viernes, 31 de agosto de 2012

Abominable eternidad

"¿Cómo expresar mi sensación ante esta catástrofe, o describir el engendro que con tanto esfuerzo e infinito trabajo había creado? Sus miembros estaban bien proporcionados y había seleccionado sus rasgos por hermosos. ¡Hermosos! ¡Santo cielo! Su piel amarillenta apenas si ocultaba el entramado de músculos y arterias; tenía el pelo negro, largo y lustroso, los dientes blanquísimos; pero todo ello no hacía más que resaltar el horrible contraste con sus ojos acuosos, que parecían casi del mismo color que las pálidas órbitas en las que se hundían, el rostro arrugado, y los finos y negruzcos labios". Mary Shelley. Frankenstein (1818).

viernes, 24 de agosto de 2012

Réquiem para Tony Scott


La madrugada del lunes, justo antes de abandonarme en brazos de Morfeo, escuché un resumen informativo en la radio donde anunciaban el suicidio del cineasta británico Anthony David Scott, conocido en su medio como Tony Scott, hermano del talentosísimo Ridley y artífice de la compañía productora Scott Free. Se arrojó al medio día del domingo anterior del puente Vincent Thomas en San Pedro, California. Tenía 68 años de edad.
Una muerte de este tipo nunca deja de ser sorpresiva, trágica. Se ha dado cuenta que Scott dejó un recado ante mortem –popularmente conocido como “recado póstumo”-, del que seguramente se conocerá su contenido en algunas semanas. En el medio artístico es algo que reviste de un aura de misterio al suceso, como ocurrió en los casos del pintor holandés Vincent van Gogh, el poeta coahuilense Manuel Acuña, la escritora inglesa Virginia Woolf, el actor mexicano Pedro Armendáriz, la poetisa estadounidense Sylvia Plath, los escritores estadounidenses Ernest Hemingway, Robert Hayward Barlow –de quien hablé hace muy poco- y Hunter S. Thompson, la bella actriz checa –naturalizada mexicana- Miroslava Šternová, hasta sucesos que perviven hoy en día –en la cultura popular- como homicidios disfrazados de suicidio. Las muertes del actor George Reeves, la actriz Marilyn Monroe, y del cantautor Kurt Cobain –todos estadounidenses- son algunas de las más conocidas.
Tony Scott fue un cineasta con una filmografía variopinta, lograda en muchos casos, con altos valores estéticos. Su procedencia de la cultura del videoclip y la publicidad son palpables, desde sucesos de taquilla como Top Gun (1986), vehículos para el lucimiento de comediantes –exitosos en ese momento- como Eddie Murphy en Un detective suelto en Hollywood II (1987), Días de trueno (1990), el trepidante buddy film El último Boy Scout  (1991), el thriller romántico de La Fuga (1993), la inteligente Marea Roja (1995), la psicótica El Fanático (1996), Enemigo del Estado (1998), Juego de espías (2001), Hombre en llamas (2004), el caso real de la cazarecompensas Dominó (2005), Déjà Vu (2006), Asalto al tren 123 (2009) y su último trabajo Imparable (2010).
Pero para los interesados en los géneros que estudia este blog, su ópera prima,  El Ansia (The Hunger, 1983), le otorgó la pertenencia al gran panteón fílmico destinado a los grandes. Basada en la novela homónima de Whitley Strieber, Scott encontró los elementos que la convertirían en un objeto de culto instantáneo: un estupendo ensamble actoral –Catherine Deneuve, David Bowie y Susan Sarandon-, una atmósfera que se debate entre la oscuridad del submundo gótico y la opulencia de esos grandes espacios neoyorkinos –hábilmente retratada por Stephen Goldblatt-, una eficiente partitura de Denny Jaeger y Michel Rubini y la emblemática aparición inicial de Peter Murphy y Bauhaus cantando su clásico Bela Lugosi is dead. Su título en español es muy apropiado, según nos recuerda Mark Rein Hagen en Vampiro: La mascarada, pues describe efectivamente las urgencias de los vampiros de Scott: “La llamamos Ansia, pero el término es lamentablemente inadecuado. Los mortales conocen el hambre, incluso la inanición, pero eso no es nada. El Ansia reemplaza a casi cualquier otra necesidad, cualquier otro impulso conocido por los vivos –comida, bebida, reproducción, ambición, seguridad- y es más urgente que una combinación de todos. Más que un impulso, es una droga, a la cual nacemos con una desesperanzada adicción. Al beber sangre no sólo garantizamos nuestra sobrevivencia, sino experimentamos un placer más allá de cualquier descripción. El Ansia es un éxtasis físico, mental y espiritual que ensombrece todos los placeres de la existencia mortal. Ser un vampiro es estar atrapado por el Ansia. Tal es la paradoja de nuestra vida. Es la maldición de mis semejantes”.

Muchos suelen cuestionar al suicida por su falta de valor para enfrentar la adversidad. Yo lo hacía hasta hace poco tiempo. El manuscrito de la próxima novela de un querido amigo me hizo pensar lo contrario: esté afectado por un padecimiento físico o mental, es la última decisión lúcida de una persona que tiene el valor para poner el punto final. Es la única forma de liberarse definitivamente de las ataduras del mundo terrenal, del sufrimiento. Y como tal debemos respetarlo. Tony Scott no saltó al vacío ni se abandonó de la vida. Fue al encuentro del último secreto. Debe estar en un lugar mejor. Hasta ahí le envío mi gratitud y mejores pensamientos.     

jueves, 23 de agosto de 2012

Cordial invitación 2


En el mes de mayo de 1939, durante la postrimería de la Gran Depresión estadounidense, hizo su primera aparición –en las páginas deDetective Comics número 27- el superhéroe conocido como The Bat-man.
Erigido hoy en día como uno de los más populares personajes de ficción –comparado por muchos estudiosos con Sherlock Holmes- y visitado incansablemente por el radio, la televisión, el cine, los videojuegos y el internet, ha sido sujeto de las más variadas interpretaciones. Tercera víctima y único sobreviviente de un doble homicidio, nacido del horror y modelado por la pérdida y la disciplina, el detective enmascarado posee un especial significado en una época donde el crimen se ha convertido en parte de nuestra cotidianeidad.
El héroe es una figura especialmente apreciada en todas las culturas. Desde la mitología clásica hasta la tradición histórica, los héroes han sido fuente de inspiración para la gente de todas las épocas. Se vuelven espacialmente relevantes en este momento pues exaltan los valores más luminosos del ser humano: la lealtad, la entrega, la compasión, el sacrificio y, sobre todo, la sed de justicia.
Disciplinas como el Derecho Penal, la Victimología, la Criminalística y la Psicología Forense pueden ofrecernos una lectura para nuestros días de este popular héroe y su universo. Hoy vuelve a ser notable gracias a Batman: El Caballero de la Noche asciende (2012), la tercera entrega y conclusión de la saga iniciada por Christopher Nolan, una cinta que ha generado las opiniones más polarizadas. Pero sin importar lo que se diga de ella, la dimensión del personaje impera. Porque Batman es incorruptible, imperecedero.
Espero que puedan acompañarme en la conferencia Batman es un Criminalista, que ofreceré el próximo martes 11 de septiembre de 2012 en el Instituto Nacional de Ciencias Penales de esta capital. Más información aquí

martes, 21 de agosto de 2012

Cordial invitación 1

El horror y la fantasía suelen considerarse géneros menores en este país. El que decide explorarlos se convierte en un cruzado fiel a convicciones que no todo el mundo comparte. El próximo viernes 24 de agosto, a las 15:00 horas, conversaré a este respeto con mi querido amigo Bernardo Esquinca, con pretexto de la presentación de Demonia, su más reciente libro, en el Cine Lido del Cetro Cultural Bella Época, en el marco del Festival Macabro. Es un horario poco común, pero espero verlos por allá.

lunes, 6 de agosto de 2012

Oda de amor al horror



Así puedo definir a ParaNorman (Chris Butler y Sam Fell, 2012), una cinta que me recordó las raíces de mi fascinación por el que muchos consideran un género menor. Se inscribe también en la tradición de las mejores películas stop motion, técnica que se origina en los albores del cine y alcanzó momentos gloriosos a través de la obra de Ray Harryhausen, las aportaciones del cineasta checo Jan Švankmajer, y un grado de encanto y sofisticación con ejemplos entrañables como El extraño mundo de Jack (Henry Selick, 1993) o Coraline (Henry Selick, 2009). Precisamente el mismo estudio que produjo la anterior, Laika, es responsable de este nuevo logro.
Norman Babcock (voz en inglés de Kodi Smit-McPhee, protagonista del remake estadounidense de Déjame entrar) es un niño que vive en el ficticio pueblo de Blithe Hollow, Nueva Inglaterra, una comunidad reconocida –cual Salem, Massachusetts- por su historia ligada a la brujería. De hecho una terrible maldición se ha convertido en una atracción local, con docenas de tiendas, parafernalia de todo tipo y representaciones teatrales infantiles.
Norman es un chico retraído, de cabello rebelde, víctima de bullying y la incomprensión de su familia y comunidad. No sólo porque es fanático de las películas de horror –especialmente las de zombis- sino porque tiene un don particular: como el pequeño Cole (Haley Joel Osment) de Sexto sentido (M. Night Shyamalan, 1999), ve gente muerta. Lejos de asustarlo, es algo cotidiano para él. Conversa con su difunta abuela, saluda a los fantasmas con que se topa camino a su escuela –entre ellos una aviadora que me recuerda a Amelia Earhart, un gángster y un rebelde sin causa- e incluso juega con el perro muerto de su único amigo. Con la guía de su extravagante vecino el Sr. Prenderghast (voz en inglés de John Goodman), pronto utilizará su virtud para salvar al pueblo que tanto lo repudia.
Además de incontables homenajes al cine de serie B, la principal virtud de la cinta es la enseñanza del respeto hacia lo diferente, tan necesario en nuestro tiempo. La maldición sobre la que gira la historia se desató por miedo e incomprensión, combinación que ha generado algunos de los crímenes más aberrantes de la historia de la humanidad. Por lo que respecta a la parte técnica, la manufactura de la película es deslumbrante –vean la presentación al finalizar los créditos-, con una inspirada partitura de Jon Brion y sobre todo un guión eficiente del propio codirector Butler que huye de sentimentalismos y fórmulas de cintas similares para niños.  
A diferencia de Norman y muchos de mis amigos y alumnos, mis padres jamás censuraron mis gustos, por extraños que les parecían. Por el contrario, gracias a eso comparto estas líneas con ustedes y he obtenido incontables satisfacciones. Los aficionados al horror podemos sentir empatía con ese niño con pantuflas de zombi, una habitación tapizada con carteles de películas de miedo y que gruñe como monstruo al lavarse los dientes, porque todos hicimos eso en algún momento de nuestras vidas. En muchos sentidos, todos somos Norman

viernes, 3 de agosto de 2012

Lo que vendrá.


En el mes de mayo de 1939, durante la postrimería de la Gran Depresión, hizo su primera aparición –en las páginas de Detective Comics número 27- el superhéroe conocido como The Bat-man.
Erigido hoy en día como uno de los más populares personajes de ficción –comparado por muchos estudiosos con Sherlock Holmes- y visitado incansablemente por el radio, la televisión, el cine y el internet, ha sido sujeto de las más variadas interpretaciones. Tercera víctima y único sobreviviente de un doble homicidio, nacido del horror y modelado por la pérdida y la disciplina, el detective enmascarado posee un especial significado en una época donde el crimen se ha convertido en parte de nuestra cotidianeidad.
El héroe es una figura especialmente apreciada en todas las culturas. Desde la mitología clásica hasta la tradición histórica, los héroes han sido fuente de inspiración para la gente de todas las épocas. Se vuelven espacialmente relevantes en este momento pues exaltan los valores más luminosos del ser humano: la lealtad, la entrega, la compasión, el sacrificio y, sobre todo, la sed de justicia.
Disciplinas como el Derecho Penal, la Victimología, la Criminalística y la Psicología Forense pueden ofrecernos una lectura para nuestros días de este popular héroe y su universo. Hoy vuelve a ser notable gracias a Batman: El Caballero de la Noche asciende (2012), la tercera entrega y conclusión de la saga iniciada por Christopher Nolan, una cinta que ha generado las opiniones más polarizadas. Pero sin importar lo que se diga de ella, la dimensión del personaje impera. Porque Batman es incorruptible, imperecedero.

viernes, 27 de julio de 2012

Trágico desenlace


Desde la noche del lunes reúno fuerzas para escribir estas líneas. Ese día acudí, entusiasmado, al Auditorio Nacional para ver una película que esperé desde la tarde del 18 de julio de 2008. Como es bien sabido, soy un gran aficionado de Batman. Mi naturaleza está notablemente influida por su figura, valores y significados simbólicos. Contra el pensamiento de muchas personas, lo estudié profusamente en mi tesis de Licenciatura. Si mi opinión puede parecer extrema –severa- es porque tiene raíces en esa entrega y en el espléndido cuerpo de la obra de Christopher Nolan, con los maravillosos guiones que coescribió con su hermano Jonathan Nolan. Esa colaboración desprendió estupendas cintas como El gran truco (2006) y El origen (2010). La mayor parte de mi desencanto proviene de las altas expectativas que me cree desde los últimos momentos de Batman: El Caballero de la Noche (2008), una película de nivel difícil de emular y superar. “El problema es que esa es ya un clásico inalcanzable”, trató de confortarme mi amigo Rafael Aviña. Y la opinión de Miguel Cane lo complementó: “Por lo tanto, la pregunta es, ¿conseguirá El Caballero de la Noche Asciende satisfacer esta sed de perfección y mito? Y la respuesta es que semejante cosa no es posible. Y no porque la cinta no sea de calidad, que lo es, es simplemente que a estas alturas del poema, resulta imposible dar gusto a nadie. Habrá quienes la amen, habrán quienes la vilipendien, quienes se queden estupefactos, quienes se conmuevan hasta lo más hondo y no faltará quienes le encuentren defectos a todo. Es el precio de ser un filme tan anticipado, si bien está más allá del bien y del mal; no importa lo que se diga de ella, su leyenda la precede”.
La trama de Batman: El Caballero de la Noche asciende (2012) puede resumirse así: han pasado 8 años desde la última aventura. La muerte del paladín convertido en villano Harvey Dent (Aaron Eckhart) inició una nueva era de paz y esperanza en Ciudad Gótica. Batman, tras asumir la responsabilidad del hecho, ha desaparecido y Bruce Wayne (Christian Bale) se ha autoexiliado, con las facturas que le cobró sus alma y  cuerpo, en su mansión ancestral. Pero eventos que inician con la llegada de un nuevo mal (Bane, interpretado por Tom Hardy) y la aparición de una sensual ladrona (Selina Kyle/Gatúbela, encarnada afortunadamente por Ane Hathaway) lo obligan a salir de su retiro.
Lo que sigue es una historia confeccionada para atraer a los grades públicos a la sala de cine, enmarcada por una ambiciosa campaña publicitaria y los trágicos eventos ocurridos el día de su estreno en esa sala de cine de Aurora, Colorado.  El guión es extremadamente largo y contiene elementos que contradicen por momentos el realismo que los Nolan impusieron, que es el triunfo de la saga –no abundo en ellos para no vender la historia-. Lo peor, cede en momentos cruciales a sentimentalismos que no empatan con la esencia del héroe y que se deben a convenciones hollywoodenses –tampoco los mencionaré por el momento, pese a que me disgustaran tanto-. Si las cintas previas tuvieron una notable influencia en novelas gráficas como Batman: Año Uno de Frank Miller, en la serie de cómics Batman: The long Halloween y en La broma mortal de Alan Moore, esperaba –deseaba- que esta aventura tuviera como modelo a The Dark Knight returns, también de Miller. Sobre todo que se apegara más a los ritos de paso que debe seguir el viaje del héroe tal y como los planteó Joseph Campbell en su texto canónico El héroe de las mil caras (Fondo de Cultura Económica, 1980). ”El último acto de la biografía del héroe es el de su muerte o partida. Aquí se sintetiza todo el sentido de la vida”.
Insisto, no es una mala película –brilla por su insuperable reparto de apoyo, la fotografía de Wally Pfister y la briosa partitura de Hans Zimmer-, pero dista de encontrarse al nivel de sus predecesoras. Como sucedió a otra notable trilogía, la comenzada por Francis Ford Coppola en El Padrino (1972), la conclusión de Nolan es la menor de todas, pese a su espectacularidad.

Desde su creación en 1939, Batman ha demostrado tener vidas inagotables. Como una de ellas –la cinematográfica- es un fenómeno cíclico y comercial, estoy seguro que volveré a verlo en las salas de cine en 20 años. Yo seré entonces un sabio señor de 60. Mi héroe seguirá como hoy, incorruptible, imperecedero. Ese es tal vez el aspecto que mejor retrató Cristhopher Nolan. Logró convertirlo en algo más que un personaje de ficción. En una leyenda.