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viernes, 30 de agosto de 2013

¿Cuál es el verdadero aspecto de Edward Hyde?*

Concluí en una entrada previa –antes de desviarme por el estreno de El Conjuro-preguntando qué fue lo que contempló Henry Jekyll, luego de atreverse a ingerir su pócima y enfrentarse al espejo. Robert Louis Stevenson lo describe a través de los ojos del abogado Gabriel John Utterson:

Hyde era pálido y muy pequeño, daba una impresión de deformidad aunque sin malformaciones concretas, tenía una sonrisa repugnante, se comportaba con una mezcla viscosa de pusilanimidad y arrogancia, hablaba con una especie de ronco y roto susurro: todas cosas, sin duda, negativas, pero que aunque las sumáramos, no explicaban la inaudita aversión, repugnancia y miedo que habían sobrecogido a Utterson […] ¡Ese hombre, Dios me ayude, apenas parece humano! ¿Algo de troglodítico?

El retrato que leemos en El extraño caso del Dr. Jekyll y el Sr. Hyde sin duda está influido por el pensar de los positivistas italianos, como Cesare Lombroso (1835-1909), que asociaba la conducta criminal a una especie de involución natural, a una suerte de regresión física que, en términos coloquiales, podrá equipararse a decir que todo lo feo es malo. La maldad, como eventualmente demostró el Psicoanálisis y la Criminología, es un viaje que nada tiene que ver con aspectos físicos, sino biológicos, psíquicos y sociales. Stevenson asoció a su malvado Hyde con la visión tradicional del monstruo. Y éste, como bien lo sabemos, no necesariamente es malévolo.
Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, la palabra monstruo –del latín monstrum- es todo aquello producido contra el orden regular de la naturaleza. Si esto es correcto, no sería equivocado afirmar que la belleza extrema puede ser considerada otra forma de aberración. Hace válida la apariencia que la escritora estadounidense Valerie Martin dio Hyde en su novela de 1990 Mary Reilly, convertida en una deslumbrante largometraje homónimo dirigido por el laureado Stephen Frears en 1996. Visto por un personaje que sólo conocemos como una pincelada sin nombre en la historia de Stevenson, la empleada doméstica que da nombre a la creación de Martin, el vicioso Hyde no es un personaje repelente, sino un malicioso, cruel y vibrante seductor –en deuda con los populares libertinos del siglo XIII- que despierta las más bajas pasiones en el sexo opuesto. En la película fue encarnado hábilmente por John Malkovich, cuyo estado natural y bondadoso es el de un hombre avejentado y gris. Su personalidad liberada lo hace florecer doblemente.
Las apariencias engañan. Sin no lo creen, pregunten a las víctimas de Theodore Robert Bundy o de Jeffrey Lionel Dahmer, asesinos que –en oposición a Hyde- usaban su máscara de sanidad como una herramienta de seducción para ejercer libremente su oficio carnicero. La belleza también mata.
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* Texto originalmente aparecido ayer en la página web de Mórbido

jueves, 22 de agosto de 2013

Crónicas de un matrimonio muy normal*

Iba a seguir con la filmografía de Guillermo del Toro, película por película, pero las circunstancias me hacen por el momento cambiar de planes.
Hablar del matrimonio de Edward y Lorraine Warren, fundadores de la Sociedad de Investigación Psíquica deNueva Inglaterra, así como de otras personas de su gremio, es controversial. Primeramente por su objeto de trabajo y el escepticismo natural que arrancan entre los no creyentes. Después por la charlatanería –descarada muchas veces- en se mueven “investigadores serios” de lo oculto. Todos los hemos visto aparecer en banales programas de chismes del espectáculo o anunciarse en revistas similares. Una verdadera moda televisiva, conocida como reality shows exhibidos en canales prestigiados como History channel y Discovery channel, sigue sus andanzas en programas como Ghost hunters, Paranormal state, A Haunting, Paranormal witness o Psychic kids. En el país gozamos (¿gozamos?) con la cosa llamada Extranormal Si el más allá existe o no, no lo discutiré en este momento. Lo que es seguro es que miles de personas, alrededor del mundo, han dado testimonios de su encuentro con la otredad y devoran con avidez todo lo que tenga que ver con ello. Asumiré una postura segura que escuché decir hace tiempo a mi abuela: “yo no creo en esas cosas, pero de que existen, existen”. Regresando a los Warren, ambos admiten las etiquetas que les han colocado. “Nos han dicho cazafantasmas, investigadores paranormales, locos”. Ed fue (murió el 23 de agosto de 2006) un demonólogo y Lorraine una clarividente y médium afamada. Lo que no puede cuestionarse es su capacidad comercial. La pareja sacó provecho de los más de 10 mil casos que aseguran haber investigado: publicaron media docena de libros y han inspirado otros tantos (El Demonólogo, la extraordinaria carrera de Ed y Lorraine Warren de Gerald Brittle es el más popular), dan conferencias a lo largo de su país, son consultores (ella que le sobrevive) en televisión y crearon un Museo con los artículos malditos que colectaron a lo largo de los años. Esto –el mercantilismo- podría poner en duda lo legítimo de su cruzada. Creo que no debemos juzgarlos a la ligera. Como también dice mi abuela, “hay que corretear la chuleta”. Pero si son auténticos o un fraude, no es lo que me importa en este momento. Las experiencias de esta pareja hecha en el cielo (¿o debo decir el infierno?) ha propiciado un muy inteligente largometraje.
El Conjuro (James Wan, 2013) no se basa en la que tal vez es la más sonora de sus intervenciones, la del Horror de Amityville, sino en la pesadilla que vivió la numerosa familia Perron (integrada por papá, mamá y cinco hijas) al mudarse a una vieja casa en in Harrisville, Rhode Island en el año 1971. En muchos sentidos, siguen señales que hemos visto en otras ocasiones: advertencias, niños que comienzan a tener amigos imaginarios, la aparición de objetos misteriosos, relojes que se detienen a una hora maldita, objetos que se mueven de su lugar original y apariciones fugaces. Posteriormente, el mal se desata, y sólo dos personas pueden evitarlo. “Dios nos unió por una razón”. Todo lo orquesta venturosamente el director Wan apoyado de una estupenda puesta en escena ambientada en la época en que nací, sólidas actuaciones, una briosa e inspirada partitura de Joseph Bishara y una cámara ingeniosa de John R. Leonetti en una película que evoca a un horror clásico, libre de efectismos, como el que nos causó El exorcista (William Friedkin, 1973) o El horror de Amityville (Stuart Rosenberg, 1979). Lo he dicho en el pasado: si no pretendes innovar, usa bien lo que ya existe. Pude ver cómo en más de una ocasión el respetable, literalmente, saltaba de su butaca. Y eso se debe a la habilidad del director de crear una atmósfera opresiva que tiene momentos verdaderamente logrados. No digo cuáles para no estropear la sorpresa. Vera Farmiga (la psicóloga de Los infiltrados y muy recientemente la Señora Bates televisiva) y Patrick Wilson (el pedófilo de Niña mala o Búho nocturno en Watchmen) encarnan de manera convincente a los Warren, cuyo famoso caso Annabelle (una muñeca poseída) sienta el precedente perfecto para un relato que te captura de principio a fin.

Su impresionante éxito comercial –y entre la crítica- ha asegurado, por lo menos, una aventura más de los Warren. No una secuela directa, porque la historia es un envoltorio perfectamente cerrado. Por lo pronto Farmiga y Wilson han firmado ya un contrato para interpretarlos de nueva cuenta. El matrimonio Warren –al menos el del celuloide- tiene en mí un nuevo seguidor. 
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*Texto publicado por primera vez en la página web de Mórbido.

viernes, 12 de julio de 2013

Crónica de un desenlace (caníbal) anunciado*

Ayer concluí un viaje en montaña rusa que duró 13 semanas. Mi compañero de asiento fue Hannibal Lecter, reputado psiquiatra, gourmet, diletante de lo exquisito y asesino serial antropófago de medio tiempo. En repetidas ocasiones he dedicado todas las alabanzas posibles a la creación de Thomas Harris, que ha sido distinguida por Sthephen King como “el Conde Drácula de la era de las computadoras y de los teléfonos celulares”. Califiqué así la experiencia no porque la teleserie  estadounidense desarrollada por Bryan Fuller fuera un derroche de emociones, sino por la variedad de emociones que me causó. En los momentos que amenazaba con caer estrepitosamente, sucedía algo que me hacía mantenerme al borde del asiento. Una experta definió bien el espíritu del programa: “es como ir a cenar a Au Pied De Cochon, instalarte en su lujo, leer la carta, ordenar una entrada sofisticada y vibrante, aguardar con entusiasmo y recibir una deliciosa sopa Vips”. No porque esta última sea mala –es uno de los pequeños grandes placeres de la vida-, sino porque el resultado no fue acorde a mis expectativas. 
Los altibajos de su trama –el otro día leí a una médico cirujana que criticaba sus errores procedimentales- son compensados con creces por sus aportaciones: una retorcida galería de criminales de apoyo –juguemos a darles nombre artístico: el “Asesino de los Hongos”, el “Hacedor de Ángeles”, el “Músico Asesino”, el “Asesino del Tótem”, el falso “Destripador de Chesapeake”, la “Asesina de las Máscaras”-, una deslumbrante puesta en escena, sólidas actuaciones y un protagonista –encarnado sobriamente por el danés Mads Mikkelsen- cuya efectividad está lejos de cualquier cuestionamiento. Ahí podrá residir la primera objeción. El programa, a pesar que se llama como el caníbal más reconocido de la ficción, no define claramente en quién enfoca el reflector. Por momentos el equipo de guionistas liderado por Fuller centra su atención en Will Graham (Hugh Dancy) y reduce la participación del estelar a un rol secundario, “como damo de compañía” según otra especialista. Y eso no es del todo cuestionable si consideramos que ambos actores comparten créditos al inicio y porque la historia se centra en su relación previa al confinamiento del segundo. Es difícil olvidar que el programa se llama Hannibal. Punto. Queremos más del buen Doctor. Refuerza esto el hecho de que sus mejores momentos son los que se acercan a lo descrito por Harris en Dragón Rojo: la cacería a Garret Jacob Hobbs, El Gavilán de Minnesota (Vladimir Jon Cubrt) o las apariciones de la poco escrupulosa reportera sensacionalista Freddie Lounds –transmutada en Fredricka (Lara Jean Chorostecki), estrella del blog TattleCrime.com- y del  Dr. Frederick Chilton (Raúl Esparza), psiquiatra de aptitudes dudosas y futuro “carcelero” de Lecter. Él, como buen jugador de ajedrez, se mueve ágilmente para ocultar su identidad y lo que parecía un grave error –“Hannibal no puede dejar semejante cabo suelto”- resulto al final –como momentos aparentemente ingenuos- parte de un gran plan. Fue curioso que la última escena mostrara a los antagonistas del otro lado del espejo en las remozadas mazmorras del Hospital Estatal de Baltimore para Criminales Dementes, presagio fatal de lo que vendrá.

No me siento tan preocupado por el destino de Will Graham como por la suerte del programa. Sus productores han declarado su intención de extenderlo por siete temporadas. Yo me pregunto “¿cómo harán para sostener el argumento durante tanto tiempo?”. Por lo pronto, a pesar de la variada respuesta de la crítica y la audiencia, se ganaron un segundo periodo y el beneficio de la duda.
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*Texto publicado ayer en la página web de Mórbido. 

martes, 9 de julio de 2013

Madre sólo hay una*

En distintos espacios he declarado mi fascinación por Psicosis, la obra maestra que Alfred Hitchcock dirigió en 1960 a partir de un guión de Joseph Stefano y de la estupenda novela de Robert Bloch, estelarizada por un ensamble actoral preciso: Janet Leigh, Vera Miles, John Gavin, Martin Balsam y, sobre todos, su soberbio estelar Anthony Perkins que personifica al desquiciado Norman Bates, figura fundadora de los asesinos slasher. Todos los elogios que pueda dedicarle son pocos. Sobre los detalles de su filmación, con pretexto de su 50 aniversario, dimos cuenta  en la versión podcast de Horroris causa. Muy recomendable es la lectura de Alfred Hitchcock and the making of Psycho (St. Martin's Griffin, 1990) de Stephen Rebello, libro que recientemente fue la base del biopic Hitchcock (Sacha Gervasi, 2012). Pero no nos distraigamos. La figura del protagonista de Psicosis, pese a ser completamente diferente según lo imaginó Bloch, está indeleblemente ligada a la cándida y encantadora presencia de Perkins, cosa que el Mago del Suspenso utilizó intencionalmente en su favor para desconcertar a la audiencia. Norman Bates ha demostrado tener muchas vidas en el cine, la televisión y el imaginario popular. Hoy hablaré de una más de ellas.
Bates motel, la nueva serie desarrollada para la televisión estadounidense por Carlton Cuse, Kerry Ehrin y Anthony Cipriano, se desprende directamente de la cinta de Hitchock. En algún punto entre la precuela y el reboot nos presenta de una muy buena manera los años formativos del adolescente Norman Bates (Freddie Highmore) y su relación con madre Norma (Vera Farmiga). Al primero lo conocimos como un tierno niño en Descubriendo el país de Nunca Jamás (Marc Foster, 2004) y Charlie y la fábrica de chocolate (Tim Burton, 2005); a Farmiga como una víctima checa en 15 minutos (John Herzfeld, 2001) o como la psicóloga de Los infiltrados (Martin Scorsese, 2006). La pareja responde una pregunta que si bien Bloch aclaró en la parte final de su novela no deja de ser inquietante: ¿cómo inició todo? Tras la muerte de su padre, Norman y su madre emigran en busca de un nuevo comienzo en el pueblo ficticio de White Pine Bay, Oregon (a diferencia del Fairvale, California, de la película), una pacífica comunidad costera. Con la herencia, Norma compra una desvencijada casona que tiene un motel adjunto (idénticos a los de la cinta). Norman es un joven normal, con los impulsos comunes en un chico de su edad. Se siente atraído por sus compañeras de escuela y se comunica con ellas a través de mensajes de texto. Ahí entra su madre. Ya sus nombres anticipan todo, Norma y Norman. Su amor asfixiante y enfermizo comienza a manifestarse como una forma de manipulación que nos ofrecerá a uno de los psicópatas más famosos de la ficción. Aunque la historia se desarrolla en nuestros días, existen reminiscencias visuales que evocan a la época plasmada en el libro y la película.
Vale la pena mencionar que la idea ya había sido explotada en el muy competente telefilme Psicosis 4: el inicio (Mick Garris, 1990). Preocupado por su futuro legado y a punto de reiniciar su carrera homicida, un maduro Norman Bates (Anthony Perkins nuevamente) habla a un programa radiofónico nocturno donde discuten el tema del matricidio y revela –bajo un seudónimo- su atormentada adolescencia –en flashbacks-, donde Henry Thomas –el otrora Elliott de E. T. El extraterrestre- lo encarna con gran corrección. El papel de su madre corresponde a Olivia Hussey, coestrella del galardonado filme Romeo y Julieta (1968) de Franco Zeffirelli.
Y sobre el proyecto que hoy nos ocupa, un producto homónimo de 1987 –estrenado como una película para televisión- intentó convertirse en un programa donde un compañero de cautiverio (Bud Cort) de Norman Bates hereda el infame hostal tras la muerte de su dueño. Curiosidad prescindible.
No digo más sobre el nuevo Bates motel. Sea usted el que juzgue. El primer episodio nos presenta un programa prometedor, impecablemente realizado, elogiado por la crítica y muy en deuda con la euforia por otros asesinos en serie como Dexter Morgan o Hannibal Lecter. Veamos si sigue su ejemplo.

*Texto aparecido en la página web de Mórbido

sábado, 15 de junio de 2013

El mundo se va a acabar (en el Día del Padre)*

Un momento de pesimismo. O de abrumadora realidad, si prefieren. Cuando observo los efectos del calentamiento global, los derrames petroleros, las especies animales que aniquilamos sin misericordia y cosas aparentemente irrelevantes en medio de la tragedia nacional –porque la crisis económica, la indolencia de la Suprema Corte de Justicia y el narcotráfico se cuecen aparte-, como el hermoso parque cercano a mi casa, donde la muchas personas arrojan indiferentemente todo tipo de desperdicios –desde botellas de cerveza hasta condones usados-, no puedo evitar un fatal sentimiento: el ser humano, como especie, no merece existir. Es cierto que unos pocos locos tenemos cierto nivel de conciencia y que el hombre ha creado las más sublimes expresiones artísticas, pero todos esos triunfos palidecen frente a nuestra naturaleza predadora sin sentido. Una película protagonizada por Jamie Lee Curtis (Virus, John Bruno, 1999) ya lo dijo: el hombre es un virus. Los virus destruyen a su huésped y se multiplican.
Uno de los temas más recurrentes de la ciencia ficción es el fin del mundo. La etapa posterior al Apocalipsis ha sido retratada en innumerables textos, desde El último hombre (1826) de Mary Shelley y La máquina del tiempo (1895) de Herbert George Wells hasta la maravillosa –y terrible- novela que inspira estas líneas. Esta forma literaria, que abreva del drama, y el horror más puro, cobró gran popularidad después de la Segunda Guerra Mundial como una forma de cristalizar los miedos del hombre de la época.  Pero quien se ha beneficiado mayormente es el séptimo arte. Desde maravillosas películas setenteras como Cuando el destino nos alcance (Richard Fleischer, 1973) hasta impresionantes pirotecnias contemporáneas como 2012 (Roland Emmerich, 2009), el fin de la civilización ha exaltado la imaginación de escritores y cineastas y ha servido como una forma de sacudir nuestra conciencia sobre la manera en que tratamos a nuestro planeta.

Escribo esto por la llegada de otro Día del Padre, celebración inminentemente comercial que tradicionalmente se relega a una posición secundaria –recuerden lo que sucede cada 10 de mayo- , y  porque inevitablemente me remite a la película El último camino (John Hillcoat, 2009), basada en la laureada novela La carretera (The road, Mondadori, 2011) de Cormac McCarthy. El eficiente guión de Joe Penhall narra la historia de un hombre ordinario (Viggo Mortensen) y su hijo (Kodi Smith-McPhee), quienes viven un drama de supervivencia en un planeta Tierra devastado, donde las condiciones de vida han llevado a todas las especies animales a la extinción, a las vegetales al borde de la misma y los pocos sobrevivientes humanos están en una continua búsqueda de alimento, la cual lleva a la mayoría al canibalismo. La supremacía del más apto, anunciaba Charles Darwin. El resignado padre lucha no sólo por su vida, sino por mantener a su vástago alejado de estos horrores (“nosotros nunca nos comeremos a alguien”). La cinta, al igual que el libro, no pierde tiempo en profundizar en las causas que condujeron al mundo a la tragedia –no sabemos si fue por una guerra mundial, el calentamiento global o un virus asesino-, lo que le importa son las consecuencias. La trama está plagada de flashbacks donde el hombre recuerda su vida pasada al lado de su esposa (la sudafricana Charlize Theron), quien no resiste la inminente tormenta. A lo largo de su desventura, nuestro héroe contempla el suicidio en más de una ocasión, pero el instinto de conservación se impone junto con la necesidad de preparar a su hijo para seguir adelante cuando ya no se encuentre en este mundo, angustia inherente de todo buen padre. La desgracia despierta lo mejor de la naturaleza humana –recordemos los sismos de 1985-, pero también lo más vil –rapiña, robos, instintos violentos- y los protagonistas lo descubren en carne propia. También encuentran placer en las cosas pequeñas, como el hallazgo de una simple lata de refresco. Destaca la modesta producción de la película –que no precisa de efectos por computadora-, apoyada de una eficaz fotografía de Javier Aguirresarobe, cuya paleta está dominada por tonos grises, y las breves apariciones de Robert Duvall y Guy Pearce. El desenlace, pese a una nota esperanzadora a través de la limpia mirada de un perro, anuncia la fatalidad a la que nos dirigimos. Una película depresiva, cierto, pero inquietantemente relevante.
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*Texto originalmente publicado en la web de Mórbido.

lunes, 29 de abril de 2013

Dibujado con sangre*


Una licencia, propiciada por eventos recientes.
Dentro de los métodos de fijación que emplea la Criminalística moderna en la investigación de los delitos, la Planimetría es uno de los más importantes. Si nos referimos al diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, es “la representación y medida sobre un plano de una porción de la superficie terrestre”, pero sus aplicaciones en las ciencias forenses son más detalladas. Si tratamos de rastrear sus orígenes descubriremos que datan del momento en que el hombre, como lo hizo Ichabod Crane (Johnny Depp) en La leyenda del jinete sin cabeza (Tim Burton, 1999) y en la realidad lo enunció Hans Gross en su Manual del Juez de Instrucción, Agentes de Policía y Policías Militares (1894), advirtió la necesidad de incorporar el razonamiento lógico y la precisión del método científico en la resolución de los delitos. Los dibujos se instauraron como una necesidad previa a que la Fotografía proporcionara la posibilidad de establecer un registro permanente de las condiciones en las que se encontraba un lugar relacionado con un delito. Recuerdo lo enunciado por Harry Soderman y John O´Cornnell en su libro Métodos modernos de Identificación Policíaca, “mientras la Fotografía Forense constituye la carne y la sangre de la investigación, la Planimetría son los huesos”. Uno de los primeros ejemplos de que puedo dar cuenta se relaciona con los brutales homicidios que cometió un asesino sin nombre, presumiblemente auto denominado Jack el destripador, cometió en el barrio londinense de Whitechapel en el otoño de 1888. En el cuarto caso, el de la desafortunada prostituta Catherine Eddowes, el primer policía del Scotland Yard –cuyo nombre pervive en el anonimato- que tomó conocimiento del hecho realizó un dibujo simple de las condiciones en que se encontraba la occisa en los primeros minuto del 30 de septiembre de 1888, que incluía la posición de la mujer, las lesiones en rostro y región abdominal, el lago hemático en que se generó a su alrededor y algunas acotaciones del lugar. Este caso ha inspirado las más diversas manifestaciones artísticas. Incluso fue investigado por el mismo Depp en Desde el infierno (Albert y Allen Hughes, 2001). Pero esa es otra historia.
Ya que la semana anterior hablé de la nueva vida televisiva de Hannibal Lecter, regreso a la novela que nos lo presentó, Dragón Rojo (1981) de Thomas Harris. La historia es detonada por el grotesco oficio de un asesino serial, conocido por las autoridades y la prensa como El Hada de los dientes y posteriormente auto bautizado como el título de la obra. Esto lleva al Director de la Unidad de Ciencias del Comportamiento del FBI, Jack Crawford, a sacar del retiro a su más talentoso perfilador, Will Graham, para cazar y detener al monstruo. Una de las primeras acciones, necesaria en cualquier investigación de la ficción y la realidad, es visitar el llamado lugar de los hechos. Con ayuda de los reportes policiales tomados en el momento, Graham reconstruye las acciones del criminal. Dice Harris:
“Graham encendió la luz y las manchas de sangre parecieron insultarlo desde las paredes, el colchón y el piso. El mismo aire parecía salpicado de alaridos. Se sintió acobardado por el ruido de ese silencioso cuarto repleto de manchas oscuras […] La cantidad y variedad de manchas de sangre desconcertaba a los detectives de Atlanta que trataban de reconstruir el crimen. Todas las víctimas habían sido encontradas muertas en sus camas. Eso no concordaba con la ubicación de las manchas […] Repasó minuciosamente todos los dormitorios del primer piso, tratando de hacer coincidir las heridas con las manchas, tratando de trabajar marcha atrás. Dibujó cada mancha en un plano en escala del dormitorio principal, valiéndose del muestrario para comparar y poder así estimar la dirección y velocidad del goteo. En esta forma esperaba poder descubrir la posición de los cuerpos en diferentes momentos”.
Con mi experticia en la materia, utilizando las notas del investigador, recreo lo que la Policía debió haber hecho:
Continúa Harris:
“El intruso degolló a Charles Leeds mientras dormía junto a su esposa, regresó al interruptor de la luz en la pared y encendió las luces (pelos y fijador de la cabeza del señor Leeds fueron dejados en la placa del interruptor por un guante suave). Le disparó a la señora Leeds cuando se incorporó y luego se dirigió a los cuartos de los chicos.
Leeds se levantó con la garganta seccionada y trató de proteger a sus hijos, dejando a su paso grandes gotas de sangre y el inconfundible rastro de una arteria cortada mientras trataba de luchar. Fue empujado hacia un lado, cayó y murió con su hija en el dormitorio de ella.
Uno de los dos niños fue muerto en la cama de un disparo. El otro fue encontrado también en la cama, pero tenía en el pelo pequeñas bolitas de tierra. La policía creía que había sido sacado primero de debajo de la cama y luego muerto de un balazo.
Cuando estaban todos muertos, a excepción posiblemente de la señora Leeds, comenzó el destrozo de espejos, la selección de trozos y la ulterior dedicación a la señora Leeds”.

A pesar de que esto es algo cotidiano, uno nunca termina de acostumbrarse. Por fortuna. 
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* Texto originalmente publicado en la página web de Mórbido.

martes, 23 de abril de 2013

Sangre, de la página impresa a la pantalla chica (2)


La literatura es el cimiento de muchas joyas de otros medios de comunicación, como el teatro, el cine, el cómic, la televisión, los videojuegos y el Internet. Muchos intentos son lamentables; otros verdaderamente afortunados. Hoy hablaré de uno de los segundos, y de él di cuenta hace unos meses.
Anoche se estrenó en Latinoamérica, antes de lo que había previsto, la serie televisiva Hannibal, producción de la National Broadcasting Company (NBC), creada por Bryan Fuller y basada en el más memorable personaje del escritor estadounidense Thomas Harris a quien Stephen King calificó como “el Conde Drácula de la era de las computadoras y los teléfonos celulares”. Es un personaje inolvidable que ha logrado colarse por méritos propios al imaginario popular como el prototipo de esos personajes terribles y sanguinarios conocidos como asesinos en serie. Lo hacen fascinante su formación académica –es un reputado psicólogo- y sus aficiones exquisitas –gourmet, enólogo, amante del arte y el buen vivir-. Además mata gente –que en su filosofía lo merece- y la devora, el último tabú. Esa dualidad, encarnada en el cine en tres ocasiones por Sir Anthony Hopkins, se ha ganado la simpatía del público y logra con éxito que se ponga de su lado. Sin duda abrió las puertas a otros famosos asesinos de la ficción contemporánea como el analista de indicios hemáticos Dexter Morgan, creación del novelista estadounidense Jeffrey Lindsay e interpretado en la televisión por Michael C. Hall. Pero de él hablaremos en otro momento.
Regresando a la teleserie Hannibal, existen cinco cintas que han ayudado a crearnos un retrato suyo: Sabueso (Michael Mann, 1986), El silencio de los inocentes (Jonathan Demme, 1991), Hannibal (Ridley Scott, 2001), El Dragón Rojo (Brett Ratner, 2002) y Hannibal, el origen del mal (Peter Webber, 2007), en las que lo han interpretado Brian Cox, Hopkins y Gaspard Ulliel. El segundo dejó la impresión más poderosa en nuestras mentes con su mirada penetrante o sus “alubias y un buen Chianti”. Le valió incontables reconocimientos, entre ellos el codiciado Oscar como Mejor Actor. De ahí viene uno de los logros de la serie, la actuación del danés Mads Mikkelsen en el protagónico, que se aleja de lo que conocemos e imprime matices sutiles, refinados y amenazantes, como un gato que observa a su presa. En su momento su creador, Thomas Harris, en labios de la protagonista de su segunda aventura Clarice Starling, que la voz del asesino tenía una “leve aspereza metálica”.
En Hannibal se describe el inicio de su relación con el investigador Will Graham, que corre en paralelo a sus actividades antropófagas plenamente establecidas. Su futuro  Némesis es otro aspecto interesante de la serie. El personaje ya había sido encarnado en el pasado por William Petersen –el Gil Grissom de C.S.I.- y Edward Norton. Ahora lo hace Hugh Dancy, quien lo representa como un hombre solitario, retraído y torturado, que rescata perros de la calle, consciente –como su par literario- del monstruo que vive en su interior y puede desatar sus amarras en cualquier momento. Lecter le reconoce el mérito de observar las cosas desde la posición de su presa. Incluso se convierte en asesino para reconstruir los hechos que indaga en su mente. Y eso no debe ser agradable. “Graham sabía perfectamente bien que estaban en él todos los elementos para cometer un crimen”, decía Harris.
Posteriormente destaco el aspecto visual de la serie, que aunque se ambienta en nuestra época –y no en los ochenta, como la novela- posee una imagen deslavada que me recuerda mis fotografías de la infancia y retrocede la acción para describir el razonamiento de Graham. Algo semejante sucede con el vestuario de Christopher Hargadon y la sobria partitura de Brian Reitzell, todos a las órdenes de David Slade, cuyo trabajo conocemos bien en Niña mala (2005) y 30 días de noche (2007). Como valor adicional, algunos de los episodios sucesivos serán dirigidos por nuestro compatriota Guillermo Navarro, cinefotógrafo de cabecera del siempre admirado Guillermo del Toro.
El resto del cuadro está conformado por un sólido reparto de apoyo en el que sobresale Laurence Fishburne como Jack Crawford, que en los libros es un hombre de raza blanca. Otro cambio sutil lo representa la Dra. Alana Bloom (Caroline Dhavernas), que el su forma original es un académico (varón) de la Universidad de Chicago. Y las referencias a otros personajes del “Universo Lecter” son muy disfrutables, desde la de Freddie Lounds (encarnado antes por Stephen Lang y Phillip Seymour Hoffman), “periodista” del National Tattler, a Garrett Jacob Hobbs, criminal que dejó terribles secuelas en la mente del héroe. Recuerda Harris: “Garmon Evans, un ex asistente médico del Hospital Naval de Bethesda, dijo que Graham fue alojado en el pabellón de psiquiatría poco después de haber matado a Garrett Jacob Hobbs, el Gavilán de Minnesota. Graham dio muerte de un disparo a Hobbs en 1975, cerrando el octavo mes de reinado de terror de Hobbs en Minneápolis”. Luego están situaciones que ya conocemos, desde su vocación culinaria (como ese flambée que casi se antoja), su talento para el dibujo, su memoria prodigiosa o que escuche Las variaciones de Goldberg de Johann Sebastian Bach.
El resultado es una serie prometedora que ha recibido incontables alabanzas. Al menos así lo comprobé ayer en la red. Contrariamente, uno de mis más respetados colegas opinó que la encontró aburrida. “Hannibal llega tarde a un mercado saturado”. Estoy de acuerdo en lo segundo, pues el tema criminal es muy recurrido en la televisión contemporánea, desde C.S.I., Dexter, Criminal minds, El Mentalista, Bones y demás (dejo aparte los programas del llamado true crime). Y entre tantas opciones se erige como una que tiene raíces sólidas, personajes fascinantes y una propuesta original que se aleja del estilo de video clip del que se aprovechan muchas. En opinión de mis ilustres colegas representa el inicio de una “nueva era dorada del horror en la televisión. Thomas Harris debe estar doblemente satisfecho.
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*Texto originalmente publicado en la página web del Festival Mórbido.

viernes, 5 de abril de 2013

Letras malditas


Pareciera irónico decir que hay libros que poseen un carácter malévolo. No me refiero a textos motivacionales con trazas de espiritualidad e intenciones moralinas, o a esos tan de moda que tratan de aclarar dilemas juveniles, sino a libros verdaderamente malditos, que tienen una memoria infame o una connotación perversa. La historia nos da cuenta de muchos especímenes, desde el Malleus Maleficarum (El Martillo de las Brujas) escrito en 1486 por el clérigo alemán Heinrich Kramer o el Dictionnaire Infernal (Diccionario Infernal), escrito en 1818 por el ocultista y demonólogo francés Jacques Auguste Simon Collin de Plancy. El Malleus es un tratado –dividido en tres secciones- sobre brujería que deja en claro la misoginia de la época (que lamentablemente pervive hasta nuestros días): “las mujeres son más proclives a sucumbir ante las tentaciones del Maligno por la debilidad natural de su género). El Dictionnaire es un documento, profusamente ilustrado, que describe la enorme variedad de demonios –desde la perspectiva de la cristiandad- que nos acecha. Es inevitable recordar a los grimorios, o libros de alta magia cuyo origen puede rastrearse en la antigua Mesopotamia, en Persia o en Egipto, pero que tuvieron una especial popularidad en la Edad Media. Estos tomos contenían encantamientos para conseguir todo tipo de favores, del amor a la venganza, pero sobre todo detalles para invocar a ángeles, demonios y demás espíritus.
Curiosamente, el más popular de ellos proviene de la ficción. Se trata Al-Azif, “Azif era el término utilizado por los árabes para designar el ruido nocturno producido por los insectos que, se suponía, era el murmullo de los demonios”, escrito por Abdul Al Hazred, “un poeta loco huido de Sanaa al Yemen, en la época de los califas Omeyas”. Es más reconocido como Necronomicón, y data del año 730 de nuestra era. El libro proviene de la imaginación del escritor estadounidense Howard Phillips Lovecraft (1890-1937) y fue presentado por vez primera en el cuento El sabueso (1922). Desde entonces se convirtió en el eje de su mitología y fue visitado recurrentemente por el autor, sus discípulos y sucedáneas generaciones. Lovecraft detalló su origen en el texto Historia del Necronomicón (1938) y fue tan contundente que consiguió que el documento ingresara al imaginario popular, rodeado de un aura de fatalidad. El español Rafael Llopis, en la introducción a Los mitos de Cthulhu (Alianza editorial, 1969), documenta el hallazgo que August Derleth hizo en el Antiquan Bookman de 1962:
“Alhazred, Abdul. Necronomicon, España, 1647. Encuadernado en piel algo arañada descolorida, por lo demás buen estado. Numerosísimos grabaditos madera signos y símbolos místicos. Parece tratado (en latín) de Magia Ceremonial. Ex libris. Sello y guardas indica procede de Biblioteca Universidad Miskatonic. Mejor postor.”
También menciona el dato que algún bromista, evidente erudito del tema, incluyó en el catálogo de la Biblioteca de la Universidad de California hacia 1960:
BL 430
A 47
Alhazred, Abdul      aprox. 738 D.C.
Necronomicón (Al Azif) de Abdul Alhazred.
Traducido del griego por Olaus Wormius (Olao Worm)
XIII, 760 págs., grabados madera,
enc. tablas, tam. fol. (62 cm.) (Toledo), 1647
Remata citando a Derleth: “esta ficha es deliciosamente plausible, ya que la sección BL 430 de la Biblioteca está dedicada a las religiones primitivas y la letra B corresponde a un armario cerrado donde se guardan libros que no deben ser hojeados por cualquiera”.
Recuerdo todo esto porque en unos días se estrenará la reelaboración que bajo la mirada vigilante de Sam Raimi, autor de la cinta original, el uruguayo Federico Álvarez hizo de Evil dead, bautizada en esos tiempos como El despertar del Diablo y ahora como Posesión Infernal. Quienes se hayan maravillado con el clásico de 1981, recordarán que la pesadilla iniciaba con una grabación que recitaba fragmentos del libro Naturon Demonto, o El Libro de los Muertos de la cultura Sumeria. La intención evidente de Raimi, guionista también de la cinta, era rendir un homenaje a la imaginación lovecraftiana, cosa que se hizo evidente en su secuela Evil dead 2 (1987), en la que el texto era llamado Necronomicon Ex-Mortis, libro que invoca a los espíritus malignos que habitan en las regiones apartadas (como los bosques) y poseen los cuerpos de los vivos; su par literario abría la puerta a entidades de más allá del espacio, como los malvados Dioses Cthulhu, Yog-Sothoth y compañía, que duermen en espera de sumir a la humanidad en una nueva era de tinieblas.
Solo faltan unos días para conocer el resultado. Esto es un buen motivo para desear que concluyan las vacaciones.  

miércoles, 27 de marzo de 2013

Rostros de maldad o así luce Norman Bates*


En mi colaboración anterior les informé de dos venideros programas de televisión, adaptaciones de personajes literarios entrañables, que despiertan mis más altas expectativas: una nos presentará los días juveniles de Norman Bates, ideado por el escritor estadounidense Robert Bloch en su novela Psicosis; la otra la etapa previa a que el prestigiado psiquiatra Hannibal Lecter, protagonista de cuatro libros de Thomas Harris, fuera reconocido por sus aficiones homicidas y antropófagas. Resulta curioso que los autores nunca hayan abundado en la descripción física de ambos. Sólo nos ofrecen algunos rasgos, más bien escuetos, de su fisonomía. Sobre Bates, Bloch dice: “A Norman no le importaba; los cuarenta años de su vida habían transcurrido en aquella casa y era agradable y tranquilizador sentirse rodeado de cosas conocidas”, “La luz alumbraba su cara regordeta, se reflejaba en sus gafas de lentes montados al aire, y bañaba su rosado cuero cabelludo bajo el escaso cabello rubio, cuando se inclinó para proseguir su lectura”, o “Al ver la cara gorda con gafas y oír la voz suave y vacilante, Mary tomó una rápida decisión”. De Lecter, Harris nos ofrece un vago retrato en su segunda aventura, El silencio de los corderos (1988), a través de los ojos dela novata investigadora Clarice Starling: “Y al doctor Hannibal Lecter reclinado en su catre, absorto en la lectura de la edición italiana de Vogue. Sujetaba las páginas sueltas con la mano derecha y las iba poniendo una a una a su lado con la izquierda. El doctor Lecter tiene seis dedos en la mano izquierda”. Casi inmediatamente sigue “Clarice observó que era de baja estatura y aspecto pulcro; en las manos y brazos del doctor observó fuerza nervuda, como la suya. —Buenos días —dijo él como si hubiese salido a abrir la puerta. Su cultivada voz poseía una leve aspereza metálica, debida seguramente al desuso. Los ojos del doctor Lecter son de un castaño granate y reflejan la luz con destellos de rojo. A veces los puntos de luz parecen volar como chispas hacia el centro de la pupila. Esos ojos tenían presa a Starling por completo”.
Ha recaído en el cine la responsabilidad de ayudarnos a mentalizarlos. Curiosamente los actores que los encarnan se llaman Anthony; de apellidos Perkins y Hopkins, respectivamente. No hace falta ser eruditos para descubrir que se alejan, sobre todo el primero, de la imagen que sus creadores querían ofrecernos de ellos. Por ello, un ejercicio de ocio.
En muchos espacios he hablado de mi profesión diurna. Soy Perito en Arte Forense de la Procuraduría de Justicia capitalina. Alguna vez un catedrático de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM me calificó como “un hombre de arte que trabaja con policías”. Y me gustó. Entre mis obligaciones está elaborar los erróneamente conocidos como “retratos hablados” –su nombre correcto es “retratos compuestos”- relacionados con los probables responsables de hechos delictivos. En un principio, hace casi 18 años, empleaba el dibujo tradicional para ejecutarlos. Hoy en día, con los avances de la tecnología, utilizo programas de computación para manipulación fotográfica –entre ellos el Adobe Photoshop, tan recurrido para no evidenciar los estragos del tiempo en algunas celebridades-. Ello me lleva a imaginarme ¿cómo sería el rostro tantos personajes de ficción, como Norman Bates o Hannibal Lecter? Siguiendo el protocolo de trabajo en la realidad, los datos que Bloch y Harris ofrecen sobre ellos serían insuficientes para la labor. Acaso el primer caso es más viable. Y al no existir una interacción con el testigo, quien es el único que tuvo a la vista a su victimario y podría corroborar la similitud entre éste y mi trabajo, la interpretación es enteramente subjetiva. No obstante, he aquí un esfuerzo, basándome en el grupo racial del sujeto y la edad que nos da el autor. Y el resultado sería algo como esto.
























Muy lejano de lo que reconocemos, sin duda. Así de poderoso es el cine.

* Texto publicado en la sección "Tinta Negra" de morbido.com