Mostrando entradas con la etiqueta Mórbido. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mórbido. Mostrar todas las entradas

lunes, 25 de noviembre de 2013

Sentimientos encontrados, o Drácula contra los monopolios energéticos

Uno de los platos fuertes del pasado Festival Mórbido –del que ya platicaré en un futuro no lejano- fue la premier del primer episodio de la nueva encarnación televisiva de Drácula, co producción británica-estadounidense creada por Cole Haddon, de la que ya hablé hace varias semanas. Al finalizar el capítulo tuve sentimientos encontrados. Primeramente quedé deslumbrado por su factura, portentosa y que por muchos momentos me hizo sentir que veía una gran producción cinematográfica. Luego vinieron los cambios, algunos sutiles y otros dramáticos: Mina Murray (Jessica De Gouw) es la primera estudiante (mujer) de Medicina en Inglaterra y uno de sus profesores es Abraham Van Helsing (Thomas Kretschmann). El voivoda Vlad Drácula (Jonathan Rhys Meyers), luego de ser cautivo por su enemiga Orden del Dragón siglos atrás, es devuelto a la vida en 1881 por un aliado insólito y, 8 años después, se infiltra en la sociedad victoriana bajo el disfraz del genio científico estadounidense Alexander Grayson, desterrado a las islas por Thomas Alva Edison. Conserva a su fiel servidor R. M. Renfield (Nonso Anozie), ahora un solemne hombre de color que ya no está obsesionado con los insectos. Jonathan Harker (Oliver Jackson-Cohen) sigue pretendiendo a Mina –no se atreve a dar el paso para conquistarla y sólo la presenta en sociedad como “su amiga”- pero de ser un abogado en bienes raíces se convirtió en un intrépido reportero. El refugio del vampiro, la ruinosa Abadía Carfax, se ha convertido en una fastuosa mansión. Por supuesto no podía faltar la provocativa Lucy Westenra (Katie McGrath). Fue curioso que su vestido de fiesta, rojo como la pasión, contrastara con el de Mina, azul como la virtud y la nobleza.
Y luego vinieron guiños que ya son ritos de paso establecidos por Bram Stoker: “Bienvenidos a mi casa y dejen algo de la felicidad que traen consigo” o la respuesta insinuada del vampiro “yo nunca bebo vino”. También están presentes hechos que caracterizaron la época, como los crímenes de Jack el destripador o el auge económico del Imperio facilitado, entre otras cosas, por su gran industria. Precisamente ahí está la motivación del protagonista: lleva a cabo una venganza contra la milenaria Orden del Dragón, que basa ahora su vasto poder en el monopolio de la industria petrolera. Y Drácula anticipó muy bien lo comprendido por Eliot Ness en su guerra contra el crimen de Chicago: si quieres destruir a tus enemigos, pégales donde más les duele. En el bolsillo. Por supuesto los malos no se quedaran sin dar batalla. Poseen a su asesina en jefe, Lady Jayne Wetherby (Victoria Smurfit), que tiene cautiva a una vampira en busca de obtener información sobre su enemigo.
Todo, insólitamente, se adhiere al Canon establecido por Stoker: Harker facilitará que el vampiro se posicione en Inglaterra –antes le vendió su guarida, hoy parece que lo apoyará desde el Cuarto Poder-, Mina sigue siendo el prototipo de la Brave New Woman, Lucy la chica coqueta de sociedad y Drácula aún tiene un encono desmedido contra la sociedad occidental. Ahí se encuentra la comunión con el rescatador misterioso que mencioné hace un rato: “nuestro odio nació en el mismo lugar”. Y esto, por más que nos alarme, tiene sentido estratégico. “Los enemigos de mis enemigos son mis amigos”, dicen algunos. No pienso que su trato sea definitivo. Ninguna sociedad de negocios es eterna.
Aún tengo reservas. Como he dicho hasta el cansancio, Drácula no es una historia de amores interrumpidos ni de reencarnaciones. No sé qué tan necesarias son las secuencias de acción, que oscilan entre Matrix (hermanos Wachowski), 300 (Zack Snyder) y el más reciente díptico sobre Sherlock Holmes dirigido por Guy Ritchie. Tal vez pretenden dar un sello propio al programa, pero francamente a estas alturas del partido identificamos las fuentes que las inspiraron. Tampoco comprendo el afán de que el señor Rhys Meyers aparezca sin camisa cada vez que sea posible. Bueno, eso sin duda tiene fines comerciales que apreciarán muchos –mujeres y hombres- y tal vez sea parte –junto con las escenas sexualmente explícitas- de los contenidos eróticos subyacentes de la novela.

Esta noche veré su segundo episodio. Eso nos dará más elementos para formarnos una opinión definitiva.

martes, 29 de enero de 2013

Charros, vampiros y luchadores


El pasado Festival Mórbido, además de ofrecernos el banquete cinematográfico a que nos tiene acostumbrados, fue escenario de numerosas presentaciones editoriales. Ya hablé de una de ellas, Amor, zombis y otras desgracias (Alfaguara Juvenil, 2012) de José Luis Trueba Lara. Ahora lo hago de una en la que estoy involucrado de muchas formas. La primera es el inmenso cariño que me une a la familia Curiel. La segunda es el especial aprecio que siento por el homenajeado y su obra, que nutrieron mi imaginación infantil. La tercera es porque una pequeña parcela de esta obra es de mi autoría.
Curiel, la nueva coedición del Instituto Mexicano de Cinematografía, el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, editorial Sétis y Mórbido, es un compendio que trata de acercarnos a las obsesiones de un cineasta poco conocido y valorado en el panorama nacional, Federico Curiel Espinosa de los Monteros, mejor conocido como Pichirilo. Su obra, generalmente menospreciada por las altas esferas del séptimo arte, tiene muchas aristas que merecen ser analizadas. Todas emanan del carácter multifacético del cineasta, miembro de una estirpe poco frecuente. No sólo dirigía, sino tenía una prolífica carrera como guionista, compositor,  ilustrador –pues le debemos  los carteles de sus cintas y populares historietas de su tiempo- y actor. Era, como bien lo describió Pablo Guisa en su texto en el libro, “un charrito renacentista”. Y pese a que el tema –la fantasía y el horror- no domina la producción fílmica de Curiel, son sin duda los géneros por los que es mejor recordado. Diría, incluso, en los que lo percibo más cómodo. Sobre uno de sus trabajos que más aprecio, escribí en mi turno lo siguiente:
En los minutos iniciales de La maldición de Nostradamus (1959), el Profesor Durán (Domingo Soler), reputado académico y dirigente de una sociedad que combate la superstición, ofrece una recepción para celebrar la fiera conferencia que ofreció esa misma tarde. Por la vestimenta de los convidados, asumimos que nos encontramos a finales del siglo XIX o principios del XX. Tras unos minutos de charla banal, el tema se desvía hacia la cruzada del anfitrión, quien niega rotundamente la existencia de lo sobrenatutral, incluidos los vampiros humanos. En la siguiente escena, como una clara objeción a lo dicho por el sabio, vemos la perturbadora mirada del mítico Germán Robles, quien ganara el reconocimiento internacional en el papel del Conde Lavud en El vampiro (Fernando Méndez, 1957), como el malvado protagonista Nostradamus, descendiente –convertido en vampiro- del famoso matemático, astrólogo y profeta del siglo XVI. La postura de Durán resume el pensamiento del hombre moderno frente a lo que no puede comprender, ante la irrupción de lo extraño en el universo doméstico. Afortunadamente, este enfrentamiento ha producido obras memorables en las bellas artes. Afortunadamente Federico Curiel Espinosa de los Monteros –Pichirilo para sus más cercanos- fue uno de los pocos cineastas mexicanos que lo entendió muy bien.
Mi contribución sólo habla de uno de sus temas. De sus otros rostros, expertos y amigos hablan profusamente. Su hija, Rosana Curiel Defossé, nos ofrece, desde la emotividad consanguínea y su buen oficio de escritora, memorias desde la voz heredada. Su nieto, el cineasta Álvaro Curiel de Icaza, director de Acorazado (2012) hace un recuento de todas sus virtudes cinematográficas. El experto en cine de luchadores José Xavier Návar un vistazo a una de sus incursiones más recordadas, la que lo coloca en el “Olimpo del pancracio fílmico”. El crítico de cine Hugo Lara explora su faceta actoral. Armando Vega Gil, prolífico escritor y fundador de la mítica agrupación musical Botellita de Jerez, nos habla precisamente desde este campo, de sus “rancheras”. Mi cofrade Antonio Camarillo explora los finos lindes entre el horror y la comedia en el cine de Pichirilo. Gonzalo Rocha habla de uno de sus personajes más heroicos, el Látigo Negro, y de sus dotes como dibujante. Para finalizar, Rosana y Andrés Paniagua abren el baúl de los recuerdos, que contiene las fotografías, recortes de periódico, ilustraciones, documentos, páginas de guiones y demás materiales que embellecen este libro indispensable para recuperar figuras de nuestro cine.
Yo remato mi parcela, dedicada a sus vampiros tan queridos, con lo que creo resume el sentir de todos los involucrados:
Como Nostradamus exigía se honrara a su antepasado, los que aquí contribuimos buscamos se reconozca la vida y obra de Federico Curiel. Él, como Fernando Méndez, Juan Bustillo Oro, Chano Urueta, Alfredo B. Crevena, Alfonso Corona Blake, Rafael Baledón, la dinastía Cardona y Carlos Enrique Taboada, confió en las inmensas posibilidades del horror y la fantasía y reconoció el objetivo principal de la cinematografía: entretenernos más allá de academicismos. Su cine puede ser cuestionado y descalificado por muchos, pero sus carencias son compensadas con creces por su honestidad y pasión. Pichirilo –porque sus devotos nos ganamos el derecho de llamarlo así- y sus ilustres contemporáneos no sólo contribuyeron al esplendor y posterior supervivencia de una industria. Llegaron a lo más inocente y maravilloso que poseemos: nuestra imaginación y nuestra capacidad de asombro. Como sus vampiros, y por todos sus méritos, Federico Curiel es eterno.


martes, 15 de enero de 2013

Libros para devorar


Durante las dos últimas décadas, los zombis son personajes increíblemente arraigados en la cultura popular. Todos nos hemos angustiado ante el drama del grupo de sobrevivientes –que se parecen a ustedes y a mí- en la teleserie The Walking Dead. Ya he discutido su origen en el folklore afroantillano y sus brillantes representaciones en el séptimo arte, por lo que no les desgastaré recordándolos. Pero en el terreno de las letras contemporáneas es un monstruo poco visitado, salvo notables excepciones como Max Brooks –con su Guía de Sobrevivencia Zombi y su novela Guerra Mundial Z- y John Ajvide Lindqvist –con su perturbadora novela Descansa en paz-. Precisamente como una aportación notable se erige Amor, zombis y otras desgracias (Alfaguara juvenil, 2012) de José Luis Trueba Lara. A él tengo el placer de conocerlo desde hace varios años en su faceta de editor –hizo posibles las primeras publicaciones de mi buen amigo Rafael Aviña-, académico y biógrafo de nuestro mutuo amigo Vicente Quirarte (El Hombre Araña también escribe poesía, Porrúa, 2005). No sólo nos une una fascinación por la cultura criminal y el que los expertos llaman “cine truculento”. Publicó Crónica negra del crimen en México (Plaza y Janés, 2001), una espléndida y selecta recopilación de la nota roja nacional, desde Las Poquianchis hasta Los Narcosatánicos de Matamoros. Mi reencuentro con él ocurrió de manera inesperada: tuve el honor de presentarlo con pretexto de su nueva creación durante el último día del pasado Festival Mórbido, en la espléndida Biblioteca Publica Gertrudis Bocanegra de Pátzcuaro. Y el honor provino de dos fuentes.
Amor, zombis y otras desgracias es una estupenda novela juvenil, que no sólo es afortunada desde su ingenioso título, sino por abrevar de una cultura cinematográfica que todos los diletantes del horror pueden identificar, como lo demuestra su acertado corolario que incluye títulos indispensables en nuestra formación. A través de un lenguaje ágil, que no pierde el tiempo en detalles innecesarios, conocemos la historia de Jorge Antonio, un chico de 16 años que se muda de casa con madre, su padre Harry, y su insufrible hermanita, e ingresa a la secundaria Instituto Científico y Cultural de México. Ahí conoce a UV, uno de los más notables creyentes en teorías de conspiración que recuerdo, y a Alicia, una jovencita huraña y llena de pircings. El héroe vive los infortunios propios de la edad: está condenado a la marginalidad por sus extravagantes gustos, es víctima del abuso de sus compañeros y cae presa de un amor imposible –la bella y banal Bárbara-. Por si fuera poco, todo ocurre en medio del Apocalipsis zombi. Acertaron si en las líneas anteriores descubrieron una serie de homenajes, de la obra seminal de George Andrew Romero hasta la primera entrega de W. S. Anderson de su saga de acción sobrenatural.
Pero su atractivo no reside exclusivamente en lo anterior. La novela está narrada en una forma muy familiar para los adolescentes: mensajes de Twitter y Facebook, mensajes SMS de celular, videos de Youtube, entradas de blog y páginas de Internet, archivos adjuntos de correo electrónico, videograbaciones, recortes de periódico, comunicados de prensa y entradas de diario, al más puro estilo epistolar con el que Bram Stoker ensambló su creación más perdurable. Todo en un ambiente doméstico como la gran Ciudad de México, con episodios tan reconocibles por recientes -¿recuerdan la epidemia de Influenza AH1N1 con sus restricciones y la forma en que afectó la vida de la urbe?-. Al final nos recuerda las desventajas de la condición humana ante un evento extraordinario y nos plantea una pregunta inquietante: “¿conviene enamorarse ante el fin del mundo?”.
Su autor deja abiertos detalles que propiciarían una secuela. Me ha revelado incluso su próxima existencia, así que seguramente tendré el placer de presentarla en el próximo Festival. Por lo pronto el libro fue el primero que devoré en este naciente 2013. Un calificativo muy apropiado ante estas circunstancias.  

martes, 27 de noviembre de 2012

Entre videos te veas (ecos Mórbidos 2)


A principios de la década de los setenta, la compañía japonesa JVC desarrolló un nuevo sistema que revolucionaría la industria de los videogramas y dejó en desuso al popular Betamax. Se llamaba Video Home System, o mejor conocido (por sus siglas) como VHS. Como el buen cinéfago que soy desde mi más tierna infancia, pilas enormes de estas cintas se convirtieron en elementos cotidianos de mi habitación durante mi juventud. Si principal ventaja era su duración, que oscilaba de 6 a 8 horas dependiendo del modo de grabación (EP o SP). Cada viaje para rentar películas en los extintos Videocentro o Videovisión era sucedido por otro para comprar un flamante cassette para copiar las películas en cuestión (para mi consumo personal, eso sí), que luego habría de rotular obsesivamente con alfabetos transferibles Letraset. Adquirí en versión original los títulos más atractivos, que se sumaron a sus hermanos apócrifos. Eventualmente las grandes compañías dejaron de utilizar el VHS para lanzar sus películas al mercado. Esto porque otros formatos desplazaron al sistema, dando paso a la era del Laserdisc, el DVD y –actualmente- el Blue Ray. Esas pilas de cintas VHS fueron disminuyendo notablemente conforme adquiría sus títulos en DVD. Vendí los originales, aunque conservé los que no pude conseguir en su forma más novedosa. No obstante, forman parte invaluable de mi memoria y corazón. No cabe duda que recordar es volver a vivir.
Digo todo esto porque la tercera noche del Festival Mórbido pude ver una película que me producía grandes expectativas, V/H/S (2012), antología dirigida por Adam Wingard, David Bruckner, Ti West, Glenn McQuaid y Joe Swanberg. Todos los relatos se inscriben en la tan popular vertiente del found-footage (de la que ya he hablado ampliamente en este espacio y con mi colega Pablo Guisa en su versión podcast) y giran en torno a la historia de un grupo de vándalos que son contratados por un misterioso sujeto (a quien nunca vemos) para irrumpir en una casa aparentemente abandonada y buscar un cassette VHS (del que no conocemos su contenido, como un buen McGuffin hitchcockiano). Videograban toda su correría, como es su costumbre. Se dividen para optimizar su búsqueda y en el proceso se topan con un cadáver sentado frente a una televisión y una pila de estas cintas, lo que los lleva a ver cada una para encontrar la indicada. Todas (o al menos 5, que son las que conforman la película) contienen encuentros inesperados con la otredad, que van desde horrores sobrenaturales hasta otros inscritos en la más terrible realidad. Algunos segmentos son notables, como ese del grupo de insensatos estudiantes y su farra nocturna, o el de la pareja que viaja en una segunda luna de miel.
Estilísticamente no aporta nada nuevo (es una película más de la técnica que Antonio Camarillo llama cámara borracha), pero cumple con lo que promete. No más, no menos. Hasta donde sé, V/H/S tendrá una exhibición comercial. Tiene los elementos para propiciar (como en otros casos) una pequeña franquicia, que lucrará sin duda con la nostalgia que explica la renovada afición por los discos de vinil o las películas Betamax. Algo que no puedo negarle es que después de verla esa madrugada, al regresar a mi hotel, me obligara a echar cerrojo concienzudamente a mi habitación y estuviera alerta hasta conciliar el sueño. 

lunes, 26 de noviembre de 2012

Llévame a la Luna (ecos Mórbidos 1)


En el apogeo de la Alemania Nazi, Wernher von Braun fue el principal científico a cargo de desarrollar la tecnología aeroespacial que usaron en la II Guerra Mundial. Cuando los aliados ganaron el conflicto, emigró a los Estados Unidos, donde fue gratamente acogido y se incorporó a la National Aeronautics and Space Administration (mejor conocida como NASA), donde realizó aportaciones armamentísticas notables e importantes descubrimientos que permitieron que el hombre pusiera pie por vez primera en la Luna, en julio de 1969.
Walt Disney (así como lo oyen) se encargó de popularizar la figura de von Braun en una serie de mini documentales donde el Gobierno estadounidense se vanagloriaba de sus avances y cómo se encontraba a la cabeza de la carrera hacia la Luna. Fue así -con las imágenes qe Disney produjera en los años sesenta- como, en el ocaso del segundo día del pasado Festival Mórbido, Pablo Guisa introdujo la cinta Iron Sky (Timo Vuorensola, 2012), delirante y atractiva co producción entre Finlandia, Alemania y Australia. El guión de Johanna Sinisalo y Michael Kalesniko parte de una premisa muy simple: ¿se han imaginado a los Nazis en la Luna? En el año 2018, en un Estados Unidos con una Presidente semejante a Sarah Palin (Stephanie Paul), un astronauta negro de apellido Washington (Christopher Kirby), durante una misión espacial, descubre una base de operaciones Nazi en el lado oscuro de la Luna, donde una profesora (Julia Dietze), su científico padre (Tilo Prückner), un oficial sin escrúpulos pero con muchas aspiraciones (Otto Götz), el Führer en suplencia (Udo Kier) y un ejército de Nazis pretenden regresar a la Tierra y dominarla con el uso de la tecnología de un teléfono celular. Todo es el escenario de situaciones tan divertidas como extravagantes (por ejemplo, el albinizador), un declarado homenaje a las películas Serie B, donde una publirelacionista (Peta Sergeant), a bordo de la nave espacial USS George W. Bush, es la encargada de salvar el día y restaurar la hegemonía de la nación de los valientes y los libres. 
Desconozco si la película tendrá un estreno comercial, pero sin duda deben buscarla a toda costa. 

lunes, 1 de octubre de 2012

Renfield, próximamente...













































Este es el motivo que me ha alejado de este blog las últimas semanas. Es también un goce inigualable. Parte del mismo es el cartel que diseñó la talentosa Priscilla Pomeroy, hija de dos virtuosos vampiros.
Entre los memorables personajes que el irlandés Bram Stoker nos presentó en su novela “Drácula”, R. M. Renfield es uno de los más interesantes, el que pone en marcha los acontecimientos. El Dr. John Seward lo describe así:

R. M. Renfield, aetat 59. Temperamento sanguíneo, gran fuerza física, excitable patológicamente, periodos de depresión que terminan con una idea fija imposible de precisar. Supongo que el temperamento sanguíneo unido a una influencia perturbadora provoca la obnubilación total de la conciencia, posiblemente es un hombre peligroso, aunque carece de egoísmo. En los egoístas, la cautela es una armadura tan eficaz para sus enemigos como para ellos mismos. A este respecto pienso lo siguiente: cuando la idea fija es el yo la fuerza centrípeta se equilibra con la centrifuga. Cuando se trata de un deber, una causa, etc., la fuerza centrifuga es extrema y solo la puede equilibrar un accidente o una serie de accidentes.

En esta ocasión, Eduardo Ruiz Saviñón y su Teatro Gótico pretenden darle voz por vez primera. Porque Renfield, como los dementes de la antigüedad, se erige como un profeta, como un portador de noticias divinas. Más que un sirviente, Renfield es el apóstol de Drácula, su heraldo. Encarnado por el talentoso Guillermo Henry, entre los muros opresivos de un manicomio, Renfield cobrará nueva vida, una digna y terrible como fue imaginado hace más de 100 años.
El espectáculo será uno de los atractivos de la emisión de este año de Mórbido. Festival Internacional de Cine de Terror y Fantasía, a celebrarse entre el 15 y 18 de noviembre en Pátzcuaro, Michoacán. También se representará en otros espacios de esta Ciudad de México. Les mantendré informados.

lunes, 14 de noviembre de 2011

Ecos Mórbidos 2

La música ocupó los reflectores de la pasada emisión de Mórbido. Cuando tuve en mis manos el catálogo del festival, de inmediato me cautivó un texto que rendía tributo, con gran respeto y erudición, a una película que estimo entrañablemente. Pedí a su autor, el periodista y escritor Miguel Cane, su permiso para compartirlo con ustedes en este espacio. Como me lo concedió amablemente, lo publico. Que lo disfruten.

Glam Horrorock
Miguel Cane

En 1973, la carrera cinematográfica de Brian De Palma ya era bastante extensa cuando filmó esta sátira cáustica y ultrasofistiacada (y muy violenta) de la industria discográfica ostensiblemente basada en El Fantasma De La Ópera de Gastón Leroux con elementos del Fausto de Goethe, El Retrato de Dorian Gray y una fuerte dosis de glam rock.
DePalma ya había alcanzado reconocimiento con su inquietante homenaje a Hitchcock, Hermanas, que había realizado por muy poco dinero en Nueva York y estaba a unos meses de consolidar los filmes que rodó en 1974-75, Obsesión y la monumental Carrie: Extraño presentimiento, que cimentarían su carrera. Mientras tanto, su nombre hacía las rondas en los estudios, que se abrieron para ofrecerle proyectos: 20th Century Fox le dio carta blanca para que hiciera lo que quisiera. El resultado fue un  guión escrito por él mismo, con una asociación con el músico Paul Williams: un ingenioso pastiche que ágilmente mezclaba géneros como el musical, la comedia negra, el melodrama y el terror.
Para ello contó con actores con los que ya había trabajado en su obra, como William Finley o Gerrit Graham (como el amaneradísimo Beef), reservando el rol de villano sin escrúpulos para Paul Williams, un maquiavélico genio musical que responde al nombre de Swan con su imperio en la discográfica Death Records, mientras que Jessica Harper – que años más tarde alcanzaría la cima del alarido como la protagonista de la estilizadísima Suspiria, de Argento – fue la elegida para encarnar a Phoenix, pálida y temblorosa jovencita que florece en absolutamente fabulosa rockstar.
De este modo, El Fantasma del Paraíso retoma la figura arquetípica del aliado de Satán, representada en el cruel Swan, capaz de todo con tal de acumular el mayor número de discos de oro en su suntuoso despacho. En su camino se cruza el pobre infeliz Winslow Leach, talentoso compositor con problemas de autoestima, al que despoja de su obra maestra, convenientemente llamada Fausto, y manda al bote a traición. No se imagina que Leach, por un accidente brutal con una prensa de discos de vinilo, terminará transformado en un monstruo vengador.
Contemporánea de The Rocky Horror Show, que ese año hizo su debut en teatro, ésta cinta es la primera ópera rock de terror de la historia del cine, aunque en la cinta hay múltiples géneros que cuajan de forma equilibrada: De Palma se va hasta la cocina y prepara un plato espectacular que probablemente no sea del gusto de todos: lo mismo la mezcla de clásicos literarios, y otros elementos como las coreografías de Busby Berkeley, la angustia gótica de Murnau y el expresionismo alemán, así como los infaltables elementos hitchcockianos (la escena de la ducha, que maneja un tono terrorífico para luego dar un giro más bien de carcajada) y las rúbricas del propio director (su clásico travelling circular, la cámara subjetiva con largos planos-secuencia y las pantallas divididas que alcanzaría a manejar con maestría en Carrie), hacen de esto un delirante y barroco musical, que en su momento suscitó estupefacción, y eventualmente derivaría en película de culto.
No obstante, el tiempo es el mejor crítico: hoy por hoy, El Fantasma del Paraíso ha envejecido con elegancia, sostiene su colmillo mordaz, y demuestra la habilidad de su director, que captura una época de rock, excesos y maquillaje, dejándola como un tesoro negro a descubrir.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Los verdaderos cazafantasmas

Saber qué existe después de la muerte es una de las principales inquietudes de la raza humana. Han tratado de responder esta interrogante personas de las más variadas disciplinas, en todos los países, en todas las épocas. En la nuestra se han vuelto muy populares los llamados cazafantasmas, personas que han ocupado numerosos espacios en los medios de comunicación, publicado incontables libros y aparecido en igual número de programas televisivos, incluso en los dedicados a los espectáculos y “chismes” de los famosos. Sobra decir que la gran mayoría son charlatanes que investigan un fenómeno sin ningún rigor científico. Porque abordar un tema así, susceptible de la desconfianza, exige el rigor que ofrecen las ciencias exactas. Estos intrépidos personajes sólo se limitan a recorrer cementerios o casas abandonadas con una cámara con visión nocturna, haciendo evidente –a través de todo tipo de gemidos- su sobresalto en la búsqueda de lo desconocido.
Los cazafantasmas son precisamente los protagonistas de la ópera prima del joven cineasta español Carles Torrens, discípulo de su compatriota Rodrigo Cortés, a quien debemos Sepultado (2010), espléndido ejercicio de cinematografía en una sola locación –un ataúd-. Pero esa es otra historia. Carles presentó en el pasado Festival Mórbido su largometraje Emergo (2011), cinta que en un primer acercamiento rinde tributo a uno de los gimmics que popularizó William Castle en la década de los 50. La cinta se presentó en la pasada emisión del Festival de Sitges, donde fue tratada de forma desigual por críticos y la audiencia. Aquí en México fue electa como la favorita de los espectadores de Mórbido, lo que valió a su realizador el Golden Skull del festival. Y es por algo.
Con pesimismo evidente, mi querido Bernardo Esquinca dice –en labios de su personaje Casasola en su novela La Octava plaga (Ficción Zeta, 2011)- “todas las historias posibles ya están contadas; la gran condena de los literatos es que no pueden ser originales, por más que se lo propongan”. Si la intención no es innovar –en el cine de horror- la gracia de una propuesta radica en utilizar bien los elementos acotados. Así sucede en el caso de Emergo. Nos encontramos ante una historia de fantasmas, correctamente realizada sin mayores pretensiones que asustar a su audiencia. Lo logra sobradamente, hay que precisar. Su cercanía a otras películas como El proyecto de la Bruja de Blair (Daniel Myrick y Eduardo Sánchez, 1999), Cloverfield (Matthew Reeves, 2008) y tantas otras le han merecido juicios injustos. La referencia más notable que suelen citar los detractores de Torrens es Actividad paranormal (Oren Peli, 2007), cinta que no acaba de convencerme por razones que he platicado en el pasado. En este caso –el de Emergo- no nos encontramos ante lo grabado por una pareja de yuppies, ni con un “video localizado” entre las pertenencias de alguien desaparecido, sino con el documento de un grupo de parapsicólogos, quienes descartan todo tipo de causas antes de aceptar la existencia de lo fantasmal. Emergo, a partir de un guión del propio Cortés, sigue pues las andanzas de tres parapsicólogos ante el llamado de auxilio de un viudo en cuyo hogar suceden todo tipo de fenómenos aterradores. Los investigadores usan la más variada tecnología –desde detectores de movimiento, sensores infrarrojos, luces estroboscópicas, termómetros, un aparato pixeleado y un larguísimo etcétera- y la acción está documentada con múltiples formas de videograbación. He ahí uno de sus aciertos. Luego están los rostros desconocidos de su reparto. Torrens reveló que Jeffrey Combs –estrella de Re-animator y actor fundamental del género- fue considerado para participar en la cinta. Esto hubiera sido emblemático, pero fue un beneficio sin duda alguna. El que no reconozcamos a los personajes otorga verosimilitud a un relato que puede ambientarse en cualquier lugar. No olvidemos parlamentos memorables: “huir de un fantasma es una gran descortesía, pues les cuesta muchísimo trabajo materializarse”. Al final, la presencia de lo extraño hace evidente la disfuncionalidad de una familia. Ahí reside justamente uno de los principales horrores que causa la cinta. Los momentos de genuino sobresalto, si bien se pueden anticipar, son estremecedores y efectivos. Me precio de no ser un novato en el tema, pero la película consiguió asustarme.
Emergo tendrá distribución comercial en nuestro país al inicio de 2012. Yo auguro a Torrens la mejor respuesta del público y en definitiva espero ver su siguiente proyecto, porque estoy seguro que no hemos visto su mejor trabajo.