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jueves, 3 de junio de 2010

Grand finale

Como los medios bien se han encargado de informarnos, el caso de la pequeña Paulette Guevara llegó a un desenlace anticipado semanas atrás: muerte accidental. Dejemos a un lado los errores evidentes en la pesquisa, las fallas imperdonables en la preservación de la escena del crimen, el reducido espacio al pie de la cama y un pequeño cadáver inodoro. Al final la muerte de Paulette sólo refuerza la incredulidad de la gente en sus instituciones. La renuncia de la cabeza de la investigación, que claramente obedeció a intereses políticos, no deja satisfecha a una opinión pública con una capacidad de indignación selectiva –parece que las ejecuciones y decapitaciones se han convertido en algo cotidiano-. En las encuestas, el 80 por ciento de la población no cree en la resolución oficial y piensa que se trató de un homicidio encubierto. El responsable de la muerte de la niña –si lo hubo, según la Procuraduría mexiquense- nunca recibirá castigo alguno y su identidad permanecerá como un misterio, como la de Jack el destripador y los asesinos de John F. Kennedy, Jimmy Hoffa y Paco Stanley. Lo único gratificante, si es que lo hay, es que no he perdido mi capacidad de asombro.

miércoles, 14 de abril de 2010

Paulette, los medios, el imaginario colectivo y la asignación de culpas

Hablemos ahora de un horror más tangible, el que vemos cotidianamente. Miles de niños son terriblemente asesinados cada año en México, pero pocos casos llegan a la prensa y capturan la atención de la sociedad como el que inspira estas líneas. La desaparición y muerte no aclarada de Paulette Gebara Farah tiene todos los elementos para alimentar la curiosidad –o morbo- de la gente y despertar la voracidad de los medios de comunicación. Es un drama estelarizado por una hermosa pequeña –doblemente frágil por su edad y discapacidad física-, una madre cuya congoja no deja de despertar sospechas, un matrimonio fragmentado, dos inocentes niñeras, amistades misteriosas, rencillas familiares –como en una de las obras más famosas de William Shakespeare- y supuestas infidelidades conyugales, todo en un lujoso escenario al que el mortal promedio no puede aspirar. Es un festín noticioso nutrido, en primera instancia, por la solidaridad y vocación de servicio social de muchos comunicadores. Posteriormente se erigió en un espectáculo, muy similar a un reality show, que acapara amplios espacios noticiosos e incluso es tema de los programas de espectáculos. Familias completas se reunieron frente a la televisión para ver la entrevista –en partes, como los viejos seriales radiofónicos- que Adela Micha hizo a Lissette Farah, madre de Paulette. El sábado pasado, una cena con un grupo de amigos giró en torno al tema y nos llevó incluso a ver las repeticiones de la noticia gracias a las ventajas de la televisión de paga, todo en medio de ensalada, pasta y un delicioso postre. Mucho se ha cuestionado sobre el actuar de las autoridades y el papel que los medios juegan en la asignación de culpas. Recientemente platiqué de ello con Irma Gallo, miembro del equipo de producción del noticiero de canal 22. Los medios tienen un compromiso social, es cierto, pero no olvidemos que también son un negocio. Y el caso Paulette ha demostrado ser uno muy redituable. Dejemos a un lado, por un momento, la desconfianza natural –a veces penosamente ganada a pulso- que tenemos de nuestras instituciones. La gente no puede apartar de su sentir la ausencia de llanto en la madre de la niña muerta como indicador de responsabilidad o la opinión de una psicóloga que califica a Lissette de “inteligente, fría y desapegada”. La colectividad ha fundado su fallo anticipado de culpabilidad en la divulgación mediática de informaciones oficiales emitidas anticipada e irresponsablemente. Y podemos comprender –no justificar ni avalar- la prisa de las autoridades en esclarecer el hecho: no olvidemos que ocurrió en el estado que gobierna el potencial futuro presidente del país. Los medios tienen el deber de informar pero, como sabiamente advirtió Ben Parker a su sobrino Peter, “todo gran poder implica una gran responsabilidad”. El modo en que nos presentan la información debe ser lo suficientemente objetivo para que nos formemos un juicio justo y libre de apasionamientos. Para finalizar debemos reconocer que a todos nos gusta elaborar teorías de conspiración; es un pasatiempo tan arraigado como ver el fútbol o las telenovelas. Y todos tenemos un investigador interno, sea porque hemos visto todas las temporadas de la franquicia CSI, o porque no nos perdemos Detectives médicos, La ley y el orden, Índice de maldad, Miénteme y Mentes criminales. No olvidemos que, ante la ley, todos somos inocentes hasta que se demuestre lo contrario. Esperemos la conclusión del caso, que evidentemente no gustará a todos y acrecentará las suspicacias: al paso de las horas se fortalece la teoría de un accidente y crece la sospecha de las hermanas Casimiro, niñeras de Paulette. Por lo pronto recordemos la máxima que enunció Rafael Moreno: “la regla es no precipitarse”.
No dejen de escuchar el episodio de Testigos del Crimen dedicado a la muerte de Paulette.

jueves, 29 de octubre de 2009

Testimonios de Tlalpujahua 2.

Poetas, caníbales y otros dementes
el asesino serial en el cine

Roberto Coria
Segundo Festival Mórbido, Tlalpujahua, Michoacán.


Dos policías llevan su segunda cena a un hombre en el inicio de sus cincuentas, vestido de blanco y convenientemente encerrado en una amplia jaula. El prisionero está rodeado de sus libros y dibujos, y escucha afablemente Las variaciones de Goldberg de Johann Sebastian Bach. El menú de la noche: chuletas de cordero, casi crudas, acompañadas de una guarnición de guisantes, granos de elote y una papa horneada. Los guardias, respetuosos pero precavidos, ordenan al custodiado ponerse contra los barrotes para esposarlo. Seguros de su inmobilidad, uno de los uniformados penetra en la jaula con el manjar, incluso procura no manchar los papeles que descansan en el escritorio. Antes de que puedan reaccionar, el hombre de blanco coloca las esposas al improvisado maître; se ha liberado con el alma de un bolígrafo que hábilmente escondió en su boca. Como un relámpago muerde el rostro del otro uniformado, luego le vacía su gas lacrimógeno antes de golpear repetidamente su cabeza contra la estructura metálica. El policía esposado grita de horror antes que el hombre de blanco, con el rostro ensangrentado y una expresión serena, le destroce el cráneo con su propio tolete. Los dos guardianes yacen inertes, en sendos charcos de sangre, mientras el homicida disfruta los últimos acordes su melodía. Su nombre, Hannibal Lecter. Su profesión, psiquiatra. Su naturaleza, asesino antropófago.

La anterior es una escena memorable de El silencio de los inocentes, adaptación cinematográfica de la novela homónima de Thomas Harris. Esta cinta valió a sus artífices, en 1991, incontables premios y el reconocimiento de la crítica y el público. Más allá, legitima a “todo un subgénero que no solo se nutre de la nota roja cotidiana, sino del suspenso, el relato policial, el horror y sus derivaciones el gore y el splatter, e incluso de la pornografía”, como bien asegura el investigador y crítico de cine Rafael Aviña.
Recordamos El silencio de los inocentes porque era una de las joyas de la videoteca que la Procuraduría de Justicia de la capital del país descubrió el 8 de octubre de 2007 entre las pertenencias de José Luis Calva Zepeda, en el interior del departamento 17 del edificio número 198 de la calle de Mosqueta, colonia Guerrero, en el centro de la ciudad de México. En la habitación contigua yacían los restos de Alejandra Galeana Gararvito, de 32 años, mujer divorciada, madre de dos hijos y empleada de una farmacia. Parte de su cuerpo fue mutilado y encontrado a medio cocer en una sartén. En sus posteriores declaraciones Calva Zepeda, hombre de 38 años, supuesto escritor, poeta y dramaturgo, se declaró admirador de Hannibal Lecter y se definió como “gastrónomo de afición, no de degustación, sino de elaboración”.
Los medios de comunicación se cebaron en el caso, inusual a todas luces en la nota roja nacional. Calva Zepeda fue apodado “el poeta caníbal”, aunque el calificativo no se ajusta a ninguna de sus acciones. Sin embargo ha permeado al imaginario popular como un asesino en serie, miembro de una ya no tan rara estirpe que protagoniza novelas, películas, documentales, series de televisión e historietas. En ella destaca más adecuadamente –en nuestro hermoso México- Gregorio Cárdenas Hernández, “el estrangulador de Tacuba”, bautizado así por los crímenes que cometió en 1942. Pero esa es otra historia.

“La crónica” de Mario Beauregard, cortometraje ganador del Cuarto Festival de Cortometraje Del cine a la calle, nos invita a discutir sobre este fenómeno y sobre la deshumanización de la sociedad en los primeros años del nuevo milenio.

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Hannibal Lecter, el reputado asesino en serie, es el Conde Drácula de la era de las computadoras y los teléfonos celulares, según Stephen King. Si atendemos la definición del Manual de Clasificación Criminal de la Oficina Federal de Investigaciones de Estados Unidos, el asesino en serie es “el individuo que comete tres o más homicidios en ocasiones y lugares diferentes con un periodo refractario entre cada crimen”. Podemos robustecer el concepto. Dennis Rader, “el asesino BTK”, realizó su furor homicida de manera intermitente durante 17 años; John Wayne Gacy, “Pogo el payaso”, usaba su sótano para cometer sus matanzas y ocultar los cadáveres; Henry Lee Lucas sació su sed de sangre en compañía de Otis Toole en diversos lugares de Estados Unidos. En un sentido más amplio, y con las lamentables enseñanzas de la historia, podríamos decir que es la persona –o personas- que comete tres o más homicidios en distintas ocasiones –o locaciones- en un periodo que puede comprender días o años por motivos arraigados en la psique del sujeto. Sus acciones muestran tendencias sádicas y sexuales. Esto nos permite evitar los abusos del calificativo en la escena nacional: las nefastas hermanas González Valenzuela, apodadas Las Poquianchis, no son asesinas en serie. Tampoco Adolfo de Jesús Constanzo y sus huestes, también llamados Los narcosatánicos de Matamoros. Todos ellos perseguían intereses materiales: el adecuado funcionamiento del negocio de lenocinio y prostitución de las primeras y la bendición del negocio de tráfico de drogas para los segundos. Podríamos entonces cuestionar si José Luis Calva Zepeda es un asesino en serie. También si es un verdadero caníbal. Los estudios histopatológicos practicados a la carne encontrada en el sartén del departamento de la calle de Mosqueta, revelaron que pertenecían a Alejandra Galeana Garavito. Sin embargo es imposible establecer si José Luis Calva Zepeda comió de ellos.

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Como un fenómeno social, en opinión de Robert K. Ressler –agente especial del FBI que acuñó el término serial killer-, el asesinato en serie tiene cerca de 125 años de edad y es parte de una ola de violencia interpersonal que se ha elevado desde mediados del siglo XIX. Está conectado con la creciente complejidad de la sociedad, con nuestra interrelación con los medios de comunicación y la enajenación de los individuos. Pero de ninguna forma es un fenómeno nuevo. Durante la Edad Media el desconocimiento del fenómeno se tradujo en atribuir crímenes atroces a vampiros u hombres lobos. Las personas de la era anterior a Sigmund Freud pensaban que las causas sobrenaturales eran la única explicación lógica para los asesinatos que salían de lo ordinario. En la Escocia de 1660 se documenta el caso de Alexander Sawney Beane, patriarca de un clan de caníbales que depredó los bosques cercanos a Glasgow. Tras atribuirse la matanza a entidades sobrenaturales por 26 años, el testimonio de un sobreviviente hizo terrenal el miedo de las personas. Los Beane fueron apresados, juzgados, torturados, ejecutados y sus restos arrojados a la hoguera. Antes de morir Sawney Beane afirmó que la carne humana sabía mejor que la de cualquier animal.
Los asesinatos que el hombre conocido como “Jack el destripador” cometió en el otoño de 1888 en el barrio londinense de Whitechapel constituyen el primer gran caso documentado sobre asesinato serial. El homicida ganó la posteridad por las cinco desafortunadas prostitutas que mutiló y por las cartas que supuestamente envió a la prensa. Entre ellas destaca la recibida por la Agencia Central de Noticias, fechada el 25 de septiembre de 1888:

Querido Jefe:
Aún sigo escuchando que Scotland Yard me ha capturado. He reído cuando se creen tan listos y declaran estar en la pista correcta. Voy tras las prostitutas y quiero destriparlas a todas hasta que esté satisfecho. El último fue un gran trabajo. No le di a la dama tiempo de gritar. ¿Cómo podrán atraparme ahora? Amo lo que hago y quiero comenzar de nuevo. Pronto escucharán de mis divertidos juegos. Guardé un poco de sangre en una botella después de la faena para escribir esta carta, pero cuando la utilicé estaba espesa como pegamento. Bastará con tinta roja, espero. Ja, Ja. La siguiente vez cortaré las orejas de la mujer y se las enviaré a los oficiales de policía sólo por diversión. Guarden esta carta hasta mi siguiente trabajo y entonces publíquenla. Mi cuchillo es tan lindo y afilado, y quiero ponerme a trabajar tan pronto como sea posible. Buena suerte.
Sinceramente suyo,
Jack el Destripador.

Sobra decir que la verdadera identidad del Destripador nunca fue descubierta. Hoy en día pervive como un misterio, una amenaza para los niños que rehúsan ir a dormir. Su “obra” ha sido llevada al cine en muchas ocasiones, desde la naciente virtud de un principiante Alfred Hitchcock (El inquilino, 1927), la imaginación de Nicholas Meyer (Escape al futuro, 1979) o el refinamiento de los hermanos Hughes (Desde el infierno, 2001).
El carácter mítico del Destripador nos obliga a preguntarnos sobre los motivos de su perdurabilidad. Andrei Romanovich Chikatilo asesinó a más de 53 adolescentes en la provincia ucraniana de Rostov entre 1978 y 1992; Luis Alfredo Garavito Cubillos tomó las vidas de más de 172 menores en la provincia de Quindio, Colombia, entre 1992 y 1999; el asesino de Whitechapel a 5. ¿Qué hace más aberrantes los crímenes de un asesino en serie? ¿La cantidad de víctimas? ¿Si son niños, mujeres o ancianos? ¿El entorno social? Investigadores de todo el mundo han tratado de responder estas incógnitas. Psiquiatras forenses han elaborado índices de maldad que aparecen en el horario estelar de la televisión de paga. Lo único certero son las nefastas consecuencias. Los padres, parejas, hijos y demás deudos también son víctimas del homicidio de una persona. El crimen deja cicatrices en todo lo que toca.

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Para comprender nuestra fascinación por el cine de asesinos seriales, debemos remontarnos al origen mismo del hombre y al doble significado que se atribuyó a la sangre desde la época de las cavernas: ese fluido vital presente en el nacimiento y la menstruación, cuya pérdida significaba la muerte del cazador herido. Vida y muerte. Eros y thanatos. Los principales tabloides de las grandes ciudades exhiben el más cruento homicidio de la jornada en su primera plana; en la contraportada una mujer en diminuto atuendo luce sus encantos.
Desde los sacrificios en el Coliseo romano y las decapitaciones públicas durante la revolución francesa a William Shakespeare y la tragedia isabelina, el hombre ha encontrado en el derramamiento de sangre una forma de diversión. Uno de los mejores representantes de esta cultura sanguinaria es el Teathre du Grand Guignol, establecimiento fundado en una capilla gótica del distrito parisino de Montmartre, zona conocida en la época por el descarado ejercicio de la prostitución y su alto índice delincuencial. El foro fue abierto en el año de 1897 –mismo año de la publicación de Drácula- gracias al entusiasmo de Oscar Méténier, antiguo funcionario de la Sureté, quien escribió un repertorio de obras basadas en sus experiencias en la policía parisina, en creencias populares y la nota roja cotidiana. Homicidios, asesinatos pasionales, ejecuciones, desmembramientos, incestos, prostitución, alcoholismo y desastres naturales eran los temas más recurrentes, todo con el mayor realismo posible. ¡Más sangre, más sangre!, eran los gritos habituales del director tras bambalinas. Fluidos reales, pintura del rojo más estridente y vísceras de animales que salpicaban incluso al público, eran técnicas que anticipaban los mejores momentos del cine gore. Maxa, una de las principales actrices de la compañía, reconocida como la “Gran Sacerdotisa del Templo del Horror”, aseguró haber sido asesinada más de diez mil ocasiones, ultrajada más de trescientas, descuartizada, destripada y devorada por un puma para entretenimiento del público. El teatro se convirtió en un éxito contundente que garantizaba por función el desmayo de al menos dos espectadores. Fue una visita obligada para todo turista, una atracción al nivel del Museo de Louvre o la torre Eiffel. Pero los horrores de la realidad eventualmente triunfaron sobre los horrores de la imaginación. Tras la ocupación de Paris por la Alemania nazi, el teatro fue cerrado por promover valores negativos. Colmo de las ironías.

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El arte imita a la realidad, aunque ésta rebasa a la ficción. George Bernard Shaw dijo alguna vez que la diferencia entre el artista y el homicida residía en que el primero es reconocido en su momento más brillante, mientras el segundo en el más bajo. Trazar un esbozo de una historia natural del cine de asesinos seriales es una labor difícil si consideramos -como afirmara Thomas de Quincey- que el asesinato también puede ser considerado como una de las bellas artes. Mencionemos algunos de sus mejores especímenes.
Si seguimos una línea cronológica, podemos considerar a M el maldito (1931) como la primera gran película sobre asesinato serial. Aunque muchos especialistas señalan que está basada en los crímenes de populares homicidas alemanes de su tiempo como Peter Kürten o Fritz Haarmann, el talentoso Fritz Lang –su director y guionista- pretendía criticar al régimen nacional socialista que eventualmente lo declaró su enemigo –su título original era El asesino está entre nosotros-. La actuación de un joven Peter Lorre es sencillamente virtuosa como un asesino acosado por sus demonios y perseguido por las autoridades y el bajo mundo. Se adelanta claramente estudio científico del fenómeno que va a aquejar a generaciones venideras. Sometido a juicio, el asesino trata de explicarse: “matar es como una adicción, no puedo detenerme”.
Digna de mencionarse es la película mexicana El hombre sin rostro (1950) de Juan Bustillo Oro, donde Arturo de Córdova interpreta a un detective que se convierte en un indolente asesino de prostitutas. La cinta tuvo la asesoría del psiquiatra Gregorio Oneto Barenque, célebre por dirigir el manicomio donde se recluyera Gregorio Cárdenas Hernández días antes que sus crímenes fueran expuestos en 1942.
Robert Bloch, antiguo discípulo de H.P. Lovecraft, vivía en el pueblo de Weyauwega, Winsconsin, cuando la mañana del sábado 6 de noviembre de 1957 la policía irrumpió en el granero de un habitante del vecino poblado de Plainfield y descubrieron horrores que pernearon al ámbito social y cultural. Edward Theodore Gein, hombre tímido, taciturno y aparentemente inofensivo, se entregó durante años a la necrofilia, el robo de osamentas, al homicidio y a la artesanía con piel humana. Las acciones de Ed Gein inspiraron a Bloch para escribir la novela Psicosis, magistralmente llevada al cine por Alfred Hitchcok en el año 1961. Su éxito artístico y comercial (costó 800 mil dólares y recaudó más de 16 millones) garantizó una pequeña franquicia fílmica –de la que destaca Psicosis 4, el comienzo (Mick Garris, 1990)- e inspiró películas notables como Masacre en cadena (Tobe Hooper, 1974), su respetuoso remake (Marcus Niespel, 2003), y la ya comentada El silencio de los inocentes (Jonathan Demme, 1991).
Muchas son las cintas que merecen ser vistas por el diletante del “cine truculento”: El estrangulador de Boston (Richard Fleischer, 1968), El profeta Mimí (José Estrada, 1973), Martin (George Romero, 1977), Sabueso (Michael Mann, 1986), Henry, retrato de un asesino en serie (John McNaughton, 1989), Asesinos por naturaleza (Oliver Stone, 1995), Ciudadano X (Chris Gerolmo, 1995), La noche del asesino (Spike Lee, 1999), Romasanta (Paco Plaza, 2004), Amores asesinos (Todd Robinson, 2006) y Zodiaco (David Fincher, 2007). Todas ellas, y cientos más que necesariamente omito, demuestran que el asesino en serie es el monstruo más terrible, más que un vampiro o un hombre lobo. Puede estar sentado a su lado. Se parece a ustedes o a mí.


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Si todo poeta es nuestro contemporáneo, como asegura Vicente Quirarte, los crímenes de José Luis Calva Zepeda –caníbal o no- y el cortometraje de Mario Beauregard son radiografías de un fenómeno de nuestros días, de una sociedad fascinada por los monstruos que engendra y aplaude. Ver cine de asesinos seriales es ver la oscuridad de la conciencia humana. Es nuestro reflejo, nos guste o no. Si miramos a nuestro alrededor podremos advertir que la violencia están en todas partes: en los titulares de los periódicos sensacionalistas, en la mirada vacía de los niños de la calle, en el campo de batalla, en los animales que maltratamos sin misericordia, en nuestras ambiciones secretas e inconfesables, en nuestras pesadillas. Es parte de nuestra existencia. El cine de asesinos seriales comprueba, como afirma un célebre asesino, que la locura es igual que la gravedad: sólo necesita un pequeño empujón.


Bibliografía

1. Aviña, Rafael. Grandes crímenes: de la nota roja a la pantalla grande. Times editores, México. 1993.
2. Douglas, John. Mindhunter: Inside the FBI's Elite Serial Crime Unit. Pocket books, Nueva York. 1996.
3. Jones, Stephen. Clive Barker´s A-Z of horror. Harper Prism, Nueva York. 1996.
4. Lazo, Norma. Sin clemencia, los crímenes que conmocionaron a México. Ed. Grijalbo Mondadori, México. 2007.
5. Ressler, Robert. Whoever Fights Monsters: My twenty years tracking serial killers for the FBI. St. Martin's Paperbacks, Nueva York. 1993.
6. -------------------. I Have Lived in the Monster: Inside the minds of the world's most notorious serial killers. St. Martin's True Crime Library, Nueva York. 1998.
7. Schechter, Harold. The A to Z encyclopedia of serial killers. Pocket books, Nueva York. 2001. 8. Valencia, Manuel. Guillot, Eduardo. Sangre, sudor y vísceras. Historia del cine Gore. Ediciones La Máscara, Valencia. 1996.

domingo, 13 de septiembre de 2009

Confesión antes de ser ahorcado

El 6 de agosto de 1949, en la prisión de Wandsworth, Inglaterra, murió en la horca John George Haigh, el asesino bautizado por la prensa británica como “El Vampiro de Londres”, conocido también como "El asesino de los baños de ácido". Antes de partir hacia el patíbulo, en el interior de su pequeña y sombría celda, Haigh decidió narrar a la posteridad los pormenores de sus crímenes. Este testimonio, escrito por su puño y letra, resulta estremecedor por sus detalles y su evidente ausencia de remordimiento. ES completamente relevante para hablar de asesinato serial y también de vampirismo. Escucha los detalles de este caso en el programa no. 28 de Testigos del Crimen.

Confesión antes de ser ahorcado
John Haig (1949)


Mañana seré ahorcado. Pasaré, por primera y última vez por esa puerta de mi celda que nunca he visto abrirse. Hay dos en ella. La otra sirve a los guardianes cuando vienen a visitarme. Pero sé que por la segunda puerta, esa siempre cerrada, es arrastrado el hombre destinado a la ejecución. En verdad, es el umbral del más allá.
Atravesaré ese umbral sin miedo ni remordimiento. Los hombres me han condenado porque me temían. Amenazaba su miserable sociedad, su orden constituido. Pero estoy muy por encima, participo de una vida superior, y todo eso que he hecho, lo que ellos llaman "delitos", lo he realizado porque me guiaba una fuerza divina. He aquí por qué me es completamente indiferente que se me trate de malvado o loco. De igual modo me es indiferente que comadres tontas soliciten verme. En efecto, parece, al menos por lo que me ha dicho un guardián, que llegan a la prisión muchas cartas dirigidas a mí de parte de ese frívolo sexo. Me pregunto si existe alguien sobre la Tierra capaz de comprenderme. A decir verdad, algunas veces me cuesta a mí mismo, y ahora, mientras refiero mi experiencia, desespero de encontrar ni siquiera un solo lector que esté a mi altura.
La primera persona que maté fue William Donald McSwan. A continuación maté a su padre y a su madre. La manera como conocí a Swan no tiene en sí nada de misteriosa. El era propietario de una sala de juego en Tooting, en los alrededores de Londres.
Una tarde de otoño de 1944 encontré a Swan en un café de Kensington. Estaba preocupado. Temía que lo llamaran a las armas, y me confió su intención de esconderse para evitar la conscripción militar. Desde aquella vez lo volví a ver con frecuencia. Me llevó, además, a casa de los suyos. Una noche, le propuse visitar mi departamento y, en el sótano, mi laboratorio, en Gloucester Road número 79. El joven Swan accedió. Entró junto conmigo y...
No puedo referir lo que hice entonces sin contar previamente algunos hechos que se remontan a mi infancia. Es necesario que hable de los sueños que tenía en aquel tiempo. El primer sueño del cual me acuerdo con precisión se remonta a la época en que formaba parte del coro de la catedral de Wakefield. De noche, en la cama, cerraba los ojos y volvía a ver el Cristo torturado sobre la cruz. Miraba el crucifijo en la iglesia, y a veces veía la cabeza coronada de espinas, a veces el cuerpo entero de Cristo, de cuyas heridas brotaba copiosamente la sangre. Me sentía horrorizado.
En otro sueño construía una inmensa escalera telescópica, por medio de la cuál llegaba a la Luna. Desde allí miraba la Tierra a mis pies, no más grande que una pelota. ¿Qué significado tenía este sueño? Pensaba que quería decir que haría en mi vida alguna cosa grande, que sería el mejor de todos.
La mayor parte de las veces la sangre era el asunto de mis sueños. Estos sueños tenían un papel fascinante y terrible en mi existencia. Y todavía no conocía el sabor de la sangre. Una pura casualidad me hizo probarla, y desde entonces ya no pude evitarla.
Tendría diez años. Me había herido en la mano con un cepillo para cabello, de cerdas metálicas. Lamí la sangre que brotaba, y algo se mezcló en todo mi ser. Esa cosa viscosa, cálida y salada que sorbía a flor de piel era la vida misma. Fue una revelación que me obsesionó por muchos años.
En cierta oportunidad empecé a cortarme adrede los dedos y las manos, sólo para poder posar los labios sobre la herida fresca y volver a sentir aquella sensación indescriptible.
La casualidad, pues, me había hecho volver, a través de los siglos de civilización, a los tiempos fabulosos en que los seres sacaban fuerza de la sangre humana. Descubrí que pertenecía a la raza de los vampiros. ¿Por qué? ¿Por qué justamente yo? No sabría explicarlo. Sólo puedo contar lo que experimentaba.
¿Comprenden ahora lo que pudo sucederle al joven Swan, cuando se encontró a solas conmigo, en aquella tarde de otoño? Lo desmayé con la pata de una mesa, o con un pedazo de caño, ya no lo recuerdo exactamente. Y después le corté la garganta con un cortapluma.
Procuré beber su sangre, pero no era nada fácil. Aún no sabía bien qué sistema usar. Le tuve sobre el lavamanos, y traté de recoger de algún modo el líquido rojo. Al fin, me parece que resolví sorberlo directamente de la herida, con un sentimiento de profunda satisfacción.
Cuando me aparté, sentí espanto ante la presencia de aquel cadáver. No tenía remordimientos. Sólo me preguntaba qué podía hacer para deshacerme de él. De súbito se me ocurrió un buen método. Tenía ya en mi laboratorio una gran cantidad de ácidos, sulfúrico y clorhídrico, que me servían para atacar los metales. Sabía bastante de química para estar enterado de que el cuerpo humano está compuesto en su mayor parte, de agua. Y el ácido sulfúrico es muy ávido de agua.
Por desgracia, no tenía nada preparado. Sólo al sexto o séptimo caso, comencé a preocuparme de preparar anticipadamente el medio más adecuado para hacer desaparecer los cuerpos.
Debí buscar un recipiente para meter el cadáver. Encontré en un cementerio una especie de barril de metal. Para transportarlo hasta mi sótano, pedí prestado a un maestro albañil una carretilla. Acomodé al señor Swan en el barril.
Ahora no me quedaba más que verter el ácido en el barril. Debía servirme de un cubo. No había previsto el humo que se desprendió, y sentí tal náusea que tuve de salir un poco al aire para retomar aliento.
Luego volví a la tarea y finalmente abandoné el sótano. Cuando más tarde regresé allí, pude comprobar que la operación había salido bien. El cuerpo estaba disuelto. Levanté una trampa que comunicaba con las cloacas y vertí por el hueco la mezcla. Si queda aún algo del señor Swan se encontrará en el mar, donde se descargan las cloacas de Londres.
Dos meses después, tuve otra víctima: esta vez se trató de una mujer. Tendría cerca de treinta y cinco años. Era morena, de mediana estatura. Nunca la había visto antes.
Nos encontramos en la calle, en el distrito de Hammersmith. La abordé en un puente. Comprendí en seguida que debía morir. Ella aceptó venir a mi casa. Le di un golpe en la cabeza y bebí su sangre.
Tampoco esta vez había hecho planes para desembarazarme del cadáver; pero aún tenía un poco de ácido y mi barrilejo. Arreglé en él a la muchacha, pensando entonces que sería cómodo tener una bomba para verter el ácido. Salí a comprar una.
Sólo después del segundo McSwan, el padre de William, se me ocurrió usar una especie de máscara para evitar la náusea por los vapores del ácido. Y en seguida me procuré un mandil, botas y guantes de goma. Así equipado, y armado de un palo revolvía la "mezcla".
A los viejos McSwan los maté juntos el mismo día.
Durante el proceso se me ha preguntado con cuál cortapluma acostumbraba a cortar la garganta de mis víctimas. En verdad no sabría decirlo; tenía tres de ellos. Debo decir, a este propósito, que no acierto a recordar ningún detalle de lo que sucedía en esos momentos. Cuando estaba bajo la influencia de mis sueños, casi no veía otra cosa que la copa, esa copa tendida ante mí, mientras yo aullaba de deseo, y que se rehusaba a mi garganta sedienta, hasta que me decidía a arrastrar un ser humano a mi sótano, y entonces, por un instante, podía al fin chupar la vida de su garganta abierta, con maravilloso alivio.
Mi quinta víctima fue un jovencito desconocido, un tal Max. Pero prefiero hablar de los números seis y siete, la joven pareja Henderson. Archibald, el marido, era un médico londinense. Tenía una mujer joven, hermosísima: Rose... desaparecieron en febrero de 1948. La policía nunca habría resuelto el misterio de los Henderson, si no la hubiera ayudado revelándole que fui yo quien los mató.
Los conocí del modo más sencillo. Habían publicado un aviso para vender una casa en Ladbroke Square. Contesté. Era un buen método para entrar en contacto con nuevas personas. Lo he empleado varias veces. El señor Henderson era el segundo marido de Rose, y Rose era su segunda mujer. Él era viudo. Ella, divorciada. Había estado casada con un ingeniero alemán, Rudolf Erren. Durante la Segunda Guerra Mundial Erren había formado parte del famoso grupo de pilotos apodado "Circo Richtofen", capitaneado por Goering. Después de la guerra se había establecido en Inglaterra. Ahora ha vuelto a vivir en Alemania.
Cuando sé que una persona puede convertirse en una víctima mía, es extraño, pero no logro experimentar amistad por ella.
Rose me confió que, bajo aquella apariencia acomodada, ella y su marido tenían dificultades financieras. No es entonces por interés que los he matado. Archie tenía deudas, y a menudo discutía con su mujer por cuestiones de dinero.
Los Henderson partieron en 1948 para una breve estancia en Brighton, en el hotel Metropole. El ciclo de mis sueños estaba entonces en el ápice. Me sentía mal. Archie se quejaba de mi desatención: le parecía que no escuchaba lo que me decía. En efecto, estaba completamente preso de mi horrible necesidad. Veía de nuevo bosques de crucifijos que se transformaban en árboles que goteaban sangre. Me despertaba con ese atroz deseo imperioso.
Necesitaba que Archie fuera mi próxima víctima. Con un pretexto cualquiera, le hice venir desde Brighton a Crawley, a mi laboratorio de Leopold Road, y le disparé una bala en la cabeza con el revólver de su propiedad, que le robara durante una noche pasada en su casa.
Volví a Brighton y le dije a Rose:
- Archie se ha sentido mal en mi casa. Nada grave, pero quisiera que usted fuera a buscarle. Venga conmigo.
Me siguió enseguida, sin ninguna sospecha. Apenas entró en el laboratorio la maté. Cómo, no lo recuerdo.
Bebí una buena parte de la sangre de Archie y de Rose. Me sentía protegido por una mano invisible. Estaba tan seguro de mí, que dejé los cadáveres al descubierto en el laboratorio mientras iba a comprar una máscara de gas y un segundo recipiente para el ácido. La máscara, como ya he explicado, debía servir para evitarme la náusea por las emanaciones de ácido sulfúrico que se elevaban de mi "mezcla". El nuevo recipiente era para la mujer. Dejé a Archie y Rose en perfecto reposo. Disolví al primero el viernes por la tarde. Y el sábado siguiente el bello cuerpo que en vida había constituido la fascinación de Rose Henderson, se fundió en el ácido como una muñeca de cera al calor. Su forma y su color desaparecieron lentamente, gigantescos pedazos de azúcar que yo revolvía con un bastón, continua, serena y pacientemente...
Mary fue mi víctima número ocho. Encontré a esa muchacha en Eastbourne, donde estaba de vacaciones o por trabajo, ya no lo recuerdo bien. En todo caso, no era del lugar. De ella sólo conozco su nombre, Mary. Charlamos un largo rato y le pedí que viniera a comer conmigo a Hastings. Fuimos a un café cerca del mar. Estábamos a fines de verano o en los comienzos del otoño, en todo caso en los últimos días cálidos. El sol poniente transformó por un instante el mar en sangre. Me estremecí. Miré a Mary y le dije estúpidamente:
- Es hermoso, ¿verdad? Parece exactamente una tarjeta postal en colores.
Pero yo, distante de aquellos pensamientos vulgares, me sentía dominado por mi sacro deseo. Me llevé sin esfuerzo a Mary a Crawley. Entramos en mi laboratorio de Leopold Road. Sin esperar, tomé un utensilio por el mango y la golpeé salvajemente en la cabeza. Después, le abrí la garganta y me arrojé ávidamente sobre la herida.
Durante la noche, tuve el acostumbrado sueño satisfecho que me venía siempre después de cada crimen. La aparición me tendió la copa de sangre y me dejó beber a largos sorbos.
Mary tenía el acento de Gales. Recuerdo su vestidito blanco y azul y sus zapatos blancos. No había casi nada en su bolso, fuera de un frasquito de perfume. Nunca logré descubrir su nombre. La policía tampoco.
Hablaré ahora de la novena persona que fue "muerta" por mí. Esta es la expresión que deseo usar. No me agrada decir que la había "asesinado", porque esta palabra da la impresión de crueldad y sufrimiento. "Matar" en cambio, era el resultado inevitable de la voluntad de un Espíritu de gran poder que me guiaba, ordenándome tomar la sangre de los hombres. El hombre es solo un peón en manos del Ser Supremo.
La misma fuerza ha decidido ahora que ha llegado para mí el tiempo de morir y yo acepto su divino juicio. Por otra parte, también estoy cansado. Mis ojos no pueden más. He leído y escrito mucho, y tengo prisa de concluir estas memorias. Para poder continuar escribiendo, me veo obligado a ponerme los anteojos con montura de oro del doctor Henderson, mi sexta víctima.
Pero vayamos, pues, a la señora Olive Durand-Deacon, la última persona de esta tierra de quien he bebido un vaso de sangre. Cuando la encontré, era una de esas mujeres "en el ocaso de su vida", para usar las palabras del Ministerio Público en mi proceso. Debo admitirlo, con ella fui muy descuidado. No es mi naturaleza. Usualmente, me gusta repetir que prefiero una injusticia a un desorden. Pero me sentía de tal modo protegido por la fuerza superior que me dirigía, que olvidé tomar las precauciones más elementales.
La señora Durand-Deacon vivía en la misma pensión familiar en que yo me alojaba, en Kensington. Es así como la conocí. Le agradaba a la anciana señora porque le hablaba de música, de arte, de literatura. Teníamos también conversaciones filosóficas y religiosas. Ella había escrito un libro titulado "Así Habla Dios". Yo había dado alguna conferencia en congregaciones religiosas. Recuerdo que conmovía a las oyentes hasta las lágrimas. También había escrito algunos artículos en diversas revistas de teología. Todo lo cual me granjeó las simpatías de la señora Durand-Deacon, quien veía en mí, a pesar de mis cuarenta años, "un joven verdaderamente prometedor".
Durante mi proceso, el público ha sido informado del ridículo motivo que la indujo a venirme a ver a mi laboratorio. La anciana señora sufría por haber perdido las uñas, y yo le había dicho que, tal vez, lograría fabricarle otras con material plástico.
Y fue así como ella partió para su último viaje, el 18 de febrero de 1949. La maté de un balazo en la nuca. Después le practiqué una incisión en la garganta y bebí un vaso de sangre. Llevaba una cadenita con una pequeña cruz alrededor del cuello. Experimenté un goce extraordinario al estrujarla.
El sistema para la eliminación del cadáver se había hecho ahora automático. Además, para la señora Durand-Deacon había preparado con anticipación el barril de ácido.
He dicho ya que aquella vez hice todas estas operaciones con descuido. Había comprado el ácido dando mi verdadero nombre. Quemé sólo parcialmente el bolso de la señora Durand-Deacon, y los polizontes encontraron fragmentos. No disolví completamente el cuerpo, desde el momento en que fueron encontrados restos suficientes para justificar la acusación de asesinato.
En realidad, para mí no había sido todo fácil con la señora Durand-Deacon. Debí hacer entrar aquel cadáver de noventa kilos en un pequeño barril. Pero esto no basta para explicar mi negligencia. Quizás, estaba sencillamente cansado de matar, y no veía la hora de concluir con aquella misión que la divinidad superior me había confiado, y tenía necesidad de descansar, así fuera en el inmundo pedazo de tierra reservado a los ajusticiados.
Extenuado por la maniobra con el pesado cadáver de la vieja, salí a tomar una taza de té. Cuando regresé, ¡recordé haber dejado la puerta abierta! Cualquier hubiera podido entrar y ver el cadáver.
Maté a la señora Durand-Deacon un viernes. El domingo siguiente estaba en casa de unos amigos. Una muchacha me dijo de pronto:
- ¡No me mire así!
Aparté la mirada pero continué tratando de verla mentalmente
Ella manifestó entonces.
- Siento que él sigue mirándome.
Y de repente me gritó:
- ¡Asesino!
Aquel poder de adivinación (aún cuando yo no esté de acuerdo, como lo he explicado, acerca de la palabra "asesino") me pareció incomprensible.
Bien pronto los polizontes, que indagaban sobre la desaparición de la señora Durand-Deacon, descubrieron en mi sótano los vestigios de su cuerpo y sus vestidos. Mi destino se cumplía.
Ahora que todo ha concluido y que he llegado al término de mi relato quiero agregar aún algo.
Será una pequeña vanidad (que bien puede perdonársele a un hombre a punto de morir) pero quisiera que el traje que llevaba durante el proceso se entregue al Museo de Cera de Madame Tussaud, para vestir mi muñeco. Quisiera que se envíen allí mis medias verdes y mi corbata a cuadritos rojos y verdes. Espero que mi retrato de cera sea parecido. Deseo que el conservador del Museo Toussaud cuide de que mis pantalones conserven siempre una raya impecable. He engordado en la prisión: es desagradable. Espero que en mi retrato se me conserve una línea más esbelta.
Mi proceso me ha aburrido mucho. Tenía la impresión de ver un film por segunda vez. Pero, sin embargo, me ha divertido la manera con que ciertos testigos agregaban detalles obscenos a mi historia.
Sé que desde la puerta de mi celda se necesitan apenas quince pasos para llegar al patíbulo. Son pocos para alcanzar la eternidad. Veo a la lluvia bañar la cima de los álamos más allá del muro de la prisión. Me inspira el mismo deseo que a veces sentía bajo la fronda de un magnífico bosque cuando, solitario, buscaba una meta que tal vez no existe.
Pienso en las palabras escritas por un gran hombre de la antigüedad, no sé ya quién exactamente. Me parece oportuno citarle ahora:
"No antes que los telares se hayan detenido y las lanzaderas terminado de deslizarse, Dios desenvolverá el tapiz y revelará su motivo."
Nací el 24 de julio de 1909, en Stanford, en el Lincolnshire. Mi familia estaba por aquel tiempo en la miseria. Mi padre tenía treinta y ocho años, mi madre cuarenta. Mi padre era cabo electricista, pero sin trabajo. Mis progenitores no tenían con qué comprar la canastilla para el niño que debía nacer. Mi madre está convencida de que los meses de sufrimiento y preocupación que precedieron a mi nacimiento han sido la causa de lo que ella llama mi enfermedad mental.
- Es culpa mía - dijo ella - porque no he comparecido ante el juez junto con George. Soy responsable por lo que le toca.
La situación de mis progenitores no mejoró sino muchos meses después. Ambos eran muy piadosos. Mi padre gobernaba una comunidad religiosa. Me criaron en una atmósfera inhumana, peor que en un monasterio. No conocí ninguna de las alegrías que habitualmente tienen los niños.
Sobre la frente de mi padre hay una cicatriz azulada, una especie de cruz deformada. El me explicó que aquello era la marca de Satanás. Había pecado y el Diablo le castigó.
- Si cometes un pecado - decía -, Satanás te castigará del mismo modo.
Durante años miré las frentes de las personas para ver si estaban marcadas con una señal azul. Como nadie la tenía, deduje que mi padre era el único pecador, y que todo el resto del mundo era inocente.
Cada noche hacía mi examen de conciencia. Si tenía algo que reprocharme, con extremado temor me acercaba al espejo para ver si me había aparecido la marca en la frente.
Fui a la escuela hasta los diecisiete años. Formé parte del coro de la Catedral. El domingo me levantaba a las cinco para asistir al primer servicio. Permanecía en la iglesia el día entero, hasta las ceremonias de la noche. Al volver a casa, encontraba a mis progenitores orando y me unía a ellos.
A causa de lo extraño de esta vida, los niños de mi edad no me quería.
Sin embargo, yo estaba siempre dispuesto a ayudar a mi prójimo. Adoraba los animales. debo mi sustento a perros vagabundos. Amaba también a los conejos y los pájaros.
En 1927, a los dieciocho años, sentí irresistiblemente la necesidad de expresar el misticismo religioso que me colmaba: envié a una revista un artículo, "La Degradación del Hombre", que fue publicado.
Creía tener una gran misión que cumplir entre los hombres. Me puse a hablar en las congregaciones religiosas. La primera vez que lo hice descubrí esta cosa extraordinaria: tenía el don de saber hablar. La multitud de fieles me escuchaba palpitante, y corrían lágrimas sobre sus rostros. Mis progenitores estaban muy orgullosos de ello.
En el mes de julio de 1934 desposé una graciosa muchacha de 21 años, Beatrice Hamer. Pero mi dicha conyugal fue de breve duración. Mi mujer decidió no volver a verme nunca más. Le nació una hija que después fue adoptada por desconocidos. Existe hoy en alguna parte una muchacha de catorce años que ignora que su padre soy yo, John Haigh, el hombre que llaman "el Vampiro de Londres".
Gran Bretaña estaba en guerra. Encontré empleo en la Defensa Pasiva. Fueron los horrores de los grandes bombardeos sobre Inglaterra lo que me hizo abandonar la idea de un Dios justo y amoroso. Estaba un día en un puesto de guardia con una enfermera de la Cruz Roja, cuando las sirenas se pusieron a aullar. Aún no habían concluído, y ya las bombas caían. La enfermera y yo salimos corriendo para alcanzar el refugio. De súbito un silbido terrible, me arrojé bajo un portón. Cuando me levanté, herido, una cabeza rodó a mis pies. Era la de mi compañera que, un momento antes, estaba tan alegre y hermosa. ¿Cómo Dios había podido consentir este horror? Ahora no creo más en Dios, sino en una fuerza superior que nos impulsa a obrar y dirige misteriosamente nuestro destino, ignorante del bien y del mal. Ya he referido cómo esta fuerza me movió a degollar seres humanos, después de haberme hecho tener terribles sueños que me dejaban sediento de sangre. Justamente a mí, que amo y adoro las más pequeñas y débiles criaturas, me ha sido ordenado cometer estos crímenes y beber sangre humana.
No es posible, mis nueve delitos deben tener explicación en algún lugar fuera de nuestro mundo terreno. No es posible que sean absurdamente sólo el sueño de un demente lleno de sonido y furia, como dice Shakespeare.
¿Hay entonces una vida eterna? Pronto lo sabré. Esperándolo, adiós...

viernes, 31 de julio de 2009

Algo de sangre.

En el esfuerzo por resolver un misterio como éste, uno no puede permitirse desechar cualquier teoría, sin importar cuán extravagante sea, antes de examinarla cuidadosamente pues la verdad, después de todo, puede encontrarse tras la más improbable.

--The Pall Mall Gazette, sobre los crímenes de Jack el destripador, diciembre de 1888.