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miércoles, 22 de julio de 2015

Raíces momificadas

Por más que nos asuste, repugne o ahuyente, siempre sentiremos una especial atracción por lo diferente. Lo que se aleje de lo que las convenciones sociales consideren “normal” siempre será inevitable de ver, aunque sea de reojo. Eso lo comprendieron bien los habitantes del período Victoriano de Inglaterra, momento histórico contrastante donde surgieron algunas de las más importantes contribuciones al imaginario de la cultura popular contemporánea, del Extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde de Robert Louis Stevenson (1886), El retrato de Doria Gray de Orcar Wilde (1890) al Drácula de Bram Stoker (1897), todas obras inalcanzables con interpretaciones infinitas. El exotismo y misterio de otras latitudes no dejó de cautivar la imaginación del hombre victoriano, como demuestran las narraciones de Rudyard Kipling o Henry Rider Haggard. Más si consideramos que es la época donde el Imperio llegó a la cima de su supremacía económica y extendió su poderío por todo el orbe: fue el tiempo en que Alexandrina Victoria, Reina de Gran Bretaña e Irlanda, y Emperatriz de la India, gobernó a dos terceras partes de la población mundial.
La investigación y el estudio de lugares y épocas distantes fueron enormemente populares durante el reinado de Victoria. Así lo demuestran los numerosos trabajos de campo que exploradores de todas las procedencias realizaron en Egipto, entre los que siempre destacarán los del arqueólogo Howard Carter (1874-1939), quien en noviembre de 1922 dirigió un equipo que descubrió la Tumba del Emperador Tutankhamun. Las supersticiones sobre la maldición que el hallazgo/profanación desató, se fortalecieron por los misteriosos decesos de algunos de sus colaboradores, comenzando por el de George Edward Stanhope Molyneux Herbert, quinto Conde de Carnarvon, patrocinador de la búsqueda, muerto el 5 de abril de 1923 (meses después del descubrimiento) como consecuencia de una rara picadura de mosquito. Pero esa es otra historia.
La Egiptlogía se convirtió en una disciplina académica a finales del siglo XIX, y naturalmente sedujo a los más diversos literatos del momento, como la inglesa Jane C. Loudon con la casi desconocida novela ¡La Momia! o un relato del Siglo 22 (1827), el mismo Stoker con su Joya de las Siete Estrellas (1903) y Arthur Conan Doyle, quien ganó con creces un lugar en la posteridad por crear a Sherlock Holmes.
En este punto usted podrá preguntarse, querido lector, cómo fue que el padre del adalid del pensamiento lógico moderno fue encantado por esta aparente moda. Primeramente hay que aclarar que el escritor escocés tuvo una abundante obra conformada por ensayos, novelas históricas, una obra de teatro, relatos de ciencia ficción y estupendos cuentos de horror que quedaron sepultados bajo la sombra de su fascinante hermano mayor, el Príncipe de los Detectives. De las creencias de Doyle en la recta final de su vida, del espiritismo, su enemistad con su otrora aliado Harry Houdini y su participación en el controvertido caso de las Hadas de Cottingley, hablaremos en otro momento.
En Lote No. 249, narración contenida en el compendio Historias del Crepúsculo y de lo Desconocido (Valdemar, 1994), Conan Doyle da cuenta del encuentro de tres amigos, estudiantes de la Universidad de Oxford, con lo imposible de explicar en círculos racionales:
“La propia momia, una cosa horrenda, negra y arrugada, como una cabeza chamuscada en un arbusto retorcido, estaba casi afuera de la caja, con una mano que parecía más bien una garra y un huesudo antebrazo que descansaba encima de la mesa […] Aunque horriblemente descoloridas, las facciones se conservaban perfectas, y dos ojillos parecidos a avellanas surgían acechando desde las profundidades de las cuencas negras y cavernosas. La piel, cubierta de erupciones, aparecía tirante de un hueso a otro, y una maraña de cabellos gruesos y negros le caía por encima de las orejas. Dos dientes finos, semejantes a los de una rata, sobresalían por encima del labio inferior. Tal y como estaba, en una postura encogida, con las articulaciones dobladas y la cabeza estirada, aquél engendro horroroso sugería una vitalidad tan grande que el propio Smith se sobresaltó. Las costillas chupadas, recubiertas por algo que parecía pergamino, estaban al descubierto, y el abdomen hundido y de color plomizo, mostraba la larga hendidura donde el embalsamador había dejado su marca. Sin embargo, los miembros inferiores estaban envueltos en un tosco vendaje amarillento”.

Este cuento es sin duda responsable de presentarnos a las momias tal y como las conocemos: seres terribles sedientos de venganza que trascienden los tiempos y la muerte física. La imagen influenció indisputablemente la caracterización que Jack Pierce diseñó para Boris Karloff en la inolvidable película que Karl Freund dirigió en 1932, La Momia, joya de la Época de Oro de los Estudios Universal. El guión de John L. Balderston, artífice previo de Drácula (Tod Browning, 1931) y Frankenstein (James Whale, 1931) introdujo a Imothep, sin duda la más famosa momia de la cinematografía, de presencia imborrable.

*Texto originalmente publicado en Mórbido Magazine No. 3 bajo el título "De donde vienen las momias".

martes, 25 de febrero de 2014

Réquiem por Harold Ramis

El guionista, productor, actor y director Harold Allen Raimis dejó de respirar en su casa, la mañana del pasado lunes, debido a complicaciones de la vasculitis inflamatoria autoinmune con la que luchó por cuatro años. Acababa de cumplir 69.
En muchos sentidos fue un héroe anónimo. Inició su carrera como escritor en su natal Chicago, donde descubrió una afinidad natural por la comedia, género en el que se movió cómodamente por cuatro décadas y le permitió posicionarse en el negocio del espectáculo. Su labor cimentó populares programas de televisión como el canadiense Second City Television y Saturday Night Live, verdadera tradición estadounidense, donde se relacionó con celebridades de la comedia de la época como John Belushi, Rodney Dangerfield, Chevy Chase, John Candy, Rick Mornis, Martin Short, Dan Aykroyd y, tal vez el más popular de todos, Bill Murray. Sobra decir que Ramis tuvo una discreta participación actoral en muchos de ellos, pero el campo en el que recibió mayor reconocimiento fue la escritura y la dirección, que rebasó la televisión y lo instaló sólidamente en la industria cinematográfica. 
Le debemos hilarantes cintas como Caddyshack (creo que aquí la rebautizaron como Los locos del golf, 1980), los guiones de El pelotón chiflado (Stripes, Ivan Reitman, 1981), las películas desprendidas de la revista National Lampoon (Sátira nacional), Colegio de animales (National Lampoon´s Animal House, John Landis, 1978), Vacaciones (National Lampoon´s Vacation, dirigida también por él en1983), Mis otros yo (Multiplicity, 1996), Analízame (Analyze this, 1999), Al diablo con el diablo (Bedazzled, 2000) y, la mejor de todas, Hechizo del tiempo (Groundhog day 1993), aparente comedia romántica que resume la esencia del horror y lo fantástico.
Pero sin duda será mejor recordado por su papel del cerebral parapsicólogo Egon Spengler en Los Cazafantasmas (Ivan Reitman, 1984), filme que fusiona exitosamente la comedia y el horror a partir de un libreto del mismo Ramis y su colega Dan Aykroyd. Su éxito abrumador propició una dispareja pero entrañable secuela –en 1989- y un colorido serial de dibujos animados. Todos forman parte indispensable de mi educación sentimental. De ellos disertaré en un futuro no distante. Es una deuda de honor.
La partida de Ramis deja en la orfandad parcial un proyecto muchas veces aplazado: su idea de escribir con Aykroyd una tercera aventura de Los Cazafantasmas. Su iniciativa me parecía riesgosa en muchos sentidos. El propio Bill Murray, cuya carrera se benefició de su socarrón parapsicólogo Peter Venkman, negó en repetidas ocasiones cualquier vínculo con la producción. Seguramente advertía el inclemente paso del tiempo. Ramis, por su parte, debió estar convencido de la vigencia de los clásicos y del potencial económico de la nostalgia –pregunten si sirve a Sylvester Stallone-. Porque en apariencia su comedia parecería superada por lo escatológico, el cinismo y la vulgaridad que reina en nuestros días. No sé si veremos cristalizado su anhelo. Una parte de mí, en el fondo, lo desea.

Ramis fue al encuentro del mundo que exploró su personaje más popular. Su legado pervivirá sin duda alguna. Debió partir con la satisfacción del que gozó plenamente su oficio y conoció en vida, más allá de cualquier duda, las risas y la gratitud de su público y generaciones posteriores. Descanse en paz. 

viernes, 17 de enero de 2014

Cuando los remakes nos alcancen o RoboCop para el nuevo milenio

Me invaden sentimientos encontrados que no deben interpretarse como una forma de aferrarse a lo que las personas de mi generación conocimos y admiramos en nuestra juventud. Tampoco como una negativa para aceptar lo nuevo. Creo que hay historias que rebasan épocas y personajes que ofrecen posibilidades inagotables, dignos de ser revividos una y otra vez. A lo que siempre me opondré es a la falta de respeto y creatividad, a la voracidad mercantilista, a explotar temas solamente porque demostraron su rentabilidad. Ese es el dilema que surgió en mi interior cuando el año pasado vi las primeras imágenes del diseño del nuevo RoboCop, el policía cibernético que se convirtió en figura de culto el verano de 1987 gracias a la imaginación de Edward Neumeier y Michael Miner y a la afortunada –ya mítica- película del holandés Paul Verhoeven.
De ahí que ver hace unas semanas los avances de su nueva encarnación en el actor Joel Kinnaman en la venidera cinta del brasileño José Padilha me causan atracción y muchísimas reservas. A primera vista, pese a su aspecto espectacular y la inclusión de actores de primera línea como Gary Oldman, Michael Keaton, Samuel L. Jackson y Jackie Earle Haley, parece inscribirse en la muy actual tendencia de oscurecer a los clásicos. Y me encanta la ligereza con que lo aceptan. Cuando preguntan a su creador (Keaton) sobre el color que deben usar, responde simplemente “píntenlo de negro”. El nuevo RoboCop se encuentra a medio camino entre el Batman de Christopher Nolan y un heroico Power Ranger. Amigos entrañables me han dicho que sólo bastaría pintarlo de dorado y ponerle alas para que pareciera un Caballero del Zodiaco.
Pero haciendo a un lado las bromas, lo que más extraño –además de un memorable Peter Weller y el brioso tema de Basil Poledouris-  es el diseño que en su momento nos presentó Rob Bottin: enorme, imponente, capaz de intimidar a buenos y malos, cuyos pasos hacían retumbar el suelo y sus movimientos mecánicos, acompañados del ruido de sus motores. Pero el avance de la tecnología es inevitable. El RoboCop de 2014 es esbelto, más acorde con la agilidad que requeriría el perseguir a pie a los malvados, andar en motocicleta o saltar un muro. Y hagamos una inevitable analogía: el viejo RoboCop sería un “ladrillo” Motorola SLF1024A. El nuevo, un flamante iPhone 6.
Lo que más deseo es que el espíritu crítico de su primera versión –de la buena ciencia ficción- prevalezca: la violencia que sobrepasa las capacidades gubernamentales para enfrentarla (¿les suena?), la privatización de las instituciones policíacas, la codicia empresarial, los límites de los avances científicos, el poder de los medios de comunicación, la cosificación del individuo, la pérdida de la identidad y, sobre todo, el triunfo de la condición humana.

En breve despejaremos todas las dudas. Siempre defenderé las aportaciones valiosas, sin importar su procedencia. Espero deslumbrarme en unas semanas. Sólo podemos esperar lo mejor. 

lunes, 30 de diciembre de 2013

En busca del niño infernal, parte 2

Esta es la pieza del rompecabezas que me faltaba. Lo mejor es que la encontré antes de que termine 2013. Desde su estreno en 2004, y sin haber comprobado su éxito en taquilla, Guillermo del Toro habló abiertamente de una secuela de Hellboy, el personaje de cómic credo por Mike Mignola Desafortunadamente, la desaparición de Revolution studios, su casa productora, dejó el proyecto en la orfandad, a la espera de quien le diera apoyo. Por fortuna, éste vino del mejor lugar posible: Estudios Universal “la casa de los grandes monstruos”.  El resultado fue una cinta visualmente exquisita, donde el tapatío se mueve cómodamente en un universo que conoce muy bien.
Aunque volvió a trabajar hombro con hombro con Mignola, Hellboy II, el Ejército Dorado (2008) no es la adaptación directa de una de sus historietas o una continuación lineal de la primera aventura. Es más bien un relato inscrito en los mundos de la fantasía que “El Gordo” exploró estupendamente en El Laberinto del Fauno (2006). Más que amenazas nazis o seres lovecraftianos –que esa no es la única línea argumental de las correrías del demonio-, observamos una historia original con mayor apego al folclor de las islas británicas o del centro de Europa. Desde su deslumbrante prólogo, presentado como una animación en stop motion y narrado durante su infancia –como una cuento para ir a dormir- al héroe (Montse Ribé) por su padre adoptivo Trevor Bruttenholm (John Hurt) en una base militar estadounidense la navidad de 1955, conocemos que en tiempos antiguos la humanidad convivió en armonía con los seres mágicos, cosa que fracturó la codicia del hombre. Fue así como el Rey Balor, aconsejado por su belicoso hijo el Príncipe Nuada, ordenó la construcción de un Ejército Dorado, una portentosa e imparable armada mecánica con la que puso fin al conflicto (a su favor). Atormentado al ver la masacre que había cometido, Balor y los hombres restauraron la paz, acordando que los primeros vivirían secreta y pacíficamente en los bosques y los segundos en las ciudades. El soberano también dividió la corona que controlaba a sus tropas en tres partes, ocultándolas para que no volvieran a dañar a nadie. Nuada, desilusionado, se autoexilió.
En nuestra época, en la que el hombre prácticamente llevó a los bosques a su exterminio –y por consiguiente a las criaturas mágicas-, el hijo beligerante (Luke Goss) regresa para ajustar cuentas con sus adversarios, aún contra los deseos de su disminuido padre (Roy Dotrice) y su bondadosa hermana gemela Nuala (Anna Walton). Naturalmente, el Buró para la Investigación y Defensa de lo Sobrenatural (BPRD, por sus siglas en inglés) y su agente estrella Hellboy (Ron Perlman) se convierten en la última línea de defensa de nuestro mundo. Todos sus integrantes regresan, desde la piroquinética Liz Sherman (Selma Blair), el psíquico anfibio Abe Sapien (Doug Jones, ahora con su propia voz) a su quejumbroso jefe Tom Manning (Jeffrey Tambor). Incluso se adhieren nuevos elementos, como el psíquico fantasmal Johann Kraus (los actores John Alexander y James Dodd, con la voz de Seth MacFarlane) y un extraordinario bestiario digno de la imaginación de Lewis Carroll o de cintas memorables como El cristal encantado (The Dark Cristal, Jim Henson, 1982) o Leyenda (Ridley Scott, 1985): las mortíferas hadas de los dientes, el monstruoso Mr. Wink, la bestial devoradora de gatos Fragglewump, el mercader Cabeza de Catedral, ese paseante de dos cabezas (“soy un tumor”), el duende sin piernas Bethmoora y el terrible Ángel de la Muerte, sombrío personaje que no deja de recordarme al Hombre Delgado de El Laberinto del Fauno. La secuencia del Mercado Troll, lugar oscuro y maravilloso ubicado bajo el neoyorquino Puente de Brooklyn, no pide nada a esa cantina en el Puerto Espacial de Mos Eisley, tal como nos la presentó George Lucas en 1977, o al Callejón Diagon de la serie literaria (llevada al cine) de J. K. Rowing.
Hellboy lidia además con las responsabilidades del niño que no está preparado para la vida adulta, del hombre que ha decidido vivir en pareja. “Daría mi vida por ella, pero quiere que lave los trastes”. Los conflictos con su explosiva pareja Liz no se hacen esperar. Y a decir verdad, me pongo del lado de ella. Que tu cepillo de dientes esté en una lata de alimento de gatos debe molestarte un poco. Por ello vienen grandes momentos de desamor, como la borrachera con un paquete de cervezas Tecate en la que él y Abe –también atormentado por el Amor- cantan, desde el fondo de sus ebrios corazones, Can´t smile whitout you de Barry Manilow.
Las escenas de acción son trepidantes, con un combate épico entre nuestros defensores y la impresionante Armada mecánica. Le sigue un enfrentamiento entre los antagonistas, con un desenlace heroico y romántico. Y la verdad es que Nuada no es un villano. Es la voz llevada al extremo de todos los que defendemos los mundos de la imaginación. Al final nuestro héroe demoníaco, y sus extraños aliados, eligen –como los Fenómenos de Tod Browning, ser congruentes con su esencia, mientras Liz le hace ver su paternal equivocación. Y volvemos a escuchar a Barry Manilow.


La película volvió a ser fotografiada por su leal Humberto Navarro, y Marco Beltrami cedió su lugar en la música al siempre eficaz Danny Elfman. Y por supuesto, volvemos a ver a Santiago Segura. Hellboy II duplicó su inversión. En el esquema comercial, eso la hace viable para una continuación. Su principal competidora, Batman, el Caballero de la Noche de Christopher Nolan. Del Toro, Mignola y Perlman han hablado separada e intermitentemente de la posibilidad de una tercera entrega –el tapatío la ve como una trilogía-, la cual espero se realice muy pronto –Perlman tiene 63 años-. Y creo que así piensan sus devotos, que somos casi todos. La tarde del sábado –cuando comencé a escribir estas líneas-, subí a las redes sociales una fotografía de Perlman y Del Toro en uno de los sets de la segunda parte –sin indicarlo- y más de dos se emocionaron sobremanera al pensar que se trataba de la esperada cinta. Mis temores son grandes, pues –en mi memoria y experiencia- casi nunca las terceras partes de cintas de superhéroes son afortunadas. Pero Del Toro tiene todos los elementos para demostrar que me equivoco. Así que sólo podemos esperar. Lo haré con los dedos cruzados. 

viernes, 20 de diciembre de 2013

Miren. Allá, arriba. En el cielo.

Esta es una de las cosas buenas que trajo la navidad de 1978. Son varios los ingredientes que hacen memorable al segundo largometraje de Richard Donner, una adaptación de las aventuras de Supermán: una majestuosa e imperecedera partitura del laureado John Williams, un muy competente guión de Mario Puzo que abrió las puertas a una secuela desde su estupendo prólogo y grandes actuaciones, desde el desconocido en esos días  Christopher Reeve como el protagonista, la un poco más conocida Margot Kidder como la intrépida reportera Louise Lane, leyendas como Jackie Cooper –como Perry White, editor del diario El Planeta- y Glenn Ford –como Jonathan Kent, el padre adoptivo del héroe- hasta grandes actores del momento, como Gene Hackman –el malvado villano Lex Luthor-, Terrence Stamp –a quien sólo vemos brevemente como el también malvado General Zod, enemigo de la continuación- y, sobre todos, la breve presencia de Marlon Brando como Jor-El, progenitor del último hijo del planeta Kripton. Todo en conjunto es insuperable y rinde el mejor homenaje al espíritu que los creadores del personaje, Joel Shuster y Jerry Siegel, le dieron en abril de 1938, hace 75 años.
No abundaré en este momento sobre la importancia que Supermán tuvo en el posicionamiento de una poderosa industria –una verdadera fábrica de mitos- ni estudiaré filosófica o culturalmente al personaje, simplemente reconoceré todos sus méritos. En este caso concreto -la película de Donner-, aseguró el romance de Hollywood con las historias de superhéroes. Recupera el candor de una época muy bien retratada ya en la popular serie televisiva estelarizada en los años cincuenta por George Reeves. El libreto de Puzo no prescinde de momentos que todos vinculamos al personaje, desde su gran sentido del humor, que se detenga a rescatar a un gatito de un árbol, de consejos moralizantes a sus defendidos, del convoy militar que transporta un misil nuclear y se detiene a ayudar a una voluptuosa mujer que tuvo un accidente vial - Valerie Perrine como Eve Teschmacher, asistente de Luthor- y luego lo vuelven a hacer para dar indicaciones viales a un par de granjeros –Luthor y su tonto ayudante Otis, encarnado por Ned Beatty- o del revelador momento donde el genio del mal descubre sus planes al paladín.

Es cierto que para muchos este esquema ha quedado rebasado por la narrativa contemporánea, por la reciente tendencia a humanizar y agregar tintura negra a los coloridos disfraces de los héroes. En favor de este argumento podemos recordar la muy fallida Supermán regresa (2006) de Bryan Singer. Pero de ella hablé en el pasado. Irónicamente, la debemos al Supermán de 1978. Tal fue la fascinación que causó en un talentoso cineasta. Esto demuestra su vigencia y perdurabilidad. Y aunque muchos momentos de la cinta puedan parecernos superados, debemos contextualizarla para así darle su verdadero valor. El de un clásico. 

viernes, 25 de octubre de 2013

Fantasmas de la juventud

Hay historias que te cautivaron durante una época más sencilla de tu vida. Las atesoras en la mejor parte posible de tu memoria y corazón. Y sin embargo jamás escribes sobre ellas cuando tienes la posibilidad, al llegar a la vida adulta. Hoy pago esa deuda. Vi Los Cazafantasmas, el sexto largometraje que el checoslovaco canadiense Ivan Reitman nos entregó en 1984 a partir del guión de Dan Aykroyd y Harold Ramis, cuando tenía tiernos 11 años de edad, en el final de mi infancia y el inicio de mi adolescencia. No puedo describir la fascinación que causó en mí. Las hazañas de los parapsicólogos convertidos en exterminadores de espectros forman parte de mis mejores recuerdos. Los doctores Peter Venkman (Bill Murray), Ray Stantz (Aykroyd), Egon Spengler (Ramis), apoyados por su cuarto elemento Winston Zeddemore (Ernie Hudson), su fiel secretaria Janine Melnitz (Annie Potts), el pobrediablesco contador Louis Tully (Rick Moranis) y la atribulada concertista Dana Barrett (Sigourney Weaver) son los protagonistas de una comedia (sobrenatural) perfecta, plena de risas, acción y personajes y momentos memorables. Las imágenes del logotipo de la empresa, de la vieja estación de bomberos transformada en su base de operaciones, de su vehículo de emergencias Ecto 1, de sus equipos de protones, del glotón y malaleche fantasma verdoso Slimer (aquí lo bautizaron posteriormente como Pegajoso) acechando un lujoso hotel, del gigantesco perro infernal sobre el que arrojan un abrigo o del Dios sumerio Gozer el Gozeriano -convertido por la inocencia de Ray en el Muñeco de malvavisco Stay Puft- y el tema musical de Ray Parker, Jr., son simplemente inolvidables.
De ahí vino mi emoción cuando la extinta Imevisión (y viene un comentario digno del Abuelo Simpson, “porque hubo una época donde la televisión mexicana era buena”) anunció la exhibición de una caricatura titulada Los verdaderos Cazafantasmas. Su vínculo con la película, pese a las diferencias de aspecto de sus protagonistas pero confirmadas por su emblema y su música, fue refrescante considerando a la nefasta caricatura Los Cazafantasmas (donde salían dos tipos, un gorila con sombrero y un coche con cara) hecha por la productora Filmation, responsable del clásico He-man y los Amos del Universo, que pretendía lucrar con su buen nombre.
Hoy me entero que Los verdaderos Cazafantasmas vivió 7 temporadas y 147 episodios los cuales, al revisar los títulos de su listado, me trajeron los recuerdos más gratos. ¿Cómo olvidar a su primer gran enemigo El Espantaniños (el Boogieman, símil del Monstruo del Clóset), con su cabezota, su gran nariz y sus patas de macho cabrío? ¿Del Duende de los Sueños (el Sandman del folclore europeo), con su capucha y su saco de polvos para dormir? ¿O de la inocente viejecita Sra. Rogers, dueña de un canario y una casa terroríficos? ¿Del capítulo que retoma lo sucedido después de la película y cómo trabaron amistad con Pegajoso? ¿De la aparición del nefasto Walter Peck (interpretado en la cinta por William Atherton)? ¿Cuando conocieron al mezquino Ebenezer Scrooge de Charles Dickens? ¿Del enfrentamiento entre hombres lobos y vampiros en la aislada Lupusville? Y siempre estará mi favorito, el episodio nombrado El libro mágico (en inglés se llamaba La llamada por cobrar de Cathulhu), donde los héroes investigaban el robo del mítico Necronomicón de la Biblioteca Pública de Nueva York, viajaban a Akham, Massachusetts, pedían ayuda a la Profesora Alicia Derleth de la Universidad de Miscatonik, todo para detener el intento de una secta (su líder tiene el nombre de alguien del Círculo de Lovecfaft) para revivir a Cathulhu (así, con una “a”) y en el que viejos cómics les daban la clave para derrotarlo. Magia pura.
La película y la caricatura despertaron un auténtico furor que se extendió a la industria discográfica, los videjuegos, las historietas, una desigual secuela (en 1989) y otra caricatura, Los Cazafantasmas al extremo que tuvo una efímera existencia pese al intento por mantener viva una redituable franquicia y en la que un Egon cuarentón dirigía a una nueva generación de investigadores de lo paranormal.
Muy recientemente Akroyd y Ramis, artífices del éxito de la cinta y creadores de Los verdaderos Cazafantasmas, revelaron su tardío intento por realizar una tercera parte de la que Murray, el más exitoso miembro del ensamble, se deslinda completamente. Yo haría lo mismo. No es lo mismo los Tres Mosqueteros que 30 años después, diría mi abuela. Si el proyecto recibe luz verde será como esos desabridos reencuentros de populares grupos musicales sin su integrante más afamado y que hizo una exitosa carrera como solista. Prefiero quedarme con su gloriosa primera parte de la que no dudo algún brillante intente hacer un remake. No imagino a los comediantes del momento (seguramente egresados del longevo Saturday Night Live como Murray y Aykroyd) en una reelaboración. ¿Imaginan a Will Ferrell como Venkman, a Kevin James como Stanz, a Adam Sandler como Spengler y a Chris Rock como Winston? Horror auténtico. 

martes, 22 de octubre de 2013

¿Por qué me asusta una secuela de Beetlejuice?

Ayer leí, no sin sentirme preocupado, que la revista estadounidense Rolling Stone nos prevenía de la intención de Tim Burton de hacer una secuela de su segundo largometraje Beetlejuice (1988), película que significó la consolidación de su naciente y prometedora carrera. La posibilidad no deja de provocarme inquietud. Siempre he considerado al señor Burton un cineasta talentoso y lo admiro sobremanera, pero jamás olvidaré su versión de Alicia en el país de las maravillas (2010), cinta que me decepcionó en más de una manera. Pero logró redimirse ante mí el año pasado con sus Sombras tenebrosas y la versión en largometraje de Frankenweenie, de las que ya he dado cuenta en este espacio.
La idea de una continuación de las aventuras del “bio exorcista” me parece tremendamente arriesgada. La historia es un paquete perfectamente cerrado, producto efectivo que pertenece a una época que el director ha superado. Ni que el guión pueda ser autoría del novelista Seth Grahame-Smith, colaborador asiduo suyo en tiempo reciente, me tranquiliza. Menos que se haya pensado en Michel Keaton para repetir uno de sus papeles más populares. La idea me parece muy arriesgada. A estas alturas, a sus 61 años de edad, ver a Keaton cubierto de maquillaje y dando saltos me parecería inadecuado, incluso penoso. El tiempo es inclemente. Hay roles que un actor ya no puede interpretar con la misma convincencia, máxime porque se supone que es un fantasma y ellos –hasta donde sé- no envejecen. ¿Cuáles son las posibilidades entonces? ¿Una precuela que nos muestre la juventud del futuro espectro? ¿Sus primeras hazañas sobrenaturales? Porque ver de nuevo a Alec Baldwin, Geena Davis, Jeffrey Jones, Catherine O´Hara y Winona Ryder no se me antoja en lo más mínimo. Prefiero recordarlos a todos en su esplendor, en una aventura delirante e irrepetible. Hay muertos que deben descansar. Ojalá alguien sensato advierta esto a Burton antes que cometa una gran equivocación. O quién sabe. Tal vez tenga un as bajo la manga y nos deslumbre. 

miércoles, 9 de octubre de 2013

Cuando el fin del mundo nos alcance

Debo dos de las comedias que más disfrutado en los últimos 10 años, Shaun of the dead (aquí fue rebautizada como El desesperar de los muertos, 2004) y Hot fuzz, superpolicías (2007) al ingeniosísimo binomio escritural conformado por los británicos Edgar Wright y Simon Pegg, director y protagonista de ambas, respectivamente. Vale la pena aclarar que sus cintas no son parodias, pues no se mofan gratuitamente del tema o sus películas más representativas. Su acierto es que usan las reglas de la comedia más respetuosa y géneros populares como el horror y el policial para hacer una crítica social y hablar de temas como la alienación, la pérdida de la humanidad, el conformismo y la voracidad sociedad de consumo. Imagino que ese fue el motivo por el que decidieron nombrar su saga La trilogía Cornetto –en clara alusión al popular cono de helado hecho con grasa vegetal-. Para cerrar el tríptico con broche de oro, pusieron sus ojos en la ciencia ficción.
El resultado, Una noche en el Fin del Mundo (The World´s End, 2013) es una película entretenida de principio a fin. El cuarentón Gary King (Pegg) es un eterno adolescente, un hombre alcohólico, desobligado y atrapado en los noventa que usa una playera de Sisters of mercy y unas desgastadas botas Dr. Martens. Como en una historia de Stephen King, reúne –con engaños- a sus otrora compañeros de escuela, el agente inmobiliario Oliver Chamberlain (Martin Freeman), el vendedor de autos de lujo Peter Page (Eddie Marsan) el contratista Steven Prince (Paddy Considine) y el abogado corporativo Andy Knightley (Nick Frost) para regresar a su natal pueblo Newton Haven y completar un gran pendiente de sus días juveniles: una gran parranda por la Milla Dorada, un recorrido etílico por las doce tabernas locales (El Primer Puesto, El Viejo Conocido, El Gallo Famoso, Las Manos Cruzadas, El Buen Compañero, El Siervo Fiel, El Perro de Dos Cabezas, La Sirena, La Colmena, La Cabeza del Rey, El Agujero en la Pared y, la que título a la película, El Fin del Mundo). Todo luce igual pero se sienten inmediatamente como extraños. En la cuarta estación descubren que se encuentran en medio de una intriga similar a la que Jack Finney nos presentó en su novela La invasión de los secuestradores de cuerpos (1955), cuatro veces llevada a la pantalla grande. Juntos y unidos, los amigos tratan de detener una amenaza que pone en peligro al mundo como lo conocen.
La dirección de Wright es precisa. Se da el permiso de utilizar un elenco recurrente (Pegg, Frost, Freeman y los veteranos David Bradley y Billy Nighy, además de visitar situaciones que dan unidad a su saga (“¿Qué pasa? ¿Nunca has tomado un atajo?”, el encierro en una cantina, ese letrero de “prohibido pisar el pasto”, muchas pintas de cerveza y, por supuesto, la popular golosina que le da nombre a la serie). La estupenda partitura de Steven Price es aderezada clásicos de nuestra juventud como I'm Free de The Soup Dragons y Get a Life de Soul II Soul, canciones más que apropiadas para la trama.

En el final de este viaje nostálgico se encuentran el triunfo de la amistad y la naturaleza humana, los otros dos grandes temas de Wrigth y Pegg. El regreso a lo básico, los que da sentido a la existencia. Todo nos ayuda, como a Gary, a descubrir nuestro verdadero papel en la vida, incluso en el borde del fin del mundo. Maravilla total.

viernes, 4 de octubre de 2013

En busca del niño infernal

Dice la anécdota que la primera vez que Guillermo del Toro vio a Ron Perlman caracterizado como Hellboy, conmovido, escaparon de sus ojos lágrimas de emoción. No es difícil comprender su sentimiento luego de ver hecho carne al héroe que adoró en la página impresa desde su juventud y que su creador Mike Mignola trabajaba con él hombro con hombro para llevarlo al cine. Casi puedo imaginar el nudo en su garganta, la ilusión del niño que sigue siendo. Su sueño largamente acariciado por fin se hacía posible, justo antes de cumplir 40 años de edad. Siempre he pensado que todo lo que hizo estuvo encaminado a esa cinta, crisol de sus obsesiones y madurez de su talento narrativo. Hellboy (2004) es el tipo de historia que adora y le encanta compartir con las personas como él.
Hellboy surgió en el año 1993 en un especial publicado por la Comic-Con de San Diego –esa fiesta para nosotros los extraños- y a partir de entonces ha gozado de una fructífera aunque discreta vida: crossovers entre compañías –conoció a Batman-, historietas unitarias compiladas como novelas gráficas –el volumen 1 de sus aventuras reunidas, Semilla de Destrucción, tiene un prólogo de Robert Bloch- , versiones animadas y dos largometrajes, ambos dirigidos por uno de sus admiradores más brillantes.
La historia que del Toro y Peter Briggs nos presentaron reúne elementos de todas sus correrías, magnificados muchos, incluso momentos tomados directamente de ellas: en 1944, en un intento por ganar la 2da. Guerra Mundial, científicos Nazis abren un portal entre dimensiones para convocar a los malvados Ogdru Jahad –seres completamente lovecraftianos- y poner la balanza de su lado. La operación es conducida por –el que se creía muerto- Grigori Efimovich Rasputin (Karel Roden), ayudado por su amante-asistente Ilsa Haupstein (Bridget Hodson) y el casi autómata Karl Ruprecht Kroenen (Ladislav Beran), letal arte marcialista, miembro de la oscurísima Sociedad Thule y asesino consentido del Führer. Antes de completar el rito, son interrumpidos por un comando de valientes soldados estadounidenses, asesorados por el Profesor Trevor Bruttenholm (un maravilloso John Hurt). Al más puro estilo de Rescatando al Soldado Ryan, sostienen un cruento enfrentamiento y dan por muerto a Rasputin, quien desaparece en el portal ante la mirada atónita de todos. Pero algo logró atravesar el umbral: Anung un Rama, el hijo del Diablo. Triunfantes, el grupo se toma la foto del recuerdo tal y como nos la presentó Mignola. El académico decide criar al niño demoníaco como suyo. “Ahí estábamos. Un padre no preparado para un hijo inesperado”. Y al final le puso el nombre que todos conocemos.
60 años después, en nuestra época, Hellboy es parte del ultra secreto Buró para la Investigación y Defensa de lo Paranormal, organización –creada en la cinta por el presidente Franklin Delano Roosevelt- asesorada por un moribundo Profesor Bruttenholm. Se une a ellos el joven John Thaddeus Myers (Rupert Evans), agente del FBI transferido a expresa petición del anciano. Su labor ser custodio de su hijo adoptivo, gigantón grosero con un apetito insaciable, amor por los gatos, sediento de fama y serios problemas con las figuras de autoridad, como bien sabe su posterior jefe Tom Manning (Jeffrey Tambor). Es parte del equipo el anfibio humanoide Abe Sapien (Doug Jones con voz de David Hyde Pierce) y posteriormente se les une la piroquinética Elizabeth Sherman (Selma Blair), amor secreto de nuestro héroe. Pero el peligro regresa. Rasputin y sus aliados pretenden retomar su empresa y someter a la humanidad a una nueva era de tinieblas. Y como dijo el sabio, “ante la ausencia de luz, la oscuridad prevalece”.
El quinto largometraje de del Toro es un agasajo de principio a fin, nuevamente musicalizado por Marco Beltrami, fotografiado por su leal Guillermo Navarro y con una fastuosa puesta en escena de Stephen Scott, quien logra que la cinta luzca más grande de los 60 millones de dólares que costó. Los momentos destacables son muchos, desde su fascinante prólogo, la resurrección del villano, el enfrentamiento con Sammael en el metro neoyrkino –que por cierto conduce Santiago Segura-, la visita guiada en el cementerio ruso, la guarida de Kroenen llena de mecanismos de relojería y el desenlace surgido de las pesadillas de Howard Phillips Lovecraft. Todo lo que fascina al director vuelve a reunirse: su cuadro actoral –del Toro defendió a capa y espada la participación de Perlman en el protagónico, pues el estudio quería dar el papel al bulto llamado Vin Diessel-, las alcantarillas, los insectos, los engranes, el conflicto con la figura paterna, las disertaciones sobre lo efímero del tiempo y, sobre todo, la interrogante planteada en el mismo inicio de la película. “Lo que define a un hombre son sus acciones”. El libreto también es increíblemente personal. Al igual que Hellboy, del Toro es un ser marginal que lucha por ser aceptado en una industria que cuando es necesario lo aplaude y abraza. Al final elige la fidelidad a su esencia. En algún lugar leí que el argumento que usó para pedir matrimonio a su amada Lorenza es el mismo con el que el héroe se desnudó ante su musa: “Hay dos cosas seguras: siempre seré así de guapo y que nunca dejaré de amarte”.

A pesar de todo, Hellboy tuvo una magra ganancia en taquilla. Eso era suficiente para sepultar la posibilidad de una continuación o truncar una carrera, pero eso afortunadamente no fue así. Lo mejor estaba por venir. 

martes, 3 de septiembre de 2013

Cuéntame una de fantasmas

Para 2001, con dos largometrajes en su haber y 37 años de edad, el cineasta mexicano Guillermo del Toro ya había definido 10 elementos esenciales en su obra:

1. Su fascinación y respeto por lo fantástico y los monstruos, seres incomprendidos como el aficionado a estos temas. El propio del Toro es un ser marginal, aplaudido en varios círculos pero menospreciado en muchos más.
2. Su conocimiento y cercanía con esto emanaba de su gran afición por la literatura, el cine, la televisión y los cómics, tal como el lector de este blog.
3. Su fascinación por los insectos, seres milenarios con incontables connotaciones.
4. Su fascinación por los engranes y la maquinaria de relojería, alegorías del avance inexorable del tiempo.
5. Los símbolos religiosos, sean ángeles envueltos en plástico, crucifijos o iglesias, muy presentes durante su primera educación. El director recuerda, divertido, los dos “exorcismos” que le practicó su abuela en su juventud.
6. Su visión internacional, como revela sus repartos multinacionales, un Centro Histórico plagado de señalización en chino o un sacerdote de la misma nacionalidad perseguido por sus cucarachas gigantes.
7. Personajes de la tercera edad, como el anticuario Jesús Gris o el millonario Dieter de la Guardia.
8. Personajes infantiles, grandes detentores de la inocencia y lo maravilloso que a menudo se exponen a horrores indecibles.
9. Situaciones familiares, como su gusto por los tríos y los boleros o las explosiones en la red subterránea de su natal Guadalajara de 1992.
10. Como consecuencia de lo anterior, las alcantarillas y los lugares oscuros, cosa que ya era visible desde uno de los episodios que dirigió en la antología televisiva Hora marcada, que involucraba a una niña y un ogro que habitaba en las cloacas citadinas. Se titulaba, obviamente, De ogros.

Lo anterior demuestra que toda obra de arte posee un carácter autobiográfico.
Su siguiente proyecto, una historia desarrollada durante la Revolución Mexicana –mi cofrade Antonio Camarillo leyó por ahí que ocurría en la Guerra Cristera- que, a pesar que lo presentaba un cineasta solvente y galardonado, no recibió apoyo ni financiamiento institucional. Y debido a su amarga y asfixiante experiencia en Hollywood, éste era un lugar al que no quería recurrir. El infame y eterno problema de la solvencia material. Así que del Toro decidió buscar lugares más amables. España era   un país que para esos momentos había demostrado una gran sensibilidad y respeto por sus temas –tanto en las letras como en el cine-, así que decidió emigrar en busca de mejor fortuna. Ahí obtuvo lo que tanto deseaba y merecía: Pedro Almodóvar, hombre de reputación en la que no necesito abundar, confió en él y acunó su talento.
El resultado, El espinazo del Diablo (2001), una co producción México-España, es su película más personal y sin duda mi favorita. Escrita por del Toro, Antonio Trashorras y David Muñoz, es un gran cuento en la mejor tradición que nos enseñaron autores victorianos como Montague Rhode James o Joseph Sheridan Le Fanu. Y la voz en off de Federico Luppi nos lo advierte desde el primer momento:
¿Qué es un fantasma? Un evento terrible condenado a repetirse una y otra vez. Un instante de dolor quizás. Algo muerto que parece por momentos vivo aún. Un sentimiento suspendido en el tiempo, como una fotografía borrosa, como un insecto atrapado en ámbar.
España, 1939. En el final de la Guerra Civil Española, Carlos (Fernando Tielve), un niño de 12 años, es abandonado por sus padres en un orfanato distante –en medio de la nada- dirigido por la conservadora y mutilada Carmen (Marisa Paredes) y el bondadoso Profesor Casares (Luppi), quien secretamente está enamorado de ella y estudia fetos con la columna vertebral bífida –el espinazo del diablo del título-. Carlos entabla amistad con los demás huérfanos –no diferentes de los Niños perdidos de James Matthew Barrie- , como el rapaz Jaime (Íñigo Garcés), el líder de la manada. En el centro del patio principal del lugar, como una amenaza latente y un recordatorio terrible, yace una bomba inactiva y herrumbrosa arrojada por el ejército de Francisco Franco. Jacinto (Eduardo Noriega), el mozo del albergue, y Conchita (Irene Visedo), profesora de los menores –y su amante-, son el resto de los adultos que gobiernan ese pequeño y precario universo. Al poco tiempo, Carlos comienza a percibir cosas extrañas. Susurros y apariciones lo llevan a conocer la historia de Santi (Junio Valverde), un habitante del orfanato desaparecido misteriosamente la noche que cayó la bomba.
Siguen momentos hermosos, trágicos y verdaderamente escalofriantes, todos captados por la cámara de nuestro paisano Guillermo Navarro, plena de tonos sepia, en la que fue su segunda colaboración. Uno de sus aciertos es el aspecto de Santi, acuoso y brumoso, que tiene mucho que ver con su lugar de reposo. La trama nos recuerda que el fantasma no es la verdadera amenaza. Uno de los vivos es más temible que los muertos. Y esto saca lo peor de los niños, que hacia su desenlace no son diferentes de los protagonistas de El señor de las moscas de William Goding.
Su mínima ganancia económica es sólo proporcional al enorme prestigio que le valió a del Toro, alabado por el público y la crítica. Comparada a menudo con otra gran película estrenada ese año (Los Otros de Alejandro Amenábar), significó incontables nominaciones y premios internacionales para nuestro héroe –porque “El Gordo” es uno de mis héroes-. Esta película sin duda lo colocó en una posición en la que finalmente podría establecer sus términos. Y eso, para su fortuna y la nuestra, ocurrió muy pronto. 

martes, 27 de agosto de 2013

La rebelión de los insectos

El siguiente trabajo de Guillermo del Toro, como él mismo declara continuamente, fue una de sus peores experiencias pese a que significó su gran salto a la industria hollywoodense. Su migración al vecino país fue ocasionada no sólo para ampliar sus horizontes, sino por terribles y vergonzosos acontecimientos de la vida real, tan comunes en nuestro querido México. El horror de lo cotidiano. Algo es cierto: era un pez grande y creciente cuyo lago era insuficiente para contenerlo. Lo que se supondría una evolución natural y merecida le abrió los ojos ante un gran negocio que muchas veces asfixia y devora a un artista sensible. Y aunque el director declara abiertamente que es la menor de sus obras, es una experiencia gozosa que consolida sus obsesiones.

Mimic (1997), cinta que coescribió con Matthew Robbins a partir de un cuento de Donald A. Wollheim, es un relato de horror, una B-movie sin pretensiones académicas o científicas. Tras una secuencia de créditos conceptual, que inmediatamente evoca a la de Seven (David Fincher, 1995), aderezada con una sombría partitura de Marco Beltrami –en la que fue su primera colaboración-, vemos una serie de imágenes de la nevada ciudad de Nueva York. Es la época actual. Una plaga conocida como “la Enfermedad de Strickler”, transmitida por la cucaracha común, mata sin misericordia a miles de niños. Incapaz de enfrentar la conflagración, el subdirector del Centro de Control de Enfermedades, Peter Mann (Jeremy Northam), une fuerzas con la entomóloga Susan Tyler (la laureada Mira Sorvino) para crear una nueva raza de insectos, híbrido entre la termita y la mantis religiosa, que habría de acabar con la amenaza y morir seis meses después. Les llaman la Especie de Judas. Los científicos lo logran y, de paso, se casan. Pero la felicidad no podía ser indefinida. Tres años después, un sacerdote chino huye de algo y llega a la azotea de un edificio, de donde cae estrepitosamente. Naturalmente, muere. Su perseguidor introduce luego el cadáver, a la mala, a las alcantarillas. Mientras tanto, la Dra. Tyler sigue ejerciendo su profesión. Es visitada por un par de niños, traficantes de insectos extraños, que le ofrecen especímenes que encuentran para sus estudios, entre ellos uno muy particular. Para su sorpresa, es uno de sus “hijos” que creía muertos. Alarmada, con su esposo, acude al subterráneo donde una amenaza aún mayor se gesta y está lista para lanzarse a la conquista de la superficie. Un equipo heterogéneo conformado por la dupla de sabios, el epidemiólogo (un muy joven Josh Brolin), un policía negro (Charles S. Dutton), un maduro bolero (Giancarlo Gannini) y un niño autista (Alexander Goodwin) son la última línea de defensa del hombre contra un mal creado por el hombre mismo.Del Toro añade uno de sus ambientes favoritos a su universo fílmico (los drenajes) y encuentra la oportunidad para visitar los temas que estableció dos años atrás en su debut y disertar sobre la ética y los límites de la ciencia, como lo hace el sabio profesor Gates (F. Murray Abraham). Sus protagonistas no son diferentes de Víctor Frankenstein. Aspiran a ser padres cuando ya lo fueron, sin medir las consecuencias de sus acciones. Dicen que el camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones. Sus pequeños, representados en la terrible figura de Long John, son el punto más memorable de la cinta. Creadas por el experimentado Rob Bottin y TyRuben Ellingson, sus monstruosas cucarachas gigantes son tal vez su aspecto más logrado y recordado, con su mecanismo para mimetizarse con nosotros. Y la forma en que nuestros héroes se mimetizan a su vez –embadurnarse con las tripas del enemigo-, sin duda repercutió en uno de los mejores momentos de la teleserie The walking dead. Los bichos súper desarrollados se dan incluso el lujo de matar a los dos infantes, cosa impensable desde a corrección cinematográfica. Su desenlace, inspirado sin duda en lo ocurrido en 1992 en el drenaje de la nativa Guadalajara del “Gordo”, es –valga la expresión- explosivo.
La influencia de la cinta es sonora en el resto de su obra, sobre todo en la trilogía novelística Nocturna, de la que ya he hablado en este espacio. Hace un par de años, ya instalado como uno de los artesanos del horror más prestigiados de la industria y quizá como una deuda de honor, del Toro elaboró una versión especial de la cinta, un director´s cut –que espero conseguir en unos días-, que añade seis minutos más de metraje y una edición que disminuyó su malestar sobre su “patito feo”. Muchos cineastas quisieran tener este tipo de descalabros.
Casi olvidaba mencionar sus infames secuelas, de las que del Toro -como Poncio Pilatos- se lavó las manos. Motivadas seguramente para lucrar con la idea del tapatío, las cintas fueron lanzadas directamente al video, con las peores respuestas posibles. Mimic 2 (Jean de Segonzac, 2001) y Mimic 3: Centinela (J. T. Petty, 2003) son penosas. A la última ni siquiera logra dar dignidad la presencia de Lance Henriksen como centro de atención de un voyeurista melindroso a los gérmenes. Ahora sé por qué las omití. En cambio, la cinta de Guillermo del Toro sólo produce mis mejores recuerdos.