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martes, 1 de abril de 2014

¡Feliz Día de los Locos!

Hoy celebramos un día más del muy estadounidense April Fool´s Day, símil de nuestro Día de los Inocentes, fecha en que suelen gastarse todo tipo de bromas y conocida por algunos autores como el Día de los locos.
La ocasión es atractiva porque fue el día que eligieron el escritor norteamericano Grant Morrison y el talentoso ilustrador Dave McKean (mejor conocido por sus cubiertas para la serie Sandman) para ambientar su celebrada novela gráfica Arkham Asylum, a serious house on serious Earth (1989). La publicación, sin duda beneficiada por la muy reconocida película de Tim Burton, tuvo un éxito sin precedentes. Es un estudio de los mayores traumas de Batman, presentado por los autores como una construcción simbólica, vaga y sombría, y una poderosamente macabra reinterpretación de los personajes clásicos de la historieta. Esta es la trama: en un primero de abril, el Guasón lidera un motín en el conocido manicomio y obliga a Batman a adentrarse en él con la amenaza de sacar un ojo a una joven rehén. De forma paralela descubrimos la tortuosa historia del fundador de la institución, Amadeus Arkham, su descenso a la locura y su intento por contenerla.
Tal vez el elemento más atractivo de la historia es el Guasón, que sin duda da miedo. Según testimonios de personas cercanas, fue una de las inspiraciones que el desventurado Heath Ledger utilizó para construir su papel de Batman, el caballero de la noche.

Sin duda es una novela gráfica que debe estar en el librero de todo diletante de lo truculento.

viernes, 12 de julio de 2013

Porque todos los inicios duelen (incluso a Batman)

El estadounidense Les Daniels, autor que se mueve cómodamente en los mundos fantásticos, nos dice en Batman, the complete history: the life and times of the Dark Knight (Chronicle Books, 2004) que el año 1986 fue decisivo para casi todos los personajes de DC Comics. Y fue cierto. La conclusión de la serie conocida como Crisis en Tierras Infinitas trató de resolver los incontables problemas de continuidad surgidos a lo largo de los años y de los coqueteos de la empresa con universos paralelos. Uno de sus frutos fue la historia de cuatro episodios Batman: Año Uno, publicada de febrero a mayo de 1987, autoría del talentosísimo escritor Frank Miller –que gozaba por esos momentos de la fama por escribir y dibujar otra joya, El regreso del Caballero Oscuro- y el dibujante David Mazzucchelli, reunida posteriormente como una deslumbrante novela gráfica que ha tenido continuas reimpresiones desde la fecha. Todos los halagos que pueda ofrecerle son pocos. Su narrativa directa y en deuda con los grandes del relato policial, sus dibujos simples y contundentes y sus diálogos precisos la hacen indispensable para explicar la evolución del murciélago justiciero de. Por sólo itar un ejemplo de su influencia que ejerció en Christopher Nolan y su deslumbrante Batman inicia (2005). La trama de Batman: Año Uno narra de forma paralela el regreso de un joven Bruce Wayne y un idealista Teniente de Policía llamado James Gordon a una Ciudad Gótica dominada por la corrupción y la desesperanza. Ambos, desde sus respectivas trincheras, pretenden devolver a la urbe todo lo que el mal les ha arrebatado, a veces de forma torpe y dolorosa. La experiencia nos ha enseñado que todas las primeras veces duelen. Quien asegure haber hecho algo a la perfección en su primer intento es, casi siempre, un mentiroso. Aprendemos a prueba y error. Así lo descubrieron nuestros héroes, quienes perseguían los mismos objetivos y en el proceso forjaron una venturosa alianza. E el lado opuesto, el relato nos presenta también a una joven prostituta llamada Selina Kyle, quien se convertirá en la ladrona Gatúbela, que representa el empoderamiento de la mujer.

Hace muy poco me enteré de que la división de animaciones de Warner Brothers había producido una adaptación, Batman: Año Uno (Sam Liu y Lauren Montgomery, 2011), un deslumbrante festín de 64 minutos que retoma de la manera más fiel lo planteado 24 años atrás por Miller. El artista recibió los mismos honores, en dos partes, el año siguiente (Batman: El regreso del Caballero Nocturno, partes 1 y 2, Jay Oliva, 2012 y 2013), díptico del que di cuenta hace poco. En este caso celebro su agilidad, que no pierde el tiempo con añadidos y que si bien llega a omitir diálogos –como toda adaptación- conserva su esencia. Su momento final, con Gordon fumando su pipa en medio de una nevada en la azotea del edificio del Departamento de Policía de Ciudad Gótica, no deja de conmoverme. “Se vive un gran pánico en las calles. Alguien ha amenazado con envenenar la reserva de agua de la ciudad. Se hace llamar El Guasón. Tengo un amigo que debe poder ayudarnos. Debe llegar en cualquier minuto”.

jueves, 21 de marzo de 2013

El complemento ideal


Los primeros días de este año hablé de la grata sorpresa que me causó Batman: el regreso del Caballero Nocturno, parte 1 (Jay Oliva, 2012), película animada –lanzada directamente al video- basada en la emblemática novela gráfica que Frank Miller nos ofreció –por entregas- en 1986. Casi inmediatamente pregunté a sus distribuidores –por la magia del Twitter- cuándo estaría a la venta su segunda parte y conclusión. Me respondieron que en el mes de marzo. Sin esperarlo, el otro día que visité mi videoclub de confianza –Blockbuster domina el mercado, así que no me molestaré en ocultar su nombre- la vi, reluciente, en el mostrador. La idea de dividir el relato en dos partes, comercial a primera vista, tiene mucho sentido en aras de respetar todos los acontecimientos que describe.
Batman: el regreso del Caballero Nocturno, parte 2 (Jay Oliva, 2013) es estupenda, una digna conclusión que supera a su predecesora. No sólo es más fiel al estilo de su fuente original, sino que hace añadidos mínimos que refuerzan la acción, como el Guasón y esa taza de café previa a la matanza en el talk-show nocturno, la persecución en el parque de diversiones y, sobre todo, el combate climático entre dos colosos, opuestos perfectos si consideramos que uno es hijo del sol y el otro de la noche. Casi todos conocen la novela, así que no corro el riesgo de estropeársela a muchos. Cuando el aparentemente retirado Batman regresa a la actividad, el Gobierno de los Estados Unidos y su presidente que se parece mucho a Ronald Reagan piden a su servidor más poderoso que “lo vuelva a meter al redil”. El que Superman se haya vuelto un vasallo del Imperio no es difícil de digerir. De hecho lo ha sido en muchas formas desde su creación en 1938. El duelo, magnificado, me emocionó tanto como la primera vez que lo atestigüé. Los pensamientos del héroe, plasmados en didascalias en su fuente primaria, se convierten en diálogos muy afortunados. Y aunque reproduje en mi entrada anterior el mejor, lo repito porque es mi favorito: “Quiero que recuerdes, en los años por venir, en tus momentos más íntimos, mi mano en tu garganta. Quiero que recuerdes al único hombre que te derrotó”.
Acabo de enterarme que en unos días la exhibidora Cinemex, de forma limitada, proyectará el díptico para deleite de los fans de Batman, que somos muchos. Será un éxito. Lo comprueban sus localidades agotadas. No pierdo la esperanza de que, en un futuro, Warner Bros. tome la decisión de hacerla en live action

miércoles, 2 de enero de 2013

El regreso a lo básico


En mi primer escrito para este blog en el naciente 2013 decidí regresar a una de mis pasiones fundamentales. Los monstruos y Batman son los primeros romances de mi vida. Tengo la fortuna de mantener un diálogo constante con ellos desde entonces. Los abrazo todos los días. A horas de concluir el año pasado, me topé con una pequeña sorpresa: la adaptación animada de una de las historias que más entraño, El regreso del Caballero Oscuro. La dirigió en 2012, directamente para el video, Jay Oliva. Para mi inmensa frustración, la dividió en dos partes. La segunda estará disponible los últimos días de este mes. Pero volveré a ella más tarde.
El regreso del Caballero Oscuro fue la primera de cuatro historietas originalmente escritas e ilustradas por Frank Miller, entintadas por Klaus Janson y brillantemente coloreadas por Lynn Varley, publicadas en abril y junio de 1986. Le siguieron El Caballero Oscuro triunfante, La caza al Caballero Oscuro y La caída del Caballero Oscuro. Un año después fueron compiladas en un solo tomo, que recibió el título del primer relato. Todos los elogios que tengo para esta historia son pocos. El crítico y escritor Les Daniels la considera seminal para el universo de Batman. Forma parte de la mayor parte de las listas de las 10 mejores novelas gráficas de superhéroes que conozco. Por si fuera poco, la compilación cuenta con un lúcido ensayo introductorio de Alan Moore, autor de Watchmen, otra historia decisiva durante la década de los 80. Richard Reynolds, en Superheroes, a modern mithology, califica ambas como puntos decisivos de evolución de la historieta de superhéroes. El mensaje final de Moore, dirigido a quienes conocían por vez primera la historia, es certero: “para el resto de ustedes, que están a punto de entrar a un nuevo territorio, sólo puedo expresarles mi extrema envidia. Están a punto de encontrarse con un nuevo nivel de narración de historietas. Un nuevo mundo con nuevos placeres y dolores. Un nuevo héroe”.
 Inscrita en un universo alternativo (en el Multiverso DC, los expertos dicen que en la Tierra 31), la narración sigue a Bruce Wayne, quien tiene 55 años y está retirado de sus actividades como justiciero. Se ha enfrascado en su vida como multimillonario parrandero, adicto a las carreras de autos y al alcohol. Brinda con James Gordon, a punto de retirarse como Comisionado de Policía de Ciudad Gótica, por el décimo aniversario de la última aparición pública de Batman. Observa con fastidio la degradación en que se ha sumido la urbe, ahora dominada por una viciosa y sanguinaria banda conocida como Los Mutantes. Sigue atormentado por la muerte de sus padres y la de Jason Todd, el segundo Robin. También continúa obsesionado con la visión de un murciélago. Hastiado por la situación y por contener su verdadera esencia, decide regresar a la actividad a pesar de las objeciones de su fiel y anciano mayordomo Alfred. Su regreso causa todo tipo de reacciones, desde los que abiertamente lo apoyan (como Lana Lang, editora del diario El Planeta) hasta los que se oponen ferozmente (como el Dr. Bartholomew Wolper, el psiquiatra de Harvey Dent/Dos caras y el Guasón). Se enfrenta a ellos, al malvado Líder Mutante y a un antiguo y poderoso aliado, quien ahora se ha convertido en un sirviente del Imperio, auxiliado por sus enormes recursos (“no fue fácil sintetizarla, Clark. Tomó años y costó una fortuna. Por suerte tenía ambos”), su antiguo colega Oliver Queen (mejor conocido como Flecha Verde) y un nuevo Robin, la entusiasta jovencita Carrie Kelly, de 13 años.
En la narración es muy importante la enorme influencia de los medios de comunicación en la sociedad contemporánea, desde los debates televisivos sobre las nuevas correrías del héroe, el seguimiento noticioso a conflictos armados (como el de Corto Maltese, visto en el primer Batman de Tim Burton, quien le reconoce una gran influencia en la película que catapultó su carrera), la masacre del Guasón en un popular talk show nocturno conducido por alguien muy parecido a David Letterman o las apariciones triunfalistas de un colorido Presidente de los Estados Unidos que no deja de recordarnos a Ronald Reagan. Lo cual no deja de verificar lo dicho por el Dr. Emmet L. Brown (Christopher Lloyd) en Volver al futuro (Robert Zemeckis, 1985), que vi nuevamente estos días: “ahora entiendo por qué tienen un Presidente actor: para que se vea bien en televisión”.
Regresando a la versión animada, sólo puedo reprocharle la ausencia de los pensamientos de Batman, que dan un tono introspectivo al relato: “Debería ser una agonía. Debería ser una masa de músculos adoloridos, rotos, incapaces de moverse. Pero soy de nuevo un hombre de treinta, de veinte años. La lluvia en mi pecho es un bautizo. Volví a nacer” o “Este es el fin para ambos. Pudimos cambiar el mundo, pero míranos. Me he convertido en un botín político y tú en una broma. Quiero que recuerdes, en los años por venir, en tus momentos más íntimos, mi mano en tu garganta. Quiero que recuerdes al único hombre que te derrotó”.
Miller dio una tardía continuación a su historia, publicada entre 2000 y 2001 como El Caballero Oscuro ataca de nuevo, también conocida como DK2. La obra dividió la opinión de la crítica y los aficionados, pero de ninguna manera alcanzó el impacto y originalidad de su predecesora. Por eso me quedo con ella, ansioso por la segunda parte animada, que será un estupendo regalo de Reyes Magos.

Para todos ustedes mis mejores deseos en este naciente año. Háganlo más interesante y productivo que el anterior. Den el mejor sentido a su existencia y a la de las personas que los rodean.
                                                                                                              

viernes, 27 de julio de 2012

Trágico desenlace


Desde la noche del lunes reúno fuerzas para escribir estas líneas. Ese día acudí, entusiasmado, al Auditorio Nacional para ver una película que esperé desde la tarde del 18 de julio de 2008. Como es bien sabido, soy un gran aficionado de Batman. Mi naturaleza está notablemente influida por su figura, valores y significados simbólicos. Contra el pensamiento de muchas personas, lo estudié profusamente en mi tesis de Licenciatura. Si mi opinión puede parecer extrema –severa- es porque tiene raíces en esa entrega y en el espléndido cuerpo de la obra de Christopher Nolan, con los maravillosos guiones que coescribió con su hermano Jonathan Nolan. Esa colaboración desprendió estupendas cintas como El gran truco (2006) y El origen (2010). La mayor parte de mi desencanto proviene de las altas expectativas que me cree desde los últimos momentos de Batman: El Caballero de la Noche (2008), una película de nivel difícil de emular y superar. “El problema es que esa es ya un clásico inalcanzable”, trató de confortarme mi amigo Rafael Aviña. Y la opinión de Miguel Cane lo complementó: “Por lo tanto, la pregunta es, ¿conseguirá El Caballero de la Noche Asciende satisfacer esta sed de perfección y mito? Y la respuesta es que semejante cosa no es posible. Y no porque la cinta no sea de calidad, que lo es, es simplemente que a estas alturas del poema, resulta imposible dar gusto a nadie. Habrá quienes la amen, habrán quienes la vilipendien, quienes se queden estupefactos, quienes se conmuevan hasta lo más hondo y no faltará quienes le encuentren defectos a todo. Es el precio de ser un filme tan anticipado, si bien está más allá del bien y del mal; no importa lo que se diga de ella, su leyenda la precede”.
La trama de Batman: El Caballero de la Noche asciende (2012) puede resumirse así: han pasado 8 años desde la última aventura. La muerte del paladín convertido en villano Harvey Dent (Aaron Eckhart) inició una nueva era de paz y esperanza en Ciudad Gótica. Batman, tras asumir la responsabilidad del hecho, ha desaparecido y Bruce Wayne (Christian Bale) se ha autoexiliado, con las facturas que le cobró sus alma y  cuerpo, en su mansión ancestral. Pero eventos que inician con la llegada de un nuevo mal (Bane, interpretado por Tom Hardy) y la aparición de una sensual ladrona (Selina Kyle/Gatúbela, encarnada afortunadamente por Ane Hathaway) lo obligan a salir de su retiro.
Lo que sigue es una historia confeccionada para atraer a los grades públicos a la sala de cine, enmarcada por una ambiciosa campaña publicitaria y los trágicos eventos ocurridos el día de su estreno en esa sala de cine de Aurora, Colorado.  El guión es extremadamente largo y contiene elementos que contradicen por momentos el realismo que los Nolan impusieron, que es el triunfo de la saga –no abundo en ellos para no vender la historia-. Lo peor, cede en momentos cruciales a sentimentalismos que no empatan con la esencia del héroe y que se deben a convenciones hollywoodenses –tampoco los mencionaré por el momento, pese a que me disgustaran tanto-. Si las cintas previas tuvieron una notable influencia en novelas gráficas como Batman: Año Uno de Frank Miller, en la serie de cómics Batman: The long Halloween y en La broma mortal de Alan Moore, esperaba –deseaba- que esta aventura tuviera como modelo a The Dark Knight returns, también de Miller. Sobre todo que se apegara más a los ritos de paso que debe seguir el viaje del héroe tal y como los planteó Joseph Campbell en su texto canónico El héroe de las mil caras (Fondo de Cultura Económica, 1980). ”El último acto de la biografía del héroe es el de su muerte o partida. Aquí se sintetiza todo el sentido de la vida”.
Insisto, no es una mala película –brilla por su insuperable reparto de apoyo, la fotografía de Wally Pfister y la briosa partitura de Hans Zimmer-, pero dista de encontrarse al nivel de sus predecesoras. Como sucedió a otra notable trilogía, la comenzada por Francis Ford Coppola en El Padrino (1972), la conclusión de Nolan es la menor de todas, pese a su espectacularidad.

Desde su creación en 1939, Batman ha demostrado tener vidas inagotables. Como una de ellas –la cinematográfica- es un fenómeno cíclico y comercial, estoy seguro que volveré a verlo en las salas de cine en 20 años. Yo seré entonces un sabio señor de 60. Mi héroe seguirá como hoy, incorruptible, imperecedero. Ese es tal vez el aspecto que mejor retrató Cristhopher Nolan. Logró convertirlo en algo más que un personaje de ficción. En una leyenda.
   

miércoles, 26 de octubre de 2011

Documentar el fin del mundo

Terminó el drama, y ¿por qué no se adelanta nadie al proscenio a saludar? Porque sólo hubo uno que sobrevivió al naufragio.
-Herman Mellville, Moby Dick (1851)

El relato canónico de las aventuras marinas, que cité hace un instante, nos enseñó que el que sobrevive lo hace para contar la historia. Cuando analizas la obsesión del cineasta en ciernes Jason Creed (Joshua Close) por documentar el despertar de los muertos en Diario de los muertos (George A. Romero, 2008), comprendes los afanes –con un desenlace trágico- del yuppie Hudson Platt (T. J. Miller) en Cloverfield (Matthew Reeves, 2008) por videograbar el ataque de un colosal monstruo a la “ciudad que nunca duerme”: si no está en cinta, no existe. Esa es una de las premisas de la quinta aventura de la saga del hombre que redefinió la imagen cinematográfica del zombi. Al encontrarse en el centro de un suceso sin precedentes, la cabeza de un equipo de estudiantes de cine emprende su documentación sin otro propósito que dejar un testimonio de los hechos, “para ayudar a otros a sobrevivir”. Creed busca incluso, al primer respiro, un modo de conectarse a Internet para subir sus imágenes a la red, con más de 70 mil visitantes en menos de 8 minutos. Al final, su esfuerzo es vano.
La cinta de Romero puede compararse a primera vista con la estupenda [Rec] (Jaumé Balagueró y Paco Plaza, 2007), ejercicio minimalista filmado cámara en mano que da verosimilitud periodística a la repentina y desafortunada experiencia de la reportera Ángela Vidal (Manuela Velasco). Ya insistí que descartemos su secuela –por amor al zombi-. Las dos cintas son muy diferentes, pese a sus coincidencias. Mientras [Rec] sigue las acciones de un destacamento de bomberos, la cinta de Romero a un grupo de jóvenes cineastas –muy similar al mismo crew que filmó La noche de los Muertos Vivientes en 1968 o a los niños de Súper 8 (J. J. Abrams, 2011)- que pretenden hacer una B-movie sobre una momia que persigue a una bella joven. En ambos casos –en [Rec] y El diario de los muertos- se topan con la irrupción de lo extraño en su universo doméstico. Esto modifica la forma de percibir la realidad de sus personajes. Pero en la segunda historia, grabar todo –hacerlo patente al mundo- se convierte en un motivo de supervivencia. Siempre he reconocido a las películas donde sus escenas son tomas continuas y de largo aliento por toda la planeación que implican. Las dos son impecables a ese respecto. Sólo por ello merecen mi respeto.  
Mientras en La noche de los Muertos Vivientes la tecnología falla y la ausencia de información certera es uno más de los factores que causan angustia en sus personajes, en Diario de los muertos la facilidad de acceso a éstas no ayudan demasiado. Tantas voces –mensajes de texto, blogs, Youtube, Facebook y demás- no hacen más que acrecentar el caos.
Romero está más que conciente de las lecturas socio-políticas de sus historias. En la que precedió a la cinta que reseño, La tierra de los muertos (2005), los zombis no son más que una metáfora de los inmigrantes centroamericanos que buscan llegar a la Tierra Prometida, atraídos por su brillo y aparente oferta de bienestar, una amenaza para la clase acomodada, instalada en su paraíso de artificio. El “zombi jefe” (Eugene Clark) es el trabajador clasemediero común, ataviado con overol y que guarda recuerdos –como en El día de los muertos (1985).- de su ocupación mundana.
En su desenlace nos enfrentamos, como en toda buena película de zombis, a un futuro pesimista. Y como advierte Robert Kirkman en su serie de cómics The walking dead –creada en contubernio con Tony Moore y Charlie Adlard, que acabo de conocer gracias a mi amigo Wilbert Dzul-, aunque llegues a un final aparente, siempre deseas más. A Diario de los muertos sigue La supervivencia de los muertos (2010), que me daré a la tarea de buscar. ¿Alguien la ha visto?


lunes, 30 de mayo de 2011

Dulces placeres o el fino arte de la venganza

La venganza es un plato que se sirve mejor frío
-Viejo proverbio Klingon

Tras haber sido derrotado por Batman –en el premiado episodio de una caricatura noventera-, Victor Fries, conocido como el Capitán Frío –o Mr. Freeze, para ser correctos -, se arrastra hacia el responsable de la muerte de su esposa, quien minutos atrás estuvo a punto de ser asesinado por el villano. Éste clama desesperado. “Esto no puede terminar así. ¡Venganza!”. El héroe le corrige. “No, justicia”.
La venganza es una de las emociones más antiguas del ser humano. Ha sido retratada en la tragedia griega y el teatro isabelino, por sólo citar dos ejemplos. Sin ella muchas obras de William Shakespeare carecerían de intensidad y contundencia. Ésta se convierte, incluso, en un placer mal sano. Titus Andrónicus alimenta, sin que ella lo sepa, a la Reina de los Godos con sus propios hijos, quienes ultrajaron y mutilaron a la hija del general romano. Podríamos iniciar en este punto un debate sobre la legitimidad de algunas venganzas, como la de Edmundo Dantés –en El Conde de Montecristo-, o la del terrorista conocido como V –en la novela gráfica de Alan Moore-, pero esa es otra historia. Al final es cierto lo que el objeto de sus afectos –la terrible Katie Holmes- dijo a mi héroe –Christian Bale- en su renacer fílmico (Batman inicia, Christopher Nolan, 2005-: “la venganza es para tu gratificación personal, la justicia sirve a la armonía colectiva”.
En la literatura ha tenido especiales manifestaciones, desde el Capitán que buscaba vengarse de la ballena blanca que devoró su pierna, tan similar al pirata que deseaba asesinar al niño eterno que cortó su mano y alimentó con ella a un cocodrilo, o el genio científico, “oriundo del país de los oprimidos”, que hundía barcos del Imperio Británico con su inolvidable Nautilus o el magnate desfigurado que quería alimentar a enormes cerdos con su victimario, el más famoso asesino serial de la ficción.
Pensé en la venganza el viernes pasado, cuando el entrañable Vincent Price celebró su primer siglo de vida –porque está más vivo que nunca en el corazón y memoria de sus admiradores-. La filial latinoamericana del canal de televisión TCM exhibió muchas películas de su vasta filmografía durante el casi extinto mes de mayo. Gran parte de ellas tenían a la venganza como tema central. En La casa de cera (Andre de Toth, 1953) Price interpretaba al profesor Jarrod, habilidoso escultor de figuras de cera que abrió un local muy similar al de Madame Tussaud, quien fue horriblemente desfigurado luego que su deshonesto socio provocó un incendio en el lugar para cobrar el seguro. No consumiré valioso tiempo criticando su nefasto remake, pero sí diré que influyó el argumento de una de las joyas del cine mexicano de luchadores, Santo en el museo de cera (Alfonso Corona Blake, 1963), con el maravilloso Claudio Brook como su par Región 4. En El abominable Dr. Phibes (Robert Fuest, 1971) hizo del músico –nuevamente desfigurado- Anton Phibes, quien urdía una elaborada venganza contra los médicos responsables de la muerte de su esposa, acto que continuó en su secuela El Dr. Phibes ataca de nuevo (Robert Fuest, 1972), donde además trataba de revivir a su amada. En El teatro de sangre (Douglas Hickox, 1973) encarnó a Edward Lionhearth, un talentoso actor shakesperiano que gozaba del aplauso del público pero del desprecio de la crítica especializada. Cuando éstos le negaron un merecido reconocimiento, decidió fingir su muerte para cobrar venganza contra sus detractores, aniquilándolos a todos recreando situaciones de las más populares obras del dramaturgo británico. Un crítico es obligado a comer a sus perros que tanto amaba –como en Titus andrónicus- y manipula los celos de otro para que mate a su esposa –como en Otelo-. 
Como nos demostró la desafortunada Jennifer Hills  (en I´ll spit on your grave, Meir Zarchi, 1978 y remake de Steven R. Monroe2010), la venganza puede ser un castigo más que merecido y, aunque a veces sangriento, muy dulce. 

lunes, 18 de abril de 2011

Alan Moore y sus cartas desde el infierno

En la historia de la criminalidad pocos casos son tan interesantes como el de Jack el destripador, el enigmático individuo que asesinó a 5 prostitutas –según los recuentos oficiales- en la ciudad de Londres, en 1888. Su cacería propició que el Scotland Yard, incapaz de aprehender al responsable, acudiera incluso a Arthur Conan Doyle, quien sugirió se tendiera una trampa al criminal disfrazando policías como mujeres de la calle y dotándolos de zapatos con suelas de goma –para que sus pasos no los anunciara en las calles-. Sobra decir que ni el padre de Sherlock Holmes, con sus brillantes sugerencias, logró ayudar significativamente. Durante décadas, el destripador ha capturado la imaginación de miles de personas en todo el mundo y ha inspirado las más variadas e insólitas teorías sobre su persona y motivaciones. Muchos de sus estudiosos son artistas. Al ser uno de los episodios más oscuros y fascinantes de la nota roja británica, es comprensible que Alan Moore se haya interesado por él. Con la colaboración del dibujante Eddie Campbell concibió la serie de historietas Desde el infierno, compilada como una novela gráfica y transformada por Hollywood en una deslumbrante película (Desde el infierno, Albert y Allen Hugues, 2001). Es cierto que no es completamente fiel a la fuente original, pero respecto a ella me cuesta trabajo comprender el descontento del señor Moore. Pese a todo es una gran película. He aquí algunas consideraciones sobre la historia –novela gráfica y película-.
1. Una de las virtudes de Desde el infierno es que está apoyada en una extensa investigación bibliográfica hecha por su autor, Alan Moore, que da verosimilitud histórica al relato. Los dibujos de Eddie Campbell gozan de exactitud en los más insignificantes detalles y gozan de extensas anotaciones –hechas por Moore- en un brillante apéndice final.
2. La historia toma su título –muy afortunadamente- del membrete de la única carta que los expertos atribuyen al asesino, la famosa carta emitida “Desde el infierno”. Una escena eliminada –y que contiene el DVD Región 1 de la cinta- muestra a personas de diferentes posiciones –un clérigo, un obrero y un ama de casa- atribuyéndose de manera epistolar la autoría de los crímenes. Porque se tiene la idea, incluso, que el nombre “Jack el destripador” fue creado por la prensa.
3. Alan Moore tomó una de las más populares teorías de los motivos tras los crímenes, la del complot entre la Casa Real y la Masonería para encubrir los amoríos y boda religiosa ilícita de Eduardo Alberto Víctor, Duque de Clarence, y potencial heredero de la Corona. Ésta ha resultado increíblemente popular por dos razones: tenemos una desconfianza natural en nuestras instituciones y porque elaborar teorías de conspiración es un pasatiempo tan arraigado en la sociedad occidental como ver la televisión e ir a misa.
4. El flujo temporal del relato original, que inicia en 1924, es sustituido en la adaptación cinematográfica por una narración lineal situada en 1888, con una gran figura (Johnny Depp) como protagonista. Éste no se parece en nada al Frederick Abberline histórico o al del cómic –hombre robusto y maduro-. Tampoco tiene visiones ni es adicto al opio como plantea la película, ni se encuentra sentimentalmente atraído por una de las eventuales víctimas del asesino (Heather Graham). Pero el personaje, torturado por la muerte de su esposa e hijo por nacer, está perfectamente delineado y resulta convincente. El guión de Terry Hayes y Rafael Yglesias ofrece algunos parlamentos brillantes. Cuando el destripador confronta a Abberline, el villano le dice “algún día los hombres mirarán hacia atrás y dirán que yo di a luz al siglo XX”; Abberline le responde, resuelto, “tú no vas a ver el siglo XX”. Estas sin dudas inspiradas sin duda por su parte final donde el villano, sumido en su locura, tiene visiones anticipatorias con Mira Hindley e Ian Brady, los asesinos de los páramos, y Peter Stutcliffe, el destripador de Yorkshire.
5. Muchos personajes son suprimidos o minimizados en la cinta. John Merryck, “el Hombre elefante”, aparece brevemente como un fenómeno para inspirar que las clases acomodadas hagan donaciones al Hospital de Londres y en algunas visiones de Abberline. En las historietas ocupa un papel más grande. Sucede lo mismo con el pintor Walter Sickert –señalado por la novelista Patricia Cornwell como el responsable de los delitos-, cuya presencia es eliminada por los guionistas. Otra gran omisión fue la del psíquico victoriano Robert James Lees, quien hace equipo con Abberline para dar solución al misterio. Por el contrario, el personaje del médico forense que vomita al contemplar la obra del macabro artista es una adición afortunada. Representa la reacción de la sociedad ante esos homicidios, insólitos en la época. El rol del Sargento Godley (Robbie Coltrane) es magnificado. Ofrece momentos de humor negro a la historia y es el comparsa que el protagonista requiere para apoyarse en su investigación. Es el contrapeso al libertinaje del héroe drogadicto.
6. En la novela gráfica, conocemos la verdadera identidad del destripador casi desde el inicio de la historia. La cinta, por el contrario, gira en torno al descubrimiento y aprehensión del criminal, incluyendo múltiples sospechosos. Esto es comprensible en un planteamiento cinematográfico. Revelar al asesino, en esa vertiente argumental, estropearía la sorpresa de la audiencia que se esfuerza por descubrir al responsable de los delitos al mismo tiempo –o antes- que el protagonista.
7. La novela gráfica es rica en detalles de los asesinatos. La película se los reserva. Sólo vemos el cuchillo del asesino centellar en la oscuridad, un corte en un cuello o a una víctima en una cama fuera de cuadro.
8. El desenlace de Abberline es heroico y romántico en la película –incluso en su final alternativo, disponible en DVD-. En la novela gráfica es más bien amargo: es el de un anciano consumido y resignado ante las fuerzas oscuras detrás de las muertes de unas desafortunadas mujeres.
9. El vestuario de Kim Barret, el Diseño de Arte de Martin Childs y la música de Trevor Jones son brillantes. Logran transportarnos con éxito a la Inglaterra victoriana y brindan suspenso y vigor a la historia.

Sin duda alguna la aportación de Alan Moore al enigma de Whitechapel es, como tantas otras de su tipo, memorable y disfrutable. Y como este misterio sigue vivo, sigamos con algunas explicaciones que le han dado las artes –la literatura, concretamente-.

miércoles, 13 de abril de 2011

Falla de la memoria

Lo olvidaba. Algo más que hace vigente a La liga de los caballeros extraordinarios –tanto a la novela gráfica como a la película- es recordarnos la capacidad del crimen organizado para infiltrarse en las más altas esferas de los gobiernos, incluso a dirigirlas. Así lo hizo el expresidiario parisino Eugene Francois Vidocq en 1811, quien fundó y fue el primer Director de la Sûreté Nationale. Fatal realidad: la Policía francesa fue creada por un criminal. Por ello no es extraño que Alan Moore imaginara a James Moriarty, “el Napoleón del crimen”, tras la fundación del MI6 británico. La realidad a veces se nutre de la ficción. Pero basta por ahora de la Liga. Sigamos con el señor Moore.

lunes, 11 de abril de 2011

Antesala. La liga de los caballeros extraordinarios.


Concuerdo plenamente con muchos: La liga extraordinaria (Stephen Norrington, 2003) no es una adaptación fiel de La liga de los caballeros extraordinarios, la maravillosa serie de cómics –compilada posteriormente como una novela gráfica- de Alan Moore y Kevin O´Neill. En ese sentido puedo comprender el desencanto del escritor, quien se divorció completamente de la gran maquinaria hollywoodense. Pero también me queda algo muy claro: no es una mala película. Es un divertimento inofensivo –palomero, dirían algunos-, estupendamente ejecutado, que ofrece múltiples guiños al admirador de la literatura del siglo XIX. Si vencemos nuestra renuencia a sus incontables diferencias con la fuente que la origina, podemos disfrutarla. Debemos tener en cuenta que se trata de dos medios distintos –el cine y el cómic- que aunque se han nutrido mutuamente no siempre marchan de la mano. Y Hollywood no siempre demuestra respeto e inteligencia. He aquí algunas consideraciones sobre la cinta.
    1. Es una película hecha para el lucimiento de su protagonista Sean Connery, quien es además su productor ejecutivo. En su momento leí que el antiguo 007 se peleó –incluso a golpes- con el director por imponer su postura. Y lo primero que disgustó a muchos es que su Allan Quatermain –creado por Henry Rider Haggard- no es en realidad el centro del relato original. Es de hecho un personaje más interesante, un colonizador, hijo prominente del imperio, autoexiliado en Egipto, decadente, adicto al opio, que es sacado de su retiro por Wilhemina Murray (Peta Wilson en la cinta), quien se ha divorciado de Jonathan Harker (en la película es una viuda). Ella es el verdadero reclutador de la liga. No es un vampiro, “como consecuencia de sus indiscreciones” con el Conde Drácula y como la presenta el guión de James Dale Robinson. Es, como la concibió Bram Stoker, símbolo de la brave new woman victoriana y la mente capaz de ensamblar un equipo semejante.
    2. Los antecedentes y bestialidad de Henry Jekyll/Edward Hyde (Jason Flemyng) son suavizados, pues es una película apta para todo público. También la violencia de que es capaz el Capitán Nemo (Naseeruddin Shah) y las actividades extra curriculares de Hawley Griffin –en la cinta es reemplazado por el pícaro ladrón Rodney Skinner, interpretado por Tony Curran-, también conocido como El hombre invisible de acuerdo a su creador H. G. Wells. El Griffin de la novela es un violador invisible que asola a un colegio de señoritas y es reclutado por la Liga con la promesa de un indulto por sus crímenes y una cura de la fórmula que inventó.
    3. El escenario y resorte de la historia ha cambiado pero conserva su esencia y ubicación temporal –el cambio de siglo-. En la novela gráfica es todo es disparado por el robo, cometido por fuerzas oscuras, de la valiosa Cavorita, el elemento antigravitacional que hizo posible el viaje espacial –en la novela El primer hombre en la luna de H. G. Wells-; en la película es una inminente guerra mundial propiciada por el ataque a las grandes potencias –Inglaterra y Alemania- de las huestes de un misterioso sujeto conocido como El Fantasma –tomado evidentemente de la novela El fantasma de la Ópera de Gastón Leroux-.
    4. Y sobre sus escenarios, la película tiene el acierto de respetar el entorno victoriano, época de mayor auge del Imperio británico, de su desarrollo armamentístico y de la revolución industrial. También incorpora avances tecnológicos de la era, como el automóvil y las grabaciones fonográficas.
    5. Es una producción de la 20th Century Fox, y por ello se añadieron elementos reconocibles de la narrativa estadounidense. Cuando el Capitán Nemo presenta a la Liga a su primer oficial, éste responde marcialmente “llámenme Ismael”, evidente homenaje a Herman Melville y Moby Dick –que sí debemos a Moore-. Pero la más insólita adición es la de Tom Sawyer (Shane West) –protagonista de la novela homónima de Mark Twain-, quien ha crecido y se ha convertido en un agente del Servicio Secreto. Esto no me resulta tan extraño –si tenemos en cuenta la proclividad histórica de Estados Unidos de inmiscuirse en problemas de otros países- como un chico –casi indigente- del Mississippi convirtiéndose en un hombre de acción que le regala incluso un rifle Winchester a Allan Quatermain. Si bien agradezco estos guiños, me uno a los puristas: La Liga de los Caballeros Extraordinarios es una obra británica, y sus personajes deben ser íntegramente británicos. Es un club exclusivo, de difícil admisión.
    6. Dorian Grey, una de las creaciones más famosas de Oscar Wilde, no es un miembro de la Liga. En la novela gráfica sólo aparece en la portada –en una pintura- y en un suplemento para colorear en su parte final. Concedo que él (Stuart Townsend) con su invulnerabilidad que abrevó sin duda de la del Wolverine de X-Men (Bryan Singer, 2000) es un personaje interesante y es el par necesario de una Mina Harker vampirizada.
    7. Los pequeños detalles siempre cuentan –pero a veces no hacen la diferencia-. La cigarrera de M (Richard Roxburgh) es idéntica a la de Campion Bond –personaje eliminado de la cinta- y en el exterior de la casa de Dorian Grey está pegado un cartel como en el que sus creadores tienen su merecido crédito en la novela gráfica.

    Como la esperanza muere al último, espero ver –en 10 o 15 años- una nueva versión de la historia, ahora con la bendición del señor Moore. Y más aún, su secuela, donde la imaginación de H. G. Wells –con sus invasiones extraterrestres y su desquiciado genetista- ocupa un papel importantísimo.

    martes, 5 de abril de 2011

    Parejas hechas en el infierno o el reverso de la moneda.

    El más acérrimo enemigo de Sherlock Holmes, James Moriarty, “el Napoleón del crimen”, no sólo encarna al perfecto opuesto del personaje, sino es tal vez el primer representante de una larga estirpe que le da sentido y personalidad a toda saga literaria. Lisa Simpson lo advertía bien. “Sherlock Holmes tenía a Moriarty, Batman al Guasón, Maggie a esa bebé que la ve mal”. Moriarty es el precursor de los supervillanos, el “villano jefe que pelea contra el héroe con su mente”, como aseguraba Elijah Price (Samuel L. Jackson) en la película El protegido (M. Nignt Shyamalan, 2000). Su relación ha sido explorada en incontables ocasiones, desde la novela de 1974 La solución al siete por ciento de Nicholas Meyer (transformada por Herbert Ross en 1976 en una flamante película donde Sir Laurence Olivier interpreta al villano), brillantes ejercicios literarios como El Año de Drácula (1992) de Kim Newman hasta divertimentos aparentemente inofensivos, como la película disneyana Policías y ratones (Ron Clements y Burny Mattinson, 1985), basada en el libro infantil Basil de Baker Street de Eve Titus (ilustrado por Paul Galdone).
    Mi admiración por ambos personajes –por la figura del héroe y el villano en general- siempre me lleva a recordar el enfrentamiento climático entre Holmes y Moriarty en las cataratas Reichenbach, tal como fue descrito por Arthur Conan Doyle en El problema final (1891). La decisión de asesinar a sus más notables personajes –sobre todo a Holmes- persiguió a Conan Doyle y le valió reclamos de su enorme público y de la misma Reina Victoria. Este crimen posee numerosas explicaciones, sobre las que especularé en el futuro. Por lo pronto recordemos el episodio como nos los presentó el brillantísimo escritor británico Alan Moore –a través del dibujante Kevin O´Neill- en la novela gráfica La liga de los caballeros extraordinarios. Sobre la adaptación de ésta al cine pesan muchas críticas, mayormente negativas. La primera de ellas –y tal vez la más enérgica- fue la del propio Moore. Pero sobre ello escribiré posteriormente.



     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     






















    viernes, 18 de marzo de 2011

    ¿Adaptar o no adaptar? Tercera de tres partes.

    Caso 3. Radio y televisión, o los ricos también horrorizan.
    Prácticamente todos conocemos al Avispón Verde, creación de George W. Trendle y Fran Striker, gracias a la popular serie de televisión de los años sesenta. Pocos saben que el justiciero tiene sus raíces en un serial radiofónico. Acabo de ver la reciente adaptación de Michel Gondry, y la crítica de Ernesto Diezmartínez –que reproduciré en este blog en un futuro no lejano- se quedó corta. Seth Rogen, el protagonista, un joven comediante bonachón, es un error de elección de reparto –o miscast, como dirían los angloparlantes- y la esencia del personaje, un héroe con reputación de villano, se pierde por completo. El héroe enmascarado, su ayudante Kato y su arsenal móvil La Belleza Negra, siguen esperando un cineasta que les haga justicia.
    En la misma situación se encuentra la televisión, ese gran vampiro de la modernidad: está particularmente activa por las noches y tiene un poder hipnótico en aquellos que posan la mirada en su pantalla. A propósito, el cine de horror se ha alimentado en buena parte de ella, con resultados variopintos. En una primera instancia señalemos a sus propios artífices. Dan Curtis, creador de la memorable serie-telenovela Dark shadows, advirtió el éxito de la misma y no resistió llevarla al cine como La casa de las sombras tenebrosas (Dan Curtis, 1970), también con Jonathan Frid en el papel principal. En pre-producción se encuentra su revitalización a cargo de Tim Burton, ahora con su actor fetiche Johnny Depp como el vampiro Barnabas Collins. Por su parte Chris Carter, genio detrás de la serie de culto Los expedientes secretos X, decidió capitalizar su popularidad y llevarla al cine (Rob Bowman, 1998), no de manera excepcional, en mi humilde opinión. Una relativa sensación causó su tardía secuela Los expedientes X: quiero creer (Chris Carter, 2008), cinta impulsada por la nostalgia y donde el paso del tiempo –para nosotros y sus protagonistas- es evidente.
    Un caso memorable es la adaptación de la clásica serie La Dimensión Desconocida (Joe Dante, John Landis, Steven Spielberg, 1983), que respeta no sólo la estructura creada por Rod Serling, sino recrea incluso uno de sus capítulos más célebres, Pesadilla a 10,000 pies, a partir de un cuento y guión de Richard Matheson. El encuentro funesto de un desafortunado pasajero de avión (John Lithgow) con la otredad es simplemente soberbio y ha sido parodiado, incluso, en un especial de noche de brujas de Los Simpson.

    También existe el reverso de la historia, donde una película ha inspirado la creación de una serie de televisión. Viernes 13 y Pesadilla en la calle del infierno –la ochentena, no el remake- comprueban la existencia de esta tendencia. Pero particularmente me refiero a Buffy la cazavampiros (Fran Rubel Kuzui, 1992), una cinta mediana que propició que su guionista, Joss Whedon, creara una serie igualmente mediana pero que se convirtió en un verdadero suceso que derivó a su vez cómics, videojuegos y otra serie –o spin-off-, Angel. Considerando la originalidad de Hollywood, es probable que en unos años veamos un remake de las aventuras de la porrista y asesina de insepultos de medio tiempo.
    Cerremos este punto con algo horroroso. Las adaptaciones de Los Picapiedra, Scooby-Doo, Garfield, Alvin y las ardillas, Marmaduke y el Oso Yogui, lindan con lo fantástico –por aquello de los animales que hablan- pero causan verdadero horror.

    Caso 4. Cómics y más cómics.
    Amedina, fiel lectora de este espacio, me comentó hace unos días lo dicho por Federico Fellini sobre su paisano Milo Manara, famoso y multipremiado historietista : "El cómic es el encanto espectral de esos muñecos de papel, de esas situaciones fijadas para siempre, inmóviles como marionetas sin hilos, y resulta incompatible con el cine, que tiene su seducción en el movimiento, en el ritmo, en la dinámica...El mundo del cómic podrá prestar generosamente al cine sus escenografías, personajes e historias, pero no su atractivo más secreto e inefable que es el de la fijeza, la inmovilidad de las mariposas clavadas con un alfiler". Interesante y sabia reflexión.
    Una tendencia actual de la industria cinematográfica es mirar al mundo del cómic, el llamado Noveno Arte, en busca de temas atractivos para ser llevados a la pantalla grande. Esto ha asegurado la filmación de películas notables, de grandes infamias y de muchas más que permanecen en la medianía. El admirador de las historietas es, por lo general, un individuo receloso y difícil de complacer. Cuando su personaje favorito es adaptado al cine, exige –con razón- respeto y fidelidad a su espíritu y estética. Esto mismo, con más justicia, es un reclamo de los autores. Seamos realistas, no siempre son recompensados. El escritor inglés Alan Moore, brillante creador de Desde el infierno, La liga de los caballeros extraordinarios, V de venganza, Watchmen –todas llevadas al cine-, y un larguísimo etcétera, se sintió profundamente decepcionado luego de ver Desde el infierno (hermanos Hughes, 2001). Los cambios eran obvios y –en aras del efecto dramático- necesarios. Quienes han leído la magnífica novela gráfica que la origina, sabe la identidad de Jack el destripador desde el inicio. Esto es completamente anti-cinematográfico. No afecta el resultado en el terreno de la novela gráfica, pero repito: el cine tiene un lenguaje y necesidades propias. Lo mismo ocurrió a Moore tras ver el resultado de La liga extraordinaria (Steve Norrington, 2003). Lo entiendo parcialmente. La cinta se aleja en muchos sentidos de su obra –Alan Quatermain, creación de Henry Rider Haggard, no es el protagonista y es un drogadicto que tiene, incluso, relaciones sexuales con Mina Harker, que no es una vampira-, pero no es mala. Es un divertimento ligero y sin pretensiones que no deja de recordarme a Van Helsing (Stephen Sommers, 2004). Esto bastó a Moore, artista subversivo y extravagante, para desencantarse definitivamente y “divorciarse” de Hollywood, al grado de exigir se suprimieran completamente sus créditos en V de venganza (hermanos Wachowski, 2005) y Watchmen (Zack Snyder, 2009). Comprendo que un creador, quien en muchas ocasiones no tiene ingerencia sobre su obra cuando es adaptada a otro medio, decida desligarse para evitar se lucre con su buen nombre. Pero las dos últimas no son en ningún modo malas películas. Allá él. Finalmente me inquieta algo, ¿renunció también a sus ganancias como autor?
    Hay especímenes ejemplares, desde aquellos que son una calca fiel, en impresionante movimiento, como Sin city (Robert Rodríguez, 2005) y 300 (Zack Snyder, 2006), ambas concebidas por el talentoso historietista estadounidense Frank Miller. Muchos momentos de ambas son reproducciones precisas, gracias a la magia de los efectos digitales, de las novelas gráficas que las propiciaron.
    Para mí la mejor es, sin cuestionamiento y sin que medie mi emotividad hacia el personaje, Batman, el caballero de la noche (Christopher Nolan, 2007). De ella transcribí en este blog la opinión autorizada de mi amigo Rafael Aviña y suele señalarse como “El Padrino parte 2 del mundo de los cómics”. En el terreno de los superhéroes le seguiría sin duda Spiderman 2 (Sam Raimi, 2004). Raimi, gran admirador del arácnido, hizo mucho por el héroe. Por eso aún no comprendo cómo pudo condenarlo en su tercera entrega (Spiderman 3, 2007), al grado de propiciar un re-inicio de la franquicia, The Amazing Spiderman (que verá la oscuridad del cine en 2012), dirigida por el videoclipero Marc Webb. La verdad no tengo muchas esperanzas ni entusiasmo por ella. Crucemos los dedos.
    Este es un tema amplio, y seguramente abundaré en el en futuras ocasiones. Por lo pronto, recomiendo ampliamente la lista que mi amigo Bernardo Esquinca hizo en su blog Sensacional D.

    Caso 5. Videojuegos.
    Un videojuego exitoso no siempre garantiza una gran película, mucho menos una redituable. Si lo dudan, recuerden Super Mario Brothers (Annabel Jankel y Rocky Morton, 1993) o Doom, la puerta al infierno (Andrzej Bartkowiak, 2005).  De la película de los famosos plomeros, debo decir que ni la presencia de Dennis Hooper como el malvado Rey Koopa logró dar dignidad alguna a la producción.
    Aclaro con anticipación: no soy un gran aficionado de los videojuegos, mucho menos un jugador hábil. A pesar de ello, conozco muchos como observador de las proezas de mis amigos que sí son jugadores natos. Uno de los más populares de los últimos tiempos, Resident evil, ha sido trasladado a la pantalla en cuatro ocasiones, todas estelarizadas por la modelo Milla Jovovich. Si bien los productores se han tomado muchas libertades respecto a la historia, escenarios y personajes, el resultado final es aceptable, al menos en su primera parte. Recuerdo gratamente la escena donde un cadáver femenino flota en una habitación inundada y sellada para contener el Virus T –origen de todos los males- y repentinamente, cuando la protagonista se aleja, la mujer muerta abre los ojos y pone su mano en el cristal. Un momento simple y eficaz. La historia se degradó en sus subsecuentes entregas, donde la continuidad de eventos no guarda necesariamente una secuencia lógica. Para mí la menor es su cuarta parte, Resident evil: La resurrección (Paul W. S. Anderson, 2010), un espectáculo 3D -¿era necesario?- cargado de efectos visuales. Una mediana fortuna la tuvo las dos entregas de la aventurera Lara Croft: Tomb Raider, una versión femenina de Indiana Jones, y encuentro sus aciertos no en Angelina Jolie, sino en sus deslumbrantes locaciones y en la recreación del exotismo de los escenarios presentes en el videojuego.
    Una cinta que recuerdo gratamente por su atmósfera que fluctuaba entre el sueño y la pesadilla es Silent Hill (Christophe Gans, 2006), basada en el juego de la compañía Konami. En mis limitados conocimientos de la materia, consigue transmitir la angustia que produce en el jugador deambular por las calles del siniestro pueblo que da nombre a la cinta (y al juego), con el peligro latente de un encuentro con sus terribles habitantes. Sobre Silent Hill abundará el experto Raúl Camarena en una venidera emisión de la versión en podcast de este blog.

    El furor por las adaptaciones al cine nos sobrevivirá sin duda. Nos gusten o no, lo único que podemos hacer es criticarlas o disfrutarlas, según lo merezcan.
    Por favor, no duden en compartir las adaptaciones que más han aplaudido y abucheado.

    jueves, 10 de marzo de 2011

    ¿Adaptar o no adaptar? Primera de tres partes.

    El tema de las adaptaciones en el cine es sensible sin duda alguna: los admiradores del séptimo arte pueden cuestionar la falta de creatividad de los guionistas al recurrir a otras fuentes en busca de inspiración; puede invitar a un debate sobre el carácter mercadológico de una obra de arte; los seguidores de la fuente original suelen sentirse defraudados al conocer el resultado. “No capta la esencia”, acusan generalmente. Definamos la idea. Una adaptación –al cine- es la traslación a la gran pantalla de un cuento, novela, obra de teatro, serie de televisión o videojuego. Seamos sinceros: esta no siempre triunfa o se acerca a conseguir el éxito. Por esto comprendo –en parte- la postura del escritor inglés Alan Moore, autor de novelas gráficas indispensables como La liga de los caballeros extraordinarios, Desde el infierno, V de venganza y Watchmen. Por malas experiencias, el autor pidió a los responsables de sus respectivas adaptaciones cinematográficas removieran su nombre de los créditos. Concedo que V de venganza (hermanos Wachowski, 2005) se aleja parcialmente de la historia de Moore, pero no es una mala película. Mucho menos Watchmen (Zack Snyder, 2009). Sobre este rubro, abundaré más adelante.
    Una adaptación supone uno de los sueños más anhelados de muchos escritores. En lo personal, me encantaría ver algún día, en los créditos iniciales de una película, la leyenda “basada en la novela de Roberto Coria”. Esto no es mera vanidad. El cine tiene un poder de penetración más amplio que un libro o una obra de teatro. Lo advirtió incluso el enloquecido John Trent (Sam Neill) a su psicólogo (David Warner) en los últimos instantes de En la boca del terror (John Carpenter, 1994). Y dejo a un lado el aspecto económico. La traslación al cine de sus siete novelas sobre el hechicero Harry Potter significó una buena proporción de la ya inmensa fortuna de Joanne K. Rowling.
    Para comprender la que parece ser una fiebre por las adaptaciones, debemos aceptar sin cuestionamiento que el cine posee un lenguaje y necesidades propias que, aunque son comunes con otros medios, lo individualizan completamente. Lo que funciona en la página impresa –por lo general- no puede trasladarse a imágenes en movimiento de forma eficaz –no consideremos La ciudad del pecado (Robert Rodríguez, 2005) ni 300 (Zack Snyder, 2006)-. Para ilustrar este punto recurriré a Howard Phillips Lovecraft. El éxito de su narrativa reside en la incapacidad de la palabra para describir a sus horrores cósmicos. El triunfo de la ya citada En la boca del terror –una de las cintas más lovecraftianas que he visto- reside en la fugaz mirada de la cámara a sus monstruos. O está el caso de John Ronald Reuel Tolkien, llevado con maestría a la pantalla grande por Peter Jackson, Fran Walsh y Phillipa Boyens en el inicio del milenio. Transportar al pie de la letra las situaciones e imaginario de Tolkien produciría una película lenta y aburrida. No hablemos de las licencias a que recurren sus guionistas. Escuché objetar –entre tantas cosas- a muchos inconformes: “pero la parte de Ella-Laraña pertenece al segundo libro”.
    En entradas venideras, disertaré sobre el paso de obras memorables del horror y la fantasía de la literatura, el teatro, el radio, la televisión, los cómics y los videojuegos a la pantalla grande. Sus sugerencias son bienvenidas. ¿Cuáles han sido los especímenes que más les han gustado y los que más han aborrecido?