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lunes, 10 de marzo de 2014

De teorías de conspiración y dudas razonables

En este país hay tres prácticas muy arraigadas: ver el fútbol cada domingo, ir a misa –también en domingo, muy temprano- y elaborar teorías de conspiración.
Desconfiar de cuanto nos enteramos en las noticias tiene raíces muy alarmantes. Es síntoma claro de la falta de credibilidad de –muchos de- los poderes fácticos, sean los medios de comunicación, la iniciativa privada y los gobiernos. En la horrible realidad, muchas de estas dudas tienen cimientos poderosos. En pocas situaciones, no. Lamentablemente las instituciones luchan contra una mala reputación –muchas veces- ganada a pulso y heredada de tiempos previos a mi nacimiento. En muchos casos la falta de datos, las prisas, la presión social y la ausencia de cautela hacen que una autoridad se precipite y haga pública información que el tiempo demuestra que es inexacta e incongruente, lo que alimenta la incertidumbre y el enojo de la población. Lo que es imposible negar es que siempre existen intereses oscuros que se afanan en ocultar la verdad a opinión pública, lo cual alimenta la imaginación y obliga al cuestionamiento. Teorías de conspiración sobran y se remontan a la antigüedad. ¿El emperador Napoleón Bonaparte realmente murió envenenado? ¿Tras el asesinato del presidente John Fitzgerald Kennedy hubo una conspiración entre un sector del gobierno estadounidense, la milicia, la mafia italiana e inmigrantes cubanos? ¿Estados Unidos llegó realmente a la Luna? ¿Cuál es la verdad tras el homicidio del aspirante a la presidencia mexicana Luis Donaldo Colosio? ¿Quién es el verdadero asesino del conductor de televisión Paco Staney? ¿La activista Digna Ochoa realmente fue asesinada? ¿Un artefacto ultrasecreto en la Antártida es el responsable de las recientes tragedias climáticas? ¿La carne de los productos de hamburgueserías transnacionales realmente es de rata? Todas estas preguntas acechan el imaginario colectivo.
Recuerdo esto porque ayer pensé en Los Pistoleros Solitarios, el grupo de excéntricos que asesoraban al agente especial Fox Mulder (David Duchovny) en la desaparecida teleserie Los Expedientes Secretos X, la cual no requiere más presentaciones. El inusual trío, John Fitzgerald Byers (Bruce Harwood), Melvin Frohike (Tom Braidwood) y Richard Langly (Dean Haglund), tuvieron una presencia discreta pero constante en las 9 temporadas de vida del drama y eventualmente se hicieron merecedores de su propio programa, que tuvo una efímera existencia –de una temporada-. Ellos tomaron su nombre artístico precisamente de una de las teorías de conspiración más populares en Estados Unidos: la del pistolero solitario Lee Harvey Oswald que privó de la vida al presidente Kennedy el 22 de noviembre de 1963, curiosamente la fecha del nacimiento de Byers.
Sobre el perfil o patologías de los creyentes en conspiraciones –delirios, esquizofrenia paranoide, histeria, ilusiones- no profundizaré. Cada quien es libre de creer –o no creer- en lo que le plazca, siempre y cuando no afecte el bienestar de terceros. El Sargento John Munch (Richard Belzer), recientemente sacado del elenco de La Ley y el Orden, Unidad de Víctimas Especiales, era un paranoico funcional que desconfiaba del Sistema al cual pertenecía. Yo diré, como sabiamente responden las abuelas cuando les cuestionan sobre fantasmas, “no creo en esas cosas, pero de que existen, existen”.

lunes, 3 de marzo de 2014

Horrible inmortalidad (2)

El sábado pasado, en la trigésima quinta emisión de la fiesta de los libros y la imaginación que se celebra tradicionalmente en el Palacio de Minería, recinto brillante de mi Universidad Nacional, tuve el honor de acompañar a Alberto Cué, Bernardo Esquinca y Rafael Aviña en la presentación de su nuevo libro Orson Welles en Acapulco y el misterio de la Dalia Negra, un texto que converge tres veces –desde su título- en la mutilación: de la obra del cineasta, el lugar paradisíaco y la víctima a los que hace referencia. Este es el texto que preparé para la ocasión.
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Horrible inmortalidad
(Texto para la presentación de “Orson Welles en Acapulco”)
Roberto Coria

El cuerpo sin vida de la joven aspirante a actriz Elizabeth Short, bautizada por los medios de comunicación de su tiempo y conocida por la posteridad como la Dalia Negra, fue descubierto la mañana del 15 de enero de 1947 en un lote baldío en la intersección de las avenidas South Norton, Coliseo y Oeste 39, distrito de Leimert Park, en Los Ángeles, California. Si su cadáver no hubiera sido dispuesto de una forma tan brutal, posiblemente su caso no habría trascendido en la Historia del Crimen: desnuda, eviscerada y desangrada, partida en dos por la cintura, mutilada facialmente para simular una grotesca sonrisa. Omito deliberadamente más detalles. Éstos sólo nos envilecen como especie. La imagen perturbó la opinión pública de su época e incendió la imaginación de una innumerable cantidad de personas. Sobra decir que su asesino –o asesinos- nunca fue identificado.
Este es precisamente el punto del que parte el comunicador y crítico de cine Rafael Aviña en Orson Welles en Acapulco y el misterio de la Dalia Negra (CONACULTA, 2013), un libro inclasificable que transita con gracia entre el periodismo de investigación, la llamada non fiction novel, el ensayo, el guión cinematográfico y la biografía. Todo en su conjunto trata de dar solución al enigma, una teoría tan válida por los hallazgos que realiza el autor y van más allá de la mera coincidencia. Todos nos remiten a una de las más prestigiadas figuras del Séptimo Arte: Orson Welles, ese genio que en 1941 pasó a la historia por escribir, dirigir y protagonizar El ciudadano Kane, una joya indispensable para todo amante del cine.
Aviña, como el ficticio reportero Jerry Thompson (William Alland) que trata de descubrir el significado de las últimas palabras del magnate de los medios de comunicación Charles Foster Kane (Welles), escarba en el tiempo y nos traslada a un lugar inmediato y vinculado al crimen que a primera vista nos parecería improbable: el paradisíaco puerto de Acapulco de finales de los años cuarenta, un lugar belleza incomparable. Hace un vivo retrato de su historia –a través de una profusión de publicaciones y testimonios-, su  gente, sus grandes carencias, los afanes de los políticos por convertirlo en un punto obligado del turismo y la industria cinematográfica extranjera y nacional. Rafael no pierde a oportunidad de expresar su amor por el sitio, mismo que lo une irremediablemente con su querido Germán Genaro Cipriano Gómez Valdés Castillo, el mítico Tin Tán, que hizo de Acapulco su segundo hogar, recorrió sus aguas a bordo de sus Tintaventos y realizó ahí en 1969 –escrita, dirigida y estelarizada por él- una de sus últimas películas, El capitán Mantarraya.
Rafael también nos presenta un viaje tras la filmación de una de las cintas más recordadas de Welles, espécimen fundamental del llamado Cine Noir –sobre el que nos da una verdadera cátedra en su doceavo capítulo: La dama de Shanghai (1947), escrita, dirigida y protagonizada por él y su entonces esposa Rita Hayworth. Precisamente su relación intermitente y contradictoria nos permite formarnos una imagen de Welles, el hombre: un individuo fuerte y corpulento que rebasaba los 1.85 metros de estatura, violento, irascible, misógino, taurópata, con un bajo umbral de tolerancia a la frustración, megalómano e increíblemente creativo. Aviña no lo señala gratuitamente como un sospechoso potencial. Estuvo en la mira del Departamento de Policía de la Ciudad de los Ángeles y del escrutinio de numerosas investigaciones como la de Mary Pacios, amiga entrañable de la infancia de Short que ha emprendido una cruzada por vindicar su imagen. ¿Welles pudo encontrarse tras el asesinato de la Dalia? Esa es una teoría más, tan probable como las muchas otras que a lo largo de los años se han producido. Si quieren corroborarlo, deberán comprar el libro.
Sólo me resta invitarlos a conocer el texto y agradecer a Rafael Aviña por esta carta de amor al cine, a uno de sus lugares extraordinarios y a la búsqueda de la verdad para dignificar a una trágica figura en un país y una época donde nuevas Dalias aparecen todos los días.

Finalizo mi participación dedicándola a la memoria de Elizabeth Short, como hizo Rafael en el principio de su libro. No imagino qué pasaba por su mente los días previos a ese fatídico 15 de enero de 1947. Sólo imaginarlo resume la esencia del horror y puede provocarnos las peores pesadillas. Sin embargo sus sueños –aunque no como los esperaba- se volvieron realidad. Cito a Aviña: “La figura bellísima de La Dalia Negra se mantiene incorruptible en el deseo, la fantasía y el tiempo. Su cuerpo, exánime y profanado, se convirtió en un cadáver exquisito en toda la extensión de la palabra, y su hermoso rostro, fascinante y perturbador, no supo jamás de los estragos de la vejez. El hecho relevante es que la Dalia no pudo rehuir a su destino. Si Elizabeth Short no hubiera sido sacrificada, hoy en día sería una respetable anciana de ochenta y nueve años”. 

martes, 15 de octubre de 2013

Quien lucha con monstruos...

"Quien lucha con monstruos cuide de no convertirse a su vez en uno. Cuando miras largo tiempo a un abismo, éste también mira dentro de ti". -Friedrich Wilhelm Nietzsche, en su cumpleaños.

viernes, 14 de septiembre de 2012

Batman es un Criminalista (parte 2)


III
Ahora lo que nos reúne, mi afirmación Batman es un Criminalista. Como ya dije, el personaje es un ejemplo de tenacidad, disciplina y voluntad. Contra toda interpretación que haya podido dársele a lo largo de los años, la esencia del héroe –como la del detective- es simple: desde una posición humana, combatir al fenómeno criminal con los recursos que ofrece la ciencia. Es cierto que el personaje pudo allegarse de estos medios gracias a su fortuna económica, pero la base de su esfuerzo puede explicarse desde un prisma de realismo. Es curioso que la Criminalística, disciplina en la que se apoya el detective, tenga raíces en la Francia donde vivió Eugene François Vidocq y posteriormente caminaría Alphonse Bertillon (1853-1914), el sabio francés que significó el matrimonio entre las ciencias exactas y la pesquisa criminal. En aquella época la Criminalística  era sólo un conjunto de técnicas y conocimientos sin ninguna sistematización clara, no muy comprobados ni verificables y, por consiguiente, falibles. 
Fue en 1894 en Graz, Austria, que el juez Hans Gross (1847-1915), hizo evidente la necesidad de una materia que pudiera erradicar la subjetividad y las falsas soluciones, conocimientos que plasmó en su Manual del Juez de Instrucción, Agentes de Policía y Policías Militares (Handbuch fur Untersuchungsrichter, Polizeibeamte, Gendarmen). Acuñó ahí el término Criminalística (Kriminalistik), cuyo objeto de estudio es –como sabemos- el material sensible significativo localizado en la escena del crimen, también conocido como indicio. Su estudio nos puede ayudar a establecer la identidad del perpetrador o la víctima de un hecho, a establecer la relación entre éstos y las circunstancias en que se consumó el crimen. El indicio es el más confiable testigo del crimen. Las personas mienten, los indicios no.

En su libro The forensic files of Batman, el escritor Doug Moench advierte adecuadamente la estrecha relación del detective con las ciencias forenses. Ya desde 1910 el criminólogo francés Edmond Locard (1877-1966) observó que todo criminal deja una parte de sí en la víctima y la escena del delito, y se lleva algo consigo, deliberada o inadvertidamente. También descubrió que estos indicios pueden conducirnos a su identidad. El razonamiento lógico de Locard constituye hoy en día la piedra angular de la investigación científica de los crímenes y es conocido como principio de intercambio: “Es imposible que un criminal actúe, especialmente en la tensión del hecho criminal, sin dejar rastros de su presencia”. Locard, autor también de los siete volúmenes del Traité de Criminalistique, fundó el laboratorio de Criminalística de la ciudad de Lyon, Francia. Con un poco más de sofisticación que éste, Batman posee una base de operaciones – popularmente conocida como la Baticueva- dotada de todo tipo de equipo de laboratorio y cómputo, y lleva siempre consigo –en el que suele conocerse como baticinturón- instrumental para la búsqueda, localización, levantamiento y embalaje de indicios.
Moench habla en su libro de diversos tópicos, desde la Balística, los homicidios por arma blanca, los Incendios y Explosiones hasta la interpretación de Indicios hemáticos y los Indicios Dactilares. Uno de sus casos más famosos, su primer encuentro con uno de sus más prestigiados rivales, involucra conocimientos en Entomología Forense y Toxicología. Una serie de muertes inexplicables atraen la atención del héroe. Todas las víctimas son jóvenes deportistas, sin historial de afecciones cardiacas, con el común denominador de estudiar en la Universdad de Ciudad Gótica. Después que las autoridades han inspeccionado la casa de la víctima más reciente, el Detective Oscuro penetra en ella y llaman su atención algunas moscas muertas en el lugar. Las recolecta y analiza en su laboratorio. Con ayuda de un estudio en Cromatografía de gases, descubre en ellas una potente droga alucinógena, capaz de despertar los miedos más poderosos. Su investigación lo lleva hasta un profesor de Psicología de la misma institución, especializado en el estudio de las fobias, llamado Jonathan Crane. Tras seguir  sus movimientos y con elementos contundentes en su contra, el héroe lo enfrenta: “Tenía razón. Vestido con un roído traje, un sombrero y una máscara de yute, parecía un espantapájaros viviente, grotesco bajo la amarillenta luz de las lámparas de queroseno. El tiempo se congeló cuando estuvimos frente a frente, el Murciélago y el Espantapájaros. El profesor en Psicología estaba claramente loco”.

IV
No puedo evitar terminar esta plática con una de las más recientes encarnaciones del personaje, Batman: El Caballero de la Noche asciende (Christopher Nolan, 2012), una cinta que ha generado las opiniones más polarizadas. El sentir del crítico de cine Miguel Cane se ajusta muy bien al mío: “Por lo tanto, la pregunta es, ¿conseguirá El Caballero de la Noche Asciende satisfacer la sed de perfección y mito? Y la respuesta es que semejante cosa no es posible. Y no porque la cinta no sea de calidad, que lo es, es simplemente que a estas alturas del poema, resulta imposible dar gusto a nadie. Habrá quienes la amen, habrán quienes la vilipendien, quienes se queden estupefactos, quienes se conmuevan hasta lo más hondo y no faltará quienes le encuentren defectos a todo. Es el precio de ser un filme tan anticipado, si bien está más allá del bien y del mal; no importa lo que se diga de ella, su leyenda la precede”. Cane tiene razón.  La dimensión del personaje se impone. Porque Batman es incorruptible, imperecedero.
Acaso esta ocasión fue verdaderamente empañada por los lamentables hechos ocurridos en Aurora, Colorado, la noche del 20 de julio de este 2012. La matanza sin sentido que cometió el aspirante a Doctor en Neurociencias James Eagan Holmes invita nuevamente al debate del tan popular fenómeno conocido como bullying y la facilidad de adquisición de armas de fuego en el vecino país del norte. Mientras cientos de espectadores observaban maravillados la película que esperaron por cuatro años, Holmes abrió fuego contra ellos utilizando un rifle Smith & Wesson M&P15, una escopeta Remington 870 Express y una pistola Glock calibre 22. Recordemos a las 12 víctimas mortales:

1.      Alex Sullivan, que celebraba su cumpleaños 27.
2.      John Larimer, miembro de 27 años de la marina estadounidense.
3.      Jessica Redfield Ghawi, cronista deportiva de 24 años, quien recientemente sobrevivió un tiroteo en un centro comercial de Toronto.
4.      Micayla Medek, joven de 23 años.
5.      Jon Blunk, un joven de 26 años que sirvió de escudo a su novia, Jansen Young.
6.      Alex Teves, de 24 años, quien recientemente obtuvo un grado de Maestría.
7.      Alexander Boik, de 18 años, quien recientemente se había graduado de la preparatoria.
8.      Gordon Cowden, de 51 años y padre de dos.
9.      Rebecca Wingo, de 32 años.
10.  Matt McQuinn, de 27 años, quien protegía a su novia, Samantha Yowler.
11.  Veronica Moser-Sullivan, una niña de 6 años, cuya madre Ashley Moser se encuentra en condición crítica.
12.  Jesse Childress, sargento de 29 años de la Fuerza Aérea Estadounidense.

Todos hijos de alguien, esposos de alguien. Como nos enseñó el ataque a las Torres Gemelas que hoy recordamos, el calificativo víctima no se aplica solamente a los caídos.

Como en la vida real, Batman libra una guerra que sabe nunca podrá ganar del todo. Reconoce que son las pequeñas victorias las que le animan a seguir adelante. Hoy sigue enseñándome que los momentos de tragedia no nos definen tanto como las acciones que tomamos para lidiar con ellos. El próximo mes de mayo cumplirá 73 años de vida. Películas como las de Christopher Nolan comprueban que el personaje se ha convertido en algo más: una leyenda.


Bibliografía
Barbieri, Daniel. Los lenguajes del cómic. Paidós, Barcelona. 1983.
Campbell, Joseph. El héroe de las mil caras. Fondo de Cultura Económica, México. 1976.
Daniels, Les. DC COMICS: Sixty years of the world´s favorite comic book heroes. Bullfinch Press Books, Nueva York. 1995.
Desris, Joe. The Golden Age of Batman. The greatest covers of Detective Comics from 30´s to the 50´s. Artabras books, Estados Unidos. 1994.
Eguerrena, Josefa. Los superhéroes. Instituto Politécnico Nacional, México. 2006.
Jurgen, Thorwald. El siglo de la investigación criminal. Ed. Labor, México. 1966.
Langley, Travis. Batman and psichology. John Wiley & sons, Nueva Jersey. 2012.
Maldonado Aguirre, Alejandro. El delito y el arte. Instituto de Investigaciones Jurídicas. UNAM, México. 1994.
Moench, Doug. The forensic files of Batman. Ibooks, inc, Nueva York. 2000.
Moreno González, Rafael. Manual de introducción a la Criminalística. Ed. Porrúa, México. 1986.
-----------------------. Sherlock Holmes y la investigación criminalística. Instituto Nacional de Ciencias Penales, México. 2006.
Soderman, Harry; O´Cornnell, John J. Métodos modernos de Identificación Policíaca. 8ª edición. Ed. Limusa, México. 1986.
Symmons, Julian. Historia del relato policial. Bruguera, España. 1982.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Batman es un Criminalista (parte 1)


He abandonado este blog las últimas semanas,  por motivos poderosos (de los que hablaré en breve). Uno de ellos fue la conferencia que ofrecí ayer en el Instituto Nacional de Ciencias Penales, reto y anhelo que legitima una cruzada de años, pero sobre todo significa el matrimonio de dos aspectos importantísimos de mi vida. Ante un Auditorio Alfonso Quiroz Cuarón completamente lleno, hablé del héroe de mi infancia por más de una hora y posteriormente tuve una nutrida sesión de preguntas y respuestas con personas de las más distintas procedencias. La que más me entusiasmó fue una Maestra de secundaria preocupada por vincular a sus alumnos con la lectura y la historieta como medio de acercamiento al conocimiento. Por ello reproduzco (en dos partes) el texto que preparé para la ocasión. Que lo disfruten. 
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Batman es un Criminalista
(Locura, crimen, justicia y ciencias forenses)
Roberto Coria Monter
Coordinación General de Servicios Periciales, PGJDF


Mil gracias a Álvaro Vizcaíno y Citlali Marroquín, Secretario Académico y Secretaria General de Extensión de este Instituto Nacional de Ciencias Penales y a todo su espléndido personal, por abrirme las puertas de su casa. Gracias a todos por estar aquí.
Hoy, 11 de septiembre, es una fecha con una infame memoria. Exorcicémosla explorando territorios más amables. Mis mejores pensamientos para las víctimas de los hechos que todos conocemos.

Esta tarde compartiré con ustedes una posición arriesgada para alguien de mi perfil. Esto emana del hecho que las personas dedicadas a las Ciencias Jurídicas y Forenses no suelen atender a manifestaciones artísticas como la historieta, a la que suele calificarse de una expresión menor, sin mucho valor académico. Adquiero valor a través del ejemplo de dos personas afines a ellas: Gerardo Laveaga, anterior Director de este INACIPE, hombre de leyes y letras, que comparte la convicción de inculcar el hábito de la lectura de literatura policial entre los aspirantes a Agente del Ministerio Público de la Federación. Bajo su generoso auspicio participé hace unos años en el coloquio Edgar Allan Poe y las ciencias forenses, en este mismo instituto, organizado para celebrar el bicentenario de este autor indispensable. Y de Rafael Moreno González, pilar de la Criminalística en México, maestro de docenas generaciones de estos profesionistas e investigador emérito de esta casa académica. Entre sus incontables publicaciones figura una fundamental: Sherlock Holmes y la investigación criminalística –editada por esta misma institución-, trabajo donde expone principios básicos de la materia a través de la más famosa creación de Arthur Conan Doyle. En el ya mencionado coloquio, el Dr. Moreno dijo algo que resume muchos de los aspectos que defiendo en mi actividad profesional: “la razón y la imaginación son los ojos de la inteligencia”. El que esta plática se lleve a cabo el un auditorio que tiene el nombre del más reputado criminólogo que ha dado México demuestra esta máxima.

I
Desde su primera aparición en mayo de 1939, en las postrimerías de la Gran Depresión Estadounidense y la Guerra Civil española y los albores de la Segunda Guerra Mundial, Batman –conocido en ese entonces como The Bat-man- ha demostrado tener vidas inagotables. Esto ha rebasado su fuente de procedencia y se ha realizado a través de sus encarnaciones en seriales cinematográficos y radiofónicos, televisión, caricaturas, películas y videojuegos. Les ruego que en los siguientes minutos olviden la divertida figura de Adam West, que en los años sesenta llevó a una popularidad sin precedentes al personaje y lo arraigó aún más al imaginario colectivo de la cultura occidental.
Tercera víctima y único sobreviviente de un doble homicidio, nacido del horror y modelado por la pérdida y la disciplina, Batman posee un especial significado en una época donde el crimen se ha convertido en parte de nuestra experiencia cotidiana. El diseño original del héroe, con su capa y máscara azules, su vestimenta gris, su cinturón amarillo y su característico emblema con forma de murciélago, son autoría del dibujante neoyorkino Bob Kane. A él suele atribuirse todo el mérito. Pero la labor del escritor Bill Finger fue crucial y no ha recibido el reconocimiento que merece. No sólo escribió algunas de sus aventuras más importantes, sino fue el encargado de darle un origen, lo que da sentido y trascendencia.
Rastrear la fascinación que sentimos por personajes como Batman exige que analicemos la trascendencia de la figura del héroe, especialmente apreciada en todas las culturas. Desde la mitología clásica hasta la tradición histórica, los héroes han sido fuente de inspiración para la gente de todas las épocas. Al igual que personajes como Hércules o Sansón, el cómic –hoy llamado Noveno Arte- nos ha suministrado de una nueva forma de figura mitológica que ha constituido todo un género: el superhéroe. Algunos de estos modernos titanes, de la misma manera que sus precursores clásicos, surgieron del matrimonio del cielo y la tierra: como el Mesías de cualquier religión, Superman tiene un padre terreno (el Sr. Kent, de Smallville) y un padre celestial (Jor-El, de Kriptón), aunque estructuralmente su omnipotencia lo aproxime más a la figura de Zeus, soberano del cielo. Otros, por el contrario, proceden de la oscuridad: al igual que Hades, señor del inframundo y los diamantes, Batman se mueve en las tinieblas gracias al goce de la fortuna heredada por sus padres muertos. “Todo el mundo ama a los héroes”, dice en una estupenda película una anciana a su atribulado sobrino. “En cierta manera todos tenemos un héroe en nuestro interior. Nos ayuda a actuar con honestidad, nos da fortaleza, nos ennoblece y llegado el momento nos permite morir con dignidad, aun cuando a veces para mantener su firmeza tenga que renunciar a lo que más quiere”.
Estéticamente, y como explica el comunicólogo español Román Gubern en su ensayo El discurso del cómic, los superhéroes se caracterizan por la perfección anatómica según los cánones grecolatinos. Pero más allá de su representación visual, estos personajes de ficción exaltan los valores más luminosos del ser humano: la templanza, la lealtad, la entrega, la compasión, el sacrificio, la sed de justicia y libertad. Precisamente ahí radica su aceptación entre los jóvenes, como afirman los investigadores Scott Vollum y Cary D. Adkinson del Colegio de Justicia Criminal de la Universidad Estatal Sam Houston de Texas. “El crimen prospera por la indulgencia de la sociedad”, dijo su mentor y eventual enemigo al héroe en su renacer cinematográfico. Lo cierto es que es una de las grandes constantes de la humanidad, un cáncer que deja secuelas físicas y mentales en todo lo que toca. “Envenena la mente y el alma. Trae pesar y muerte. Y al final, sólo deja desesperación”. Si lo definimos según los cánones vigentes, lo constituyen todas las acciones u omisiones que contravienen las leyes  y son meritorios de una sanción. En ese sentido, Batman propone dos reflexiones trascendentes: la repercusión y formas del fenómeno criminal en las sociedades contemporáneas y la efectividad de las corporaciones policíacas para combatirlo. Comencemos por la segunda. Desde tiempos antiguos, desde sus organizaciones más elementales, el hombre ha tenido la necesidad de organismos que persigan y sancionen las conductas que atenten contra la colectividad. El caso del criminal francés convertido en policía Eugène François Vidocq (1755-1857) es uno de los más notorios. En 1811 fundó la  Brigade de la Sûreté, uno de los primeros cuerpos policíacos civiles plenamente organizados del orbe y modelo más importante en la creación del Scotland Yard de Inglaterra o del Buró Federal de Investigaciones de los Estados Unidos. Si bien los métodos e integrantes de la Sûreté suelen ser cuestionados por su integridad ética y moral –eran antiguos compañeros presidiarios de Vidocq-, su esfuerzo inspiró el perfeccionamiento y evidenció la necesidad de este tipo de fuerzas –la figura de Vidocq influyó en las creaciones de literatos como Honoré de Balzac, Víctor Hugo y Edgar Allan Poe-. En la actualidad la percepción popular de las fuerzas del orden no ha cambiado. La fama que les acarrean sus malos elementos trasciende sus incontables logros. Ese fue el sentido que los creadores de Batman trataron de dar a su ficticia Ciudad Gótica, una urbe de pesadilla, sumida en la corrupción y dominada por las clases criminales, más similar al Chicago de los años treinta que a la idílica Nueva York –esa es la Metrópolis de Supermán-, con sus rascacielos y su positivismo. Este es el escenario de las aventuras de un justiciero inusual, uno que responde a las necesidades apremiantes de la población. En sus primeras apariciones, Batman combatió amenazas domésticas, como el crimen organizado, que no dejaba de tener en Alphonse Gabriel Capone (1899-1947) uno de sus principales estandartes. Delincuente carismático y brutal, Capone fue la principal figura de la era de los grandes gángsteres, de la Era de la Prohibición. Durante casi una década gobernó un imperio sustentado en el juego, el alcohol ilegal y la prostitución, mismo al que puso fin en 1931 la cruzada de Eliot Ness, agente del Departamento del Tesoro, y su grupo conocido por la posteridad como Los intocables. Para conocer más al respecto, recomiendo ampliamente la versión de los hechos del cineasta Brian de Palma (1987). En muchas formas, al igual que el Inspector Lestrade de las aventuras de Sherlock Holmes, Ness inspiró a la dupla Kane-Finger en la creación de James Gordon, cabeza del Departamento de Policía de Ciudad Gótica. En su primera aparición, paralela a la del protagonista, Gordon reprobaba sus correrías, porque en esencia Batman se encuentra al margen de la ley. En aras de conseguir un bien mayor, el enmascarado no duda en cometer delitos como daño en propiedad ajena o allanamiento de morada. “En su momento, Batman pagará por sus delitos”, aseguró el Fiscal de Distrito Harvey Dent en la segunda entrega de la saga de Christopher Nolan. Gordon atestiguó que si bien sus métodos eran diferentes, ambos compartían ideales. Desde ese entonces se convirtieron en fieles aliados. La imagen del policía –eventualmente convertido en Comisionado- encendiendo un potente reflector en la azotea del Departamento de Policía,  proyectando en el cielo nocturno la imagen de un murciélago, es memorable. A pesar de su cercanía, Gordon no conoce la verdadera identidad del justiciero. En cambio, todos contamos con ese privilegio. 
Batman es Bruce WayneBruno Díaz, según la traducción que todos conocemos-. Kane y Finger decidieron darle  un origen en Detective Comics No. 33 (noviembre de 1939). Lo idearon a los 8 años de edad. El pequeño Bruce asistió con sus acaudalados padres –el Dr. Thomas Wayne y su esposa Martha- al cine. Al salir fueron sorprendidos en un oscuro callejón por un ladrón –identificado años más tarde como Joe Chill- con pistola en mano. Al resistirse al asalto, los padres del pequeño fueron acribillados por el delincuente, mientras éste contempla la escena, aterrorizado. El delincuente huyó mientras el niño sollozaba sobre los cadáveres. Bruce creció bajo la custodia del fiel mayordomo de la familia Alfred Pennyworth. Estudió criminología, psicología, ciencias forenses, acrobacia y artes marciales. Se convirtió a sí mismo en un instrumento supremo de justicia: luchador, experto forense, amo de los disfraces y artista de las fugas a la altura de Harry Houdini. Al cumplir los 18 años utilizó su fortuna para viajar alrededor del mundo, en busca de quienes le pudieran enseñar cómo combatir al crimen. Al regresar años después a Ciudad Gótica, se dio cuenta que sus habilidades no eran suficientes. Es así como sucedió este famoso momento:
Un hombre joven, bien parecido, vestido con una elegante chaqueta, cavila recorriendo las amplias habitaciones de su mansión ancestral, mientras las nubes ocultan a medias la luna.
El individuo musita. “Los delincuentes son un grupo supersticioso y cobarde, de manera que mi disfraz debe ser capaz de aterrorizarlos. Debe representar a una criatura nocturna, terrible, siniestra”.
Se escucha de pronto un estruendo, a la vez que se abre una ventana. Entra entonces volando un enorme murciélago en la habitación. “¡Un presagio! ¡Eso es!”, se entusiasma. “Me convertiré en un murciélago”.

Inicialmente, Kane tuvo varias inspiraciones para crear al personaje: en su niñez  se topó con un libro sobre Leonardo DaVinci, y quedó maravillado con la ilustración de una máquina voladora que el artista italiano había creado 500 años atrás. Esta mostraba a un individuo con unas enormes alas de murciélago y una inscripción que decía “su pájaro no debería tener otras alas que no fueran las de un murciélago”. Su segunda influencia fue –como dije- la película La marca del Zorro (1920), protagonizada por la leyenda del cine Douglas Fairbanks. El actor personificaba a un aburrido aristócrata durante el día, pero que por las noches se convertía en El Zorro. Ocultaba su rostro tras una máscara y salía de su cueva en su brioso caballo negro, para luchar a favor de los oprimidos. La tercera inspiración fue la sombría película Los susurros del Murciélago (1930) con Chester Morris, que interpretaba a un villano que vestía un disfraz de murciélago para cometer fechorías. También fue importante la atmósfera de otras famosas películas de la época, como Drácula (1931) de Tod Browning, estelarizada por Bela Lugosi. Kane también tuvo en cuenta el furor que despertaban héroes de la radio y de las novelas pulp, una forma literaria de gran popularidad en la década de los veintes y treintas. En estas, que recibieron su nombre por estar impresas en papel de baja calidad hecho con pulpa de madera, se desarrolló un género de gran popularidad, el relato detectivesco o hard boiled. Escritores como Raymond Chandler y Dashiell Hammet retrataron la sordidez del bajo mundo en historias donde sus duros detectives combaten el crimen en las calles, enfrentándose a la miseria, la corrupción y el vicio. Este género literario va a marcar el estilo del llamado Film Noir de los años cuarenta. Y en la línea detectivesca no podemos dejar de mencionar a Dick Tracy, el intrépido policía creado por el caricaturista Chester Gould, quien combatía a una grotesca galería de gángsteres empleando artefactos de alta tecnología, como su popular reloj de mano –este artefacto será llevado a notas altísimas en las películas del paladín y luchador de medio tiempo conocido como El Santo-. En el pulp también surgieron héroes como el aventurero Lamont Cranston, quien por las noches se convertía en La Sombra o Breet Reid, editor y dueño del periódico Sentinela, que por las noches se convertía en el Avispón Verde.

II
El crimen, pues, creó a  Batman. Él mismo reconoce: “En mis momentos oscuros, me acosa la noción de que el asesinato de mis padres fue lo mejor que me ha pasado. Pienso con cinismo que eso le dio un sentido a mi vida y los medios para realizarlo”.
El desdoblamiento de Bruce Wayne en Batman, si bien atractivo y emocionante, ejemplifica que éste no se caracteriza por su sanidad mental. ¿Qué necesidad tiene una persona de su perfil –millonario, filántropo, parrandero empedernido- de cubrir su rostro para salir a enfrentar al fenómeno que marcó su infancia todas las noches, sometiéndose a todo tipo de riesgos? El psicólogo español Enrique Rojas  ha delimitado en un decálogo el que sería el perfil psicológico de una persona sana:
  1. Una persona madura y equilibrada debe ser consciente de sí misma desde un prisma de realismo. Esto es, conoce tanto sus actitudes como sus limitaciones.
  2. Cuenta con un modelo de identidad.
  3. Una persona equilibrada se comporta tal como es, procurando corregir los aspectos de su personalidad que no sean adecuados ni positivos para la convivencia.
  4. Cuenta con un proyecto de vida.
  5. Este proyecto de vida debe tener el menor número de contradicciones posibles.
  6. La estabilidad psicológica precisa conseguir una perfecta ecuación entre la vida afectiva y la intelectual.
  7. Es imprescindible contar con una organización temporal sana.
  8. Una persona equilibrada es dueña de sí misma, siendo capaz de resistir las presiones del ambiente y las circunstancias, sin perder por ello las riendas de su vida.
  9. En una persona madura, la sexualidad debe estar situada en un tercer o cuarto plano de interés.
  10. Se debe contar con una sana constitución temporal y psicológica.
Batman no posee una plena conciencia de sí mismo ni de sus acciones, y esto lo demuestra el hecho de que en muchas ocasiones extralimita sus capacidades en sus faenas diarias contra la delincuencia. Desde su infancia, Bruce Wayne sufrió la pérdida de sus padres, situación que le obligó a valerse por sí mismo –a pesar de los cuidados y las comodidades que le rodearon-  y crear un modelo de identidad propio –no tuvo a un padre o un hermano mayor como ejemplos-. Ni Bruce Wayne ni Batman poseen un modelo de vida, simplemente son arrastrados por las circunstancias y niegan la posibilidad de opciones al respecto. Batman se ocupa únicamente de su labor: acabar con el crimen en Ciudad Gótica y entiende esto como una responsabilidad que no puede rehusar. Batman no manifiesta ninguna ecuación entre su vida afectiva e intelectual. Le interesa el bienestar de quienes le rodean –como buen héroe- pero las relaciones interpersonales no son su principal preocupación. En él la parte dominante es la razón, aspecto que subsanó la carencia de afecto que sufrió desde la infancia.
Y si la psique de Batman no es la más saludable, la de sus adversarios de ninguna manera es mejor. Ese es precisamente su atractivo. La lucha del héroe contra la criminalidad no tendría el mismo impacto sin la colorida y variopinta galería de enemigos que desde hace décadas habitan las páginas de sus historias. Y no es que los gángsteres y demás delincuentes no sean menos peligrosos. Los villanos, tradicionalmente, son los que provocan el conflicto tan necesario en toda narración y resaltan las virtudes del héroe. “El bien no hace gran literatura”, dice mi amigo Vicente Quirarte. Los villanos del detective oscuro tienen una gran deuda con los postulados del criminólogo italiano Cesare Lombroso (1835-1909), quien identificó al que llamaba delincuente loco moral, un individuo con personalidad antisocial dotado de una gran inteligencia, carente de sentimientos y remordimientos. Este tipo de sujetos fueron llamados posteriormente psicópatas y hoy, con más tiento, personas con trastorno antisocial de la personalidad. Pero por lo que respecta a su apariencia, extravagante y casi monstruosa en muchos casos, se acerca a lo dicho por el erudito italiano: “los delincuentes representan una reversión a un tipo subhumano, caracterizados por un aspecto semejante a primates u hombres primitivos, como si se tratara de modernos salvajes cuyo comportamiento es contrario a las expectativas y reglas de la moderna sociedad civilizada”.  Esta tendencia fue explotada por Chester Gould en las ya mencionadas aventuras de Dick Tracy. Más allá de su apariencia, criminales de los tipos más variados son parte frecuente de las aventuras del héroe, dignos todos de pertenecer a un catálogo de enfermedades mentales e inquilinos alguna vez del Asilo Elizabeth Arkham para Criminales Dementes. Creado por el escritor Dennis O'Neil en 1974, es un espacio indispensable para contener a delincuentes que rebasaban lo común –para estos últimos se encuentra la Penitenciaría de Blackgate-. Concebidos en tiempos medievales como refugios –del griego antiguo asylum, que significa refugio-, las instituciones de esta naturaleza admitían a las personas con perturbaciones mentales que no encajaban con la sociedad. Las condiciones en que operaban eran inhumanas, pero con el transcurso de los años evolucionaron hasta emplear tratamientos más civilizados. Durante la Revolución Francesa brilla, por ejemplo, el Asilo de Charenton, donde fuera huésped distinguido Donatien Alphonse François, Marqués de Sade (1740-1814) o en tiempos más recientes el célebre manicomio de La Castañeda, hogar temporal de criminales y otros genios, entre los que destaca el conocido Gregorio Cárdenas Hernández (1915-1999), conocido como El estrangulador de Tacuba. Pero en lo que concierne a territorios más inofensivos, entre los enemigos de Batman  destacan las personalidades más variadas: el megalómano Ra´s al Ghul; el esquizofrénico Arnold Wesker apodado El Ventrílocuo; el trágico Fiscal de Distrito Harvey Dent apodado posteriormente Dos caras; el pirómano Garfield Lynns, alias Luciérnaga; el obsesivo compulsivo Temple Fugate, alias El Relojero; el esquizofrénico paranoide Jervis Tetch, que es conocido como El Sombrerero.
Llegamos así al Guasón, tal vez el más emblemático villano de la historia del cómic. Enemigo natural de nuestro personaje, representa la antítesis de su naturaleza y métodos. Es un criminal psicópata, sádico e impredecible, que asesina sólo por diversión. “Hay hombres que sólo quieren ver al mundo arder”, dice de nuevo Alfred. En su libro Los lenguajes del cómic, Daniel Barbieri dice: “el rostro caricaturesco del Guasón en las muy serias aventuras de Batman representa la abyección y la crueldad. Único rostro de caricatura en medio de figuras realistas, el Guasón se destaca por su absurdidad. Salpica de absurdo vicisitudes de otro modo demasiado previsibles. No por casualidad entre los coprotagonistas de la serie de Batman, el Guasón es desde siempre el que obtiene el mayor éxito, el enemigo preferido del lector”. El Guasón, creado por Kane y Finger, apareció por vez primera en Barman No. 1, en la primavera de 1940. Originalmente era un asesino con mucho humor que empleaba un veneno especial que aniquilaba a sus víctimas e imprimía en su rostro una macabra sonrisa. Estaba destinado a morir en su segunda aparición, pero los editores se dieron cuenta de su potencial y desde ese entonces se convirtió en una presencia frecuente en sus aventuras. Un par de años después paró de asesinar y se convirtió en un bromista que dejaba cáscaras de plátano en su escape para evitar ser capturado. Kane y Finger lo concibieron a partir de la imagen del actor alemán Conrad Veidt en la película expresionista El hombre que ríe (1928), adaptada de la novela de Víctor Hugo. Desde entonces, al igual que su enemigo, el Guasón ha tenido las más variadas encarnaciones, desde las más simpáticas hasta las más aterradoras y brutales. 
Entre las últimas –mis preferidas- brilla la del malogrado actor Heath Ledger (1979-2008), quien el martes 22 de enero de 2008, aproximadamente a las 14:45 horas, tiempo local, fue encontrado muerto en su departamento del número 421 de Broome Street, en el barrio del Soho, en Manhattan, Nueva York. Se ha especulado incansablemente sobre las causas de su deceso. Depresión y suicidio son las más notables. Pero se mantendrá vivo gracias a su obra. Recibió el prestigiado premio Oscar de manera póstuma por su interpretación como el Guasón en la segunda película de la saga de Christopher Nolan. Un alumno me preguntó si prefería al Guasón que encarnó Jack Nicholson (Tim Burton, 1989) o al del desaparecido Ledger, y sobre la validez de hacer nuevas versiones de una historia. Respondí que cada generación tiene el derecho de reinventar a sus clásicos y que son dos visiones actorales distintas sobre un personaje memorable, como igualmente entrañables son los Dráculas que personificaron Bela Lugosi, Christopher Lee y Gary Oldman. El crítico de cine Gustavo García describió al Guasón de Nicholson como un “vándalo estético”, más en deuda con la intención original de Kane y Finger y la oscuridad de los primeros años de Burton. El de Ledger se nutre del enfoque sombrío y profundamente psicológico de novelas gráficas como La broma asesina y El Asilo Arkham, pero sobre todo de la visión de un cineasta talentoso que apuesta por el realismo y por contextualizar las hazañas de un héroe del cómic a una época donde el crimen, la violencia interpersonal y la sed de justicia son preocupaciones de cada día. El Guasón de Ledger es un criminal despiadado, sin ataduras. “No tienes nada con qué amenazarme”, advierte al héroe. Su único objetivo es el caos y poner en jaque a un gobierno que durante décadas alimentó al monstruo que ahora es incapaz de combatir. “No se trata de dinero, sino de enviar un mensaje”, reconoce. Eso me recuerda la interminable ola ejecuciones del narcotráfico reseñadas diariamente en los medios de comunicación. El Guasón de Ledger advierte algo aterrador por certero: “la locura es igual que la gravedad, sólo necesita un pequeño empujón”.


viernes, 13 de julio de 2012

Tenemos que hablar de “Tenemos que hablar de Kevin”


Este es un tema que debí tratar con Guadalupe Gutiérrez en el extinto Testigos del Crimen.
La cuarta edición del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales de la Asociación Americana de Psiquiatría o DSM-IV (cuyas siglas en inglés refieren al Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders) habla, entre muchos, de trastornos que tienen su origen en la infancia, la niñez o la adolescencia, como los ocasionados por déficit de atención y comportamiento perturbador, que comprenden alteraciones de la conducta cuyas características son la desadaptación por impulsividad o hiperactividad, afectaciones del comportamiento (violación de derechos de otros, hostilidad, conducta desafiante). Todos son antecedentes claros del Trastorno antisocial de la personalidad, también conocido como sociopatía. Y aunque el documento prohíbe diagnosticarlo en menores (se recomienda detectarlo a partir de los 18 años), la historia documenta casos que contravienen esta premisa. Los niños también matan. Esto puede remitirnos al añejo debate si la maldad puede heredarse o sólo es un constructo de factores bio-psico-sociales. Los hechos son escalofriantes y hablan por sí solos.
Pensar en esto fue oportuno, inevitable, el otro día que vi un gran pendiente: la película Tenemos que hablar de Kevin (We Need to Talk About Kevin, Lynne Ramsay, 2011), la cual me comprueba que no es necesario recurrir a un fantasma o un vampiro para producir horror. En un gran flashback conocemos la trágica historia de Eva Katchadourian (Tilda Swinton), otrora brillante escritora de viajes y mujer cuya vida parece marcada por el color rojo (de la tradicional Tomatina valenciana a las manchas de la deshonra en su nueva casa). Ella y su eventual esposo Frank (John C. Reilly) son pronto “bendecidos” con un pequeño vástago, Kevin (Jasper Newell de niño, Ezra Miller de adolescente) quien desde sus primeros años tiene una conducta poco común –solapada por su padre- que rebasa peligrosamente los arranques propios de su edad y desencadenan en una masacre semejante a la cometida por Eric Harris y Dylan Klebold en la Escuela Preparatoria Columbine el 20 de abril de 1999. Eva vive –si a eso se llama vivir- en un entorno suburbano que la estigmatizó, está consumida por el alcohol, los antidepresivos y el remordimiento. No obstante la fuente de sus penas le da la única esperanza para seguir adelante.
La cinta me remite a una joya poco conocida, La mala semilla (Mervyn Le Roy, 1956), basada a su vez en la adaptación teatral de Maxwell Anderson a la novela de William March, donde la inocente Rhoda (Patty McCormack, interpretada en los escenarios nacionales por Angélica María) comete todo tipo de atrocidades que dejan en manifiesto que nació la maldad está en sus genes. O al episodio “Consciencia” de la sexta temporada de La Ley y el Orden: Unidad de Víctimas Especiales, donde el pequeño Jake O´Hara (Jordan Garrett) asesina a su condiscípulo, hijo de un prominente psiquiatra (Kyle MacLachlan). El profesional pronto cae en cuenta de su naturaleza. “Es un sociópata”. Acto seguido, toma el arma de un policía y dispara al menor. Tras ser enjuiciado y exonerado por el homicidio, el médico admite que lo mató con plena consciencia. “La diferencia es que él volvería a hacerlo. Yo no”.
Por lo anterior remato con una sugerencia: sean generosos cuando sus vecinitos les pidan “calaverita” el siguiente Día de Muertos.