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jueves, 4 de abril de 2013

Los muertos caminan, tercer acto.


Una advertencia: si no ha visto la serie, absténgase de leer lo siguiente.
Casi siempre las elevadas esperanzas restan brillo a cualquier experiencia. Al menos así me sucedió con el desenlace de la tercera temporada de la teleserie The Walking Dead, a la que me he referido ampliamente en el pasado. El resultado no fue malo en absoluto, pero el momento final del capítulo previo, desolador y terrible, los anuncios de su protagonista Andrew Lincoln en redes sociales –“en el episodio morirán 27 personas”- y los pronósticos de muchos de sus seguidores me hicieron esperar una conclusión espectacular. En general fue una buena temporada, mejor que la anterior y menor que la primera, en la que encuentro cuatro aspectos dignos de elogio:

1. El reencuentro de los hermanos Dixon, Daryl (Norman Reedus) y Merle (Michael Rooker), el primero convertido en una pieza esencial del grupo de supervivientes y el segundo en un villano al servicio de un grupo rival. En el caso de Daryl, es curiosa su creciente popularidad entre los espectadores. En Internet leí comentarios que iban desde “Daryl, hazme tuya” a “Daryl, quiero ser la madre de tus hijos”. Cuando concluyó la primera parte de la temporada, quedó en un riesgo grave. Pude entonces percibir una auténtica preocupación que tenía tiempo no atestiguaba. El atractivo del personaje radica en valores que se fortificaron en el transcurso de la trama, como la entrega, la solidaridad, la fortaleza y la integridad. Todas contrastaban desde su inicio con la personalidad de su hermano, cínico, poco escrupuloso. Un personaje repelente, al que se podía odiar. Él mismo hizo evidente su necesidad: “siempre se requiere alguien capaz de hacer el trabajo sucio”, de mancharse las manos –la mano-, de realzar la nobleza del héroe o evitar que la comprometa. Irónicamente Michonne (Danai Gurira) le dice que lo asume como una carga, lo que desnuda su esencia bondadosa. De acuerdo el planteamiento televisivo –los Dixon no tienen raíces en el cómic-, Merle crió a su hermano menor tras la muerte de su madre y lo protegió de su padre alcohólico y violento. De manera que algo bueno debió tener para transmitir valores tan sólidos a Daryl. Por eso su villanía se transforma al final en la más genuina empatía. Su destino, lamentable luego de su reivindicación, no dejó de provocarme pesar.
2. Phillip Blake (David Morrissey), nombrado respetuosamente por sus protegidos en el pueblo de Woodbury como El Gobernador.  Personaje carismático a primera vista, tiene una vocación secreta y una oscuridad que lo vuelven un peligro más grande que las hordas de zombis que caminan por la tierra. Luego de la segunda muerte de su amada hija, se transforma en un ser sediento de venganza, irracional y terrible como el mítico Capitán Ahab de Hermann Melville. Como él, está dos veces mutilado. “En este nuevo mundo, matas o mueres. O mueres y matas”, dice a su otrora vasallo Milton (Dallas Roberts) mientras le propina una golpiza. Su aspecto en las historietas, que me recuerda más a la imagen del actor Danny Trejo que al físico sajón de Morrissey, lo hace más amenazante. Perverso y sin remordimientos, era capaz de matar a sus propios defendidos cuando no obedecían sus deseos o mantener en cautiverio s sus enemigos, degradándolos física y psicológicamente (en su versión original es peor). Por esto fue lamentable que al final se convirtiera en un cliché, en un malvado de caricatura que perdiera el atractivo que confirma una certeza cotidiana: “temo más a los vivos que a los muertos”.
3. Carl Grimmes (Chandler Riggs), hijo de Rick (Lincoln) y Lori (Sarah Wayne Callies), chico que perdió su infancia al mismo tiempo que iniciara el Apocalipsis zombi. No sólo tuvo que dar una muerte piadosa a su progenitora, sino tomó un camino sin retorno. Mi amigo Jorge Báez lo resume bien: “el final de temporada de The Walking Dead me dio escalofríos, no por la muerte de algunos personajes. El episodio me golpeó emocionalmente porque fui testigo de la completa pérdida de inocencia de Carl, un niño de 11 años cuya realidad lo ha forzado a crecer demasiado rápido, a vivir en un mundo donde sobrevivir significa matar o dejar morir. Carl asesinó a un adolescente sin motivo. Al jalar el gatillo, no hubo duda en sus ojos. Este niño se puede convertir en algo peor que el Gobernador, la amenaza zombi ha dejado de ser importante”. Todo muy cierto. Ante la ausencia de una figura materna, con un padre anulado, el niño llega a la adolescencia en un mundo cruel y sin futuro. Lo que sucederá con él seguramente será importante en el desarrollo del relato.
4. Más zombis, más sangre y más acción. Los diletantes de lo sanguinolento se pudieron regocijar con la aguerrida Michonnee rebanando cabezas a diestra y siniestra con su ya famosa espada katana, con los héroes atravesando cráneos con varillas a través del enrejado o con Glenn (Steven Yeun) cortando dedos en busca de un anillo de compromiso. Lo mejor es que los zombis son un pretexto para hacer evidentes las virtudes y carencias de la naturaleza humana, sea el enfrentarlos por divertimento, el brindar refugio de ellos, el utilizarlos como un arma contra los oponentes o como una forma para aferrarse a la esperanza: el Gobernador mantiene secretamente a su hija reanimada, Milton hace estudios para tratar de devolver la racionalidad a los muertos. Todo es en vano.
La muerte de dos personajes principales (a los que no extrañaré), algunos secundarios y la inclusión de algunos nuevos sirven como anticipación de una cuarte temporada. Gale Anne Hurd, productora ejecutiva y co creadora del programa, confirmó esto y lanzó una advertencia: “la serie no terminará bien para todos”.

lunes, 9 de abril de 2012

Otros resucitados

Terminó otra Semana Santa y es hora de volver al trajín cotidiano. Hablemos pues de otro tipo de revinientes. Hace un par de semanas terminó la segunda temporada (dividida en dos partes) de The walking dead, serial del que he escrito mucho en este espacio. Era un entusiasta del programa, incluso lo defendí ante la crítica voraz de los devotos de su fuente de procedencia, pero debo confesar no me encantó como esperaba. Esa no es una sensación agradable. Lo mismo me ocurrió después de la primera temporada de Héroes (2006-2010), la popular historia de Tim Kring. Comprendo en parte su destino: no debe ser fácil sustentar un relato de largo aliento con un gran nivel argumental. Posteriormente podemos sumar las presiones provenientes del éxito y las altas expectativas que crea en sus seguidores (como me ocurrió), por no decir de la crítica y sus productores, ávidos de exprimir su potencial económico. A diferencia de grandes amigos y estudiosos del tema, que mantuvieron su fe en la galardonada serie, detecté las que creo son fallas terribles:

1. La historia se estancó, no sólo en su escenario (una granja de Georgia) sino en las emociones de sus personajes. Frank Darabont, su artífice televisivo, apostó por colocar a personas ordinarias ante una situación extraordinaria para emanar el conflicto que todo melodrama requiere. Ese era el encanto del programa, pero terminó por dominarlo. Estaba claro que los zombis no eran los protagonistas, sino los seres humanos (con sus virtudes y defectos), pero sus situaciones llegaron a rayar en lo telenovelesco, con el embarazo de Lori (¿quién en su sano juicio se atrevería a procrear en ese mundo con tan pocas esperanzas?) y el dilema sobre la paternidad del producto. El resorte de la temporada, el extravío de la pequeña Sophia (Madison Lintz) y la herida de bala de Carl (Chandler Riggs) se prolongaron más tiempo del necesario y no tuvieron consecuencias en la trama, salvo brindar al grupo un pretexto para detenerse y gozar de un poco de la paz y seguridad que los acontecimientos les arrebataron.
2. ¿Qué sucedió con los sentimientos de frustración de Glenn (Steven Yeun) por ser considerado desechable? ¿O la sensación de T-Dog (IronE Singleton) al considerarse un cero a la izquierda en el grupo? ¿O con la rabia reprimida de Daryl (Norman Reedus) contra las personas que provocaron que su hermano Merle (Michael Rooker) se mutilara y le dispararon (por error) cuando se arriesgó por tratar de encontrar a Sophia? ¿O la devastación de Carol (Melissa McBride) al perder a su hija? ¿O los conflictos religiosos/morales de Hershell (Scott Wilson) por la masacre de los inquilinos de su “granero prohibido? ¿O los otros sobrevivientes cuyos miembros fueron asesinados (en defensa propia, eso sí) por nuestros héroes? Muchos pueden argumentar que todos decidieron seguir adelante, y eso sería lo que dictan el instinto de supervivencia y el sentido común, pero lidiar con esa carga no debe ser fácil.
3. Toda ficción exige que el espectador suspenda su juicio racional para que la historia surta efecto. Más en el caso de una serie de horror (una de zombis, concretamente). Por momentos las acciones de sus personajes rayaron en el absurdo. ¿Ustedes se irían a tomar un trago, por el instinto básico de supervivencia al que ya me referí, a una cantina desierta en medio del apocalipsis zombi? ¿A salvar a un extraño que acaba de tratar de matarlos para llevarlo a su refugio, poniendo en riesgo a sus seres amados? ¿A reprochar a su esposo asesinar en legítima defensa a alguien, por más que en el pasado le hubiera ayudado (o hubieran tenido una relación sentimental/física? Esa reacción de Lori (Sarah Wayne Callies) y el pequeño Carl me pareció insoportable y me recordó cuando Bart Simpson/David mató a Nelson/Goliath.
4. Sinceramente no recordaba al tal Jimmy (me dijeron que era hijo de Hershell), que murió en la casa rodante a causa del ataque de zombis.
5. La fatal revelación del final de la primera temporada, esa que susurró el derrotado científico del Centro de Control de Enfermedades a Rick pudo tener más trascendencia en la historia, dar a los sobrevivientes motivos para seguir o perderse en el inevitable destino. Al final –sólo al final- tuvo sentido.
Pero para ser justo debo reconocerle líneas afortunadas. Hersell, buen católico, dice decepcionado “esperaba la resurrección de los muertos, pero no creía que sería de este modo”. O la final de Rick, “ésta ya no es una democracia”, resolución tardía pues la colectividad lo colocó en una posición dificilísima –la del líder del clan- que era cuestionada a cada paso.
Esta serie provocó una diferencia de diagnósticos con mi distinguido y apreciado colega Antonio Camarillo. Ese es uno de los aspectos que adoro del género, que genere las más variadas interpretaciones. Por el momento termino con la esperanza de que The walking dead pueda volver a deslumbrarme, porque ya se ha anunciado una tercera temporada.

viernes, 22 de julio de 2011

Los muertos caminan.

En los momentos finales de Resident evil, el huésped maldito (Paul W. S. Anderson, 2002), adaptación –muy libre- del popular videojuego de Capcom, la aguerrida Alice (Milla Jovovich) despierta, repleta de sondas, en un hospital desierto. Tras liberarse de las canalizaciones y tomar una bata, sale a la calle –igualmente desierta- y contempla los vestigios del Apocalipsis. En un kiosco de periódicos vacío, se lee un encabezado fatalista que nos comunica lo que pasó y a lo que tendrá que enfrentarse la heroína: “Los muertos caminan”.
Hace unas semanas tomé café con Jesús Esquivel y Karla Cortés, entusiastas del género horrífico, que me anticiparon algo similar: ellos organizan, junto con otros apasionados, la llamada Zombie Walk de Querétaro. Como bien advierte Jesús, este esfuerzo no es algo nuevo. Inició en otras latitudes, ha tenido eco en las principales ciudades del mundo y cada vez goza de más adeptos. Para muchos peatones sus participantes son individuos ociosos, exhibicionistas, que les gusta cubrirse la cara de maquillaje, caminar raro y emitir gemidos ininteligibles. Yo, como sus organizadores, creo que hay algo más en el fondo. Los zombis no son sólo unos de los personajes más atractivos del género, sino han tenido una exposición masiva en los medios de comunicación en los últimos tiempos. Cobraron especial relevancia en la era de las enfermedades infectocontagiosas y las grandes epidemias. Televisoras serias y acreditadas, como el History Channel y el Discovery Channel, les han dedicado programas que los estudian desde diversas perspectivas. Los zombis nos hablan de la deshumanización de los habitantes de los grandes núcleos urbanos, de la voracidad de la sociedad de consumo. En más de una ocasión he manifestado que, entre los más populares monstruos de la ficción, son los que más me asustan. Simbolizan la pérdida de la identidad, el intelecto, el alma. Convertirse en zombi es volverse “uno del montón”. Ese es precisamente uno de los rasgos que los hacen aterradores. Son semejantes a una turba de linchamiento, iracunda, irracional. “No somos machos pero somos muchos”, se dice popularmente.
En el enorme panorama de injusticias que domina en el país, en medio de tantas causas que ameritan que la sociedad civil manifieste su inconformidad, las “marchas zombis” parecen superficiales e insignificantes. Sin embargo debemos leerlas como un recordatorio de cuán importante es aferrarnos a los aspectos que nos definen como seres humanos, sobre todo en un momento histórico dominado por la insensibilidad, la irracionalidad y la violencia.
La Zombie Walk de Querétaro de 2011 se llevará a cabo el próximo sábado 30 de julio a las 17:00 horas, con inicio a las afueras del Centro Cultural Manuel Gómez Morín y recorrerá las calles del Centro de esa ciudad. Desafortunadamente la distancia me impide formar parte activa del contingente, pero desde mi trinchera les deseo el mayor de los éxitos y estoy seguro que se unirán a la causa muchas personas más que el año anterior. Todos corremos el riesgo de ser zombis. En el interior de cada uno de nosotros yace uno, en espera de devorar al otro. Tratar de domesticar a un zombi no es sencillo y trae consecuencias nefastas para el que lo intenta, como bien nos demostró George A. Romero en El día de los muertos (1985), parte de la saga fundacional del subgénero (porque el de zombis es un subgénero del cine de horror). Los zombis, a diferencia nuestra, no poseen libre albedrío. Así que a marchar.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Temporada de zombis

“La muerte tiene la capacidad de aislarnos de los demás”, asegura uno de los protagonistas de Descansa en paz (Espasa, 2010), la más reciente obra del escritor sueco John Alvidje Lindqvist. Su mejor tarjeta de presentación es la novela Déjame entrar (Espasa, 2009), una inteligente y vigorosa revisión al tema del vampiro, indispensable en un momento dominado por infames sagas –su traslación al celuloide es igualmente brillante-. En esta ocasión hace al zombi lo que en su momento a los bebedores de sangre. El libro es notable porque la literatura ha dedicado al zombi poca atención. Debemos al cine que haya prosperado. Gracias a docenas de películas memorables conocemos bien el escenario donde se desarrolla la trama: los muertos se reaniman, por circunstancias no aclaradas, en hospitales y cementerios de Estocolmo. Las autoridades –como sucedió en estas latitudes con la influenza AH1N1- no manejan la situación como la sociedad espera. Le sigue a esto un drama que, más que exhibir a un grupo de hombres luchando por su vida, nos habla de la incapacidad humana para enfrentar la pérdida, con algunas escenas capaces de estremecer al lector. Al menos así me sentí cuando Anna y Gustav intentaron rehidratar al pequeño Elías, muerto meses atrás, víctima de los estragos del sepulcro.
Siempre he confesado que los zombis son los monstruos que más me asustan. Poseen una especial vigencia en esta sociedad deshumanizada, devorada por el consumo y la enajenación, presa de la paranoia por las enfermedades infectocontagiosas. Tal vez por eso se han convertido en una presencia constante en mi andar, desde la muy reciente Zombi walk –celebrada en muchas ciudades del país, con sorprendente poder de convocatoria -, el estreno de la serie de televisión The walking dead –que tuve el privilegio de ver en el festival Mórbido- y la emisión del jueves pasado del programa radiofónico Carpe Noctem.
De The walking dead, basada en la serie de historietas de Robert Kirkman, Tony Moore y Charlie Adlard, y dirigida con habilidad por Frank Darabont –el mismo de Milagros inesperados y Sueño de fuga, sólo puedo expresar mi mayor agrado. La historia nos resulta inevitablemente familiar: un asistente del sheriff del poblado de King County (Andrew Lincoln) es lesionado durante un tiroteo y cae en estado de coma. Despierta en un hospital desolado, con huellas de violencia, una sala cerrada con candados y la advertencia “Muertos adentro. No entrar”. Regresa a su casa en busca de su esposa e hijo, pero éstos –al igual que toda la comunidad- han desaparecido. Se encuentra con unos sobrevivientes –padre e hijo- que lo ponen al tanto de la situación: los muertos han despertado y prácticamente doblegado al país. Contra los consejos de sus rescatadores, toma cuantas armas puede de su antiguo trabajo y emprende el viaje a la ciudad, en busca de sus seres amados. “Evítalos en grandes grupos”, le dijeron sobre los “caminantes”. Pronto comprende –a la mala- cuánta razón tenían. En su segundo episodio –serán seis, según me enteré- descubrimos que la tragedia es resorte de las más nobles y heroicas acciones de las que es capaz el hombre –recordemos los sismos de 1985-. También las más viles, y ello lo prueba la participación especial de Michael Rooker, famoso por encarnar en el pasado al asesino serial Henry Lee Lucas. En estos primeros capítulos aprendimos que los zombis se alimentan también de animales –pobre caballito- y una forma de evitar ser reconocidos por ellos es desmembrar a uno y embadurnarnos con su sangre y entrañas putrefactas, como lo hicieron los desesperados científicos de Mimic (Guillermo del Toro, 1997) para engañar a esas cucarachas superdesarrolladas.
El furor zombi –también podemos llamarlo zombimanía- está muy lejos de terminar. Se han anunciado secuelas de Tierra de zombis (Zombieland, Ruben Fleischer, 2009), Exterminio (28 days later, Danny Boyle, 2002) y una adaptación de Guerra Mundial Z, novela de Max Brooks –autor de la indispensable Guía de sobrevivencia zombi- que será estelarizada por Brad Pitt. Contra lo que estas historias vaticinan, el futuro es promisorio.

lunes, 27 de julio de 2009

Una de zombies

Bajo su anterior administración, la Cineteca Nacional organizaba el ciclo denominado Charlas de Café, un espacio que acercaba el prodigio de la cinematografía a sus apasionados a través de la interacción con diversos creadores y estudiosos de la materia y, de paso, saborear una buena taza de café americano por cortesía de los anfitriones. Tuve el honor de ser invitado varias veces a ese foro. Una de ellas -en el mes de octubre de 2003, si mal no recuerdo- fue para honrar el 35 aniversario de La noche de los muertos vivientes, cinta que conserva su capacidad de asustarme. Les presento el texto que escribí para esa ocasión especial. Les debo las palomitas.

***
¡Volvieron de la tumba!
A 35 años del estreno de La Noche de los Muertos Vivientes
Roberto Coria Monter


1968 fue un año de luces y sombras. Fue el año en que una moda escandalosa, que predica el perfeccionamiento de la convivencia humana mediante el amor, alcanza su momento más alto. El hippie, símbolo de la libertad sexual, el naturalismo y la paz, está convencido que el odio y las diferencias pueden superarse mediante la belleza, la solidaridad y el amor a los semejantes. Sin embargo estas ideas no alcanzan eco en todo el mundo. En este mismo 1968 el fuego de ametralladoras abate a civiles y militares en docenas de ciudades y aldeas vietnamitas. En este año tropas de la entonces Unión Soviética, en complicidad de las otras cuatro naciones que conforman el Pacto de Varsovia, irrumpen en Checoslovaquia por tierra y aire y comienzan la ocupación de este país. Es el año en que movimientos estudiantiles en Francia, España y México son reprimidos violentamente con cañones de agua, gases lacrimógenos y toda la artillería de que disponen los ejércitos. Es el año en que el reverendo Dr. Martin Luther King, quien tenía un sueño en donde todos los hombres convivían como iguales, recibe un disparo que le quita la vida en el balcón de un hotel de Memphis. Es el año en que Robert Kennedy es herido a tiros mientras da un discurso en el hotel Ambassador de Nueva York. Es el año en que Richard Nixon se erige Presidente de Estados Unidos y en que el criminal de guerra nazi Josef Mengele es capturado en Brasil.
Este tumultuoso año fue especialmente prolífico para el mundo del cine, en especial para el género fantástico. Las carteleras anuncian el estreno de 2001: Odisea del espacio (2001: A Space Odissey) de Stanley Kubrick, El planeta de los simios (The Planet of the Apes) de Franklin J. Schaffner, El bebé de Rosemary (Rosemary´s Baby) de Roman Polanski, El héroe anda suelto (Targets) de Peter Bogdanovich y La hora del lobo (Vargitmmen) de Ingmar Bergman. Destacan también otras cintas como Romeo y Julieta (Romeo and Juliette) de Franco Zeffirelli y Donde las águilas se atreven (Where eagles dare) de Brian G. Hutton.
En medio de todos estos títulos inolvidables brilla con luz propia una modesta monster-movie, estrenada el 1 de octubre, que fue severamente criticada y relegada a exhibiciones en auto cinemas y salas universitarias. Sin embargo, con el paso del tiempo la cinta gana elogios entre la prensa especializada y los aficionados, convirtiéndose en un objeto de culto por su propuesta innovadora y por su velada lectura socio-política, convirtiéndose en un clásico del cine de horror y de la cinematografía universal, llegando incluso a integrarse a la colección permanente del Museo de Arte Moderno de Nueva York. El nombre de esa película es La noche de los muertos vivientes (Night of the Living Dead).
Para hablar de esta emblemática producción, es necesario remontarnos al origen de su principal artífice. George Andrew Romero nació el 4 de febrero de 1940 en el seno de un hogar católico del Bronx neoyorquino. Fue el único hijo de George Marino Romero, dibujante publicitario descendiente de españoles pero nacido en Cuba, y de Ann Dvorsky, norteamericana de origen de padres lituanos. El pequeño George ingresa a la escuela de la iglesia de Saint Helen, en donde la madre superiora advierte su afinidad natural con el arte (al finalizar las clases llenaba el pizarrón de dibujos) y se consagra a motivarlo. Su capacidad intelectual lo colocó por encima del resto de sus compañeros y lo llevó a adelantar un par de cursos. Desafortunadamente, al ser mas pequeño que sus condiscípulos, se convirtió en un chico solitario e introvertido. No hacía deportes, no asistía a las fiestas escolares y era el blanco constante de las burlas y abusos de los bribones del colegio.
El rígido catolicismo que le rodeaba en el hogar y el colegio lo convirtió en un niño lleno de temores que se acrecentaron con las noticias de los horrores de la Segunda Guerra Mundial. Por las noches tenia pesadillas recurrentes en donde su hogar era devastado por bombardeos de aviones enemigos.
Tal vez la forma de exorcizar estos miedos fue refugiándose en las páginas de las historietas de horror de EC Comics y en el cine, convirtiéndose en un gran aficionado de estas manifestaciones artísticas. Entre las películas que le cautivaron en esta época destacan The thing (Christian Niby, 1951), The Quiet man (John Ford, 1952) y On the waterfront (Elia Kazan, 1954). A la edad de 12 años el programa de televisión Million dollar movie transmitió la película Los cuentos de Hoffman (The tales of Hoffman, Michael Powell, 1951), misma que capturó su imaginación y creó una firme idea en su cabeza: convertirse en cineasta.
En la consecución de esta meta tuvo un papel importante Monnie Yudell, el tío adinerado del pequeño George que vivía en la zona residencial de Scarsdae. El y su esposa, hermana de la sra. Romero, no tenían hijos y volcaban todas sus atenciones en su sobrino, quien pasaba muchos veranos con ellos. Los Yudell fueron los primeros en su vecindario en poseer una cámara de 8 mm. y el futuro director de cine decidió aprovechar este privilegio para iniciar su carrera profesional.
Al cumplir 14 años Romero, con la colaboración de un grupo de amigos, fundó la Herald Pictures y se abocaron a la filmación de su primer proyecto The man from the meteor, una adaptación de The man from Planet X (1950) de Edgar Ulmer. En esta opera prima Romero no solo se encarga del guión y la dirección, sino que el mismo realiza los efectos especiales raspando el celuloide con una aguja para crear los rayos de energía del arma intergaláctica que destruía al personaje del título. En esta escena climática Romero se enfrenta a su primer problema legal: tras recibir la ilusoria descarga de rayos, lanzó un maniquí en llamas desde un tejado, alarmando a los vecinos y a unos agentes que patrullaban el lugar. Por fortuna el incidente no pasó a mayores e inició la preparación de su siguiente película, Gorilla, una aventura selvática. Con una aguda visión comercial, el joven Romero organizaba proyecciones en el sótano de la casa de sus tíos, a 10 centavos las entrada, con palomitas y dulces de venta en la entrada.
Al cumplir 16 años se gradúa en Saint Helen e ingresa en la Ivy League Suffield Academy de Connecticut. Ahí comienza a publicar sus dibujos en el periódico escolar y vende algunas ilustraciones para la revista británica Punch. Atendiendo su vocación cinematográfica, y por encargo de uno de sus profesores, realiza el documental sobre geología Earthbottom, mismo que le mereció el premio de la Futre Scientist of America, reconocimiento que hoy en dia es exhibido con orgullo en las paredes de la dirección de este recinto académico.
En el verano entre su primer y segundo año en la Suffield Academy, un amigo de ayuda a conseguir trabajo como asistente de producción en algunas películas. Entre ellas, y sin recibir crédito alguno, North by northwest (1959) de Alfred Hitchcock, experiencia que le decepciona profundamente por el mecanicismo del maestro del suspenso. También participa en It happened to Jane, una desabrida comedia romántica con Jack Lemmon y Doris Day que le hace despreciar el sistema de los grandes estudios.
Al abandonar Suffield ingresa al Instituto Tecnológico de Carnegie-Mellon en Pittsburgh, donde aprovechará al máximo sus clases de arte. Romero se enamora inmediatamente de la ciudad y entabla una gran amistad con su compañero Ruddy Ricci, quien le invita a compartir una habitación en casa de sus padres. Muy pronto Ricci lo introduce con su círculo de amistades: Russell Streiner, Ray Laine, su primo Richard Ricci y John Russo. Con este grupo de jóvenes creativos y de imaginación desbocada comienza a experimentar en radio y cine de 8 mm. En solitario, Romero ingresa al circuito teatral de Pittsburg realizando escenografías y decorados para diversas producciones. En una de ellas, The Connection, drama sobre la drogadicción escrito por Jack Gelber, se da el permiso de actuar.
Corría el año de 1962 y Romero se dedicó a disfrutar de la vida. Abandona sus estudios, duerme durante el dia y por las noches goza de los excesos del alcohol y la marihuana mientras escucha jazz en compañía de sus amigos. La única constante en ese momento de su existencia es la de realizar una película.
Con sus cómplices comienza a idear algunos proyectos y descubren que todo lo que necesitan para arrancar es dinero. Así viajan a Nueva York a visitar al tío Monnie en busca de financiamiento. De él obtienen cinco mil dólares, de los cuales destinan 3500 para comprar una cámara Bolex de 16 mm., tripié y reflectores. Forman la Ram Pictures e inician la producción de Exploitations, una serie de cortometrajes que plasmaban inquietudes individuales de los miembros del grupo; este proyecto nunca llegó a completarse.
Justo antes de acudir al llamado del ejército, Richard Ricci creó la Latent Image, situada en Carson Street, un barrio al sur de Pittsburgh. Dejó pagado el alquiler de seis meses y el grupo comenzó a fotografiar bebes para ganar algo de dinero. Al poco tiempo se integró al equipo Vince Survinski, dueño de una pista de patinaje en la localidad, y Latent Image comenzó a hacer encargos publicitarios.
El trabajo arduo y un préstamo monetario permitió a la compañía mudar sus oficinas al centro de la ciudad. Al correr 1964 hacían trabajos para empresas importantes como Heinz, la cervecera Duke y varias campañas políticas. Ganaron algunos premios del mundo publicitario, como la codiciada presea del New York International Film Festival, y cierto prestigio en el medio. Sin embargo la idea de hacer un largometraje se fortalecía cada vez más. Vino el primer intento fallido bajo el título de Whine of the fawn, una historia de viajes ambientada en la Inglaterra del siglo XV. Para este proyecto, Romero entrevistó para el papel protagónico a un chico de 15 años llamado Tom Savini, quien años mas tarde se convertiría en uno de sus más importantes colaboradores.
Tras rodar un comercial para una marca de detergente, en el que homenajeaban a la cinta Viaje fantástico (The Fantastic Voyage, 1966) de Richard Fleischer, ganaron suficiente dinero para comprar una cámara Arriflex de 35 mm., la pieza faltante para iniciar el tan anhelado proyecto.
Comenzaron las discusiones sobre el tema a desarrollar. Se consideraron posibilidades en todos los géneros pero finalmente convinieron hacer una monster-movie para percibir alguna ganancia. La idea para el guión surgió una noche de enero de 1967 mientras el grupo (Romero, Russo, los chicos Ricci, Laine, Streiner y Survinski) cenaba emparedados y cervezas en un restaurante de Pittsburg. John Russo recordó una historia corta que Romero había escrito unos años antes titulada Anubis, un relato inspirado en la novela emblemática Soy leyenda (1954) de Richard Matheson y que hacía una clara referencia a la deidad egipcia de los muertos. Con la idea sobre la mesa, los congregados resolvieron que solo necesitaban seis mil dólares para iniciar la producción; aportando cada uno 600 dólares de su bolsillo el monto no sería difícil de reunir. Fue así como convocaron a otros inversionistas: Gary Streiner (el hermano de Russell), Dave Clipper, Karl Hardman y Marilyn Eastman, estos dos últimos dueños del estudio de sonido Hardman associates, donde se mezclaría la banda sonora de la película. Esta cofradía se transformó en la compañía Image Ten, Inc. y de inmediato pusieron manos a la obra.
Mientras Russo trabajaba en un primer guión titulado Nigth of Anubis, el equipo se abocó a buscar locaciones en la ciudad y sus alrededores. Su búsqueda los llevo a los suburbios de Pittsburgh, a una localidad llamada Evans City, donde alquilaron una vieja granja a un costo de 300 dólares mensuales. Survinsky, Russo y Streiner comenzaron a realizar las modificaciones que la casona requería para la película, empleando poco más de dos meses. Mientras tanto, el resto del grupo reparaban 25 maniquíes que compraron en un remate y que permitirían acrecentar el numero de muertos andantes en ciertas escenas. Adicionalmente reclutaron a varios extras entre los vecinos del lugar y el mismísimo equipo del producción. Las explosiones y los efectos de pirotecnia correrían a cargo de Regis Survinski (hermano de Vince) y de Tony Pantanello, dúo a quien Romero recuerda como un par de locos que manipulaban explosivos mientras fumaban.
Un nuevo guión titulado The Nigth of the Flesh Eaters estaba listo y el elenco, del que hablare adelante, había sido seleccionado. Muchos miembros del equipo realizaban labores de producción e interpretaban algún personaje incidental (por ejemplo Bill Hinzman, quien era el técnico de iluminación, encarnó al primer zombi; John Russo interpreta a otro cadáver animado, mientras el propio Romero actúa como reportero en la secuencia de Washington). Solo faltaba designar quien dirigiría la cinta. Romero propuso esta tarea a Hardman, quien declinó por su falta de experiencia y porque desempeñaría un papel importante en la cinta, el del padre de familia Harry Cooper. Fue John Russo quien pidió a Romero que tomara el timón del proyecto y de inmediato aceptó.
El rodaje inició los primeros días de junio de 1967, prolongándose casi cinco meses con treinta días efectivos de trabajo (principalmente los fines de semana) pues el equipo de producción debía alternar esto con sus actividades profesionales. En ocasiones las jornadas se extendían a 24 horas. Las secuencias en exteriores se rodaban por la noche, mientras la acción en interior se filmaba durante el día cubriendo las ventanas de la casa con cartulina negra. El estudio de Hardman associates se transformó en la redacción del noticiero que es transmitido en la cinta, mientras el sótano de la Latent Image hizo las veces del de la granja.
En los últimos días de noviembre se filmó las escena inicial en el cementerio, emprendiendo de inmediato la post producción. Este proceso llevó varios meses debido a la elección de la banda sonora. Después de explorar múltiples posibilidades con todo tipo de instrumentos, Hardman decidió utilizar un viejo archivo musical, Capitol Hi-Q, que incluía diversos temas musicales de películas de ciencia ficción de los cincuenta. Se realizó una edición preliminar en 16 mm. y en marzo de 1968 se llevó a cabo una exhibición privada para el equipo y los inversionistas, quienes encantados con el resultado ofrecieron mas fondos para los gastos finales. Romero, Russo y Streiner acudieron a Jack Napor, presidente de WRS Motion Library, para realizar una copia en 35 mm. e iniciar la búsqueda de un distribuidor. Después de tomarse unas copas, Streiner retó a Napor a una partida de ajedrez y realizaron una apuesta: si él perdía la copia sería gratis, si Napor ganaba pagarían el doble del costo. Finalmente triunfó Streiner y Latent Image se ahorró dos mil dólares. El costo final de la película ascendió a 114,000 dólares.
Con la flamante copia de Nigth of the Flesh Eaters Romero y Streiner viajaron a Nueva York en busca de un distribuidor. La misma noche de su viaje se toparon con el primer obstáculo de su misión: Martin Luther King había sido asesinado, trágico suceso que seria inevitablemente relacionado con la escena final de la película. Pero no fue por esta coincidencia que la cinta era rechazada a quienes la ofrecían. Columbia la desechó por ser filmada en blanco y negro, mientras AIP detestó el final pesimista y exigieron se cambiara por uno mas alentador. Cansados de tocar puertas contrataron a un agente llamado Budd Rogers, veterano de la distribución de películas, que al instante consiguió cinco ofertas a Image Ten.
Después de varias semanas de negociación eligieron a Continental Pictures, filial de Walter Reade Organization, compañía que decidió cambiar el título por Nigth of the Living Dead por considerarlo más explícito y por su riesgosa similitud con el de la cinta The Flesh Eaters (1964) de Jack Curtis. Image Ten vertió todos sus esfuerzos en la promoción de su primera película. Realizaron anuncios para radio, prensa y televisión, además de un trailer preventivo para ser exhibido en las salas de cine. Publicaron incluso un desplegado en los diarios, en el más fiel estilo de William Castle, en el que aseguraban a los espectadores por 50 mil dólares en caso de sufrir un ataque cardiaco durante la proyección.
Finalmente, La noche de los muertos vivientes fue estrenada la noche del martes 1 de octubre de 1968 en un cine de Pittsburgh, en una premiere privada, y el día siguiente en el resto de los cines de Norteamérica. Romero y sus amigos estaban emocionados con la respuesta de público y con los ingresos de taquilla que superaron todas sus expectativas.

¿Qué es lo que convierte a esta cinta en uno de los mejores representantes de su género?
En primer término la inteligencia y economía de su factura. Los realizadores supieron aprovechar su magro presupuesto obteniendo el máximo resultado. La decisión de rodarla en blanco y negro obedeció a limitaciones monetarias y no a una intención artística, ofreciendo un aire documental a la historia, colmándola de sombras opresivas y contrastes inquietantes que capturan la ansiedad y desesperación de los protagonistas.
En segundo lugar el haber sido filmada en el ocaso de una década turbulenta en la que confluyeron movimientos culturales radicales, guerras, conflictos raciales y otros trágicos eventos. La película es a la vez una radiografía de la decadencia de la sociedad norteamericana y un relato de paranoia, irracionalidad humana, desintegración familiar y vacío existencial.
La obra más memorable de George Romero se convirtió en la consagración de un auténtico subgénero del cine de horror que redefinió su técnica narrativa e inspiró secuelas, incontables imitaciones –entre las que brillan las manufacturadas en Italia-, parodias e incluso un respetuoso remake.
A diferencia de mitos como Drácula o Frankenstein, el zombi adolece de un referente literario canónico, otra razón que convierte a la cinta en una obra fundamental. A ella lo muertos reanimados deben su fama y estatus cinematográfico. Más allá de esto, es Romero el responsable de articular la imagen moderna del zombi, una de las criaturas más inquietantes del imaginario colectivo, símbolo de algunos de los temores más perturbadores del hombre: la pérdida de la identidad, el intelecto, el alma y los sentimientos, la alineación, el terror de las masas.
La premisa de La noche de los muertos vivientes permanece especialmente vigente en estos días en que el hombre está inmerso en un creciente proceso de deshumanización. La violencia instintiva y sin sentido forma parte de nuestra cotidianeidad, nos rodea y devora a plena luz del día, sin advertencia previa. Borja Crespo, en el estudio que dedica a la película, recupera las palabras finales del respetuoso remake dirigido en 1990 por Tom Savini, mismas que pueden servirnos para finalizar:
Ellos son nosotros y nosotros somos ellos.
Bibliografía
  1. Becerril, Sandra (comp.) Amor al terror. Ediciones Shamra, México. 2007.
  2. Brooks, Max. The Zombie Survival Guide. Three Rivers Press, Estados Unidos. 2003.
  3. Crespo, Borja. La noche de los muertos vivientes, el infierno que camina. Midons editores, Valencia. 1998.
  4. Gubern, Román. Las raíces del miedo. Antropología del cine de horror. Tusquets, Barcelona. 1979.
  5. Jones, Stephen. Clive Barker´s A-Z of horror. Harper Prism, Nueva York. 1996.
  6. Lardín, Rubén. Las diez caras del miedo. Midons editores, Valencia. 1996.
  7. Palacios, Jesús. Planeta zombi. Midons editores, Valencia. 1996.
  8. Skaal, David J. The monster show. A cultural history of horror. Faber and Faber, Nueva York. 1993.
  9. Valencia, Manuel. Guillot, Eduardo. Sangre, sudor y vísceras. Historia del cine Gore. Ediciones La Máscara, Valencia. 1996.