Mostrando entradas con la etiqueta series de televisión indispensables. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta series de televisión indispensables. Mostrar todas las entradas

martes, 3 de marzo de 2015

Réquiem para Leonard Nimoy

Que las figuras que admiraste en tu infancia comiencen a fallecer es terrible. Esto marca el final tangible de una era, generalmente más simple, asociada a sucesos que definieron al adulto que eres hoy. También es signo de tu propia mortalidad. Cuando hace unos años expiró el actor Jerry Orbach, quien por más de una década encarnó a uno de los más entrañables detectives de la televisión, sentí un profundo pesar. Nunca tuve el placer de conocerlo físicamente, por lo que para muchos puede ser una reacción exagerada, pero lo seguí de manera regular en mi juventud. Su muerte –si bien anunciada por el cáncer contra el que luchaba- fue como la de un tío lejano, a quien quisiste mucho aunque no lo veías todos los días. Lo mismo ocurrió cuando mi amigo Bernardo Esquinca me informó, a través de un mensaje de texto a mi teléfono celular, del deceso de Ray Bradbury. En ese momento me encontraba rodeado de cientos de personas, en un congreso de ciencias forenses. Aun así no pude reprimir un nudo en la garganta ni el enrojecimiento en mis ojos. Ambos ejemplos, por sólo mencionar dos, fueron artistas que marcaron a generaciones de amantes de la ciencia ficción que conocieron la gloria y el reconocimiento de una manera que sólo podemos imaginar. También eran hombres, tan frágiles como tú y yo. Sabíamos que su camino en este mundo estaba por concluir, que habían vivido plenamente el tiempo en que habitaron este mundo, pero eso no hizo menos dolorosa su pérdida. Es la inevitable ley de la vida, nos guste o no.
El viernes pasado me encontraba frente al teclado en el que escribo estas palabras cuando me enteré de la muerte de Leonard Simon Nimoy, actor que obtuvo la inmortalidad gracias al papel del Sr. Spock en la odisea televisiva Viaje a las estrellas, programa creado en 1966 por otra leyenda, Gene Rodenberry. Tenía 83 años de edad, casi 84. No pude evitar sentir un vacío en el estómago. Desde hace más de un año enfrentaba una enfermedad pulmonar, aunque abandonó el tabaquismo hace casi tres décadas. Nimoy, nacido el 26 de marzo de 1931 en Boston, Massachusetts, hijo de inmigrantes judíos de Ucrania, sintió una atracción desde temprana edad por las artes escénicas. Esto lo llevó preparase y eventualmente a participar interpretando papeles menores en programas como Perry Mason, Dragnet, La Dimensión Desconocida, Bonanza, Policía de Caminos y El Agente de C.I.P.O.L. Pero su consagración definitiva llegó al portar la piel del cerebral vulcano en la serie que ya mencioné, hijo de un padre extraterrestre y una madre humana, puente entre civilizaciones que conoció de frente la discriminación y el rechazo –el bullying de nuestro tiempo- por ser un producto del mestizaje entre su elevada raza y una inferior. Es innecesario decir que inmediatamente gozó de una inusitada popularidad que siempre utilizó de la manera más benéfica. Hace unos días leí una carta que en su momento de mayor fama le envió una niña, hija de un padre blanco y una madre negra, en la que la menor le aseguraba que comprendía cabalmente el drama del niño Spock pues lo vivía cotidianamente. Nimoy le conminó a no hacer caso de las burlas de sus condiscípulos y a mantenerse fuerte, pues eso no era algo que debería avergonzarla.
Sus actos humanitarios, su labor como divulgador de las consecuencias del holocausto Nazi, su pasión por la fotografía y la poesía, su incursión en el canto, su labor teatral, su presencia en otras series de televisión –siempre lo recuerdo en Misión: Imposible o presentando la serie En busca de…-, todos quedaron sepultados por la fascinante sombra de Spock, personaje que encarnó en la televisión, el cine –en 8 ocasiones-, videojuegos y caricaturas. Spock siempre ocupó un lugar especial en una redituable franquicia muy viva a casi 50 años de su creación. Ha aparecido por igual en incontables manifestaciones de la cultura popular contemporánea. Las tiras cómicas del genial caricaturista tapatío Trino, llamadas adecuadamente Crónicas marcianas, siempre me arrancan sonoras carcajadas, con Spock como segundo oficial del Enterpice Club. Nimoy ha aparecido en numerosos episodios de las aventuras de la amarillenta familia Simpson o en el reciente sitcom The Big Bang theory. En la ficción, el veterano actor tenía una orden judicial restrictiva contra su protagonista Sheldon Cooper (Jim Parsons) por el acoso constante del brillante joven. También fue el enigmático y elusivo genio científico William Bell, fundador de la siniestra y multimillonaria transnacional Massive Dynamics, en el extinto serial Fringe. La escena final de su primera temporada, en la que la desconcertad agente federal Olivia Dunham (Anna Torv) recorre los pasillos de un edificio, llega a una oficina en la que lo recibe un hombre que se oculta en las sombras, resuena en mi memoria. Ella pregunta, “¿dónde estoy?, ¿quién es usted?”. El individuo contesta “la primera pregunta es difícil de responder. La segunda es más simple. Soy Wiliam Bell”. La cámara se aleja de la habitación y revela que se encuentran en un universo paralelo, en el que el World Trade Center neoyorkino sigue en pie. Todo en conjunto es fascinante, en palabra de su personaje más reconocido. En más de una ocasión, mis alumnos me han sometido a la cruel disyuntiva de elegir entre Viaje a las estrellas y La guerra de las galaxias, a riesgo de herir susceptibilidades y aunque soy un devoto de la mitología creada por George Lucas, siempre me decanto por la primera opción.
Hace poco tiempo actuó con su heredero fílmico, Zachary Quinto, en un comercial televisivo de la compañía automotriz Audi. El anuncio exhibía la lucha entre lo nuevo y lo aparentemente obsoleto. Ambos jugaban ajedrez a distancia, gracias a la tecnología. Quinto lo invita a continuar su duelo a la manera tradicional, en un campo de golf. El joven conduce un flamante Audi con encendido digital y utiliza la tecnología GPS, mientras Nimoy conduce un muy clásico y elegante Mercedes Benz. Al encontrarse en el campo, Quinto se muestra condescendiente para para la apuesta. El veterano le dice “técnicamente aun no entramos”, y deja inconsciente a su rival aplicándole un “pellizco vulcano”. Le dice, “nos vemos adentro”.
Los gestos de pesar por la muerte física de Nimoy abundaron. El presidente de su país, Barak Obama, declaró acertadamente “Mucho antes de que ser un cerebrito fuese cool, ya estaba Leonard Nimoy. Me encantaba Spock. Leonard fue un gran amante de las artes y las humanidades, un gran defensor de la ciencia. Pero, por supuesto, Leonard era Spock. Cool, lógico, de largas orejas y equilibrado, el centro de la optimista e incluyente visión del futuro de la humanidad de Star Trek. En 2007, tuve la oportunidad de conocerle en persona. Fue lógico saludarle con el gesto de Vulcano, el signo universal de Larga vida y prosperidad”. Pero las palabras más justas fueron las que le dedicó su hermano no consanguíneo Willian Shatner en su funeral fílmico en los momentos finales de Viaje a las estrellas II: La ira de Kahn (Nicholas Meyer, 1982), la que es para mí mejor película de la saga: “Estamos reunidos para presentar nuestros respetos finales a nuestros amados muertos. Y sin embargo hay que señalar, en medio de nuestro dolor, que esta muerte ocurre a la sombra de una nueva vida, en el amanecer de un nuevo mundo. Un mundo por el que nuestro querido amigo dio su vida para proteger y nutrir. Él no sentía este sacrificio como algo vano o vacío, y no vamos a debatir su profunda sabiduría por su actuar. De mi amigo, sólo puedo decir esto: de todas las almas que he encontrado en mis viajes, la suya era la más humana”.

Gracias por entregarnos tanto, querido Leonard Nimoy. Siempre podré verlo en las interminables repeticiones de sus programas o con sólo presionar la tecla de un control remoto. Sé que sólo regresó al espacio sideral al que siempre nos llevó, a donde usted siempre pertenecerá. Hasta ahí le envío mi cariño y un saludo vulcano.

miércoles, 11 de febrero de 2015

Recorriendo las calles del destripador

He dejado muy claro que el período Victoriano (1837-1901); es uno de mis pasajes favoritos de la Historia. El término no sólo sirve para identificar la etapa de mayor predominio mundial del Reino Unido, sino califica a una sociedad de puritanismo extremo y normas rígidas cuyo conservadurismo puede interpretarse como una reacción de temor ante un proceso de cambio acelerado y profundo. Tradición e innovación, prosperidad y miseria, aislamiento e imperialismo, revisten al reinado de Alejandrina Victoria, Reina de Gran Bretaña, Irlanda y Emperatriz de la India de una extraordinaria complejidad que repercutió en sus manifestaciones artísticas y culturales.
Sirva esta breve introducción para dirigirme al caso criminal de Jack el destripador, hecho que inevitablemente se vincula a este período. Todos los diletantes del horror conocemos su infame nombre artístico. Su aparición es como una escandalosa mancha de sangre en un ambiente aparentemente impoluto, como el de una sábana blanca. En el otoño de 1888 el mítico homicida mutiló a cinco desafortunadas prostitutas, según los recuentos y las versiones oficiales, antes de desaparecer para siempre en la niebla londinense. A casi 127 años, el destripador continúa incendiando la imaginación de investigadores y artistas de todo el mundo. De la fértil imaginación del escritor Robert Bloch a la estremecedora novela gráfica de Alan Moore y Eddie Campbell, convertida en la impecable cinta Desde el inferno (Albert y Allen Hughes, 2001), Jack ha demostrado su cabal integración al imaginario colectivo de la humanidad. Y ahora se suma con justicia el caso que inspira estas líneas.
En el ocaso de 2012 se transmitió el primer episodio de Ripper Street, serie inglesa creada por Richard Warlow que hace un recuento ficticio de lo sucedido en el pauperizado barrio tras los asesinatos del destripador. A primera vista resalta su impecable diseño de arte que rebasa sus estupendas locaciones en Dublín, Irlanda: es un estupendo retrato sociológico que resume los contrastes de una época, desde los conflictos de sus habitantes, la prostitución, la explotación de menores, los orígenes del sistema subterráneo londinense, las cicatrices mentales que causaron los conflictos bélicos del momento, los escándalos de la homosexualidad y el “amor que se niega a decir su nombre”, la violencia contra las mujeres, los avances de la Medicina y la tecnología, la incorporación del conocimiento científico en la investigación policial, el anarquismo, el nacimiento del cine snuff y el fanatismo religioso. Todo a través de un sólido elenco encabezado por el Detective Inspector Edmund Reid (Matthew Macfadyen), personaje de la vida real que estuvo a cargo de la División H de Scotland Yard destacada en la zona y de la investigación de dos homicidios relacionados con el destripador. Reid, eminente victoriano, hombre recto, idealista y de buenas costumbres, se apoya de su “brazo ejecutor”, el Detective Sargento Bennet Drake (Jerome Flynn), honesto y rudo excombatiente de la Guerra Anglo-Egipcia de 1882, y del norteamericano Capitán Homer Jackson (Adam Rothenberg), cínico, vicioso y poco escrupuloso cirujano con un pasado misterioso que formó parte de la Agencia de Detectives Pinkerton. La historia se adereza con el drama de Susan Hart (MyAnna Buring), matrona que dirige una casa de citas en la zona, la prostituta con aspiraciones artísticas Rose Erskine (Charlene McKenna), el muy corrupto y malvado Detective Inspector Jedediah Shine (Joseph Mawle) o con el fastidioso reportero Fred Best (David Dawson), hombre dispuesto a todo en aras de “alcanzar la nota”.
La serie cuenta además con fuertes cimientos que le dan verosimilitud histórica, de la aparición importante de Frederick Abberline (Clive Russell), figura clave que siguió la huella del destripador, el reputado médico Frederick Treves (Paul Ready), hombre que hizo del conocimiento público el caso de Joseph Merrick (Joseph Drake), conocido como El Hombre Elefante, Jane Cobden (Leanne Best), una de las primeras mujeres en ocupar un cargo público en Inglaterra o la mención a la carrera por el dominio de la electricidad y la figura de Thomas Edison.

Ripper Street, en mi humilde opinión, no ha recibido el reconocimiento que merece. Tuvo una vida de dos temporadas (de ocho capítulos cada una) que se transmitieron por televisión y una tercera (también de 8 episodios) que se difundió el año pasado a través del internet y espero ver a la brevedad. Ha recibido elogios de la crítica especializada y una recepción variada de la audiencia. Ganó los Irish Film and Television Awards y los prestigiados British Academy Television Craft Awards. Esto demuestra, mejor que todo, que las terribles andanzas del destripador siguen vigentes. En el segundo episodio de su primera temporada Reid, hombre bondadoso pero contradictorio como la era que lo engendró, cita un pasaje del Talmud que seguramente escucharon en La lista de Schindler (Steven Spielberg, 1993) que siempre animan a seguir adelante: “quien salva una vida, salva al mundo entero”.

martes, 9 de diciembre de 2014

Horrores a penique

Solían llamarse penny dreadfuls a las publicaciones periódicas que proliferaron en la Inglaterra del siglo XIX. Su baja calidad de impresión se reflejaba en su costo (el penique de su nombre) y eran dirigidas fundamentalmente a la clase trabajadora, ávida de una lectura de evasión acorde a sus magras posibilidades económicas. Sus temas eran mórbidos a todas luces: asesinatos arrancados de la nota roja, incestos, violaciones, accidentes ferroviarios, noticias de nacimientos de bebés deformes y demás tragedias. Uno de los más vendidos fue The string of pearls: A romance, aparecido entre 1846 y 1847 en The People's Periodical and Family Library. Daba cuenta del supuesto caso criminal, elevado a leyenda, de Sweeney Todd, el barbero demoníaco de la calle Fleet. Traté el tema con Guadalupe Gutiérrez en el desaparecido podcast Testigosdel Crimen. Pero no nos desviemos. Todo era mayormente tomado de la realidad pero había cabida para la ficción. De la mano a los albores de la revolución industrial, los editores se dieron cuenta de su enorme potencial pues la lectura era considerada algo exclusivo de las clases acomodadas, quienes podían darse el “lujo” de comprar libros. Fue el momento donde se cobró consciencia del horror como un gran negocio.
El calificativo también da título a la serie de televisión coproducida por Estados Unidos e Inglaterra y creada por el laureado John Logan. El hombre es responsable de los guiones de Gladiador (Ridley Scott, 2000), La máquina del tiempo (Simon Wells y Gore Verbinski, 2002), El Aviador (Martin Scorsese, 2004), Sweeney Todd, el barbero demoníaco de la calle Fleet (Tim Burton, 2007), Hugo (Martin Scorsese, 2011), Operación Skyfall (Sam Mendes, 2012) y la venidera aventura del espía al Servicio de su Majestad, Spectre, que también será dirigida por Mendes. En muchas formas, el premiado cineasta es también responsable de estas líneas. Logan, un dramaturgo oriundo de San Diego, California, escribe una propuesta profundamente respetuosa al espíritu de la época que tanto adoro, un auténtico homenaje a los mitos básicos de la literatura de horror que los amalgama a la perfección, de manera orgánica, sin lucir como un pastiche forzado ni pretensioso. En lo que a mí respecta, a unos cuantos días de finalizar el año, Penny dreadful es la mejor teleserie de 2014.
Londres, 22 de septiembre de 1891. En un sombrío y humilde hogar victoriano, una madre y su hija son brutalmente masacradas por un ser que no vemos a cuadro, mientras en otro lugar, de manera casi frenética, la psíquica Vanessa Ives (Eva Green) reza a una cruz colgada en su pared. El hecho despierta la duda del regreso del célebre criminal conocido como Jack el destripador. A la mañana siguiente, Ives asiste al espectáculo del encantador y sobresaliente tirador estadounidense Ethan Chadler (Josh Hartnett), a quien recluta para una misteriosa misión. Esa misma noche se reúnen con el acaudalado expedicionario Sir Malcolm Murray (Timothy Dalton), con quien acuden a un fumadero de opio y enfrentan la otredad, un mundo oculto para el resto de los mortales. Su encuentro los lleva a consultar al arrogante Víctor Frankenstein (Harry Treadaway), joven médico obsesionado con el estudio del cuerpo humano que aporta información relacionada, como revela en excéntrico egiptólogo Ferdinand Lyle (Simon Russell Beale), con el Libro de los Muertos de la cultura egipcia y un extraño significado relacionado con la sangre. Él invita a Sir Malcolm y Vanessa a una suntuosa reunión donde conocen al intrigante Dorian Gray (Reeve Carney) y a la espiritista Madame Kali (Helen McCrory), quien ayuda a abrir puertas que no deben ser cruzadas. Todos poseen demonios internos que inevitablemente saldrán a la luz.
En ocho episodios, el programa nos presenta con habilidad las principales preocupaciones de una época y la imaginación poderosa y perdurable de algunos de sus autores más sobresalientes, como Mary ShelleyBram Stoker y Oscar Wilde, además de hacer alusiones a brillantes poetas románticos como Percy Shelley, William Wordsworth y John Keats. Y ni qué decir del Paraíso perdido de John Milton o de la poderosa presencia de William Shakespeare, inevitable dados los inicios creativos de Logan. Al bondadoso Vincent Brand (Alun Armstrong), cabeza de una compañía de Grand Guignol, debo una de las líneas que más me conmovió de la serie. Y está dirigida a uno de los seres más inocentes e incomprendidos de la literatura: “Hay un lugar donde los malformados consiguen gracia. Donde los feos pueden ser hermosos. Donde lo extraño no es rechazado, sino celebrado. Ese lugar es el teatro”.

Un elenco preciso –en el que sobresale la inquietante belleza de Green-, espléndidas locaciones en la ciudad irlandesa de Dublín, una elegante fotografía de Xani Gimenez, una briosa partitura de Abel Korzeniowski y la dirección alternada de talentos como Juan Antonio Bayona –responsable de dirigir El Orfanato-, Dearbhla Walsh, Coky Giedroyc y James Hawes complementan de gran manera el talento de Logan. Su gran recepción, entre el público y la crítica, le valió automáticamente el mérito de una segunda temporada que sin duda todos los nuestros –los que amamos estos territorios- esperamos con ansia. Porque yo, como Ives, creo en maldiciones, creo en demonios y creo en monstruos. ¿Y tú? Las posibilidades de Penny dreadful son inmensas.

martes, 26 de agosto de 2014

Lo que bien empieza, bien acaba.

Hace casi un año que se transmitió su último episodio en la televisión estadounidense. Pese a las innumerables recomendaciones y al alud de premios que recibió a lo largo de su vida de 5 temporadas, nunca me había dado la oportunidad de ver un episodio de Breaking bad (algo así como Volviéndose malo). Grave error. Hace unos meses decidí ponerme al corriente. Y todo el tiempo que invertí fue recompensado con creces. Superó gratamente todas mis expectativas. Fueron muchos los factores que contribuyeron a esto. Fue un programa que nunca perdió el rumbo. Concluyó en el momento preciso. No sucumbió a la tentación del éxito y las paletadas de dinero que éste trae consigo. La serie creada por Vince Gilligan, uno de los más brillantes guionistas de Los Expedientes Sercetos X (también fue su productor ejecutivo), fue congruente de principio a fin y supo mantener un alto nivel argumental. No en balde ha sido considerada por la crítica como una de las mejores series de la Historia de la Televisión. A diferencia de muchas de sus contemporáneas, cuyos desenlaces no me dejaron del todo –o nada- satisfecho, logró mantenerme en el filo del asiento hasta el último momento.
Ayer, durante la entrega número 66 de los prestigiados premios Emmy, al recoger su bien merecido galardón como Mejor actor en una serie dramática, Bryan Cranston, el rostro de la serie, agradeció a sus seguidores por su respuesta al que calificó como “el papel de su vida”. Y es que la historia de Walter White, el apocado pero brillante profesor de Química en una escuela preparatoria de Albuquerque, Nuevo México, recién convertido en cincuentón, que sufre la abulia y falta de respeto de sus alumnos, humillado empleado de medio tiempo de un lavado de autos, cuya mediocre existencia es interrumpida por el Cáncer y decide internarse en los infiernos de la producción de Metanfetaminas y la violencia del Narcotráfico, es simplemente magnífica.
Repito que Cranston es sólo la parte más visible, pero en todo momento estuvo acompañado de un reparto sólido: Anna Gunn como su abnegada esposa Skyler, Aaron Paul como su discípulo y socio Jesse Pinkman, RJ Mitte como su minusválido hijo Walter White, Jr., Dean Norris como su cuñado Hank Schrader (mi personaje secundario favorito), Betsy Brandt como su cleptómana y anoréxica cuñada Marie Schrader, Giancarlo Esposito como el cerebral y terrible narcotraficante Gustavo Fring, Jonathan Banks como el ex policía y mortal sicario Mike Ehrmantraut y, la esperanza de continuidad del proyecto, Bob Odenkirk como el facineroso abogado Saul Goodman, estrella del futuro spin-off de la serie, Better call Saul.
Su gran desempeño no hubiera sido posible sin un gran equipo de guionistas, desde el mismo Gilligan, Sam Catlin, Peter Gould, Gennifer Hutchison, Patty Lin, George Mastras, Thomas Schnauz, John Shiban y Moira Walley-Beckett, quien también fue galardonada con el Emmy por el libreto de Ozymandias, el decimocuarto episodio de la quinta temporada de la serie. Más allá del mero suspenso, el programa les dio la oportunidad para reflexionar sobre la complejidad de las relaciones interpersonales, las transformaciones de los roles en la familia, las consecuencia de nuestras acciones, los lindes morales entre el bien y el mal y sobre los eventos que pueden llevar a un buen hombre a convertirse en una persona malvada. Todo llevado de la mejor manera hasta su inevitable desenlace, Felina, en cuyos últimos momentos vemos a nuestro héroe caído con el tema Baby Blue del grupo británico Badfinger como melancólico marco.

Breaking bad macó una pauta en la televisión contemporánea y sin duda estableció parámetros difíciles de emular. Anoche Vince Gilligan, en el podio del Teatro Nokia de Los Ángeles, dijo algo que bien definió el espíritu de su hijo recientemente fallecido pero más vivo que nunca: “Esta es la maravillosa cereza del pastel”.

lunes, 10 de marzo de 2014

De teorías de conspiración y dudas razonables

En este país hay tres prácticas muy arraigadas: ver el fútbol cada domingo, ir a misa –también en domingo, muy temprano- y elaborar teorías de conspiración.
Desconfiar de cuanto nos enteramos en las noticias tiene raíces muy alarmantes. Es síntoma claro de la falta de credibilidad de –muchos de- los poderes fácticos, sean los medios de comunicación, la iniciativa privada y los gobiernos. En la horrible realidad, muchas de estas dudas tienen cimientos poderosos. En pocas situaciones, no. Lamentablemente las instituciones luchan contra una mala reputación –muchas veces- ganada a pulso y heredada de tiempos previos a mi nacimiento. En muchos casos la falta de datos, las prisas, la presión social y la ausencia de cautela hacen que una autoridad se precipite y haga pública información que el tiempo demuestra que es inexacta e incongruente, lo que alimenta la incertidumbre y el enojo de la población. Lo que es imposible negar es que siempre existen intereses oscuros que se afanan en ocultar la verdad a opinión pública, lo cual alimenta la imaginación y obliga al cuestionamiento. Teorías de conspiración sobran y se remontan a la antigüedad. ¿El emperador Napoleón Bonaparte realmente murió envenenado? ¿Tras el asesinato del presidente John Fitzgerald Kennedy hubo una conspiración entre un sector del gobierno estadounidense, la milicia, la mafia italiana e inmigrantes cubanos? ¿Estados Unidos llegó realmente a la Luna? ¿Cuál es la verdad tras el homicidio del aspirante a la presidencia mexicana Luis Donaldo Colosio? ¿Quién es el verdadero asesino del conductor de televisión Paco Staney? ¿La activista Digna Ochoa realmente fue asesinada? ¿Un artefacto ultrasecreto en la Antártida es el responsable de las recientes tragedias climáticas? ¿La carne de los productos de hamburgueserías transnacionales realmente es de rata? Todas estas preguntas acechan el imaginario colectivo.
Recuerdo esto porque ayer pensé en Los Pistoleros Solitarios, el grupo de excéntricos que asesoraban al agente especial Fox Mulder (David Duchovny) en la desaparecida teleserie Los Expedientes Secretos X, la cual no requiere más presentaciones. El inusual trío, John Fitzgerald Byers (Bruce Harwood), Melvin Frohike (Tom Braidwood) y Richard Langly (Dean Haglund), tuvieron una presencia discreta pero constante en las 9 temporadas de vida del drama y eventualmente se hicieron merecedores de su propio programa, que tuvo una efímera existencia –de una temporada-. Ellos tomaron su nombre artístico precisamente de una de las teorías de conspiración más populares en Estados Unidos: la del pistolero solitario Lee Harvey Oswald que privó de la vida al presidente Kennedy el 22 de noviembre de 1963, curiosamente la fecha del nacimiento de Byers.
Sobre el perfil o patologías de los creyentes en conspiraciones –delirios, esquizofrenia paranoide, histeria, ilusiones- no profundizaré. Cada quien es libre de creer –o no creer- en lo que le plazca, siempre y cuando no afecte el bienestar de terceros. El Sargento John Munch (Richard Belzer), recientemente sacado del elenco de La Ley y el Orden, Unidad de Víctimas Especiales, era un paranoico funcional que desconfiaba del Sistema al cual pertenecía. Yo diré, como sabiamente responden las abuelas cuando les cuestionan sobre fantasmas, “no creo en esas cosas, pero de que existen, existen”.

viernes, 14 de febrero de 2014

Tercera caída

"Dígame, Watson: ¿no siente usted una especie de escalofrío o estremecimiento cuando mira las serpientes en el parque zoológico y ve esos bichos deslizantes, sinuosos, venenosos, con su mirada asesina y sus rostros malignos y achatados? A lo largo de mi carrera he tenido que vérmelas con cincuenta asesinos, pero ni el peor de todos ellos me ha inspirado la repulsión que siento por este individuo".-Sherlock Holmes en La aventura de Charles Augustus Milverton (1904) de Arthur Conn Doyle.

Han pasado varias semanas desde el final de la tercera temporada de la teleserie británica Sherlock, así que asumo que todos lo han visto y puedo escribir libremente. Su último voto (His last vow), cuyo guión es autoría del co creador del programa Steven Moffat, toma como base uno de los cuentos escritos por Arthur Conan Doyle sobre su personaje más prestigiado, La aventura de Charles Augustus Milverton, y juega con el título –y hace referencias- de su aparición final, Su último saludo al escenario (His last bow, 1917).
Para comenzar, muchos podrían cuestionar su desenlace. El mismo Holmes (Benedict Cumberbatch) aclara su posición. Dice a su enemigo “No soy un héroe. Soy un sociópata altamente funcional”, antes de hacer lo inesperado. Su decisión, pese a lo que nos aclara, es la de la persona que está dispuesta a sacrificarse, a mancharse las manos y renunciar a su esencia, en aras de lograr el bienestar de otros. ¿No es eso ser un héroe? El malo del capítulo es Charles Augustus Magnussen, encarnado por el actor danés Lars Mikkelsen (muchas seguramente le dirán cuñado, pues es hermano del muy famado Mads Mikkelsen, mejor conocido por ser el Hannibal Lecter televisivo). Su apellido original seguramente fue cambiado pues Milverton suena muy semejante a Middleton, la madre de un potencial heredero al trono de Inglaterra. De ser un tratante de arte –como lo describe Conan Doyle- se nos presenta como un magnate de los medios de comunicación, muy en deuda con William Randoph Hearst o Rupert Murdoch. Es un sujeto poderosísimo, frío, sin escrúpulos y vulgar que usa los secretos de los demás para beneficiarse. Un chantajista de altos vuelos, que opera ante la mirada impávida del Gobierno Británico. Es justo por ello que una de sus víctimas decide acudir a la Calle Baker. Conan Doyle seguramente tuvo en cuenta un caso de la vida real para escribir su historia: el del chantajista Charles Augustus Howell, muerto en condiciones misteriosas en 1890.
Otras referencias holmesianas no se hacen esperar, desde la adicción del protagonista, Los irregulares de la Calle Baker o la primera aparición literaria de la Señora Watson, con esas enigmáticas letras A. G. RA. Luego está la presentación de Holmes como un hombre de familia, la segunda aparición de sus papás (los veteranos actores Wanda Ventham y Timothy Carlton, verdaderos progenitores del protagonista) y la muestra del poder de Mycroft Holmes (Mark Gatiss). Los giros de la historia, que no dejan de recordarme a Señor y Señora Smith (Doug Liman, 2005), no me hacen del todo feliz pero son congruentes con la personalidad de Watson (Martin Freeman), adicto inconsciente a relacionase con personas conflictivas.
Los momentos finales del capítulo, el regreso inmediato del Viento del Este de su aparente exilio para enfrentar a su Némesis resucitado, no deja de causarme la más grande emoción y abre las puertas a un verdadero reto para Moffat y Gatiss: crear una historia completamente nueva, no basada inmediatamente en un texto de Conan Doyle. Porque desde un principio nunca visualicé a James Moriarty (Andrew Scott) como un criminal ávido de una presencia mediática. Mucho menos de intervenir todas las señales de televisión de un país entero para preguntar burlonamente “¿Me extrañaron?”.

Lo único cierto: “Inglaterra siempre necesitará a Sherlock Holmes” y “el juego nunca termina”. Pero para cerciorarnos tendrá que pasar –al menos- un largo año. Espero ansioso.

viernes, 31 de enero de 2014

La pareja ideal

Todavía extraño a la extinta teleserie Dexter. De ella he hablado en muchas ocasiones y creo que mi admiración por su carismático protagonista ha quedado más que patente. Su penúltima temporada nos presentó a su par emocional, la bella envenenadora Hannah McKay, interpretada por la australiana Yvonne Strahovski (que por cierto acabo de ver en Yo, Frankenstein). A diferencia de la manera en que Dexter (Michael C. Hall) se mostró a su eventual esposa Rita Bennett (Julie Benz), quien fungió como su máscara de sanidad pese a que desarrolló auténticos sentimientos por ella y sus críos, el asesino fue auténtico y libre ante McKay desde el principio. Y esto se debía a que se complementaban, justo como Bonnie Parker y Clyde Barrow o Martha Beck y Raymond Fernández, sólo dos de las parejas fraguadas en el infierno que ha registrado la Historia de la criminalidad. Hannah y Dexter, asesinos por naturaleza, se comprendían mutuamente. Conocían a plenitud sus obsesiones y angustias. Eran cómplices y amantes que nunca comprometieron su naturaleza pues tenían perfectamente claro que se ubicaban en el mismo lado de la Ley, cosa opuesta a Irene Adler y Sherlock Holmes o a Gatúbela y Batman.
Hannah Mc Kay era una chica provinciana que se involucró con el hombre equivocado, como hiciera en la realidad Caril Ann Fugate con el multihomicida Charles Starkweather: se embarcó en una serie de asesinatos cometidos por su entonces media naranja, Wayne Randall. Como no se comprobó plenamente su participación en los hechos, fue condenada por complicidad y confinada a un reformatorio, de donde salió al cumplir la mayoría de edad. A pesar de la notoriedad que le valió su carrera criminal, se embarcó en numerosas relaciones sentimentales que invariablemente concluyeron en homicidios no aclarados. Cuando Dexter decidió aplicarle su concepto de “justicia”, sucumbió ante sus encantos. Y esto le hizo pasar por alto su oficio. Hannah asesinó a un periodista que amenazaba con exponerla y casi lo hizo con su hermana Debra (Jennifer Carpenter), siempre con el refinamiento de los venenos. Situaciones que parecían imposibles de superar separaron al dúo, pero la atracción hizo lo suyo. Al final, a pesar de sus intentos, el suyo fue un amor no consumado.

Como se avecina un alud de melcocha por la celebración de los enamorados, seguiré hablando de pasiones que matan las siguientes ocasiones. 

miércoles, 29 de enero de 2014

Amoríos prohibidos

Y así fue como terminó un escándalo que amenazaba afectar seriamente el reino de Bohemia. Y así fue también como los mejores planes de Sherlock Holmes fueron arruinados por el ingenio de una mujer. Antiguamente mi compañero acostumbraba burlarse mucho de la supuesta inteligencia femenina, pero no he oído que lo haga a últimas fechas. Y cuando habla de Irene Adler, o cuando se refiere a su fotografía, siempre lo hace bajo el honorable título de La Mujer. –Escándalo en Bohemia (1891), Arthur Conan Doyle.

El primer episodio de la segunda temporada de la teleserie británica Sherlock nos presenta la ambigua e inquietante relación entre el héroe que da título al programa (Benedict Cumberbatch) e Irene Adler (Lara Pulver), una dominatriz de altos vuelos que revive a la figura central de la novela Escándalo en Bohemia, escrita en 1891 por el escocés Arthur Conan Doyle. Ella es objeto del amor idílico –nunca admitido- de Holmes y un auténtico desafío intelectual. Pero la fascinación que siente por ella no compromete su posición.
Algo similar, con sus respectivas distancias, ocurre con la creación de Bob Kane y Bill Finger cuyo cumpleaños 75 celebramos este 2014. Y antes de continuar, una precisión. Mucho se ha bromeado sobre la orientación sexual de Batman. Ello es principalmente culpa del libro La seducción del inocente, escrito en 1954 por el psiquiatra germano estadounidense Fredric Wertham, conocido con justicia como “El Mayor Enemigo de los Superhéroes”. Su texto daba lecturas homosexaules y pedófilas a la relación entre el Hombre Murciélago y su joven asistente Dick Grayson. Y no ayudó mucho la colorida pero inolvidable serie de televisión de los años sesenta, con Adam West y Burt Ward. No aclaro esto porque piense que un justiciero gay sea algo malo, contrario a la Ley de Dios o cause huracanes (para eso están algunos miembros del clero y la clase política), sino porque simplemente no fue la intención que le dieron sus creadores. El texto de Wertham fortaleció la infame cacería de brujas que propició que el Congreso de Estados Unidos impusiera a la industria de las historietas la famosa Autoridad del Código de Cómics, o CCA por sus siglas en inglés. Pero regresemos a lo central.

Desde su primera aventura oficial, ocurrida en Batman # 1 en la primavera de 1940, la ladrona conocida como La Gata fue incluida como un interés romántico del héroe y un desafío físico e intelectual. Además, el enmascarado siempre enfrentaba el reto de redimirla. La inspiración de la dupla creativa Kane-Finger vino, evidentemente, de las glamorosas estrellas de cine de su época, como Jean Harlow –por ahí circula una historia que involucra a una prima de Kane-, y eventualmente fue rebautizada como La Mujer Gato (Catwoman) o Gatúbela (en estos rumbos). Desde entonces, el personaje ha tenido múltiples encarnaciones y ha estado en ambos lados de la Ley. Y aunque Batman ha tenido otros intereses sentimentales –algunos más poderosos-, Gatúbela –yo prefiero llamarla así- siempre será una presencia importantísima en sus aventuras, justo como Adler y Holmes.

sábado, 25 de enero de 2014

Sabias palabras para decirse en una boda

Palabras dichas por Sherlock Holmes (Benedict Cumberbatch) en el banquete de bodas de Mary Mostan (Amanda Abbingtony John Watson (Martin Freeman), tomadas del guión de Mark Gatiss Steven Moffat y Stephen Thompson para El signo de los tres, segundo episodio de la tercera temporada de la teleserie británica Sherlock:

Todas las emociones, y en particular el amor, se oponen a la razón pura y fría que defiendo por sobre todas las cosas. Una boda es, en mi ponderada opinión, nada menos que una celebración de todo lo que es falso, engañoso, ilógico y sentimental en este mundo enfermo y moralmente comprometido. Hoy honramos la ruina de la sociedad y, eventualmente –estoy seguro- de toda nuestra especie.
Pero igualmente hablemos de John. Si durante mis aventuras me he allegado de su ayuda, no me alejo del sentimentalismo o del capricho cuando digo que tiene muy buenas cualidades propias además de su obsesión por mí. En efecto, cualquier reputación sobre mi agudeza mental, en verdad, proviene del extraordinario contraste que John ofrece de manera desinteresada. De hecho, creo que las novias tienden a elegir damas de honor excepcionalmente planas en su gran día. Hay cierta analogía aquí. Y el contraste es, después de todo, el plan de Dios para realzar la belleza de su creación, o lo sería si Dios no fuera una fantasía ridícula diseñada para dar una oportunidad de empleo al idiota de la familia.
Lo que trato de decir es que soy el individuo más desagradable, grosero, ignorante y cretino que tendrán el infortunio de encontrarse en la calle. Desprecio lo virtuoso, soy incapaz de reconocer la belleza y no puedo comprender la felicidad. Por eso no entendí por qué me pidieron ser Padrino, más porque nunca esperé ser el mejor amigo de nadie. Y ciertamente no del más valiente, bondadoso y sabio ser humano que jamás he tenido la fortuna de conocer. John, soy un hombre ridículo, redimido solamente por la calidez y constancia de tu amistad. Y como aparentemente soy tu mejor amigo, no puedo felicitarte por la compañera que elegiste. Pero de hecho sí puedo. Mary, cuando digo que te mereces a este hombre es el cumplido más grande que soy capaz de hacer. John, has sobrevivido la guerra, lesiones y trágicas pérdidas –de nuevo, lo siento por la más reciente- así que debes saber, hoy que estás sentado en medio de la mujer que has hecho tu esposa y del hombre que has salvado –en breve, las dos personas que más te aman en este mundo,- y sé que hablo por Mary, cuando digo que nunca te decepcionaremos y tenemos una vida para demostrártelo.


martes, 21 de enero de 2014

La mejor de mis bodas

Decir adiós es doloroso. Aunque popularmente se dice “de lo bueno, poco”, el esquema de la televisión inglesa es muy breve si consideramos la costumbre que nos inculcaron nuestros vecinos del norte. Con sólo 3 episodios de 80 minutos cada uno (aproximadamente) llegará este jueves (en Latinoamérica) a su fin la tercera –brevísima- temporada (los británicos les dicen series) de Sherlock, serie merecedora de toda mi admiración. Luego de 8 capítulos a los que no puedo reprochar nada, elegir un favorito es un verdadero reto. El que precedió a su conclusión, El signo de los tres, es simplemente uno de los mejores que conozco al detective. El guión de Mark Gatiss Steven Moffat y Stephen Thompson toma como base la segunda de las cuatro novelas que Arthur Conan Doyle dedicó al brillante inquilino de la Calle Baker, El sigo de los cuatro (1890). Todo ocurre durante la boda de John Watson (Martin Freeman) y Mary Mostan (Amanda Abbington), en la que por supuesto nuestro héroe (Benedict Cumerbatch) tiene la responsabilidad de ser el Padrino del evento. De forma inesperada convierte la ocasión en un anecdotario de las aventuras del par e involucra a los convidados en la resolución de uno de sus casos. Lo mejor del capítulo fue, sin duda, el intento de Holmes por descender del Olimpo de la Deducción al mundo de los hombres comunes y corrientes. El mejor momento fue un emotivo discurso cuya parte inicial destruye la institución del matrimonio, las creencias religiosas de las personas (“si Dios no fuera una fantasía”) y ataca las convenciones de la sociedad, ante la sorpresa y desaprobación de los congregados. Remata su exposición de la siguiente manera:
Lo que trato de decir es que soy el individuo más desagradable, grosero, ignorante y cretino que tendrán el infortunio de encontrarse en la calle. Desprecio lo virtuoso, soy incapaz de reconocer la belleza y no puedo percibir la felicidad. Por eso no comprendí por qué me pidieron ser Padrino, más porque nunca esperé ser el mejor amigo de nadie. Y ciertamente no del más valiente, bondadoso y sabio ser humano que jamás he tenido la fortuna de conocer. John, soy un hombre ridículo, redimido solamente por la calidez y constancia de tu amistad. Y como aparentemente soy tu mejor amigo, no puedo felicitarte por la compañera que elegiste. Pero de hecho sí puedo. Mary, cuando digo que te mereces a este hombre es el cumplido más grande que soy capaz de hacer. John, has sobrevivido la guerra, lesiones y trágicas pérdidas –de nuevo, lo siento por la más reciente- así que debes saber, hoy que estás sentado en medio de la mujer que has hecho tu esposa y del hombre que has salvado –en breve, las dos personas que más te aman en este mundo,- y sé que hablo por Mary, que nunca te decepcionaremos y tenemos una vida para demostrártelo.

Desde sus mesas, los invitados no pueden sentirse menos que conmovidos. La Señora Hudson (Una Stubbs) rompe en llanto. Al ver las reacciones, desconcertado, Holmes pregunta:
¿En qué me equivoqué? ¿Qué pasó? ¿Por qué hacen eso? ¿John? ¿Qué hice mal?
Y Watson se pone de pie y abraza a su asociado, emocionado.
Si no se conmovieron, tienen hielo en las venas. O es que, como digo, cuando envejeces te haces más llorón.

La solución final, el descubrimiento del “signo de los tres”, modificará definitivamente las futuras aventuras de nuestro paladín. Todo terminará en un par de días. Al menos por un largo año (como mínimo). Moffat, co creador y productor ejecutivo del programa, ha revelado que una cuarta temporada se encuentra en planeación. Eso es sin duda una fortuna. La espera, aunque cruel, valdrá la pena. 

lunes, 13 de enero de 2014

Crónica de un regreso anunciado

Volví la cabeza para mirar la estantería que tenía detrás y cuando miré de nuevo hacia delante vi a Sherlock Holmes sonriéndome al otro lado de mi mesa. Me puse en pie, lo contemplé durante algunos segundos con el más absoluto asombro, y luego creo que me desmayé por primera y última vez en mi vida. Recuerdo que vi una niebla gris girando ante mis ojos, y cuando se despejó noté que me habían desabrochado el cuello y sentí en los labios un regusto picante a brandy. Holmes estaba inclinado sobre mi silla con una botellita en la mano.
Todos lo sabíamos. Desde los últimos momentos de La caída de Reichenbach, el último episodio de la segunda  temporada de la brillante teleserie británica Sherlock, y pese a los nefastos acontecimientos que todos conocemos, observamos al protagonista (Benedict Cumberbatch) contemplar a su acongojado socio John Watson (Martin Freeman) hacer una petición frente a su tumba: “por favor no estés muerto”.
El deseo del galeno, dos años y un abundante bigote después –para nosotros fueron 20 larguísimos meses-, se hizo realidad. Su reacción no fue lo civilizada –completamente británica- que nos mostró Arthur Conan Doyle en su regreso triunfal en 1903 –en La aventura de la casa vacía-. Se le fue lanzó a golpes encima, con la contagiosa ¿Qué pasó, Yolanda? de Pink Martini como música de fondo. Su respuesta fue congruente, pese al improvisado disfraz del héroe. El homenaje no podía hacerse esperar, como bien nos han enseñado los creadores del programa, Steven Mofat y Mark Gatiss. “No voy a aparecérmele como un anciano”. El abrazo entusiasta que le dio el Inspector Lestrade (Rupert Graves) al volver a verlo fue el de sus miles de fieles. Y todos sonreímos satisfechos.
Los 86 minutos que duró el episodio, precedido por lo que nos enseñó la literatura y el afortunado mini capítulo Muchos felices regresos, fue una delicia de principio a fin, con incontables alusiones a casos memorables de Holmes –la Rata Gigante de Sumatra como es mencionada en El vampiro de Sussex, el duelo intelectual entre los dos Holmes en La aventura del intérprete griego y La aventura del carbunclo azul, la introducción de Mary Morstan (Amanda Abbington) como la vimos en El signo de los cuatro o esa desaparición que Holmes resuelve rápidamente, clara mención a Un caso de identidad. Además, Gatiss (quien escribió el guión) se permitió incluir referencias holmesianas tomadas del cine, de la cinta Estudio en terror (James Hill, 1965) al reciente díptico dirigido por Guy Ritchie.
El feliz retorno, con nuestro héroe reivindicado y la solución de un atentado terrorista de grandes proporciones, sólo propicia grandes preguntas: ¿quién es el misterioso individuo que al final observa a nuestro héroe en video? ¿Moriarty está realmente muerto? ¿El Moriarty que vimos suicidarse es realmente James Moriarty, el Napoleón del Crimen?
El próximo jueves veré el penúltimo capítulo de esta tercera temporada. “De lo bueno, poco”, dicen popularmente. Para finalizar me regodearé citando lo que escribí en abril de 2012:

La clave seguramente se encuentra no en lo que reveló la última escena, sino en los detalles que pasamos por alto: la aparente traición fraterna, la charla con la médica forense Molly Hooper (Louise Brealey), el ciclista que derriba a Watson. “La gente ve, no observa”, dice Holmes todo el tiempo. 

jueves, 5 de diciembre de 2013

Daryl Dixon y la supremacía de las minorías

Es muy propio de la naturaleza humana juzgar negativamente lo diferente. Más si consideramos que es inferior a lo que nosotros representamos. Lo demuestra todos los días ese fenómeno tan negativo –y en alarmante crecimiento- llamado bullying –o abuso escolar- o nos lo topamos de frente cotidianamente en casi todos los ámbitos de la sociedad: la mujer indígena a la que se le niegan servicios médicos, el discreto oficinista –ahora les dicen despectivamente Godínez- que es menospreciado por sus compañeros de trabajo o el trato despótico que da un funcionario a una persona común y corriente que acude a denunciar un delito. Debemos tener conciencia que todos nosotros, los que disfrutamos del horror y la fantasía, somos parte de una minoría. ¿Cuántas veces no fuimos cuestionados –por nuestra familia y amigos- por nuestros excéntricos gustos? ¿Cuántas veces no fuimos tildados de satánicos o asesinos en potencia porque reconocemos las luces y las sombras del hombre? Acabo de ver cómo mi buen amigo Jorge Grajales, creador de los maratones nocturnos de cine culto que mensualmente se llevaban a cabo en el Centro Cultural José Martí –operado por la Secretaría de Cultura de esta ciudad-, tras casi 14 años de vida, sufrió la incomprensión y pobres miras institucionales. La mamá de una querida amiga, al más puro estilo de la progenitora de Carrie White, rociaba sus libros de terror con agua bendita. La abuelita de Guillermo del Toro, cuando él era joven, le practicó dos exorcismos. Ser diferente es doloroso y, en muchos casos, heroico. Ser fiel a tus obsesiones más elementales es un acto de convicción y congruencia. La alternativa es la alienación, el ceñirnos a las creencias de otros. No porque estas sean malas: simplemente se oponen a lo que tenemos en la cabeza.
La anterior es una de tantas invitaciones a la reflexión que nos ofrece el horror. En la cultura estadounidense es curioso –y a la vez comprensible- que sus bondadosos protagonistas sean los conocidos como White Anglo Saxon Protestants –protestantes blancos anglosajones-, personas de la mejor posición social, casi siempre con raíces británicas, defensores de las buenas costumbres que rechazan influencias externas a su cultura. Howard Phillips Lovecraft sabía muy bien de este tema. Pero no quiero desviarme. George Andrew Romero, en su indispensable Noche de los muertos vivientes (1968) introdujo una variante notable a esa idea: un héroe negro. Ben (Duane Jones), hombre afro americano –estamos en la era de la corrección- no sólo era el responsable de asegurar la supervivencia de un grupo de personas enfrentadas al apocalipsis zombi, sino tenía que oponerse a una amenaza mayor que estaba en el interior de su refugio: el irracional hombre blanco Harry Cooper (Karl Hardman). En su desenlace, irónico y trágico, el orden era restaurado por otros hombres blancos, que sólo representaban la ignorancia e insensibilidad de nuestra especie. En su respetuoso remake (Tom Savini, 1990) colgaban a los muertos reanimados de los árboles y los usaban como blancos para practicar tiro, o los ponían a pelear en un redil para su diversión.
Los salvadores son llamados desdeñosamente Rednecks, granjeros blancos con un bajo nivel cultural y, por consiguiente, casi siempre irracionales. La televisión moderna ha retratado su vida -con gran éxito- en reality shows como Llegó Honey Boo-Boo y, con más notoriedad, gracias a Cletus Spuckler en la amarillenta familia Simpson. De este grupo surge uno de los personajes más interesantes de tiempos recientes, uno que ha despertado la fascinación de innumerables mujeres –casi todas mis amigas desfallecen por él- y que sin duda compite en aceptación con el protagonista de la serie. Ya he hablado de Daryl Dixon (Norman Reedus) –y de su malvado pero reivindicado hermano Merle (Michael Rooker)-, un ilustre Redneck que ocupa una de las posiciones más privilegiadas del popular programa televisivo The Walking Dead. Sobre él dije en el pasado:
En el caso de Daryl, es curiosa su creciente popularidad entre los espectadores. En Internet leí comentarios que iban desde “Daryl, hazme tuya” a “Daryl, quiero ser la madre de tus hijos”. Cuando concluyó la primera parte de la temporada, quedó en un riesgo grave. Pude entonces percibir una auténtica preocupación que tenía tiempo no atestiguaba. El atractivo del personaje radica en valores que se fortificaron en el transcurso de la trama, como la entrega, la solidaridad, la fortaleza y la integridad.

Hoy por hoy es Daryl quien me hará ver el resto de su cuarta temporada. A diferencia de lo que algunos han especulado, no creo que se convierta en el líder del clan. Su gran papel en el drama es del soldado eficiente, leal y, cuando la situación lo amerita, el del fiero guerrero. Es quien siempre salva el día. Escuché –sentí- la más sincera emoción en los últimos momentos del final capítulo, y más de una persona me reveló su angustian cuando un zombi lo sorprendió por la espalda. ¿Qué le depara el destino? Sólo podemos esperar. Lo descubriremos en febrero.

martes, 5 de noviembre de 2013

En los martes consagrados al horror

Algunos rituales son importantes. De eso saben muy bien nuestros vecinos del país norte, que han convertido en una verdadera tradición el Monday nigth football, una reunión obligada frente al televisor donde los espectadores se emocionan con las contiendas entre sus equipos favoritos, devoran botanas de todo tipo y mucha (mucha) cerveza.
En el México de mi infancia eso se trasladaba a los domingos, donde observar las hazañas futboleras de mi tío consumía el día y luego las tardes entre los programas de la televisora privada y estatal de la era. Eso afirmó mi desprecio por el que muchos llaman el juego del hombre (hoy es más un espectáculo que un deporte) y afianzó mi amor por el horror.

Los últimos años he visto con satisfacción que la televisión por cable transmite al menos dos programas (The walking dead y American horror story) relacionados con el género en horario estelar. Y mejor, hace alarde de esto. Así que me pregunto, ¿no podemos institucionalizar un Tuesday night horror? Quien me conoce sabe que detesto el abuso de los anglicismos, pero en este caso es necesario para emular el sentido de la idea que desprende la iniciativa.

viernes, 25 de octubre de 2013

Fantasmas de la juventud

Hay historias que te cautivaron durante una época más sencilla de tu vida. Las atesoras en la mejor parte posible de tu memoria y corazón. Y sin embargo jamás escribes sobre ellas cuando tienes la posibilidad, al llegar a la vida adulta. Hoy pago esa deuda. Vi Los Cazafantasmas, el sexto largometraje que el checoslovaco canadiense Ivan Reitman nos entregó en 1984 a partir del guión de Dan Aykroyd y Harold Ramis, cuando tenía tiernos 11 años de edad, en el final de mi infancia y el inicio de mi adolescencia. No puedo describir la fascinación que causó en mí. Las hazañas de los parapsicólogos convertidos en exterminadores de espectros forman parte de mis mejores recuerdos. Los doctores Peter Venkman (Bill Murray), Ray Stantz (Aykroyd), Egon Spengler (Ramis), apoyados por su cuarto elemento Winston Zeddemore (Ernie Hudson), su fiel secretaria Janine Melnitz (Annie Potts), el pobrediablesco contador Louis Tully (Rick Moranis) y la atribulada concertista Dana Barrett (Sigourney Weaver) son los protagonistas de una comedia (sobrenatural) perfecta, plena de risas, acción y personajes y momentos memorables. Las imágenes del logotipo de la empresa, de la vieja estación de bomberos transformada en su base de operaciones, de su vehículo de emergencias Ecto 1, de sus equipos de protones, del glotón y malaleche fantasma verdoso Slimer (aquí lo bautizaron posteriormente como Pegajoso) acechando un lujoso hotel, del gigantesco perro infernal sobre el que arrojan un abrigo o del Dios sumerio Gozer el Gozeriano -convertido por la inocencia de Ray en el Muñeco de malvavisco Stay Puft- y el tema musical de Ray Parker, Jr., son simplemente inolvidables.
De ahí vino mi emoción cuando la extinta Imevisión (y viene un comentario digno del Abuelo Simpson, “porque hubo una época donde la televisión mexicana era buena”) anunció la exhibición de una caricatura titulada Los verdaderos Cazafantasmas. Su vínculo con la película, pese a las diferencias de aspecto de sus protagonistas pero confirmadas por su emblema y su música, fue refrescante considerando a la nefasta caricatura Los Cazafantasmas (donde salían dos tipos, un gorila con sombrero y un coche con cara) hecha por la productora Filmation, responsable del clásico He-man y los Amos del Universo, que pretendía lucrar con su buen nombre.
Hoy me entero que Los verdaderos Cazafantasmas vivió 7 temporadas y 147 episodios los cuales, al revisar los títulos de su listado, me trajeron los recuerdos más gratos. ¿Cómo olvidar a su primer gran enemigo El Espantaniños (el Boogieman, símil del Monstruo del Clóset), con su cabezota, su gran nariz y sus patas de macho cabrío? ¿Del Duende de los Sueños (el Sandman del folclore europeo), con su capucha y su saco de polvos para dormir? ¿O de la inocente viejecita Sra. Rogers, dueña de un canario y una casa terroríficos? ¿Del capítulo que retoma lo sucedido después de la película y cómo trabaron amistad con Pegajoso? ¿De la aparición del nefasto Walter Peck (interpretado en la cinta por William Atherton)? ¿Cuando conocieron al mezquino Ebenezer Scrooge de Charles Dickens? ¿Del enfrentamiento entre hombres lobos y vampiros en la aislada Lupusville? Y siempre estará mi favorito, el episodio nombrado El libro mágico (en inglés se llamaba La llamada por cobrar de Cathulhu), donde los héroes investigaban el robo del mítico Necronomicón de la Biblioteca Pública de Nueva York, viajaban a Akham, Massachusetts, pedían ayuda a la Profesora Alicia Derleth de la Universidad de Miscatonik, todo para detener el intento de una secta (su líder tiene el nombre de alguien del Círculo de Lovecfaft) para revivir a Cathulhu (así, con una “a”) y en el que viejos cómics les daban la clave para derrotarlo. Magia pura.
La película y la caricatura despertaron un auténtico furor que se extendió a la industria discográfica, los videjuegos, las historietas, una desigual secuela (en 1989) y otra caricatura, Los Cazafantasmas al extremo que tuvo una efímera existencia pese al intento por mantener viva una redituable franquicia y en la que un Egon cuarentón dirigía a una nueva generación de investigadores de lo paranormal.
Muy recientemente Akroyd y Ramis, artífices del éxito de la cinta y creadores de Los verdaderos Cazafantasmas, revelaron su tardío intento por realizar una tercera parte de la que Murray, el más exitoso miembro del ensamble, se deslinda completamente. Yo haría lo mismo. No es lo mismo los Tres Mosqueteros que 30 años después, diría mi abuela. Si el proyecto recibe luz verde será como esos desabridos reencuentros de populares grupos musicales sin su integrante más afamado y que hizo una exitosa carrera como solista. Prefiero quedarme con su gloriosa primera parte de la que no dudo algún brillante intente hacer un remake. No imagino a los comediantes del momento (seguramente egresados del longevo Saturday Night Live como Murray y Aykroyd) en una reelaboración. ¿Imaginan a Will Ferrell como Venkman, a Kevin James como Stanz, a Adam Sandler como Spengler y a Chris Rock como Winston? Horror auténtico.