domingo, 1 de noviembre de 2009

Altar de muertos.

El 20 de diciembre de 2005 fue encontrado sin vida mi querido amigo y maestro José Roberto Hill del Rivero, uno de los más talentosos actores de su generación. Una pérdida sin sentido, irreparable. Su hermano de elección Manuel Núñez Nava, poeta, también maestro, siempre amigo, le alcanzó el 24 de noviembre de 2008. El día después del deceso de José Roberto, Manuel le escribió lo que a continuación reproduzco. Un testimonio al lazo que siempre nos unirá en el Día de Muertos.

Feliz no cumpleaños, José Roberto Hill.
Manuel Núñez Nava

Alguien en el radio dice que moriste asesinado en circunstancias violentas que no se han podido precisar, anoche, en tu domicilio, mientras yo, ausente, dormía cobijado y seguro. Como una picadura de alacrán, como algo que al principio casi ni se siente, el estupor me invade y entorpece lentamente.

¿Cómo articular una palabra?
¿Cómo hilar un pensamiento?
¿Cómo imaginar siquiera semejante cosa?

Tú eres noble y manso y tu sonrisa siempre es limpia. (Yo canto tu gracia, tu eterna jovialidad, tu discreto donaire. Yo digo aquí y ahora que eres gallardo y gentil y que hablas como se debe hablar, como poeta.) Eres el varón bienaventurado que no anduvo en consejo de malos ni en silla de escarnecedores se sentó. Tú eres un dulce hermano, un alma buena, un espíritu amable, un ser para el placer, una fuente de luz.

(¿Y esta rabia sin adjetivos? ¿Y este dolor que taladra ferozmente las sienes como algo inaudible? Siento en pleno rostro la contundencia del golpe que te aturde. Siento tu asombro, tu impotencia. Me paraliza tu terror. Me muero de tu asfixia. ¿Por qué nadie hace nada? ¿Por qué no se detiene el mundo entero a llorar, a maldecir, a exigir castigo para ese hijo de malamadre que anda vivo por ahí?)

Tú penetraste el secreto. No estás ahora en otra parte, estás aquí y sonríes, transfigurado. Hermano, la muerte no existe. Aprendiste esto cuando tu único deseo fue mostrarle a tu hermano que él jamás te hirió. Él cree que tiene las manos manchadas de tu sangre, y, por lo tanto, que está condenado. Mas se te ha concedido poder mostrarle, mediante tu curación, que su culpabilidad no es sino la trama de un sueño absurdo.

La muerte no existe. Lo único que existe es la vida y la función de la vida no puede ser morir. Tiene que ser la extensión de la vida, para que sea eternamente una para siempre y sin final.

El odio es algo concreto. Tiene que tener un blanco. Tiene que percibir un enemigo de tal forma que éste se pueda tocar, ver, oír y finalmente matar. Cuando el odio se posa sobre algo, exige su muerte tan inequívocamente como la Voz de Dios proclama que la muerte no existe. El miedo es insaciable y consume todo cuanto sus ojos contemplan, y al verse a sí mismo en todo, se siente impulsado a volverse contra sí mismo y destruirse.

Quien ve a un hermano como un cuerpo lo ve como el símbolo del miedo. Y lo atacará, pues lo que contempla es su propio miedo proyectado fuera de sí mismo, listo para atacar, y pidiendo a gritos volver a unirse a él otra vez. No subestimes la intensidad de la furia que puede producir el miedo que ha sido proyectado. Chilla de rabia y da zarpazos en el aire deseando frenéticamente echarle mano a su hacedor y devorarlo. Pero la muerte no existe. El Hijo de Dios es libre.

Para celebrar el Día de Muertos 2.

Bernardo Couto Castillo (1879?-1901) fue el escritor maldito del modernismo mexicano. Por una ocurrencia suya nació la tan famosa Revista Moderna. Murió a los 22 años, consumido por el alcohol, las drogas, las noches disipadas. Su obra completa fue publicada en el 2001 por la Factoría Ediciones, en su serie La Serpiente Emplumada, de donde se recoge este cuento.

LA ALEGRÍA DE LA MUERTE
Bernardo Couto Castillo
Para Jesús E. Valenzuela.



Nuestra Señora la Muerte sentíase profundamente malhumorada. Durante toda la noche había errado de un lado a otro del cementerio, paseando su manto blanco a lo largo de las avenidas, haciendo chocar los huesos de sus manos y mirando con sus miradas profundas y sin expresión las blancas filas de sepulturas. Se detenía ante los túmulos suntuosos, plegando sus labios secos con macábrico gesto, y los observaba sintiéndose llena de satisfacción al considerarse la dueña de todo lo creado, la soberna derramadora de lágrimas, el terror del pobre mundo, la grande, la Todopoderosa.
A lo lejos, de la ciudad se levantaba luminosa polvareda; la malhumorada la veía fríamente, preguntándose si todos cuantos la habitaban podrían fácilmente caber en su tenebroso dominio, y extendía su vista sobre los campos, pensando en reemplazar trigos y árboles por desnudas o labradas piedras y en apagar con paletadas de tierra el brillo de la ciudad.
Al amanecer se pudo en marcha, razonando silenciosa. Su descontento era en verdad bien grande: desde arriba no la ayudaban; los tiempos eran malos hasta el exceso; durante todo el año ninguna epidemia, ninguna guerra, ninguna de esas matanzas en grande que la regocijaban, llenándola de trabajo y librándola del roedor fastidio. Para alimentar a sus gusanos, pobres y débiles criaturas confiadas a su cuidado, para nutrir la voraz tierra, había tenido que ir de un lugar a otro, acechando, sitiando, poniendo el revólver o el veneno en las manos de los cansados, afligiendo madres, viéndose obligada a ahogar las súplicas y a apartar bruscamente los brazos defensores de las vidas queridas.
En su irritación, se proponía trabajar duro y poblar toda una avenida del camposanto, que en sus nocturnos paseos le disgustaba por hallarse virgen de despojos humanos.
En la primera casa que acertó a distinguir, penetró fieramente como Señora y Reina, encontrándose a un anciano, lo que la llenó de despecho, aumentando su criminal impaciencia y su fastidio. Los cabellos blancos le hacen pensar en la nieve y el frío de sus cementerios. Las arrugas, los rostros ajados, le recuerdan su existencia, vieja ya como el mundo. Ella busca, sobre todo, los rostros jóvenes, los cuerpos fuertes, los seres que harán falta, y sobre los que el llanto dejará su humedad.
El anciano sintió que en él pasaba algo de anormal; su cabeza y sus miembros se entorpecían, sus pies se enfriaban, se turbaba su vista y un inmenso terror le invadía; alarmado, pidió a gritos el auxilio de un médico. La Muerte, exasperada, ahogó el grito, rompió el hilo que a la vida lo sujetara y se alejó impávida.
-Decididamente –se decía al salir-, soy demasiado buena y por lo mismo demasiado estúpida. ¡Llevarme a un viejo que en unos meses más tarde hubiera ido por sí solo, librarlo de una vida que solo era un peso, un constante temblor, una ruina!... no, decididamente he sido demasiado buena a es preciso vengar mi torpeza.
Caminando, llamó su atención un poco más lejos, una casa en la que todo parecía sonreír; las hay así, casas que parecen rostros amables, con sus rejas recién pintadas, sus cortinas de colores muy claros, y sus enredaderas en los que hay prendidos ramilletes de flores; casas que detienen al transeúnte para hacerlo envidioso. “Bonito nido –murmuró la visitante- ya lo veremos dentro de una hora”, y haciendo chocar los huesos de sus manos, se entró recta hasta un cuarto en cuyo fondo, y elevado como un trono, aparecía el lecho.
La esposa dormía. La Muerte tocó sus brazos desnudos, haciéndola estremecer de frío, oprimió ligeramente el cuello para procurar un poco de ansiedad, le dio tiempo para llamar, vio con placer que todo el mundo se alarmaba, rió de las carreras, de los frascos traídos, prolongó sus frías caricias e hizo profunda reverencia acompañada de horrible mueca al médico que precipitadamente entraba. Volvió a oprimir con más fuerza, acercó su boca infecta para aspirar el aliento de su víctima, paseó sus dedos ásperos por el hermoso cuerpo, le estrujó el corazón, y cuando, después de haber jugado con esa vida como juega el gato con el ratón, se hubo cansado, la sacudió y alejó impasible, sonriendo al coro de lamentos que tras sí dejaba. Fue luego una larga sucesión de asesinatos; por donde quiera que pasaba, dejaba ventanas cerradas, casas donde las abandonadas se miraban con huraños ojos sin atreverse a hablar, largas letanías de rezos entrecortadas por sollozos- A las cuatro de la tarde, algo atormentada por tanto llorar, se introdujo en el cuarto de uno que la llamaba.
Ahí fue recibida como una Redentora; los dedos fríos, largos y duros como tenazas, parecieron suaves y blandos; el rostro ajado, el gesto espantoso, tomaron las formas de un rostro joven y piadoso, llegando como una amada a imprimir el beso sagrado; el manto húmedo, el sudario medio desgarrado, pareció ligera gasa velando un cuerpo muchas veces soñado y deseado en todas las horas de desfallecimiento.
Las bendiciones que allí recibió, de nuevo la disgustaron, y cuando buscaba a quién llevar consigo una vez más, tropezó con un médico.
¡Ah! ¡Señor Doctor! ¡Apresurados vamos!, sin duda será para arrebatarme algún pensionario. Vuestra ciencia es tan grande, prodigáis tanto la salud y la vida, que yo, pobre Muerte, necesito de vos. Y diciendo esto, maltrataba al sabio, que muy ocupado con la muerte de los otros, apenas si se ocupaba de la suya: con precipitación penetró a una botica, pidió agua y polvos, pero cuando se disponía a usarlos, la disgustada dueña del cementerio le ahogó de un seco y formidable manotazo.
En la noche, antes de volver a su dominio, una gran iluminación la atrajo y lentamente entró a un circo. Como a buen tirano, el goce de los otros la ofendía, le estorbaba, pareciéndole que de algo la despojaban; las luces, el brillo de los colores, la orquesta, la pusieron fuera de sí; consolóse, sin embargo, pensando que todos, absolutamente todos, le pertenecían; lo mismo los alegres que los fastidiados, los inteligentes que los estúpidos; los poderosos que los miserables; todos eran carne que engordaría a sus gusanos; con sólo extender su mano o dar fuerza a sus soplo, interrumpiría la risa y evitaría el aplauso, sin que nadie, absolutamente nadie, pudiera librarse de su yugo. “Adiós, pues, rostros jóvenes, rostros hermosos, corazones inflamados y seres que esperáis la ventura; ninguno de vosotros pensáis que sois míos; reflexionáis, os movéis, hacéis ruido, y vuestra vanidad, inflándose inmediatamente, os hace creeros libres y dueños de vosotros mismos: ¡ah!”
“¡Ah!, ¡pobres locos!, yo sola soy vuestro dueño; me pertenecéis desde el principio de los siglos y me perteneceréis hasta que mis huesos se rompen bajo las ruinas del Universo. Reíd, reíd, haced los movimientos que en mí causan espanto; el hilo de vuestra vida, pobres fantoches, está en mis manos; reíd, representad vuestra comedia hasta que el sostén se rompa y os deje caer sobre el tablado frío, enlutado escenario de silenciosa tragedia, que será el ataúd”.
Vino a interrumpirla en su amenazante monólogo la aparición de un payaso blanco como ella; hacía gestos irónicos parodiando el dolor de una pasión no correspondida; en su ancho traje de seda ostentaba, delicadamente bordadas, inmensas calaveras llorando por sus órbitas vacías. “¡Hola! –exclamó la fúnebre espectadora_, ¡hola!, conmigo juegas y el dolor parodias, amiguito mío; yo contendré tus risas y te haré no reír del dolor”, y saliendo fue derecho a la casa del clown.
“Bebé”, el niño que alegraba el hogar con lo sonoro de sus risas y la constante movilidad de su pequeño cuerpo, dormía descansando de sus innumerables carreras y su eterno charlar. Sobre su rostro caía el resplandor de una lámpara azul. “Bebé” dormía risueño, los diminutos puños cerrados y el aire satisfecho.
La criminal se detuvo un momento; aunque no quería confesárselo, sentía debilidad, algo así como un remordimiento de arrebatar un ángel tan hermoso, de cambiar sus facciones nunca quietas por las inalterables líneas, y su constante bullicio por el más completo silencio. Pensó en los besos y en las caricias que diariamente debía recibir, en las carcajadas que el padre tenía que arrancar a su humor no siempre riente, para rodear de cuidados al niño, y casi estuvo por retirarse. Su debilidad la detuvo; llevó un dedo a su frente y miró de nuevo al niño: “Vamos –se dijo-, ¿es que por casualidad me volveré compasiva? No, mi honor no lo permite”, y comenzó la obra.
Ésta, que al parecer era sencilla, no lo fue tanto. La madre abrazaba al niño, lo defendía, lo resguardaba, lo cubría son su cuerpo para evitar los abrazos de la cruel.
Cuando sentía que los pequeños miembros se helaban, ella les daba su calor y cuando la respiración era difícil, ella le daba su propio aliento.
Fueron horas de ansiedad; a veces los dedos fríos tocaban la piel fina, pero la madre removía a la criatura haciendo circular la sangre, y la vida volvía lenta, los pequeños ojos se abrían, la cabeza pálida encerrada en su marco de cabellos rubios, recobraba la vida, hasta que algunos minutos después los dedos tocaban de nuevo, y el frío volvía y la palidez era más grande.
La lucha duró varias horas, la madre no se cansaba nunca y la muerte se indignaba. Hubo un momento en que pensó llevarse también a la defensora, pero entonces no habría dolor y el triunfo no sería completo.
Al fin venció, cuando la madre se apartó un momento dejando al descubierto el cuerpecito.
El honor de la Muerte, estúpido como el honor de los hombres, había dado muerte a “Bebé”.
Al día siguiente, sus víctimas llegaron una después de otra. Ella las recibía ceremoniosamente, les rendía todos los honores, aceleraba a los sepultureros, hacía remover la tierra y sonar las campanas. Vino el ataúd de la desposada, cubierto de flores llenas de frescura y de vida: ironía propia de todo funeral. Vino el niño en su caja pequeña, blanca y acolchonada como un lecho; vinieron el viejo y el joven y los otros, siendo colocados a pequeñas distancias, en la avenida, un día antes desierta y llena ahora de flores. Vinieron los dolientes, rostros afligidos y sinceros, rostros indiferentes o imbéciles, rostros de ocasión, como los trajes que llevaban, como las palabras que decían. Las cajas desaparecieron, las flores murieron bajo las paletadas de tierra, las lágrimas se secaron, y de nuevo, sólo hubo silencio.
Esa noche, la Luna brilló con todo su esplendor. Cerca del cementerio los perros ladraban; a lo lejos, la ciudad mostraba sus millares de puntos luminosos brillando como estrellas en cielo oscuro, y el viento mecían las ramas que dan sombra a los lechos donde nunca llega el calor. La Muerte se paseó a lo largo de las tubas; abría las recién cubiertas y se alegraba viendo el cuerpo puro, el cuerpo joven de la desposada que un día antes dormía sobre brazos amados, amarillento, con manchas azuladas, siendo pasto de los gusanos, y observaba atenta los lugares donde más abundaban, animándolos en su obra iba al niño, desbarataba los cabellos que caían a lo largo de la cara color de cera, palpaba las manecitas que antes removieran todo; meneaba los cuerpos, se embriagaba en su olor, e indiferente se alejaba, acosada otra vez por el soberano fastidio.
Pero su gran satisfacción, su mayor goce, era pensar que si todos le pertenecían en cuerpo, por completo le pertenecían un mes, un año, dos años después, cuando el olvido los hubiera borrado de la memoria de los hombres. La muerte se retiró; su día no era del todo malo.

jueves, 29 de octubre de 2009

Testimonios de Tlalpujahua 2.

Poetas, caníbales y otros dementes
el asesino serial en el cine

Roberto Coria
Segundo Festival Mórbido, Tlalpujahua, Michoacán.


Dos policías llevan su segunda cena a un hombre en el inicio de sus cincuentas, vestido de blanco y convenientemente encerrado en una amplia jaula. El prisionero está rodeado de sus libros y dibujos, y escucha afablemente Las variaciones de Goldberg de Johann Sebastian Bach. El menú de la noche: chuletas de cordero, casi crudas, acompañadas de una guarnición de guisantes, granos de elote y una papa horneada. Los guardias, respetuosos pero precavidos, ordenan al custodiado ponerse contra los barrotes para esposarlo. Seguros de su inmobilidad, uno de los uniformados penetra en la jaula con el manjar, incluso procura no manchar los papeles que descansan en el escritorio. Antes de que puedan reaccionar, el hombre de blanco coloca las esposas al improvisado maître; se ha liberado con el alma de un bolígrafo que hábilmente escondió en su boca. Como un relámpago muerde el rostro del otro uniformado, luego le vacía su gas lacrimógeno antes de golpear repetidamente su cabeza contra la estructura metálica. El policía esposado grita de horror antes que el hombre de blanco, con el rostro ensangrentado y una expresión serena, le destroce el cráneo con su propio tolete. Los dos guardianes yacen inertes, en sendos charcos de sangre, mientras el homicida disfruta los últimos acordes su melodía. Su nombre, Hannibal Lecter. Su profesión, psiquiatra. Su naturaleza, asesino antropófago.

La anterior es una escena memorable de El silencio de los inocentes, adaptación cinematográfica de la novela homónima de Thomas Harris. Esta cinta valió a sus artífices, en 1991, incontables premios y el reconocimiento de la crítica y el público. Más allá, legitima a “todo un subgénero que no solo se nutre de la nota roja cotidiana, sino del suspenso, el relato policial, el horror y sus derivaciones el gore y el splatter, e incluso de la pornografía”, como bien asegura el investigador y crítico de cine Rafael Aviña.
Recordamos El silencio de los inocentes porque era una de las joyas de la videoteca que la Procuraduría de Justicia de la capital del país descubrió el 8 de octubre de 2007 entre las pertenencias de José Luis Calva Zepeda, en el interior del departamento 17 del edificio número 198 de la calle de Mosqueta, colonia Guerrero, en el centro de la ciudad de México. En la habitación contigua yacían los restos de Alejandra Galeana Gararvito, de 32 años, mujer divorciada, madre de dos hijos y empleada de una farmacia. Parte de su cuerpo fue mutilado y encontrado a medio cocer en una sartén. En sus posteriores declaraciones Calva Zepeda, hombre de 38 años, supuesto escritor, poeta y dramaturgo, se declaró admirador de Hannibal Lecter y se definió como “gastrónomo de afición, no de degustación, sino de elaboración”.
Los medios de comunicación se cebaron en el caso, inusual a todas luces en la nota roja nacional. Calva Zepeda fue apodado “el poeta caníbal”, aunque el calificativo no se ajusta a ninguna de sus acciones. Sin embargo ha permeado al imaginario popular como un asesino en serie, miembro de una ya no tan rara estirpe que protagoniza novelas, películas, documentales, series de televisión e historietas. En ella destaca más adecuadamente –en nuestro hermoso México- Gregorio Cárdenas Hernández, “el estrangulador de Tacuba”, bautizado así por los crímenes que cometió en 1942. Pero esa es otra historia.

“La crónica” de Mario Beauregard, cortometraje ganador del Cuarto Festival de Cortometraje Del cine a la calle, nos invita a discutir sobre este fenómeno y sobre la deshumanización de la sociedad en los primeros años del nuevo milenio.

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Hannibal Lecter, el reputado asesino en serie, es el Conde Drácula de la era de las computadoras y los teléfonos celulares, según Stephen King. Si atendemos la definición del Manual de Clasificación Criminal de la Oficina Federal de Investigaciones de Estados Unidos, el asesino en serie es “el individuo que comete tres o más homicidios en ocasiones y lugares diferentes con un periodo refractario entre cada crimen”. Podemos robustecer el concepto. Dennis Rader, “el asesino BTK”, realizó su furor homicida de manera intermitente durante 17 años; John Wayne Gacy, “Pogo el payaso”, usaba su sótano para cometer sus matanzas y ocultar los cadáveres; Henry Lee Lucas sació su sed de sangre en compañía de Otis Toole en diversos lugares de Estados Unidos. En un sentido más amplio, y con las lamentables enseñanzas de la historia, podríamos decir que es la persona –o personas- que comete tres o más homicidios en distintas ocasiones –o locaciones- en un periodo que puede comprender días o años por motivos arraigados en la psique del sujeto. Sus acciones muestran tendencias sádicas y sexuales. Esto nos permite evitar los abusos del calificativo en la escena nacional: las nefastas hermanas González Valenzuela, apodadas Las Poquianchis, no son asesinas en serie. Tampoco Adolfo de Jesús Constanzo y sus huestes, también llamados Los narcosatánicos de Matamoros. Todos ellos perseguían intereses materiales: el adecuado funcionamiento del negocio de lenocinio y prostitución de las primeras y la bendición del negocio de tráfico de drogas para los segundos. Podríamos entonces cuestionar si José Luis Calva Zepeda es un asesino en serie. También si es un verdadero caníbal. Los estudios histopatológicos practicados a la carne encontrada en el sartén del departamento de la calle de Mosqueta, revelaron que pertenecían a Alejandra Galeana Garavito. Sin embargo es imposible establecer si José Luis Calva Zepeda comió de ellos.

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Como un fenómeno social, en opinión de Robert K. Ressler –agente especial del FBI que acuñó el término serial killer-, el asesinato en serie tiene cerca de 125 años de edad y es parte de una ola de violencia interpersonal que se ha elevado desde mediados del siglo XIX. Está conectado con la creciente complejidad de la sociedad, con nuestra interrelación con los medios de comunicación y la enajenación de los individuos. Pero de ninguna forma es un fenómeno nuevo. Durante la Edad Media el desconocimiento del fenómeno se tradujo en atribuir crímenes atroces a vampiros u hombres lobos. Las personas de la era anterior a Sigmund Freud pensaban que las causas sobrenaturales eran la única explicación lógica para los asesinatos que salían de lo ordinario. En la Escocia de 1660 se documenta el caso de Alexander Sawney Beane, patriarca de un clan de caníbales que depredó los bosques cercanos a Glasgow. Tras atribuirse la matanza a entidades sobrenaturales por 26 años, el testimonio de un sobreviviente hizo terrenal el miedo de las personas. Los Beane fueron apresados, juzgados, torturados, ejecutados y sus restos arrojados a la hoguera. Antes de morir Sawney Beane afirmó que la carne humana sabía mejor que la de cualquier animal.
Los asesinatos que el hombre conocido como “Jack el destripador” cometió en el otoño de 1888 en el barrio londinense de Whitechapel constituyen el primer gran caso documentado sobre asesinato serial. El homicida ganó la posteridad por las cinco desafortunadas prostitutas que mutiló y por las cartas que supuestamente envió a la prensa. Entre ellas destaca la recibida por la Agencia Central de Noticias, fechada el 25 de septiembre de 1888:

Querido Jefe:
Aún sigo escuchando que Scotland Yard me ha capturado. He reído cuando se creen tan listos y declaran estar en la pista correcta. Voy tras las prostitutas y quiero destriparlas a todas hasta que esté satisfecho. El último fue un gran trabajo. No le di a la dama tiempo de gritar. ¿Cómo podrán atraparme ahora? Amo lo que hago y quiero comenzar de nuevo. Pronto escucharán de mis divertidos juegos. Guardé un poco de sangre en una botella después de la faena para escribir esta carta, pero cuando la utilicé estaba espesa como pegamento. Bastará con tinta roja, espero. Ja, Ja. La siguiente vez cortaré las orejas de la mujer y se las enviaré a los oficiales de policía sólo por diversión. Guarden esta carta hasta mi siguiente trabajo y entonces publíquenla. Mi cuchillo es tan lindo y afilado, y quiero ponerme a trabajar tan pronto como sea posible. Buena suerte.
Sinceramente suyo,
Jack el Destripador.

Sobra decir que la verdadera identidad del Destripador nunca fue descubierta. Hoy en día pervive como un misterio, una amenaza para los niños que rehúsan ir a dormir. Su “obra” ha sido llevada al cine en muchas ocasiones, desde la naciente virtud de un principiante Alfred Hitchcock (El inquilino, 1927), la imaginación de Nicholas Meyer (Escape al futuro, 1979) o el refinamiento de los hermanos Hughes (Desde el infierno, 2001).
El carácter mítico del Destripador nos obliga a preguntarnos sobre los motivos de su perdurabilidad. Andrei Romanovich Chikatilo asesinó a más de 53 adolescentes en la provincia ucraniana de Rostov entre 1978 y 1992; Luis Alfredo Garavito Cubillos tomó las vidas de más de 172 menores en la provincia de Quindio, Colombia, entre 1992 y 1999; el asesino de Whitechapel a 5. ¿Qué hace más aberrantes los crímenes de un asesino en serie? ¿La cantidad de víctimas? ¿Si son niños, mujeres o ancianos? ¿El entorno social? Investigadores de todo el mundo han tratado de responder estas incógnitas. Psiquiatras forenses han elaborado índices de maldad que aparecen en el horario estelar de la televisión de paga. Lo único certero son las nefastas consecuencias. Los padres, parejas, hijos y demás deudos también son víctimas del homicidio de una persona. El crimen deja cicatrices en todo lo que toca.

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Para comprender nuestra fascinación por el cine de asesinos seriales, debemos remontarnos al origen mismo del hombre y al doble significado que se atribuyó a la sangre desde la época de las cavernas: ese fluido vital presente en el nacimiento y la menstruación, cuya pérdida significaba la muerte del cazador herido. Vida y muerte. Eros y thanatos. Los principales tabloides de las grandes ciudades exhiben el más cruento homicidio de la jornada en su primera plana; en la contraportada una mujer en diminuto atuendo luce sus encantos.
Desde los sacrificios en el Coliseo romano y las decapitaciones públicas durante la revolución francesa a William Shakespeare y la tragedia isabelina, el hombre ha encontrado en el derramamiento de sangre una forma de diversión. Uno de los mejores representantes de esta cultura sanguinaria es el Teathre du Grand Guignol, establecimiento fundado en una capilla gótica del distrito parisino de Montmartre, zona conocida en la época por el descarado ejercicio de la prostitución y su alto índice delincuencial. El foro fue abierto en el año de 1897 –mismo año de la publicación de Drácula- gracias al entusiasmo de Oscar Méténier, antiguo funcionario de la Sureté, quien escribió un repertorio de obras basadas en sus experiencias en la policía parisina, en creencias populares y la nota roja cotidiana. Homicidios, asesinatos pasionales, ejecuciones, desmembramientos, incestos, prostitución, alcoholismo y desastres naturales eran los temas más recurrentes, todo con el mayor realismo posible. ¡Más sangre, más sangre!, eran los gritos habituales del director tras bambalinas. Fluidos reales, pintura del rojo más estridente y vísceras de animales que salpicaban incluso al público, eran técnicas que anticipaban los mejores momentos del cine gore. Maxa, una de las principales actrices de la compañía, reconocida como la “Gran Sacerdotisa del Templo del Horror”, aseguró haber sido asesinada más de diez mil ocasiones, ultrajada más de trescientas, descuartizada, destripada y devorada por un puma para entretenimiento del público. El teatro se convirtió en un éxito contundente que garantizaba por función el desmayo de al menos dos espectadores. Fue una visita obligada para todo turista, una atracción al nivel del Museo de Louvre o la torre Eiffel. Pero los horrores de la realidad eventualmente triunfaron sobre los horrores de la imaginación. Tras la ocupación de Paris por la Alemania nazi, el teatro fue cerrado por promover valores negativos. Colmo de las ironías.

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El arte imita a la realidad, aunque ésta rebasa a la ficción. George Bernard Shaw dijo alguna vez que la diferencia entre el artista y el homicida residía en que el primero es reconocido en su momento más brillante, mientras el segundo en el más bajo. Trazar un esbozo de una historia natural del cine de asesinos seriales es una labor difícil si consideramos -como afirmara Thomas de Quincey- que el asesinato también puede ser considerado como una de las bellas artes. Mencionemos algunos de sus mejores especímenes.
Si seguimos una línea cronológica, podemos considerar a M el maldito (1931) como la primera gran película sobre asesinato serial. Aunque muchos especialistas señalan que está basada en los crímenes de populares homicidas alemanes de su tiempo como Peter Kürten o Fritz Haarmann, el talentoso Fritz Lang –su director y guionista- pretendía criticar al régimen nacional socialista que eventualmente lo declaró su enemigo –su título original era El asesino está entre nosotros-. La actuación de un joven Peter Lorre es sencillamente virtuosa como un asesino acosado por sus demonios y perseguido por las autoridades y el bajo mundo. Se adelanta claramente estudio científico del fenómeno que va a aquejar a generaciones venideras. Sometido a juicio, el asesino trata de explicarse: “matar es como una adicción, no puedo detenerme”.
Digna de mencionarse es la película mexicana El hombre sin rostro (1950) de Juan Bustillo Oro, donde Arturo de Córdova interpreta a un detective que se convierte en un indolente asesino de prostitutas. La cinta tuvo la asesoría del psiquiatra Gregorio Oneto Barenque, célebre por dirigir el manicomio donde se recluyera Gregorio Cárdenas Hernández días antes que sus crímenes fueran expuestos en 1942.
Robert Bloch, antiguo discípulo de H.P. Lovecraft, vivía en el pueblo de Weyauwega, Winsconsin, cuando la mañana del sábado 6 de noviembre de 1957 la policía irrumpió en el granero de un habitante del vecino poblado de Plainfield y descubrieron horrores que pernearon al ámbito social y cultural. Edward Theodore Gein, hombre tímido, taciturno y aparentemente inofensivo, se entregó durante años a la necrofilia, el robo de osamentas, al homicidio y a la artesanía con piel humana. Las acciones de Ed Gein inspiraron a Bloch para escribir la novela Psicosis, magistralmente llevada al cine por Alfred Hitchcok en el año 1961. Su éxito artístico y comercial (costó 800 mil dólares y recaudó más de 16 millones) garantizó una pequeña franquicia fílmica –de la que destaca Psicosis 4, el comienzo (Mick Garris, 1990)- e inspiró películas notables como Masacre en cadena (Tobe Hooper, 1974), su respetuoso remake (Marcus Niespel, 2003), y la ya comentada El silencio de los inocentes (Jonathan Demme, 1991).
Muchas son las cintas que merecen ser vistas por el diletante del “cine truculento”: El estrangulador de Boston (Richard Fleischer, 1968), El profeta Mimí (José Estrada, 1973), Martin (George Romero, 1977), Sabueso (Michael Mann, 1986), Henry, retrato de un asesino en serie (John McNaughton, 1989), Asesinos por naturaleza (Oliver Stone, 1995), Ciudadano X (Chris Gerolmo, 1995), La noche del asesino (Spike Lee, 1999), Romasanta (Paco Plaza, 2004), Amores asesinos (Todd Robinson, 2006) y Zodiaco (David Fincher, 2007). Todas ellas, y cientos más que necesariamente omito, demuestran que el asesino en serie es el monstruo más terrible, más que un vampiro o un hombre lobo. Puede estar sentado a su lado. Se parece a ustedes o a mí.


***
Si todo poeta es nuestro contemporáneo, como asegura Vicente Quirarte, los crímenes de José Luis Calva Zepeda –caníbal o no- y el cortometraje de Mario Beauregard son radiografías de un fenómeno de nuestros días, de una sociedad fascinada por los monstruos que engendra y aplaude. Ver cine de asesinos seriales es ver la oscuridad de la conciencia humana. Es nuestro reflejo, nos guste o no. Si miramos a nuestro alrededor podremos advertir que la violencia están en todas partes: en los titulares de los periódicos sensacionalistas, en la mirada vacía de los niños de la calle, en el campo de batalla, en los animales que maltratamos sin misericordia, en nuestras ambiciones secretas e inconfesables, en nuestras pesadillas. Es parte de nuestra existencia. El cine de asesinos seriales comprueba, como afirma un célebre asesino, que la locura es igual que la gravedad: sólo necesita un pequeño empujón.


Bibliografía

1. Aviña, Rafael. Grandes crímenes: de la nota roja a la pantalla grande. Times editores, México. 1993.
2. Douglas, John. Mindhunter: Inside the FBI's Elite Serial Crime Unit. Pocket books, Nueva York. 1996.
3. Jones, Stephen. Clive Barker´s A-Z of horror. Harper Prism, Nueva York. 1996.
4. Lazo, Norma. Sin clemencia, los crímenes que conmocionaron a México. Ed. Grijalbo Mondadori, México. 2007.
5. Ressler, Robert. Whoever Fights Monsters: My twenty years tracking serial killers for the FBI. St. Martin's Paperbacks, Nueva York. 1993.
6. -------------------. I Have Lived in the Monster: Inside the minds of the world's most notorious serial killers. St. Martin's True Crime Library, Nueva York. 1998.
7. Schechter, Harold. The A to Z encyclopedia of serial killers. Pocket books, Nueva York. 2001. 8. Valencia, Manuel. Guillot, Eduardo. Sangre, sudor y vísceras. Historia del cine Gore. Ediciones La Máscara, Valencia. 1996.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Para celebrar el Día de Muertos.











Algo sobre la muerte del Mayor Sabines.
Primera parte. XII.
Jaime Sabines

Morir es retirarse, hacerse a un lado,
ocultarse un momento, estarse quieto,
pasar el aire de una orilla a nado
y estar en todas partes en secreto.

Morir es olvidar, ser olvidado,
refugiarse desnudo en el discreto
calor de Dios, y en su cerrado
puño, crecer igual que un feto.

Morir es encenderse bocabajo
hacia el humo y el hueso y la caliza
y hacerse tierra y tierra con trabajo.

Apagarse es morir, lento y aprisa
tomar la eternidad como a destajo
y repartir el alma en la ceniza.

Megaofrenda UNAM 2009.


lunes, 26 de octubre de 2009

Para empezar la semana del Día de Muertos.

Este fue un fin de semana de emociones encontradas. Por un lado, la felicidad de mi aparición dentro del Segundo Festival Mórbido y mi visita a Tlalpujahua, Michoacán. Por el otro, la noticia inesperada del deceso el Dr. Bernardo Jasso Méndez, profesor del Departamento de Epidemiología de La Facultad de Medicina de la UNAM, uno de los organizadores del Diplomado Saber médico, saber científico y saber popular: el vampiro a la luz de la Medicina y erudito que entendió que el miedo y la fantasía pueden estudiarse seriamente desde la perspectiva de la academia. Ahora es eterno.
Navegando por internet, encontré esta imagen. Proviene de una pastelería estadounidense y puede servirnos para iniciar nuestras festividades. Es especialmente horrorífica si tenemos en cuenta los titulares de los diarios de circulación nacional y las bajas en el combate a las drogas.
¿Los comerían?