El próximo miércoles 2 de octubre, a las 20:30 horas en el Teatro Helénico del Centro Cultural, se reestrenará "Renfield, el apóstol de Drácula", monólogo escrito por su servidor con el talentoso Guillermo Henry, bajo la dirección de Eduardo Ruiz Saviñón. Los boletos cuestan $150.00 y están disponibles en taquilla o (con cargo extra) en Ticketmaster. No falten. Va la sinopsis:
Después de viajar a Transilvania para asegurar una transacción con el aristócrata Conde Drácula, el agente en bienes raíces R. M. Renfield regresa enloquecido a su natal Londres, donde es recluido en una institución para enfermos mentales. Sus guardianes lo llaman, por su particular tipo de manía, “el comedor de insectos”. Entre los muros opresivos del manicomio narra los detalles de su viaje a la oscuridad, uno hecho a través bosques tenebrosos hasta llegar a un castillo en ruinas habitado por un sanguinario vampiro y tres seductores demonios de la perversidad. Al final, Renfield descubre su verdadero papel en los acontecimientos descritos en una de las obras fundamentales de la literatura universal. Comenzó como su invitado, pero es el apóstol de Drácula.
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lunes, 30 de septiembre de 2013
martes, 11 de diciembre de 2012
Alas (de vampiro) en escena
Posiblemente,
en lo que a las Bellas Artes se refiere, el Teatro fue el segundo gran romance del vampiro. Digo esto porque el
viernes pasado tuve el placer de acompañar a Eduardo Ruiz Saviñón y Guillermo
Henry, convocados todos por Vicente
Quirarte, en la sesión final de su curso …Y el hombre creó al vampiro.
Bram Stoker en el centenario de su inmortalidad (1912-2012), que se
llevó a cabo en la Casa
de las Humanidades de la Universidad Nacional Autónoma de México. Hablamos
precisamente sobre ese matrimonio que nos hermana. Porque el teatro y el vampiro son, en esencia, dos hijos de la noche. La que se considera
obra fundacional del tema, El vampiro de John William Polidori (1819), significó su primera incursión
escénica, adaptada por el francés Charles
Nodier como Le vampire, melodrame en trois actes que se estrenó el 13 de
junio de 1820 en el Teatro de la Porte-Saint
Martin. Sólo que el autor decidió alterar notablemente la
historia, llevándola por los senderos del melodrama clásico: tras estar en
riesgo la virtud, el bien triunfa sobre la maldad, que es exterminada en el
último momento, restaurándose el orden. Su éxito inmediato la llevó a los
escenarios británicos, traducida por James
Robinson Planché como The Vampire, or the Bride of the Isles,
con idéntico resultado. Esto propició que el monstruo tuviera un gran apogeo de
obras vampíricas durante la segunda mitad del siglo XIX.
El irlandés
Bram Stoker debió tener esto en
cuenta dos veces: desde su trinchera de hombre de teatro y como futuro autor Drácula,
la novela canónica del tema. De su trabajo en el Teatro Lyceum y la relación que estableció con Henry Irving, el más grande actor de su tiempo, hablé en mi
reciente colaboración para la página web de Mórbido. El desdén del Todopoderoso Irving truncó los planes de Stoker por ponerla en
escena, pero un joven miembro de la compañía, Hamilton Deane (1880-1958), advirtió sus enormes posibilidades. Deane
también nació en Clontarf, Irlanda, y conoció tanto a la familia Stoker como a
la de Florence Balcombe, su esposa,
privilegio que sin duda le permitió obtener los derechos para cumplir el sueño
inconcluso de su difunto esposo. Dracula, the vampire play in three acts
se estrenó el junio de 1924 en el Teatro Derby de Inglaterra, con un éxito
contundente. Deane decidió ubicar su acción en un entorno citadino, dando a su
malvado protagonista una mayor posibilidad de infiltrarse en la sociedad del
Londres de la época. Parte de esta estrategia fue hacerlo encantador y
enigmático. Y la que sin duda fue su mayor contribución: la capa, el frac y el
medallón que hoy todos conocemos. El conde fue interpretado por el actor Raymond Huntley, mientras el propio
Deane encarnaba a Abraham Van Helsing. Su aceptación llamó la atención del editor
y productor estadounidense Horace
Liveright, quien inmediatamente compró los derechos para llevarla a su
país. El dramaturgo John L. Balderston
fue el encargado de adaptarla, con un desconocido actor húngaro llamado Bela Lugosi en el papel principal, y Edward Van Sloan como su némesis,
dirigidos por Ira Hards. Su impacto es por ustedes conocidos, al igual que la
legendaria película que propició.
Desde
entonces la obra, atribuida a la dupla Balderston-Deane,
se ha montado en repetidas ocasiones alrededor del mundo. Posiblemente uno de
los montajes más memorables es el que se hizo en Broadway en 1977, dirigido por
Dennis Rosa, con Frank Langella en
el rol estelar. Lo que lo hizo especialmente atractivo fue la escenografía y
vestuario que diseñó el artista visual Edward
Gorey, que le valió incontables galardones de la crítica especializada de
su país. Nuevamente, la obra fue convertida en una flamante película (John
Badham, 1979), con Langella y Laurence
Olivier como su contrincante. Al Rey de los Vampiros ha dado vida (o no
vida) en el teatro una gran variedad de talentosos actores, desde Terence Stamp, Jeremy Brett, Marin Landau.
El que no deja de llamarme la atención es el difunto Raul Julia, que el 1978 heredó la capa en Broadway.
De la
presencia de Drácula en el teatro
mexicano y de nuestra reciente contribución, hablaré posteriormente.
lunes, 1 de octubre de 2012
Renfield, próximamente...
Este es el motivo que me ha alejado de este blog las últimas semanas. Es también un goce inigualable. Parte del mismo es el cartel que diseñó la talentosa Priscilla Pomeroy, hija de dos virtuosos vampiros.
Entre los memorables personajes que el irlandés Bram Stoker nos presentó en su novela “Drácula”, R. M. Renfield es uno de los más interesantes, el que pone en marcha los acontecimientos. El Dr. John Seward lo describe así:
R. M. Renfield, aetat 59. Temperamento sanguíneo, gran fuerza física, excitable patológicamente, periodos de depresión que terminan con una idea fija imposible de precisar. Supongo que el temperamento sanguíneo unido a una influencia perturbadora provoca la obnubilación total de la conciencia, posiblemente es un hombre peligroso, aunque carece de egoísmo. En los egoístas, la cautela es una armadura tan eficaz para sus enemigos como para ellos mismos. A este respecto pienso lo siguiente: cuando la idea fija es el yo la fuerza centrípeta se equilibra con la centrifuga. Cuando se trata de un deber, una causa, etc., la fuerza centrifuga es extrema y solo la puede equilibrar un accidente o una serie de accidentes.
En esta ocasión, Eduardo Ruiz Saviñón y su Teatro Gótico pretenden darle voz por vez primera. Porque Renfield, como los dementes de la antigüedad, se erige como un profeta, como un portador de noticias divinas. Más que un sirviente, Renfield es el apóstol de Drácula, su heraldo. Encarnado por el talentoso Guillermo Henry, entre los muros opresivos de un manicomio, Renfield cobrará nueva vida, una digna y terrible como fue imaginado hace más de 100 años.
El espectáculo será uno de los atractivos de la emisión de este año de Mórbido. Festival Internacional de Cine de Terror y Fantasía, a celebrarse entre el 15 y 18 de noviembre en Pátzcuaro, Michoacán. También se representará en otros espacios de esta Ciudad de México. Les mantendré informados.
jueves, 13 de septiembre de 2012
Hugo Gutiérrez Vega y el triunfo de todos.
El martes pasado, Hugo Gutiérrez Vega (Guadalajara, 1934 ), brillante poeta y ensayista mexicano, ingresó como Miembro de Número a la Academia Mexicana de la Lengua. Ocupa la silla XXXVII, que pertenecía a otro grande, Don Alí Chumacero. La labor de Gutiérrez Vega, aparentemente alejada de los temas de este blog, tiene una gran cercanía con ellos. Entre sus incontables méritos intelectuales, fue un devoto e incansable colaborador del Teatro Gótico de Eduardo Ruiz Saviñón, con quien tiene una gran amistad. Lo vi hace años en la Casa del Lago Juan José Arreola de la UNAM actuando en una adaptación de Los perros de Tíndalos de Howard Phillips Lovecraft.
Del muro de Facebook de Eduardo, tomo una fotografía donde aparecen ambos, acompañados de otro grande, Juan López Moctezuma. Hace unos años, Don Hugo dedicó unas amables palabras, en La Jornada Semanal, a mi obra de teatro El hombre que fue Drácula. Dio su autorización para que fueran incluidas en la segunda edición del texto, publicado por Libros de Godot. Las reproduzco como un homenaje a su genio. Porque el más reciente logro -su ingreso a la Academia- es más que merecido. Todos los que lo admiramos estamos de fiesta.
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Del muro de Facebook de Eduardo, tomo una fotografía donde aparecen ambos, acompañados de otro grande, Juan López Moctezuma. Hace unos años, Don Hugo dedicó unas amables palabras, en La Jornada Semanal, a mi obra de teatro El hombre que fue Drácula. Dio su autorización para que fueran incluidas en la segunda edición del texto, publicado por Libros de Godot. Las reproduzco como un homenaje a su genio. Porque el más reciente logro -su ingreso a la Academia- es más que merecido. Todos los que lo admiramos estamos de fiesta.
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IRVING,
STOKER Y DRÁCULA
Hugo Gutiérrez Vega
Sir Henry Irving fue el patriarca de una familia teatral. Se
llamaba John Brodribb y, por sus indiscutibles meritos, se le permitió usar el
nombre de Henry I. En 1895 fue nombrado caballero del Imperio Británico (fue el
primero de la profesión cómica que recibió tamaña distinción) y recibió
doctorados Honoris causa por las universidades de Dublin, Cambridge y Glasgow.
En su tiempo se le comparaba con Mounet-Sully, el gran actor francés, y sus
composiciones de personajes hacían que algunos críticos recordarán a Kean y a
Garrick, los geniales actores británicos.
Sir Henry pertenece a esa raza de hombres de teatro en el
sentido más estricto del término. Siguieron su camino, algunos años más tarde,
sus hijos y nietos, así como actores como Richardson, Guiness, Olivier,
Gielgud, O' Toole, Burton, Finney y Bates entre otros maestros de la escena
londinense. La vida de Sir Henry estuvo ligada al hermoso Lyceum, teatro que
pereció en un incendio horriblemente real. Ahí representó sus personajes
shakesperianos, el Jingle en la adaptación teatral del Pickwick, de Dickens, el
protagonista de esa curiosidad que es Una historia de Waterloo , la única pieza
teatral de Sir Arthur Conan Doyle, así como varias obras de Sardou, de Merivale
y la adaptación de Wills al Fausto de Goethe.
Pienso que estos datos no son ociosos y, en cambio, son
necesarios para ubicar el hermoso texto de Roberto Coria, editado por Vicente
Quirarte y llevado a escena por Eduardo Ruiz Saviñón con el título de El hombre
que fue Drácula . Y así lo pienso por la sencilla razón de que esta pieza
contiene una serie de profundas reflexiones sobre la profesión teatral y sobre
el cotidiano milagro artístico de cada puesta en escena.
Coria imagina a Bram Stoker, el genio irlandés, autor de
Drácula trabajando para Sir Henry Irving en el Lyceum. Desde que se abre el
telón, el director reúne en su personaje colgado en lo más alto del escenario
del Ruiz de Alarcón, a Sir Henry con Drácula y, ya en el suelo del escenario,
con Ricardo III y su monólogo que, en la traducción de Coria, nos habla del
“invierno de nuestro infortunio”.
Bram Stoker, su Drácula-Henry I, Ellen Terry, Florence,
esposa de Bram, Sir Arthur Conan Doyle y Armenius Vámbery, también Van Helsing,
son los personajes de esta historia de vampiros y de grandes divos que tienen,
en su ánimo, muchos aspectos vampíricos.
La dirección de Eduardo Ruiz Saviñón es exacta y llena de
matices que dan variedad a una temática que va desde la idea del teatro sobre
el teatro hasta los mundos especiales de lo gótico.
Nicolás Núñez es un Henry I insuflado y prepotente y un
Drácula emboscado en un Ricardo III contrahecho, malvado y lamentable. Nicolás
nos descubre todos los matices y contradicciones de su personaje y profundiza
en el alma de un actor que dedicó su vida entera a los escenarios. Eduardo Von
es un Stoker decidido a cumplir su vocación literaria, tímido, pero seguro de
la futura grandeza de su obra. Elena de Haro brilla, en compañía de un
disciplinado perro lanudo, en el papel de la gran diva de la escena londinense,
Ellen Terry; Priscila Pomeroy nos sorprende con su buena personificación de
Florence y de Lucy Westenra; Guillermo Henry es un Conan Doyle con abrigo de
Holmes y Antonio Monroi hace un Van Helsing afiebrado y persistente. Notables
son la escenografía y la iluminación de Sergio Villegas. Todos ellos actualizan
el texto de Coria y aportan una nueva muestra al Teatro Gótico mexicano que los
vampiros honorarios Saviñón-Quirarte han venido plasmando en los últimos años
de nuestro panorama teatral.
Henry I-Drácula, su empleado y víctima Bram Stoker y el
eterno Conde descrito por Van Helsing, el perseguidor de vampiros, son el marco
en el que se mueve una serie de observaciones sobre la esencia del teatro. No
en balde Quirarte nos dice que esta obra es “un homenaje al teatro y al actor”.
Henry I-Drácula-Ricardo III penden de una cuerda en lo alto del escenario y,
por arte de magia teatral, caen al suelo y son, al mismo tiempo, vampiro, lobo,
conjunto de ratas, pero, sobre todo, seres que se mueven en un constante
“invierno de nuestro infortunio” y en la magia total de la puesta en escena.
viernes, 2 de marzo de 2012
Presentación de la segunda edición de El hombre que fue Drácula
Ayer fue un día maravilloso. La Sala Bernardo Quintana del Palacio de Minería, dentro de la XXXIII edición de la Feria Internacional del Libro, estaba abarrotada de devotos del teatro y Bram Stoker para atestiguar la presentación de la segunda edición de El hombre que fue Drácula, suma de la pasión de muchos talentos. Fue una ocasión verdaderamente emotiva, pues estuve rodeado de grandes amigos y miembros de mi familia –carnal y no consanguínea-. He aquí lo que dije, tras recibir las generosas palabras de mis cofrades y de ponerme por un momento en los zapatos de uno de mis autores elementales.
--
Roberto Coria
Es un honor que me acompañen a presentar por segunda ocasión uno de los trabajos que más satisfacciones me han brindado, de nueva cuenta en este maravilloso Palacio de Minería, a la luz de nuestra Universidad Nacional. Primeramente quiero agradecer a mis Maestros –mis hermanos de elección- Vicente Quirarte y Eduardo Ruiz Saviñón por guiarme pacientemente en esta travesía, por enriquecerla con su sabiduría y pasión. El poeta dijo que “escribir es el más solitario de los oficios”. Tiene razón, pero yo tuve la mejor compañía posible.
La novela “Drácula” es parte imprescindible de mi primera educación sentimental. Por eso la historia conjetural de los acontecimientos que llevaron a Bram Stoker a escribirla era una idea irresistible. El hombre que fue Drácula es un homenaje al teatro, la imaginación, la capacidad creadora y, sobre todo, a la amistad. Como el grupo de valientes que se unió para derrotar al vampiro, este texto es la suma de las pasiones de muchos individuos. Ésta se vio recompensada cuando le mereció a Eduardo el Premio a Mejor Dirección de la Asociación de Periodistas de Teatro en 2008 y a Nicolás Núñez ser nominado a Mejor Actor por su interpretación de Henry Irving, el más grande actor de su tiempo, el hombre que fue Drácula.
Bram Stoker dedicó su creación más memorable, la que significó un viaje de siete años, no al todopoderoso Irving, ni a su amor no consumado Ellen Terry o a sus consanguíneos, sino a su amigo Hall Caine, quien no sólo creyó en su talento sino le demostró que la imaginación puede hacer realidad los sueños. Yo dediqué este trabajo a tres mujeres formidables. Dos están aquí esta tarde. Una dio alas de murciélago a mi imaginación y la otra me acompaña a volar con ellas todos los días.
Por lo que respecta a la obra de teatro debo agradecer a los formidables Nicolás Núñez, Luis Miguel Lombana, Elena de Haro, Priscilla Pomeroy, Antonio Monroi y Guillermo Henry –quien generosamente compartió su talento con nosotros- y al perro Fédor. Porque Eduardo se atrevió a romper una máxima de la dirección escénica: nunca trabajes con niños ni perros. También expreso mi gratitud a Ana Luisa Campos, Abraham Feria, Sergio Villegas, a nuestros eternos Armando Matturano y Manuel Núñez Nava, Nuria Marroquín, Víctor Colunga, Enrique Singer, Aarón Fitch y Delia de la O de Teatro UNAM, a los maravillosos Mauricio Davison y Germán Robles –ellos develaron la placa de la primera temporada- y a la planta técnica del teatro Juan Ruiz de Alarcón de la UNAM, sin cuyo entusiasmo no podría llevarse a cabo el que Hugo Gutiérrez Vega llama “el milagro cotidiano de la puesta en escena”. Sobre la edición que hoy nos reúne, agradezco a mis editores Maricela de la Torre y Guillermo Palma de Libros de Godot, quienes confiaron en el texto desde sus inicios, al gran Hugo Gutiérrez Vega, Víctor Grovas Hajj y al propio Vicente por compartir entrañables textos sobre Bram Stoker, a la Embajada de Irlanda, a la Universidad Nacional Autónoma de México y a todos ustedes, por regalarme su tarde para mantener vivo el legado de uno de mis autores indispensables.
Por lo que respecta a la obra de teatro debo agradecer a los formidables Nicolás Núñez, Luis Miguel Lombana, Elena de Haro, Priscilla Pomeroy, Antonio Monroi y Guillermo Henry –quien generosamente compartió su talento con nosotros- y al perro Fédor. Porque Eduardo se atrevió a romper una máxima de la dirección escénica: nunca trabajes con niños ni perros. También expreso mi gratitud a Ana Luisa Campos, Abraham Feria, Sergio Villegas, a nuestros eternos Armando Matturano y Manuel Núñez Nava, Nuria Marroquín, Víctor Colunga, Enrique Singer, Aarón Fitch y Delia de la O de Teatro UNAM, a los maravillosos Mauricio Davison y Germán Robles –ellos develaron la placa de la primera temporada- y a la planta técnica del teatro Juan Ruiz de Alarcón de la UNAM, sin cuyo entusiasmo no podría llevarse a cabo el que Hugo Gutiérrez Vega llama “el milagro cotidiano de la puesta en escena”. Sobre la edición que hoy nos reúne, agradezco a mis editores Maricela de la Torre y Guillermo Palma de Libros de Godot, quienes confiaron en el texto desde sus inicios, al gran Hugo Gutiérrez Vega, Víctor Grovas Hajj y al propio Vicente por compartir entrañables textos sobre Bram Stoker, a la Embajada de Irlanda, a la Universidad Nacional Autónoma de México y a todos ustedes, por regalarme su tarde para mantener vivo el legado de uno de mis autores indispensables.
Mucho se ha criticado a Bram Stoker en tiempos recientes: se ha dicho que su prosa es torpe, llena de adjetivos, que sus historias son previsibles. Yo pienso que el autor de una obra maestra, una que se mantiene tan vigente como el día de su primera publicación, que nunca ha estado fuera de circulación y que ha inspirado a tantos artistas y lectores, es un gran escritor.
Para finalizar, comparto con ustedes algo que a simple vista no parecería relevante en una actividad como esta. Mañana se cumplirá un año de la muerte física de Mina, una golden retrieber maravillosa –aunque nunca supimos su verdadera raza-. Cuando me encontró le di inmediatamente el nombre de la heroína del señor Stoker, una mujer virtuosa, independiente, valerosa. Una sobreviviente. Cuando hace varios años Eduardo nos informó del deceso de Donovan, su leal amigo y compañero, recordó cómo Lord Byron calificó de forma póstuma a su perro Boatswain, “una criatura que fue bella sin vanidad, fuerte sin insolencia, valiente sin ferocidad y que tuvo todas las virtudes de los hombres y ninguno de sus defectos”. Esta tarde es para ti, Mina, cuyo nombre honra al autor irlandés en el centenario de su ingreso a la inmortalidad. Stoker me enseña cotidianamente que aún en los momentos más adversos la vocación del escritor y la fantasía nos dan fortaleza para emprender todos los viajes.
miércoles, 22 de febrero de 2012
martes, 21 de febrero de 2012
Presentación de la 2da edición de "El hombre que fue Drácula"
El próximo jueves 1 de marzo de 2012 a las 17:00 horas, en el Auditorio Bernardo Quintana del Palacio de Minería, dentro de su tradicional Feria del Libro, tendré el placer de presentar la 2da edición de mi obra "El hombre que fue Drácula", publicada por Libros de Godot. Esta nueva edición contará con ensayos de Hugo Gutiérrez Vega, Vicente Quirarte y Víctor Grovas Hajj, todos celebrando a Bram Stoker y su creación más perdurable Me acompañarán padrinos de lujo: Eduardo Ruiz Saviñón y Vicente Quirarte. ¡Allá los veo!
viernes, 9 de diciembre de 2011
Divino fantasma
Memoria de un fantasma
Roberto Coria
Escribo estas palabras a 111 años de que Oscar Wilde, en la modesta habitación de un hotel parisino, exhalara su último aliento. Conocí uno de sus cuentos más populares, El príncipe feliz, cuando tenía 8 años, en una bella edición ilustrada que me procuró mi madre, editada y traducida al español por José Emilio Pacheco. Cuando crecí conocí y me estremecí por el genio inigualable del irlandés. Se convirtió así en uno de los autores que definieron mi amor por las letras y el arte dramático. En los albores del nuevo milenio, como un homenaje a Wilde en su centenario luctuoso, Vicente Quirarte escribió El fantasma del Hotel Alsace, obra que se montó con el auspicio de la Universidad Nacional bajo la dirección de Eduardo Ruiz Saviñón. Toda gran puesta en escena, al igual que una película o una serie de televisión, sustenta su efecto en una historia sólida y formidable. Así fue con el texto de Vicente, uno de los más bellos que he leído y presenciado. 11 años después, el talento y pasión de Abraham Feria le hicieron retomar la estafeta y nos presentó una obra solvente, que rendía tributo al planteamiento primigenio, pero que se movía con fuerza y personalidad propias. Para presenciarla había –literalmente- que descender al inframundo. En el sótano del Teatro Carlos Lazo, en un escenario austero, el director nos presentó a un Oscar Wilde decadente, con un negro sentido del humor (encarnado con gran eficacia por Gonzalo Blanco), conocedor de su desgracia pero que conservaba la vanidad del que se supo una vez “tan famoso como la Torre Eiffel”. Abraham supo explorar subtextos que el autor sugirió y lo hace de una forma agresiva y vigorosa: las preferencias sexuales y debilidades de Wilde. Su encuentro con el garçon (Diego Cuevas) representa la forma en que la sociedad victoriana –y aún en esta época- veía las relaciones homosexuales: como algo ilícito, un crimen que es mejor no mencionar. El Hada Verde del Ajenjo (Mirel García) fue en el nuevo montaje una dominatriz en diminuta ropa de cuero, que torturaba la lacerada alma y carnes del escritor. Guillermo Uribe interpretaba a un Bram Stoker sombrío, que rinde tributo a su creación más recordada, y que anuncia a su amigo el reconocimiento que está por venir. Cuestiona Wilde, “Ahora que el tiempo se me acaba”. Bram responde, “Ahora que el tiempo es todo tuyo. Ahora que el tiempo te pertenece”.
El trabajo de Abraham Feria es un decoroso homenaje a sus clásicos. Durante una mesa redonda, el joven director recordó la manera en que El fantasma orientó su vocación. Por eso, porque me siento completamente identificado con él, es un honor que haya puesto su mirada en un trabajo que yo mismo escribí, El hombre que fue Drácula. Como autor tengo la confianza que hará un trabajo espléndido con el que concebí como un homenaje al teatro y la amistad, y que el mismo Vicente Quirarte definió como “la aventura intelectual de un hombre que supo defender su insobornable vocación literaria a pesar de todos los obstáculos”.
Roberto Coria
Escribo estas palabras a 111 años de que Oscar Wilde, en la modesta habitación de un hotel parisino, exhalara su último aliento. Conocí uno de sus cuentos más populares, El príncipe feliz, cuando tenía 8 años, en una bella edición ilustrada que me procuró mi madre, editada y traducida al español por José Emilio Pacheco. Cuando crecí conocí y me estremecí por el genio inigualable del irlandés. Se convirtió así en uno de los autores que definieron mi amor por las letras y el arte dramático. En los albores del nuevo milenio, como un homenaje a Wilde en su centenario luctuoso, Vicente Quirarte escribió El fantasma del Hotel Alsace, obra que se montó con el auspicio de la Universidad Nacional bajo la dirección de Eduardo Ruiz Saviñón. Toda gran puesta en escena, al igual que una película o una serie de televisión, sustenta su efecto en una historia sólida y formidable. Así fue con el texto de Vicente, uno de los más bellos que he leído y presenciado. 11 años después, el talento y pasión de Abraham Feria le hicieron retomar la estafeta y nos presentó una obra solvente, que rendía tributo al planteamiento primigenio, pero que se movía con fuerza y personalidad propias. Para presenciarla había –literalmente- que descender al inframundo. En el sótano del Teatro Carlos Lazo, en un escenario austero, el director nos presentó a un Oscar Wilde decadente, con un negro sentido del humor (encarnado con gran eficacia por Gonzalo Blanco), conocedor de su desgracia pero que conservaba la vanidad del que se supo una vez “tan famoso como la Torre Eiffel”. Abraham supo explorar subtextos que el autor sugirió y lo hace de una forma agresiva y vigorosa: las preferencias sexuales y debilidades de Wilde. Su encuentro con el garçon (Diego Cuevas) representa la forma en que la sociedad victoriana –y aún en esta época- veía las relaciones homosexuales: como algo ilícito, un crimen que es mejor no mencionar. El Hada Verde del Ajenjo (Mirel García) fue en el nuevo montaje una dominatriz en diminuta ropa de cuero, que torturaba la lacerada alma y carnes del escritor. Guillermo Uribe interpretaba a un Bram Stoker sombrío, que rinde tributo a su creación más recordada, y que anuncia a su amigo el reconocimiento que está por venir. Cuestiona Wilde, “Ahora que el tiempo se me acaba”. Bram responde, “Ahora que el tiempo es todo tuyo. Ahora que el tiempo te pertenece”.
El trabajo de Abraham Feria es un decoroso homenaje a sus clásicos. Durante una mesa redonda, el joven director recordó la manera en que El fantasma orientó su vocación. Por eso, porque me siento completamente identificado con él, es un honor que haya puesto su mirada en un trabajo que yo mismo escribí, El hombre que fue Drácula. Como autor tengo la confianza que hará un trabajo espléndido con el que concebí como un homenaje al teatro y la amistad, y que el mismo Vicente Quirarte definió como “la aventura intelectual de un hombre que supo defender su insobornable vocación literaria a pesar de todos los obstáculos”.
martes, 24 de mayo de 2011
James Garfio y la fascinación por los villanos
Nunca he ocultado mi fascinación por los villanos. Si tengo que elegir entre el bueno y el malo en una novela o una película, siempre me decidiré por el segundo. Es irónico –incluso contradictorio- dadas mis actividades, pensamiento e indignación cotidiana por la oscuridad del ser humano. Aclaro algo: no me pongo del lado del crimen organizado –de la vida real-, pero sí de parte del Guasón o del Conde Drácula. Hay algo fascinante e irresistible en estos personajes. Nos permiten enfrentar, desde la seguridad de la página impresa o la imagen en movimiento, nuestra naturaleza interior y primigenia como individuos. Son los que aportan el conflicto en toda historia, los que realzan las virtudes y recompensas del bien. Nadie nace malo, a pesar que algunos genetistas insisten que en ciertas personas la maldad es una especie de “defecto de fábrica”. Si esto fuera cierto, existe un alud de factores externos que puede mitigarla. Creer inequívocamente en la maldad nata es aceptar que no podemos escapar de un destino tallado en piedra. Existe algo llamado libre albedrío y, según le enseñaron a mi héroe de la infancia, son nuestras acciones las que nos definen. Alguna vez escuche decir al malvado Lex Luthor, enemigo jurado de Supermán, que la maldad es un viaje. Tiene la boca llena de verdad. Creo además que, como los libros de Lemony Snicket, es una serie de eventos desafortunados. Como sea, y como dijo mi amigo Vicente Quirarte, el bien no hace gran literatura ni ocupa las primeras planas de los periódicos.
Seguramente el pequeño Roberto Coria intuía esto cuando tomaba conos de cartón –de las madejas de estambre de su madre- y utilizaba papel aluminio para fabricar un garfio para reemplazar su mano izquierda, justo como el antagonista del relato que tanto le encantaba: Peter Pan, de James Matthew Barrie, que fue transformada por Walt Disney en una película animada en el año de 1963 –yo la conocí mucho tiempo después de esta fecha-.
El Capitán Garfio fue uno de los primeros villanos que adoré. Surgió de la imaginación del escritor victoriano que recién mencioné, originalmente en una puesta en escena. Luego brincó a la literatura e inevitablemente a otros medios. La obra de teatro El hombre que fue Peter Pan del dramaturgo inglés Alan Knee especula sobre los eventos que llevaron a Barrie a la creación de este icónico personaje que “alguna vez fue contramaestre de Barbanegra y es el único hombre al que teme John Long Silver” pero que sin duda es una crítica a la rigidez de la educación victoriana, donde los niños fueron severamente –incluso despiadadamente- moldeados para convertirse en adultos “modelo”. Garfio, o James Hook según el escritor, toma la imagen clásica del pirata, pero sus motivaciones lo acercan más al Capitán Ahab –de la novela Moby Dick de Herman Melville- o al Capitán Nemo –de la novela 20 mil leguas de viaje submarino de Julio Verne-. Busca vengarse. Concretamente de Peter Pan, el niño que no quería crecer, quien mutiló su mano y alimentó con ella a un terrible cocodrilo. Barrie añadió, como una espléndida metáfora, que el villano advertía su presencia –pues temía al lagarto indescriptiblemente- gracias a que éste devoró también un reloj de mano, que caminaba incesantemente en su vientre.
Garfio teme al tiempo, como muchos adultos. Eso cobra especial importancia en esta época donde la juventud es un valor y a muchos adolescentes les aterra perderla. Cuando, como gesto de respeto, llamo “señor” al chico que empaqueta mis compras en el supermercado, éste siempre me corrige enérgicamente: “no me diga así, si no estoy viejo”. De ahí el acierto que el papel fuera interpretado por el mismo actor que personificaba al padre de los niños Darling en la obra. En algún momento el legendario Boris Karloff portó la piel del villano, en un montaje de 1950. Aquí en México lo vi interpretado por Manuel “El loco” Valdés en los años ochenta.
El Capitán Garfio fue descrito por su creador: “de aspecto cadavérico y cetrino, con el pelo en largos bucles, que a cierta distancia parecían velas negras y daban un aire singularmente amenazador a su amplio rostro. Sus ojos eran del azul del nomeolvides y profundamente tristes, salvo cuando le clavaba a uno el garfio, momento en que surgían en ellos dos puntos rojos que se los iluminaban horriblemente. En cuanto a los modales, conservaba aún algo de gran señor, de forma que incluso lo destrozaba a uno con distinción y me han dicho que tenía reputación de raconteur. Nunca resultaba más siniestro que cuando se mostraba todo cortés, lo cual es la mejor prueba de educación, y la elegancia de su dicción, incluso cuando maldecía, así como la prestancia de su porte, demostraba que no era de la misma clase de su tripulación. Hombre de valor indómito, se decía de él que lo único que lo atemorizaba era ver su propia sangre, que era espesa y de un color insólito. En su vestimenta imitaba un poco los ropajes asociados al nombre de Carlos II por haber oído decir en un periodo anterior de su carrera que tenía un extraño parecido con los desventurados de Estuardo y en los labios llevaba una boquilla de su propia invención”.

Para finalizar, como reconoce su Némesis gracias a la pluma de Fernando Savater, Garfio es su hermano en más de un sentido. Él adolece del precioso tiempo que define la esencia de Peter Pan. Eso los convierte en enemigos formidables e, irónicamente, imperecederos.
lunes, 14 de marzo de 2011
¿Adaptar o no adaptar? Segunda de tres partes.
Caso 1. La letra con sangre entra.
El cine tiene una deuda enorme con la literatura. Desde sus albores ha sido una de sus fuentes de inspiración más prominentes . Y debe mucho a la literatura de horror. Ésta ha comprobado –con creces- ser un negocio rentable. Lamentablemente ese es uno de los aspectos que resta méritos al género frente a los eruditos del séptimo arte. Vayamos al punto de origen, el cine expresionista alemán. Dos joyas literarias, El Golem de Gustav Meyrink y Drácula de Bram Stoker –apócrifamente adaptada como Nosferatu, sinfonía de horror- brillan como algunas de las mejores representantes del momento. Desde ese momento filmar versiones de importantes éxitos de librerías se convirtió en algo irresistible para los productores de cine, desde El extraño caso del Dr. Jekyll y el señor Hyde de Robert Louis Stevenson, Otra vuelta de tuerca de Henry James, El exorcista de William Peter Blatty, El bebé de Rosemary de Ira Levin, Tiburón de Peter Benchley hasta la muy reciente Déjame entrar de John Ajvide Lindqvist.
Una mención especial la merece el escritor estadounidense Stephen King, autor de incontables novelas y cuentos de horror y fantasía. La calidad y aportación de su narrativa despierta los más acalorados debates. Yo diré que es un hábil artesano que tiene una gran capacidad para retratar la Norteamérica rural, y que aprecio sus relatos cortos y algunas de sus novelas. En muchos sentidos es la punta de lanza de fenómenos literarios contemporáneos –como J. K. Rowling y Stephanie Meyer- y es uno de los autores –vivos- más llevado al cine y la televisión. Es evidente que King tiene esto en cuenta al escribir sus obras. Su estructura dramática, personajes y escenarios son idóneos para ser llevados a la pantalla –grande o chica-. Cuando sus editores anuncian su nueva creación, las productoras entran en una puja por sus derechos para ser llevada a diferentes medios. Así sucedió con Carrie (Bran de Palma, 1976), El resplandor (Stanley Kubrik, 1980), La zona muerta (David Cronenberg, 1983), Cementerio de mascotas (Mary Lambert, 1989), Miseria (Rob Reiner, 1990), Sueño de fuga (Frank Darabont, 1994), Corazones en la Atlántida (Scott Hicks, 2001), 1408 (Mikael Hafström, 2007), las miniseries La hora del vampiro (Tobe Hooper, 1979), Eso (Tommy Lee Wallace, 1990), Los Tommyknockers (John Power, 1993), La danza de la muerte (The stand, Mick Garris, 1994), La tormenta del siglo (Craig R. Baxley, 1999), y un larguísimo etcétera. Y lo curioso es que son pocas las obras de King a las que se le han hecho justicia.
Cosa semejante le sucede a su compatriota Phillip K. Dick, mejor conocido por su novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, base del guión para la película de culto Bladerunner (Ridley Scott, 1981. Dick ha sido llevado más veces al cine, con pobres resultados. El tinte pesimista, oscuro y paranoico de sus creaciones ha sido casi siempre deslavado. El vengador del futuro (Paul Verhoeven, 1990) es una de las más rescatables. Le seguiría –estéticamente- Minority report: sentencia previa (Steven Spielberg, 2002) y Una mirada a la oscuridad (Richard Linklater, 2006), pero no olvidemos El pago (John Woo, 2003) y El vidente (Next, Lee Tamahori, 2007), ambas correctamente realizadas, pero malogradas en más de un aspecto.
Hay cuentos memorables cuyo efecto no es suficiente para sostener un largometraje, con resultados infaustos. Edgar Allan Poe y H. P. Lovecraft lo comprenden muy bien. Muchos de sus cuentos han sido adaptados al cine, y casi siempre los guionistas añaden situaciones y personajes que desvirtúan a la fuente original en aras de ofrecer metraje. Si algo se estira demasiado, se rompe. Otro autor que ha padecido esto es Ray Bradbury. Su entrañable historia El sonido de un trueno, llevada a la televisión con gran eficacia en El teatro de Ray Bradbury, fue adaptada al cine como El cazador de dinosaurios (Peter Hyams, 2005). Quienes la vieron pueden comprobar que es fallida en todos sus aspectos.
Sobre este tema podríamos seguir indefinidamente, y estoy seguro que regresaré a él en este blog.
Caso 2. El teatro de sangre
Este fue el título de una de las más emblemáticas cintas de Vincent Price. La filmó en 1973 bajo la dirección de Douglas Hickox. En ella, un talentoso actor de teatro (Price) emprendía una venganza terrible contra sus detractores, asesinándolos a todos a la manera de las más famosas obras de William Shakespeare. Este dramaturgo inglés no sólo es uno de los más famosos y prolíficos de todos los tiempos, sino el más adaptado a la pantalla grande –en mis clases siempre digo que es el padre del cine gore, o al menos uno de sus más claros antecedentes-. De él se han producido cintas memorables, interpretadas por talentosos actores como Laurence Olivier, John Gielgud, Kenneth Branagh, Lawrence Fishbourne, Ian McKellen y Al Pacino. De todas ellas tengo en un lugar especial Titus (Julie Taymor, 1999), con Anthony Hopkins. También de Inglaterra es originario el dramaturgo Patrick Hamilton. Entre sus creaciones brilla La soga, magistralmente llevada a la pantalla por Alfred Hitchcock en 1948 -e inspirada en el caso criminal de Leopold y Loeb-. No he visto el resto de su obra, pero Hamilton definitivamente cobró notoriedad a partir del mago del suspenso.
Un ejemplo –relativamente- reciente es la obra Quills, del norteamericano Doug Wright, adaptada como Letras prohibidas: la leyenda del Marqués de Sade (Phillip Kaufman, 2000), un recuento de los últimos años de Donatien Alphonse François de Sade, magistralmente encarnado por Geoffrey Rush. Mencionemos también The man who was Peter Pan, de Alan Knee, llevada al cine por Marc Foster como Descubriendo el país de nunca jamás (2004), con Johnny Depp como James Matthew Barrie, o El fantasma de la ópera (Joel Schumacher, 2004) y Sweeney Todd, el barbero demoníaco de la calle Fleet (Tim Burton, 2007), basadas en las obras musicales de Andrew Lloyd Webber y Stephen Sondheim, respectivamente. Y de musicales olvidaba El show del horror de Rocky (Jim Sharman, 1975), basada en la obra de Richard O´Brien.
Aparte coloco el caso de películas que se han adaptado al teatro. En la Ciudad de México, recientemente se llevó a los escenarios El coleccionista, obra basada en la novela homónima de John Fowles, llevada al cine en 1965 por William Wyler. Y también es sonoro el caso de la reciente incursión de Spiderman en Broadway, desastrosa, según las noticias.
El cine tiene una deuda enorme con la literatura. Desde sus albores ha sido una de sus fuentes de inspiración más prominentes . Y debe mucho a la literatura de horror. Ésta ha comprobado –con creces- ser un negocio rentable. Lamentablemente ese es uno de los aspectos que resta méritos al género frente a los eruditos del séptimo arte. Vayamos al punto de origen, el cine expresionista alemán. Dos joyas literarias, El Golem de Gustav Meyrink y Drácula de Bram Stoker –apócrifamente adaptada como Nosferatu, sinfonía de horror- brillan como algunas de las mejores representantes del momento. Desde ese momento filmar versiones de importantes éxitos de librerías se convirtió en algo irresistible para los productores de cine, desde El extraño caso del Dr. Jekyll y el señor Hyde de Robert Louis Stevenson, Otra vuelta de tuerca de Henry James, El exorcista de William Peter Blatty, El bebé de Rosemary de Ira Levin, Tiburón de Peter Benchley hasta la muy reciente Déjame entrar de John Ajvide Lindqvist.
Una mención especial la merece el escritor estadounidense Stephen King, autor de incontables novelas y cuentos de horror y fantasía. La calidad y aportación de su narrativa despierta los más acalorados debates. Yo diré que es un hábil artesano que tiene una gran capacidad para retratar la Norteamérica rural, y que aprecio sus relatos cortos y algunas de sus novelas. En muchos sentidos es la punta de lanza de fenómenos literarios contemporáneos –como J. K. Rowling y Stephanie Meyer- y es uno de los autores –vivos- más llevado al cine y la televisión. Es evidente que King tiene esto en cuenta al escribir sus obras. Su estructura dramática, personajes y escenarios son idóneos para ser llevados a la pantalla –grande o chica-. Cuando sus editores anuncian su nueva creación, las productoras entran en una puja por sus derechos para ser llevada a diferentes medios. Así sucedió con Carrie (Bran de Palma, 1976), El resplandor (Stanley Kubrik, 1980), La zona muerta (David Cronenberg, 1983), Cementerio de mascotas (Mary Lambert, 1989), Miseria (Rob Reiner, 1990), Sueño de fuga (Frank Darabont, 1994), Corazones en la Atlántida (Scott Hicks, 2001), 1408 (Mikael Hafström, 2007), las miniseries La hora del vampiro (Tobe Hooper, 1979), Eso (Tommy Lee Wallace, 1990), Los Tommyknockers (John Power, 1993), La danza de la muerte (The stand, Mick Garris, 1994), La tormenta del siglo (Craig R. Baxley, 1999), y un larguísimo etcétera. Y lo curioso es que son pocas las obras de King a las que se le han hecho justicia.
Cosa semejante le sucede a su compatriota Phillip K. Dick, mejor conocido por su novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, base del guión para la película de culto Bladerunner (Ridley Scott, 1981. Dick ha sido llevado más veces al cine, con pobres resultados. El tinte pesimista, oscuro y paranoico de sus creaciones ha sido casi siempre deslavado. El vengador del futuro (Paul Verhoeven, 1990) es una de las más rescatables. Le seguiría –estéticamente- Minority report: sentencia previa (Steven Spielberg, 2002) y Una mirada a la oscuridad (Richard Linklater, 2006), pero no olvidemos El pago (John Woo, 2003) y El vidente (Next, Lee Tamahori, 2007), ambas correctamente realizadas, pero malogradas en más de un aspecto.
Hay cuentos memorables cuyo efecto no es suficiente para sostener un largometraje, con resultados infaustos. Edgar Allan Poe y H. P. Lovecraft lo comprenden muy bien. Muchos de sus cuentos han sido adaptados al cine, y casi siempre los guionistas añaden situaciones y personajes que desvirtúan a la fuente original en aras de ofrecer metraje. Si algo se estira demasiado, se rompe. Otro autor que ha padecido esto es Ray Bradbury. Su entrañable historia El sonido de un trueno, llevada a la televisión con gran eficacia en El teatro de Ray Bradbury, fue adaptada al cine como El cazador de dinosaurios (Peter Hyams, 2005). Quienes la vieron pueden comprobar que es fallida en todos sus aspectos.
Sobre este tema podríamos seguir indefinidamente, y estoy seguro que regresaré a él en este blog.
Caso 2. El teatro de sangre
Este fue el título de una de las más emblemáticas cintas de Vincent Price. La filmó en 1973 bajo la dirección de Douglas Hickox. En ella, un talentoso actor de teatro (Price) emprendía una venganza terrible contra sus detractores, asesinándolos a todos a la manera de las más famosas obras de William Shakespeare. Este dramaturgo inglés no sólo es uno de los más famosos y prolíficos de todos los tiempos, sino el más adaptado a la pantalla grande –en mis clases siempre digo que es el padre del cine gore, o al menos uno de sus más claros antecedentes-. De él se han producido cintas memorables, interpretadas por talentosos actores como Laurence Olivier, John Gielgud, Kenneth Branagh, Lawrence Fishbourne, Ian McKellen y Al Pacino. De todas ellas tengo en un lugar especial Titus (Julie Taymor, 1999), con Anthony Hopkins. También de Inglaterra es originario el dramaturgo Patrick Hamilton. Entre sus creaciones brilla La soga, magistralmente llevada a la pantalla por Alfred Hitchcock en 1948 -e inspirada en el caso criminal de Leopold y Loeb-. No he visto el resto de su obra, pero Hamilton definitivamente cobró notoriedad a partir del mago del suspenso.
Un ejemplo –relativamente- reciente es la obra Quills, del norteamericano Doug Wright, adaptada como Letras prohibidas: la leyenda del Marqués de Sade (Phillip Kaufman, 2000), un recuento de los últimos años de Donatien Alphonse François de Sade, magistralmente encarnado por Geoffrey Rush. Mencionemos también The man who was Peter Pan, de Alan Knee, llevada al cine por Marc Foster como Descubriendo el país de nunca jamás (2004), con Johnny Depp como James Matthew Barrie, o El fantasma de la ópera (Joel Schumacher, 2004) y Sweeney Todd, el barbero demoníaco de la calle Fleet (Tim Burton, 2007), basadas en las obras musicales de Andrew Lloyd Webber y Stephen Sondheim, respectivamente. Y de musicales olvidaba El show del horror de Rocky (Jim Sharman, 1975), basada en la obra de Richard O´Brien.
Aparte coloco el caso de películas que se han adaptado al teatro. En la Ciudad de México, recientemente se llevó a los escenarios El coleccionista, obra basada en la novela homónima de John Fowles, llevada al cine en 1965 por William Wyler. Y también es sonoro el caso de la reciente incursión de Spiderman en Broadway, desastrosa, según las noticias.
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viernes, 21 de enero de 2011
A colgarse de la capa del vampiro

En tiempos recientes, los vampiros han demostrado su rentabilidad como personajes en diferentes medios. Lo demuestra la saga literaria, convertida en películas, de Stephanie Meyer, o las series de televisión True blood –basada en los libros de Charlaine Harris- o The vampire diaries –basada en las novelas de Lisa Jane Smith-. Infame fue resultado de la “secuela oficial” de la novela canónica, que supuestamente escribió un descendiente de Bram Stoker. Lo único que hizo fue lucrar con el buen nombre de su ancestro.
El vampiro es remunerable por innumerables razones: representa nuestros anhelos y temores, la sensualidad desatada, el matrimonio del instinto y la razón y la promesa de la eternidad en una época donde la juventud es un valor. Si no lo creen, pregunten a los púberes empacadores del supermercado que gusten: Una costumbre que tengo, signo de respeto y cortesía, es decirles “señor”. En varias ocasiones me han corregido “¿Cómo que señor? Si tengo apenas 15, ¿o tan viejo me veo?”. Sobra decir que los resultados no siempre son afortunados y ello contribuye a la decepción de muchos de sus admiradores. Y ni qué decir de los estudiosos. Mi amigo Ricardo Bernal piensa que “distraen la atención de otros temas más atractivos del horror”, mientras que Julio Patán cree que es un monstruo que se ha agotado, “símbolo de nuestra vejez”. Un clavo en el ataúd es el plan que el actor y empresario teatral Fred Roldán –cuya infame versión de Pinocho fui obligado a ver en mi infancia- anunció ayer en la radio: llevar nuevamente a escena Drácula, “la verdadera historia de amor que concibió Bram Stoker”. Mi indignación no se hizo esperar. No me queda duda que el hombre sólo ha visto la versión cinematográfica de Francis Ford Coppola (1992) y como en el título y cartel decía Bram Stoker´s Drácula, “love never dies”, dio por cierto que esa era la línea de la novela. Esto hace obvio que nunca ha leído el libro de Stoker, ni siquiera una de sus dignísimas versiones para niños. Es cierto que en medio de las tragedias nacionales esta es irrelevante, pero de que causa horror, causa horror. Y más porque es un musical. Roldán presumió, con gran satisfacción, algunos temas que se usarán en la obra, pésimos todos. Al menos mi amigo Benjamín Vidales me hizo ver el lado bueno: esto lo obligará a dejar su disfraz de Peter Pan –que teñirá de negro- y seguramente usará el mismo arnés para volar sobre el escenario. La fortuna del conde transilvano en el teatro mexicano es cuestionable. ¿Alguien recuerda la ópera gótica del grupo Cristal y acero? Pero hay esperanzas para el vampiro, al menos en otros territorios. Me hace recuperarla la novela Oscura (Suma de letras, 2010), segunda parte de una trilogía escrita por el tapatío Guillermo del Toro y Chuck Hogan. Estoy a unas páginas de terminarla. La comentaré ampliamente en otra ocasión.
jueves, 20 de mayo de 2010
Intermedio mortuorio

En el estudio preliminar a la estupenda antología Horrorscope II, mitos básicos del cine de terror (Nostromo Editores, Madrid, 1974), José Antonio Molina Foix elabora una minuciosa clasificación de los monstruos en las bellas artes. En ella incluye a la Muerte. No como concepto moral, médico, existencial o religioso, sino como personaje. Y es que la tradición literaria nos ha entregado grandes ejemplos de su estancia entre nosotros como entidad física, desde esa novela maravillosa titulada Macario de B. Traven (Compañía General de Editores, 1971), incontables cuentos de Bernardo Couto Castillo, mucha de la narrativa de Juan Rulfo, y un larguísimo etcétera. En el cine ha sido encarnada, en extremos opuestos por Enrique Lucero en la adaptación de la ya citada Macario (Roberto Gavaldón, 1960), por Emma Roldán en El ahijado de la Muerte (Norman Foster, 1946), por Bengt Ekerot en El séptimo sello (Ingmar Bergman, 1957) e Ian McKellen –encarnando a la Muerte de Bergman- en El último gran héroe (John McTiernan, 1993). También la han interpretado Miroslava en La Muerte enamorada (Ernesto Cortázar, 1951) y Brad Pitt en ¿Conoces a Joe Black? (Martin Brest, 1998). Es representada en estas cintas como ancianos decrépitos, casi esqueléticos, o en el pináculo de la belleza física, quizá influenciados por autores como Goethe o Edgar Allan Poe. En el imaginario popular, el pueblo mexicano convive cotidianamente con ella. Le dedica fiestas, inspira alimentos –el tradicional pan de muerto y las calaveritas de azúcar-, cánticos y rimas, e incluso los atrevidos la retan. “La Muerte me pela los dientes”, dicen algunos valientes.
Anteayer vi por enésima vez una película mexicana maravillosa, La Dama del alba (Emilio Gómez Muriel, 1950), adaptación de la pieza teatral homónima de 1944 del español Alejandro Casona (Cátedra, 1985). La programan con relativa frecuencia en la televisión por cable y en el canal 4 de la zona metropolitana de la ciudad de México –lamentablemente nunca la he visto a la venta en DVD-. La cinta es grandiosa, en su trama –el guión de Salvador Elizondo cuenta con textos adicionales de Xavier Villaurrutia-, dirección, reparto y locaciones. La historia es la siguiente: tras la muerte en el lago local de la virtuosa Angélica (Beatriz Aguirre), su hogar se ha sumido en la más profunda tristeza, como si el tiempo se hubiera detenido. Su madre (Fanny Schiller), hermanito (Jaime Calpe), abuelo (el siempre estupendo Andrés Soler), y su flamante esposo Martín (Emilio Tuero), luchan por retomar el rumbo de sus vidas, unos con más éxito que otros. Dos visitantes inesperadas cambian el panorama. La primera es una misteriosa y bella peregrina vestida de negro (María Douglas) y la bella Adela (una radiante Marga López), a quien Martín salva de correr el mismo destino de su amada muerta. El abuelo parece reconocer a la peregrina. Con ella tiene una relación especial. Se trata de La Muerte, quien visita el lugar con un propósito especial. Ambas mujeres, la peregrina y Adela, devuelven la vida a los protagonistas. De la obra de Casona extraigo algunos parlamentos. Demuestran que La Muerte no tiene un trabajo fácil.
ABUELO.- Basta. No pretendas envolverme con palabras. Por hermosa que quieras presentarte yo sé que eres la mala yerba en el trigo y el muérdago en el árbol. ¡Sal de mi casa! No estaré tranquilo hasta que te vea lejos.
PEREGRINA.- Me extraña de ti. Bien está que me imaginen odiosa los cobardes. Pero tú perteneces a un pueblo que ha sabido siempre mirarme de frente. Vuestros poetas me cantaron como a una novia. Vuestros místicos, como una redención. Y el más grande de vuestros sabios me llamó “libertad”. Yo misma se lo oí decir a sus discípulos, mientras se desangraba en el agua del baño: “¿Quieres saber dónde está la verdadera libertad? ¡Todas las venas de tu cuerpo pueden conducirte a ella!”.
ABUELO.- Yo no he leído libros. Sólo sé de ti lo que saben el perro y el caballo.
PEREGRINA.- (Con profunda emoción de queja) Entonces, ¿por qué me condenas sin conocerme bien? ¿Por qué no haces un pequeño esfuerzo para comprenderme? (Soñadora) También yo quisiera adornarme de rosas como las campesinas, vivir entre niños felices y tener un hombre hermoso a quien amar. Pero cuando voy cortar las rosas todo el jardín se me hiela. Cuando los niños juegan conmigo tengo que volver la cabeza por miedo a que se me queden fríos al tocarlos. Y en cuanto a los hombres, ¿de qué me sirve que los más hermosos me busquen a caballo, si al besarlos siento que sus brazos inútiles me resbalan sin fuerza por la cintura? (Desesperada) ¿Comprendes ahora lo amargo de mi destino? Presenciar todos los dolores sin poder llorar… Tener todos los sentimientos de una mujer sin poder usar ninguno… ¡Y estar condenada a matar siempre, siempre, sin poder nunca morir!
sábado, 16 de enero de 2010
Elemental, Dr. Freud

Hace muy poco releí la novela La solución al siete por ciento, escrita por Nicholas Meyer en 1975. Ediciones G. P., con el auspicio de Plaza y Janés, la publicó en 1978 bajo el título Elemental, Dr. Freud. La historia, alternativa a todas luces y presentada como un manuscrito inédito de John H. Watson, narra el encuentro de estos dos exploradores de las zonas oscuras del hombre, Holmes y Freud, y la lucha del primero por librarse de la terrible adicción que inició como un inocuo alivio contra el tedio y prácticamente lo ha consumido. En el proceso los dos personajes unen sus

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Escena 4. Transición. Viena, Suiza. El ladrido de Toby, un sabueso, que corre agitado. Sherlock Holmes lo lleva por la correa. Les sigue el Dr. Watson.
Holmes.- ¡Bien hecho, Toby, muchacho! ¡Eso es, sigue así! Nunca dejará de sorprenderme la capacidad olfatoria de nuestro amigo, Watson.
Watson.- Cierto, Holmes. Sus lectores le adoran.
Holmes.- Nunca perdió el rastro. Ni en el ferrocarril, ni en el vapor, ni en el carruaje.
Toby se detiene frente a una casa y ladra insistentemente.
Holmes.- ¿Es aquí, muchacho?
Más ladridos.
Holmes.- La paciencia rinde frutos Watson. Encontramos a nuestra presa.
Watson.- ¿Aquí se esconde Moriarty?
Holmes.- Es el lugar ideal para una mente criminal de su calibre. Un edificio pequeño, discreto, pero atractivo.
Watson.- ¿Y ahora qué hacemos?
Holmes.- Lo mejor es siempre la acción frontal. Llamemos a la puerta.
Holmes hace sonar una campanilla. Un instante después abre la puerta una doncella.
Doncella.- A sus órdenes.
Holmes.- Somos los señores Sherlock Holmes y John Watson. Buscamos al profesor Moriarty.
Doncella.- Síganme por favor, caballeros. Permítanme encargarme de su mascota. Le daré de comer y beber.
Watson.- Gracias.
Holmes.- Bien, Watson. ¿Qué piensas de esto?
Watson.- No pienso nada.
Holmes.- Y sin embargo es obvio, obvio, aunque increíblemente diabólico. ¿Tomaste precauciones?
Watson.- Traigo mi pistola aquí mismo, Holmes.
Holmes.- Bien, mantente alerta. Es posible que la necesitemos.
Doncella.- Pasen al estudio, por favor. El doctor les recibirá en un momento.
Ambos entran a un estudio. Unos instantes después aparece un hombre con barba, que viste un traje oscuro con una cadena dorada que pende de su chaleco.
Freud.- Buenos días, Herr Holmes. Los estaba esperando.
Holmes.- Puede quitarse esa barba ridícula, Moriarty. Y no use ese acento de cómico de opereta. Se lo advierto, es mejor que confiese o le irá muy mal. ¡El juego ha terminado!
Freud.- No me llamo Moriarty. Mi nombre es Sigmund Freud.
Holmes.- (Enmudece, incrédulo) ¿Usted no es el profesor Moriarty? Pero él estuvo aquí. Toby nunca se equivoca. ¿Dónde está ahora?
Freud.- En un hotel, creo.
Holmes.- (Medita un instante y se vuelve hacia Watson) Tú. ¡Judas! Me has entregado a mis enemigos. Espero que te recompensen bien por todas las molestias que te he causado.
Watson.- (Molesto) ¡Holmes, cómo se atreve siquiera a insinuar eso!
Holmes.- Soy yo y no tú el que debe indignarse. Sin embargo, no seamos tan sutiles. Reconocí tus huellas la otra noche frente a la casa de Moriarty, y me di cuenta que llevabas una maleta pesada, como si fueras a salir de viaje, por largo tiempo. Sólo quiero saber qué planeas hacer ahora, que me tienes en tu poder.
Freud.- Si me permite una palabra, Herr Holmes, creo que está cometiendo una grave injusticia con su amigo. Él no lo trajo hasta aquí para causarle ningún daño. Y en lo que respecta al profesor Moriarty, el doctor Watson y su hermano Mycroft le pagaron una considerable suma para que viajara hasta aquí, con la esperanza de que usted lo siguiera hasta mi puerta.
Holmes.- ¿Y por qué hicieron tal cosa?
Freud.- Porque estaban seguros de que era la única manera en la que podían inducirlo a que me viera.
Holmes.- ¿Y por qué estaban tan ansiosos de que eso ocurriera?
Freud.- ¿Qué razón se le ocurre a usted? Vamos, soy un devoto lector de sus casos y acabo de ver una pequeña muestra de sus sorprendentes facultades. ¿Quién soy? ¿Y por qué están tan ansiosos sus amigos de que nos conociéramos?
Holmes.- Además del hecho de que usted es un brillante médico judío nacido en Hungría, que estudió durante algún tiempo en Paris, y de que algunas teorías suyas, muy radicales, han alienado a la respetable comunidad médica a tal punto que usted ha llegado a cortar relaciones con varios hospitales y sociedades, además del hecho de que como resultado ha dejado de ejercer su profesión, poco puedo deducir. Está casado, posee sentido del honor, le gusta jugar a las cartas, leer a Shakespeare y a un autor ruso cuyo nombre no soy capaz de pronunciar. Poco puedo decir que sea de interés.
Freud.- ¡Magnífico!
Holmes.- Nada fuera de lo común. Sigo esperando una explicación por este intolerable ardid, si es que fue un ardid. El doctor Watson le puede decir que es muy peligroso que me aleje de Londres. Mi ausencia genera en las clases criminales una excitación poco saludable.
Freud.- Sin embargo, me gustaría saber cómo adivinó esos detalles de mi vida con una exactitud tan sorprendente.
Holmes.- Yo nunca adivino. Es un hábito terrible que destruye la capacidad lógica. Un estudio privado es el lugar ideal para observar las facetas del carácter de un hombre. Que el estudio le pertenece, exclusivamente, es evidente por el polvo. Ni siquiera se le permite entrar a la doncella, o no se habría atrevido a dejar que se llegara a ese punto.
Freud.- Fascinante. Siga, por favor.
Holmes.- Cuando a un hombre le interesa la religión, y posee una muy buena biblioteca, por lo general guarda todos los libros sobre el tema en un solo lugar. Sin embargo, sus ediciones del Corán, la Biblia en la edición del Rey Jaime, el Libro de los Mormones, y varias otras obras de naturaleza similar están separadas -del otro lado, en realidad-, de sus elegantes ediciones del Talmud y la Biblia en hebreo. Éstas, por lo tanto, no son parte de sus estudios simplemente, sino que tienen alguna importancia especial. ¿Y cuál podría ser, excepto que usted es de la fe judía? El candelabro de nueve brazos sobre su escritorio confirma mi interpretación. Se llama Menorah, ¿no? Ahora bien. Sus estudios en Francia se infieren por la gran cantidad de obras médicas que posee en francés, incluyendo un número importante de alguien llamado Charcot. La Medicina ya es compleja por sí misma para que se estudie en un idioma extranjero por diversión. Además, el hecho de que estos volúmenes estén gastados habla claramente de las muchas horas que ha pasado leyéndolos. ¿Y adónde más podría un estudiante alemán leer textos de Medicina en francés, si no en Francia? Es más aventurado, pero el hecho de que estén tan gastadas esas obras de Charcot –cuyo nombre parece contemporáneo- me hace sugerir que él fue su propio mentor; o si no, sus libros tienen una atracción especial, relacionada con el desarrollo de sus propias ideas. Puede darse por sentado que sólo una mente brillante podría penetrar los misterios de la Medicina en una lengua extranjera, para no decir nada del hecho de que se ocupe de tal amplitud de temas, como demuestran los libros de esta biblioteca. Que lee a Shakespeare se deduce del hecho de que el libro haya sido puesto al revés. Es imposible no notarlo en medio de la literatura inglesa, pero el que no lo haya arreglado me hace pensar que sin duda intenta volver a sacarlo en un futuro cercano, lo que me lleva a pensar que le gusta leerlo. Debe sentirse halagado Watson, aquí hay varios de sus libros –Estudio en escarlata, El signo de los cuatro, El sabueso de los Baskerville-. Y con respecto al autor ruso...
Freud.- Dostoievski.
Holmes.- Dostoievski... la falta de polvo en el libro, que también falta en Shakespeare, incidentalmente, proclama su interés por él. Que es médico es obvio, ya que veo su diploma en aquella pared. Que ya no ejerce la Medicina es evidente por su presencia aquí en casa en la mitad del día, y no hay aparente ansiedad de su parte por cumplir un horario. Su separación de varias sociedades está indicada por esos espacios en la pared, que claramente están destinados a exhibir otros certificados. El color de la pintura allí es algo más oscuro, en pequeños rectángulos, y una silueta trazada por el polvo revela que estaban ocupados. Ahora bien, ¿qué puede obligar a un hombre a quitar los testimonios de sus éxitos? Creo que el que haya dejado de estar afiliado con todas esas sociedades. ¿Y por qué hacerlo, ya que alguna vez se molestó en relacionarse con ellas? Es posible que se haya desengañado de una o dos, pero no probable que se haya decepcionado de todas, y al mismo tiempo. Por lo tanto, llego a la conclusión de que fueron ellas quienes se desengañaron de usted, doctor, y le pidieron que renunciara como miembro. ¿Y por qué iban a hacer tal cosa, y simultáneamente, según atestigua la pared? Usted sigue viviendo plácidamente en la misma ciudad donde todo esto ha sucedido, por lo que alguna posición que ha tomado usted –evidentemente profesional- lo ha desacreditado ante sus ojos y como reacción ellas –y todas ellas- le han pedido que se vaya. ¿Cuál puede ser esta posición? No tengo idea, pero su biblioteca, como hice notar anteriormente, evidencia una mente de gran alcance, inquisitiva y brillante. Por eso me tomo la libertad de postular alguna especie de teoría radical, demasiado avanzada o escandalosa para ser aceptada de inmediato por el pensamiento médico actual. Posiblemente la teoría está relacionada con la obra de Monsieur Charcot, que parece haberlo influenciado. Aunque eso no es seguro. Su matrimonio sí lo es. Está claramente proclamado por el anillo de su mano izquierda, y su acento balcánico sugiere Hungría o Moravia. No sé si he omitido algo de importancia en mis conclusiones.
Freud.- Dijo que poseía sentido del honor.
Holmes.- Espero que lo posea. Lo inferí del hecho de que se preocupara en quitar las placas y testimonios de esas sociedades que han dejado de reconocerlo. En privado, en su propia casa, podría haber permitido que siguieran en el mismo lugar.
Freud.- ¿Y mi amor por los naipes?
Holmes.- Ah, ese es un punto que requiere mayor sutileza, pero no voy a insultar su intelecto describiendo cómo llegué a esa conclusión. Ahora, le pido que me diga por qué he tenido que venir hasta aquí para verlo. No fue simplemente para una demostración tan elemental como la que acabo de hacer.
Freud.- Le pregunté antes qué pensaba usted que lo había causado.
Holmes.- No tengo la menor idea. Si está en dificultades, dígalo, y haré lo que pueda para ayudarlo.
Freud.- Entonces es usted el que está siendo ilógico. Como ha deducido tan hábilmente, yo no estoy en dificultades. Y como ha señalado también, el método que se usó para traerlo no fue nada ortodoxo. Está claro que no creíamos que usted viniera por propia voluntad. ¿No le sugiere nada eso?
Holmes.- Que yo no hubiera querido venir.
Freud.- Precisamente. ¿Y por qué? No porque temiera que le causáramos algún mal. Yo podría ser su enemigo, incluso el profesor Moriarty podría serlo también. Incluso, perdóneme, el doctor Watson. ¿Pero es probable que su hermano se uniera a nosotros? ¿Es probable que todos estemos unidos en contra de usted? ¿Con qué propósito? Si no es para hacerle mal, tal vez sea para hacerle bien. ¿No había pensado en eso?
Holmes.- ¿Y qué bien podría ser?
Freud.- ¿No se lo imagina?
Holmes.- Nunca imagino nada. Y no puedo pensar ahora.
Freud.- ¿No? Entonces, es usted quien no está siendo sincero, Herr Holmes. Porque usted padece un abominable vicio, y prefiere insultar a sus amigos, que se han unido para ayudarlo a que se libere de ese yugo, antes de admitir su propia responsabilidad. Me decepciona, señor. ¿Éste es el Sherlock Holmes de quien tanto he leído? ¿El hombre que he llegado a admirar no sólo por su cerebro sino también por su caballerosidad principesca, su pasión por la justicia, su compasión por el que sufre? No puedo creer que esté tan sojuzgado por el poder de la droga que, en el fondo de su corazón, se niegue a reconocer su dificultad al mismo tiempo que su hipocresía al condenar a sus fieles amigos que, sólo por el amor a usted y su preocupación por su bienestar, se han molestado tanto.
Holmes.- (Guarda silencio, luego su voz se quiebra) Soy culpable de ello. No tengo excusa. Pero en lo que se refiere a ayuda, deben olvidarse de ello. Estoy en las garras de esta enfermedad diabólica, y debo consumirme. No traten de convencerme. No deben hacerlo. He recurrido a toda mi fuerza de voluntad para liberarme de este horrible hábito, y no he podido hacerlo. Y si yo, utilizando toda mi resolución, no puedo triunfar, ¿qué posibilidad tiene usted? Una vez que un hombre da un paso en falso, sus pies se encaminan para siempre por el sendero de la destrucción.
Freud.- Sus pies no se encaminan inexorablemente por ese camino. Un hombre puede darse vuelta y abandonar ese sendero, aunque eso requiere ayuda. El primer paso no es necesariamente fatal.
Holmes.- Siempre lo es. Ningún hombre ha hecho lo que dice usted.
Freud.- Yo lo hice.
Holmes.- ¿Usted?
Freud.- He tomado cocaína y estoy libre de su poder. Si me permite, lo ayudaré a liberarse también.
Holmes.- No puede hacerlo...
Freud.- Puedo hacerlo.
Holmes.- ¿Cómo?
Freud.- Llevará tiempo, y no será fácil. He dispuesto que se queden en mi casa, como mis huéspedes, mientras dure su recuperación. ¿Le agrada eso?
Holmes.- ¡Es inútil! ¡En este momento me domina la horrenda compulsión!
Freud.- Puedo detener esa ansiedad... por un tiempo. Siéntese, por favor. ¿Sabe algo acerca del hipnotismo?
Holmes.- Algo. ¿Se propone hacerme ladrar como un perro y que me arrastre a cuatro patas?
Freud.- (Ríe) Si coopera, si confía en mí, puedo disminuir sus deseos por la droga por un tiempo. La próxima vez que se ejerza su atracción, lo volveré a hipnotizar. De esta forma, reduciremos de manera artificial su necesidad hasta que la química de su cuerpo complete el proceso. ¿Está de acuerdo?
Holmes.- (Asiente con un gesto)
Freud.- Bien. (Se coloca frente a él, saca el reloj de su chaleco y comienza a balancearlo ante los ojos de Holmes) Quiero que se siente derecho y mire fijamente el reloj.
Unos instantes después, Holmes queda dormido. Freud se vuelve inmediatamente hacia Watson.
Freud.- ¡Rápido! Debemos revisar todas sus pertenencias.
Transición.
domingo, 1 de noviembre de 2009
Altar de muertos.
Feliz no cumpleaños, José Roberto Hill.
Manuel Núñez Nava
Alguien en el radio dice que moriste asesinado en circunstancias violentas que no se han podido precisar, anoche, en tu domicilio, mientras yo, ausente, dormía cobijado y seguro. Como una picadura de alacrán, como algo que al principio casi ni se siente, el estupor me invade y entorpece lentamente.
¿Cómo articular una palabra?
¿Cómo hilar un pensamiento?
¿Cómo imaginar siquiera semejante cosa?
Tú eres noble y manso y tu sonrisa siempre es limpia. (Yo canto tu gracia, tu eterna jovialidad, tu discreto donaire. Yo digo aquí y ahora que eres gallardo y gentil y que hablas como se debe hablar, como poeta.) Eres el varón bienaventurado que no anduvo en consejo de malos ni en silla de escarnecedores se sentó. Tú eres un dulce hermano, un alma buena, un espíritu amable, un ser para el placer, una fuente de luz.
(¿Y esta rabia sin adjetivos? ¿Y este dolor que taladra ferozmente las sienes como algo inaudible? Siento en pleno rostro la contundencia del golpe que te aturde. Siento tu asombro, tu impotencia. Me paraliza tu terror. Me muero de tu asfixia. ¿Por qué nadie hace nada? ¿Por qué no se detiene el mundo entero a llorar, a maldecir, a exigir castigo para ese hijo de malamadre que anda vivo por ahí?)
Tú penetraste el secreto. No estás ahora en otra parte, estás aquí y sonríes, transfigurado. Hermano, la muerte no existe. Aprendiste esto cuando tu único deseo fue mostrarle a tu hermano que él jamás te hirió. Él cree que tiene las manos manchadas de tu sangre, y, por lo tanto, que está condenado. Mas se te ha concedido poder mostrarle, mediante tu curación, que su culpabilidad no es sino la trama de un sueño absurdo.
La muerte no existe. Lo único que existe es la vida y la función de la vida no puede ser morir. Tiene que ser la extensión de la vida, para que sea eternamente una para siempre y sin final.
El odio es algo concreto. Tiene que tener un blanco. Tiene que percibir un enemigo de tal forma que éste se pueda tocar, ver, oír y finalmente matar. Cuando el odio se posa sobre algo, exige su muerte tan inequívocamente como la Voz de Dios proclama que la muerte no existe. El miedo es insaciable y consume todo cuanto sus ojos contemplan, y al verse a sí mismo en todo, se siente impulsado a volverse contra sí mismo y destruirse.
Quien ve a un hermano como un cuerpo lo ve como el símbolo del miedo. Y lo atacará, pues lo que contempla es su propio miedo proyectado fuera de sí mismo, listo para atacar, y pidiendo a gritos volver a unirse a él otra vez. No subestimes la intensidad de la furia que puede producir el miedo que ha sido proyectado. Chilla de rabia y da zarpazos en el aire deseando frenéticamente echarle mano a su hacedor y devorarlo. Pero la muerte no existe. El Hijo de Dios es libre.
Manuel Núñez Nava
Alguien en el radio dice que moriste asesinado en circunstancias violentas que no se han podido precisar, anoche, en tu domicilio, mientras yo, ausente, dormía cobijado y seguro. Como una picadura de alacrán, como algo que al principio casi ni se siente, el estupor me invade y entorpece lentamente.
¿Cómo articular una palabra?
¿Cómo hilar un pensamiento?
¿Cómo imaginar siquiera semejante cosa?
Tú eres noble y manso y tu sonrisa siempre es limpia. (Yo canto tu gracia, tu eterna jovialidad, tu discreto donaire. Yo digo aquí y ahora que eres gallardo y gentil y que hablas como se debe hablar, como poeta.) Eres el varón bienaventurado que no anduvo en consejo de malos ni en silla de escarnecedores se sentó. Tú eres un dulce hermano, un alma buena, un espíritu amable, un ser para el placer, una fuente de luz.
(¿Y esta rabia sin adjetivos? ¿Y este dolor que taladra ferozmente las sienes como algo inaudible? Siento en pleno rostro la contundencia del golpe que te aturde. Siento tu asombro, tu impotencia. Me paraliza tu terror. Me muero de tu asfixia. ¿Por qué nadie hace nada? ¿Por qué no se detiene el mundo entero a llorar, a maldecir, a exigir castigo para ese hijo de malamadre que anda vivo por ahí?)
Tú penetraste el secreto. No estás ahora en otra parte, estás aquí y sonríes, transfigurado. Hermano, la muerte no existe. Aprendiste esto cuando tu único deseo fue mostrarle a tu hermano que él jamás te hirió. Él cree que tiene las manos manchadas de tu sangre, y, por lo tanto, que está condenado. Mas se te ha concedido poder mostrarle, mediante tu curación, que su culpabilidad no es sino la trama de un sueño absurdo.
La muerte no existe. Lo único que existe es la vida y la función de la vida no puede ser morir. Tiene que ser la extensión de la vida, para que sea eternamente una para siempre y sin final.
El odio es algo concreto. Tiene que tener un blanco. Tiene que percibir un enemigo de tal forma que éste se pueda tocar, ver, oír y finalmente matar. Cuando el odio se posa sobre algo, exige su muerte tan inequívocamente como la Voz de Dios proclama que la muerte no existe. El miedo es insaciable y consume todo cuanto sus ojos contemplan, y al verse a sí mismo en todo, se siente impulsado a volverse contra sí mismo y destruirse.
Quien ve a un hermano como un cuerpo lo ve como el símbolo del miedo. Y lo atacará, pues lo que contempla es su propio miedo proyectado fuera de sí mismo, listo para atacar, y pidiendo a gritos volver a unirse a él otra vez. No subestimes la intensidad de la furia que puede producir el miedo que ha sido proyectado. Chilla de rabia y da zarpazos en el aire deseando frenéticamente echarle mano a su hacedor y devorarlo. Pero la muerte no existe. El Hijo de Dios es libre.
martes, 6 de octubre de 2009
En el 160 aniversario luctuoso de Edgar Allan Poe.

En el ensayo que Julio Cortázar dedica al mito literario llamado Edgar Allan Poe, da cuenta del testimonio hecho por el Dr. John Moran, el médico que asistió al poeta maldito en sus últimas horas: “Estaba ya perdido para el mundo, a solas en su particular infiero de vida, entregado definitivamente a sus visiones [...] El resto de sus fuerzas [...] se quemó en terribles alucinaciones, en luchar contra las enfermeras que lo sujetaban, en llamar desesperadamente a Reynolds, el explorador polar que había influido en la composición de Gordon Pym y que misteriosamente se convertía en el símbolo final de esas tierras del más allá que Edgar parecía estar viendo, así como Pym había entrevisto la gigantesca imagen de hielo en el último instante de la novela [...] Como le dijeran que estaba muy grave, rectificó: No quiero decir eso. Quiero saber si hay alguna esperanza para un miserable como yo. Murió a las tres de la madrugada del 7 de octubre de 1849. Que Dios ayude a mi pobre alma, fueron sus últimas palabras”.
La noche que murió Poe es la historia conjetural, en un acto, de lo ocurrido esa noche de otoño en la sombría habitación de un hospital de Baltimore. La escribí basándome en la vida y obra del poeta. Me permito reproducir la primera escena del texto como mi humilde homenaje en el 160 aniversario de su fallecimiento.
Escena 1
Edgar
Una sombría habitación en el Washington College Hospital. Se escuchan los ecos de lamentos y quejidos de otros pacientes. En el extremo derecho del cuarto yace postrado en una cama Edgar Allan Poe, cubierto por una sábana blanca que pretende hacer juego con la bata que viste. Se convulsiona en el lecho. Su cabello y bigote negros acentúan su tez mortalmente pálida. Está bañado en sudor, atormentado por terribles alucinaciones, en algún lugar entre el sueño y la conciencia. Se escucha repentinamente el tañer de las campanas de una iglesia cercana. Anuncian la medianoche.
Poe.- Escuchad las sonoras campanas. ¡Qué historia aterradora presagian excitadas! ¡Cómo llenan de histéricos aullidos el aturdido oído nocherniego! ¡Cómo rechinan, chocan y braman! ¡Cuánta desesperación derraman en el seno de aire palpitante! Pero el oído sin duda intuye, en el talán y el repicar, cómo el peligro crece o huye...
Silencio. Se escucha repentinamente un golpe en la puerta. Poe se sobresalta.
Poe.- ¿Quién llama a mi puerta? Acaso un visitante que a deshora a mi cuarto quiere entrar. Eso es todo, y nada más. Señor o señora, en verdad vuestro perdón imploro, mas el caso es que, adormilado cuando vinisteis a tocar quedamente, tan quedo vinisteis a llamar, a llamar a la puerta de mi cuarto, que apenas pude creer que os oía. Ciertamente, ciertamente algo sucede en la reja de mi ventana. Dejad, pues, que vea lo que sucede allí, y así penetrar pueda en el misterio. Dejad que a mi corazón llegue un momento el silencio, y así penetrar pueda en el misterio.
Se escucha una puerta que se azota y el aleteo y graznido de un cuervo. Poe sigue con su mirada, sobresaltado, su presencia invisible hasta el dintel de la puerta de la habitación.
Poe.- Aun con tu cresta cercenada y mocha, no serás un cobarde, hórrido cuervo vetusto y amenazador. Evadido de la ribera nocturna. ¡Dime cuál es tu nombre en la ribera de la Noche Plutónica!
Voz en off.- Nunca más.
Poe.- Otros amigos se han ido antes; mañana él también me dejará, como me abandonaron mis esperanzas.
Voz en off.- Nunca más.
Poe.- ¡Profeta! ¡Cosa diabólica! ¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio enviado por el Tentador, o arrojado por la tempestad a este refugio desolado e impávido, a esta desértica tierra encantada, a este hogar hechizado por el horror! Profeta, dime, en verdad te lo imploro, ¿hay, dime, hay bálsamo en Galaad? ¡Dime, dime, te imploro!
Voz en off.- Nunca más.
Poe.- ¡Sea esa palabra nuestra señal de partida pájaro o espíritu maligno! ¡Vuelve a la tempestad. No dejes pluma negra alguna, prenda de la mentira que profirió tu espíritu! Deja mi soledad intacta. Aparta tu pico de mi corazón y tu figura del dintel de mi puerta.
Voz en off.- Nunca más... nunca más... nunca más... nunca más... nunca más...
Poe.- (Se lleva las manos a la cara y comienza a gritar desesperado) Nunca más... nunca más... nunca más... ¡Reynolds! ¡Reynolds!
Entra en la habitación Miss Harold, la enfermera, alarmada por los gritos de Poe. Trata de controlarlo.
Miss Harold.- Señor Poe, cálmese, por favor. Tiene que calmarse.
Poe.- ¡Reynolds! ¡Necesito ver a Reynolds!
Miss Harold.- (Se sienta en la cama y lo sujeta) Aquí no hay nadie con ese nombre, señor Poe, se lo he dicho mil veces. Por favor tranquilícese o el doctor Moran ordenará que lo atemos de nuevo.
Poe.- Necesito hablar con Reynolds, es cuestión de vida o muerte. Mi alma inmortal depende de ello. ¡Reynolds! ¡Reynolds!
Miss Harold.- Cálmese ya. Todo fue un sueño.
Poe.- (La mira, desconcertado) ¿Un sueño? Ojalá mi vida joven fuera un sueño duradero, y mi espíritu durmiera hasta que el rayo certero de la eternidad anunciara el nuevo día (se tranquiliza).
Miss Harold.- En unas horas amanecerá y se sentirá mejor, ya lo verá.
Poe.- (Desconcertado) ¿Quién eres tú, ángel sereno, que ha venido a confortarme en estas horas aciagas? ¿Virginia? ¿Virginia, eres tú?
Miss Harold.- No, señor Poe. Soy Miss Harold, su enfermera. ¿No me recuerda?
Poe.- Por supuesto que la recuerdo. Sólo es que todo es tan... confuso. He perdido la noción el tiempo. No sé si es día o noche. Transito por un camino oscuro y yermo. Me siento cansado, muy cansado.
Miss Harold.- Duerma, duerma. Todo va a estar bien.
Poe se sume de nuevo en la inconsciencia, balbucea palabras ininteligibles. La enfermera toca su frente. Toma un recipiente con agua, moja un paño, y comienza a enjuagarle el sudor.
Miss Harold.- Pobre alma desdichada. Si tan sólo pudiéramos hacer algo para mitigar su sufrimiento.
Se abre la puerta. Entra el doctor John Moran. Es un hombre en sus cuarentas que viste bata blanca y lleva un expediente médico en la mano.
Dr. Moran.- ¿Alguna mejoría?
Miss Harold mueve la cabeza, negativamente.
Dr. Moran.- ¿Ha logrado retener alimentos?
Miss Harold vuelve a negar con la cabeza.
Dr. Moran.- No me sorprende. Mañana cumplirá aquí cuatro días y no responde al tratamiento. El deterioro es más avanzado de lo que esperé.
Miss Harold.- ¿Averiguó quién es ese Reynolds, a quien llama insistentemente?
Dr. Moran.- No. Esta mañana escribí un telegrama a su tía, una señora llamada María Clemm, y me respondió que no hay nadie con ese nombre entre sus familiares y amigos, que en realidad son muy pocos.
Poe.- (Como débiles susurros) Muddie, mi amada Muddie.
Miss Harold.- ¿Y en su trabajo?
Dr. Moran.- Nada. A decir verdad, el señor Poe no es un hombre muy apreciado en su gremio. Y no me sorprende. Su vicio y la agudeza de su pluma le han ganado varias enemistades.
Miss Harold.- ¿A qué se refiere?
Dr. Moran.- Un crítico literario, como lo es el señor Poe, siempre ofende susceptibilidades. Por sólo citar un ejemplo, me entrevisté con un señor Griswold, un editor que trabajó con él hace tiempo, quien sólo usa palabras como “ebrio”, “drogadicto” y “loco” para describirlo.
Miss Harold.- Qué terrible manera de expresarse de alguien.
Dr. Moran.- Y a decir verdad, su estado físico y la naturaleza de su obra parecen confirmarlo.
Miss Harold.- ¿Todo lo que se dice sobre él es cierto?
Dr. Moran.- Al menos la mayor parte. ¿Ha leído alguno de sus cuentos?
Miss Harold.- No.
Dr. Moran.- Y no se lo recomiendo.
Miss Harold.- ¿Es un mal escritor?
Dr. Moran.- Por el contrario. Creo que no me expresé correctamente. Es brillante, excepcional, mil millas por encima de otros autores que he leído. Me refería a sus temas, mórbidos, escandalosos, terribles. Créame, le provocarían pesadillas.
Miss Harold.- ¿Qué tuvo que sucederle a este hombre para llegar a este estado?
Dr. Moran.- ¿Estaba usted de guardia el día que lo internaron?
Miss Harold.- No.
Dr. Moran.- El Dr. Snodgrass recibió un mensaje de un caballero de apellido Walker. En la nota le informaba de un hombre que halló en la taberna de Ryan, al parecer completamente ebrio, que se encontraba mentalmente perturbado y precisaba asistencia médica urgente.
Miss Harold.- ¿Era el señor Poe?
Dr. Moran.- (Asiente con la cabeza) El Dr. Snodgrass acudió a la taberna de inmediato y comprobó la gravedad de su estado. Lo trajo al hospital y lo puso bajo mi cuidado. Debió haberlo visto. Su condición era alarmante, gritaba y forcejeaba con los enfermeros. Se necesitaron cinco personas para someterlo. En mi experiencia no había visto un caso igual.
Miss Harold.- Dios mío. ¿Y no había nadie más con él? ¿Algún compañero de borrachera?
Dr. Moran.- Nadie. Tampoco llevaba nada consigo, ni dinero, ni objetos de valor, ni identificación alguna. Hubiera pasado por un pobre indigente si no lo hubiera reconocido. Su aspecto era terrible, y no sólo en lo físico. Su ropa estaba en el peor estado, sucia, andrajosa. La única prenda en regular estado era esa capa negra (señala el ropaje en el perchero, al fondo de la habitación). Luchó como una fiera cuando tratamos de quitársela, así que optamos por dejarla cerca de él.
Miss Harold.- (Suspira) Pobre hombre. ¿Hay alguna esperanza para él?
Dr. Moran.- Hemos agotado todos nuestros recursos, y no parecen surtir efecto. Las alucinaciones y el delirium tremens son las fases más graves del alcoholismo. Pocos han sobrevivido a ellas. Su corazón y su cerebro están pagando las consecuencias de su vida disipada. Sólo podemos esperar un desenlace fatal.
Miss Harold.- ¿Entonces no queda nada más por hacer?
Dr. Moran.- Sólo hacer sus últimas horas lo más confortables que podamos.
Moran se dirige a la puerta.
Miss Harold.- Su tía.
Dr. Moran.- (Se detiene) ¿Si?
Miss Harold.- Acaba de mencionar a una tía. ¿No cree que debería estar a su lado, en el último momento?
Dr. Moran.- (Suspira) No le informé los detalles de la condición del señor Poe. Es una mujer de edad avanzada, enferma. Sufriría demasiado. Sería devastador para ella verle en este estado.
Miss Harold.- Nadie debería de morir así.
Dr. Moran.- Tiene razón, pero ya no está en nuestra manos.
Sale Moran. Miss Harold toma de la mano a Poe, se levanta y se dispone a apagar la lámpara de gas de la pared. Edgar la detiene.
Poe.- Por favor, no. Déjela encendida. No quiero que la oscuridad me devore.
Miss Harold obedece, le ofrece una sonrisa compasiva y sale de la habitación.
Poe.- No quiero transitar solo por ese camino oscuro y yermo que asolan ángeles enfermos, donde la Noche es el icono que reina erguido en su negro trono.
Poe.- Escuchad las sonoras campanas. ¡Qué historia aterradora presagian excitadas! ¡Cómo llenan de histéricos aullidos el aturdido oído nocherniego! ¡Cómo rechinan, chocan y braman! ¡Cuánta desesperación derraman en el seno de aire palpitante! Pero el oído sin duda intuye, en el talán y el repicar, cómo el peligro crece o huye...
Silencio. Se escucha repentinamente un golpe en la puerta. Poe se sobresalta.
Poe.- ¿Quién llama a mi puerta? Acaso un visitante que a deshora a mi cuarto quiere entrar. Eso es todo, y nada más. Señor o señora, en verdad vuestro perdón imploro, mas el caso es que, adormilado cuando vinisteis a tocar quedamente, tan quedo vinisteis a llamar, a llamar a la puerta de mi cuarto, que apenas pude creer que os oía. Ciertamente, ciertamente algo sucede en la reja de mi ventana. Dejad, pues, que vea lo que sucede allí, y así penetrar pueda en el misterio. Dejad que a mi corazón llegue un momento el silencio, y así penetrar pueda en el misterio.
Se escucha una puerta que se azota y el aleteo y graznido de un cuervo. Poe sigue con su mirada, sobresaltado, su presencia invisible hasta el dintel de la puerta de la habitación.
Poe.- Aun con tu cresta cercenada y mocha, no serás un cobarde, hórrido cuervo vetusto y amenazador. Evadido de la ribera nocturna. ¡Dime cuál es tu nombre en la ribera de la Noche Plutónica!
Voz en off.- Nunca más.
Poe.- Otros amigos se han ido antes; mañana él también me dejará, como me abandonaron mis esperanzas.
Voz en off.- Nunca más.
Poe.- ¡Profeta! ¡Cosa diabólica! ¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio enviado por el Tentador, o arrojado por la tempestad a este refugio desolado e impávido, a esta desértica tierra encantada, a este hogar hechizado por el horror! Profeta, dime, en verdad te lo imploro, ¿hay, dime, hay bálsamo en Galaad? ¡Dime, dime, te imploro!
Voz en off.- Nunca más.
Poe.- ¡Sea esa palabra nuestra señal de partida pájaro o espíritu maligno! ¡Vuelve a la tempestad. No dejes pluma negra alguna, prenda de la mentira que profirió tu espíritu! Deja mi soledad intacta. Aparta tu pico de mi corazón y tu figura del dintel de mi puerta.
Voz en off.- Nunca más... nunca más... nunca más... nunca más... nunca más...
Poe.- (Se lleva las manos a la cara y comienza a gritar desesperado) Nunca más... nunca más... nunca más... ¡Reynolds! ¡Reynolds!
Entra en la habitación Miss Harold, la enfermera, alarmada por los gritos de Poe. Trata de controlarlo.
Miss Harold.- Señor Poe, cálmese, por favor. Tiene que calmarse.
Poe.- ¡Reynolds! ¡Necesito ver a Reynolds!
Miss Harold.- (Se sienta en la cama y lo sujeta) Aquí no hay nadie con ese nombre, señor Poe, se lo he dicho mil veces. Por favor tranquilícese o el doctor Moran ordenará que lo atemos de nuevo.
Poe.- Necesito hablar con Reynolds, es cuestión de vida o muerte. Mi alma inmortal depende de ello. ¡Reynolds! ¡Reynolds!
Miss Harold.- Cálmese ya. Todo fue un sueño.
Poe.- (La mira, desconcertado) ¿Un sueño? Ojalá mi vida joven fuera un sueño duradero, y mi espíritu durmiera hasta que el rayo certero de la eternidad anunciara el nuevo día (se tranquiliza).
Miss Harold.- En unas horas amanecerá y se sentirá mejor, ya lo verá.
Poe.- (Desconcertado) ¿Quién eres tú, ángel sereno, que ha venido a confortarme en estas horas aciagas? ¿Virginia? ¿Virginia, eres tú?
Miss Harold.- No, señor Poe. Soy Miss Harold, su enfermera. ¿No me recuerda?
Poe.- Por supuesto que la recuerdo. Sólo es que todo es tan... confuso. He perdido la noción el tiempo. No sé si es día o noche. Transito por un camino oscuro y yermo. Me siento cansado, muy cansado.
Miss Harold.- Duerma, duerma. Todo va a estar bien.
Poe se sume de nuevo en la inconsciencia, balbucea palabras ininteligibles. La enfermera toca su frente. Toma un recipiente con agua, moja un paño, y comienza a enjuagarle el sudor.
Miss Harold.- Pobre alma desdichada. Si tan sólo pudiéramos hacer algo para mitigar su sufrimiento.
Se abre la puerta. Entra el doctor John Moran. Es un hombre en sus cuarentas que viste bata blanca y lleva un expediente médico en la mano.
Dr. Moran.- ¿Alguna mejoría?
Miss Harold mueve la cabeza, negativamente.
Dr. Moran.- ¿Ha logrado retener alimentos?
Miss Harold vuelve a negar con la cabeza.
Dr. Moran.- No me sorprende. Mañana cumplirá aquí cuatro días y no responde al tratamiento. El deterioro es más avanzado de lo que esperé.
Miss Harold.- ¿Averiguó quién es ese Reynolds, a quien llama insistentemente?
Dr. Moran.- No. Esta mañana escribí un telegrama a su tía, una señora llamada María Clemm, y me respondió que no hay nadie con ese nombre entre sus familiares y amigos, que en realidad son muy pocos.
Poe.- (Como débiles susurros) Muddie, mi amada Muddie.
Miss Harold.- ¿Y en su trabajo?
Dr. Moran.- Nada. A decir verdad, el señor Poe no es un hombre muy apreciado en su gremio. Y no me sorprende. Su vicio y la agudeza de su pluma le han ganado varias enemistades.
Miss Harold.- ¿A qué se refiere?
Dr. Moran.- Un crítico literario, como lo es el señor Poe, siempre ofende susceptibilidades. Por sólo citar un ejemplo, me entrevisté con un señor Griswold, un editor que trabajó con él hace tiempo, quien sólo usa palabras como “ebrio”, “drogadicto” y “loco” para describirlo.
Miss Harold.- Qué terrible manera de expresarse de alguien.
Dr. Moran.- Y a decir verdad, su estado físico y la naturaleza de su obra parecen confirmarlo.
Miss Harold.- ¿Todo lo que se dice sobre él es cierto?
Dr. Moran.- Al menos la mayor parte. ¿Ha leído alguno de sus cuentos?
Miss Harold.- No.
Dr. Moran.- Y no se lo recomiendo.
Miss Harold.- ¿Es un mal escritor?
Dr. Moran.- Por el contrario. Creo que no me expresé correctamente. Es brillante, excepcional, mil millas por encima de otros autores que he leído. Me refería a sus temas, mórbidos, escandalosos, terribles. Créame, le provocarían pesadillas.
Miss Harold.- ¿Qué tuvo que sucederle a este hombre para llegar a este estado?
Dr. Moran.- ¿Estaba usted de guardia el día que lo internaron?
Miss Harold.- No.
Dr. Moran.- El Dr. Snodgrass recibió un mensaje de un caballero de apellido Walker. En la nota le informaba de un hombre que halló en la taberna de Ryan, al parecer completamente ebrio, que se encontraba mentalmente perturbado y precisaba asistencia médica urgente.
Miss Harold.- ¿Era el señor Poe?
Dr. Moran.- (Asiente con la cabeza) El Dr. Snodgrass acudió a la taberna de inmediato y comprobó la gravedad de su estado. Lo trajo al hospital y lo puso bajo mi cuidado. Debió haberlo visto. Su condición era alarmante, gritaba y forcejeaba con los enfermeros. Se necesitaron cinco personas para someterlo. En mi experiencia no había visto un caso igual.
Miss Harold.- Dios mío. ¿Y no había nadie más con él? ¿Algún compañero de borrachera?
Dr. Moran.- Nadie. Tampoco llevaba nada consigo, ni dinero, ni objetos de valor, ni identificación alguna. Hubiera pasado por un pobre indigente si no lo hubiera reconocido. Su aspecto era terrible, y no sólo en lo físico. Su ropa estaba en el peor estado, sucia, andrajosa. La única prenda en regular estado era esa capa negra (señala el ropaje en el perchero, al fondo de la habitación). Luchó como una fiera cuando tratamos de quitársela, así que optamos por dejarla cerca de él.
Miss Harold.- (Suspira) Pobre hombre. ¿Hay alguna esperanza para él?
Dr. Moran.- Hemos agotado todos nuestros recursos, y no parecen surtir efecto. Las alucinaciones y el delirium tremens son las fases más graves del alcoholismo. Pocos han sobrevivido a ellas. Su corazón y su cerebro están pagando las consecuencias de su vida disipada. Sólo podemos esperar un desenlace fatal.
Miss Harold.- ¿Entonces no queda nada más por hacer?
Dr. Moran.- Sólo hacer sus últimas horas lo más confortables que podamos.
Moran se dirige a la puerta.
Miss Harold.- Su tía.
Dr. Moran.- (Se detiene) ¿Si?
Miss Harold.- Acaba de mencionar a una tía. ¿No cree que debería estar a su lado, en el último momento?
Dr. Moran.- (Suspira) No le informé los detalles de la condición del señor Poe. Es una mujer de edad avanzada, enferma. Sufriría demasiado. Sería devastador para ella verle en este estado.
Miss Harold.- Nadie debería de morir así.
Dr. Moran.- Tiene razón, pero ya no está en nuestra manos.
Sale Moran. Miss Harold toma de la mano a Poe, se levanta y se dispone a apagar la lámpara de gas de la pared. Edgar la detiene.
Poe.- Por favor, no. Déjela encendida. No quiero que la oscuridad me devore.
Miss Harold obedece, le ofrece una sonrisa compasiva y sale de la habitación.
Poe.- No quiero transitar solo por ese camino oscuro y yermo que asolan ángeles enfermos, donde la Noche es el icono que reina erguido en su negro trono.
Transición a escena 2.
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