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lunes, 25 de noviembre de 2013

Sentimientos encontrados, o Drácula contra los monopolios energéticos

Uno de los platos fuertes del pasado Festival Mórbido –del que ya platicaré en un futuro no lejano- fue la premier del primer episodio de la nueva encarnación televisiva de Drácula, co producción británica-estadounidense creada por Cole Haddon, de la que ya hablé hace varias semanas. Al finalizar el capítulo tuve sentimientos encontrados. Primeramente quedé deslumbrado por su factura, portentosa y que por muchos momentos me hizo sentir que veía una gran producción cinematográfica. Luego vinieron los cambios, algunos sutiles y otros dramáticos: Mina Murray (Jessica De Gouw) es la primera estudiante (mujer) de Medicina en Inglaterra y uno de sus profesores es Abraham Van Helsing (Thomas Kretschmann). El voivoda Vlad Drácula (Jonathan Rhys Meyers), luego de ser cautivo por su enemiga Orden del Dragón siglos atrás, es devuelto a la vida en 1881 por un aliado insólito y, 8 años después, se infiltra en la sociedad victoriana bajo el disfraz del genio científico estadounidense Alexander Grayson, desterrado a las islas por Thomas Alva Edison. Conserva a su fiel servidor R. M. Renfield (Nonso Anozie), ahora un solemne hombre de color que ya no está obsesionado con los insectos. Jonathan Harker (Oliver Jackson-Cohen) sigue pretendiendo a Mina –no se atreve a dar el paso para conquistarla y sólo la presenta en sociedad como “su amiga”- pero de ser un abogado en bienes raíces se convirtió en un intrépido reportero. El refugio del vampiro, la ruinosa Abadía Carfax, se ha convertido en una fastuosa mansión. Por supuesto no podía faltar la provocativa Lucy Westenra (Katie McGrath). Fue curioso que su vestido de fiesta, rojo como la pasión, contrastara con el de Mina, azul como la virtud y la nobleza.
Y luego vinieron guiños que ya son ritos de paso establecidos por Bram Stoker: “Bienvenidos a mi casa y dejen algo de la felicidad que traen consigo” o la respuesta insinuada del vampiro “yo nunca bebo vino”. También están presentes hechos que caracterizaron la época, como los crímenes de Jack el destripador o el auge económico del Imperio facilitado, entre otras cosas, por su gran industria. Precisamente ahí está la motivación del protagonista: lleva a cabo una venganza contra la milenaria Orden del Dragón, que basa ahora su vasto poder en el monopolio de la industria petrolera. Y Drácula anticipó muy bien lo comprendido por Eliot Ness en su guerra contra el crimen de Chicago: si quieres destruir a tus enemigos, pégales donde más les duele. En el bolsillo. Por supuesto los malos no se quedaran sin dar batalla. Poseen a su asesina en jefe, Lady Jayne Wetherby (Victoria Smurfit), que tiene cautiva a una vampira en busca de obtener información sobre su enemigo.
Todo, insólitamente, se adhiere al Canon establecido por Stoker: Harker facilitará que el vampiro se posicione en Inglaterra –antes le vendió su guarida, hoy parece que lo apoyará desde el Cuarto Poder-, Mina sigue siendo el prototipo de la Brave New Woman, Lucy la chica coqueta de sociedad y Drácula aún tiene un encono desmedido contra la sociedad occidental. Ahí se encuentra la comunión con el rescatador misterioso que mencioné hace un rato: “nuestro odio nació en el mismo lugar”. Y esto, por más que nos alarme, tiene sentido estratégico. “Los enemigos de mis enemigos son mis amigos”, dicen algunos. No pienso que su trato sea definitivo. Ninguna sociedad de negocios es eterna.
Aún tengo reservas. Como he dicho hasta el cansancio, Drácula no es una historia de amores interrumpidos ni de reencarnaciones. No sé qué tan necesarias son las secuencias de acción, que oscilan entre Matrix (hermanos Wachowski), 300 (Zack Snyder) y el más reciente díptico sobre Sherlock Holmes dirigido por Guy Ritchie. Tal vez pretenden dar un sello propio al programa, pero francamente a estas alturas del partido identificamos las fuentes que las inspiraron. Tampoco comprendo el afán de que el señor Rhys Meyers aparezca sin camisa cada vez que sea posible. Bueno, eso sin duda tiene fines comerciales que apreciarán muchos –mujeres y hombres- y tal vez sea parte –junto con las escenas sexualmente explícitas- de los contenidos eróticos subyacentes de la novela.

Esta noche veré su segundo episodio. Eso nos dará más elementos para formarnos una opinión definitiva.

viernes, 4 de mayo de 2012

Amores que matan


Hagamos una pequeña pausa para hablar del mayor de todos los horrores, el de la vida real. “Sin duda, una de las parejas más insólitas de la historia del crimen ha sido la formada  por ese latin lover de origen español y aquella obesa mujer, que se convertiría en su activa amante y cómplice en una larga serie de asesinatos y chantajes, estafando a viudas y otras mujeres solitarias, como la propia Martha Beck, quien pasó de víctima social y madre abnegada a sádico verdugo femenino”, nos recuerda Rafael Aviña en su ya inconseguible libro Asesinos seriales, de la nota roja a la pantalla grade (Times editores, 1996). Cuando el autor habla de “ese latin lover” se refiere a Raymond Martínez Fernández, media naranja de Martha. Ambos lograron notoriedad gracias a sus infames acciones. Y parte de esta trascendencia la consiguieron con ayuda del séptimo arte.
Pensé en ellos ayer que me topé en la televisión con Amores asesinos (Lonely hearts, Todd Robinson, 2006), una cinta sencilla y sin pretensiones que tiene la emotividad de ser escrita y dirigida por el nieto del hombre que capturó a la pareja. Incluso la dedica a la memoria de su padre Edward Robbison (Dan Byrd), quien aparece siendo un niño en la historia. En un largo flashback que inicia en la Prisión de Sing Sing el 8 de marzo de 1951, fecha en que ambos criminales fueron ejecutados en la silla eléctrica, la voz en off del detective Charles Hilderbrandt (James Gandolfini) nos narra los eventos que les condujeron a ese momento. Su compañero, el condecorado detective Elmer Robinson (John Travolta), sufre el suicidio de su esposa y se embarca –en parte para exorcizar demonios personales-  en la cacería de un estafador llamado Raymond Fernández (Jared Leto) y su compañera sentimental Martha Beck (Salma Hayek), ambos convertidos eventualmente en asesinos.
La idea de Robinson no era nueva. Ya Leonard Kastle llevó al cine las terribles aventuras de la pareja en 1970 en Amantes sanguinarios (The Honeymoon Killers), una cinta con “un reparto de actores desconocidos, un presupuesto ínfimo, un enfoque realista, casi documental, con locaciones en varios de los sitios originales y una escueta fotografía en blanco y negro” –continúa Aviña- factores que la convirtieron en un clásico instantáneo del cine de serie B. Francois Truffaut la consideraba su película estadounidense favorita. No se si la versión del 2006 le hubiera encantado. Primeramente porque la imagen repelente de la Martha Beck original fue sustituida por la deseable figura de la Hayek, enfundada en vestidos ajustados como las femmes fatales de los cuarentas, todo en aras de comercializar con los atributos de la actriz y su propia vanidad. Me hubiera encantado verla transformada físicamente como lo hizo la sudafricana Charlize Theron en Monster (Patty Jenkins, 2006). Pero ella hace algunas preguntas inquietantes a su antagonista: “¿Alguna vez alguien lo ha amado tanto, detective, y ha sido capaz de matar o morir por usted?”.
Luego que Robinson y su equipo finalmente atraparan a los malvados, éste busca pistas entre sus pertenencias. En ese momento repara en un triciclo que se encuentra a unos metros; luego en su caja, que se encuentra entre los objetos empacados por la pareja para su escapatoria. El detective la abre y se encuentra con su terrible contenido, que el espectador nunca ve pero adivina, lo que le arranca un genuino lamento y lo obliga a apartarse un instante, para caer de rodillas en el campo. Esto le permitió posteriormente arrancar a Beck una confesión, con argumentos demoledores: “mi vida es una interminable cloaca de personas como usted. En algunos años olvidaré su nombre. Sólo será un caso cerrado y archivado. Ahora tiene la oportunidad de hacer algo bueno. No es mucho pedir considerado lo que ha hecho. Será lo último que hará en su triste y patética vida”.

Me emociona saber que esta entrada la leerá el visitante número 100,000 de este blog. Agradezco a todos el tiempo que me han regalado y sus valiosas aportaciones. Nos veremos en unos días, pues hay horror para rato. 

lunes, 14 de marzo de 2011

¿Adaptar o no adaptar? Segunda de tres partes.

Caso 1. La letra con sangre entra.
El cine tiene una deuda enorme con la literatura. Desde sus albores ha sido una de sus fuentes de inspiración más prominentes . Y debe mucho a la literatura de horror. Ésta ha comprobado –con creces- ser un negocio rentable. Lamentablemente ese es uno de los aspectos que resta méritos al género frente a los eruditos del séptimo arte. Vayamos al punto de origen, el cine expresionista alemán. Dos joyas literarias, El Golem de Gustav Meyrink y Drácula de Bram Stoker –apócrifamente adaptada como Nosferatu, sinfonía de horror- brillan como algunas de las mejores representantes del momento. Desde ese momento filmar versiones de importantes éxitos de librerías se convirtió en algo irresistible para los productores de cine, desde El extraño caso del Dr. Jekyll y el señor Hyde de Robert Louis Stevenson, Otra vuelta de tuerca de Henry James, El exorcista de William Peter Blatty, El bebé de Rosemary de Ira Levin, Tiburón de Peter Benchley hasta la muy reciente Déjame entrar de John Ajvide Lindqvist.
Una mención especial la merece el escritor estadounidense Stephen King, autor de incontables novelas y cuentos de horror y fantasía. La calidad y aportación de su narrativa despierta los más acalorados debates. Yo diré que es un hábil artesano que tiene una gran capacidad para retratar la Norteamérica rural, y que aprecio sus relatos cortos y algunas de sus novelas. En muchos sentidos es la punta de lanza de fenómenos literarios contemporáneos –como J. K. Rowling y Stephanie Meyer- y es uno de los autores –vivos- más llevado al cine y la televisión. Es evidente que King tiene esto en cuenta al escribir sus obras. Su estructura dramática, personajes y escenarios son idóneos para ser llevados a la pantalla –grande o chica-. Cuando sus editores anuncian su nueva creación, las productoras entran en una puja por sus derechos para ser llevada a diferentes medios. Así sucedió con Carrie (Bran de Palma, 1976), El resplandor (Stanley Kubrik, 1980), La zona muerta (David Cronenberg, 1983), Cementerio de mascotas (Mary Lambert, 1989), Miseria (Rob Reiner, 1990), Sueño de fuga (Frank Darabont, 1994), Corazones en la Atlántida (Scott Hicks, 2001), 1408 (Mikael Hafström, 2007), las miniseries La hora del vampiro (Tobe Hooper, 1979), Eso (Tommy Lee Wallace, 1990), Los Tommyknockers (John Power, 1993), La danza de la muerte (The stand, Mick Garris, 1994), La tormenta del siglo (Craig R. Baxley, 1999), y un larguísimo etcétera. Y lo curioso es que son pocas las obras de King a las que se le han hecho justicia.
Cosa semejante le sucede a su compatriota Phillip K. Dick, mejor conocido por su novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, base del guión para la película de culto Bladerunner (Ridley Scott, 1981. Dick ha sido llevado más veces al cine, con pobres resultados. El tinte pesimista, oscuro y paranoico de sus creaciones ha sido casi siempre deslavado. El vengador del futuro (Paul Verhoeven, 1990) es una de las más rescatables. Le seguiría –estéticamente- Minority report: sentencia previa (Steven Spielberg, 2002) y Una mirada a la oscuridad (Richard Linklater, 2006), pero no olvidemos El pago (John Woo, 2003) y El vidente (Next, Lee Tamahori, 2007), ambas correctamente realizadas, pero malogradas en más de un aspecto.
Hay cuentos memorables cuyo efecto no es suficiente para sostener un largometraje, con resultados infaustos. Edgar Allan Poe y H. P. Lovecraft lo comprenden muy bien. Muchos de sus cuentos han sido adaptados al cine, y casi siempre los guionistas añaden situaciones y personajes que desvirtúan a la fuente original en aras de ofrecer metraje. Si algo se estira demasiado, se rompe. Otro autor que ha padecido esto es Ray Bradbury. Su entrañable historia El sonido de un trueno, llevada a la televisión con gran eficacia en El teatro de Ray Bradbury, fue adaptada al cine como El cazador de dinosaurios (Peter Hyams, 2005). Quienes la vieron pueden comprobar que es fallida en todos sus aspectos.
Sobre este tema podríamos seguir indefinidamente, y estoy seguro que regresaré a él en este blog.

Caso 2. El teatro de sangre
Este fue el título de una de las más emblemáticas cintas de Vincent Price. La filmó en 1973 bajo la dirección de Douglas Hickox. En ella, un talentoso actor de teatro (Price) emprendía una venganza terrible contra sus detractores, asesinándolos a todos a la manera de las más famosas obras de William Shakespeare. Este dramaturgo inglés no sólo es uno de los más famosos y prolíficos de todos los tiempos, sino el más adaptado a la pantalla grande –en mis clases siempre digo que es el padre del cine gore, o al menos uno de sus más claros antecedentes-. De él se han producido cintas memorables, interpretadas por talentosos actores como Laurence Olivier, John Gielgud, Kenneth Branagh, Lawrence Fishbourne, Ian McKellen y Al Pacino. De todas ellas tengo en un lugar especial Titus (Julie Taymor, 1999), con Anthony Hopkins. También de Inglaterra es originario el dramaturgo Patrick Hamilton. Entre sus creaciones brilla La soga, magistralmente llevada a la pantalla por Alfred Hitchcock en 1948 -e inspirada en el caso criminal de Leopold y Loeb-. No he visto el resto de su obra, pero Hamilton definitivamente cobró notoriedad a partir del mago del suspenso.
Un ejemplo –relativamente- reciente es la obra Quills, del norteamericano Doug Wright, adaptada como Letras prohibidas: la leyenda del Marqués de Sade (Phillip Kaufman, 2000), un recuento de los últimos años de Donatien Alphonse François de Sade, magistralmente encarnado por Geoffrey Rush. Mencionemos también The man who was Peter Pan, de Alan Knee, llevada al cine por Marc Foster como Descubriendo el país de nunca jamás (2004), con Johnny Depp como James Matthew Barrie, o El fantasma de la ópera (Joel Schumacher, 2004) y Sweeney Todd, el barbero demoníaco de la calle Fleet (Tim Burton, 2007), basadas en las obras musicales de Andrew Lloyd Webber y Stephen Sondheim, respectivamente. Y de musicales olvidaba El show del horror de Rocky (Jim Sharman, 1975), basada en la obra de Richard O´Brien.
Aparte coloco el caso de películas que se han adaptado al teatro. En la Ciudad de México, recientemente se llevó a los escenarios El coleccionista, obra basada en la novela homónima de John Fowles, llevada al cine en 1965 por William Wyler. Y también es sonoro el caso de la reciente incursión de Spiderman en Broadway, desastrosa, según las noticias.

jueves, 24 de junio de 2010

Dos regalos para todos los niños

Dos películas interesantes se estrenaron el pasado día del niño. La primera fue la “revisitación” de la ya clásica cinta de 1973 The crazies, conocida en México como Colapso: exterminio brutal. A su director, George Andrew Romero, debemos gratitud eterna por coescribir y dirigir esa joya del cine de horror/metáfora social, llamada La noche de los muertos vivientes (1968). El remake fue bautizado El día del Apocalipsis (Breck Eisner, 2010). La otra cinta estrenada ese viernes 30 de abril fue la que reseñó mi amigo Rafael Aviña para la sección Primera fila del periódico Reforma. A continuación reproduzco su crítica.

El amor en tiempos de catástrofe
Rafael Aviña

Un futuro cercano, tal vez otoño. El planeta muere: el frío es insoportable, plantas y animales se han extinguido.
Los escasos sobrevivientes matan por combustible, cobijo y por comida: el canibalismo está a la alza.
El último camino (EU, 2009) del australiano John Hillcoat, es una adaptación de la descarnada novela de Cormac McCarthy, el mismo de Sin lugar para los débiles.
Una fábula apocalíptica que rebasa todo apunte religioso y moral para trastocarse en un conmovedor relato sobre la relación entre un padre y su hijo.
Drama filial, historia de horror, mezcla de suspenso, ciencia ficción, neowestern y alegoría ecologista, bebe de fuentes tan extremas como Mad Max, El chico de Charles Chaplin, Voraz y del cine de zombies (de Seres de las sombras y Soy leyenda a las metáforas de George A. Romero).
También toma aspectos de filmes milenaristas rusos como El visitante del museo o Cartas de un hombre muerto. Todo ello, para contar una trama de desencanto, frustración y conciencia de la vulnerabilidad en una sociedad destinada al olvido.
En ese panorama desolador y gris, donde los árboles fallecen literalmente (gran trabajo fotográfico del español Javier Aguirresarobe), dos seres intentan sobrevivir conservando algo de humanidad (“la flama en el corazón”)
Un hombre (Mortensen, notable) que rememora fragmentos de vida con su bella esposa (Theron) y un chico (Smith-McPhee), su hijo, a quien protege de la pauperización moral y social que prevalece en ese caótico y violento mundo, en una trama de gran dimensión épica y uiversal que evita la obviedad y el melodrama y que mantiene un tono de horror y suspenso y al mismo tiempo una parábola filosófica de altos vuelos.
Escenas bellísimas como la del baño en la tina, o aquella de la lata de soda, muestran además de la notable y sosegada química entre los protagonistas, la gran sensibilidad de un relato que traza una emocionante mirada filial: la de un padre que representa el último trozo de memoria de una conciencia moral en estado paranoico y la de un hijo que encarna el nuevo espíritu de una sociedad alienada como resquicio de esperanza ante lo inevitable.
Junto con Distrito 9 y Tierra de zombies, El último camino ejemplifica el estupendo momento por el que atraviesa el cine de horror fantástico estadounidense.

jueves, 17 de junio de 2010

¿Quién teme a los payasos?

Lon Chaney, el entrañable actor conocido como “El hombre de los mil rostros”, advirtió correctamente que el payaso, extrayéndolo de su entorno circense, inocente y doméstico, poseía una de las imágenes más aterradoras. En sintonía está Robert Bloch, discípulo de H. P. Lovecraft y autor de “Psicosis”, quien pensaba que representa la esencia del verdadero horror. Si reflexionamos a profundidad, el payaso es un agente de la anarquía y el caos. Su rostro maquillado, su nariz roja y sus ropas extravagantes son la antítesis de lo “normal”, un desafío descarado a todas las convenciones de la sociedad. Cuando acuden al circo, por gentileza de sus padres, los niños reaccionan de diversas formas ante los inocentes bufones: algunos sienten la más genuina simpatía por ellos, otros la más profunda aversión, incluso un terror indecible. Y digo terror –no horror- porque rechazan inmediatamente su aspecto físico. Es éste el que los atemoriza. Un payaso, en un callejón oscuro, a la medianoche, es capaz de asustar a cualquiera. Muchas veces la ficción se ha valido de la capacidad de estos personajes para aterrar a su público. Pennywise, el payaso que baila, villano alienígena de la novela “Eso” (1986) de Stephen King, se aprovecha de su colorido como arma de seducción para acercarse a sus víctimas. Esto tiene símil en la realidad, que siempre supera a la ficción. John Wayne Gacy, amable vecino del suburbio de Norwood Park en Chicago, hombre de familia, empresario y asesino en serie de medio tiempo, acostumbraba disfrazarse como Pogo el payaso para hacer las más nobles acciones comunitarias. En su otra identidad, la verdadera, asesinó a 33 chicos de entre 9 y 20 años. A diferencia de la creencia popular, Gacy nunca utilizaba su colorido disfraz para realizar sus faenas homicidas. El maquillaje era su “máscara de sanidad”, la forma de encajar en su entorno. El criminal fue ejecutado el año 1994 por sus acciones. Más reciente es la encarnación del malogrado actor Heath Ledger como el malvado Guasón, enemigo de Batman. En El Caballero de la Noche (Nolan, 2007), es un asesino despiadado que se reinventa con cada víctima, un hombre “que sólo quiere ver el mundo arder”. Su apariencia –establecida desde las historietas- es la de un payaso y sirve como contraste evidente con la personalidad sombría de su némesis. Su rostro está desfigurado por enormes cicatrices que cubre con maquillaje para adquirir el aspecto de un arlequín demoníaco e inspirar miedo. Y lo logra. Bob Kane, uno de los creadores de Batman –porque Bill Finger nuca ha recibido el reconocimiento adecuado-, se inspiró en el aspecto del actor alemán Conrad Veidt en la película El hombre que ríe (Paul Leni, 1928) para crear al criminal. Como el Guasón de Ledger, su sonrisa está marcada permanentemente en su rostro, lo cual demuestra que este gesto no siempre es divertido.

lunes, 7 de junio de 2010

Los niños de hoy y el cine

Nos encontramos en la cuenta regresiva al inicio del mundial de futbol. Karl Marx pensaba que este deporte, junto con la religión, es el opio de los pueblos. Mientras tanto vayamos a lo nuestro. Algunas películas para niños no son ya del estilo de mis más entrañables recuerdos infantiles. Acabo de ver dos que me significaban grandes pendientes: Donde viven los monstruos (Were the wild things are, 2009) y El fantástico señor Zorro (The fantastic Mr. Fox, 2009), dirigidas por Spike Jonz y Wes Anderson, dos jóvenes cineastas norteamericanos, atípicos, irreverentes, que no serían la primera opción de un gran estudio para adaptar memorables relatos infantiles para la pantalla grande.
Vayamos por partes, como el descuartizador. A Jonz debemos interesantes cintas como ¿Quieres ser John Malkovich? (1999) y El ladrón de orquídeas (2002). En ambas demuestra su buen oficio y predilección por historias poco convencionales. Donde viven lo monstruos narra las andanzas de Max (Max Records), un niño de 8 años que persigue a su perro y comete todo tipo de estropicios enfundado en un inocente disfraz de lobo. Su indisciplina se desprende del divorcio de sus padres, del desapego de su hermana y del intento de su madre (Catherine Keener) por rehacer su vida sentimental. Tras un exabrupto, huye de casa y se embarca a una tierra imaginaria, un mundo de evasión habitado por enormes monstruos –de aspecto salvaje pero enternecedor- de quienes se autoproclama rey. El más problemático de ellos, Carol, puede interpretarse como una especie de alter ego del infante: rebelde sin causa, peleado con sus semejantes y muy propenso a la destrucción. Con él y los otros monstruos entabla una relación que le permite aceptar su situación y reconciliarse con la vida. La película, que evita en exceso los sentimentalismos y lugares comunes, se erige como un relato de paz recuperada con una buena rebanada de pastel de chocolate como broche de oro. Los monstruos son personas disfrazadas con enormes botargas –tipo Dr. Simi- con rostros animados por computadora y partes animatrónicas, con voces –en inglés- de actores como James Gandolfini –alias Tony Soprano-, Catherine O´Hara –la madre excéntrica en Beetlejuice-, Forest Withaker y Cris Cooper –el doblaje en español no es tan malo-. La cinta, escrita por el propio Jonze y Dave Eggers, es una tardía adaptación del libro homónimo de Maurice Sendak, quien funge como coproductor. En el año de su publicación, 1963, el divorcio era algo poco común en la sociedad –por innumerables razones-, motivo inminente de marginalidad. Hoy es algo cotidiano. En un grupo de primaria promedio, el raro es el niño cuyos padres están felizmente casados. Tal vez de ello se desprende el tono poco emotivo de la cinta, que creo es su mayor defecto como película infantil. Pasajes increíblemente sentimentales –como el aullido colectivo de despedida- pasan casi desapercibidos.
Caso similar es El fantástico señor Zorro, adaptación del libro del escritor estadounidense Roald Dahl, quien recibe su crédito en el mismo inicio de la cinta. A la imaginación del señor Dahl debemos historias que han sido llevadas a la televisión y el cine, como el episodio Cordero para cenar de Alfred Hitchcock presenta, Las brujas (Nicolas Roeg, 1990, cuyo remake viene en camino) y Charlie y la fábrica de chocolate (Tim Burton, 2005). A partir de un guión de Noah Baumbach, Wes Anderson nos narra la historia del señor Zorro del título, un ladrón de pichones aparentemente reformado por la paternidad con voz de George Clooney. Está felizmente casado con la señora Zorro (voz de Meryl Streep), tienen un hijo con problemas de crecimiento (voz de Jason Schwartzman), escribe una columna en el diario local y vive en la casa-árbol de sus sueños. Pero algo hierve oculto en su pecho pues es, en sus propias palabras, “un animal salvaje”. Por ello urde un plan para robar –con ayuda de su amigo zarigüeya- tres granjas locales. Esto desata la ira de los propietarios de los ranchos, quienes emprenden una aparatosa cruzada para exterminar a los culpables. El señor Zorro pone así en juego su integridad, la de su familia y la de su comunidad entera. Anderson, a quien debemos divertidas y extrañas cintas como Rushmore (1998), Los excéntricos Tenebaums (2001), La vida acuática con Steve Zissou (2004) y Viaje a Darjeeling (2007), ejecuta a la perfección la más tradicional de las técnicas de animación, el stop motion –en el mejor homenaje al trabajo de la productora Rankin/Bass-, pero por alguna razón el relato, con todo y lo vistoso de sus personajes y escenarios, no logra enganchar. O quién sabe. Tal vez estos cineastas tienen en cuenta el cambio de ánimo de los nuevos espectadores, el nuevo cine que merecen. Tal vez yo soy el anticuado. ¿Ustedes qué piensan?

sábado, 5 de junio de 2010

Voto de confianza

Charles Baudelaire y Fernando Savater, como tantos escritores, piensan que la literatura es la infancia recuperada a voluntad. Lo mismo puede decirse del cine. Muchos de los primeros recuerdos de mi vida están relacionados con aquellos viajes periódicos al desaparecido cine Continental, en la Ciudad de México. Mi madre, valiéndose de privilegios de su condición de empleada de la Procuraduría de Justicia, me llevaba los sábados a deleitarme con películas de Walt Disney, viejas o de reciente estreno. En ese sacrosanto recinto aprendí que la imaginación es uno de los aspectos más maravillosos de la condición humana. No puedo evitar recordar esto cuando veo en el Periférico espectaculares que anuncian el inminente estreno de la tercera parte de la serie Toy story, que iniciara en el año de 1995 bajo la dirección de John Lasseter, artífice e iniciador del imperio de animación por computadora Pixar, estudio continuador indiscutible de la tradición Disney y que ha conservado la delantera en el campo. Si Toy story demostró originalidad y frescura –la cual extendió a una exitosa secuela (Lasseter y Ash Brannon, 1999)- es tal vez inferior a sus hermanas mayores Ratatouille (Brad Bird, 2007), Wall-E (Andrew Stanton, 2008) y Up, una aventura de altura (Pete Docter, 2009). Y esto no sólo por los notables avances tecnológicos que la compañía alcanza entre cada cinta, sino por su depurada técnica narrativa, por lo atractivo de su historias –que pueden disfrutar por igual chicos y grandes- y por la profundidad de las mismas. Remy, la humilde rata con aspiraciones culinarias, reconoce su verdadera vocación en el momento más conmovedor de la cinta que protagoniza: “porque yo soy el chef”, asegura resuelto a su padre y hermano. Al final es recompensado. Es calificado como “el mejor chef de Francia” por su principal detractor y posterior admirador. Si la calidad que las historias de Pixar es similar en esta nueva incursión, auguro el mejor resultado para Toy story 3. Veamos si tengo razón al confiar.
Es irónico que hable de una película infantil en el día en que se cumple el primer aniversario del incendio que cobrara tantas víctimas. Porque no sólo son víctimas los 49 pequeños muertos en la guardería ABC, o las docenas de niños con afecciones crónicas. Lo son también las docenas de padres, abuelos y tíos que nunca aceptarán la pérdida de sus seres amados. Ojalá desde el Cielo, porque los inocentes no pueden estar en otro lugar, les envíen fuerza a sus deudos para aprender a vivir sin ellos. A pesar de la indolencia de los gobiernos, la justicia para ellos debe llegar.