo libro Orson Welles en Acapulco y el misterio de la Dalia Negra, un texto que converge tres veces –desde su título- en la mutilación: de la obra del cineasta, el lugar paradisíaco y la víctima a los que hace referencia. Este es el texto que preparé para la ocasión.
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Horrible inmortalidad
(Texto para la presentación de “Orson Welles en Acapulco”)
Roberto Coria

El cuerpo sin vida de la joven aspirante a actriz Elizabeth Short, bautizada por los medios de comunicación de su tiempo y conocida por la posteridad como la Dalia Negra, fue descubierto la mañana del 15 de enero de 1947 en un lote baldío en la intersección de las avenidas South Norton, Coliseo y Oeste 39, distrito de Leimert Park, en Los Ángeles, California. Si su cadáver no hubiera sido dispuesto de una forma tan brutal, posiblemente su caso no habría trascendido en la Historia del Crimen: desnuda, eviscerada y desangrada, partida en dos por la cintura, mutilada facialmente para simular una grotesca sonrisa. Omito deliberadamente más detalles. Éstos sólo nos envilecen como especie. La imagen perturbó la opinión pública de su época e incendió la imaginación de una innumerable cantidad de personas. Sobra decir que su asesino –o asesinos- nunca fue identificado.
Este es precisamente el punto del que parte el comunicador y crítico de cine Rafael Aviña en Orson Welles en Acapulco y el misterio de la Dalia Negra (CONACULTA, 2013), un libro inclasificable que transita con gracia entre el periodismo de investigación, la llamada non fiction novel, el ensayo, el guión cinematográfico y la biografía. Todo en su conjunto trata de dar solución al enigma, una teoría tan válida por los hallazgos que realiza el autor y van más allá de la mera coincidencia. Todos nos remiten a una de las más prestigiadas figuras del Séptimo Arte: Orson Welles, ese genio que en 1941 pasó a la historia por escribir, dirigir y protagonizar El ciudadano Kane, una joya indispensable para todo amante del cine.
Aviña, como el ficticio reportero Jerry Thompson (William Alland) que trata de descubrir el significado de las últimas palabras del magnate de los medios de comunicación Charles Foster Kane (Welles), escarba en el tiempo y nos traslada a un lugar inmediato y vinculado al crimen que a primera vista nos parecería improbable: el paradisíaco puerto de Acapulco de finales de los años cuarenta, un lugar belleza incomparable. Hace un vivo retrato de su historia –a través de una profusión de publicaciones y testimonios-, su  gente, sus grandes carencias, los afanes de los políticos por convertirlo en un punto obligado del turismo y la industria cinematográfica extranjera y nacional. Rafael no pierde a oportunidad de expresar su amor por el sitio, mismo que lo une irremediablemente con su querido Germán Genaro Cipriano Gómez Valdés Castillo, el mítico Tin Tán, que hizo de Acapulco su segundo hogar, recorrió sus aguas a bordo de sus Tintaventos y realizó ahí en 1969 –escrita, dirigida y estelarizada por él- una de sus últimas películas, El capitán Mantarraya.
Rafael también nos presenta un viaje tras la filmación de una de las cintas más recordadas de Welles, espécimen fundamental del llamado Cine Noir –sobre el que nos da una verdadera cátedra en su doceavo capítulo: La dama de Shanghai (1947), escrita, dirigida y protagonizada por él y su entonces esposa Rita Hayworth. Precisamente su relación intermitente y contradictoria nos permite formarnos una imagen de Welles, el hombre: un individuo fuerte y corpulento que rebasaba los 1.85 metros de estatura, violento, irascible, misógino, taurópata, con un bajo umbral de tolerancia a la frustración, megalómano e increíblemente creativo. Aviña no lo señala gratuitamente como un sospechoso potencial. Estuvo en la mira del Departamento de Policía de la Ciudad de los Ángeles y del escrutinio de numerosas investigaciones como la de Mary Pacios, amiga entrañable de la infancia de Short que ha emprendido una cruzada por vindicar su imagen. ¿Welles pudo encontrarse tras el asesinato de la Dalia? Esa es una teoría más, tan probable como las muchas otras que a lo largo de los años se han producido. Si quieren corroborarlo, deberán comprar el libro.
Sólo me resta invitarlos a conocer el texto y agradecer a Rafael Aviña por esta carta de amor al cine, a uno de sus lugares extraordinarios y a la búsqueda de la verdad para dignificar a una trágica figura en un país y una época donde nuevas Dalias aparecen todos los días.

Finalizo mi participación dedicándola a la memoria de Elizabeth Short, como hizo Rafael en el principio de su libro. No imagino qué pasaba por su mente los días previos a ese fatídico 15 de enero de 1947. Sólo imaginarlo resume la esencia del horror y puede provocarnos las peores pesadillas. Sin embargo sus sueños –aunque no como los esperaba- se volvieron realidad. Cito a Aviña: “La figura bellísima de La Dalia Negra se mantiene incorruptible en el deseo, la fantasía y el tiempo. Su cuerpo, exánime y profanado, se convirtió en un cadáver exquisito en toda la extensión de la palabra, y su hermoso rostro, fascinante y perturbador, no supo jamás de los estragos de la vejez. El hecho relevante es que la Dalia no pudo rehuir a su destino. Si Elizabeth Short no hubiera sido sacrificada, hoy en día sería una respetable anciana de ochenta y nueve años”. 

viernes, 22 de noviembre de 2013

Texto para la presentación de Desmodus, el vampiro

Muy buenas noches a todos. Gracias por estar aquí. Primeramente deseo agradecer a Editorial Terracota –a  Alejandro Villagrán y a Ximena Ruiz Rabasa por sus buenos oficios- por su amable invitación y la oportunidad de reencontrarme con mi querido Enrique Alfaro Llarena, incansable promotor de la cultura que en el pasado me demostró su confianza en los fulgores de lo oscuro.
Contrariamente a la percepción popular, existe un profundo arraigo de la figura del vampiro en nuestra cultura. Desde la deidad maya Tzotz hasta el Dios Tzinacán de la cultura náhuatl, el monstruo ha desplegado sus alas en prácticamente todas las manifestaciones culturales. Esto lo expresa muy bien el indispensable Jorge Ibargüengoitia en su divertido ensayo Vida de los vampiros: “la gente común y corriente sabe más de vampiros que de los otomíes”.
Debemos ejemplos que refuerzan lo dicho por el guanajuatense a autores como el hidalguense Efrén Rebolledo –con su poema romántico El Vampiro-, Amado Nervo –con su poema A Leonor-, Bernardo Couto Castillo –con su cuento Blanco y rojo-, Amparo Dávila –con el cuento El huésped- y a casos más recientes como Emiliano González –con el cuento La mantis-, Ricardo Bernal –con el cuento Los manuscritos del vampiro-, Sergio Santiago Madariaga –con su cuento Muerte veo en tus ojos-, Bernardo Fernández Bef –con el cuento Sólo salimos de noche- , Patricia Laurent Kullick –con el breve e hilarante cuento Se solicita sirvienta-, Mario Méndez Acosta –con el estremecedor relato No se duerman en el metro-, el poblano José Luis Zárate –con su prodigiosa novela La ruta del hielo y la sal-, Adriana Díaz Enciso –con la novela La sed- y Carlos Fuentes, con su novela corta Vlad, contenida en la antología Inquieta compañía.
Pero uno de los vínculos más profundos proviene de las raíces mismas del mito, con los avistamientos hechos por Hernán Cortés durante la conquista de la Nueva España: se percató cómo una variedad de murciélago, identificada posteriormente como Desmodus rotundus, una de las tres especies de quirópteros hematófagos presente desde México hasta el norte de Chile y Argentina, se alimentaban por las noches de sus caballos y las bestias de tiro. William López-Forment Conradt, autoridad en México sobre estos seres, señala que fueron los invasores los que llevaron esta noticia Europa, “donde poco tiempo después comenzaron a aparecer cuentos de vampiros humanos, especialmente en Europa Oriental, debido a su inaccesibilidad y desconocimiento que tenían de esa zona del Continente Americano los habitantes de la Europa Occidental. Los primeros europeos en reportar sobre estos animales, amén de equivocarse de especie, fueron de Oviedo y Valdés en 1526, y Benzoni en 1565”.
Precisamente es este animalito el responsable de dar el nombre al protagonista de la novela que hoy nos reúne, Desmodus el vampiro de José Carlos Vilchis Frausto. Y tengo ahora el reto de hablar del texto sin estropear su descubrimiento a los nuevos lectores. En un escenario reconocible, la Ciudad de México de nuestros días, el autor nos narra el descenso a las tinieblas de un nuevo vampiro, “Desmodus, el hambriento, el Paria, el maldito, el desterrado”. Esa dignidad es lo primero que debo agradecer a José Carlos: el alejar al monstruo de la fórmula vacía, contemporánea y comercial y presentarlo como es, un asesino en la cima de la cadena alimenticia.
Vilchis se da tiempo de citar a sus clásicos a lo largo de la narración: de Julio Cortázar a mi querido Vicente Quirarte, de William Shakespeare a Patrick Süskind. También dedica un capítulo al cineasta alemán Win Wenders, cuya visión está presente en la historia. Esto nunca para sonar pretensioso o que el lector diga con asombro: “Cuánto ha leído y conoce de cine este autor”. Lo hace para venerar a sus maestros y mostrar orgulloso la presencia de sus lecciones. En ese sentido, su estilo es moderno pero también muy generacional. El cine está presente no como referencia sino como manera de ver y captar la realidad, sea mediante la descripción de una espectacular persecución, de los inframundos del Centro Histórico de nuestra ciudad –no sabía de la existencia del Pervert lounge-, de sucios cuartos de hotel o de una lóbrega morgue con su refrigerador con el letrero “carnes frías”. Y es precisamente gracias a esta capacidad de observación, casi cinematográfica, que los detalles sumergen al lector en el relato.
Podría continuar, pero prefiero concluir aquí. Gracias, querido José Carlos, por esta disfrutable novela de vampiros, pues desde el título establece vínculos muy necesarios en nuestro tiempo. Donde yo me eduqué, el vampiro no brilla. Hablé antes de algunas de las virtudes de tu libro. Este ya pertenece a los lectores y navega con sus propios medios. Serán ellos quienes determinen su efecto y perdurabilidad. Espero que goce de la fortuna material de recientes sagas literarias. Si no fuere así, tu obra triunfa sobre ellas en muchos sentidos: posee el decoro y la autenticidad que los mayores éxitos sólo sueñan. Ello no es gratuito. Se debe, sobre todo, a tu talento y tu constancia. Toma estas palabras como una obligación para escribir novelas cada vez más sorprendentes y, por qué no, más oscuras.
Muchas gracias.

jueves, 6 de junio de 2013

Presentación de "Curiel".

El próximo lunes 10 de junio de , a las 19:00 horas en la Sala 9 de la Cineteca Nacional, acompañaré a Rosana Curiel Defossé, Álvaro Curiel de IcazaPablo Guisa Koestinger y Armando Vega Gil en la presentación de "Curiel", la nueva publicación de Mórbido e IMCINE que rinde homenaje a uno de los cineastas menos conocidos de la cinematografía Nacional. Posteriormente se proyectará "Santo contra el cerebro diabólico" (Federico Curiel, 1961), en 16 mm. El cupo será limitado. Si quieren asegurar su lugar, escriban a promociones@morbidofest.com. No se lo pierdan.


lunes, 11 de marzo de 2013

Texto para la presentación de Amor, zombis y otras desgracias


Esto es lo que leí el pasado 2 de marzo, para seguir a tono con los zombis. 
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Durante las dos últimas décadas, los zombis son personajes increíblemente arraigados en la cultura popular. Todos nos hemos angustiado, desde la seguridad de nuestros asientos, ante el drama del grupo de sobrevivientes –que se parecen a ustedes y a mí- en la teleserie The Walking Dead o pasado interminables horas aniquilándolos en la serie de videojuegos Resident evil. No discutiré en este momento sobre su origen en el folclor afroantillano y sus brillantes representaciones en el séptimo arte, me quedo por hoy en la literatura. En el terreno de las letras contemporáneas es un monstruo poco visitado, salvo notables excepciones como Max Brooks –con su Guía de Sobrevivencia Zombi y su novela Guerra Mundial Z-, John Ajvide Lindqvist –con su perturbadora novela Descansa en paz- o Seth Grahame-Smith –con su curiosa Orgullo y prejuicio y zombis-. Precisamente como una aportación notable se erige Amor, zombis y otras desgracias (Alfaguara juvenil, 2012) de José Luis Trueba Lara. A él tengo el placer de conocerlo desde hace varios años en su faceta de editor –hizo posibles las primeras publicaciones de mi buen amigo Rafael Aviña-, académico y biógrafo de nuestro mutuo amigo Vicente Quirarte (El Hombre Araña también escribe poesía, Porrúa, 2005). No sólo nos une una fascinación por la cultura criminal y el que los expertos llaman “cine truculento”. Publicó Crónica negra del crimen en México (Plaza y Janés, 2001), una espléndida y selecta recopilación de la nota roja nacional. Mi reencuentro con él ocurrió de manera inesperada: tuve el honor de presentarlo con pretexto de su nueva creación durante el pasado Festival Mórbido, en la espléndida Biblioteca Publica Gertrudis Bocanegra de Pátzcuaro.
Sobre el motivo de que estemos reunidos esta tarde sólo puedo decir que Amor, zombis y otras desgracias es una estupenda novela juvenil, que no sólo es afortunada desde su ingenioso título, sino por abrevar de una cultura cinematográfica que todos los diletantes del horror pueden identificar. A través de un lenguaje ágil, que no pierde el tiempo en detalles innecesarios y alterna las voces narrativas, conocemos la historia de Jorge Antonio, un chico de 16 años que se muda de casa con madre, su padre Harry, y su insufrible hermanita, e ingresa a la secundaria Instituto Científico y Cultural de México. Ahí conoce a UV, uno de los más notables creyentes en teorías de conspiración que recuerdo, y a Alicia, una jovencita huraña y llena de pircings. El héroe vive los infortunios propios de la edad, esos que casi todos conocimos: está condenado a la marginalidad por sus extravagantes gustos, es víctima del abuso de sus compañeros –hoy le llamamos bullying- y cae presa de un amor imposible –la bella y banal Bárbara-. Por si fuera poco, todo ocurre en medio del Apocalipsis zombi. Acertaron si descubrieron en lo que dije una serie de homenajes, de la obra seminal de George Andrew Romero hasta la primera entrega de la saga de acción sobrenatural W. S. Anderson.
Pero su atractivo no reside exclusivamente en lo anterior. La novela está narrada en una forma muy familiar para los adolescentes: mensajes de Twitter y Facebook, mensajes SMS de celular, videos de Youtube, entradas de blog y páginas de Internet, archivos adjuntos de correo electrónico, videograbaciones, recortes de periódico, comunicados de prensa y entradas de diario, al más puro estilo epistolar con el que Bram Stoker ensambló su creación más perdurable. Todo en un ambiente doméstico como la gran Ciudad de México, con episodios tan reconocibles por recientes -¿recuerdan la epidemia de Influenza AH1N1 con sus restricciones y la forma en que afectó la vida de la urbe?-.

Hay dos cosas que debo agradecer a Amor, zombis y otras desgracias:

1. Se trata de una historia de zombis a la vieja usanza, respetuosa del monstruo como nos lo ha presentado el séptimo arte. Existe una tendencia a la innovación, a desligarse del canon, donde nuestros personajes son llamados “caminantes”, o cosas similares. Es cierto que otros calificativos pueden ser apropiados, como “infectados”. Pero yo, como Max Brooks, siempre los llamaré zombis. Y abre su maravillosa novela Guerra Mundial Z afirmándolo:        
Para mí, siempre será “La Guerra Zombie,” y aunque algunas personas pueden discutir acerca de la exactitud científica de la palabra zombie, me gustaría invitarlos a encontrar otro término que tenga una aceptación tan universal para las criaturas que estuvieron a punto de provocar nuestra extinción. Zombie sigue siendo una palabra devastadora, con un poder sin igual para conjurar un sinfín de recuerdos y emociones, y son precisamente esos recuerdos y emociones los que forman el tema principal de este libro.
Esto lo demuestran sus consejos prácticos para enfrentar una invasión zombi, contenidos en su capítulo IV de la segunda parte del texto, en la más pura escuela del señor Brooks o el Manual de combate zombi, de Roger Ma. En lo personal, prefiero la brevedad de Trueba Lara.
Y sobre la cultura cinematográfica, su afortunada filmografía pone a prueba los conocimientos del lector y lo invita a hacer descubrimientos afortunados. El autor incluye títulos que parecerían ajenos al tema, como Hombres de negro (Barry Sonnenfeld, 1997). Uno podría preguntarse por qué el autor sugiere una cinta de extraterrestres. La respuesta es simple: el Agente J (Will Smith) pregunta a su mentor K (Tommy Lee Jones) si busca información sobre el caso que indagan. Por respuesta éste se dirige hacia el puesto de periódicos más cercano. Toma tres tabloides que tienen los encabezados más extravagantes e irrisorios –aquí sería el Alarma o el Semanario de lo insólito-. El novato le cuestiona sobre la seriedad de esos impresos. “Son el mejor periodismo de investigación”, responde el veterano. “Lee el New York Times si quieres. A veces aciertan”. La cultura del sospechosismo, dirían algunos.

2. Los zombis, como en toda buena historia de su clase, ponen en manifiesto lo mejor y lo peor de las personas. El drama de supervivencia de sus protagonistas es el que nosotros podríamos vivir en una circunstancia semejante. La valentía, la solidaridad y la nobleza son virtudes que nuestros héroes ponen a prueba en todo momento, sea para recorrer los siniestros túneles del metro –arriesgándose por partida doble- o para acompañar a su amiga en el “arresto domiciliario” al que la castiga su madre. El autor también hace evidente la incapacidad de las autoridades para enfrentar la contingencia, con sus soldados temerosos cuyo jefe ordenaba disparar “a la jeta” a los enemigos o el maquillaje mediático. Al final nos recuerda las desventajas de la condición humana ante un evento extraordinario y nos plantea una pregunta inquietante: “¿conviene enamorarse ante el fin del mundo?”.

Su autor deja abiertos detalles que propiciarían una secuela. Si mi razonamiento es acertado, espero que se presente en la edición XXXV de esta Feria de Minería. Por lo pronto el libro fue el primero que devoré en este 2013. Un calificativo muy apropiado ante estas circunstancias.  

martes, 5 de marzo de 2013

Presentar zombis


El sábado pasado, Alfaguara Infantil me invitó a presentar la novela Amor, zombis y otras desgracias (Alfaguara, 2012) de José Luis Trueba Lara, obra a la que me referí anteriormente. Acompañé al autor y al crítico de cine Rafael Aviña, figura importante en este espacio y en mi formación. Por los dos siento el más genuino respeto y aprecio personal y profesional, cosa que me hizo disfrutar la ocasión por partido doble. El acto, celebrado en la edición XXXIV de la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería, en orgulloso territorio de mi Universidad, contó con un público –mayormente integrado por jóvenes- que colmó el Salón de la Academia de Ingeniería. Es comprensible por la reciente efervescencia del fenómeno zombi, un monstruo que invita a las más variadas interpretaciones. De todos sus terribles colegas, es el más correcto. A un zombi no le importa si eres rico o pobre, feo o hermoso, lees la Revista de la Universidad o TV y Novelas, escuchas a Metallica y Jenny Rivera: tu carne es igualmente suculenta que la de cualquier persona. Comprometí a Rafael para compartir en este blog el texto que preparó para la actividad, por lo que lo reproduzco con su amable autorización. Que lo disfruten.
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AMOR, ZOMBIS Y OTRAS DESGRACIAS de José Luis Trueba Lara
Rafael Aviña

Conocí a José Luis Trueba Lara hacia el año de 1980, cuando ambos coincidimos como alumnos en el primer semestre de la UAM Xochimilco en el turno vespertino, un tronco común, en el que la UAM mezclaba en una suerte de cacerola experimental a aspirantes a Diseño Gráfico, Biología, Comunicación, Sociología, Arquitectura, Agronomía, Economía y más. José Luis iba para Sociólogo y yo para Comunicador Social y sobrevivimos a esa experiencia. Fue tal la empatía que tuvimos y la sana competencia que establecimos, que decidimos trabajar en equipo en los dos semestres que compartimos. Parte de nuestra afinidad tenía que ver con ese gusto por platicar y desmenuzar toda clase de películas enfermizas, sangrientas y delirantes y sus correspondencias con la vida cotidiana.
Basta decir que de ese gusto mutuo, varios años después, José Luis, en su faceta como editor, avaló algunos de mis primeros libros como: El cine oscuro,  el placer criminal y El cine de la paranoia, que publicó bajo el sello de su propia editorial Times Editores. José Luis es académico, promotor cultural, ensayista, periodista, ha estudiado varias carreras y desarrollado cargos públicos relacionados con el área editorial y cultural y además de ello, no ha dejado de escribir. Más sorprendente aún, es que se trata de un autor que igual puede narrar la historia de un policía capitalino, contar las vicisitudes de los chinos en Sonora o de la huelga de Cananea en 1906, y a la vez, escribir una novela sobre muertos vivientes quinceañeros. Su capacidad de trabajo y su obra publicada resulta asombrosa y lo digo con gusto y admiración.
Una de aquellas tantas tardes de 1980 en la UAM Xochimilco, nuestro profesor nunca llegó, entonces José Luis y un servidor iniciamos una larga plática que se extendió hasta entrada la noche cuyo tema era una película en particular considerada un parteagüas cultural del cine de horror y sobre un tópico que hoy en día ha conseguido crear un enorme embeleso y veneración. Me refiero a La noche de los muertos vivientes dirigida en 1968 por George A. Romero, director que ha seguido realizando una serie de eclécticas y fascinantes secuelas sobre el mismo tema y generado múltiples filmes que rinden homenaje a su trabajo. En éste, su nuevo libro, Amor, zombis y otras desgracias, editado por Alfaguara juvenil, el personaje protagónico se llama Jorge Antonio Romero (es decir: George A. Romero), a quien José Luis rodea de una serie de personajes y situaciones que van del humor negro al horror más desolador. Si algo tiene José Luis Trueba Lara además de incansable talento, es que es dueño de un humor despiadado que aplica aquí de manera brillante. Veamos.
El personaje de UV el mejor amigo de Jorge Antonio a quien conoce en la nueva escuela secundaria a donde se cambia, se llama así porque es albino. En otra parte, Jorge Antonio le pregunta a su amigo si su mamá se volvió a casar. El responde: “¿Tu te casarías con ella?” y es habría que aclarar que la mujer es casi albina, se pinta el cabello color rosa pálido, se maquilla como geisha y es una cosmetóloga que carece de cejas. Lo mismo sucede con la anécdota de ese jabón con feromonas llamado quita calzón que el protagonista compra en el mercado y que puede convertirse en una fallida arma biológica.
José Luis Trueba pasa revista a un universo adolescente que en un principio puede parecernos un lugar común desde el punto de vista adulto. No obstante, sería bueno que los adultos regresaran a los años de adolescencia para recordar esa sensación de estar cubiertos de espinillas, flacuchos, hablando como el Gallo Claudio y enfrentando al típico gandalla  golpeador de toda secundaria y al mismo tiempo, a la atracción física hacia chicas que se desarrollan mucho más rápido que los jóvenes. Es justo ahí donde encaja Jorge Antonio, un chavo solitario que lleva un diario escrito, con una media hermana pequeñita, un padrastro bueno pero anodino y una madre cariñosa. UV, el albino que vive con su madre ídem, fanático de las teorías de las conspiraciones los blogs de ese mismo tema y de películas como Resident Evil, La facultad, La noche de los muertos vivientes, El exorcista, Usurpadores de cuerpos o Diabólica tentación y que además, tiene en su casa un chihuahua disecado y cree en suplantaciones alienígenas, lavados de cerebro y bacterias extraterrestres. O Alicia, la chica solitaria cuya madre la acosa y acusa todo el tiempo, cubierta de piercings y que se desahoga a través de una cámara de video. Chavos segregados y auto marginados que bien podrían tener cabida en la película Cuenta conmigo escrita por Stephen King, Por cierto, los personajes de Trueba, se adelantaron a los de Paranorman y Frankenwinie, donde cabe también la chica fanática del maquillaje, los antros, la ropa de moda, Camila y Justin Bieber, llamada Bárbara como Barbie.
Amor, zombis y otras desgracias, está etiquetada como novela juvenil, ya que transcurre en ambientes adolecentes. Lo curioso, es que en realidad se trata de una obra que al mismo tiempo debieran de leer los padres de los chavos a los que está dirigida. En su novela, la familia nuclear no existe. Los chicos protagonistas o han sido abandonados por el padre, o son hijos de divorciados, pero sobre todo, los adultos se localizan a años luz de los sentimientos de sus hijos, lo que también da pie a reflexiones crudas. En la pag. 164, Alicia habla consigo misma a través de una cámara refiriéndose a su mamá y dice: “cuando le comenté que teníamos que platicar de algo muy importante, ella, como siempre, entendió otra cosa. Se me quedó viendo muy feo. En ese momento, supe que para no variar, estaba pensando en cosas que no son, ya sabes: que me fui de zorra, que estoy esperando un bebé, que me había metido algo, que ya me habían reprobado o que me habían pegado una enfermedad de esas que no se puede hablar sin vergüenza. A veces cuando se pone así, pienso en ella y en mi papá, en un matrimonio a la carrera y en una niña prematura, esa soy yo…en que mi mamá tal vez no quiere que sea como ella, pero nunca se ha querido dar cuenta, que definitivamente, yo no soy ella”.
José Luis hace referencia a personajes del cine de horror contemporáneo como Stephen King, Robert Rodríguez, o Romero, sin embargo, atiende las premisas de aquellos relatos de horror de los años 40 y 50, cuyos personajes sufrían terribles mutaciones que no eran otra cosa que alegorías de las transformaciones hormonal adolescente y sus horrores inconfesables, como sucede en La marca de la pantera, Yo fui un hombre lobo adolescente, El hombre caimán o La mancha voraz,  mismas que a su vez, encontraron eco en la década de los 70 con cintas de culto como Martin de George A. Romero, Carrie de Brian De Palma o Parásitos asesinos y Rabia, dirigidas por David Cronenberg. En ellas, los vómitos, las evisceraciones eran metáforas de la bulimia, anorexia, dermatitis o automutilaciones adolescentes y a su vez, alegorías sexuales sobre los cambios hormonales de adolescentes que despiertan al mundo.
Por supuesto, el cine mexicano de la época no se quedó atrás para hablar de los jóvenes, personajes que parecían invisibles como hoy se sienten hoy los chavos. Así, perdidos entre charros, gángsters, chinas poblanas, rumberas, pecadoras o madres abnegadas, jóvenes como Martita Mijares, Marta Elena Cervantes, Maricruz Olivier, Tere Velázquez, Olivia Michel, Luz María Aguilar o Chachita, Fredy Fernández el Pichi, Alfonso Mejía, René Cardona Junior, o Fernando Luján, jamás se convirtieron en panteras, caimanes, o lobos. No obstante, para los realizadores y argumentistas de aquel cine mexicano adolescente, nuestros jóvenes eran unos verdaderos monstruos con acné y tobilleras, culpables de todo tipo de desviaciones como el rocanrol, el cigarro, las chamarras de cuero y el despertar a la sexualidad. Jóvenes inconformes y rebeldes como deben ser los jóvenes, pero por ello, para nuestro cine: regañables, sermoneados, rechazados e incomprendidos en películas cuyos títulos hablan por sí mismos de sus “aberraciones” adolescentes: La edad de la tentación ¿...Y mañana serán mujeres!, Ellas también son rebeldes, ¿Con quién andan nuestras hijas?, Juventud desenfrenada, ¿A dónde van nuestros hijos? o Estos años violentos.
Si Drácula de Bram Stoker se construía con materiales como cartas, diarios, recortes de periódicos y un narrador omnisciente. En la novela de José Luis además del narrador ese “alguien del que quizá nunca sabremos quien cuenta lo que pasa” en la obra, nos encontramos con mensajes de twitter, de celular de facebook, videos de youtube, confesiones a cámara, diarios escritos, entradas de blogs y páginas de Internet, correos electrónicos, notas de periódico, comunicados de prensa y más, para contar no sólo una historia que pasa del humor negro a un asunto cada vez más ominoso y sangriento, con caminantes o muertos vivientes que salen de los túneles del Metro y de hombres topos que viven en las cloacas y en los recovecos de esas mismas estaciones, muy similares por desgracia a los indigentes marginados, teporochos y adolescentes pachecos que corrieron de la calle de Humboldt y que ahora deambulan entre la calle de Independencia y el Metro Juárez.
En el fondo, esta historia de muertos que caminan, de una terrible pandemia que mucho tiene que ver con aquella que asoló nuestra ciudad en abril de 2009, de jovencitos armados con decenas de dvds de horror Serie B, paranoias y conspiraciones, se trata sobre todo, de un relato de sobrevivencia emocional y hormonal adolescente: su relación con el mundo, con los adultos, la experiencia del amor, el valor de la amistad, la forma en que los chavos intentan enfrentar la soledad, la ausencia de sus padres y las burlas de sus compañeros, con un escenario zombie apocalíptico como alegoría.
Por encima de todo ello, Amor, zombis y otras desgracias, retrata el dolor de crecer. El abandonar las fantasías de la infancia y esa burbuja en que solemos crecer, para ver la realidad: la forma en que conviven de manera cotidiana fealdad y belleza, el horror, la corrupción, o la apatía, con el esfuerzo, el optimismo y el trabajo verdadero. Ahí, donde, el enamorarse es sólo otra faceta de ese proceso que es el tormento de crecer. Y es que crecer duele, duele mucho. Pregúntenle a sus hijos adolescentes y verán, o más bien, preguntémonos a nosotros mismos. Es ahí donde el epígrafe de José Emilio Pacheco de El principio del placer que José Luis refiere, adquiere sentido. Cito: “Si, en opinión de mi mamá, ésta que vivo es la “etapa más feliz de la vida”, como estarán las otras, carajo”.
Muchas gracias.

martes, 29 de enero de 2013

Charros, vampiros y luchadores


El pasado Festival Mórbido, además de ofrecernos el banquete cinematográfico a que nos tiene acostumbrados, fue escenario de numerosas presentaciones editoriales. Ya hablé de una de ellas, Amor, zombis y otras desgracias (Alfaguara Juvenil, 2012) de José Luis Trueba Lara. Ahora lo hago de una en la que estoy involucrado de muchas formas. La primera es el inmenso cariño que me une a la familia Curiel. La segunda es el especial aprecio que siento por el homenajeado y su obra, que nutrieron mi imaginación infantil. La tercera es porque una pequeña parcela de esta obra es de mi autoría.
Curiel, la nueva coedición del Instituto Mexicano de Cinematografía, el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, editorial Sétis y Mórbido, es un compendio que trata de acercarnos a las obsesiones de un cineasta poco conocido y valorado en el panorama nacional, Federico Curiel Espinosa de los Monteros, mejor conocido como Pichirilo. Su obra, generalmente menospreciada por las altas esferas del séptimo arte, tiene muchas aristas que merecen ser analizadas. Todas emanan del carácter multifacético del cineasta, miembro de una estirpe poco frecuente. No sólo dirigía, sino tenía una prolífica carrera como guionista, compositor,  ilustrador –pues le debemos  los carteles de sus cintas y populares historietas de su tiempo- y actor. Era, como bien lo describió Pablo Guisa en su texto en el libro, “un charrito renacentista”. Y pese a que el tema –la fantasía y el horror- no domina la producción fílmica de Curiel, son sin duda los géneros por los que es mejor recordado. Diría, incluso, en los que lo percibo más cómodo. Sobre uno de sus trabajos que más aprecio, escribí en mi turno lo siguiente:
En los minutos iniciales de La maldición de Nostradamus (1959), el Profesor Durán (Domingo Soler), reputado académico y dirigente de una sociedad que combate la superstición, ofrece una recepción para celebrar la fiera conferencia que ofreció esa misma tarde. Por la vestimenta de los convidados, asumimos que nos encontramos a finales del siglo XIX o principios del XX. Tras unos minutos de charla banal, el tema se desvía hacia la cruzada del anfitrión, quien niega rotundamente la existencia de lo sobrenatutral, incluidos los vampiros humanos. En la siguiente escena, como una clara objeción a lo dicho por el sabio, vemos la perturbadora mirada del mítico Germán Robles, quien ganara el reconocimiento internacional en el papel del Conde Lavud en El vampiro (Fernando Méndez, 1957), como el malvado protagonista Nostradamus, descendiente –convertido en vampiro- del famoso matemático, astrólogo y profeta del siglo XVI. La postura de Durán resume el pensamiento del hombre moderno frente a lo que no puede comprender, ante la irrupción de lo extraño en el universo doméstico. Afortunadamente, este enfrentamiento ha producido obras memorables en las bellas artes. Afortunadamente Federico Curiel Espinosa de los Monteros –Pichirilo para sus más cercanos- fue uno de los pocos cineastas mexicanos que lo entendió muy bien.
Mi contribución sólo habla de uno de sus temas. De sus otros rostros, expertos y amigos hablan profusamente. Su hija, Rosana Curiel Defossé, nos ofrece, desde la emotividad consanguínea y su buen oficio de escritora, memorias desde la voz heredada. Su nieto, el cineasta Álvaro Curiel de Icaza, director de Acorazado (2012) hace un recuento de todas sus virtudes cinematográficas. El experto en cine de luchadores José Xavier Návar un vistazo a una de sus incursiones más recordadas, la que lo coloca en el “Olimpo del pancracio fílmico”. El crítico de cine Hugo Lara explora su faceta actoral. Armando Vega Gil, prolífico escritor y fundador de la mítica agrupación musical Botellita de Jerez, nos habla precisamente desde este campo, de sus “rancheras”. Mi cofrade Antonio Camarillo explora los finos lindes entre el horror y la comedia en el cine de Pichirilo. Gonzalo Rocha habla de uno de sus personajes más heroicos, el Látigo Negro, y de sus dotes como dibujante. Para finalizar, Rosana y Andrés Paniagua abren el baúl de los recuerdos, que contiene las fotografías, recortes de periódico, ilustraciones, documentos, páginas de guiones y demás materiales que embellecen este libro indispensable para recuperar figuras de nuestro cine.
Yo remato mi parcela, dedicada a sus vampiros tan queridos, con lo que creo resume el sentir de todos los involucrados:
Como Nostradamus exigía se honrara a su antepasado, los que aquí contribuimos buscamos se reconozca la vida y obra de Federico Curiel. Él, como Fernando Méndez, Juan Bustillo Oro, Chano Urueta, Alfredo B. Crevena, Alfonso Corona Blake, Rafael Baledón, la dinastía Cardona y Carlos Enrique Taboada, confió en las inmensas posibilidades del horror y la fantasía y reconoció el objetivo principal de la cinematografía: entretenernos más allá de academicismos. Su cine puede ser cuestionado y descalificado por muchos, pero sus carencias son compensadas con creces por su honestidad y pasión. Pichirilo –porque sus devotos nos ganamos el derecho de llamarlo así- y sus ilustres contemporáneos no sólo contribuyeron al esplendor y posterior supervivencia de una industria. Llegaron a lo más inocente y maravilloso que poseemos: nuestra imaginación y nuestra capacidad de asombro. Como sus vampiros, y por todos sus méritos, Federico Curiel es eterno.


martes, 15 de enero de 2013

Libros para devorar


Durante las dos últimas décadas, los zombis son personajes increíblemente arraigados en la cultura popular. Todos nos hemos angustiado ante el drama del grupo de sobrevivientes –que se parecen a ustedes y a mí- en la teleserie The Walking Dead. Ya he discutido su origen en el folklore afroantillano y sus brillantes representaciones en el séptimo arte, por lo que no les desgastaré recordándolos. Pero en el terreno de las letras contemporáneas es un monstruo poco visitado, salvo notables excepciones como Max Brooks –con su Guía de Sobrevivencia Zombi y su novela Guerra Mundial Z- y John Ajvide Lindqvist –con su perturbadora novela Descansa en paz-. Precisamente como una aportación notable se erige Amor, zombis y otras desgracias (Alfaguara juvenil, 2012) de José Luis Trueba Lara. A él tengo el placer de conocerlo desde hace varios años en su faceta de editor –hizo posibles las primeras publicaciones de mi buen amigo Rafael Aviña-, académico y biógrafo de nuestro mutuo amigo Vicente Quirarte (El Hombre Araña también escribe poesía, Porrúa, 2005). No sólo nos une una fascinación por la cultura criminal y el que los expertos llaman “cine truculento”. Publicó Crónica negra del crimen en México (Plaza y Janés, 2001), una espléndida y selecta recopilación de la nota roja nacional, desde Las Poquianchis hasta Los Narcosatánicos de Matamoros. Mi reencuentro con él ocurrió de manera inesperada: tuve el honor de presentarlo con pretexto de su nueva creación durante el último día del pasado Festival Mórbido, en la espléndida Biblioteca Publica Gertrudis Bocanegra de Pátzcuaro. Y el honor provino de dos fuentes.
Amor, zombis y otras desgracias es una estupenda novela juvenil, que no sólo es afortunada desde su ingenioso título, sino por abrevar de una cultura cinematográfica que todos los diletantes del horror pueden identificar, como lo demuestra su acertado corolario que incluye títulos indispensables en nuestra formación. A través de un lenguaje ágil, que no pierde el tiempo en detalles innecesarios, conocemos la historia de Jorge Antonio, un chico de 16 años que se muda de casa con madre, su padre Harry, y su insufrible hermanita, e ingresa a la secundaria Instituto Científico y Cultural de México. Ahí conoce a UV, uno de los más notables creyentes en teorías de conspiración que recuerdo, y a Alicia, una jovencita huraña y llena de pircings. El héroe vive los infortunios propios de la edad: está condenado a la marginalidad por sus extravagantes gustos, es víctima del abuso de sus compañeros y cae presa de un amor imposible –la bella y banal Bárbara-. Por si fuera poco, todo ocurre en medio del Apocalipsis zombi. Acertaron si en las líneas anteriores descubrieron una serie de homenajes, de la obra seminal de George Andrew Romero hasta la primera entrega de W. S. Anderson de su saga de acción sobrenatural.
Pero su atractivo no reside exclusivamente en lo anterior. La novela está narrada en una forma muy familiar para los adolescentes: mensajes de Twitter y Facebook, mensajes SMS de celular, videos de Youtube, entradas de blog y páginas de Internet, archivos adjuntos de correo electrónico, videograbaciones, recortes de periódico, comunicados de prensa y entradas de diario, al más puro estilo epistolar con el que Bram Stoker ensambló su creación más perdurable. Todo en un ambiente doméstico como la gran Ciudad de México, con episodios tan reconocibles por recientes -¿recuerdan la epidemia de Influenza AH1N1 con sus restricciones y la forma en que afectó la vida de la urbe?-. Al final nos recuerda las desventajas de la condición humana ante un evento extraordinario y nos plantea una pregunta inquietante: “¿conviene enamorarse ante el fin del mundo?”.
Su autor deja abiertos detalles que propiciarían una secuela. Me ha revelado incluso su próxima existencia, así que seguramente tendré el placer de presentarla en el próximo Festival. Por lo pronto el libro fue el primero que devoré en este naciente 2013. Un calificativo muy apropiado ante estas circunstancias.  

martes, 21 de agosto de 2012

Cordial invitación 1

El horror y la fantasía suelen considerarse géneros menores en este país. El que decide explorarlos se convierte en un cruzado fiel a convicciones que no todo el mundo comparte. El próximo viernes 24 de agosto, a las 15:00 horas, conversaré a este respeto con mi querido amigo Bernardo Esquinca, con pretexto de la presentación de Demonia, su más reciente libro, en el Cine Lido del Cetro Cultural Bella Época, en el marco del Festival Macabro. Es un horario poco común, pero espero verlos por allá.

martes, 12 de junio de 2012

Lovecraft, Barlow y Azcapotzalco


Entre los ilustres e inolvidables discípulos que Howard Phillips Lovecraft supo procurar y proteger, el nombre de  Robert Hayward Barlow parece no merecer mayor reconocimiento. Tal vez lo más notable es que su relación epistolar, que inició cuando el pupilo tenía apenas 13 años, rompe contundentemente el viejo precepto que Lovecraft era un hombre sombrío, incapaz de sentir algún tipo de afecto. En Lovecraft, una biografía (Valdemar, 2002), L. Sprague De Camp habla de él someramente. :
Antes de su muerte, Lovecraft había nombrado a Robert Barlow su albacea literario. Aunque corriente en el mundo literario, el nombramiento de albacea literario no tiene carácter legal. Albacea literario es meramente aquel que a quien el testador designa como persona capacitada para arreglar cuestiones referentes a sus escritos: vender derechos aún no vendidos, completar y publicar obras en marcha, y demás. El albacea propiamente dicho puede solicitar consejo de esta persona, pero no está obligado a ello.
¿Por qué hizo esto Lovecraft? Siempre será una duda entre sus estudiosos. Posiblemente porque lo consideró su heredero más prometedor. No el más talentoso, es cierto, pero el que reunía cualidades humanas y la dedicación para asumir esa carga. Pero hay algo incuestionable: ilustra sin la menor duda cuánta estima sentía por él.
Las 6 historias que Barlow escribió bajo vigilancia del Maestro son reunidas por Palabrotero Ediciones, en Media docena de pesadillas. Cuentos para leer aquí y para llevar con un modesto tiraje de 1000 ejemplares que se regaló a los asistentes de la 3a. Feria del Libro de la Delegación Azcapotzalco el pasado viernes 20 de abril. El libro se agotó inmediatamente, por obvias razones. Entre ellas que Barlow, tras la muerte de su mentor, emigró a México y se estableció en la mencionada localidad, donde inició una carrera como Antropólogo y conoció una trágica muerte. Pero una de las artífices de la editorial, María José  Esteva, me aseguró recientemente que un nuevo tiro viene en camino.
Mientras esto sucede, con el amable permiso de su autor, comparto con ustedes el texto que mi querido Vicente Quirarte leyó en aquella ocasión. Robert Barlow es una figura que merece conocerse y reconocerse, encarnación de tenacidad y de la más genuina lealtad.
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Lovecraft, Barlow y Azcapotzalco
Vicente Quirarte

Imaginemos la siguiente historia. Gracias a la contribución económica de los amigos, pobres pero generosos, de Howard Phillips Lovecraft, los médicos de Providence deciden trasladar al paciente, a principios de 1937,  al mejor hospital de Nueva York. Tras una larga y complicada operación, consiguen detener y controlar la enfermedad que le devoraba el estómago. Para restablecerse, acepta la hospitalidad de su joven amigo Robert Hayward Barlow en De Land, Florida. El clima tropical, la compañía de su hermano por elección, las caminatas por los deslumbrantes alrededores, lo hacen recuperar paulatinamente fuerzas. Gracias a que Barlow pasa en máquina su profusa caligrafía, Lovecraft vuelve con renovados ánimos a la escritura. 
Esa forma casi paradisiaca de existencia se interrumpe cuando se exacerban las relaciones, de por sí difíciles, de Barlow con su familia. Los amigos deciden buscar otras perspectivas. No obstante la inicial resistencia de Lovecraft, cruzan la frontera hacia México. En la capital, se alojan en el hotel Geneve de la Colonia Juárez, que le recuerda a Lovecraft la atmósfera del Biltmore en su natal Providence. Un día, mientras desayunan, Barlow recibe un telegrama: el fallecimiento de una tía lo deja como heredero de una fortuna considerable. Aunque ambos amigos han visto varias casas que Lovecraft ha descubierto en sus caminatas por la Colonia Juárez, que le evocaban las de su ciudad natal, Barlow decide llevar a cabo otra empresa que lo conduzca con su amigo a un escenario urbano aún más anclado en el tiempo: en la calzada Azcapotzalco se recrean ante las mansardas, los portales, los jardines bien cuidados de las casas que a principios del siglo XX fueron construidas como quintas de verano en la colonia entonces llamada El Imparcial.  Encuentran la que más agrada a Lovecraft. Por fortuna, está en venta y Barlow puede pagarla de contado. Lovecraft pasa por la etapa más plena de su vida. Se hace cliente habitual de la Lagunilla e inunda la casa con antigüedades. El monto de la herencia recibida por Barlow les permite darse el lujo de establecer una editorial que se llamará, en español, “La Casa Evitada”, en homenaje al relato largo “The Shunned House” de Lovecraft, tan querido por Barlow. La nueva editorial está consagrada a la literatura fantástica y recibe manuscritos de diversas partes del mundo que están intentando llevar el género a alturas mayores. Lovecraft aprende español para leer sn su idioma original el relato “El Aleph” de un argentino llamado Jorge Luis Borges, que en opinión de Barlow guarda semejanzas con “Los perros de Tíndalos” de Frank Belknap Long. En la buhardilla más elevada de la casa Lovecraft escribe sus mejores historias. Desde su ventana puede mirar o imaginar el campanario de la parroquia de los apóstoles Felipe y Santiago y evocar la  atrayente leyenda de que la hormiga en ella representada llegará un día a la cima del campanario para dar fe del fin del mundo. Da inicio a una novela corta que llevará por título La hormiga de Azcapotzalco. El proyecto de Barlow y Lovecraft resulta un éxito no sólo editorial sino comercial. La entrada de Estados Unidos en  la Segunda Guerra propicia en México una bonanza económica sin precedentes. El día de la firma del armisticio, Lovecraft pierde su propia batalla. El cáncer estomacal, el gusano conquistador, regresa por sus fueros. En su funeral se encuentran pocos pero selectos acompañantes. Uno de ellos, Francisco Tario, un joven y callado adolescente que se ha convertido en el discípulo mexicano más próximo a Lovecraft. Barlow vive hasta el año ochenta de su edad, tras haberse consolidado como un respetado y próspero editor cuya mayor satisfacción es haber defendido el legado de su amigo y mentor.

La verdadera historia no fue así pero pudo serlo. Me inspira a conjeturar tal ucronía la publicación del libro que, bajo el título Media docena de pesadillas, reúne por primera vez en español los relatos surgidos a partir de la colaboración entre el maestro Lovecraft y el más joven de sus acólitos, Robert Hayward Barlow, que se acercó al solitario de Providence cuando el primero tenía trece años de edad. La edición fue financiada por la Delegación Azcapotzalco y su iniciativa nació de la voluntad de varias jóvenes entusiastas de Lovecraft y la literatura fantástica. La idea original fue de Mari Carmen Esteva, editora del libro, e incluye la traducción de Brissa Rodríguez Castañeda, las ilustraciones de Tania Ortiz y el diseño de Mayanin Ángeles: cuatro mujeres unieron su talento y su respectiva disciplina para hacer posible este homenaje a uno de los viajeros extranjeros más notables que han vivido en México.  Así lo describe Lovecraft en una carta:
Mi joven anfitrión…es un verdadero y brillante niño prodigio de sólo 16 años pero inmensamente maduro para su edad. Es el hijo de un coronel retirado  a causa de su precaria salud, y que ahora se encuentra de viaje por el norte. Un hermano mayor, también ausente, es un activo oficial del ejército. El joven Barlow es extremadamente versátil: escritor, pintor, escultor en barro, jardinero, bibliófilo y otras habilidades a pesar de tener en contra su mala vista. En el otoño piensa ir al norte a una sesión con expertos ocultistas que le han prometido cierta cura. 
La historia, más extraordinaria que la realidad, vuelve a Barlow mexicano por elección propia. Aquí decidió vivir. Y morir.  Las notas aparecidas en los periódicos mexicanos vuelven su fallecimiento tan enigmático como el de Robert Blake y otros jóvenes que se enfrentan al misterio prohibido en varias de las mejores historias de Lovecraft. El fin del año 1950 fue uno de los más rojos en la historia de una acotada pero creciente Ciudad de México. La caricatura de Excélsior del primero de enero de 1951 representaba  a un mundo que enfrenta el nuevo día con una bolsa de agua y un insufrible dolor de cabeza. En su sección dedicada a dar fe de las tragedias cotidianas, el periódico publicaba la estadística de 2,100 homicidios y 3,950 accidentes de tránsito en 1950, así como su alarma ante el creciente número de asaltos en las colonias Buenos Aires, Peralvillo y Santa Anita. En contraste, una noticia donde se hablaba de que en Pasadena, California, ganaba el trofeo internacional Torneo de las Rosas el carro alegórico llamado “El gozo de vivir en México”.
En la Hemeroteca Nacional de México, en su página 17 del jueves 4 de enero de 1951, el periódico Excélsior encabeza una de sus notas rojas: “Murió envenenado con barbitúricos”. La nota aparece enfatizada con lápiz por un alguien que, como en un cuento de Lovecraft, se adelantó a buscar datos sobre Barlow. Dice así:

El estadounidense Robert Hayward Barlow, de 37 (sic.) años de edad, jefe del departamento de antropología del Mexico City College murió a consecuencia de la gran cantidad de barbitúricos que ingirió.  No se sabes si su fallecimiento fue resultado de un accidente –que solía tomar somníferos todas las noches- o si fue intencional. El cadáver fue encontrado, a avanzada hora del martes, en la casa de Barlow, situada en la calle de Santander 37, Azcapotzalco. Dejó un recado escrito en maya, donde explica lo siguiente: “Eduardo: quiero dormir, a nadie quier ver”. Robert padecía una enfermedad que le impedía dormir, por lo que se veía precisado a tomar barbitúricos. Además, tenía problemas morales ya que su familia vivía en Florida. E.E.U.U. Fue visto por última vez el sábado pasado, en que citó a sus tres empleados para el martes, a las 6 horas. Cuando se presentaron y llamaron a la puerta, no obtuvieron respuesta. Entraron en sospechas y llamaron a las autoridades…Junto a la cama fue encontrado un frasco vacío de seconales.

Por su parte, la nota de El Universal, de ese mismo día, abunda en otros detalles:

                   En forma misteriosa murió un antropólogo 
…Declaró con relación a este caso el teniente coronel del ejército Antonio Hernández Castañeda, de 37 años de edad y que fue secretario particular del antropólogo…afirmó el teniente Hernández que Hayward estaba desesperado de la vida por el hecho de hallarse distanciado de sus parientes y por su situación económica un tanto difícil y no contar con la atención de sus empleados quienes hacían poco aprecio de las observaciones que les hacía para la realización de sus trabajos de orden científico. La policía…encontró el cadáver boca arriba, apreciándose manchas equimóticas y cianóticas.

Ambas notas proporcionan  elementos para integrar un relato en el estilo del mejor Lovecraft, pero la realidad supera a la fantasía. Barlow pertenece  a la estirpe de intelectuales que, como Katherine Anne Porter en Azcapotzalco, D.H. Lawrence en la laguna de Chapala, Luis Cernuda en Coyoacán, Malcolm Lowry en Cuernavaca y Oaxaca, encuentran al mismo tiempo el paraíso y el infierno, su forma de vivir plenamente sobre el mundo. Barlow amaba el sol, y la fotografía, desnudo de la cintura para arriba, que aparece en este libro, lo muestra relajado y alegre, con la constitución y el rostro infantiles que nunca lo abandonaron. Es una fotografía, se nos dice, tomada en Azcapotzalco, este antiguo reino donde estableció su morada. Contra la leyenda negra que los primeros historiadores de Lovecraft crearon para hablar de un ser amante de las tinieblas, que corría las cortinas para escribir con luz eléctrica, el erudito S.T. Joshi ha demostrado, a través de nuevos estudios, que Lovecraft era un ser solar, gran caminante y enamorado del paisaje. Precisamente con Barlow emprendió la última de sus extensas excursiones, que los llevaron hasta Black Water Creek, zona de pantanos donde Lovecraft vio por primera vez los cocodrilos en su medio natural. Barlow compartía otra de las pasiones de Lovecraft: su amor por los gatos. Howard recuerda en sus cartas que su joven amigo tenía en su casa una legión, incluidos dos  llamados Ciro y Darío. El predilecto de Lovecraft era uno llamado High, que “trota como un perrito…cuando emprendemos nuestras caminatas vespertinas”.
Pregunto a los vecinos de este barrio: ¿existe todavía la casa de Santander 37? ¿Por qué no colocar una placa alusiva en el sitio, en una ciudad y un país que es cómplice mayor de los olvidos? Nuestros jóvenes editores han dado un primer e importante paso al publicar estos relatos escritos bajo la tutela de Lovecraft. La mayor parte pueden ser considerados borradores. Sin embargo, como pertenecen al estilo inconfundible del círculo de Lovecraft, aportan elementos valiosos a los devotos de esa mitología. Mención particular merece el relato donde Barlow, fiel al espíritu juguetón de la cofradía, transforma los nombres de sus amigos. La joya de la corona es sin duda el texto que cierra el libro, “El oceáno nocturno”, escrito íntegramente, de acuerdo con los eruditos, por Robert Barlow. Se trata de un texto que rinde homenaje a esa criatura viva que se puede convertir en amenaza para los más sensibles. Así ocurre en esa vasta sinfonía de horror cósmico llamada “El Wendigo”, nacida de la imaginación de Algernon Blackwood. Igualmente, Barlow logra por instantes aproximarse al poema en prosa en sus descripciones y contemplaciones del mar, como lo hizo el primer Lovecraft y antes de él su maestro Lond Dunsany. El lugar donde transcurren los hechos, Elliston Beach, es naturalmente un sitio inventado, y el personaje, un pintor que recuerda al de Lovecraft en “El modelo de Pickman” , alejado del mundo y sólo fiel a sus pensamientos y su soledad. Nada sucede y todo pasa. El gran personaje es el mar donde sueña el gran Cthulhu, aunque nunca se le mencione.
Gracias a Azcapotzalco por haberme invitado a esta sesión memorable. En los cien años de la entrada de Bram Stoker en la inmortalidad, evocamos a un autor como Robert Hayward Barlow, en cuya vida laten misterios inacabables que dan comienzo con el nombre. Barlow es el nombre del vampiro en la aterradora novela de Stephen King Salem´Lot, y Barlowe, con e final, el nombre de la población más al norte de Alaska, donde se vive un mes de permanentes tinieblas, escenario ideal de la película Treinta días de noche, donde la banda de vampiros que allí se instala encuentra su mejor coto de caza y ejerce plenamente sus poderes. Esperemos que el año siguiente, en esta misma fiesta del libro y la lectura, estemos presentando la traducción de los poemas de Barlow, así como la correspondencia cruzada con su maestro Howard Phillips Lovecraft.


Tercera Feria del Libro de Azcapotzalco,
20 de abril de 2012, en el centenario de la muerte de Bram Stoker


Nota: Las fotografías que ilustran esta entrada fueron tomadas del muro de Facebook de Palabrotero. La primera, a extrema izquierda, muestra a Lovecraft con una inusual y discreta sonrisa. A su lado, su pupilo.

martes, 29 de mayo de 2012

Palabras pendientes


El viernes pasado se presentó por segunda vez una antología que es una auténtico deleite. Su antologador y uno de sus autores me invitaron para acompañar la ocasión, pero el trabajo no me permitió estar allí. De haber sido posible, habría dicho algo así:

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Presentar El abismo. Asomos al terror hecho en México (Ediciones SM, 2011), la estupenda antología de Rodolfo JM, en este Museo del Templo Mayor, recinto donde se encuentran los cimientos de nuestra cultura, puede parecer inapropiado a simple vista. Pero tiene en realidad mucho sentido.
El horror y la fantasía son géneros poco explorados por los creadores del país, mayormente porque siguen considerándose por la gran mayoría y muchos estudiosos como temas menores y banales. Pese a que han alcanzado momentos brillantes gracias a la pluma de prodigios como Bernardo Couto, Amparo Dávila, Juan José Arreola, Francisco Tario, Emiliano González, el recientemente extinto Carlos Fuentes –que ahora está en todas partes en secreto, como dijo Jaime Sabines-, mis queridosVicente QuirarteAlberto Chimal –aquí presente-, Bernardo Fernández BEF, Ricardo Chávez Castañeda, Ricardo Bernal, Doris Camarenay Norma Lazo, pocos escritores mexicanos se han atrevido a explorarlo. Esa es una de las virtudes iniciales del texto que nos reúne, sólo que el antologador reúne a las nuevas voces de la narrativa nacional del tema, desde Rafael Villegas, Calos Alvahuante, Pepe Rojo, Alejandro Badillo, F. G. Haghenbech, entre muchos. Es una propuesta que rinde un declarado tributo a las viejas colecciones de Editorial Bruguera o Martínez Roca, volúmenes entrañables que incendiaron la imaginación de los autores aquí contenidos y de generaciones enteras de devotos. Su otro acierto es que sus historias se desarrollan en un entorno fácilmente reconocible: los rincones oscuros de esta urbe, la provincia mexicana, la aparente paz del hogar. Todos se alimentan de la vasta tradición e imaginario de nuestro pueblo.
Como todo libro de su tipo, hay historias que los lectores preferirán sobre otras. Todas tienen el mérito de haber sido escritas con buen oficio y convicción en los fulgores de lo oscuro. Brillan para mi tres relatos: Samaná de Bernardo Esquinca, cuento que inicia en el Centro Histórico de esta ciudad y tiene claras influencias de las imágenes oníricas de David Lynch y las pesadillas de Stephen King,  Post mórtem de Omar Delgado, donde las costumbres funerarias de muchas localidades de la República son el resorte para el horror y Mar del Norte de Alejandro Pérez Cervantes, que recuerda a dos figuras indispensables de mi formación, tan opuestas entre sí: Gregorio Cárdenas Hernández, conocido por su infame vocación como El estrangulador de Tacuba, y Alfonso Quiroz Cuarón, el más reputado Criminólogo mexicano.
El resultado es un libro disfrutable de principio a fin, que nos arrancará los más genuinos sustos. Finalizo expresando mi gratitud a Ediciones SM por apoyar este tipo de proyectos, mi más grande enhorabuena a todos los autores, a la pasión y entusiasmo de Rodolfo JM y su buen tino para ensamblar esta Liga de Caballeros –y Damas- Extraordinarios y sobre todo a ustedes, los lectores, por creer en lo maravilloso que, aunque intangible, está siempre cerca de nosotros.

viernes, 2 de marzo de 2012

Presentación de la segunda edición de El hombre que fue Drácula

Ayer fue un día maravilloso. La Sala Bernardo Quintana del Palacio de Minería, dentro de la XXXIII edición de la Feria Internacional del Libro, estaba abarrotada de devotos del teatro y Bram Stoker para atestiguar la presentación de la segunda edición de El hombre que fue Drácula, suma de la pasión de muchos talentos. Fue una ocasión verdaderamente emotiva, pues estuve rodeado de grandes amigos y miembros de mi familia –carnal y no consanguínea-. He aquí lo que dije, tras recibir las generosas palabras de mis cofrades y de ponerme por un momento en los zapatos de uno de mis autores elementales.
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Presentación de la segunda edición de El hombre que fue Drácula
Roberto Coria

Es un honor que me acompañen a presentar por segunda ocasión uno de los trabajos que más satisfacciones me han brindado, de nueva cuenta en este maravilloso Palacio de Minería, a la luz de nuestra Universidad Nacional. Primeramente quiero agradecer a mis Maestros –mis hermanos de elección- Vicente Quirarte y Eduardo Ruiz Saviñón por guiarme pacientemente en esta travesía, por enriquecerla con su sabiduría y pasión. El poeta dijo que “escribir es el más solitario de los oficios”. Tiene razón, pero yo tuve la mejor compañía posible.
La novela “Drácula” es parte imprescindible de mi primera educación sentimental. Por eso la historia conjetural de los acontecimientos que llevaron a Bram Stoker a escribirla era una idea irresistible. El hombre que fue Drácula es un homenaje al teatro, la imaginación, la capacidad creadora y, sobre todo, a la amistad. Como el grupo de valientes que se unió para derrotar al vampiro, este texto es la suma de las pasiones de muchos individuos. Ésta se vio recompensada cuando le mereció a Eduardo el Premio a Mejor Dirección de la Asociación de Periodistas de Teatro en 2008 y a Nicolás Núñez ser nominado a Mejor Actor por su interpretación de Henry Irving, el más grande actor de su tiempo, el hombre que fue Drácula.
Bram Stoker dedicó su creación más memorable, la que significó un viaje de siete años, no al todopoderoso Irving, ni a su amor no consumado Ellen Terry o a sus consanguíneos, sino a su amigo Hall Caine, quien no sólo creyó en su talento sino le demostró que la imaginación puede hacer realidad los sueños. Yo dediqué este trabajo a tres mujeres formidables. Dos están aquí esta tarde. Una dio alas de murciélago a mi imaginación y la otra me acompaña a volar con ellas todos los días. 
Por lo que respecta a la obra de teatro debo agradecer a los formidables Nicolás Núñez, Luis Miguel Lombana, Elena de Haro, Priscilla Pomeroy, Antonio Monroi y Guillermo Henry –quien generosamente compartió su talento con nosotros- y al perro Fédor. Porque Eduardo se atrevió a romper una máxima de la dirección escénica: nunca trabajes con niños ni perros. También expreso mi gratitud a Ana Luisa Campos, Abraham Feria, Sergio Villegas, a nuestros eternos Armando Matturano y Manuel Núñez NavaNuria Marroquín, Víctor Colunga, Enrique Singer, Aarón Fitch y Delia de la O de Teatro UNAM, a los maravillosos Mauricio Davison y Germán Robles –ellos develaron la placa de la primera temporada- y a la planta técnica del teatro Juan Ruiz de Alarcón de la UNAM, sin cuyo entusiasmo no podría llevarse a cabo el que Hugo Gutiérrez Vega llama “el milagro cotidiano de la puesta en escena”. Sobre la edición que hoy nos reúne, agradezco a mis editores Maricela de la Torre y Guillermo Palma de Libros de Godot, quienes confiaron en el texto desde sus inicios, al gran Hugo Gutiérrez Vega, Víctor Grovas Hajj y al propio Vicente por compartir entrañables textos sobre Bram Stoker, a la Embajada de Irlanda, a la Universidad Nacional Autónoma de México y a todos ustedes, por regalarme su tarde para mantener vivo el legado de uno de mis autores indispensables. 
Mucho se ha criticado a Bram Stoker en tiempos recientes: se ha dicho que su prosa es torpe, llena de adjetivos, que sus historias son previsibles. Yo pienso que el autor de una obra maestra, una que se mantiene tan vigente como el día de su primera publicación, que nunca ha estado fuera de circulación y que ha inspirado a tantos artistas y lectores, es un gran escritor. 
Para finalizar, comparto con ustedes algo que a simple vista no parecería relevante en una actividad como esta. Mañana se cumplirá un año de la muerte física de Mina, una golden retrieber maravillosa –aunque nunca supimos su verdadera raza-. Cuando me encontró le di inmediatamente el nombre de la heroína del señor Stoker, una mujer virtuosa, independiente, valerosa. Una sobreviviente. Cuando hace varios años Eduardo nos informó del deceso de Donovan, su leal amigo y compañero, recordó cómo Lord Byron calificó de forma póstuma a su perro Boatswain, “una criatura que fue bella sin vanidad, fuerte sin insolencia, valiente sin ferocidad y que tuvo todas las virtudes de los hombres y ninguno de sus defectos”. Esta tarde es para ti, Mina, cuyo nombre honra al autor irlandés en el centenario de su ingreso a la inmortalidad. Stoker me enseña cotidianamente que aún en los momentos más adversos la vocación del escritor y la fantasía nos dan fortaleza para emprender todos los viajes.