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martes, 5 de agosto de 2014

Divino caníbal, o sobre Hannibal Lecter (2)

Imagino que en sus días universitarios, el joven Thomas Harris no imaginaba que crearía a uno de los personajes más relevantes de la ficción contemporánea. Nació en Jackson, Tennessee, en abril de 1940, pero estudió en la Universidad Baylor de Waco, Texas. Tenía muy claro que tendría una carrera en el periodismo. Corrían los turbulentos años sesenta y ya tenía una modesta posición en el periódico local, el Waco Tribune-Herald, cubriendo las noticias policíacas. A finales de la década, migró a Nueva York, donde comenzó a trabajar para la Associated Press. Viajó por el mundo, como corresponsal. Se dio cuenta que todas sus vivencias le permitirían llevar su vocación al siguiente nivel: quería ser escritor de ficción. En ese momento advirtió lo que hace algún tiempo me dijo mi amigo Bernardo Fernández, Bef: “debes documentar bien tus mentiras si deseas que la gente las crea”. Publicó así en 1975 su primera novela, Domingo negro, una trepidante historia donde un grupo terrorista palestino planeaba realizar un atentado en suelo estadounidense empleando el ficticio dirigible Aldritch (en su adaptación fílmica de 1977, dirigida por John Frankenheimer, era el de la llantera Goodyear) que estallaría durante el Super Bowl, asesinando a cientos de inocentes. El libro, inspirado en la crisis de rehenes ocurrida durante la Olimpiada de Munich en 1972, tuvo un éxito moderado. Lo mismo ocurrió con su versión cinematográfica, pese a las altas expectativas que generó. Pero para el literato debutante era sólo el calentamiento.
Durante sus días como reportero policíaco, Harris se familiarizó con el trabajo de la recién nacida Unidad de Ciencias del Comportamiento del Buró Federal de Investigaciones, con sede en su academia de Quantico, Virginia. El organismo tenía el propósito de auxiliar a las corporaciones policiacas del país –y de otras naciones- a investigar las raíces de los crímenes violentos y aparentemente sin motivos, con el propósito de prevenirlos y detenerlos. Se entrevistó con uno de sus principales integrantes, el agente especial Robert Ressler, un antiguo militar que no sólo contribuyó en la cacería de algunos de los más infames homicidas de Estados Unidos, como Richard Trenton Chase –el vampiro de Sacramento- y Jeffrey Dahmer –el caníbal de Milwaukee-, sino que acuñó el calificativo que definió a todos los modernos monstruos de su clase, un término que es uno de los favoritos de muchos para identificar al Mal en su forma más pura y realista: asesinos en serie. Harris también se acercó a uno de los más notables colaboradores de Ressler, el agente especial John Douglas, quien interrogó en su cautiverio a decenas de terribles figuras como David Berkowitz –el Hijo de Sam-, Ted Bundy, Edmund Kemper, Dennis Rader –el asesino BTK- y Richard Speck, con la finalidad de obtener información que serviría en la captura de futuros delincuentes como ellos. Estos datos permitieron la creación del Programa para la Aprehensión de Criminales Violentos (ViCAP por sus siglas en inglés) y, sin duda, que Harris acopiara inspiración para escribir su siguiente novela. Pero sobre ella, y la saga que comenzó, hablaremos la siguiente semana.
Hoy, Harris es un hombre de 74 años de edad, alejado de la vida pública, amante de la buena cocina, que alterna su residencia entre el sur Florida y Nueva York. Es de los pocos autores vivos que pueden jactarse de que todas sus obras (5 novelas) se han llevado a la pantalla grande. Goza de la popularidad que le otorgó crear a uno de los más grandes villanos de los últimos tiempos. Y ni qué decir de las millonarias ganancias que esto supone. Su Hannibal Lecter, como las creaciones perdurables, posee vidas inagotables.

Las cuatro novelas que escribió Thomas Harris que tienen como constante a Hannibal Lecter, son un verdadero catálogo de enfermedades mentales, una suerte de torcido bestiario o un catálogo de perversiones. Dragón rojo (1981) nos presentó a Will Graham, un antiguo miembro de la Unidad de Ciencias del Comportamiento del FBI que es sacado del retiro para atrapar al elusivo asesino en serie que los medios apodaron El hada de los dientes, un demente que masacra familias durante los ciclos de luna llena. Para ello, Will solicita ayuda al monstruo que estuvo a punto de matarlo, “el segundo psicópata que capturó”: el brillante psiquiatra y caníbal Hannibal Lecter. Aunque éste no es el antagonista de la novela y sólo aparece por breves momentos del relato en su celda en el Hospital Psiquiátrico de Baltimore, Maryland, el peso de Lecter en la trama es notable. El  verdadero villano es Francis Dolarhyde, y Harris lo describe así:Al cabo de cuatro horas la llevaron a la sala de partos, donde nació Francis Dolarhyde. El obstetra dijo que parecía «más un murciélago de nariz aplastada que un bebé», otra verdad. Nació con cortes bilaterales en su labio superior y en la parte anterior y posterior del paladar. La parte central de su boca no estaba sujeta y sobresalía. Su nariz era chata. […] Un cirujano del hospital municipal hizo todo lo que estaba dentro de sus posibilidades por Francis Dolarhyde, contrayendo en primer lugar la sección frontal de su boca con una banda elástica, luego cerrando las aberturas de su labio por medio de una técnica de superposición rectangular, hoy en día totalmente anticuada. El resultado de los cosméticos no fue satisfactorio.
Dolarhyde y Lecter no son los únicos psicópatas mencionados por el autor. También hay una pincelada de Garret Jacob Hobbs:
Garmon Evans, un ex asistente médico del Hospital Naval de Bethesda, dijo que Graham fue alojado en el pabellón de psiquiatría poco después de haber matado a Garrett Jacob Hobbs, el “Gavilán de Minnesota”. Graham dio muerte de un disparo a Hobbs en 1975, cerrando el octavo mes de reinado de terror de Hobbs en Minneápolis.
El actor Vladimir Jon Cubrt lo interpreta en la reciente serie televisiva.
Sobra decir que el libro fue un éxito de ventas. Fue llevado al cine en 1986 por el cineasta Michael Mann bajo el título de Manhunter –recuerdo que aquí le titularon Sabueso-, con Willian Petersen –con un look similar al que usaba Richard Dreyfuss en la época- como Graham –esto le valió que años después lo convocaran como el criminalista Gil Grissom en la serie CSI-, Tom Noonan como Dolarhyde, Dennis Farina como Jack Crawford y el británico Brian Cox como Hannibal Lektor –no lo escribí mal-. El furor que despertó la adaptación del posterior libro de Harris y el afán de sus productores –el talentoso Dino De Laurentiis- por no perder sus derechos propiciaron un remake en 2002 –titulado correctamente Dragón rojo-, dirigido por Brett Ratner, con Edward Norton como Graham, Ralph Fiennes como Dolarhyde, Harvey Keitel como Crawford y Sir Anthony Hopkins repitiendo por tercera ocasión el papel que le valió un Óscar.
Harris y sus editores tuvieron esto en cuenta para la segunda novela de lo que bautizaron La saga de Hannibal Lecter, El silencio de los corderos (1988), donde ahora la aspirante a agente del FBI Clarice Starling se da a la captura de un nuevo psicópata, Buffallo Bill. El nombre real del criminal es Jame Gumb, y Harris nos ofrece una descripción:
En la ducha se hallaba Jame Gumb, varón, de raza blanca, treinta y cuatro años, metro ochenta y cinco de estatura, noventa y dos kilos de peso, sin señales especiales que lo caractericen. Pronuncia su nombre de pila como James pero sin la s. Jame. Insiste en que se diga así.
Ya platicamos de la laureada película que el libro inspiró en 1991. Ahí lo interpretó el actor Ted Levine –todos lo recordamos bailando la canción Goodbye horses de Q Lazzarus-, así que me salto al siguiente.
La saga continuó en 1999 con la novela Hannibal, donde Harris mudó al divino caníbal  la ciudad de Florencia, Italia, donde se mueve como pez en el agua en medio de su bella arquitectura, sus paisajes y sus encantadoras cafeterías al aire libre. A través de Rinaldo Pazzi, codicioso policía italiano que descubre al Monstruo, nos enteramos de las andanzas del asesino conocido como Il Mostro:
“Il Mostro”, el monstruo de Florencia, había hecho estragos entre las parejas toscanas durante diecisiete años, en las décadas de los ochenta y los noventa. Asaltaba a los amantes en cualquiera de los muchos nidos de amor al aire libre de la región. Su pauta era matarlos con una pistola de pequeño calibre, formar con sus cuerpos un meticuloso cuadro adornado con flores y dejar al descubierto el seno izquierdo de la mujer. De sus composiciones se desprendía un aire extrañamente familiar, una sensación de “déjá vu”. […] El Monstruo se llevaba de la escena del crimen ciertos trofeos anatómicos, excepto la vez que asesinó a una pareja de melenudos homosexuales alemanes, al parecer por error.
Y el gran malvado del libro es el multimillonario heredero de un Imperio carnicero Mason Verger, pedófilo, antiguo paciente de Lecter y su segunda víctima sobreviviente, quien busca vengarse a toda costa de su victimario:
Mason Verger, sin labios ni nariz, sin tejido blando en el rostro, era todo dientes, como una criatura de las profundidades marinas. Acostumbrados como estamos a las máscaras, la conmoción ante semejante vista no es inmediata. La sacudida sólo llega cuando comprendemos que aquél es un rostro humano tras el cual hay un ser pensante. Nos produce escalofríos con sus movimientos, con la articulación de la mandíbula, con el girar del ojo para mirarnos. Para mirar una cara normal. […] El cabello de Mason Verger era hermoso y, sin embargo, era lo que más difícil resultaba de mirar. Moreno con mechones grises, estaba trenzado formando una cola de caballo lo bastante larga como para alcanzar el suelo si se la pasaran por detrás del almohadón. En ese momento estaba enroscada sobre su pecho encima del respirador en forma de caparazón de tortuga. Cabello humano creciendo de un cráneo arruinado, con las vueltas brillando como escamas superpuestas.
En la versión cinematográfica de la novela que Ridley Scott dirigió en 2001, lo interpretó –si crédito, seguramente a petición del actor- el inglés Gary Oldman. Antes que auto mutilara su rostro –con ayuda de Lecter-, según la reciente serie de televisión, es interpretado por Michel Pitt.
Una víctima de Verger –discriminada en la cinta de Scott- es su hermana Margot:
Vista de cerca, era evidente que se trataba de una mujer. Margot Verger le tendió la mano con el brazo rígido desde el hombro. Estaba claro que practicaba el culturismo. Bajo el cuello nervudo, los hombros y los brazos macizos tensaban el tejido de su polo de tenis. Los ojos tenían un brillo seco y parecían irritados, como si padecieran escasez de lágrimas. Llevaba pantalones de montar de sarga y botas sin espuelas […] Los enormes muslos de Margot Verger hacían sisear la sarga de sus pantalones mientras subía la escalera. Su pelo trigueño era lo bastante ralo como para que Starling se preguntara si tomaría esteroides y tendría que sujetarse el clítoris con cinta adhesiva”.
En la serie televisiva la encarna la bella actriz canadiense Katherine Isabelle, aunque en palabras de Harris es más semejante a la entrenadora Shannon Beiste (Dot-Marie Jones) del programa musical Glee.
La más reciente novela de Harris, Hannibal, el origen del mal (2006) representa para mí un gran dilema. ¿Necesitaba Hannibal Lecter que su creador le diera un origen? No lo creo. Sé que una exigencia en la investigación criminal, requisito de la Criminología, es conocer los motivos que llevan a una persona a convertirse en asaltante o asesino. Esta necesidad ha sido tomada con entusiasmo por las bellas artes, sea como el legítimo medio para conocer mejor a un personaje o para aprovechar sus virtudes comerciales. Piénsenlo bien. ¿Alguien conoce cómo fue la infancia de la Malvada Reina de Blanca Nieves, o si el Capitán Garfio era un niño maltratado? No es necesario. Así me lo recuerda la muy reciente Maléfica. El mal existe y a veces sólo necesitamos saber eso. Bram Stoker nunca nos habló del origen de Drácula, ni de su relación con sus tres novias en su castillo. Se limitó a darle una vaga historia según la contó a Abraham Van Helsing “su amigo Armenius de la Universidad de Budapest”. Los grandes villanos no siempre requieren un origen. Los espacios en blanco y las interrogantes hacen trabajar la imaginación del lector, lo obligan a poner atención a los pequeños detalles que explican la personalidad del personaje. El exceso de datos no siempre se agradece. Prefiero quedarme con la biografía parcial que Harris nos ofreció en Dragón Rojo y El silencio de los corderos –su polidactilia, sus aficiones por el buen comer y las bellas artes, su historial criminal, la incapacidad de las herramientas psicológicas para penetrar en su mente-. No me gustan sus raíces como un noble lituano, que unos rapaces de la II Guerra Mundial hubieran devorado a su hermanita Mischa, su formación en artes marciales –habilidades nunca manifestadas en sus dos primeras aventuras- y el amor que casi terminó por redimirlo. Todo no hace más que debilitar el aura de misterio que lo rodeaba y lo hace –al menos para mi- menos atractivo. En fin. En gustos se rompen géneros ¿Ustedes qué opinan?

viernes, 1 de agosto de 2014

Divino caníbal, o sobre Hannibal Lecter (1)

Dos policías llevan su segunda cena a un hombre en el inicio de sus cincuentas, vestido de blanco y convenientemente encerrado en una amplia jaula. El prisionero está rodeado de sus libros y dibujos, y escucha afablemente Las variaciones de Goldberg de Johann Sebastian Bach. El menú de la noche: chuletas de cordero, casi crudas, acompañadas de una guarnición de guisantes, granos de elote y una papa horneada. Los guardias, respetuosos pero precavidos, ordenan al custodiado ponerse contra los barrotes para esposarlo. Seguros de su inmobilidad, uno de los uniformados penetra en la jaula con el manjar, incluso procura no manchar los papeles que descansan en el escritorio. Antes de que puedan reaccionar, el hombre de blanco coloca las esposas al improvisado maître: se ha liberado con el alma de un bolígrafo que hábilmente escondió en su boca. Como un relámpago muerde el rostro del otro uniformado, luego le vacía su gas lacrimógeno antes de golpear repetidamente su cabeza contra la estructura metálica. El policía esposado grita de horror antes que el hombre de blanco, con el rostro ensangrentado y una expresión serena, le destroce el cráneo con su propio tolete. Los dos guardianes yacen inertes, en sendos charcos de sangre, mientras el homicida disfruta los últimos acordes su melodía. Su nombre, Hannibal Lecter. Su profesión, psiquiatra. Su naturaleza, asesino antropófago.
La anterior es una escena memorable de El silencio de los inocentes, adaptación cinematográfica de la novela homónima (se titula originalmente El silencio de los corderos) de Thomas Harris. Esta cinta valió a sus artífices, en 1991, incontables premios y el reconocimiento de la crítica y el público. Según la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Estados Unidos, es una película perfecta: ganó su prestigiado premio Óscar como Mejor Película, al Mejor Director (para Jonathan Demme), Mejor Guión Adaptado (para Ted Tally), Mejor Actor (para Anthony Hopkins) y Mejor Actriz (para Jodie Foster). Más allá, legitima a “todo un subgénero que no solo se nutre de la nota roja cotidiana, sino del suspenso, el relato policial, el horror y sus derivaciones el gore y el splatter, e incluso de la pornografía”, como bien asegura el investigador y crítico de cine Rafael Aviña.
El silencio de los inocentes es una cinta, que a casi 25 años de distancia, no puedo evitar volver a ver cuando la transmiten por televisión. Y ese efecto –que comparto con muchos- lo advirtieron muy bien Mario Candia Gómez y la Cineteca Alameda de San Luis Potosí cuando decidieron programarla dentro de su ciclo de cine “Asesinos seriales”, que tuve el placer de clausurar el sábado anterior. Con una selección compuesta de especímenes de varias partes del mundo, la muestra presentó a los espectadores una visión panorámica de estos modernos monstruos trastocados en figuras admiradas en el nuevo milenio. Y de ello sabe un poco Stephen King, quien dijo que Hannibal Lecter es el Conde Drácula de la era de las computadoras y los teléfonos celulares.

Sin importar la admiración que le tengamos, no podemos evitar reconocer la terrible verdad: Hannibal Lecter es un psicópata. Encantador, refinado, inteligente y carismático, indudablemente, pero un psicópata más allá de toda redención. Por ejemplo, su reciente vida televisiva –de la que posteriormente hablaremos- hace alarde de sus destrezas culinarias. En lo personal, después de verlo en acción no puedo evitar sentir un gran apetito. Lo curioso es que poco nos importa su ingrediente principal: carne humana. Es un antropófago y un asesino en serie despiadado. A nuestros ojos, sus víctimas pueden merecer su fatal destino. Su infame naturaleza le brinda cierta justificación. Pedófilos, cazadores y funcionarios corruptos son algunas de sus presas predilectas. “Creo que hay personas socialmente inaceptables y tienen el derecho de morir”, se dice el Caníbal, quien odia la descortesía y la vulgaridad. Nosotros elegimos pasar por alto los pecados del criminal porque no nos encontramos entre sus potenciales corderos de sacrificio.
Ese es un claro efecto que buscan muchos especímenes de la ficción contemporánea: lograr que el público se identifique con sus personajes, antihéroes a todas luces, sin importar su vocación. Más allá, que se ponga de su lado y se preocupe por su suerte cada vez que está por caer sobre ellos el peso de la Justicia. Ocurre algo semejante con Dexter Morgan, el alegre hematólogo forense, padre de familia, leal hermano y asesino serial de medio tiempo creado por el novelista estadounidense Jeffrey Lindsay –e interpretado en la televisión por Michael C. Hall, de quien hablaremos en otro momento- o el apocado profesor de Química convertido en narcotraficante Walter White (Bryan Cranston) en la laureada teleserie Breaking bad. Ambos casos, el de Dexter y White, dejaron un hueco en la televisión de nuestros días, imposible de llenar.
No debe extrañarnos nuestra respuesta. Algunos héroes se mueven en la misma línea. En su primera aparición, paralela a la del protagonista, James Gordon –detective en ese entonces- reprobaba las correrías de Batman, porque en esencia se encontraba al margen de la ley. En aras de conseguir un bien mayor, el enmascarado no dudaba en cometer delitos como lesiones, amenazas, privación ilegal de la libertad, daño en propiedad ajena o allanamiento de morada. Y ni hablar del valor legal que tendrían las evidencias que vincularan a sus enemigos con actividades criminales. “En su momento, Batman pagará por sus delitos”, aseguró a los medios el Fiscal de Distrito Harvey Dent (Aaron Eckhart) en la segunda entrega de la saga de Christopher Nolan. Ambos –Gordon y Dent- atestiguaron que si bien sus métodos eran diferentes a los del hombre murciélago, compartían ideales. ¿El fin justifica entonces los medios?

Pero el moverse por encima de la Ley, sobrepasar las normas creadas por el hombre, ha permitido a Lecter posicionarse poderosamente en nuestros afectos. Más porque representa la oscuridad que todos llevamos dentro. ¿Quién, en algún momento de nuestras vidas, no ha deseado matar a alguien? Sea al abusador que nos victimiza todos los días en la escuela, a la persona que nos traicionó o rompió el corazón, al profesor que utiliza su posición para martirizarnos indebidamene, al jefe que abusa impunemente de su autoridad o al conductor de un vehículo de transporte público que casi nos provoca chocar en nuestro vehículo. Nos detenemos por muchas razones, llámenles moral, ética, religión o leyes. Lecter no tiene esas ataduras. Por eso es tan atrayente. Realiza lo que nosotros no. Al final, lo más prohibido es lo más deseado.

lunes, 21 de abril de 2014

Dos veces maníaco

Regreso a ti, adorado blog–e igualmente queridos lectores- luego de casi un mes de ausencia. Y lo hago con un tema muy en deuda con mi reciente experiencia tapatía.
Son muchos los aciertos de la no suficientemente difundida reelaboración de Maniac (2012), tercer largometraje del francés Franck Khalfoun. Primeramente cuenta con un respetuoso e inteligente guión de Alexandre Aja, Grégory Levasseur y C.A. Rosenberg, que parte de la película de culto del mismo nombre, dirigida en 1980 por William Lustig y escrita y protagonizada por Joe Spinell, joya prohibida en los estantes de los videoclubes de mi niñez. Ahora el papel del asesino serial Frank Zito es heredado por Elijah Wood, cuya cara de niño bueno es diametralmente opuesta a la de su antecesor Spinell. Esa es una cualidad que los realizadores aprovecharon muy bien, tal como lo anticipó Alfred Hitchcock al elegir a Anthony Perkins para interpretar al desquiciado Norman Bates en 1960 –ya saben en dónde-. El monstruo más terrible es el que se parece a nosotros, el que vive en la puerta de al lado, el que no da motivos para desconfiar de sus intenciones. Al menos así sucedió a muchas de las víctimas de Ted Bundy o Jeffrey Dahmer, con nefastos resultados. Pero las de ellos son otras historias de horror que he tratado en otros espacios.
Bajo su máscara de sanidad, Zito esconde un pasado perturbador revelado a través de los ojos del homicida: la cinta –casi en su totalidad- se nos presenta en cámara subjetiva. La propositiva puesta en escena permite que los espectadores calcen los zapatos del criminal. Sólo vemos a Elijah cuando camina frente a ventanales, en espejos retrovisores u otras superficies reflejantes, lo cual es un alarde de técnica narrativa del cinefotógrafo Maxime Alexandre, cuyo estilo apreciamos desde su cartel promocional. Luego está la lóbrega partitura del músico francés Robin Coudert, quien firma sus obras simplemente como Rob. Todo adereza a la perfección secuencias sanguinolentas, que no escatiman en mostrar a nuestro “héroe” ejerciendo su oficio: rebanar gargantas y escalpar a inocentes damiselas.

Pero lo mejor, insisto, es Wood, con su aspecto casi frágil, inocente y bondadoso que acotó desde muy temprana edad en su debut fílmico e ineludiblemente relacionamos con su Frodo Bolzón en la trilogía El Señor de los Anillos (Peter Jackson, 2001-2003) pese a que ya lo vimos como el sádico Kevin en La ciudad del pecado (Robert Rodríguez y Frank Miller, 2005). Ya desde ahí demostró que podía dar miedo. 

viernes, 31 de enero de 2014

La pareja ideal

Todavía extraño a la extinta teleserie Dexter. De ella he hablado en muchas ocasiones y creo que mi admiración por su carismático protagonista ha quedado más que patente. Su penúltima temporada nos presentó a su par emocional, la bella envenenadora Hannah McKay, interpretada por la australiana Yvonne Strahovski (que por cierto acabo de ver en Yo, Frankenstein). A diferencia de la manera en que Dexter (Michael C. Hall) se mostró a su eventual esposa Rita Bennett (Julie Benz), quien fungió como su máscara de sanidad pese a que desarrolló auténticos sentimientos por ella y sus críos, el asesino fue auténtico y libre ante McKay desde el principio. Y esto se debía a que se complementaban, justo como Bonnie Parker y Clyde Barrow o Martha Beck y Raymond Fernández, sólo dos de las parejas fraguadas en el infierno que ha registrado la Historia de la criminalidad. Hannah y Dexter, asesinos por naturaleza, se comprendían mutuamente. Conocían a plenitud sus obsesiones y angustias. Eran cómplices y amantes que nunca comprometieron su naturaleza pues tenían perfectamente claro que se ubicaban en el mismo lado de la Ley, cosa opuesta a Irene Adler y Sherlock Holmes o a Gatúbela y Batman.
Hannah Mc Kay era una chica provinciana que se involucró con el hombre equivocado, como hiciera en la realidad Caril Ann Fugate con el multihomicida Charles Starkweather: se embarcó en una serie de asesinatos cometidos por su entonces media naranja, Wayne Randall. Como no se comprobó plenamente su participación en los hechos, fue condenada por complicidad y confinada a un reformatorio, de donde salió al cumplir la mayoría de edad. A pesar de la notoriedad que le valió su carrera criminal, se embarcó en numerosas relaciones sentimentales que invariablemente concluyeron en homicidios no aclarados. Cuando Dexter decidió aplicarle su concepto de “justicia”, sucumbió ante sus encantos. Y esto le hizo pasar por alto su oficio. Hannah asesinó a un periodista que amenazaba con exponerla y casi lo hizo con su hermana Debra (Jennifer Carpenter), siempre con el refinamiento de los venenos. Situaciones que parecían imposibles de superar separaron al dúo, pero la atracción hizo lo suyo. Al final, a pesar de sus intentos, el suyo fue un amor no consumado.

Como se avecina un alud de melcocha por la celebración de los enamorados, seguiré hablando de pasiones que matan las siguientes ocasiones. 

viernes, 13 de diciembre de 2013

Un depredador de Alaska

Si aún existiera Testigos del Crimen, el podcast que conduje durante 5 años con mi querida Guadalupe Gutiérrez, este hubiera sido uno de sus temas. De hecho es uno de nuestros grandes pendientes. Y si existe el lugar que las religiones llaman infierno, Robert Cristian Hansen tiene sin duda un lugar reservado en él. Mientras leen estas líneas, él purga una condena de 461 años en la Correccional de Spring Creek, en Seward, Alaska. Tiene 74 años de edad y goza de un techo y tres comidas diarias por cortesía de los contribuyentes y el Sistema Penitenciario de Estados Unidos. Se encuentra ahí por violar y asesinar cruelmente a un número no determinado de mujeres –se calculan entre 17 y 21, aunque muchos creen que el número es mayor- entre 1971 y 1983. Y en verdad, la sentencia me parece poca.
Sus actividades homicidas quedaron expuestas el 13 de junio de 1983, cuando la joven prostituta Cindy Paulson logró escapar de sus garras. A esto siguió un caso que pone en manifiesto la difícil –trágica- vida de muchas trabajadoras sexuales de Anchorage, Alaska, el trato discriminatorio que reciben cuando denuncian un delito cometido en su contra, las limitaciones del sistema legal y el mejor espíritu de los buenos representantes de la Ley.
La carrera de Hansen ha sido tratada en varios documentales televisivos –de Discovery channel esencialmente-, en series –recuerdo un episodio de La Ley y el Orden: Unidad de Víctimas Especiales-, inspiró en 2007 la película Naked fear –con Joe Mantegna- y la cinta que propicia estas líneas.
Bajo cero (The frozen ground, 2013), escrita y dirigida por el neozelandés Scott Walker, es un muy competente relato policial que se estrenó muy tarde en nuestro país –en Estados Unidos se hizo en agosto- y seguramente quedará sepultado este fin de semana en la cartelera por el estreno de la secuela de El Hobbit. Es una persecución entre el investigador Jack Halcombe que encarna Nicholas Cage –el personaje está modelado a partir de Glenn Flothe, el sabueso de la vida real- y Hansen, interpretado por John Cusack. La desgraciada Paulson es encarnada por la cantante Vanessa Hudgens, egresada de High School Musical y que aparece en Machete kills (Robert Rodríguez, 2013), con un buen resultado.
La cinta no prescinde de lugares comunes, familiares para nosotros por la televisión –los personajes con un pasado tortuoso, el jefe que en principio no apoya al protagonista, la angustiante búsqueda de evidencia y el dramático interrogatorio-, pero el conjunto es satisfactorio sin duda. “Esto es lo que eres y lo que haces”, reconoce su esposa (Radha Mitchell) a nuestro héroe. “El sistema no es perfecto, pero no dejarás de luchar por hacerlo un poco mejor”.

Y uno de los aciertos de Walker es dedicar su primer trabajo a las víctimas de Hansen, las conocidas y las desconocidas. Antes que corran los créditos finales, el director nos muestra las fotos de las que se sospecha fueron asesinadas por el monstruo, con las estremecedoras leyendas cuerpo localizado y cuerpo sin localizar. Sobrecogedor.

martes, 1 de octubre de 2013

Sobre el final (final) de Dexter

No todas las relaciones humanas terminan de la mejor manera. Al final, con el beneficio de la distancia, podemos identificar los mejores momentos, valorarlos adecuadamente y atesorarlos. Lo cierto es que no siempre se obtiene la conclusión deseada. Lo digo porque ayer, luego de 7 años y 8 temporadas, vi el final (final, como diría el clásico No empujen) de Dexter. Desde su penúltimo episodio tengo sentimientos encontrados por situaciones que nunca podré asimilar del todo. Contradicen lo que hizo tan entrañable a un asesino en serie que siempre se distinguió por su frialdad, temple, eficiencia y capacidad analítica. “Dejaré al malo de malolandia atado al lado de un peligroso juego de cuchillos porque estoy seguro que no podrá llegar a ellos” o “Ya no quiero matar. Es más poderoso el amor”.
Como bien declaró la estrella del programa Michael C. Hall, el desenlace polarizará a los aficionados. Habrá quienes lo odien y quienes lo amen. Yo, como Marge Simpson, pienso que es un final y ya. Pero creo que nuestro héroe se merecía un mejor destino. Me hubiera gustado más verlo perderse definitivamente en su aliado el mar, en su Rebanada de vida y en medio de la tormenta, como el justiciero que parte hacia el ocaso. Y sin embargo eligió vivir en consecuencia a sus acciones, en una especie de purgatorio auto impuesto tal como hizo su honesta hermana, quien verdaderamente se merecía un final feliz.
La serie tuvo excelentes momentos. ¿Recuerdan a Dexter parando con un golpe en la frente (aquí en México le decimos sape)a una víctima que le lanzaba una maldición, sacando a un cadáver de un hotel –a la vista de todos- en un carrito de equipaje o presenciando el suicidio de un reo que cumplía cadena perpetua –frente a un autobús- y engañó a sus custodios sólo para saborear un helado que tanto disfrutaba en su infancia? O la aparición de Peter Weller, el añorado RoboCop, como un ex policía poco escrupuloso. También hubieron baches argumentales. ¿Cómo pudo Dexter bajar un cuerpo inerte desde la azotea de un rascacielos custodiado por policías o cómo evadió siempre la acción de la justicia cuando el cerco se cerraba inminentemente? Pero eso, como decía Arturo de Córdova, no tiene la menor importancia. Y no puedo evitar reconocer el atractivo de sus enemigos: el cazador de monstruos Frank Lundy (Keith Carradine), Arthur Mitchell el Asesino de la Trinidad (John Lithgow), el motivador asesino Jordan Chase (Jonny Lee Miller), James Gellar alias El Asesino del Juicio Final (Edward James Olmos) y su esbirro Travis Marshall (Colin Hanks), el mafioso ucraniano Isaak Sirko (Ray Stevenson), la bella envenenadora Hannah McKay (Yvonne Strahovski) y el malvado Neurocirujano Oliver Saxon (Darri Ingolfsson), reflejo perfecto de lo que nuestro paladín pudo ser sin el beneficio de un código de ética.
He ahí lo esencial, el siempre brillante eje de la historia. ¿Puede encausarse positivamente la energía destructiva de un psicópata? Y ahora viene la pregunta más grande de todas. ¿Será Dexter capaz de acallar a su Pasajero Oscuro? Esas urgencias no desaparecen fácilmente. Son como una adicción en la que irremediablemente se recae en algún momento. Pero eso ya no importa. El punto final se ha escrito. ¿O será que sus productores dejaron abierta la posibilidad de un regreso? Sinceramente espero que no.

Gracias Dexter por ofrecerme algunos de los momentos más gratos que he vivido en la pantalla chica contemporánea. Siempre podré regresar a ti en las incontables repeticiones que se harán de tus aventuras. Lo que sé es que la televisión no volverá a ser la misma sin ti. 

viernes, 12 de julio de 2013

Crónica de un desenlace (caníbal) anunciado*

Ayer concluí un viaje en montaña rusa que duró 13 semanas. Mi compañero de asiento fue Hannibal Lecter, reputado psiquiatra, gourmet, diletante de lo exquisito y asesino serial antropófago de medio tiempo. En repetidas ocasiones he dedicado todas las alabanzas posibles a la creación de Thomas Harris, que ha sido distinguida por Sthephen King como “el Conde Drácula de la era de las computadoras y de los teléfonos celulares”. Califiqué así la experiencia no porque la teleserie  estadounidense desarrollada por Bryan Fuller fuera un derroche de emociones, sino por la variedad de emociones que me causó. En los momentos que amenazaba con caer estrepitosamente, sucedía algo que me hacía mantenerme al borde del asiento. Una experta definió bien el espíritu del programa: “es como ir a cenar a Au Pied De Cochon, instalarte en su lujo, leer la carta, ordenar una entrada sofisticada y vibrante, aguardar con entusiasmo y recibir una deliciosa sopa Vips”. No porque esta última sea mala –es uno de los pequeños grandes placeres de la vida-, sino porque el resultado no fue acorde a mis expectativas. 
Los altibajos de su trama –el otro día leí a una médico cirujana que criticaba sus errores procedimentales- son compensados con creces por sus aportaciones: una retorcida galería de criminales de apoyo –juguemos a darles nombre artístico: el “Asesino de los Hongos”, el “Hacedor de Ángeles”, el “Músico Asesino”, el “Asesino del Tótem”, el falso “Destripador de Chesapeake”, la “Asesina de las Máscaras”-, una deslumbrante puesta en escena, sólidas actuaciones y un protagonista –encarnado sobriamente por el danés Mads Mikkelsen- cuya efectividad está lejos de cualquier cuestionamiento. Ahí podrá residir la primera objeción. El programa, a pesar que se llama como el caníbal más reconocido de la ficción, no define claramente en quién enfoca el reflector. Por momentos el equipo de guionistas liderado por Fuller centra su atención en Will Graham (Hugh Dancy) y reduce la participación del estelar a un rol secundario, “como damo de compañía” según otra especialista. Y eso no es del todo cuestionable si consideramos que ambos actores comparten créditos al inicio y porque la historia se centra en su relación previa al confinamiento del segundo. Es difícil olvidar que el programa se llama Hannibal. Punto. Queremos más del buen Doctor. Refuerza esto el hecho de que sus mejores momentos son los que se acercan a lo descrito por Harris en Dragón Rojo: la cacería a Garret Jacob Hobbs, El Gavilán de Minnesota (Vladimir Jon Cubrt) o las apariciones de la poco escrupulosa reportera sensacionalista Freddie Lounds –transmutada en Fredricka (Lara Jean Chorostecki), estrella del blog TattleCrime.com- y del  Dr. Frederick Chilton (Raúl Esparza), psiquiatra de aptitudes dudosas y futuro “carcelero” de Lecter. Él, como buen jugador de ajedrez, se mueve ágilmente para ocultar su identidad y lo que parecía un grave error –“Hannibal no puede dejar semejante cabo suelto”- resulto al final –como momentos aparentemente ingenuos- parte de un gran plan. Fue curioso que la última escena mostrara a los antagonistas del otro lado del espejo en las remozadas mazmorras del Hospital Estatal de Baltimore para Criminales Dementes, presagio fatal de lo que vendrá.

No me siento tan preocupado por el destino de Will Graham como por la suerte del programa. Sus productores han declarado su intención de extenderlo por siete temporadas. Yo me pregunto “¿cómo harán para sostener el argumento durante tanto tiempo?”. Por lo pronto, a pesar de la variada respuesta de la crítica y la audiencia, se ganaron un segundo periodo y el beneficio de la duda.
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*Texto publicado ayer en la página web de Mórbido. 

martes, 9 de julio de 2013

¿Qué destino le depara a Dexter?

Tengo sentimientos encontrados. La popular creación del dramaturgo y novelista estadounidense Jeff Lindsay, que ha cobrado una vida más perdurable gracias a su encarnación televisiva, llegará a su final después de 7 años, 8 temporadas y 96 episodios. Ayer, de forma discreta e inesperada, se transmitió en México el primer capítulo de su desenlace anunciado. No evito el reconocimiento y fascinación que Dexter Morgan (Michael C. Hall) me provoca, pero siempre he sido enfático al reconocer su naturaleza. Por más carismático, eficaz y justiciero que sea, es un criminal. No más, no menos. Esto puede parecer severo pues, acorde al reglamento que le marcó su padre, sólo asesina a personas que escaparon del imperfecto sistema judicial que crearon los hombres. Dexter es juez, jurado y ejecutor. ¿La mayor parte de las víctimas de Dexter merecían morir? Cierto. ¿Es esto correcto? En absoluto. A lo largo de su carrera nos ha demostrado que es capaz de equivocarse, sea asesinando de manera accidental o propiciando que otros maten en su nombre a personas que por más insoportables que nos parezcan sólo obedecían las reglas que nos separan de la barbarie. Ahí es cuando la cosa me disgusta. Una figura clave en el drama se transforma radicalmente por esto. Vive conscientemente en el Infierno como una forma de martirio. La aparición de la neuropsiquiatra Evelyn Vogel (Charlotte Rampling) pone a nuestro héroe en un riesgo inminente. “No puedes matarme, Dexter. No encajo en el Código de Harry”. ¿Logrará ella tener éxito donde falló el difunto Frank Lundy (Keith Carradine), el agente especial rock star? Más allá. ¿Qué final merece un personaje de su tipo? ¿Escapar felizmente? ¿Llegar a la vejez? ¿Ver crecer prósperamente a su retoño? ¿Suicidarse? ¿Ser atrapado y recibir una inyección letal? ¿Desaparecer y convertirse en un mito como Jack el destripador? Me inclino por lo último. Lo sabremos en unas semanas. Lo que estoy seguro es que lo extrañaremos y la televisión no será la misma. 

miércoles, 12 de junio de 2013

Entre caníbales te veas

Uno de los principales obstáculos que muchos han tenido para disfrutar la teleserie Hannibal, desarrollada para la televisión estadounidense por Bryan Fuller, es la enorme e indeleble huella que Sir Anthony Hopkins imprimió al personaje protagónico en tres películas. Es cierto que su actuación es memorable –tiene un premio Oscar e incontables galardones que lo demuestra-, y que siempre guardaré un entrañable cariño por ella, pero el desempeño del actor danés Mads Mikkelsen es digno, a la altura de la creación de Thomas Harris. Para validarlo debemos comenzar por reconocer que el Hannibal Lecter que conocimos en El silencio de los inocentes (Jonathan Demme, 1991), frío, estremecedor, con sus “alubias y un buen chianti”, capaz de asesinar a sangre fría a dos policías que fueron corteses con él, es muy distinto a sus sucesivas apariciones. En Hannibal (Ridley Scott, 1999) es un personaje que crea una identidad con la que da rienda suelta a su parte luminosa para pasar desapercibido y escapar de su truculento pasado. Vive cómodamente en la bella ciudad italiana de Florencia, bebe un espresso en una alegre cafetería, asiste a un recital de canto, concursa para obtener una posición como curador de un palacio –mata a su antecesor para facilitar las cosas, por supuesto- y se da el permiso de asentir afablemente “Oki-doki”. Es un asesino deliberada y conscientemente domesticado. Hasta que vuelve a las andadas. En Dragón rojo (Brett Ratner, 2002), el remake-precuela de la historia, veo a un Hopkins que se auto parodia. Repite intencionalmente matices que le valieron el reconocimiento del público y la crítica, de forma caricaturesca a veces. Recuerden el tono chillón y exagerado con que dice “he is refining his methods. He is evolving”. Y no le reprocho nada. Funciona para mi. En el momento que nos ofrece un rostro que no conocemos es en su deslumbrante prólogo, donde lo vemos disfrutar un concierto de cámara –y seleccionar a su siguiente víctima, el flautista Benjamin Raspail (Tim Wheater)-, deleitar a sus invitados con suculentos manjares (“si te dijera qué contiene, querida, no querrías probarlo”) y atacar a su perseguidor Will Graham (Edward Norton). Ese es el Hannibal que ahora nos ofrece Mikkelsen, un inteligente y encantador psicópata.
Pero tengamos en cuenta que al buen Doctor Lecter lo han interpretado otros dos actores. El primero fue el escocés Brian Cox en Sabueso (Manhunter, Michael Mann, 1986). Por alguna razón el Sr. Mann, guionista también de la cinta, decidió llamarlo Hanibal Lektor. Su presencia es más bien mundana, vulgar por momentos. No proyecta el encanto y refinamiento que posteriormente conocimos y adoramos. El francés Gaspard Ulliel lo encarnó en su juventud en Hannibal: el origen del mal (Peter Webber, 2007). La historia –innecesaria, como he dicho, y culpa del propio Harris- le da antecedentes nobiliarios y de profundo respeto por la cultura japonesa –que no conocimos antes-.
Y esto nos lleva de regreso a Mikkelsen. Con notables antecedentes –su villano Le Chiffre en Casino Royale (Martin Campbell, 2006) es estupendo-, logra imprimir la frialdad y sofisticación que el malvado requiere. Es capaz de hacer una llamada para evitar comprometer su posición (“ellos saben”) y reprimir la rabia al leer en su moderna tablet las noticias que le dan el mérito de sus hazañas a un farsante. Lo mejor es verlo en acción. No sólo al matar a la joven aprendiz –que no deja de recordarme a Clarice Starling- Miriam Lass (Anna Chlumsky, la otrora niña de Mi primer beso), sino al ejecutar deslumbrantes y apetitosos platillos con los órganos humanos de sus recientes matanzas, esto último asesorado por el talentoso chef español José Andrés, quien ostenta el cargo de “consultor gastronómico caníbal”.

Al final debatir cuál Hannibal es mejor, el de Hopkins o Mikkelsen, es tan peligroso como identificar al Conde Drácula definitivo. ¿O ustedes a quién prefieren? ¿A Bela Lugosi, a Christopher Lee o a Gary Oldman? Difícil, ¿verdad? Son grandiosos actores que hacen a un personaje memorable, con todas las variaciones posibles. Lo mejor, todas son enteramente disfrutables. 

martes, 14 de mayo de 2013

Deuda de sangre


Han pasado casi 20 años desde la primera vez que la vi. Es una referencia obligada en mis clases de Criminalística en una Maestría en Derecho Penal. Forma parte privilegiada de mi videoteca. Y sin embargo jamás había escrito sobre ella. El otro día la reencontré en la televisión y ratifiqué todo lo que sentí en su momento: el segundo largometraje de  David Fincher, Seven (1995) es una estupenda película, un gran ejercicio estilístico y sobrecogedor. “Se coloca entre los ejemplos notables de un cine que parece extraer lo mejor del thriller, del horror, del suspenso policíaco y del drama psicológico”, que “acude a una atmósfera evidentemente negra y apocalíptica para situar su relato en delirantes terrenos alegóricos”, dice Rafael Aviña en El cine de la paranoia (Times editores, 1999).
El eficiente guión de Andrew Kevin Walker se sitúa en una ciudad sin nombre –que nos recuerda a Nueva York pero puede tratarse de cualquier gran urbe del fin de siglo pasado, incluso nuestro doméstico Distrito Federal-, gris, decadente, donde la lluvia incesante es parte del paisaje. Ahí es trasladado el joven y entusiasta detective David Mills (Brad Pitt), quien es tutelado por el veterano detective William Somerset (Morgan Freeman), hombre hastiado por la degradación y la violencia que está a punto de jubilarse. Acuden entonces a una escena del crimen poco común para investigar el homicidio de un hombre impresionantemente obeso, atado de pies y manos, que tiene la cara hundida en un plato de spaghetti. En el estómago del difunto son encontrados fragmentos de linóleo que hacen a Somerset regresar al lugar. Ahí descubre, tras el refrigerador, la palabra “gula” escrita en grasa. Ese es el inicio de una serie de crímenes que retan todo lo conocido por la dupla. “No puedo involucrarme en esto”, admite Somerset a su jefe (R. Lee Ermey). Trata de encaminar al novato –quien ha asumido las riendas de la pesquisa- haciendo investigación por las noches en una bella biblioteca. El asesinato de un reputado abogado penalista –donde en su alfombra fue escrita con su sangre la palabra “codicia”- hace evidente un patrón. Un psicópata asesina personas según los siete pecados capitales de la religión cristiana. Tracy (Gwyneth Paltrow), la esposa de Mills, trata de acercar al par. Tras una velada inesperadamente divertida, estudian las fotografías del segundo crimen y regresan a la escena donde descubren evidencia valiosa –unas huellas digitales tras un cuadro- que lo llevan al que piensan es responsable pero es realidad es la siguiente víctima –un vendedor de drogas y acosador de niños donde localizan la palabra “pereza”-. El tono comienza a subir. Una modelo desfigurada orillada al suicidio –la soberbia- y una prostituta desgarrada por un horrible juguete sexual que el villano obligó a usar a uno de sus clientes –la lujuria- están por completar el ciclo. En el proceso Somerset se convierte en confidente de Tracy, quien le revela su enorme infelicidad por vivir en esa ciudad y que está embarazada –Mills no lo sabe-. La policía parece acercarse al criminal, quien responde al nombre de John Doe. Los héroes llegan por medios poco ortodoxos a su guarida, donde luego de una frenética persecución reciben una llamada del criminal donde les reconoce su mérito y advierte que los hechos lo obligarán a acelerar sus planes. Inesperadamente, Doe (Kevin Spacey) se entrega, con los pulpejos de sus dedos y la camisa ensangrentados. Promete revelar el paradero de otras víctimas que las autoridades no conocen sólo si es acompañado por sus cazadores. Seguidos en helicóptero por un equipo especial, son llevados por Doe a un paraje en despoblado donde son interceptados por una camioneta de un servicio de paquetería. Mientras Mills vigila a Doe, Somerset acude a ver qué ocurre. Recibe una caja con manchas de sangre, que lo hace retroceder de horror al abrirla. Tras recuperar la compostura, advierte al líder del escuadrón táctico (John C. McGinley).  “California, mantente alejado. John Doe tiene el control”. Regresa a toda prisa hasta Mills y Doe, quien le ha revelado lo que sucedió: “fui a su casa, detective, y traté de jugar con su esposa al hombre común. Y como no pude hacerlo me llevé un recuerdo. Su hermosa cabeza. Me rogó por su vida y por la del niño que llevaba en su vientre”. Mills se niega a creer lo que el malvado le dijo, y el silencio del el veterano no ayuda mucho. “Como maté a su esposa, la envidia es mi pecado”, reconoce Doe e insta a Mills, quien le apunta a la cabeza, para cometer el restante. “Conviértete en ira”. Somerset trata de disuadirlo. “Si lo matas, habrá ganado”. Mills lucha contra lo inevitable, pero el recuerdo de la sonrisa de su amada le da claridad. Descarga su arma en Doe, ante la impotencia de su compañero. En el último momento Mills se encuentra bajo custodia policial. El jefe le dice Somerset que su carrera está terminada, pero serán indulgentes. El detective parte, abrumado, y dice que estará cerca. Mientras el autopatrulla se aleja, lo escuchamos citar una línea de Por quién doblan las campanas de Ernest Hemingway. “El mundo es un lugar maravilloso y vale la pena luchar por él. Estoy de acuerdo con lo segundo”.
Recordarla no deja de impresionarme.
La procedencia del mundo de los anuncios comerciales y los videoclips de Fincher es evidente en su buena mano, apoyada por una sombría fotografía del franco-iraní Darius Khondji, un lúgubre diseño de arte de Gary Wissner, una elaborada y original secuencia de créditos iniciales y una partitura de Howard Shore. Su elenco es memorable, comenzando por un siempre vigoroso Freeman y un Pitt que lucha en cada cinta por alejarse de su imagen de “niño bonito”. Y lo mejor es Kevin Spacey como un asesino sádico con poderosas motivaciones religiosas “que no le pide nada a Búfalo Bill o Hannibal Lecter”. Su procedencia desconocida, sus recursos materiales ilimitados y su paciencia lo hacen más relevante y lo colocan al lado de otros grandes villanos, como el Guasón. En Estados Unidos se le llama John Doe a individuos cuya identidad se desconoce, así que en esencia puede ser cualquiera. No requerimos conocer sus antecedentes. El mal existe. A veces sin justificación. Por crear un personaje inolvidable, Spacey obtuvo premios de la crítica y el reconocimiento del público.
A casi dos décadas le encontré algunos de defectos en lo que concierne a mi experticia –las ciencias forenses-: un Somerset que retira una nota del asesino sin guantes y sin haberla fijado fotográficamente, un Mills que camina sin precaución al lado de manchas de sangre, un Somerset que trepa a un mueble donde pueden haber huellas dactilares del asesino. Pero esos son tecnicismos violados en aras del efecto dramático. Aunque la película tiene fuertes cimientos en la realidad, podemos pasarlos por alto. Su efecto nos hace olvidarlo.
En lo material, la cinta costó modestos 30 millones de dólares y ha recaudado desde su estreno más de 220. Más allá, posee una estatura que desprendió una versión novelada del guión por Anthony Bruno (Ediciones B, Barcelona, 1999) y ha inspirado innumerables especímenes del cine y la televisión, de Resurrección (Russell Mulcahy, 1999) a la fallida The Following. Más exitosa, imposible.
“Esto no tendrá un final feliz”, anticipa Somerset a la mitad del metraje. En lo que respecta a la historia, acertó. En cuanto a nosotros, se equivocó. Por fortuna. 

lunes, 29 de abril de 2013

Dibujado con sangre*


Una licencia, propiciada por eventos recientes.
Dentro de los métodos de fijación que emplea la Criminalística moderna en la investigación de los delitos, la Planimetría es uno de los más importantes. Si nos referimos al diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, es “la representación y medida sobre un plano de una porción de la superficie terrestre”, pero sus aplicaciones en las ciencias forenses son más detalladas. Si tratamos de rastrear sus orígenes descubriremos que datan del momento en que el hombre, como lo hizo Ichabod Crane (Johnny Depp) en La leyenda del jinete sin cabeza (Tim Burton, 1999) y en la realidad lo enunció Hans Gross en su Manual del Juez de Instrucción, Agentes de Policía y Policías Militares (1894), advirtió la necesidad de incorporar el razonamiento lógico y la precisión del método científico en la resolución de los delitos. Los dibujos se instauraron como una necesidad previa a que la Fotografía proporcionara la posibilidad de establecer un registro permanente de las condiciones en las que se encontraba un lugar relacionado con un delito. Recuerdo lo enunciado por Harry Soderman y John O´Cornnell en su libro Métodos modernos de Identificación Policíaca, “mientras la Fotografía Forense constituye la carne y la sangre de la investigación, la Planimetría son los huesos”. Uno de los primeros ejemplos de que puedo dar cuenta se relaciona con los brutales homicidios que cometió un asesino sin nombre, presumiblemente auto denominado Jack el destripador, cometió en el barrio londinense de Whitechapel en el otoño de 1888. En el cuarto caso, el de la desafortunada prostituta Catherine Eddowes, el primer policía del Scotland Yard –cuyo nombre pervive en el anonimato- que tomó conocimiento del hecho realizó un dibujo simple de las condiciones en que se encontraba la occisa en los primeros minuto del 30 de septiembre de 1888, que incluía la posición de la mujer, las lesiones en rostro y región abdominal, el lago hemático en que se generó a su alrededor y algunas acotaciones del lugar. Este caso ha inspirado las más diversas manifestaciones artísticas. Incluso fue investigado por el mismo Depp en Desde el infierno (Albert y Allen Hughes, 2001). Pero esa es otra historia.
Ya que la semana anterior hablé de la nueva vida televisiva de Hannibal Lecter, regreso a la novela que nos lo presentó, Dragón Rojo (1981) de Thomas Harris. La historia es detonada por el grotesco oficio de un asesino serial, conocido por las autoridades y la prensa como El Hada de los dientes y posteriormente auto bautizado como el título de la obra. Esto lleva al Director de la Unidad de Ciencias del Comportamiento del FBI, Jack Crawford, a sacar del retiro a su más talentoso perfilador, Will Graham, para cazar y detener al monstruo. Una de las primeras acciones, necesaria en cualquier investigación de la ficción y la realidad, es visitar el llamado lugar de los hechos. Con ayuda de los reportes policiales tomados en el momento, Graham reconstruye las acciones del criminal. Dice Harris:
“Graham encendió la luz y las manchas de sangre parecieron insultarlo desde las paredes, el colchón y el piso. El mismo aire parecía salpicado de alaridos. Se sintió acobardado por el ruido de ese silencioso cuarto repleto de manchas oscuras […] La cantidad y variedad de manchas de sangre desconcertaba a los detectives de Atlanta que trataban de reconstruir el crimen. Todas las víctimas habían sido encontradas muertas en sus camas. Eso no concordaba con la ubicación de las manchas […] Repasó minuciosamente todos los dormitorios del primer piso, tratando de hacer coincidir las heridas con las manchas, tratando de trabajar marcha atrás. Dibujó cada mancha en un plano en escala del dormitorio principal, valiéndose del muestrario para comparar y poder así estimar la dirección y velocidad del goteo. En esta forma esperaba poder descubrir la posición de los cuerpos en diferentes momentos”.
Con mi experticia en la materia, utilizando las notas del investigador, recreo lo que la Policía debió haber hecho:
Continúa Harris:
“El intruso degolló a Charles Leeds mientras dormía junto a su esposa, regresó al interruptor de la luz en la pared y encendió las luces (pelos y fijador de la cabeza del señor Leeds fueron dejados en la placa del interruptor por un guante suave). Le disparó a la señora Leeds cuando se incorporó y luego se dirigió a los cuartos de los chicos.
Leeds se levantó con la garganta seccionada y trató de proteger a sus hijos, dejando a su paso grandes gotas de sangre y el inconfundible rastro de una arteria cortada mientras trataba de luchar. Fue empujado hacia un lado, cayó y murió con su hija en el dormitorio de ella.
Uno de los dos niños fue muerto en la cama de un disparo. El otro fue encontrado también en la cama, pero tenía en el pelo pequeñas bolitas de tierra. La policía creía que había sido sacado primero de debajo de la cama y luego muerto de un balazo.
Cuando estaban todos muertos, a excepción posiblemente de la señora Leeds, comenzó el destrozo de espejos, la selección de trozos y la ulterior dedicación a la señora Leeds”.

A pesar de que esto es algo cotidiano, uno nunca termina de acostumbrarse. Por fortuna. 
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* Texto originalmente publicado en la página web de Mórbido.

martes, 23 de abril de 2013

Sangre, de la página impresa a la pantalla chica (2)


La literatura es el cimiento de muchas joyas de otros medios de comunicación, como el teatro, el cine, el cómic, la televisión, los videojuegos y el Internet. Muchos intentos son lamentables; otros verdaderamente afortunados. Hoy hablaré de uno de los segundos, y de él di cuenta hace unos meses.
Anoche se estrenó en Latinoamérica, antes de lo que había previsto, la serie televisiva Hannibal, producción de la National Broadcasting Company (NBC), creada por Bryan Fuller y basada en el más memorable personaje del escritor estadounidense Thomas Harris a quien Stephen King calificó como “el Conde Drácula de la era de las computadoras y los teléfonos celulares”. Es un personaje inolvidable que ha logrado colarse por méritos propios al imaginario popular como el prototipo de esos personajes terribles y sanguinarios conocidos como asesinos en serie. Lo hacen fascinante su formación académica –es un reputado psicólogo- y sus aficiones exquisitas –gourmet, enólogo, amante del arte y el buen vivir-. Además mata gente –que en su filosofía lo merece- y la devora, el último tabú. Esa dualidad, encarnada en el cine en tres ocasiones por Sir Anthony Hopkins, se ha ganado la simpatía del público y logra con éxito que se ponga de su lado. Sin duda abrió las puertas a otros famosos asesinos de la ficción contemporánea como el analista de indicios hemáticos Dexter Morgan, creación del novelista estadounidense Jeffrey Lindsay e interpretado en la televisión por Michael C. Hall. Pero de él hablaremos en otro momento.
Regresando a la teleserie Hannibal, existen cinco cintas que han ayudado a crearnos un retrato suyo: Sabueso (Michael Mann, 1986), El silencio de los inocentes (Jonathan Demme, 1991), Hannibal (Ridley Scott, 2001), El Dragón Rojo (Brett Ratner, 2002) y Hannibal, el origen del mal (Peter Webber, 2007), en las que lo han interpretado Brian Cox, Hopkins y Gaspard Ulliel. El segundo dejó la impresión más poderosa en nuestras mentes con su mirada penetrante o sus “alubias y un buen Chianti”. Le valió incontables reconocimientos, entre ellos el codiciado Oscar como Mejor Actor. De ahí viene uno de los logros de la serie, la actuación del danés Mads Mikkelsen en el protagónico, que se aleja de lo que conocemos e imprime matices sutiles, refinados y amenazantes, como un gato que observa a su presa. En su momento su creador, Thomas Harris, en labios de la protagonista de su segunda aventura Clarice Starling, que la voz del asesino tenía una “leve aspereza metálica”.
En Hannibal se describe el inicio de su relación con el investigador Will Graham, que corre en paralelo a sus actividades antropófagas plenamente establecidas. Su futuro  Némesis es otro aspecto interesante de la serie. El personaje ya había sido encarnado en el pasado por William Petersen –el Gil Grissom de C.S.I.- y Edward Norton. Ahora lo hace Hugh Dancy, quien lo representa como un hombre solitario, retraído y torturado, que rescata perros de la calle, consciente –como su par literario- del monstruo que vive en su interior y puede desatar sus amarras en cualquier momento. Lecter le reconoce el mérito de observar las cosas desde la posición de su presa. Incluso se convierte en asesino para reconstruir los hechos que indaga en su mente. Y eso no debe ser agradable. “Graham sabía perfectamente bien que estaban en él todos los elementos para cometer un crimen”, decía Harris.
Posteriormente destaco el aspecto visual de la serie, que aunque se ambienta en nuestra época –y no en los ochenta, como la novela- posee una imagen deslavada que me recuerda mis fotografías de la infancia y retrocede la acción para describir el razonamiento de Graham. Algo semejante sucede con el vestuario de Christopher Hargadon y la sobria partitura de Brian Reitzell, todos a las órdenes de David Slade, cuyo trabajo conocemos bien en Niña mala (2005) y 30 días de noche (2007). Como valor adicional, algunos de los episodios sucesivos serán dirigidos por nuestro compatriota Guillermo Navarro, cinefotógrafo de cabecera del siempre admirado Guillermo del Toro.
El resto del cuadro está conformado por un sólido reparto de apoyo en el que sobresale Laurence Fishburne como Jack Crawford, que en los libros es un hombre de raza blanca. Otro cambio sutil lo representa la Dra. Alana Bloom (Caroline Dhavernas), que el su forma original es un académico (varón) de la Universidad de Chicago. Y las referencias a otros personajes del “Universo Lecter” son muy disfrutables, desde la de Freddie Lounds (encarnado antes por Stephen Lang y Phillip Seymour Hoffman), “periodista” del National Tattler, a Garrett Jacob Hobbs, criminal que dejó terribles secuelas en la mente del héroe. Recuerda Harris: “Garmon Evans, un ex asistente médico del Hospital Naval de Bethesda, dijo que Graham fue alojado en el pabellón de psiquiatría poco después de haber matado a Garrett Jacob Hobbs, el Gavilán de Minnesota. Graham dio muerte de un disparo a Hobbs en 1975, cerrando el octavo mes de reinado de terror de Hobbs en Minneápolis”. Luego están situaciones que ya conocemos, desde su vocación culinaria (como ese flambée que casi se antoja), su talento para el dibujo, su memoria prodigiosa o que escuche Las variaciones de Goldberg de Johann Sebastian Bach.
El resultado es una serie prometedora que ha recibido incontables alabanzas. Al menos así lo comprobé ayer en la red. Contrariamente, uno de mis más respetados colegas opinó que la encontró aburrida. “Hannibal llega tarde a un mercado saturado”. Estoy de acuerdo en lo segundo, pues el tema criminal es muy recurrido en la televisión contemporánea, desde C.S.I., Dexter, Criminal minds, El Mentalista, Bones y demás (dejo aparte los programas del llamado true crime). Y entre tantas opciones se erige como una que tiene raíces sólidas, personajes fascinantes y una propuesta original que se aleja del estilo de video clip del que se aprovechan muchas. En opinión de mis ilustres colegas representa el inicio de una “nueva era dorada del horror en la televisión. Thomas Harris debe estar doblemente satisfecho.
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*Texto originalmente publicado en la página web del Festival Mórbido.