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martes, 24 de mayo de 2011

James Garfio y la fascinación por los villanos

Nunca he ocultado mi fascinación por los villanos. Si tengo que elegir entre el bueno y el malo en una novela o una película, siempre me decidiré por el segundo. Es irónico –incluso contradictorio- dadas mis actividades, pensamiento e indignación cotidiana por la oscuridad del ser humano. Aclaro algo: no me pongo del lado del crimen organizado –de la vida real-, pero sí de parte del Guasón o del Conde Drácula. Hay algo fascinante e irresistible en estos personajes. Nos permiten enfrentar, desde la seguridad de la página impresa o la imagen en movimiento, nuestra naturaleza interior y primigenia como individuos. Son los que aportan el conflicto en toda historia, los que realzan las virtudes y recompensas del bien. Nadie nace malo, a pesar que algunos genetistas insisten que en ciertas personas la maldad es una especie de “defecto de fábrica”. Si esto fuera cierto, existe un alud de factores externos que puede mitigarla. Creer inequívocamente en la maldad nata es aceptar que no podemos escapar de un destino tallado en piedra. Existe algo llamado libre albedrío y, según le enseñaron a mi héroe de la infancia, son nuestras acciones las que nos definen. Alguna vez escuche decir al malvado Lex Luthor, enemigo jurado de Supermán, que la maldad es un viaje. Tiene la boca llena de verdad. Creo además que, como los libros de Lemony Snicket, es una serie de eventos desafortunados. Como sea, y como dijo mi amigo Vicente Quirarte, el bien no hace gran literatura ni ocupa las primeras planas de los periódicos.
Seguramente el pequeño Roberto Coria intuía esto cuando tomaba conos de cartón –de las madejas de estambre de su madre- y utilizaba papel aluminio para fabricar un garfio para reemplazar su mano izquierda, justo como el antagonista del relato que tanto le encantaba: Peter Pan, de James Matthew Barrie, que fue transformada por Walt Disney en una película animada en el año de 1963 –yo la conocí mucho tiempo después de esta fecha-.
El Capitán Garfio fue uno de los primeros villanos que adoré. Surgió de la imaginación del escritor victoriano que recién mencioné, originalmente en una puesta en escena. Luego brincó a la literatura e inevitablemente a otros medios. La obra de teatro El hombre que fue Peter Pan del dramaturgo inglés Alan Knee especula sobre los eventos que llevaron a Barrie a la creación de este icónico personaje que “alguna vez fue contramaestre de Barbanegra y es el único hombre al que teme John Long Silver” pero que sin duda es una crítica a la rigidez de la educación victoriana, donde los niños fueron severamente –incluso despiadadamente- moldeados para convertirse en adultos “modelo”. Garfio, o James Hook según el escritor, toma la imagen clásica del pirata, pero sus motivaciones lo acercan más al Capitán Ahab –de la novela Moby Dick de Herman Melville- o al Capitán Nemo –de la novela 20 mil leguas de viaje submarino de Julio Verne-. Busca vengarse. Concretamente de Peter Pan, el niño que no quería crecer, quien mutiló su mano y alimentó con ella a un terrible cocodrilo. Barrie añadió, como una espléndida metáfora, que el villano advertía su presencia –pues temía al lagarto indescriptiblemente- gracias a que éste devoró también un reloj de mano, que caminaba incesantemente en su vientre.
Garfio teme al tiempo, como muchos adultos. Eso cobra especial importancia en esta época donde la juventud es un valor y a muchos adolescentes les aterra perderla. Cuando, como gesto de respeto, llamo “señor” al chico que empaqueta mis compras en el supermercado, éste siempre me corrige enérgicamente: “no me diga así, si no estoy viejo”. De ahí el acierto que el papel fuera interpretado por el mismo actor que personificaba al padre de los niños Darling en la obra. En algún momento el legendario Boris Karloff portó la piel del villano, en un montaje de 1950. Aquí en México lo vi interpretado por Manuel “El loco”  Valdés en los años ochenta.
El Capitán Garfio fue descrito por su creador: “de aspecto cadavérico y cetrino, con el pelo en largos bucles, que a cierta distancia parecían velas negras y daban un aire singularmente amenazador a su amplio rostro. Sus ojos eran del azul del nomeolvides y profundamente tristes, salvo cuando le clavaba a uno el garfio, momento en que surgían en ellos dos puntos rojos que se los iluminaban horriblemente. En cuanto a los modales, conservaba aún algo de gran señor, de forma que incluso lo destrozaba a uno con distinción y me han dicho que tenía reputación de raconteur. Nunca resultaba más siniestro que cuando se mostraba todo cortés, lo cual es la mejor prueba de educación, y la elegancia de su dicción, incluso cuando maldecía,  así como la prestancia de su porte, demostraba que no era de la misma clase de su tripulación. Hombre de valor indómito, se decía de él que lo único que lo atemorizaba era ver su propia sangre, que era espesa y de un color insólito. En su vestimenta imitaba un poco los ropajes asociados al nombre de Carlos II por haber oído decir en un periodo anterior de su carrera  que tenía un extraño parecido con los desventurados de Estuardo y en los labios llevaba una boquilla de su propia invención”.
Como dije, Garfio ha sido repetidamente llevado al cine. Dustin Hoffman lo interpretó acertadamente en Hook, el regreso del Capitán Garfio (Steven Spielberg, 1991), una suerte de secuela –no muy afortunada- de Peter Pan donde el villano modifica su venganza al robarse los afectos de los hijos del protagonista gracias a que éste fue devorado por el mundo de los adultos. Recientemente Jason IsaacsLucius Malfoy en la serie Harry Potter- le dio vida en Peter Pan (P. J. Hogan, 2003) como el villano despiadado donde se apreciaba, gracias a los efectos de computadora, el muñón de su mano amputada.
Para finalizar, como reconoce su Némesis gracias a la pluma de Fernando Savater, Garfio es su hermano en más de un sentido. Él adolece del precioso tiempo que define la esencia de Peter Pan. Eso los convierte en enemigos formidables e, irónicamente, imperecederos.

martes, 5 de abril de 2011

Parejas hechas en el infierno o el reverso de la moneda.

El más acérrimo enemigo de Sherlock Holmes, James Moriarty, “el Napoleón del crimen”, no sólo encarna al perfecto opuesto del personaje, sino es tal vez el primer representante de una larga estirpe que le da sentido y personalidad a toda saga literaria. Lisa Simpson lo advertía bien. “Sherlock Holmes tenía a Moriarty, Batman al Guasón, Maggie a esa bebé que la ve mal”. Moriarty es el precursor de los supervillanos, el “villano jefe que pelea contra el héroe con su mente”, como aseguraba Elijah Price (Samuel L. Jackson) en la película El protegido (M. Nignt Shyamalan, 2000). Su relación ha sido explorada en incontables ocasiones, desde la novela de 1974 La solución al siete por ciento de Nicholas Meyer (transformada por Herbert Ross en 1976 en una flamante película donde Sir Laurence Olivier interpreta al villano), brillantes ejercicios literarios como El Año de Drácula (1992) de Kim Newman hasta divertimentos aparentemente inofensivos, como la película disneyana Policías y ratones (Ron Clements y Burny Mattinson, 1985), basada en el libro infantil Basil de Baker Street de Eve Titus (ilustrado por Paul Galdone).
Mi admiración por ambos personajes –por la figura del héroe y el villano en general- siempre me lleva a recordar el enfrentamiento climático entre Holmes y Moriarty en las cataratas Reichenbach, tal como fue descrito por Arthur Conan Doyle en El problema final (1891). La decisión de asesinar a sus más notables personajes –sobre todo a Holmes- persiguió a Conan Doyle y le valió reclamos de su enorme público y de la misma Reina Victoria. Este crimen posee numerosas explicaciones, sobre las que especularé en el futuro. Por lo pronto recordemos el episodio como nos los presentó el brillantísimo escritor británico Alan Moore –a través del dibujante Kevin O´Neill- en la novela gráfica La liga de los caballeros extraordinarios. Sobre la adaptación de ésta al cine pesan muchas críticas, mayormente negativas. La primera de ellas –y tal vez la más enérgica- fue la del propio Moore. Pero sobre ello escribiré posteriormente.



 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 






















sábado, 22 de enero de 2011

Tercer aniversario

El martes 22 de enero de 2008, aproximadamente a las 14:45 horas, tiempo local, Heath Andrew Ledger fue encontrado muerto en su departamento del número 421 de Broome Street, en el barrio del Soho, en Manhattan, Nueva York. Mucho se ha especulado sobre las causas de su deceso. Depresión y suicidio son las más notables. Pero se mantendrá vivo gracias a su obra. Un alumno me preguntó un día si prefería al Guasón que encarnó Jack Nicholson (Tim Burton, 1989) o al del desaparecido Ledger en Batman, el caballero de la noche (Christopher Nolan, 2007), y sobre la validez de hacer nuevas versiones de una historia. Respondí que cada generación tiene el derecho de reinventar a sus clásicos y que son dos visiones actorales distintas sobre un personaje memorable, como igualmente entrañables son los Dráculas que personificaron Bela Lugosi, Christopher Lee y Gary Oldman. Gustavo García describió al Guasón de Nicholson como un “vándalo estético”, más en deuda con la intención original de Bob Kane y la oscuridad post punketa de los primeros años del señor Burton. El de Ledger se nutre del enfoque sombrío y profundamente psicológico de novelas gráficas como The killing joke y Arkham Asylum, pero sobre todo del enfoque de un cineasta pesimista (como Nolan mismo se definió en una entrevista) que apuesta por el realismo y por contextualizar las hazañas de un héroe del cómic a una época donde el crimen, la violencia interpersonal y la sed de justicia son el pan de cada día. El Guasón de Ledger se reinventa con cada una de sus víctimas (“quieres saber cómo me hice estas cicatrices?”. Es un criminal despiadado, sin ataduras (“no tienes nada con qué amenazarme”), cuyo único objetivo es el caos (“no se trata de dinero, sino de enviar un mensaje”).
El villano que encarnó Ledger le valió no sólo ganó elogios, reconocimientos y premios póstumos, sino la inmortalidad cinematográfica y la permanencia en la memoria de generaciones de espectadores que se estremecerán cada vez que vean su interpretación.

lunes, 27 de diciembre de 2010

Grandes pendientes 3. Cómo entrenar a tu dragón.

Al igual que el vampiro, los dragones son criaturas constantes en prácticamente todas las culturas del planeta. Vlad III, mejor conocido como Drácula, recibió su apellido por el honor que el Santo Emperador Segismundo confirió a su padre: la Orden del Dragón. Massimo Izzi dedica a estas criaturas varias páginas de su Diccionario Ilustrado de los Monstruos. Los dragones son seres familiares para todos. Disney –esa malvada multinacional, como la califica Bart Simpson- se encargó de posicionar su imagen en nuestro imaginario en ese maravilloso país llamado infancia. ¿Quién no recuerda a la iracunda Maléfica, convertida en un enorme dragón negro, combatir con el gallardo príncipe que pretendía salvar a la Bella Durmiente (Clyde Geromini, 1959)? ¿O a la diabólica y simpática Madame Mim, igualmente transmutada en un dragón –colorido, eso sí- escupir fuego sobre Merlín el encantador en La espada en la piedra (Wolfgang Reitherman, 1963)?
A memorables cintas sobre dragones, como El verdugo de dragones (Matthew Robins, 1981), Corazón de Dragón (Rob Cohen, 1996), El Reinado del Fuego (Rob Bowman, 2002) y Dragon Wars (Hyung-rae Shim, 2007) se une una delicia, destinada al público infantil, titulada Cómo entrenar a tu dragón  (Dean DeBois y Chris Sanders, 2010), adaptación del segundo libro de la serie escrita por la autora británica Cressinda Cowell.
La película fue una grata sorpresa. La vi la otra noche gracias a la generosidad y recomendación de mi amigo Benjamín Vidales. La historia sigue la estructura básica de un relato para niños, con moraleja incluida. El antiguo poblado vikingo de Perk es azotado por toda infinidad de dragones. Un enclenque muchacho llamado Hipo, hijo del recio líder del clan Estoico el Vasto –voz en inglés de Gerard Butler, el Leónidas de 300, quien ya interpretó al hijo del dragón en Drácula 2000- busca cumplir los ritos que le harán pertenecer a su comunidad y ser aprobado por su padre. Por accidente traba amistad con Chimuelo, un dragón de la variedad que los vikingos nombraron Furia Nocturna, el más temido y salvaje –según ellos-, “la cría maligna del Relámpago y la Muerte misma”, “del que es mejor esconderte y esperar que no te encuentre”. A esto le sigue un viaje iniciático en donde el héroe no sólo descubre el amor –de forma involuntaria-, obtiene el respeto y aprobación de su padre, demuestra que “todo lo que conocemos sobre dragones es incorrecto” y que estos seres pueden coexistir con los humanos, todo a costa de un sacrificio que experimenta, literalmente, en carne propia. Porque la filosofía vikinga de la película es similar a muchas contemporáneas: es mejor destruir lo que no comprendemos, lo diferente, a buscar formas de respetarlo y convivir con él. Esto lo comprueba la taxonomía de los dragones que los vikingos diseñaron con base en la ignorancia y el miedo.
El lazo especial entre Hipo y Chimuelo no deja de recordarme al del pequeño Eliot y su amiguito extraterrestre (Steven Spielberg, 1982) o al de la grandiosa Mi mascota es un monstruo (The Water Horse, Jay Russell, 2007), esa amistad improbable e imposible en apariencia con que soñamos de niños. El conflicto entre Hipo y su padre, por demás ancestral, es similar al de Chicken little (Mark Dindal, 2005) o al de Lluvia de hamburguesas (Phil Lord y Chris Miller, 2009), ambas flamantes ejemplos de arte digital. El resultado de Cómo entrenar a tu dragón es sorprendente, como lo es el pueblo vikingo de Perk. Porque como dijo Hipo “lo mejor de aquí son las mascotas. Mientras algunos tienen loros o ponys, aquí tenemos dragones”. 

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Grandes pendientes 2, o de la mejor adaptación de superhéroes de cómics.

El domingo pasado, atestada de mensajes comerciales, se estrenó en la televisión abierta Batman, el Caballero de la Noche, una de las mejores películas que he visto en la primera década del nuevo milenio. Es considerada por muchos “El Padrino parte 2 del mundo de los cómics”. Vi buena parte de ella, a pesar de que forma parte de mi videoteca. En numerosos espacios he manifestado mi fascinación por la cinta. Y no es extraño, porque Batman es el superhéroe que más admiro desde mi más tierna infancia –mi tesis de Licenciatura versa sobre él- y porque creo que posee una superioridad emotiva que lo distingue de otros justicieros: él no proviene de otro planeta, no es un mutante ni posee superpoderes ganados por accidente. Se forjó por propia voluntad. Y por su posición privilegiada –la inmensa fortuna de sus padres muertos-, es cierto, pero eligió el heroísmo por encima de la superficialidad. Fue engendrado por el fenómeno que combate. Un fenómeno –el crimen- que ocupa un alarmante papel en nuestra vida cotidiana. La filosofía del Guasón –el finado Heath Ledger, magnífico- no deja de recordarme las noticias que me despiertan todas las mañanas. “No se trata del dinero, sino de enviar un mensaje”, dijo el criminal. Confirman esto las cabezas que ruedan por las pistas de las discotecas o los mensajes al lado de cadáveres “encajuelados”. Puedo dedicar cientos de palabras para elogiar el talento de los hermanos Nolan –responsables del guión-. Les habría consagrado amplias porciones de Horroris causa de existir el blog en la época del estreno de la película. Para mesurarme viajo en el tiempo y recupero lo que mi amigo Rafael Aviña escribió sobre ella el 18 de julio de 2008 en la sección Primera Fila del diario Reforma, en la angustiante espera de aquí al 20 de julio de 2012, fecha en que se estrenará la tercera entrega –y conclusión- de la serie, The Dark Knight Rises. Veamos si los Nolan pueden superar la infame fortuna de las terceras partes –de superhéroes-. Porque Batman eternamente (Schumacher, 1995) y El Hombre Araña 3 (Raimi, 2007) fueron de pena ajena.
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Oscuridad deslumbrante
RafaelAviña

Esta no es una película de superhéroes. Esta no es una película para niños. Esta no es una película para cardiacos. La diferencia entre Batman, el Caballero de la Noche (The Dark Knight/EU, 2008) y la oleada de estrenos de la temporada no radica sólo en la elección de un realizador de altutras insospechadas como lo es Christopher NolanAmnesia (2000), Batman inicia (2005)-, en el apoyo de un notable reparto de actores secundarios o en la utilización de impresionantes efectos digitales al servicio de la trama (y no al revés). La diferencia radica en la capacidad de sus creadores para otorgarle al filme una factura realista, dramática y de gran complejidad psicológica a pesar del maniqueísmo de Hollywood.
Si Batman inicia permitía asomarse a los rincones oscuros del antihéroe –sus orígenes, miedos, conversión y desdoblamiento de personalidad al servicio de la justicia sin abandonar su violencia innata-, en esta, el personaje entiende que “o mueres siendo un héroe o vives lo suficiente para convertirte en villano”, que es lo que le sucede al audaz fiscal del distrito Harvey Dent (Aaron Eckart), quien se trastoca en Dos Caras, llevado al límite por esa enfermiza mente criminal que encarna el Guasón, quien a su vez se aprovecha de la corrupción policíaca y la ambición de la mafia de Ciudad Gótica.
Desde la espectacular y agresiva secuencia inicial, seguida de aquella escena del lápiz “que desaparece”, queda claro que Batman, el Caballero de la Noche está lejos de ser un filme de fórmula familiar, para convertirse en una lóbrega e inquietante cinta de horror criminal y un policial sicótico con tintes noir, en donde la frontera entre el bien y el mal no existe, como lo demuestra el “interrogatorio” de Batman al Guasón.
Si las dos horas y media de duración se van como agua entre las manos, se debe no sólo a las impactantes secuencias de acción o a los increíbles momentos de combate físico, sino a la impredecible alienación de un villano a la altura del protagonista.
El freak que compuso el fallecido Ledger en su mejor papel es una mezcla del Alex de Naranja mecánica (1971) y Jack Torrance, el psicópata de El resplandor (1980) –ambas de Stanley Kubrick-, cuyas cicatrices faciales recuerdan a la Dalia Negra y al Hombre que ríe (Paul Leni, 1928), en un filme deslumbrante de principio a fin.