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viernes, 20 de diciembre de 2013

Miren. Allá, arriba. En el cielo.

Esta es una de las cosas buenas que trajo la navidad de 1978. Son varios los ingredientes que hacen memorable al segundo largometraje de Richard Donner, una adaptación de las aventuras de Supermán: una majestuosa e imperecedera partitura del laureado John Williams, un muy competente guión de Mario Puzo que abrió las puertas a una secuela desde su estupendo prólogo y grandes actuaciones, desde el desconocido en esos días  Christopher Reeve como el protagonista, la un poco más conocida Margot Kidder como la intrépida reportera Louise Lane, leyendas como Jackie Cooper –como Perry White, editor del diario El Planeta- y Glenn Ford –como Jonathan Kent, el padre adoptivo del héroe- hasta grandes actores del momento, como Gene Hackman –el malvado villano Lex Luthor-, Terrence Stamp –a quien sólo vemos brevemente como el también malvado General Zod, enemigo de la continuación- y, sobre todos, la breve presencia de Marlon Brando como Jor-El, progenitor del último hijo del planeta Kripton. Todo en conjunto es insuperable y rinde el mejor homenaje al espíritu que los creadores del personaje, Joel Shuster y Jerry Siegel, le dieron en abril de 1938, hace 75 años.
No abundaré en este momento sobre la importancia que Supermán tuvo en el posicionamiento de una poderosa industria –una verdadera fábrica de mitos- ni estudiaré filosófica o culturalmente al personaje, simplemente reconoceré todos sus méritos. En este caso concreto -la película de Donner-, aseguró el romance de Hollywood con las historias de superhéroes. Recupera el candor de una época muy bien retratada ya en la popular serie televisiva estelarizada en los años cincuenta por George Reeves. El libreto de Puzo no prescinde de momentos que todos vinculamos al personaje, desde su gran sentido del humor, que se detenga a rescatar a un gatito de un árbol, de consejos moralizantes a sus defendidos, del convoy militar que transporta un misil nuclear y se detiene a ayudar a una voluptuosa mujer que tuvo un accidente vial - Valerie Perrine como Eve Teschmacher, asistente de Luthor- y luego lo vuelven a hacer para dar indicaciones viales a un par de granjeros –Luthor y su tonto ayudante Otis, encarnado por Ned Beatty- o del revelador momento donde el genio del mal descubre sus planes al paladín.

Es cierto que para muchos este esquema ha quedado rebasado por la narrativa contemporánea, por la reciente tendencia a humanizar y agregar tintura negra a los coloridos disfraces de los héroes. En favor de este argumento podemos recordar la muy fallida Supermán regresa (2006) de Bryan Singer. Pero de ella hablé en el pasado. Irónicamente, la debemos al Supermán de 1978. Tal fue la fascinación que causó en un talentoso cineasta. Esto demuestra su vigencia y perdurabilidad. Y aunque muchos momentos de la cinta puedan parecernos superados, debemos contextualizarla para así darle su verdadero valor. El de un clásico. 

lunes, 8 de abril de 2013

Pide al tiempo que vuelva


Durante años, la empresa Eastman Kodak Company capitalizó una frase del dominio popular que es certera en muchas maneras: “recordar es volver a vivir”. Podemos transportarnos a otras épocas de incontables formas, como abrir un álbum de fotografías, escuchar una canción, reencontrar un libro o pulsar la tecla de un control remoto. La idea de retroceder en el tiempo es tentadora para todos, sea para volver a disfrutar otros momentos o corregir los errores del pasado. Ejemplos sobre el viaje en el tiempo sobran, desde antecedentes notables que nos ofrecieron Hans Christian Andersen, Mark Twain o Washington Irving, la novela fundacional del tema de Herbert George Wells (La máquina del tiempo, 1895), ejemplos televisivos notables como los intrépidos Tony Newman (James Darren) y Douglas Phillips (Robert Colbert) en El túnel del tiempo (1966-1967), los entrañables Marty McFly (Michael J. Fox) y Emmet Brown (Christopher Lloyd) de Volver al futuro (Robert Zemeckis, 1985), el cándido Hiro Nakamura (Masi Oka) de Héroes (2006-2010) y el caso que inspira estas líneas.
Ayer en un episodio de La Ley y el Orden: Unidad de Víctimas Especiales ví como invitado al actor estadounidense Scott Bakula, uno de los héroes de mi juventud. Y a pesar que lo he visto en otras teleseries desde entonces, no pude dejar de asombrarme por el paso del tiempo. Ahora es un maduro y respetable señor, que sólo me aventaja por unos años. Pareciera que fue ayer cuando encarnaba al Dr. Sam Beckett –ninguna relación con el dramaturgo- en la joya noventera Viajeros en el tiempo (Quantum leap), serie creada por Donald P. Bellisario que tuvo una vida de 1989 a 1993.
No alcanzo a describir los modos en que el programa cautivó –cautiva- mi imaginación. Las aventuras del Proyecto Salto Cuántico, su artífice accidentalmente condenado a vagar por el tiempo “corrigiendo lo que alguna vez salió mal”, su “consciencia” holográfica  Al Calavicci (Dean Stockwell), el operador Gooshie (Dennis Wolfberg) y la computadora Ziggy (heredera el Hal-900 de 2001, Odisea del Espacio) son parte importante de una época más simple que definió el adulto que soy. El brillo y sonido característicos que anuncian cada viaje de Sam viven indeleblemente en mi memoria al igual que el tema musical de Mike Post.
La variedad de temas que el programa tocó va de la opresión de las minorías, la pena de muerte, la violencia contra la mujer y la igualdad de derechos. Hubo tiempo también para misterios sin resolver (“Nave fantasma, 13 de agosto de 1956”), caer en un chimpancé (“Lo equivocado, 24 de enero de 1961”) y coquetear con la Historia, como la vez en que Sam cayó en el cuerpo de Elvis Presley (“Melodía de Memphis, 3 de julio de 1954”), conoce al joven Stephen King (“El coco, 31 de octubre de 1964”) o participa en los hechos que rodearon el asesinato del presidente John Fiztgerald Kennedy (“Lee Harvey Oswald, 5 de octubre de 1957- 22 de noviembre de 1963). En este último, en la percepción de su fracaso,  Al le revela que cumplió su misión. “En la historia original, Jackie fue asesinada también”.
En su episodio final (“Reflejo, 8 de agosto de 1953”) Sam regresó al día de su nacimiento –como él mismo-, se reencuentra con muchas personas cuya vida cambió positivamente y conoce a Al, el cantinero (Bruce McGill), el responsable de su aventura (Dios, el Destino o como quieran llamarle). Le reconoce todo el bien que ha hecho y le da la opción de regresar a casa. Elige continuar su labor, ayudando a alguien que lo merece: el propio Al, tras ser prisionero de guerra en Vietnam y ser creído muerto en acción, sufre el abandono de su amada esposa. Sam le advierte que su marido está vivo y está por regresar a casa. Las cámara se desplaza hasta posarse sobre una fotografía de Al, que comienza a resplandecer de la forma que bien conocemos. La serie finalizó con una leyenda agridulce: “Beth nunca volvió a casarse. Ella y Al tienen cuatro hijas y celebrarán su trigésimo noveno aniversario de bodas en junio. El Dr. Sam Beckett nuca regresó a casa”. Corregir la vida de su amigo, aún a costa de su propio bienestar, es el mejor ejemplo de entrega y heroísmo que recuerdo.  
El programa tocó a muchas personas, como hizo su protagonista. Se organizan convenciones a su alrededor y ha alcanzado un estado semejante al culto. Cuando lo comentábamos en Twitter, mi amigo Jorge Báez dijo algo muy cierto: “nadie quiere un remake de Automan, pero todos agradeceríamos uno de Quantum Leap”. Al menos uno digno, porque la serie da para mucho.