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lunes, 15 de abril de 2013

De juguetes y zombis


En los últimos días he leído sobre la interacción que Robert Kirkman -creador de la popular historieta The Walking Dead y productor ejecutivo de su versión televisiva- tuvo con seguidores del programa, donde le hacían notar las similitudes con la trilogía fílmica Toy Story. Divertido, declaró lo siguiente:
Hay muchas coincidencias. Toy Story es una gran producción, es un honor ser comparado con ella, pero sí que es verdad que algunas similitudes son muy forzadas. He visto las tres películas (Toy Story) y es emocionante ver esos juguetes antropomórficos y su relación con los niños a los que pertenecen, pero no creo que haya ningún tipo de inspiración extraída para The Walking Dead.
Y como era de esperarse, casi al instante comenzaron a aparecer materiales en la red. Uno de los mejor logrados es una versión de sus créditos iniciales con los juguetes que bien conocemos, aderezado con el inquietante tema musical de Bear McCreary. Advierto. Causa adicción.


jueves, 22 de diciembre de 2011

No muestra demasiada piel

No soy un gran admirador de Pedro Almodóvar, pero reconozco su talento y proyección. No por nada ha ganado el favor del público y la crítica especializada y recibido incontables galardones internacionales. He visto algunas de sus películas –Átame (1989), Tacones lejanos (1991) y Todo sobre mi madre (1999) son las que más recuerdo-. Fiel a sus temas y obsesiones –la sexualidad y sus conflictos, la ambigüedad de géneros, el poder femenino-, Almodóvar posee un ensamble actoral –Carmen Maura, Marisa Paredes, Penélope Cruz, Antonio Banderas, entre muchos otros-, el mérito de escribir las historias que filma y colaboradores frecuentes –el editor José Salcedo, el músico Alberto Iglesias y el cinefotógrafo José Luis Alcaine-. Todo ello hace a su cine un espectáculo disfrutable. Muchas actrices pelean por el privilegio de ser “Chicas Almodóvar”. Estudiosos de todo el mundo se han entregado a diseccionar su obra. En resumen, Almodóvar es un cineasta autor en todo el sentido de la expresión.
Hace meses leí que por primera vez iba a incursionar en el thriller y eso llamó mi atención. Me enteré que la historia giraría en torno a un “demente cirujano plástico que tenía cautiva a una mujer” y eso me atrajo aún más. Por ese momento acababa de leer Belleza roja (Fondo de Cultura Económica,  2005) de mi amigo Bernardo Esquinca y fui seguidor entusiasta (de las dos primeras temporadas) del binomio Mc Namara/Troy de la teleserie Nip/Tuck. Me recordó a esa maravilla francesa titulada Ojos sin rostro (Georges Franju, 1960). De hecho pensé que sería la base del libreto del artista manchego pero luego me leí que se basada en la novela Tarántula del escritor francés Thierry Jonquet –la cual me gustaría conocer-. Meses después –hace unas semanas- conocí el resultado: La piel que habito (2011). Diré en un inicio que es una película bien realizada. Su banda sonora –autoría de Iglesias- me recordó por momentos la que Bernard Herrmann compuso para Psicosis (Alfred Hitchcock, 1960). La fotografía de Alcaine es pulcra y eficaz, lo mismo que el diseño de arte de Antxón Gómez. Sus actuaciones son competentes –el protagonista, con su cabello teñido, me recordó la inclemencia del tiempo-. Pero el resultado no me convenció del todo ni me pareció lo estremecedora y “enferma” que muchos me aseguraban. Robert Ledgard (Banderas) es un prominente cirujano plástico que atiende en su casa/clínica a una bella paciente llamada Vera Cruz (Elena Anaya). Con ella mantiene una relación ambigua. La observa obsesivamente a través de monitores y le procura todos los cuidados pero le impide abandonar –a punta de pistola- su cautiverio. Llega a auxiliarle en su cuidado Marilia (Paredes), antigua colaboradora con quien posee un vínculo especial y profundo. Aparece de pronto Zeca (Roberto Álamo), delincuente vestido de tigre que viola a la paciente y tiene un fatal destino. Sigue una historia con continuos saltos temporales, sub tramas no resueltas –ni  necesarias o coherentes-, vínculos no utilizados y un desenlace que me hizo preguntarme “¿eso es todo?”. No abundo en explicaciones pues temo estropear el efecto a quienes no han visto la película. Sólo diré que no entiendo por qué Robert no concentró todo su dolor y frustración en el rostro que modeló. Eso hubiera sido realmente “enfermo”. Muchos lo justificarán diciendo que el amor y las obsesiones no son lógicos, y no puedo rebatir eso.
La piel que habito no es, según dicen los seguidores del director, la mejor cinta de Almodóvar, y posiblemente la olvide pronto. Lo que sin duda recordaré es el sismo que interrumpió la proyección (el del sábado 10 de diciembre). Ese no sólo me obligó a salir de la sala, sino a regresar el día siguiente a ver el metraje que me faltó y comprobar mi opinión.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Devolver la humanidad a los muertos

La cultura popular nos ha enseñado que un zombi, en solitario, no representa una gran amenaza, pues un hombre en plenitud de sus capacidades puede enfrentarlo fácilmente. La historia es diferente cuando se trata de varias decenas. Ahí radica el elemento más perturbador de este monstruo: una multitud de ellos significa una muerte segura. Son el equivalente a una turba de linchamiento, irracional, con quién no se puede entablar diálogo alguno. “No somos machos, pero somos muchos”, dice la expresión popular. Y estamos acostumbrados a percibir la amenaza zombi como una masa informe, sin personalidad. Acaso es curioso ver sus atuendos. “Mira, la zombi enfermera”. “Mira, el zombi trajeado”. “Mira, el niño zombi”. Sin olvidar la obligada zombi desnuda, tal como nos la presentó George Romero en La noche de los muertos vivientes en 1968.
Pero hace unos días descubrí, gracias a mi amigo Israel Rodríguez, un estupendo cortometraje que devuelve su identidad a los muertos. Se titula “Everything dies”. Este es parte del fenómeno The walking dead, la teleserie creada por Frank Darabont a partir de los cómics de Robert Kirkman, Tony Moore y Charlie Adlard. Si ustedes la han seguido, recordarán que en su primer episodio el asistente de comisario Rick Grimes (Andrew Lincoln), al salir del coma y encontrarse con un escenario apocalíptico descubre, arrastrándose lastimeramente en el pasto, a una zombi partida por la mitad, en avanzado estado de descomposición. La escena le impacta profundamente. Posteriormente Rick regresa y le dispara a la cabeza como un acto de misericordia, “poniendo fin a su sufrimiento”. Bajo la dirección de Greg Nicotero, brillante artista de maquillaje  convertido en productor y cineasta, el guión de John Esposito nos presenta a Hannah (Lilli Bridsell), un ama de casa común que lucha por sobrevivir –junto a su esposo e hijos- al despertar de los muertos. El trágico fin de sus días marca su breve aparición en la odisea de Rick. Su historia parecería irrelevante a simple vista, pero es un recordatorio de su paso por este mundo. Porque tendemos a olvidar que todos esos zombis que tanto nos aterrorizan en la pantalla –chica o grande- fueron personas, hijos de alguien, padres de alguien, esposos de alguien. Eso cobra relevancia en un momento donde el discurso oficial y mediático se afana en etiquetar a las víctimas de la atrocidad como “las muertas de Juárez” o “las bajas de la guerra contra el narco”. En sus últimos momentos al lado de sus seres amados, Hannah enfrenta la verdad inevitable que da nombre al corto: “todo muere”.
Ve "Everything dies"       

viernes, 5 de marzo de 2010

Una pausa (nominaciones y curiosidades vampíricas)

El próximo domingo la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas de Estados Unidos entregará sus premios a lo mejor del cine (según ellos) del 2009. La experiencia nos ha enseñado que los llamados Oscar no siempre son un parámetro eficaz para definir la calidad de una película. Pero no dejan de llamar la atención dos cosas: la ampliación de la lista de nominados a ciertos premios y la diversidad de las cintas contempladas. Por ejemplo, coexisten en la principal categoría títulos tan disímiles como Bastardos sin gloria, Sector 9, Avatar y Up, una aventura de altura. A pesar de todo, el inminente evento cinematográfico no deja de ser interesante para el tema de este blog pues en él se enfrentarán cintas como algunas de las anteriormente mencionadas, Sherlock Holmes, Viaje a las estrellas y El fantástico señor Zorro (basada en el relato de Roald Dahl). Veamos…
En otro rubro, tan ineludible para su servidor, ayer vi una modesta coproducción australiana y estadounidense de 2009 (que por supuesto no fue nominada a los Oscar) llamada Daybreakers, insólitamente traducida en México como La hermandad. Tengo opiniones encontradas sobre ella. En el 2019 (a sólo nueve años de distancia) la humanidad ha colapsado por una plaga y la mayor parte de su población se ha convertido en vampiros. Una malvada corporación multinacional capitaliza el negocio de la distribución de alimento para la clase dominante, el cual escasea pues los seres humanos están al borde de la extinción. El hematólogo vampiro Edward Dalton (Ethan Hawke) lucha por descubrir un sustituto de la sangre tan codiciada y por terminar con la cacería que lleva al hombre a su total aniquilación. Su jefe vampiro, Charles Bromley (Sam Neill), no hace mucho caso a su perseverancia pues tiene una agenda secreta. Inesperadamente, nuestro héroe se topa con un grupo de disidentes humanos liderados por Elvis (Willem Dafoe) y con una insólita cura a la condición vampírica, que puede ser el fin de todos los males.
La trama, en la que el devorador de cintas de ciencia ficción puede descubrir elementos de Gattacca, Bladerunner y Matrix, además de una profunda influencia de Blade, Vampiro$ de John Carpenter y Soy Leyenda de Richard Matheson, es un curioso matrimonio de géneros. Los monstruos sucumben, como sabemos todos, ante el inclemente rayo del sol o la estaca en el corazón. Pero lo más interesante es su necesidad de ingesta de sangre como una forma de evitar la degradación física e intelectual: al borde de la inanición, los vampiros pierden todo vestigio de raciocinio y se transforman paulatinamente en horribles monstruos alados que irrumpen en los domicilios para saciar sus apetitos. Se convierten en los vampiros de los vampiros. Su aspecto bestial no deja de recordarnos el de Gary Oldman en el Drácula de Bram Stoker o al de las criaturas de El descenso, como vemos en algunas imágenes de esta entrada.
El tercer trabajo de los directores, los hermanos Peter y Michael Spiering (también guionistas de la cinta), pretende edificarse como una alegoría de la forma indiscriminada en que agotamos nuestros recursos naturales y la voracidad de las empresas transnacionales. Le veo toda la intención de convertirse en una saga. Con todo y sus baches sería más interesante que productos recientes sobre jóvenes vampiros metrosexuales, aunque ni por asomo igualará su éxito económico.
¡Y hoy estrenan Alicia!

lunes, 30 de noviembre de 2009

Una segunda oportunidad para Drácula, segunda parte.

Basta por ahora de fantasmas. Volveremos a ellos intermitentemente. Regresemos a la familiaridad de los vampiros. Las circunstancias me lo exigen.
2009 ha sido un año de desilusiones artísticas. El pasado mes de octubre manifesté mi entusiasmo por la secuela de Drácula, obra seminal de mi educación sentimental. La empresa fue asumida por un descendiente del autor, Darce Stoker, y el guionista Ian Holt. Hoy, que leí la tercera parte de la novela, puedo decir que se extinguió por completo cualquier expectativa que pude tener por Drácula, el no muerto (Roca, 2009). Se que no puede juzgarse un texto sin haber completado su lectura. Tampoco pretendo erigirme como el detentor de la verdad y la corrección del tema. Pero si las 177 páginas que devoré son el síntoma del resultado general, el pronóstico es poco alentador. Por ello escribo estas líneas. Como un ejercicio de análisis, enunciaré sus virtudes. Luego sus defectos. Juzguen por sí mismos. Quienes no hayan leído la novela, por favor absténganse. Revelaré detalles esenciales.

Virtudes de Drácula, el no muerto
  1. La premisa de su trama, sustentada en la posibilidad de supervivencia del protagonista y situada 25 años después de la conclusión de la novela original.
  2. Retomar personajes suprimidos en los manuscritos originales de Bram Stoker, como el Inspector Cotford, en quien puede verse una clara influencia de Arthur Conan Doyle y su creación más perdurable.
  3. Una lectura ágil, en gran medida por las expectativas que el relato puede generar entre los seguidores del texto canónico.
  4. Retomar un personaje emblemático y presentarlo a un público juvenil sin memoria. Edward Cullen –con todo y los suspiros que arranca entre las adolescentes- no es, por mucho, una aportación novedosa a la figura vampírica. ¿Alguien sabe por qué brilla como diamante?
  5. Los eventos no presentados en el texto original, como el flechazo amoroso entre los Harker o el primer encuentro entre Jonathan y Jack Seward. Curiosidad morbosa.
Defectos de Drácula, el no muerto
  1. La adición de Erzebeth Báthory. Si bien Bram dejó entrever el vínculo de su villano con el personaje histórico, la referencia es lo suficientemente ambigua para generar interés y propiciar el misterio. La Condesa Sangrienta es, en esencia, un vampiro atormentado y con sed de venganza por su traumático pasado humano. Personalmente me es poco atractivo el vampiro que lamenta su condición. Como asegura Suzy McKee Charnas, el depredador no puede permitirse el remordimiento ni la melancolía. Dacre Stoker e Ian Holt presentan, con lujo de detalle, la vida mortal de la Báthory y la explican como víctima convertida en victimario. El éxito en Drácula radica en que Bram Stoker nunca lo hizo. No sabemos el origen del vampiro, ni necesitamos saberlo.
  2. El estilo fragmentario de la novela original –conformado por cartas, entradas de diario, narraciones periodísticas y grabaciones fonográficas- se ha diluido en una narración lineal con fuerte influencia cinematográfica –con todo y frecuentes flashbacks-, tal vez por su inminente traslación a la pantalla grande. Concedo que tal vez este recurso no hubiera funcionado nuevamente, pero es innegable que fue parte fundamental del efecto de su predecesora.
  3. La interacción entre la realidad y la ficción. El propio Bram Stoker ocupa un papel importante en el relato. También Hamilton Deane –adaptador de la versión teatral de la novela-. Los dos nunca se conocieron, como demuestran Barbara Belford y J. Gordon Melton en sus eruditas investigaciones. La puesta en escena no se produjo hasta 1924 y Bram murió 12 años antes. La novela se desarrolla meses antes de su deceso, periodo en que su salud física y mental estaban severamente minadas. Muchos pueden apelar a la libertad creativa –que es incuestionable- que nos permite jugar con las situaciones y las épocas. Pero si los autores decidieron anclar su relato en personajes y situaciones históricamente verificables, debieron ser precisos e ingeniosos para que los eventos documentados empataran con la propuesta de ficción. Vicente Quirarte usó la posibilidad de que Bram Stoker se encontrara en París con su amigo Oscar Wilde en sus últimos en El fantasma del Hotel Alsace. Yo mismo conjeturé un encuentro entre los padres de Drácula y Sherlock Holmes en El hombre que fue Drácula. En ambos casos los hechos permitían el juego de la imaginación.
  4. La inclusión del caso de Jack el destripador es forzada e innecesaria. Abraham Van Helsing y su equipo de héroes se convierten, 25 años después, en sospechosos potenciales de los asesinatos. Si bien los autores usan a Frederick Abberline –el personaje histórico que codujo la investigación, retomado por Alan Moore en su novela gráfica Desde el infierno-, el vínculo que establece su ficticio pupilo Cotford entre la decapitación de Lucy y las 5 prostitutas mutiladas por el Destripador haría quedar en ridículo al investigador más torpe. Su método deductivo es cuestionable, por agudo y brillante que parezca en la superficie. Mi experiencia laboral me ha enseñado algo del tema.
Lo anterior es lo que llevo hasta el momento. Bien, ahora que desahogué mi pecho y estropeé la ilusión de muchos, completaré mi lectura. Un experto dijo: “aunque el resultado sea malo, quien triunfa es el vampiro”. Completamente cierto. Me aferraré a ello. Sólo algo más…
¿Alguien quiere que le arruine el desenlace del séptimo libro de Harry Potter?