martes, 31 de diciembre de 2013

Sinceros deseos


Post scriptum sobre Guillermo del Toro

He dado cuenta de una carrera que comprende incursiones en la televisión, 8 largometrajes y toda una vida. Porque Guillermo del Toro inició su travesía como todos los que siguen este espacio, cuando se maravilló por vez primera con los mundos de la imaginación. Hoy ha extendido sus alas de vampiro a muchas manifestaciones de la cultura contemporánea. Recomiendo ampliamente su literaria Trilogía de la Oscuridad (de la que mucho he hablado), que será trasladada a la televisión el muy cercano 2014 y que espero con ansiedad. También su caro pero indispensable Gabinete de curiosidades (Editorial Norma, 2013). Es un artista que ha abrazado a jóvenes talentos que aseguran la supervivencia del género. Su buen nombre es casi un sello de garantía. “Guillermo del Toro presenta”, pueden presumir algunos. Desde el muy logrado relato de fantasmas El Orfanato (José Antonio Bayona, 2007), Los ojos de Julia (Guillem Morales, 2010) o Mamá(Andrés Muschietti, 2013). Sus miles de adeptos se incrementan cotidianamente, y sus proyectos futuros son vorazmente anticipados. Nos encontramos frente a un autor renacentista poseedor de un enorme potencial, digno de todas las reverencias y del que estoy seguro todavía no hemos visto su mejor trabajo.


Y así concluyo este año. Espero que 2014 sólo nos traiga cosas buenas, en la vida real y en los otros mundos. Les mando a todos un abrazo afectuoso. 

lunes, 30 de diciembre de 2013

En busca del niño infernal, parte 2

Esta es la pieza del rompecabezas que me faltaba. Lo mejor es que la encontré antes de que termine 2013. Desde su estreno en 2004, y sin haber comprobado su éxito en taquilla, Guillermo del Toro habló abiertamente de una secuela de Hellboy, el personaje de cómic credo por Mike Mignola Desafortunadamente, la desaparición de Revolution studios, su casa productora, dejó el proyecto en la orfandad, a la espera de quien le diera apoyo. Por fortuna, éste vino del mejor lugar posible: Estudios Universal “la casa de los grandes monstruos”.  El resultado fue una cinta visualmente exquisita, donde el tapatío se mueve cómodamente en un universo que conoce muy bien.
Aunque volvió a trabajar hombro con hombro con Mignola, Hellboy II, el Ejército Dorado (2008) no es la adaptación directa de una de sus historietas o una continuación lineal de la primera aventura. Es más bien un relato inscrito en los mundos de la fantasía que “El Gordo” exploró estupendamente en El Laberinto del Fauno (2006). Más que amenazas nazis o seres lovecraftianos –que esa no es la única línea argumental de las correrías del demonio-, observamos una historia original con mayor apego al folclor de las islas británicas o del centro de Europa. Desde su deslumbrante prólogo, presentado como una animación en stop motion y narrado durante su infancia –como una cuento para ir a dormir- al héroe (Montse Ribé) por su padre adoptivo Trevor Bruttenholm (John Hurt) en una base militar estadounidense la navidad de 1955, conocemos que en tiempos antiguos la humanidad convivió en armonía con los seres mágicos, cosa que fracturó la codicia del hombre. Fue así como el Rey Balor, aconsejado por su belicoso hijo el Príncipe Nuada, ordenó la construcción de un Ejército Dorado, una portentosa e imparable armada mecánica con la que puso fin al conflicto (a su favor). Atormentado al ver la masacre que había cometido, Balor y los hombres restauraron la paz, acordando que los primeros vivirían secreta y pacíficamente en los bosques y los segundos en las ciudades. El soberano también dividió la corona que controlaba a sus tropas en tres partes, ocultándolas para que no volvieran a dañar a nadie. Nuada, desilusionado, se autoexilió.
En nuestra época, en la que el hombre prácticamente llevó a los bosques a su exterminio –y por consiguiente a las criaturas mágicas-, el hijo beligerante (Luke Goss) regresa para ajustar cuentas con sus adversarios, aún contra los deseos de su disminuido padre (Roy Dotrice) y su bondadosa hermana gemela Nuala (Anna Walton). Naturalmente, el Buró para la Investigación y Defensa de lo Sobrenatural (BPRD, por sus siglas en inglés) y su agente estrella Hellboy (Ron Perlman) se convierten en la última línea de defensa de nuestro mundo. Todos sus integrantes regresan, desde la piroquinética Liz Sherman (Selma Blair), el psíquico anfibio Abe Sapien (Doug Jones, ahora con su propia voz) a su quejumbroso jefe Tom Manning (Jeffrey Tambor). Incluso se adhieren nuevos elementos, como el psíquico fantasmal Johann Kraus (los actores John Alexander y James Dodd, con la voz de Seth MacFarlane) y un extraordinario bestiario digno de la imaginación de Lewis Carroll o de cintas memorables como El cristal encantado (The Dark Cristal, Jim Henson, 1982) o Leyenda (Ridley Scott, 1985): las mortíferas hadas de los dientes, el monstruoso Mr. Wink, la bestial devoradora de gatos Fragglewump, el mercader Cabeza de Catedral, ese paseante de dos cabezas (“soy un tumor”), el duende sin piernas Bethmoora y el terrible Ángel de la Muerte, sombrío personaje que no deja de recordarme al Hombre Delgado de El Laberinto del Fauno. La secuencia del Mercado Troll, lugar oscuro y maravilloso ubicado bajo el neoyorquino Puente de Brooklyn, no pide nada a esa cantina en el Puerto Espacial de Mos Eisley, tal como nos la presentó George Lucas en 1977, o al Callejón Diagon de la serie literaria (llevada al cine) de J. K. Rowing.
Hellboy lidia además con las responsabilidades del niño que no está preparado para la vida adulta, del hombre que ha decidido vivir en pareja. “Daría mi vida por ella, pero quiere que lave los trastes”. Los conflictos con su explosiva pareja Liz no se hacen esperar. Y a decir verdad, me pongo del lado de ella. Que tu cepillo de dientes esté en una lata de alimento de gatos debe molestarte un poco. Por ello vienen grandes momentos de desamor, como la borrachera con un paquete de cervezas Tecate en la que él y Abe –también atormentado por el Amor- cantan, desde el fondo de sus ebrios corazones, Can´t smile whitout you de Barry Manilow.
Las escenas de acción son trepidantes, con un combate épico entre nuestros defensores y la impresionante Armada mecánica. Le sigue un enfrentamiento entre los antagonistas, con un desenlace heroico y romántico. Y la verdad es que Nuada no es un villano. Es la voz llevada al extremo de todos los que defendemos los mundos de la imaginación. Al final nuestro héroe demoníaco, y sus extraños aliados, eligen –como los Fenómenos de Tod Browning, ser congruentes con su esencia, mientras Liz le hace ver su paternal equivocación. Y volvemos a escuchar a Barry Manilow.


La película volvió a ser fotografiada por su leal Humberto Navarro, y Marco Beltrami cedió su lugar en la música al siempre eficaz Danny ElfmanY por supuesto, volvemos a ver a Santiago SeguraHellboy II duplicó su inversión. En el esquema comercial, eso la hace viable para una continuación. Su principal competidora, Batman, el Caballero de la Noche de Christopher Nolan. Del Toro, Mignola y Perlman han hablado separada e intermitentemente de la posibilidad de una tercera entrega –el tapatío la ve como una trilogía-, la cual espero se realice muy pronto –Perlman tiene 63 años-. Y creo que así piensan sus devotos, que somos casi todos. La tarde del sábado –cuando comencé a escribir estas líneas-, subí a las redes sociales una fotografía de Perlman y Del Toro en uno de los sets de la segunda parte –sin indicarlo- y más de dos se emocionaron sobremanera al pensar que se trataba de la esperada cinta. Mis temores son grandes, pues –en mi memoria y experiencia- casi nunca las terceras partes de cintas de superhéroes son afortunadas. Pero Del Toro tiene todos los elementos para demostrar que me equivoco. Así que sólo podemos esperar. Lo haré con los dedos cruzados. 

viernes, 27 de diciembre de 2013

Crónicas del Padre Merrin

El oficio de Lankester Merrin, hombre holandés (de madre estadounidense) nacido en 1892 y muerto en 1971 tras confrontar al Demonio Pazuzu, da nombre a la novela de William Peter Blatty y a la cinta homónima que propició, que ayer cumplió sus primeros 40 años de vida. Es difícil dimensionar su papel en los acontecimientos cuando la verdadera protagonista, tanto del libro como de la película, es la preadolescente Regan McNeill. Sin embargo tanto Merrin, como el Padre Demian Karras, compiten con ella en importancia y popularidad.
La carrera del arqueólogo y hombre de fe es extensa. Nunca dejó de recordarme al británico Howard Carter (1874-1939), quien encabezó la expedición que en 1922 descubrió la tumba del Emperador Tutankamón, en el Valle de los Reyes, frente a Luxor, Egipto. El hombre que le dio vida, el actor holandés Max Von Sydow, tenía 43 años al momento de aceptar el papel. El talentoso artista de maquillaje Dick Smith debió envejecerlo para aparentar ser un hombre de mayor edad.
Entre los antecedentes de Merrin, Blatty señala un encuentro previo con el Maligno, que ocurrió en África años antes de los acontecimientos que describe en la publicación. Ese esbozo fue materia ideal para la tardía precuela que Warner Brothers encargó en 2004 a los guionistas William Wisher y Caleb Carr (lo recordarán por su maravillosa novela El Alienista). Titulada Dominio, una recuela de El Exorcista y dirigida por Paul Schrader, la película fue desaprobada por el estudio quien, preocupado por su inversión, encomendó al director Renny Harlin reparar el desaguisado. El resultado de ambos casos tuvo una respuesta variada. La segunda sí tuvo una exhibición comercial, mientras la primera –hasta donde sé- fue directamente al video, como una curiosidad. En lo personal prefiero la película de Schrader. La de Harlin, reescrita por Alexi Hawley, se tituló El Exorcista, el inicio (nombre más comercial) y utilizó gran parte del metraje original de su predecesora, afortunadamente protagonizada por Stellan Skarsgård como el joven Padre Merrin, cuya fe está en crisis por sucesos terribles que presenció durante la Segunda Guerra Mundial.

Pero sin importar la versión que elijan, la huella de Merrin es profunda. Para muestra, basta un botón. La llegada de Abraham Van Helsing (Sir Anthony Hopkins) en Drácula de Bram Stoker (Francis Ford Coppola, 1992) es un gran homenaje a la escena ideada por William Friedkin hace 40 años. Y ahora que lo pienso, tanto Merrin como Van Helsing, son holandeses: “Que conste en los registros que a partir de este momento yo, Abraham Van Helsing, me involucro personalmente en estos extraños eventos”.

jueves, 26 de diciembre de 2013

Exorcista de las cuatro décadas

Una noche como hoy, hace exactamente 40 años, cientos de personas observaron con alivio los últimos momentos de El Exorcista, el sexto largometraje del director estadounidense William Friedkin. Dudo que él imaginara la dimensión que alcanzaría su obra, que motivó un alud de cintas sobre posesiones demoníacas, desprendió dos desiguales secuelas, un par de precuelas (una hecha dos veces, en realidad), propició incontables parodias e imitaciones de diversas calidades. Costó poco más de 10 millones de dólares y ha recaudado, hasta la fecha, más de 440.
La novela homónima de William Peter Blatty, adaptada para la pantalla por él mismo, ofrece la materia prima perfecta para un clásico. Y le sigue sin duda su reparto afortunado y preciso: Ellen Burstyn como la atribulada actriz Chris McNeill, Jack MacGowran (el Profesor Abronsius de La danza de los vampiros) como el borrachín director de cine Burke Dennings, Max von Sydow como el experimentado Exorcista Lankster Merrin, Jason Miller como el atormentado sacerdote y psicólogo de medio tiempo Damien Karras, Lee J. Cobb como el cinéfilo y detective William Kinderman y, por supuesto, la entonces preadolescente Linda Blair como Regan McNeill, la desgraciada presa del demonio Pazuzu. Todo aderezado con las ya míticas Campanas tubulares de Mike Oldfield, tema musical que ha sido empleado en una variedad incontable de formas. Su horror contenido, que no necesita pilas de cadáveres o se sustenta en sus prodigiosos efectos especiales –innovadores para entonces-, es sobrecogedor hasta el final del metraje.
Todos conocemos su trama, y aun así volvemos a disfrutarla como el primer día cada vez que la reencontramos: la hija de padres divorciados que se establece con su madre en la ciudad de Georgestown, Washington, es poseída por una entidad malévola. Es sometida a una interminable, tortuosa e inútil serie de estudios médicos para descartar males físicos. La Psicología tampoco demuestra mucha eficacia y finalmente se llega al reconocimiento que la solución se encuentra en los territorios de la fe.

Alrededor suyo se tejieron toda serie de inquietantes leyendas que sólo contribuyeron a su incrementar su perdurabilidad: maldiciones, muertes misteriosas, sucesos sobrenaturales en los sets de filmación y sacerdotes llevados para bendecirlos (William O'Malley, que interpretaba al Padre Joseph Dyer, era reverendo en la vida real) y un destino funesto para sus actores. Si no lo creen, pregunten a Blair –hoy una mujer de 54 años-, cuya carrera actoral nunca despegó pese a su mítico personaje y se vio obligada a repetirlo en la poco agraciada El Exorcista II, el Hereje (John Boorman, 1977) o en la infame Reposeída (Bob Logan, 1990), comedia diseñada para el lucimiento del veterano Leslie Nielsen.

Sus escenas viven en las pesadillas de muchos, desde la aparición del demonio en el desértico Irak, las “ratas” que se pasean en el ático, el comportamiento perturbador de Regan, las apariciones fugaces –sólo para el espectador- en la oscuridad de su habitación, las cosas volando violentamente en el lugar, el vómito de sopa de chícharos, la cabeza giratoria de la chica, sus insultos (en la voz de Mercedes McCambridge), las alusiones sexuales y el estremecedor desenlace en las escaleras de la calle M de Georgestown, auténtico acto de lucidez, fortaleza y heroísmo.

El Exorcista se ganó con creces sus dos premios Óscar en 1974 (por Mejor mezcla de sonido y Mejor guión adaptado, aunque fue nominada a Mejor película, una auténtica hazaña para el género), su ingreso en 2010 al Registro Nacional de Películas de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos pero sobre todo su lugar inamovible en nuestra memoria y corazones. Me alegra pensar que la veré cumplir 50 años y, si me mantengo en buena forma, 75. Porque diferencia nuestra, la película no envejece. Hace un rato acabo de verla por enésima ocasión (la primera fue en el monstruoso reproductor Betamax de un tío, a escondidas, cuando tenía siete u ocho años) y debo reconocer que se mantiene tan vigente como entonces. Envidio a todos los que se asustaron en las salas de cine aquél 26 de diciembre de 1973. Significó el cierre de un gran año. 

viernes, 20 de diciembre de 2013

Miren. Allá, arriba. En el cielo.

Esta es una de las cosas buenas que trajo la navidad de 1978. Son varios los ingredientes que hacen memorable al segundo largometraje de Richard Donner, una adaptación de las aventuras de Supermán: una majestuosa e imperecedera partitura del laureado John Williams, un muy competente guión de Mario Puzo que abrió las puertas a una secuela desde su estupendo prólogo y grandes actuaciones, desde el desconocido en esos días  Christopher Reeve como el protagonista, la un poco más conocida Margot Kidder como la intrépida reportera Louise Lane, leyendas como Jackie Cooper –como Perry White, editor del diario El Planeta- y Glenn Ford –como Jonathan Kent, el padre adoptivo del héroe- hasta grandes actores del momento, como Gene Hackman –el malvado villano Lex Luthor-, Terrence Stamp –a quien sólo vemos brevemente como el también malvado General Zod, enemigo de la continuación- y, sobre todos, la breve presencia de Marlon Brando como Jor-El, progenitor del último hijo del planeta Kripton. Todo en conjunto es insuperable y rinde el mejor homenaje al espíritu que los creadores del personaje, Joel Shuster y Jerry Siegel, le dieron en abril de 1938, hace 75 años.
No abundaré en este momento sobre la importancia que Supermán tuvo en el posicionamiento de una poderosa industria –una verdadera fábrica de mitos- ni estudiaré filosófica o culturalmente al personaje, simplemente reconoceré todos sus méritos. En este caso concreto -la película de Donner-, aseguró el romance de Hollywood con las historias de superhéroes. Recupera el candor de una época muy bien retratada ya en la popular serie televisiva estelarizada en los años cincuenta por George Reeves. El libreto de Puzo no prescinde de momentos que todos vinculamos al personaje, desde su gran sentido del humor, que se detenga a rescatar a un gatito de un árbol, de consejos moralizantes a sus defendidos, del convoy militar que transporta un misil nuclear y se detiene a ayudar a una voluptuosa mujer que tuvo un accidente vial - Valerie Perrine como Eve Teschmacher, asistente de Luthor- y luego lo vuelven a hacer para dar indicaciones viales a un par de granjeros –Luthor y su tonto ayudante Otis, encarnado por Ned Beatty- o del revelador momento donde el genio del mal descubre sus planes al paladín.

Es cierto que para muchos este esquema ha quedado rebasado por la narrativa contemporánea, por la reciente tendencia a humanizar y agregar tintura negra a los coloridos disfraces de los héroes. En favor de este argumento podemos recordar la muy fallida Supermán regresa (2006) de Bryan Singer. Pero de ella hablé en el pasado. Irónicamente, la debemos al Supermán de 1978. Tal fue la fascinación que causó en un talentoso cineasta. Esto demuestra su vigencia y perdurabilidad. Y aunque muchos momentos de la cinta puedan parecernos superados, debemos contextualizarla para así darle su verdadero valor. El de un clásico.