
Por lo demás, la cinta funciona muy bien. La acción inicia inmediatamente (a diferencia de su predecesora), su escenario es verosímil y posee actuaciones competentes, comenzando por su malvado protagonista Jerry (Collin Farrel), una presencia que proyecta la energía sexual y malevolencia inherentes al personaje. Cuando el valiente Charlie Brewster (Anton Yelchin) intenta rescatar a su desafortunada vecina Doris (Emily Montague) de la casa del vampiro, se ocultan a escasos metros de él. En ese punto me dije “si no se ha dado cuenta de su presencia, me va a decepcionar”. Escapan afortunadamente, indemnes en apariencia. Pero al poner un pie en el exterior, la chica estalla y se convierte en un montón de cenizas (se ha transformado en vampiro) mientras en el interior Jerry, sonriente, se regodea en lo inútil del esfuerzo del chico. Esa es la esencia del vampiro. Es como un gato que se divierte con el temor del ratón. Se encuentra a la cabeza de la cadena alimenticia. Ya lo aclaraba en una conferencia magistral el vampiro Weyland (en la novela de 1980 El tapiz del vampiro, de Suzie McKee Charnas), “en la naturaleza, los depredadores no se permiten el lujo de esas tristezas y melancolías románticas que los seres humanos les atribuyen”.
Pero regresemos a la cinta que nos ocupa. Al terminar de verla me sentí satisfecho pero con una sensación semejante a cuando terminas de armar un gran rompecabezas y te das cuenta que te falta una pieza para completarlo. Cuando terminas de lamentarte, te enfocas en el siguiente. Así, confío que será la primera de una serie de cintas que nos devolverán al monstruo que tanto admiramos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario