viernes, 22 de febrero de 2013

Follow the killer


Los expertos coinciden en que The Following (aún sin título en español), teleserie anoche estrenada en México, es la gran sorpresa de la temporada. El crítico Álvaro Cueva asegura “The Following es, para 2013, lo que C.S.I. para 2000, lo que 24 para 2001, lo que Criminal Minds para 2005, lo que Dexter para 2006. Es un punto y aparte, un antes y un después”. Y su entusiasmo es comprensible. Es un programa que promete. No sólo por ser un homenaje declarado a la imaginación de Edgar Allan Poe, sino porque es un retrato contemporáneo de la popularidad que pueden llegar a alcanzar sujetos desquiciados gracias a los medios de comunicación y la tecnología. En el año 2004 Joe Carroll (James Purefoy) era un respetable profesor de literatura norteamericana especializado en el período romántico, que tenía un especial aprecio por los significados de la obra de Poe. Tras descalabros editoriales, llevó su fascinación a terrenos torcidos, asesinando brutalmente a 14 jovencitas. Ryan Hardy (Kevin Bacon), agente especial del FBI a cargo de la investigación, lo detuvo a punto que matara a su quinceava víctima, a un precio muy alto. Años después, en nuestra época, Carroll aguarda su ejecución en una penitenciaría del Estado de Virginia. Logra escapar e inmediatamente inicia una cacería humana a la que el investigador, caído en desgracia, es convocado por su experticia. Las autoridades protegen a su fallida última presa (Maggie Grace) y a su ex esposa (Natalie Zea), con resultados nefastos que sólo significan el inicio de algo peor: durante su reclusión, Carroll tuvo acceso a una computadora con Internet donde, carismático y seductor, obtuvo una horda de seguidores devotos de su “trabajo” gracias a las redes sociales. Es el Charles Manson de la era del Twitter y el Facebook. Hardy se ve obligado a enfrentar la tormenta por venir. El propio villano reconoce su importancia y atractivo en la trama: “es un héroe trágico, imperfecto, destrozado, en busca de redención”. Ese es el atractivo y credibilidad de Kevin Bacon, que retrata muy bien a un personaje atormentado, desencantado de la vida, digno continuador de los personajes creados por otros notables herederos de Poe, como Dashiell Hammett o Raymond Chandler.
La serie creada por Kevin Williamson –autor de los guiones de la serie de películas Scream, de esa curiosidad titulada Aulas peligrosas (The Faculty, Robert Rodríguez, 1998), de la divertida La maldición (Cursed, Wes Craven, 2005) o de series juveniles como Dawson's Creek, The vampire diaries o The Secret Circle- es una propuesta inteligente y lóbrega, siempre inquietante, que debemos atender. Según he leído, su temporada constará de 15 episodios. Por lo pronto ya quiero que llegue el segundo. 

Réquiem para Joaquín Cordero


El pasado martes 19 de febrero de 2013 dejó de respirar Joaquín Cordero Aurrecoechea, un actor al que siempre guardaré un especial cariño. Tenía 80 años de edad. Lo conocí en El libro de piedra (1968), la ya clásica cinta de Carlos Enrique Taboada. Con gran dignidad daba vida a Eugenio Ruvalcaba, el atribulado padre de una niña que conocía de frente a la otredad. Su interpretación, segura y creíble, daba gran dignidad a temas poco respetados por muchos: el horror y la fantasía. A pesar que en su amplia carrera en cine y televisión recorrió todos los géneros, de la comedia romántica al drama, del cine de luchadores al melodrama familiar, siempre lo recordaremos por sus apariciones en cintas que conocimos en la infancia y significaron nuestras primeras aproximaciones a estos territorios. A la anterior sumo Orlak, el infierno de Frankenstein (Rafael Baledón, 1960), El monstruo de los volcanes (Jaime Salvador, 1963), El Museo del horror (Rafael Baledón, 1964), Cien gritos de terror (Ramón Obón, 1965), Doctor Satán y la magia negra (Miguel Morayta, 1966) y por supuesto, una de sus más entrañables, La loba (Rafael Baledón, 1965). Sobre esta última hablaré abundantemente el un futuro no lejano.
Fue despedido tanto por sus pares actores como por figuras del mundo intelectual. Fue más que justo que su cuerpo se homenajeara en el Palacio de Bellas Artes, señal de su importancia y trascendencia. Rafael Tovar y de Teresa, actual Director del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, le dirigió unas palabras de despedida que nos dan una idea de su dimensión:
Hoy, Joaquín Cordero se reúne con Alma, su esposa durante sesenta y dos años. Joaquín, en vida, decía que mucho de lo que hizo en la actuación se lo debe a la gente, y así lo vimos todos en las pantallas de los cines y en la televisión o en los escenarios, haciendo su tarea actoral, consolidando año con año una carrera que afortunadamente fue de muchas décadas y dejó testimonios que nunca se olvidarán.
Joaquín Cordero tuvo la oportunidad de encarnar muchos personajes emblemáticos que identifican a nuestro cine. Lo mismo fue el médico citadino que regresa a su pueblo natal a luchar contra las costumbres salvajes en 'El río y la muerte', de Luis Buñuel, o el pendenciero de rancho en 'Yo soy gallo donde quiera'; fue sacerdote, entrenador deportivo, ranchero y abogado. Todo lo encarnó porque para un actor no hay nada imposible. Lo mismo fue el boxeador Lalo Gallardo, el amigo de Pepe el 'Toro', con quien encontró la amistad y fue fiel a sus principios, que muere en el ring a manos de su mejor amigo en la cinta que forma parte de la identidad e historia de México.
Cordero representa al actor versátil, dedicado, confiable dueño del personaje, al que le daba cuerpo de su cuerpo, pero también representa al hombre de los compromisos, inquebrantable con su profesión y su familia. La herencia que nos deja es muy grande y será más grande con el tiempo. Descanse en paz.

jueves, 21 de febrero de 2013

Una llorona que sí asusta


Dejaré de hablar, por ahora, de Gein, Bloch e Hitchcocock. Regreso a horrores mejores, esos que se quedan en la narración oral, en las páginas de un libro o son exorcizados al presionar la tecla de un control remoto. Estrenada el mismo día que Hitchcock (Sacha Gervais, 2012), Mamá (Andrés Muschietti, 2013) sigue en cartelera. Esto es fácil de comprender porque, como dije antes, es una película con la capacidad de arrastrar a los grandes públicos al cine y asustarlos. Ese viernes 1 de febrero, mi amigo Rafael Aviña publicó –como es regular- su opinión sobre ella, aparecida en la sección Primera Fila del diario Reforma.
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Una llorona que sí asusta
Rafael Aviña

El impresionante éxito de Mamá (España-Canadá, 2013), que se colocó en el primer lugar de taquilla en su estreno en Estados Unidos, se debe en buena medida a la magnética presencia de Jessica Chastain, una guapa actriz capaz de desenvolverse con eficacia en cualquier terreno.
Pero, sobre todo, el éxito se debe a la destreza del debutante cineasta argentino Andrés Muschietti para construir un relato de horror sobrenatural a la antigua, con varios y logrados momentos de tensión que provocan sustos y emociones encontradas en el espectador a partir de un tópico en apariencia inofensivo: el amor maternal.
Un corto de 3 minutos del mismo nombre, rodado en una vieja casona de Barcelona en 2008, fue motivo para emocionar a ese generoso cinéfilo que es Guillermo del Toro, quien como productor ejecutivo ha sido capaz de trasladar sus obsesiones y universos a una micro historia inquietante y terrorífica que carecía de explicación alguna.
Las presencias sobrenaturales del pasado, los seres fantasmagóricos que vagan sin descanso, las amenazas que acechan en las tinieblas y protegen a los menores de edad –en particular las polillas- y las pulsiones de venganza caben aquí.  
A una historia confusa y desarticulada que tiene problemas severos para integrar a los hombres adultos (los motivos del padre no son claros, el tío aparece y desaparece como en las telenovelas, el personaje del psiquiatra pierde fuerza y consistencia), se contraponen varios elementos.
Destaca el trabajo atmosférico, ominoso y perturbador, una eficaz inventiva visual –el ente de Mamá es fascinante-, un diseño sonoro y de producción poderoso y, en especial, una muy lograda labor histriónica de Chastain, una rockera dark que debe hacerse cargo de dos niñas que han vivido abandonadas en un estado semi salvaje por cinco años luego de la muerte violenta de sus padres (las pequeñas Charpentiere Isabelle Nélisse, estupendas).
Lo que inicia como una perversa reelaboración de los cuentos de hadas fantásticos, termina por convertirse en una suerte de oblicua puesta al día del tema de La Llorona.
En este caso, la historia de una joven del siglo 19 a la que le intentan arrancar a su bebé, mismo que pierde en una situación trágica y violenta, lo que da pie a una hipnótica escena onírica y a escenas escalofriantes. Mamá es una película muy entretenida que lanza a un director que promete.

Infame legado


“El bien no hace gran literatura”, afirma mi amigo Vicente Quirarte. Los ejemplos de esto abundan. Pero lo podemos comprobar cotidianamente en los kioscos de periódicos, donde los peatones interrumpen el camino a sus labores para observar, algunos cautivados y otros con repulsión, la primera plana de los tabloides sensacionalistas que muestran el homicidio más brutal de la jornada. Curiosamente, la contraportada suele exhibir a una mujer voluptuosa en un breve atuendo. Eros y Thanatos, las dos pulsiones más elementales del ser humano. Desde los inicios del siglo pasado, una forma literaria ha retomado las oscuras  de acciones de los individuos convertirse en algo que ya es conocido como True crime, o crímenes verdaderos, donde el autor –en muchas ocasiones un periodista, en otras alguien relacionado con el medio legal- hace un recuento detallado de las atrocidades cometidas por alguien, desde un enfoque estrictamente objetivo, sin juicios ni emotividades. Estas investigaciones llegan a madurar en novelas verdaderamente memorables, como la novela A sangre fría (1966) de Truman Capote, libro que inaugura la llamada non-fiction novel y una de las obras fundamentales de la literatura norteamericana del siglo XX. Describe el terrible asesinato de la familia Clutter en la pacífica comunidad de  Holcomb, Kansas, ocurrido el 15 de noviembre de 1959, a manos de Richard Hickock y Perry Smith. He aquí una pregunta inquietante: ¿tuvo que morir violentamente una familia para que un escritor creara una obra maestra?
La muy reciente película Hitchcock (Sacha Gervais, 2012) propone un cuestionamiento similar. Su guión, escrito por John McLaughlin, parte del libro Alfred Hitchcock and the Making of Psycho de Stephen Rebello, y como tal tiene el acierto de comenzar la mañana del 16 de mayo de 1944 en una granja en el poblado de Plainfield, Wisconsin, donde los hermanos Henry y Edward Gein queman maleza en su propiedad. Súbitamente, cual Caín, Ed golpea mortalmente en la cabeza a su hermano con su pala. La cámara hace un travelling donde Alfred Hitchcock (Anthony Hopkins), como en su programa televisivo, nos saluda cordialmente e introduce la historia mientras bebe con delicadeza una taza de té, como todo buen británico. Aunque no se tiene plena certeza de ello y la Policía calificó el hecho como un accidente, suele atribuirse a Ed el homicidio del mayor de los Gein como el inicio de su breve carrera homicida. Y dice el cineasta “agradezcamos la credulidad de la Policía de Plainfield. Pues si hubieran detenido a Ed por el crimen, no tendríamos nuestra película”. Naturalmente habla de Psicosis (1960), pero también de sus cimientos, la novela homónima de Robert Bloch –otrora discípulo de Howard Phillips Lovecraft- y profundamente inspirada en la carrera criminal de Gein, un caso escandaloso que estremeció a la sociedad de su época. No por su número comprobado de víctimas –dos-, que es ínfimo en comparación a otros notables asesinos, sino por lo que representó. Nadie pensaba que en una pacífica comunidad rural, en el idílico Estados Unidos de los años cincuenta, pudieran producirse tales horrores. El guionista Robin Wood lo calificó como “el sueño americano convertido en pesadilla”.
Mucho se ha escrito sobre Gein, en la realidad y la ficción. Uno de los mejores estudios que se ha hecho sobre él lo debemos a Harold Schetcher titulado Deviant, the shocking trae story of Ed Gein, the original Psycho:
Pero el evento que verdaderamente inmortalizó a Eddie fue, por supuesto, su aparición en 1960 en el consumado filme de terror Psicosis, basado en la novela que Robert Bloch modeló a partir de materiales del caso Gein. Aunque no hay indicaciones  de que Eddie haya visto –o incluso sabido de- la adaptación cinematográfica que sus crímenes inspiraron, la película de Hitchcock lo transformó de una leyenda local hasta una imperecedera parte de la mitología popular norteamericana. […] Eddie Gein se había convertido en el “verdadero Norman Bates”.  
Su figura fue modelo de otras notables creaciones, desde el asesino Leatherface de La masacre de Texas (Tobe Hooper, 1974), el necrófilo Ezra Cobb (Roberts Blossom) de la cinta Deranged: The confessions of a necrophile (lan Ormsby y Jeff Gillen, 1974) o el sastre homicida James Gumb en la novela El silencio de los corderos de Thomas Harris. Físicamente Gein, quien alegó demencia por sus crímenes y fue confinado en una institución psiquiátrica, murió por una insuficiencia respiratoria el 26 de julio de 1984 a la edad de 77 años.  No sólo se salió con la suya, obtuvo una infame forma de inmortalidad.