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viernes, 1 de agosto de 2014

Divino caníbal, o sobre Hannibal Lecter (1)

Dos policías llevan su segunda cena a un hombre en el inicio de sus cincuentas, vestido de blanco y convenientemente encerrado en una amplia jaula. El prisionero está rodeado de sus libros y dibujos, y escucha afablemente Las variaciones de Goldberg de Johann Sebastian Bach. El menú de la noche: chuletas de cordero, casi crudas, acompañadas de una guarnición de guisantes, granos de elote y una papa horneada. Los guardias, respetuosos pero precavidos, ordenan al custodiado ponerse contra los barrotes para esposarlo. Seguros de su inmobilidad, uno de los uniformados penetra en la jaula con el manjar, incluso procura no manchar los papeles que descansan en el escritorio. Antes de que puedan reaccionar, el hombre de blanco coloca las esposas al improvisado maître: se ha liberado con el alma de un bolígrafo que hábilmente escondió en su boca. Como un relámpago muerde el rostro del otro uniformado, luego le vacía su gas lacrimógeno antes de golpear repetidamente su cabeza contra la estructura metálica. El policía esposado grita de horror antes que el hombre de blanco, con el rostro ensangrentado y una expresión serena, le destroce el cráneo con su propio tolete. Los dos guardianes yacen inertes, en sendos charcos de sangre, mientras el homicida disfruta los últimos acordes su melodía. Su nombre, Hannibal Lecter. Su profesión, psiquiatra. Su naturaleza, asesino antropófago.
La anterior es una escena memorable de El silencio de los inocentes, adaptación cinematográfica de la novela homónima (se titula originalmente El silencio de los corderos) de Thomas Harris. Esta cinta valió a sus artífices, en 1991, incontables premios y el reconocimiento de la crítica y el público. Según la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Estados Unidos, es una película perfecta: ganó su prestigiado premio Óscar como Mejor Película, al Mejor Director (para Jonathan Demme), Mejor Guión Adaptado (para Ted Tally), Mejor Actor (para Anthony Hopkins) y Mejor Actriz (para Jodie Foster). Más allá, legitima a “todo un subgénero que no solo se nutre de la nota roja cotidiana, sino del suspenso, el relato policial, el horror y sus derivaciones el gore y el splatter, e incluso de la pornografía”, como bien asegura el investigador y crítico de cine Rafael Aviña.
El silencio de los inocentes es una cinta, que a casi 25 años de distancia, no puedo evitar volver a ver cuando la transmiten por televisión. Y ese efecto –que comparto con muchos- lo advirtieron muy bien Mario Candia Gómez y la Cineteca Alameda de San Luis Potosí cuando decidieron programarla dentro de su ciclo de cine “Asesinos seriales”, que tuve el placer de clausurar el sábado anterior. Con una selección compuesta de especímenes de varias partes del mundo, la muestra presentó a los espectadores una visión panorámica de estos modernos monstruos trastocados en figuras admiradas en el nuevo milenio. Y de ello sabe un poco Stephen King, quien dijo que Hannibal Lecter es el Conde Drácula de la era de las computadoras y los teléfonos celulares.

Sin importar la admiración que le tengamos, no podemos evitar reconocer la terrible verdad: Hannibal Lecter es un psicópata. Encantador, refinado, inteligente y carismático, indudablemente, pero un psicópata más allá de toda redención. Por ejemplo, su reciente vida televisiva –de la que posteriormente hablaremos- hace alarde de sus destrezas culinarias. En lo personal, después de verlo en acción no puedo evitar sentir un gran apetito. Lo curioso es que poco nos importa su ingrediente principal: carne humana. Es un antropófago y un asesino en serie despiadado. A nuestros ojos, sus víctimas pueden merecer su fatal destino. Su infame naturaleza le brinda cierta justificación. Pedófilos, cazadores y funcionarios corruptos son algunas de sus presas predilectas. “Creo que hay personas socialmente inaceptables y tienen el derecho de morir”, se dice el Caníbal, quien odia la descortesía y la vulgaridad. Nosotros elegimos pasar por alto los pecados del criminal porque no nos encontramos entre sus potenciales corderos de sacrificio.
Ese es un claro efecto que buscan muchos especímenes de la ficción contemporánea: lograr que el público se identifique con sus personajes, antihéroes a todas luces, sin importar su vocación. Más allá, que se ponga de su lado y se preocupe por su suerte cada vez que está por caer sobre ellos el peso de la Justicia. Ocurre algo semejante con Dexter Morgan, el alegre hematólogo forense, padre de familia, leal hermano y asesino serial de medio tiempo creado por el novelista estadounidense Jeffrey Lindsay –e interpretado en la televisión por Michael C. Hall, de quien hablaremos en otro momento- o el apocado profesor de Química convertido en narcotraficante Walter White (Bryan Cranston) en la laureada teleserie Breaking bad. Ambos casos, el de Dexter y White, dejaron un hueco en la televisión de nuestros días, imposible de llenar.
No debe extrañarnos nuestra respuesta. Algunos héroes se mueven en la misma línea. En su primera aparición, paralela a la del protagonista, James Gordon –detective en ese entonces- reprobaba las correrías de Batman, porque en esencia se encontraba al margen de la ley. En aras de conseguir un bien mayor, el enmascarado no dudaba en cometer delitos como lesiones, amenazas, privación ilegal de la libertad, daño en propiedad ajena o allanamiento de morada. Y ni hablar del valor legal que tendrían las evidencias que vincularan a sus enemigos con actividades criminales. “En su momento, Batman pagará por sus delitos”, aseguró a los medios el Fiscal de Distrito Harvey Dent (Aaron Eckhart) en la segunda entrega de la saga de Christopher Nolan. Ambos –Gordon y Dent- atestiguaron que si bien sus métodos eran diferentes a los del hombre murciélago, compartían ideales. ¿El fin justifica entonces los medios?

Pero el moverse por encima de la Ley, sobrepasar las normas creadas por el hombre, ha permitido a Lecter posicionarse poderosamente en nuestros afectos. Más porque representa la oscuridad que todos llevamos dentro. ¿Quién, en algún momento de nuestras vidas, no ha deseado matar a alguien? Sea al abusador que nos victimiza todos los días en la escuela, a la persona que nos traicionó o rompió el corazón, al profesor que utiliza su posición para martirizarnos indebidamene, al jefe que abusa impunemente de su autoridad o al conductor de un vehículo de transporte público que casi nos provoca chocar en nuestro vehículo. Nos detenemos por muchas razones, llámenles moral, ética, religión o leyes. Lecter no tiene esas ataduras. Por eso es tan atrayente. Realiza lo que nosotros no. Al final, lo más prohibido es lo más deseado.

lunes, 7 de marzo de 2011

Dignificar el horror, o el horror en los tiempos del Oscar.

Lo afirmo continuamente: el premio Oscar no es una referencia incuestionable para calificar el valor de una película. La subjetividad domina en los miembros de la Academia al momento de realizar sus nominaciones y veredictos, como en muchas otras disciplinas artísticas. Esto nos obliga a hacernos una pregunta, ¿el cine de horror, fantasía y ciencia ficción no merece recibir el reconocimiento de la comunidad fílmica internacional? Es cierto que algunos especímenes y fórmulas, infames a todas luces, en ocasiones le restan brillo y seriedad al tema. Por pecadores pagan justos, dicen las abuelas. Pero creo firmemente que el horror y la fantasía pueden explorar la conciencia humana e invitar a la reflexión de una forma tan profunda y contundente como otros géneros. Y no me refiero a homenajes efímeros, como ese tributo que se rindió al cine de horror en la ceremonia de 2010 –que fue parcial pues se limitó a cintas estadounidenses-, ni a premios “de consolación” a ciertos cineastas por el conjunto de su obra –como el Oscar que recibió Alfred Hitchcock en 1968-. La tradición nos ha enseñado que la Academia –las asociaciones cinematográficas de todo el mundo- sólo está dispuesta a reconocer a este cine en rubros técnicos. Es cierto, los efectos siempre servirán al lucimiento del relato de horror. No es que Rick Baker, maestro del maquillaje que revolucionó la forma de estremecernos en la pantalla grande, no se mereciera un Oscar más –su séptimo- por su trabajo en El hombre Lobo (Frank Marshall, 2010), o porque la fotografía, efectos visuales y sonido de El origen (Christopher Nolan, 2010) no debieran ser premiados. Me refiero a un reconocimiento de fondo, no de forma.
Injusticias se han cometido muchas en la historia del cine. Sigamos con los premios Oscar. Lon Chaney –padre-, en Garras del destino (The Unknown, Tod Browning, 1927), nunca recibió un premio por interpretar a Alonzo, el artista circense sin brazos. Y lo merecía no sólo por su incuestionable talento actoral –patente en tantas películas-, sino por ser el responsable de crear las caracterizaciones que le valieron el mote de “El hombre de los mil rostros”. En la misma situación se encuentra Jack P. Pierce, artífice y responsable de crear algunos de los maquillajes más importantes de la historia del cine estadounidense. Algunos disculparán a la Academia: el Oscar a mejores efectos de maquillaje se instauró hasta 1981. Allá ellos y su mala cabeza.

Tal vez se pensaría que la nominación es ya un reconocimiento. Pensemos por ejemplo en Psicosis (Alfred Hitchcock, 1960), que fue nominada a Mejor Director, Actriz de reparto, Cinematograía y Diseño de arte. Sobra decir que no ganó en ninguna categoría. Y para mí las nominaciones se quedaron cortas. El guión de Joseph Stefano merecía ser considerado, al igual que la partitura de Bernard Herrmann.

Y ahora, algunas herejías –para muchos-. Siempre he creído que hay películas que merecieron –cuando menos- una nominación, y no sólo en logros técnicos, sino en actuaciones, guión original o adaptado, dirección y, por supuesto, Mejor película. Entre ellas se encuentran Frankenstein (James Whale, 1931) –la interpretación de Boris Karloff es memorable-, La invasión de los secuestradores de cuerpos (Don Siegel, 1956), Los inocentes (Jack Clayton, 1961), El bebé de Rosemary (Roman Polanski, 1968), Corazón satánico (Angel Hearth, Alan Parker, 1987), Drácula de Bram Stoker (Francis Ford Coppola, 1992) –Coppola merecía una nominación por su dirección y Anthony Hopkins como actor de reparto-, Los otros (Alejandro Amenábar, 2001) y El laberinto del Fauno (Guillermo del Toro, 2006) –ésta debió nominarse a Mejor película y Mejor Dirección-.

¿Qué clase de historia de horror podría ser capaz de ganar un Oscar a Mejor película o Mejor Director? La esperanza vive en adaptaciones de relatos clásicos, como la venidera En las montañas de la locura de Guillermo del Toro, basada en la imaginación de H. P. Lovecraft. El cineasta que logre ganar el premio deberá mantener el escepticismo de Martin Scorsese cuando acudió al podio a recoger su galardón por Los infiltrados en el 2006, luego de tantas nominaciones: “¿Están seguros que ese sobre dice mi nombre?”.

jueves, 24 de febrero de 2011

¿El cisne negro puede considerarse una película de horror?

Luego de ver el sexto largometraje de Darren Aronofsky, El cisne negro (2010), abandoné la sala de cine con una sensación que oscilaba entre el horror y la fascinación: la primera por la fina línea que separa la disciplina de la obsesión y sus nefastas consecuencias y la segunda por la actuación de Natalie Portman, quien –sin haber visto el trabajo de sus contendientes- merece ganar un Oscar por su encarnación de Nina, una bailarina de ballet consumida por su búsqueda de perfección. Este tema –el de los límites de la obsesión- es uno de tantos territorios que explora el género horrorífico. Ya advirtió Ducard (Liam Neeson) a mi héroe en su renacer fílmico (Batman inicia, Christopher Nolan, 2005): “la obsesión y la sed de venganza pueden consumirte, hacer que el recuerdo de un ser amado se vuelva veneno en las venas”. En este caso, la obsesión puede volverse contra tí mismo. Ejemplos sobran. En su relato clásico El extraño caso del Dr. Jekyll y Míster Hyde, Robert Louis Stevenson sigue el descenso a la oscuridad de un eminente victoriano en aras del conocimiento. Jekyll se vale de una droga –que Stevenson tiene el acierto de nunca revelar- para desdoblarse en su otro yo, para liberarse de las ataduras y dar rienda suelta a sus instintos. Nina busca liberarse de su relación con su asfixiante madre (Barbara Hershey) y obtener un papel que ella y sus condiscípulas codician. Y lo logra, pero paga un precio muy alto. Consigue –literalmente- desdoblarse en el personaje del título de la película.
La cinta, que definitivamente puede apreciarse como una historia de horror, es muy disfrutable aunque puede ser una tortura para todos aquellos padres cuyas hijas estudian ballet.

jueves, 11 de marzo de 2010

El horror en tiempos del Oscar

No todo el mundo quedó satisfecho, pero una de las sorpresas más gratas de la entrega 82 de los premios Oscar fue el tributo al horror, ese subgénero cinematográfico tan menospreciado y malentendido que ha demostrado –al paso de los años- ser un gran negocio. Irónico fue que lo presentaran dos astros de la saga Crepúsculo. Una asidua lectora de este blog, King VE, apunta correctamente que estas ni siquiera pueden aspirar a inscribirse en este género. Sin duda representaban la visión contemporánea y hollywoodense del tema, la que lo rebaja y pervierte, pero como diría una sabia mujer, “allá ellos y su mala cabeza”.
Si bien –y como era de esperarse- la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas de Estados Unidos inscribió este homenaje a películas de ese país –he hicieron a un lado joyas alemanas, británicas, japonesas o españolas-, se reunieron algunos de los personajes y cintas más entrañables del amante del cine de horror. No faltaron Bela Lugosi, Boris Karloff ni Lon Chaney, Jr., todos caracterizados como Jack Pierce los inmortalizara. Vimos escenas de “La mancha voraz” original, con Steve McQueen. Tampoco fue olvidado Alfred Hitchcock con su “Psicosis” o “Los pájaros”. El padre Karras se disponía a enfrentar al maligno. Jack Nicholson no omitió destrozar puertas con su hacha ni populares asesinos como Leatherface, Michael Myers, Jason Voorhies, Freddy Krueger, Pinhead o Chucky dejaron de atemorizarnos con sus filosas herramientas de matanza. Tres de sus herederos más contemporáneos, la bruja de Blair, Samara y Jigsaw, también estaban ahí.
Le antecedió a la compilación que reseño la parodia/homenaje que los anfitriones de la premiación –Steve Martin y Alec Baldwin- hicieron a la cinta independiente “Actividad paranormal” (Oren Eli, 2007), de la que hablé previamente. Si lo que sucede cuando dormimos es cierto, pobres de los que roncamos.
Bien por el horror fílmico y la Academia. Pero si verdaderamente desean sentir escalofríos, vean una sesión del Congreso.

viernes, 5 de marzo de 2010

Una pausa (nominaciones y curiosidades vampíricas)

El próximo domingo la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas de Estados Unidos entregará sus premios a lo mejor del cine (según ellos) del 2009. La experiencia nos ha enseñado que los llamados Oscar no siempre son un parámetro eficaz para definir la calidad de una película. Pero no dejan de llamar la atención dos cosas: la ampliación de la lista de nominados a ciertos premios y la diversidad de las cintas contempladas. Por ejemplo, coexisten en la principal categoría títulos tan disímiles como Bastardos sin gloria, Sector 9, Avatar y Up, una aventura de altura. A pesar de todo, el inminente evento cinematográfico no deja de ser interesante para el tema de este blog pues en él se enfrentarán cintas como algunas de las anteriormente mencionadas, Sherlock Holmes, Viaje a las estrellas y El fantástico señor Zorro (basada en el relato de Roald Dahl). Veamos…
En otro rubro, tan ineludible para su servidor, ayer vi una modesta coproducción australiana y estadounidense de 2009 (que por supuesto no fue nominada a los Oscar) llamada Daybreakers, insólitamente traducida en México como La hermandad. Tengo opiniones encontradas sobre ella. En el 2019 (a sólo nueve años de distancia) la humanidad ha colapsado por una plaga y la mayor parte de su población se ha convertido en vampiros. Una malvada corporación multinacional capitaliza el negocio de la distribución de alimento para la clase dominante, el cual escasea pues los seres humanos están al borde de la extinción. El hematólogo vampiro Edward Dalton (Ethan Hawke) lucha por descubrir un sustituto de la sangre tan codiciada y por terminar con la cacería que lleva al hombre a su total aniquilación. Su jefe vampiro, Charles Bromley (Sam Neill), no hace mucho caso a su perseverancia pues tiene una agenda secreta. Inesperadamente, nuestro héroe se topa con un grupo de disidentes humanos liderados por Elvis (Willem Dafoe) y con una insólita cura a la condición vampírica, que puede ser el fin de todos los males.
La trama, en la que el devorador de cintas de ciencia ficción puede descubrir elementos de Gattacca, Bladerunner y Matrix, además de una profunda influencia de Blade, Vampiro$ de John Carpenter y Soy Leyenda de Richard Matheson, es un curioso matrimonio de géneros. Los monstruos sucumben, como sabemos todos, ante el inclemente rayo del sol o la estaca en el corazón. Pero lo más interesante es su necesidad de ingesta de sangre como una forma de evitar la degradación física e intelectual: al borde de la inanición, los vampiros pierden todo vestigio de raciocinio y se transforman paulatinamente en horribles monstruos alados que irrumpen en los domicilios para saciar sus apetitos. Se convierten en los vampiros de los vampiros. Su aspecto bestial no deja de recordarnos el de Gary Oldman en el Drácula de Bram Stoker o al de las criaturas de El descenso, como vemos en algunas imágenes de esta entrada.
El tercer trabajo de los directores, los hermanos Peter y Michael Spiering (también guionistas de la cinta), pretende edificarse como una alegoría de la forma indiscriminada en que agotamos nuestros recursos naturales y la voracidad de las empresas transnacionales. Le veo toda la intención de convertirse en una saga. Con todo y sus baches sería más interesante que productos recientes sobre jóvenes vampiros metrosexuales, aunque ni por asomo igualará su éxito económico.
¡Y hoy estrenan Alicia!