miércoles, 29 de febrero de 2012

Celebrar la vida, celebrar la muerte


Ayer tuve el placer de acompañar a Miguel Robles Bárcena, Secretario de Servicios a la Comunidad de la UNAM, a Alejandro Fernández Varela Jiménez, Director General de Atención a la Comunidad Universitaria y David Vazquez Licona para presentar el libro Por los siglos de los siglos. Memoria del décimo tercer Festival Universitario de Día de Muertos, Megaofrenda 2010, en el marco de la XXXIII Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería. En realidad como la ocasión –para el mexicano- es una fiesta, todos acompañamos a una gran cantidad de Catrinas y a un animado ensamble musical que nos llevó, como el flautista de Hamelin, al Salón de la Academia de Ingeniería. Comparto con ustedes lo que dije:
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Celebrar la vida, celebrar la muerte
Roberto Coria

A la Universidad Nacional debo mucho: mi educación profesional, incontables satisfacciones y sobre todo una manera abierta e inteligente de saborear la vida. Que en un programa de mano, junto a mi fotografía y semblanza, apareciera el sello “Orgullosamente UNAM”, fue la mejor recompensa imaginable. La Universidad me ha dado la oportunidad de jugar en su jardín –con sus juguetes- , de explorar temas que pocos respetan –el horror y la fantasía- y divulgarlos. Hoy me permite estar con ustedes en este maravilloso Palacio de Minería, en su fiesta de las letras. Esta es una más de la multiplicidad de actividades que nos ofrece la Universidad. Y entre ellas brilla una por innumerables razones: su celebración anual a los muertos, conocida como la Megaofrenda. Este proyecto, desde sus inicios, buscaba unir a todas las facultades, escuelas – oficiales e incorporadas- e institutos de nuestra Casa de Estudios, así como a grupos independientes, con el propósito de honrar a una de las tradiciones más arraigadas en nuestra cultura. Así, durante cinco días, calaveritas de azúcar, copal, flores de cempasúchil, papel picado y velas de todos tipos adornan las “islas” de Ciudad Universitaria y son el escenario ideal para la reunión de los vivos y los muertos. Han pasado 14 años desde su primera emisión. Hoy es uno de los eventos más grandes y reconocidos en su tipo, a nivel nacional e internacional. Personas de todos los lugares del país viajan a esta ciudad el 1 y 2 de noviembre sin otro propósito que ser parte de la magia. Tengo el privilegio ser amigo esta actividad. No sólo he formado –junto con otros apasionados- parte de ella a través de humildes altares, conferencias y lecturas en atril, sus organizadores también me han confiado la labor de ser jurado en varios de sus concursos de cuento. Porque en la Megaofrenda ofrece al Universitario incontables formas de incendiar su creatividad: “calaveras”, cartas, crónica, postales y fotografía. Todo ello, tradicionalmente, es reunido en un bello libro, mismo que hoy comparto el orgullo de acompañar en su presentación oficial.
El gran Carlos Monsiváis dijo alguna vez que la celebración a la muerte, en nuestro país, crea a dos sectores fundamentalistas: los que han trascendido la calabaza en tacha y prefieren ir a Disneylandia que a Mixquic y los que se aferran a las tradiciones. Evidentemente la Megaofrenda es parte de este último grupo, pero no es excluyente de ninguna manera. Por igual han celebrado a Juan Rulfo y a Edgar Allan Poe. Entre sus altares han caminado la Catrina de Posada y niños disfrazados de brujas y fantasmas. Esa es su virtud, la pluralidad. Ambas expresiones pueden coexistir reconociéndoles su respectivo valor.
Les invito a formar parte de la Megaofrenda a través de este libro. Sólo me resta, sin sonar institucional, agradecer a la Dirección General de Asuntos de la Comunidad Universitaria por recordar a nuestros muertos de forma tan valiosa. Finalizo con una línea del bello poema de Jaime Sabines, más que apropiada para esta ocasión y que exalta la esencia de la Megaofrenda:
Morir es retirarse, hacerse a un lado,
ocultarse un momento, estarse quieto,
pasar el aire de una orilla a nado
y estar en todas partes en secreto.

martes, 21 de febrero de 2012

El padre de todos los vampiros

El próximo domingo 26 de febrero de 2012 a las 18:00 horas, en el salón de la Academia de Ingeniería del Palacio de Minería, dentro de su Feria del Libro, mi amigo Vicente Quirarte ofrecerá la conferencia "El padre de todos los vampiros: los cien años de Bram Stoker". Indispensable. Allá nos vemos.

Presentación de la 2da edición de "El hombre que fue Drácula"

El próximo jueves 1 de marzo de 2012 a las 17:00 horas, en el Auditorio Bernardo Quintana del Palacio de Minería, dentro de su tradicional Feria del Libro, tendré el placer de presentar la 2da edición de mi obra "El hombre que fue Drácula", publicada por Libros de Godot. Esta nueva edición contará con ensayos de Hugo Gutiérrez Vega, Vicente Quirarte y Víctor Grovas Hajj, todos celebrando a Bram Stoker y su creación más perdurable Me acompañarán padrinos de lujo: Eduardo Ruiz Saviñón y Vicente Quirarte. ¡Allá los veo!

lunes, 20 de febrero de 2012

De lo que están hechos los sueños

La noche del 28 de diciembre de 1895, en una lujosa avenida de la ciudad de Paris, un reducido grupo de personas se congregó frente a un local que anunciaba la presentación de un nuevo invento. El escueto cartel decía simplemente “CINEMATÓGRAFO LUMIÈRE. Entrada 1 franco”. Solo 35 personas se dejaron arrastrar por el enigmático letrero. Una vez apagada la luz, comenzó la magia y una de una de las manifestaciones culturales que mejor define nuestra época.
Imaginar esta experiencia es indispensable para comprender el espíritu del vigésimo tercer largometraje del talentosísimo Martin Scorsese, Hugo (2011). No sólo es su primera película filmada enteramente en 3D –técnica que anatemizo, como ya he dicho- sino la primera que disfruté en este formato. Por primera vez la tercera dimensión rebasa el artificio y el mérito tecnológico. Se encuentra al servicio del guión de John Logan que se basa en el libro infantil La invención de Hugo Cabret, escrito e ilustrado por el estadounidense Brian Selznick.
Es su procedencia la que marca la primera parte de la cinta. Paris, 1931. Hugo Cabret (Asa Butterfield) es un niño de 12 años que habita en las entrañas de la estación de trenes de Montparnasse bajo el cuidado de su ebrio tío Claude (Ray Winstone), un relojero que se encarga del buen funcionamiento de los inmensos mecanismos del lugar. Hugo observa cotidianamente el ir y venir de la gente. Entre ellos el Inspector Gustav (Sacha Baron Cohen), la florista Lisette (Emily Mortimer), el propietario del expendio de periódicos Monsieur Frick (Richard Griffiths), la dueña de la cafetería Madame Emile (Frances de la Tour), el propietario de una maravillosa librería Monsieur Labisse (Sir Christopher Lee) y el maestro juguetero Georges (Sir Ben Kingsley), a quien Hugo roba engranes y piezas mecánicas para un fin importante: hacer funcionar a un autómata que su finado padre (Jude Law) reparaba antes de que la vida los separara. Pronto el niño e Isabelle (Chloë Grace Moretz), ahijada de Georges, se embarcan en una aventura formidable que no sólo les permitirá definir su lugar en este mundo, sino reparar sueños y amores rotos.
Hasta este momento su tono no deja de recordarnos a las incontables adaptaciones de Oliver Twist, o a Lemony Snicket: Una serie de eventos desafortunados (Brad Silberling, 2004) e incluso a la saga de Harry Potter. Pero sigue la parte que más adoré de la cinta: un maravilloso homenaje a los albores de la cinematografía con referencias importantísimas a La llegada del tren a la ciudad (Auguste y Louis Lumiére, 1895), Intolerancia (D. W. Griffith, 1916), El gabinete del Dr. Caligari (Robert Wiene, 1920), El chico (Charles Chaplin, 1921), Los cuatro jinetes del Apocalipsis (Rex Ingram, 1921), Por fin a salvo (Fred C. Newmeyer y Sam Taylor, 1923), El ladrón de Bagdad (Raoul Welsh, 1924), El maquinista de la General (Clyde Bruckman y Buster Keaton, 1926) y, sobre todo, Viaje a la luna (1902), una de las 555 películas –según el Internet Movie Data Base- que filmó el maravilloso Georges Méliès.
Es precisamente en esta parte donde Scorsese se regodea. Él, como un incansable luchador por la preservación de los archivos fílmicos de la humanidad, escribe una carta de amor al séptimo arte. Y más allá, un tributo a la imaginación y la capacidad de soñar despiertos porque el cine, como dijo alguna vez Emilio García Riera, “es mejor que la vida”. Incluso el mismo Scorsese, como le enseñó su maestro Alfred Hitchcock, tiene una fugaz aparición.
Más de un parlamento me arrancó genuinas lágrimas de emoción y tan sólo recordarlos pone en riesgo el teclado de la computadora. Por eso cierro con la crítica que otro gran enamorado del cine, mi amigo Rafael Aviña, publicó el pasado 27 de enero de 2012 en la sección Primera Fila del periódico Reforma. Hugo ha recibido numerosos reconocimientos de la crítica especializada. Tiene 11 nominaciones para recibir el prestigiado Óscar, y se merece cada una. En un momento donde este premio ya no es –al menos para mí- un referente para calificar la calidad de una película, el que ganara la mayoría –sobre todo las categorías principales- me haría recuperar la fe en él.
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Un homenaje al cine mismo
Rafael Aviña

Paris, años 30. Autómatas que dibujan, locomotoras fuera de control, orfandad, ilusionismo, películas y genios del cine olvidados, una impecable e impresionante utilización del 3D y los efectos visuales, todo ello, bajo la conducción de otro prestidigitador de la pantalla: Martin Scorsese, gran cineasta y empedernido cinéfilo.
Se trata de La invención de Hugo Cabret (EU, 2011), con la que el responsable de Taxi Driver (1976), realiza su primera película para todos los públicos, sino el homenaje más sentido a una de sus enormes pasiones: los archivos fílmicos y los maestros del cine silente.
Adaptado de la exitosa novela de Brian Selznick, el filme comulga en buena medida con la imaginería infantil y el concepto de aventura de un Steven Spielberg, sin embargo, la malicia de Scorsese lo lleva a desechar cualquier empalago humorístico-sentimental, para proponer un drama con un espíritu muy cercano al Charles Dickens literario.
La historia de Hugo, un huérfano (Asa Butterfield) que vive de milagro, oculto en la torre del reloj de una estación de trenes, hábil para arreglar todo tipo de pequeños mecanismos, algo heredado de su padre relojero, sirve en realidad de pretexto para contar el relato de una ingrata omisión.
En su afán para reconstruir el autómata que su padre halló y dejó inconcluso, Hugo se relaciona con el anciano cascarrabias que mata el tiempo componiendo juguetes en un pequeño local de la terminal y que no es otro que el mismísimo genio del trucaje cinematográfico: Georges Meliés, quien vive en el anonimato, olvidado por el público, protagonizado con eficacia por Ben Kingsley.
Ahí está el encanto de la lectuira en la biblioteca qyue atiende el siempre grande Christopher Lee, la amistad b las ansias de aventura que comparte Hugo y la joven Isabelle (Chloë Grace Moretz), ya sea en la sala de cine o en esa estación en la que conviven floristas solitarias o guardias con recuerdos físicos de la guerra y, por supuesto, la gran habilidad del realizador para rodear a este relato de gran aliento fílmico, con sus elegantes movimientos de cámara y un soberbio montaje.
No obstante, lo que en realidad le interesa a Scorsese, es transmitir al espectador su adoración a los grandes pioneros del séptimo arte: los Lumiére, Chaplin, Keaton, Lloyd, Griffith, Mélies y más.


miércoles, 15 de febrero de 2012

Hay vida después de Hogwarts

Prueba superada. La dama de negro (James Watkins, 2012) es una película que no decepciona a los apasionados del Ghost story victoriano. Es una historia sencilla –con un guión de Jane Goldman a partir de la novela de Susan Hill-, correctamente ejecutada, sin pretensiones, con una espléndida y opresiva fotografía de Tim Maurice-Jones, una eficiente partitura de Marco Beltrami y una muy eficaz actuación de Daniel Radcliffe, recién egresado de la Escuela de Magia y Hechicería Hogwarts. Sobre todo es fiel al espíritu de lo que plantearon autores entrañables que mencioné en una entrada previa. Y más cerca, a lo dicho por Guillermo del Toro en el prólogo a su estupenda cinta El espinazo del diablo (2001): “¿Qué es un fantasma? Un hecho terrible condenado a repetirse una y otra vez”.
Inglaterra, principios del XX. El joven abogado Arthur Kipps (Radcliffe), deprimido por la muerte de su esposa y agobiado por las deudas, es enviado al Noreste del país a resolver pendientes administrativos tras la muerte de Alice Drablow, cliente de su firma y dueña del vetusto caserón Eel Marsh, situado en un islote en medio de una marisma –término correcto según los expertos-, un territorio desolador al que sólo se puede llegar por un camino cuando lo permite la marea. A su arribo, Kipps –hombre de ciudad- se encuentra con el recelo y rechazo de los pobladores –muy característicos de los victorianos, aunque la película se sitúa en plena era eduardiana-, quienes temen a la Dama de Negro (Liz White) del título. Al principio el abogado atribuye todo a la ignorancia y la superstición –hombre de ciudad, de nuevo-. Pronto, a la mala, cambia su pensar. En el proceso descubre la causa del penar de la fantasmal mujer con un desenlace que, si bien bello, no deja de ser trágico.
Y ahora el joven Radcliffe. A pesar de lo que algunos han dicho, se desprendió por completo de la figura de Harry Potter y consigue llevar sobre sus hombros el peso del relato. Su corta edad no hace daño a su papel si consideramos que en esa época –y hoy en día- un joven de 22 años ya era un hombre con grandes responsabilidades. Proyecta sin problemas el dolor por la pérdida de su amada y el gran amor por su hijo Joseph (Misha Handley), el cual demostró ser el más poderoso de los afectos humanos.
La dama de negro fue realizada con un magro presupuesto de 13 millones de dólares (magro para los estándares de la época). Recaudó más de 20 el día de su estreno (hoy supera los 35), lo cual la convierte en la más redituable cinta producida por la casa británica Hammer (es una coproducción de Inglaterra, Canadá y Suiza, no “gringa” como dicen algunos). Espero que su buena fortuna incentive a los estudios para crear películas igualmente interesantes. Los fantasmas siempre tienen mucho que ofrecer.
                                                                                                 

martes, 14 de febrero de 2012

La chica del remake innecesario

Le debo el título de esta entrada a Agustín Galván, fiel lector de este blog.
Karl Stig-Erland Larsson, periodista y escritor sueco conocido como Stieg Larsson, murió el  9 de noviembre de 2004.  Tenía 50 años de edad. Falleció de un ataque al corazón por  subir 7 pisos de escaleras, según la versión oficial. Esta dolencia fue causada por sus enemigos, piensan algunos, por su declarada afiliación comunista. Y he aquí lo que me parece verdaderamente triste: no vivió lo suficiente para ver publicadas su serie de novelas denominada “La trilogía Millenium” ni para comprobar el éxito rotundo en que se convirtieron. Mucho menos para ver cómo fueron llevadas a la pantalla grande en su país ni su cuestionable remake estadounidense. Pero ya llegaré a eso.
Aunque Larsson dio sus primeros pasos escriturales en el terreno de la ciencia ficción, ganó notoriedad en la literatura de tema criminal. No sólo porque la sangre vende y es un negocio redituable (pregunten a los editores de La Prensa o Metro), sino porque en su juventud atestiguó hechos terribles que implicaban violencia contra las mujeres en diferentes formas. Ese es el tema principal de su prestigiada trilogía. Muchos pueden cuestionar su estilo, su originalidad o su validez como aportación al género policíaco. Lo cierto es que utilizó todos los elementos que pueden convertir un texto en un best-seller. Y lo hizo sin esa intención.
Su primera novela, Los hombres que no amaban a las mujeres (2005, publicada en Estados Unidos como La chica del dragón tatuado), narra la historia del periodista de investigación Mikael Blomkvist, editor de la revista Millenium (equivalente a la Proceso de estos rumbos) que cae en desgracia legal y es contratado por el millonario Henrik Vanger para investigar un asesinato ocurrido 40 años atrás, un clásico misterio de habitación cerrada (sólo que la habitación es una isla). En el proceso Blomkvist une su camino con el de Lisbeth Salander, genio de computadoras, investigadora brillante de una empresa de seguridad, poseedora de memoria eidética, con su cuerpo cubierto de piercings y tatuajes (es la chica del dragón tatuado del título) y poseedora de oscuros secretos. Ella es una de tantas mujeres a que temen y odian los hombres comunes. Es una mujer fuerte, empoderada, por momentos víctima que decide asumir el papel opuesto. Tatúa –como El Zorro- en el abdomen de su tutor legal, el hombre que la brutalizó, la leyenda “Soy un cerdo sádico, un pervertido y un violador”, acto incuestionable de justicia. Ella es el personaje principal de la serie y, en definitiva, uno de los más más fascinantes que recuerdo en tiempos recientes. Juntos (Blomkvist y Salander) son una estupenda pareja de investigadores.
La trilogía fue llevada al cine en la natal Suecia de Larsson en 2009. La primera entrega bajo la dirección de Niels Arden Oplev, la segunda (La chica que jugaba con fuego, publicada como La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina) y la tercera (La chica que golpeaba avisperos, publicada como La reina en el palacio de las corrientes de aire) dirigidas por Daniel Alfredson, con la muy acertada actuación de la sueca Noomi Rapace –la gitana de Sherlock Holmes, juego de sombras- como Lis Salander. En México la primera fue estrenada comercialmente. Las dos restantes pueden verse en DVD.
Ello me lleva a hablar de la versión estadounidense de la primera aventura de Salander, dirigida por David Fincher.
Soy un declarado admirador de este cineasta, esteta del cine oscuro con profundas raíces en la cultura del video clip (como lo demuestran los créditos iniciales con ese cover de Led Zeppelin), desde su debut en Alien 3 (1992),  su indispensable Seven (1995), El juego (1997), El club de la pelea (1999), Zodiaco (2007), El curioso caso de Benjamin Button (2008) y Red social (2010). Por eso mis expectativas eran tan altas. Lo que vi fue a un Fincher al servicio de la voracidad de los grandes estudios (por aquello de hacer un remake de una película reciente). El guión de  Steven Zaillian trata de ser fiel a la historia de Larsson (incluso sucede en Suecia y retoma los nombres originales de sus personajes) pero desaprovecha sub tramas y añade aspectos que desdibujan a los héroes. Yo no concibo a Lis Salander (ahora Rooney Mara) preguntado “¿puedo matarlo?” o pidiendo que le acaricien la espalda. Le quita también importancia a sus demonios, los que la convierten en la chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina. Incluso le resta méritos en la investigación: hallazgos importantes que ella hace se le atribuyen a Blomkvist (ahora Daniel Craig) para el lucimiento del actual 007. Incluso recurre a situaciones desgastadas e innecesarias, como esa silueta amenazadora (con ruido tenebroso incluido) en los archivos de las Industrias Vanger mientras Lis realiza su pesquisa, o sus preparativos/shopping de los momentos finales. Y lo peor, Fincher no hizo suya la historia de Larsson, con sus crímenes del pasado y su violencia desmedida. El director es tímido –casi se autocensura- en la escena de la violación de Lis (importantísima en la trama) pero goza al mostrar su cuerpo desnudo o abundar en la sexualidad del personaje (su ligue en ese antro).
La Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Estados Unidos la nominó para recibir cinco estatuillas en su próxima entrega del Oscar, incluida Rooney Mara como mejor actriz. La cinta fue bien recibida por la crítica. Su éxito en taquilla es cosa aparte. Pero no me crean. Juzguen por ustedes mismos. Para que tengan más elementos de juicio reproduzco la crítica que Ernesto Diezmartínez publicó en la sección Primera Fila del periódico Reforma el 20 de enero de 2012. Al final, lo único bueno: Zaillian y Fincher le evitaron la cárcel a Blomkvist.
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Con el sello de Fincher
Ernesto Diezmartínez

La tarea no era difícil.  El objetivo era mejorar estilísticamente la adaptación fílmica original del primer tomo de la trilogía Millenium, los hombres que no amaban a las mujeres (Arden Oplev, 2009).
Después de todo, la cinta sueca no es más que un telefilme bien tramado, con buenos actores y una actriz protagónica, Noomi Rampace, genuinamente hipnótica.
En manos del especialista en películas de serial-killers David Fincher (Se7en: Siete pecados capitales/1995, Zodiaco/2007) la trama escrita por Stieg Larsson tenía que verse mejor.
Y sí La chica del dragón tatuado (The Girl with the Dragon Tatoo, EU-Suecia-Alemania-GB, 2011), se ve mejor, desde la espectacular secuencia de créditos.
Por lo demás, la adaptación escrita por Steve Zaillian es fiel a la historia original, con todo y los secretos familiares escondidos, los nazis avejentados, los empresarios corruptos y nuestros dos protagonistas, el valiente periodista de izquierdas Mikael Blomkvist (Daniel Craig) y su asistente/amante/salvadora Lisbeth Salander (Rooney Mara), la solitaria vengadora gótica-hacker bisexual que es la auténtica heroína de la serie.
Fincher y su equipo de editores estructura la trama en una acezante narrativa paralela, de tal manera que Blomkvist y Salander se encuentran cuando ha pasado más de una hora de la cinta. Incluso después, Fincher los mantiene separados, pues las investigaciones que cada uno de ellos realiza son complementarias para descubrir la identidad de un asesino serial que se ha mantenido impune durante más de 40 años.
Ver este remake hollywoodense un par de años después de la cinta original resulta en un inevitable ejercicio formalista. ¿Qué le falta, qué le sobra, qué le suma, esta versión a la adaptación sueca? Un estilo visual más vigoroso y menos elíptico, una violencia más gráfica, una trepidante banda sonora de Reznor/Ross y una Lisbeth Salander más ligera, más joven y más sexualizada que la que encarnó la señorita Rampace.
Este último aspecto es problemático. En un filme dedicado a denunciar a esos despreciables cerdos –el tutor de Salander, el asesino serial en la sombra- que “no aman a las mujeres”, es curioso ver cómo Fincher explota visualmente la sensualidad y el físico de su joven actriz cuando ésta aparece desnuda. Sospecho que a la Salander no le gustaría.