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viernes, 14 de febrero de 2014

Tercera caída

"Dígame, Watson: ¿no siente usted una especie de escalofrío o estremecimiento cuando mira las serpientes en el parque zoológico y ve esos bichos deslizantes, sinuosos, venenosos, con su mirada asesina y sus rostros malignos y achatados? A lo largo de mi carrera he tenido que vérmelas con cincuenta asesinos, pero ni el peor de todos ellos me ha inspirado la repulsión que siento por este individuo".-Sherlock Holmes en La aventura de Charles Augustus Milverton (1904) de Arthur Conn Doyle.

Han pasado varias semanas desde el final de la tercera temporada de la teleserie británica Sherlock, así que asumo que todos lo han visto y puedo escribir libremente. Su último voto (His last vow), cuyo guión es autoría del co creador del programa Steven Moffat, toma como base uno de los cuentos escritos por Arthur Conan Doyle sobre su personaje más prestigiado, La aventura de Charles Augustus Milverton, y juega con el título –y hace referencias- de su aparición final, Su último saludo al escenario (His last bow, 1917).
Para comenzar, muchos podrían cuestionar su desenlace. El mismo Holmes (Benedict Cumberbatch) aclara su posición. Dice a su enemigo “No soy un héroe. Soy un sociópata altamente funcional”, antes de hacer lo inesperado. Su decisión, pese a lo que nos aclara, es la de la persona que está dispuesta a sacrificarse, a mancharse las manos y renunciar a su esencia, en aras de lograr el bienestar de otros. ¿No es eso ser un héroe? El malo del capítulo es Charles Augustus Magnussen, encarnado por el actor danés Lars Mikkelsen (muchas seguramente le dirán cuñado, pues es hermano del muy famado Mads Mikkelsen, mejor conocido por ser el Hannibal Lecter televisivo). Su apellido original seguramente fue cambiado pues Milverton suena muy semejante a Middleton, la madre de un potencial heredero al trono de Inglaterra. De ser un tratante de arte –como lo describe Conan Doyle- se nos presenta como un magnate de los medios de comunicación, muy en deuda con William Randoph Hearst o Rupert Murdoch. Es un sujeto poderosísimo, frío, sin escrúpulos y vulgar que usa los secretos de los demás para beneficiarse. Un chantajista de altos vuelos, que opera ante la mirada impávida del Gobierno Británico. Es justo por ello que una de sus víctimas decide acudir a la Calle Baker. Conan Doyle seguramente tuvo en cuenta un caso de la vida real para escribir su historia: el del chantajista Charles Augustus Howell, muerto en condiciones misteriosas en 1890.
Otras referencias holmesianas no se hacen esperar, desde la adicción del protagonista, Los irregulares de la Calle Baker o la primera aparición literaria de la Señora Watson, con esas enigmáticas letras A. G. RA. Luego está la presentación de Holmes como un hombre de familia, la segunda aparición de sus papás (los veteranos actores Wanda Ventham y Timothy Carlton, verdaderos progenitores del protagonista) y la muestra del poder de Mycroft Holmes (Mark Gatiss). Los giros de la historia, que no dejan de recordarme a Señor y Señora Smith (Doug Liman, 2005), no me hacen del todo feliz pero son congruentes con la personalidad de Watson (Martin Freeman), adicto inconsciente a relacionase con personas conflictivas.
Los momentos finales del capítulo, el regreso inmediato del Viento del Este de su aparente exilio para enfrentar a su Némesis resucitado, no deja de causarme la más grande emoción y abre las puertas a un verdadero reto para Moffat y Gatiss: crear una historia completamente nueva, no basada inmediatamente en un texto de Conan Doyle. Porque desde un principio nunca visualicé a James Moriarty (Andrew Scott) como un criminal ávido de una presencia mediática. Mucho menos de intervenir todas las señales de televisión de un país entero para preguntar burlonamente “¿Me extrañaron?”.

Lo único cierto: “Inglaterra siempre necesitará a Sherlock Holmes” y “el juego nunca termina”. Pero para cerciorarnos tendrá que pasar –al menos- un largo año. Espero ansioso.

miércoles, 29 de enero de 2014

Amoríos prohibidos

Y así fue como terminó un escándalo que amenazaba afectar seriamente el reino de Bohemia. Y así fue también como los mejores planes de Sherlock Holmes fueron arruinados por el ingenio de una mujer. Antiguamente mi compañero acostumbraba burlarse mucho de la supuesta inteligencia femenina, pero no he oído que lo haga a últimas fechas. Y cuando habla de Irene Adler, o cuando se refiere a su fotografía, siempre lo hace bajo el honorable título de La Mujer. –Escándalo en Bohemia (1891), Arthur Conan Doyle.

El primer episodio de la segunda temporada de la teleserie británica Sherlock nos presenta la ambigua e inquietante relación entre el héroe que da título al programa (Benedict Cumberbatch) e Irene Adler (Lara Pulver), una dominatriz de altos vuelos que revive a la figura central de la novela Escándalo en Bohemia, escrita en 1891 por el escocés Arthur Conan Doyle. Ella es objeto del amor idílico –nunca admitido- de Holmes y un auténtico desafío intelectual. Pero la fascinación que siente por ella no compromete su posición.
Algo similar, con sus respectivas distancias, ocurre con la creación de Bob Kane y Bill Finger cuyo cumpleaños 75 celebramos este 2014. Y antes de continuar, una precisión. Mucho se ha bromeado sobre la orientación sexual de Batman. Ello es principalmente culpa del libro La seducción del inocente, escrito en 1954 por el psiquiatra germano estadounidense Fredric Wertham, conocido con justicia como “El Mayor Enemigo de los Superhéroes”. Su texto daba lecturas homosexaules y pedófilas a la relación entre el Hombre Murciélago y su joven asistente Dick Grayson. Y no ayudó mucho la colorida pero inolvidable serie de televisión de los años sesenta, con Adam West y Burt Ward. No aclaro esto porque piense que un justiciero gay sea algo malo, contrario a la Ley de Dios o cause huracanes (para eso están algunos miembros del clero y la clase política), sino porque simplemente no fue la intención que le dieron sus creadores. El texto de Wertham fortaleció la infame cacería de brujas que propició que el Congreso de Estados Unidos impusiera a la industria de las historietas la famosa Autoridad del Código de Cómics, o CCA por sus siglas en inglés. Pero regresemos a lo central.

Desde su primera aventura oficial, ocurrida en Batman # 1 en la primavera de 1940, la ladrona conocida como La Gata fue incluida como un interés romántico del héroe y un desafío físico e intelectual. Además, el enmascarado siempre enfrentaba el reto de redimirla. La inspiración de la dupla creativa Kane-Finger vino, evidentemente, de las glamorosas estrellas de cine de su época, como Jean Harlow –por ahí circula una historia que involucra a una prima de Kane-, y eventualmente fue rebautizada como La Mujer Gato (Catwoman) o Gatúbela (en estos rumbos). Desde entonces, el personaje ha tenido múltiples encarnaciones y ha estado en ambos lados de la Ley. Y aunque Batman ha tenido otros intereses sentimentales –algunos más poderosos-, Gatúbela –yo prefiero llamarla así- siempre será una presencia importantísima en sus aventuras, justo como Adler y Holmes.

sábado, 25 de enero de 2014

Sabias palabras para decirse en una boda

Palabras dichas por Sherlock Holmes (Benedict Cumberbatch) en el banquete de bodas de Mary Mostan (Amanda Abbingtony John Watson (Martin Freeman), tomadas del guión de Mark Gatiss Steven Moffat y Stephen Thompson para El signo de los tres, segundo episodio de la tercera temporada de la teleserie británica Sherlock:

Todas las emociones, y en particular el amor, se oponen a la razón pura y fría que defiendo por sobre todas las cosas. Una boda es, en mi ponderada opinión, nada menos que una celebración de todo lo que es falso, engañoso, ilógico y sentimental en este mundo enfermo y moralmente comprometido. Hoy honramos la ruina de la sociedad y, eventualmente –estoy seguro- de toda nuestra especie.
Pero igualmente hablemos de John. Si durante mis aventuras me he allegado de su ayuda, no me alejo del sentimentalismo o del capricho cuando digo que tiene muy buenas cualidades propias además de su obsesión por mí. En efecto, cualquier reputación sobre mi agudeza mental, en verdad, proviene del extraordinario contraste que John ofrece de manera desinteresada. De hecho, creo que las novias tienden a elegir damas de honor excepcionalmente planas en su gran día. Hay cierta analogía aquí. Y el contraste es, después de todo, el plan de Dios para realzar la belleza de su creación, o lo sería si Dios no fuera una fantasía ridícula diseñada para dar una oportunidad de empleo al idiota de la familia.
Lo que trato de decir es que soy el individuo más desagradable, grosero, ignorante y cretino que tendrán el infortunio de encontrarse en la calle. Desprecio lo virtuoso, soy incapaz de reconocer la belleza y no puedo comprender la felicidad. Por eso no entendí por qué me pidieron ser Padrino, más porque nunca esperé ser el mejor amigo de nadie. Y ciertamente no del más valiente, bondadoso y sabio ser humano que jamás he tenido la fortuna de conocer. John, soy un hombre ridículo, redimido solamente por la calidez y constancia de tu amistad. Y como aparentemente soy tu mejor amigo, no puedo felicitarte por la compañera que elegiste. Pero de hecho sí puedo. Mary, cuando digo que te mereces a este hombre es el cumplido más grande que soy capaz de hacer. John, has sobrevivido la guerra, lesiones y trágicas pérdidas –de nuevo, lo siento por la más reciente- así que debes saber, hoy que estás sentado en medio de la mujer que has hecho tu esposa y del hombre que has salvado –en breve, las dos personas que más te aman en este mundo,- y sé que hablo por Mary, cuando digo que nunca te decepcionaremos y tenemos una vida para demostrártelo.


martes, 21 de enero de 2014

La mejor de mis bodas

Decir adiós es doloroso. Aunque popularmente se dice “de lo bueno, poco”, el esquema de la televisión inglesa es muy breve si consideramos la costumbre que nos inculcaron nuestros vecinos del norte. Con sólo 3 episodios de 80 minutos cada uno (aproximadamente) llegará este jueves (en Latinoamérica) a su fin la tercera –brevísima- temporada (los británicos les dicen series) de Sherlock, serie merecedora de toda mi admiración. Luego de 8 capítulos a los que no puedo reprochar nada, elegir un favorito es un verdadero reto. El que precedió a su conclusión, El signo de los tres, es simplemente uno de los mejores que conozco al detective. El guión de Mark Gatiss Steven Moffat y Stephen Thompson toma como base la segunda de las cuatro novelas que Arthur Conan Doyle dedicó al brillante inquilino de la Calle Baker, El sigo de los cuatro (1890). Todo ocurre durante la boda de John Watson (Martin Freeman) y Mary Mostan (Amanda Abbington), en la que por supuesto nuestro héroe (Benedict Cumerbatch) tiene la responsabilidad de ser el Padrino del evento. De forma inesperada convierte la ocasión en un anecdotario de las aventuras del par e involucra a los convidados en la resolución de uno de sus casos. Lo mejor del capítulo fue, sin duda, el intento de Holmes por descender del Olimpo de la Deducción al mundo de los hombres comunes y corrientes. El mejor momento fue un emotivo discurso cuya parte inicial destruye la institución del matrimonio, las creencias religiosas de las personas (“si Dios no fuera una fantasía”) y ataca las convenciones de la sociedad, ante la sorpresa y desaprobación de los congregados. Remata su exposición de la siguiente manera:
Lo que trato de decir es que soy el individuo más desagradable, grosero, ignorante y cretino que tendrán el infortunio de encontrarse en la calle. Desprecio lo virtuoso, soy incapaz de reconocer la belleza y no puedo percibir la felicidad. Por eso no comprendí por qué me pidieron ser Padrino, más porque nunca esperé ser el mejor amigo de nadie. Y ciertamente no del más valiente, bondadoso y sabio ser humano que jamás he tenido la fortuna de conocer. John, soy un hombre ridículo, redimido solamente por la calidez y constancia de tu amistad. Y como aparentemente soy tu mejor amigo, no puedo felicitarte por la compañera que elegiste. Pero de hecho sí puedo. Mary, cuando digo que te mereces a este hombre es el cumplido más grande que soy capaz de hacer. John, has sobrevivido la guerra, lesiones y trágicas pérdidas –de nuevo, lo siento por la más reciente- así que debes saber, hoy que estás sentado en medio de la mujer que has hecho tu esposa y del hombre que has salvado –en breve, las dos personas que más te aman en este mundo,- y sé que hablo por Mary, que nunca te decepcionaremos y tenemos una vida para demostrártelo.

Desde sus mesas, los invitados no pueden sentirse menos que conmovidos. La Señora Hudson (Una Stubbs) rompe en llanto. Al ver las reacciones, desconcertado, Holmes pregunta:
¿En qué me equivoqué? ¿Qué pasó? ¿Por qué hacen eso? ¿John? ¿Qué hice mal?
Y Watson se pone de pie y abraza a su asociado, emocionado.
Si no se conmovieron, tienen hielo en las venas. O es que, como digo, cuando envejeces te haces más llorón.

La solución final, el descubrimiento del “signo de los tres”, modificará definitivamente las futuras aventuras de nuestro paladín. Todo terminará en un par de días. Al menos por un largo año (como mínimo). Moffat, co creador y productor ejecutivo del programa, ha revelado que una cuarta temporada se encuentra en planeación. Eso es sin duda una fortuna. La espera, aunque cruel, valdrá la pena. 

lunes, 13 de enero de 2014

Crónica de un regreso anunciado

Volví la cabeza para mirar la estantería que tenía detrás y cuando miré de nuevo hacia delante vi a Sherlock Holmes sonriéndome al otro lado de mi mesa. Me puse en pie, lo contemplé durante algunos segundos con el más absoluto asombro, y luego creo que me desmayé por primera y última vez en mi vida. Recuerdo que vi una niebla gris girando ante mis ojos, y cuando se despejó noté que me habían desabrochado el cuello y sentí en los labios un regusto picante a brandy. Holmes estaba inclinado sobre mi silla con una botellita en la mano.
Todos lo sabíamos. Desde los últimos momentos de La caída de Reichenbach, el último episodio de la segunda  temporada de la brillante teleserie británica Sherlock, y pese a los nefastos acontecimientos que todos conocemos, observamos al protagonista (Benedict Cumberbatch) contemplar a su acongojado socio John Watson (Martin Freeman) hacer una petición frente a su tumba: “por favor no estés muerto”.
El deseo del galeno, dos años y un abundante bigote después –para nosotros fueron 20 larguísimos meses-, se hizo realidad. Su reacción no fue lo civilizada –completamente británica- que nos mostró Arthur Conan Doyle en su regreso triunfal en 1903 –en La aventura de la casa vacía-. Se le fue lanzó a golpes encima, con la contagiosa ¿Qué pasó, Yolanda? de Pink Martini como música de fondo. Su respuesta fue congruente, pese al improvisado disfraz del héroe. El homenaje no podía hacerse esperar, como bien nos han enseñado los creadores del programa, Steven Mofat y Mark Gatiss. “No voy a aparecérmele como un anciano”. El abrazo entusiasta que le dio el Inspector Lestrade (Rupert Graves) al volver a verlo fue el de sus miles de fieles. Y todos sonreímos satisfechos.
Los 86 minutos que duró el episodio, precedido por lo que nos enseñó la literatura y el afortunado mini capítulo Muchos felices regresos, fue una delicia de principio a fin, con incontables alusiones a casos memorables de Holmes –la Rata Gigante de Sumatra como es mencionada en El vampiro de Sussex, el duelo intelectual entre los dos Holmes en La aventura del intérprete griego y La aventura del carbunclo azul, la introducción de Mary Morstan (Amanda Abbington) como la vimos en El signo de los cuatro o esa desaparición que Holmes resuelve rápidamente, clara mención a Un caso de identidad. Además, Gatiss (quien escribió el guión) se permitió incluir referencias holmesianas tomadas del cine, de la cinta Estudio en terror (James Hill, 1965) al reciente díptico dirigido por Guy Ritchie.
El feliz retorno, con nuestro héroe reivindicado y la solución de un atentado terrorista de grandes proporciones, sólo propicia grandes preguntas: ¿quién es el misterioso individuo que al final observa a nuestro héroe en video? ¿Moriarty está realmente muerto? ¿El Moriarty que vimos suicidarse es realmente James Moriarty, el Napoleón del Crimen?
El próximo jueves veré el penúltimo capítulo de esta tercera temporada. “De lo bueno, poco”, dicen popularmente. Para finalizar me regodearé citando lo que escribí en abril de 2012:

La clave seguramente se encuentra no en lo que reveló la última escena, sino en los detalles que pasamos por alto: la aparente traición fraterna, la charla con la médica forense Molly Hooper (Louise Brealey), el ciclista que derriba a Watson. “La gente ve, no observa”, dice Holmes todo el tiempo. 

martes, 24 de abril de 2012

Duelos


“Todo intento de recuperación de los cuerpos era una imposibilidad, y allí, en la profundidad de aquella horrorosa caldera de aguas turbulentas, yacerán para siempre el más peligroso de los criminales y el más grande defensor de la ley de su generación”. –Arthur Conan Doyle. El problema final (1893).

Hay pérdidas que nunca se superan, aunque eventualmente te enteras que nada era lo que creías. El único aspecto que empañó mis festejos por el centenario luctuoso de Bram Stoker fue el episodio final de la brevísima segunda temporada de Sherlock, la grandiosa serie británica creada por Steven Moffat y Mark Gatiss. Y no fue así porque fuera malo. Lo fue porque me permitió vivir la angustia y el desconsuelo que los lectores victorianos –de la Reina Victoria al trabajador más humilde- sintieron al llegar a los últimos momentos de El problema final, el cuento donde Arthur Conan Doyle asesinó a su personaje más memorable. Pero ya volveré a ello.
Sherlock es una propuesta inteligente y respetuosa que trae con gran fortuna a un personaje clásico al nuevo milenio, a la era de los mensajes de texto y el internet. Como entusiasta lector del autor escocés siempre he creído que éste, desde un lugar mejor, debe sonreír al comprobar  la adaptabilidad y vigencia de su creación. Así lo comprobé a través de ingeniosas menciones a numerosas de sus historias, desde El pulgar del ingeniero (1892), El intérprete griego (1893), El tratado naval (1893), Escándalo en Bohemia (1891), La aventura del pie del diablo (1910) hasta su relato más famoso, El sabueso de los Baskerville (1901). Me emocioné al disfrutar guiños, como el momento donde, abrumado por el acoso de la prensa, Sherlock Holmes (Benedict Cumberbatch) se colocó el gorro de cazador que popularizó el cine.
Sobre todo descubrí el lado humano del detective. En el primer capítulo, Escándalo en Belgravia, Holmes se topó con uno de sus más interesantes antagonistas: Irene Adler (Lara Pulver), “La Mujer”, ahora convertida en una dominatrix de altos vuelos, objeto de amor idílico –nunca admitido- del personaje y verdadero desafío intelectual. Cuando Holmes trató de “desnudarla” utilizando sus capacidades deductivas, no descubrió nada. Incluso aparecieron textos –ya tan característicos de la producción- con signos de interrogación. Desconcertado, el héroe volvió la mirada a Watson (Martin Freeman) y comprobó que todo seguía en orden. Luego regresó a ella y se topó de nuevo con un gran muro. En su segundo capítulo, Los sabuesos de Baskerville, el detective no sólo puso a prueba sus capacidades: cuestionó la lógica que lo define. Esto por la leyenda local de un terrible sabueso, experimento engendrado en la base militar  de Baskerville, en la región de Dartmoor. Luego de confrontar al monstruo, pude ver por primera vez auténtico miedo en el rostro de Holmes. La razón, como en el texto original, se impuso e el último momento.
Todo concluyó en La caída de Reichenbach, historia –un enorme flashback- que anunció su desenlace desde el inicio pero no dejó de sorprenderme. En el fondo de todo se encontraba James Moriarty (Andrew Scott), el “Napoleón del Crimen”, esa “araña que mueve todos los hilos en el centro de la telaraña”, quien urdía un complicado plan para desacreditar a su enemigo. El guión de Steve Thompson nos presentó a un criminal muy en deuda con El Guasón de Heath Ledger, un hombre que sólo quiere ver arder el mundo por placer, usa la canción “Staying alive” de los Bee Gees como tono de su teléfono celular y se sienta en una vitrina de la Torre de Londres usando las joyas de la Corona, cual Sid Vicious o Freddie Mercury. Al malvado debemos frases memorables como “tú y yo somos iguales, sólo que tú eres aburrido” o “todo cuento de hadas requiere un buen villano clásico”. En el clímax las dos caras de la moneda se encuentran frente a frente en la azotea del Hospital de San Bartolomé, y ahí ocurrió lo impensable. “Moriarty no puede vencer a Holmes”, pensé inmediatamente. Aunque siempre he manifestado mi predilección por los villanos, inevitablemente deseo el triunfo del héroe. Por eso, he aquí algunas de mis dudas: ¿Un megalómano sería capaz de quitarse la vida? ¿Cómo evitar la muerte por una caída de más de 40 metros? La clave seguramente se encuentra no en lo que reveló la última escena, sino en los detalles que pasamos por alto: la aparente traición fraterna, la charla con la médica forense Molly Hooper (Louise Brealey), el ciclista que derriba a Watson. “La gente ve, no observa”, dice Holmes todo el tiempo. El problema final se resolverá en una tercera temporada, como anunciaron en la red sus creadores y su productor. Tendremos que esperar un largo año. Ese es un buen motivo para no anticipar el Fin del Mundo.

viernes, 5 de marzo de 2010

Una pausa (nominaciones y curiosidades vampíricas)

El próximo domingo la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas de Estados Unidos entregará sus premios a lo mejor del cine (según ellos) del 2009. La experiencia nos ha enseñado que los llamados Oscar no siempre son un parámetro eficaz para definir la calidad de una película. Pero no dejan de llamar la atención dos cosas: la ampliación de la lista de nominados a ciertos premios y la diversidad de las cintas contempladas. Por ejemplo, coexisten en la principal categoría títulos tan disímiles como Bastardos sin gloria, Sector 9, Avatar y Up, una aventura de altura. A pesar de todo, el inminente evento cinematográfico no deja de ser interesante para el tema de este blog pues en él se enfrentarán cintas como algunas de las anteriormente mencionadas, Sherlock Holmes, Viaje a las estrellas y El fantástico señor Zorro (basada en el relato de Roald Dahl). Veamos…
En otro rubro, tan ineludible para su servidor, ayer vi una modesta coproducción australiana y estadounidense de 2009 (que por supuesto no fue nominada a los Oscar) llamada Daybreakers, insólitamente traducida en México como La hermandad. Tengo opiniones encontradas sobre ella. En el 2019 (a sólo nueve años de distancia) la humanidad ha colapsado por una plaga y la mayor parte de su población se ha convertido en vampiros. Una malvada corporación multinacional capitaliza el negocio de la distribución de alimento para la clase dominante, el cual escasea pues los seres humanos están al borde de la extinción. El hematólogo vampiro Edward Dalton (Ethan Hawke) lucha por descubrir un sustituto de la sangre tan codiciada y por terminar con la cacería que lleva al hombre a su total aniquilación. Su jefe vampiro, Charles Bromley (Sam Neill), no hace mucho caso a su perseverancia pues tiene una agenda secreta. Inesperadamente, nuestro héroe se topa con un grupo de disidentes humanos liderados por Elvis (Willem Dafoe) y con una insólita cura a la condición vampírica, que puede ser el fin de todos los males.
La trama, en la que el devorador de cintas de ciencia ficción puede descubrir elementos de Gattacca, Bladerunner y Matrix, además de una profunda influencia de Blade, Vampiro$ de John Carpenter y Soy Leyenda de Richard Matheson, es un curioso matrimonio de géneros. Los monstruos sucumben, como sabemos todos, ante el inclemente rayo del sol o la estaca en el corazón. Pero lo más interesante es su necesidad de ingesta de sangre como una forma de evitar la degradación física e intelectual: al borde de la inanición, los vampiros pierden todo vestigio de raciocinio y se transforman paulatinamente en horribles monstruos alados que irrumpen en los domicilios para saciar sus apetitos. Se convierten en los vampiros de los vampiros. Su aspecto bestial no deja de recordarnos el de Gary Oldman en el Drácula de Bram Stoker o al de las criaturas de El descenso, como vemos en algunas imágenes de esta entrada.
El tercer trabajo de los directores, los hermanos Peter y Michael Spiering (también guionistas de la cinta), pretende edificarse como una alegoría de la forma indiscriminada en que agotamos nuestros recursos naturales y la voracidad de las empresas transnacionales. Le veo toda la intención de convertirse en una saga. Con todo y sus baches sería más interesante que productos recientes sobre jóvenes vampiros metrosexuales, aunque ni por asomo igualará su éxito económico.
¡Y hoy estrenan Alicia!

sábado, 16 de enero de 2010

Elemental, Dr. Freud

Continúo con mi revitalizada euforia por Sherlock Holmes a pesar del reciente estreno de Zombieland (de la que hablaré posteriormente) y de los trágicos eventos en Haití. Los horrores de la ficción son más inofensivos que los de la vida real.
Hace muy poco releí la novela La solución al siete por ciento, escrita por Nicholas Meyer en 1975. Ediciones G. P., con el auspicio de Plaza y Janés, la publicó en 1978 bajo el título Elemental, Dr. Freud. La historia, alternativa a todas luces y presentada como un manuscrito inédito de John H. Watson, narra el encuentro de estos dos exploradores de las zonas oscuras del hombre, Holmes y Freud, y la lucha del primero por librarse de la terrible adicción que inició como un inocuo alivio contra el tedio y prácticamente lo ha consumido. En el proceso los dos personajes unen sus mentes y fuerzas para resolver un caso criminal. Sólo puedo etiquetar el texto de maravilloso, un homenaje respetuosísimo al estilo y vigor de Arthur Conan Doyle. Dicha historia fue trasladada al cine en 1976 con similar resultado por Herbert Ross, con Nicol Williamson como Holmes, Robert Duvall como Watson, sir Laurence Olivier como el profesor Moriarty y Alan Arkin como Sigmund Freud. Hace un par de años, como un ejercicio dramático (también de ocio), adapté la historia en un intento -hasta ahora- nunca llevado a cabo de trasladarla a los escenarios. He aquí un fragmento, ejemplo de la forma en que la ficción nutrió a la realidad y modificó para siempre la percepción sobre el ser humano.
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Escena 4. Transición. Viena, Suiza. El ladrido de Toby, un sabueso, que corre agitado. Sherlock Holmes lo lleva por la correa. Les sigue el Dr. Watson.

Holmes.- ¡Bien hecho, Toby, muchacho! ¡Eso es, sigue así! Nunca dejará de sorprenderme la capacidad olfatoria de nuestro amigo, Watson.
Watson.- Cierto, Holmes. Sus lectores le adoran.
Holmes.- Nunca perdió el rastro. Ni en el ferrocarril, ni en el vapor, ni en el carruaje.
Toby se detiene frente a una casa y ladra insistentemente.
Holmes.- ¿Es aquí, muchacho?
Más ladridos.
Holmes.- La paciencia rinde frutos Watson. Encontramos a nuestra presa.
Watson.- ¿Aquí se esconde Moriarty?
Holmes.- Es el lugar ideal para una mente criminal de su calibre. Un edificio pequeño, discreto, pero atractivo.
Watson.- ¿Y ahora qué hacemos?
Holmes.- Lo mejor es siempre la acción frontal. Llamemos a la puerta.
Holmes hace sonar una campanilla. Un instante después abre la puerta una doncella.
Doncella.- A sus órdenes.
Holmes.- Somos los señores Sherlock Holmes y John Watson. Buscamos al profesor Moriarty.
Doncella.- Síganme por favor, caballeros. Permítanme encargarme de su mascota. Le daré de comer y beber.
Watson.- Gracias.
Holmes.- Bien, Watson. ¿Qué piensas de esto?
Watson.- No pienso nada.
Holmes.- Y sin embargo es obvio, obvio, aunque increíblemente diabólico. ¿Tomaste precauciones?
Watson.- Traigo mi pistola aquí mismo, Holmes.
Holmes.- Bien, mantente alerta. Es posible que la necesitemos.
Doncella.- Pasen al estudio, por favor. El doctor les recibirá en un momento.
Ambos entran a un estudio. Unos instantes después aparece un hombre con barba, que viste un traje oscuro con una cadena dorada que pende de su chaleco.
Freud.- Buenos días, Herr Holmes. Los estaba esperando.
Holmes.- Puede quitarse esa barba ridícula, Moriarty. Y no use ese acento de cómico de opereta. Se lo advierto, es mejor que confiese o le irá muy mal. ¡El juego ha terminado!
Freud.- No me llamo Moriarty. Mi nombre es Sigmund Freud.
Holmes.- (Enmudece, incrédulo) ¿Usted no es el profesor Moriarty? Pero él estuvo aquí. Toby nunca se equivoca. ¿Dónde está ahora?
Freud.- En un hotel, creo.
Holmes.- (Medita un instante y se vuelve hacia Watson) Tú. ¡Judas! Me has entregado a mis enemigos. Espero que te recompensen bien por todas las molestias que te he causado.
Watson.- (Molesto) ¡Holmes, cómo se atreve siquiera a insinuar eso!
Holmes.- Soy yo y no tú el que debe indignarse. Sin embargo, no seamos tan sutiles. Reconocí tus huellas la otra noche frente a la casa de Moriarty, y me di cuenta que llevabas una maleta pesada, como si fueras a salir de viaje, por largo tiempo. Sólo quiero saber qué planeas hacer ahora, que me tienes en tu poder.
Freud.- Si me permite una palabra, Herr Holmes, creo que está cometiendo una grave injusticia con su amigo. Él no lo trajo hasta aquí para causarle ningún daño. Y en lo que respecta al profesor Moriarty, el doctor Watson y su hermano Mycroft le pagaron una considerable suma para que viajara hasta aquí, con la esperanza de que usted lo siguiera hasta mi puerta.
Holmes.- ¿Y por qué hicieron tal cosa?
Freud.- Porque estaban seguros de que era la única manera en la que podían inducirlo a que me viera.
Holmes.- ¿Y por qué estaban tan ansiosos de que eso ocurriera?
Freud.- ¿Qué razón se le ocurre a usted? Vamos, soy un devoto lector de sus casos y acabo de ver una pequeña muestra de sus sorprendentes facultades. ¿Quién soy? ¿Y por qué están tan ansiosos sus amigos de que nos conociéramos?
Holmes.- Además del hecho de que usted es un brillante médico judío nacido en Hungría, que estudió durante algún tiempo en Paris, y de que algunas teorías suyas, muy radicales, han alienado a la respetable comunidad médica a tal punto que usted ha llegado a cortar relaciones con varios hospitales y sociedades, además del hecho de que como resultado ha dejado de ejercer su profesión, poco puedo deducir. Está casado, posee sentido del honor, le gusta jugar a las cartas, leer a Shakespeare y a un autor ruso cuyo nombre no soy capaz de pronunciar. Poco puedo decir que sea de interés.
Freud.- ¡Magnífico!
Holmes.- Nada fuera de lo común. Sigo esperando una explicación por este intolerable ardid, si es que fue un ardid. El doctor Watson le puede decir que es muy peligroso que me aleje de Londres. Mi ausencia genera en las clases criminales una excitación poco saludable.
Freud.- Sin embargo, me gustaría saber cómo adivinó esos detalles de mi vida con una exactitud tan sorprendente.
Holmes.- Yo nunca adivino. Es un hábito terrible que destruye la capacidad lógica. Un estudio privado es el lugar ideal para observar las facetas del carácter de un hombre. Que el estudio le pertenece, exclusivamente, es evidente por el polvo. Ni siquiera se le permite entrar a la doncella, o no se habría atrevido a dejar que se llegara a ese punto.
Freud.- Fascinante. Siga, por favor.
Holmes.- Cuando a un hombre le interesa la religión, y posee una muy buena biblioteca, por lo general guarda todos los libros sobre el tema en un solo lugar. Sin embargo, sus ediciones del Corán, la Biblia en la edición del Rey Jaime, el Libro de los Mormones, y varias otras obras de naturaleza similar están separadas -del otro lado, en realidad-, de sus elegantes ediciones del Talmud y la Biblia en hebreo. Éstas, por lo tanto, no son parte de sus estudios simplemente, sino que tienen alguna importancia especial. ¿Y cuál podría ser, excepto que usted es de la fe judía? El candelabro de nueve brazos sobre su escritorio confirma mi interpretación. Se llama Menorah, ¿no? Ahora bien. Sus estudios en Francia se infieren por la gran cantidad de obras médicas que posee en francés, incluyendo un número importante de alguien llamado Charcot. La Medicina ya es compleja por sí misma para que se estudie en un idioma extranjero por diversión. Además, el hecho de que estos volúmenes estén gastados habla claramente de las muchas horas que ha pasado leyéndolos. ¿Y adónde más podría un estudiante alemán leer textos de Medicina en francés, si no en Francia? Es más aventurado, pero el hecho de que estén tan gastadas esas obras de Charcot –cuyo nombre parece contemporáneo- me hace sugerir que él fue su propio mentor; o si no, sus libros tienen una atracción especial, relacionada con el desarrollo de sus propias ideas. Puede darse por sentado que sólo una mente brillante podría penetrar los misterios de la Medicina en una lengua extranjera, para no decir nada del hecho de que se ocupe de tal amplitud de temas, como demuestran los libros de esta biblioteca. Que lee a Shakespeare se deduce del hecho de que el libro haya sido puesto al revés. Es imposible no notarlo en medio de la literatura inglesa, pero el que no lo haya arreglado me hace pensar que sin duda intenta volver a sacarlo en un futuro cercano, lo que me lleva a pensar que le gusta leerlo. Debe sentirse halagado Watson, aquí hay varios de sus libros –Estudio en escarlata, El signo de los cuatro, El sabueso de los Baskerville-. Y con respecto al autor ruso...
Freud.- Dostoievski.
Holmes.- Dostoievski... la falta de polvo en el libro, que también falta en Shakespeare, incidentalmente, proclama su interés por él. Que es médico es obvio, ya que veo su diploma en aquella pared. Que ya no ejerce la Medicina es evidente por su presencia aquí en casa en la mitad del día, y no hay aparente ansiedad de su parte por cumplir un horario. Su separación de varias sociedades está indicada por esos espacios en la pared, que claramente están destinados a exhibir otros certificados. El color de la pintura allí es algo más oscuro, en pequeños rectángulos, y una silueta trazada por el polvo revela que estaban ocupados. Ahora bien, ¿qué puede obligar a un hombre a quitar los testimonios de sus éxitos? Creo que el que haya dejado de estar afiliado con todas esas sociedades. ¿Y por qué hacerlo, ya que alguna vez se molestó en relacionarse con ellas? Es posible que se haya desengañado de una o dos, pero no probable que se haya decepcionado de todas, y al mismo tiempo. Por lo tanto, llego a la conclusión de que fueron ellas quienes se desengañaron de usted, doctor, y le pidieron que renunciara como miembro. ¿Y por qué iban a hacer tal cosa, y simultáneamente, según atestigua la pared? Usted sigue viviendo plácidamente en la misma ciudad donde todo esto ha sucedido, por lo que alguna posición que ha tomado usted –evidentemente profesional- lo ha desacreditado ante sus ojos y como reacción ellas –y todas ellas- le han pedido que se vaya. ¿Cuál puede ser esta posición? No tengo idea, pero su biblioteca, como hice notar anteriormente, evidencia una mente de gran alcance, inquisitiva y brillante. Por eso me tomo la libertad de postular alguna especie de teoría radical, demasiado avanzada o escandalosa para ser aceptada de inmediato por el pensamiento médico actual. Posiblemente la teoría está relacionada con la obra de Monsieur Charcot, que parece haberlo influenciado. Aunque eso no es seguro. Su matrimonio sí lo es. Está claramente proclamado por el anillo de su mano izquierda, y su acento balcánico sugiere Hungría o Moravia. No sé si he omitido algo de importancia en mis conclusiones.
Freud.- Dijo que poseía sentido del honor.
Holmes.- Espero que lo posea. Lo inferí del hecho de que se preocupara en quitar las placas y testimonios de esas sociedades que han dejado de reconocerlo. En privado, en su propia casa, podría haber permitido que siguieran en el mismo lugar.
Freud.- ¿Y mi amor por los naipes?
Holmes.- Ah, ese es un punto que requiere mayor sutileza, pero no voy a insultar su intelecto describiendo cómo llegué a esa conclusión. Ahora, le pido que me diga por qué he tenido que venir hasta aquí para verlo. No fue simplemente para una demostración tan elemental como la que acabo de hacer.
Freud.- Le pregunté antes qué pensaba usted que lo había causado.
Holmes.- No tengo la menor idea. Si está en dificultades, dígalo, y haré lo que pueda para ayudarlo.
Freud.- Entonces es usted el que está siendo ilógico. Como ha deducido tan hábilmente, yo no estoy en dificultades. Y como ha señalado también, el método que se usó para traerlo no fue nada ortodoxo. Está claro que no creíamos que usted viniera por propia voluntad. ¿No le sugiere nada eso?
Holmes.- Que yo no hubiera querido venir.
Freud.- Precisamente. ¿Y por qué? No porque temiera que le causáramos algún mal. Yo podría ser su enemigo, incluso el profesor Moriarty podría serlo también. Incluso, perdóneme, el doctor Watson. ¿Pero es probable que su hermano se uniera a nosotros? ¿Es probable que todos estemos unidos en contra de usted? ¿Con qué propósito? Si no es para hacerle mal, tal vez sea para hacerle bien. ¿No había pensado en eso?
Holmes.- ¿Y qué bien podría ser?
Freud.- ¿No se lo imagina?
Holmes.- Nunca imagino nada. Y no puedo pensar ahora.
Freud.- ¿No? Entonces, es usted quien no está siendo sincero, Herr Holmes. Porque usted padece un abominable vicio, y prefiere insultar a sus amigos, que se han unido para ayudarlo a que se libere de ese yugo, antes de admitir su propia responsabilidad. Me decepciona, señor. ¿Éste es el Sherlock Holmes de quien tanto he leído? ¿El hombre que he llegado a admirar no sólo por su cerebro sino también por su caballerosidad principesca, su pasión por la justicia, su compasión por el que sufre? No puedo creer que esté tan sojuzgado por el poder de la droga que, en el fondo de su corazón, se niegue a reconocer su dificultad al mismo tiempo que su hipocresía al condenar a sus fieles amigos que, sólo por el amor a usted y su preocupación por su bienestar, se han molestado tanto.
Holmes.- (Guarda silencio, luego su voz se quiebra) Soy culpable de ello. No tengo excusa. Pero en lo que se refiere a ayuda, deben olvidarse de ello. Estoy en las garras de esta enfermedad diabólica, y debo consumirme. No traten de convencerme. No deben hacerlo. He recurrido a toda mi fuerza de voluntad para liberarme de este horrible hábito, y no he podido hacerlo. Y si yo, utilizando toda mi resolución, no puedo triunfar, ¿qué posibilidad tiene usted? Una vez que un hombre da un paso en falso, sus pies se encaminan para siempre por el sendero de la destrucción.
Freud.- Sus pies no se encaminan inexorablemente por ese camino. Un hombre puede darse vuelta y abandonar ese sendero, aunque eso requiere ayuda. El primer paso no es necesariamente fatal.
Holmes.- Siempre lo es. Ningún hombre ha hecho lo que dice usted.
Freud.- Yo lo hice.
Holmes.- ¿Usted?
Freud.- He tomado cocaína y estoy libre de su poder. Si me permite, lo ayudaré a liberarse también.
Holmes.- No puede hacerlo...
Freud.- Puedo hacerlo.
Holmes.- ¿Cómo?
Freud.- Llevará tiempo, y no será fácil. He dispuesto que se queden en mi casa, como mis huéspedes, mientras dure su recuperación. ¿Le agrada eso?
Holmes.- ¡Es inútil! ¡En este momento me domina la horrenda compulsión!
Freud.- Puedo detener esa ansiedad... por un tiempo. Siéntese, por favor. ¿Sabe algo acerca del hipnotismo?
Holmes.- Algo. ¿Se propone hacerme ladrar como un perro y que me arrastre a cuatro patas?
Freud.- (Ríe) Si coopera, si confía en mí, puedo disminuir sus deseos por la droga por un tiempo. La próxima vez que se ejerza su atracción, lo volveré a hipnotizar. De esta forma, reduciremos de manera artificial su necesidad hasta que la química de su cuerpo complete el proceso. ¿Está de acuerdo?
Holmes.- (Asiente con un gesto)
Freud.- Bien. (Se coloca frente a él, saca el reloj de su chaleco y comienza a balancearlo ante los ojos de Holmes) Quiero que se siente derecho y mire fijamente el reloj.
Unos instantes después, Holmes queda dormido. Freud se vuelve inmediatamente hacia Watson.
Freud.- ¡Rápido! Debemos revisar todas sus pertenencias.

Transición.

martes, 12 de enero de 2010

Puritanismo holmesiano

Pueden llamarme puritano, pero la idea de Sherlock Holmes como héroe de acción me parecía arriesgada e inapropiada, a pesar que Arthur Conan Doyle nos ofreciera certeza de sus dotes con la espada y atisbos de sus conocimientos en boxeo y artes marciales. Después de ver el espectáculo dirigido por Guy Ritchie puedo confesar que mis reservas eran infundadas. Sherlock Holmes (2009) es grandiosa, el salto de este personaje al nuevo milenio y su presentación a las nuevas generaciones.
Es cierto que no es el Holmes al que estamos acostumbrados, el que inmortalizara a Basil Rathbone o interpretara venturosamente Jeremy Brett. Los antecedentes que explican el enfoque que el director británico dio al detective más célebre son obvios: Ritchie es un eficaz artesano a quien debemos pequeñas joyas del llamado cine neo noir como Juegos, trampas y dos armas humeantes, Snatch y Revólver. Su estilo vertiginoso, pleno de cámaras lentas, flashforwards, flashbacks, dotan a la historia de una personalidad atractiva.
El guión de Lionel Wingram, Simon Kinberg, Michael Robert Johnson y Anthony Peckham toma numerosas situaciones, diálogos (“Datos, datos, datos. No puedo hacer ladrillos sin arcilla”) y personajes (Mary Morstan, Irene Adler y el infaltable Inspector Lestrade) que conocimos en las 4 novelas y los 56 cuentos escritos por Conan Doyle. Su eficaz puesta en escena, la impecable recreación de época con todo y un Puente de Londres en construcción, la partitura de Hans Zimmer y, sobre todo, sus actuaciones convierten a la película en el presagio de un venturoso 2010 (al menos en lo fílmico).
Su elenco, Jude Law, Rachel McAddams, Kelly Reilly y Mark Strong, es más que competente. También su protagonista, Robert Downey, Jr. Contradictoriamente es él, pese a su incuestionable talento interpretativo, el único aspecto que puedo recriminar a la película. Downey es estadounidense. Y repito, pueden llamarme puritano. No es un prejuicio hacia los actores de esta nacionalidad, pero creo que hay personajes que deben ser interpretados por británicos. Así sucedió con los actores que han dado vida a James Bond y con el elenco completo de la serie Harry Potter. Los mencionados Rathbone, Brett y Peter Cushig, algunos de los Holmes más memorables, eran ingleses. Lo vuelvo a decir, es una opinión puritana. También reconozco que no imagino a actor británico alguno capaz de llenar sus zapatos y las expectativas de una cinta de tan grande presupuesto.
El desenlace de la película, que incluye la promesa de un nuevo y conocido enemigo y me emocionó tanto como el final de Batman inicia (Nolan, 2005) es en realidad el comienzo de una franquicia a la que deseo una larga vida. Dondequiera que se encuentre, Arthur Conan Doyle debe sonreír satisfecho al comprobar la perdurabilidad de su creación.

viernes, 8 de enero de 2010

Feliz cumpleaños, señor Holmes.

En espera de ver la nueva aparición de Sherlock Holmes en el cine, conviene recordar que el pasado 6 de enero se celebró el cumpleaños 156 del más célebre detective de todos los tiempos. La fecha la provee William S. Baring-Gould en su erudita investigación de 1962 “Sherlock Holmes de Baker Street”, publicada en español por la benemérita editorial Valdemar en su colección El Club Diógenes.
Baring-Gould armó una biografía literaria del personaje a partir de las 4 novelas canónicas y los 56 cuentos que escribió Arthur Conan Doyle sobre su más popular personaje. Más allá, el libro pretende leer entre líneas y develar misterios sobre la vida personal del héroe y sus incondicionales. ¿Tuvo padres Sherlock Holmes? ¿Se casó más de una vez el Dr. Watson? ¿Por qué no siguió la pista a su contemporáneo, Jack el destripador, en lugar de quejarse tanto de que “ya no hay grandes crímenes”? ¿Acabó su relación con Irene Adler en “Un escándalo en Bohemia”? Son algunas de las preguntas que el autor trata de responder.
De acuerdo a la “Cronología holmesiana”, William Sherlock Scott Holmes nació el 6 de enero de 1854 en la Hacienda de Mycroft, en el North Riding de Yorkshire.
Por ello, en lugar de partir rosca de Reyes, propongo que a partir de hoy celebremos el natalicio del señor Holmes, un personaje que aún conserva su capacidad de asombrarnos y evidentemente nos sobrevivirá.

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Sherlock Holmes, héroe de acción

Se que este tema es más propio de Testigos del Crimen, pero me tomaré la licencia. El pasado lunes 21 de diciembre apareció en la sección Kiosko del periódico El Universal este artículo de Nicolás Alvarado que puede constituir un estupendo entremés para ver la reinterpretación que el cineasta británico Guy Ritchie ha hecho del memorable detective creado por Arthur Conan Doyle. La cinta se estrenará el primer día de 2010. Tal vez sea una forma interesante de iniciar el año.
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Sherlock Holmes, héroe de acción
Nicolás Alvarado

LONDRES.— La idea misma se antoja perturbadora, si no es que absurda. Porque, cuando imaginamos a Sherlock Holmes, nos lo figuramos en interiores, y ocupado en la práctica del violín o entregado a complejas (y estáticas) cavilaciones. Porque su vestuario emblemático —el pesado abrigo a cuadros y esa gorra con visera que en inglés lleva el nombre de deerstalker ya sólo porque su función sería la protección de la cabeza del cazador de venados— parece poco propicio a movimientos bruscos, no digamos atléticos. Y porque su hábitat natural —el Londres aristocrático de la Inglaterra victoriana— se antoja más conducente a la ingesta de té con scones que a despliegues de acción heroicos. Cierto: Holmes sale a la calle con mayor frecuencia que Hercule Poirot o que Miss Marple, los sedentarios héroes de las más bien pedestres tramas detectivescas de Agatha Christie. Pero también es cierto que lo visualizamos más afín a ellos que a Sam Spade o a Philip Marlowe, los rudos paradigmáticos de la posterior novela negra estadounidense.
He aquí, sin embargo, que, de acuerdo a la literatura propagada por Warner Brothers en ocasión del próximo estreno de su versión fílmica de las aventuras del detective creado por Arthur Conan Doyle en 1887 —dirigida por Guy Ritchie y estelarizada por Robert Downey Jr.—, el Holmes literario sería, antes que nada, un hombre de acción (un experto en artes marciales y en boxeo, un conocedor del gran mundo pero también de los bajos fondos) y la cinta buscaría no tanto dinamitar el mito holmesiano originario como restituirlo al espíritu que le sería propio.
En la conferencia de prensa para la presentación de la película celebrada en Londres, a la que tuve oportunidad de asistir, el productor Joel Silver se esforzaría en culpar de la perversión del mito de Holmes a las versiones cinematográficas previas, particularmente al ciclo de 14 películas protagonizadas por Basil Rathbone entre 1939 y 1946, las más populares. De acuerdo a Silver, fueron estas cintas, y no las cuatro novelas y los 56 relatos canónicos de Conan Doyle, las que confinaron a Holmes a un mundo de salas de estar y drawing rooms, las que le dieron la apariencia de un señorito inglés hipoactivo, las que hicieron de su secuaz Watson (interpretado por el mofletudo y atildado Nigel Bruce, tan distante del Jude Law alerta y, sí, sexy al que Ritchie asignara el papel) una suerte de niño grande y torpe.
Tiene razón pero sólo a medias. Una relectura de Conan Doyle me lleva a concluir que los creadores de esta novísima Sherlock Holmes han hecho una interpretación correcta pero convenenciera del material. Si bien es cierto que todos los elementos que citan para apuntalar la identidad de Holmes como hombre de acción (y la de Watson como un aliado, si no brillante, cuando menos competente) están ahí desde un principio, lo cierto es que no constituyen sino ingredientes menores en la composición del personaje y en el atractivo de sus aventuras. ¿Holmes boxeador? En efecto, hay una mención de ello en Estudio en escarlata… pero apresurada y notablemente forzada. ¿Holmes bohemio? Watson menciona dos o tres veces, de pasada, una cierta tendencia a la extravagancia vestimentaria y un cierto desdén por el orden doméstico, pero rara vez se detiene en un asunto en modo alguno consustancial a la caracterización del héroe. ¿Holmes callejero y aventurero? Algo hay de eso en algunos de los relatos pero lo cierto es que lo que recordamos de Holmes —y lo único para lo que se antoja dotado ese Conan Doyle que no es sino un escritor mediocre— es su inteligencia deductiva y la deslumbrante (y a veces un pelín tramposa) aplicación que hace de ella. Por mucho (o más bien poco) que afane su cuerpo, el Sherlock Holmes de los libros es, ante todo, un hombre de palabras; así, se antoja, de entrada, particularmente poco susceptible de viajar con facilidad al cine, ese mundo de imágenes y, sobre todo, de hechos (es decir de acción). Las películas protagonizadas por Rathbone son, en efecto, mediocres: productos de serie B, con la apariencia de haber resultado anticuadas incluso en su tiempo. (O, como me dice el propio Silver en entrevista, “hace ya rato que Sherlock Holmes parecía algo manido: incluso cuando se filmaron las películas de los años 40, el material era ya percibido como viejo”.) Sin embargo, la calidad igualmente inocua de las aventuras literarias del detective —“Sherlock Holmes es, a fin de cuentas, sobre todo una actitud y algunas docenas de parlamentos inolvidables” sería la sentencia lapidaria de Raymond Chandler— hace del personaje y sus premisas materias singularmente adecuadas a la reinvención profana pero eficaz. En 1970, el subversivo Billy Wilder exploró, en La vida privada de Sherlock Holmes, las posibilidades cómicas de su neurosis obsesiva y el halo marginal de sus coqueteos con la cocaína y acaso con la homosexualidad (y es que su relación con Watson se antoja aún menos convencionalmente fraternal que la de Batman y Robin). En 1976, Herbert Ross llevó a la pantalla La solución del siete por ciento, que añade a los señalamientos incómodos de Wilder una osada intervención psicoanalítica —¡a manos de Sigmund Freud!—, de acuerdo a la cual el afán justiciero del detective derivaría (¡cómo no!) de un trauma infantil. Así, no debe escandalizar, y menos sorprender, que Guy Ritchie ofrezca ahora una visión cuando menos revisionista del mito y que, aunque parezca regodearse en la inclusión de detalles literarios marginales, termine por convertir a Holmes y a Watson en personajes en gran medida apartados de su identidad canónica.
Ritchie parecería una elección osada, si no es que incongruente, para la dirección de una película de época de gran presupuesto: la mayoría de sus cintas son historias íntimas del submundo londinense contemporáneo, filmadas con poco dinero, henchidas de posmodernidad y editadas al ritmo trepidante del videoclip. Sin embargo, al revisitar Lock, Stock and Two Smoking Barrels, Snatch y Rock’n Rolla antes de ver su Sherlock Holmes no podré sino concluir que conoce bien el mundo del crimen que es también el de Holmes y que su mezcla de atletismo e intelectualismo parece propicia a la reconversión del detective cerebral en héroe de acción (su recurso frecuente a la edición rápida combinada con cámara lenta se presta notablemente a la ilustración dinámica de los procesos mentales del detective). Una vez que haya yo visto la película, sin embargo, terminaré por pensar no sólo que Ritchie es bueno para Holmes sino que Holmes es buena —es decir a un tiempo congruente y liberadora— para Ritchie.

La fascinación por los detectives
Una de las películas menos conocidas de este director —pero acaso su mejor— es Revólver, cinta que parte de su habitual premisa gangsteril para exponer una compleja teoría sobre la voluntad y el control mental, influida no sólo por su práctica entonces vigente de la Cábala sino por el psicoanálisis. En Revólver Ritchie hace mutar su universo posmo / cockney / hyper de mero entretenimiento en metáfora metafísica. Y he aquí que en Sherlock Holmes, aun si bajo los ostentosos aparejos de la superproducción hollywoodense, nos ofrece el exacto reverso de la moneda. La cinta, que en lugar de adaptar alguno de los relatos holmesianos toma elementos de varios —“Sentimos que necesitábamos desarrollar una nueva trama para dar a la película el rango que necesitaba”, me confesará Susan Downey, coproductora de la película y esposa de su protagonista—, postula como antagonista de Holmes a Lord Blackwood (Mark Strong), un villano acaso redolente del universo de James Bond (su objetivo, como el de Blofeld bondiano, es sabotear el imperio británico y dominar el mundo) pero que echa mano de la superstición y la magia para obrar sus maldades. Su derrota, entonces, equivaldrá a la de la superchería y, para sorpresa de los seguidores de Ritchie, al triunfo de la razón.
Suponiendo que el cambio de cosmovisión obedecería a su divorcio de Madonna —Ritchie ha abandonado las prácticas cabalísticas tras ser abandonado él mismo por su esposa—, cuestiono al director al respecto. Su respuesta, sin embargo, se revela más compleja y rica, asaz reveladora de su verdadera visión artística. “No creo que Sherlock Holmes y Revolver sean películas necesariamente antitéticas”, me dirá. “En cierto sentido, funcionan como Watson y Holmes: una representa la mente racional y la otra la mente, digamos, salvaje… Aunque Holmes es percibido como el gran empiricista, cuando la lógica queda fuera de contexto se desmorona —deja de ser lógica en el sentido primigenio del término— y de ahí deriva una gran cantidad de preguntas filosóficas. El hecho de que nos atraigan tanto los detectives parece apuntar a algo que bulle en nuestro interior y que busca aprehender las grandes verdades o los grandes misterios que conforman la vida o la razón. Ignoro cuál sea la manera de acceder a esa verdad, pero creo que el hecho mismo de que nos planteemos preguntas nos hace interesantes; así, el hecho de que Sherlock Holmes tenga una mente inquisitiva produce una resonancia en cualquiera”. Puesto en palabras llanas, Sherlock Holmes se insertaría en la filmografía del director como otra manera de plantear(se) preguntas que acaso no tengan respuesta pero que estimulan no sólo su creatividad sino nuestro interés.
Esto no es sino mero subtexto. Iconoclasta y entretenidísima, Sherlock Holmes funciona, sobre todo, en sus propios términos, es decir como divertimento masivo pero inteligente, enriquecido no sólo por las actuaciones competentes de Downey, Law y Strong sino por su magnetismo estelar. No hay gorra con visera ni “Elemental, mi querido Watson”, no hay largos monólogos explicativos ni (demasiada) flema británica. Lo que hay, para regresar a Chandler, es “la aventura de un hombre en busca de una verdad oculta, que no sería aventura si el hombre en cuestión no fuera, en esencia, un hombre de aventura”. Eso es buena literatura detectivesca, dice Chandler. Y buen cine de acción, digo yo.