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martes, 16 de abril de 2013

La ropa no hace al villano


Uno de los principales retos, al momento de trasladar al celuloide las aventuras de un personaje del cómic, es el que concierne a su aspecto. Las quejas más frecuentes de los aficionados “de hueso colorado” de estos mundos es que suelen omitirse, a veces completamente, aspectos que caracterizan a un héroe  o un villano. En Hombres X (Bryan Singer, 2000), cuando Wolverine (Hugh Jackman) se queja de su uniforme de batalla (un traje de piel negra), Cíclope (James Marsden) le pregunta tajantemente “¿Qué prefieres, spandex amarillo?”. Las cosas que funcionan bien en la página impresa, no necesariamente lo hacen al adaptarse a otros medios. Ahí se encuentra el éxito: lograr la fusión satisfactoria de ambos mundos. Sobre todo si se trata de un planteamiento realista. Christopher Nolan, en la segunda entrega de su trilogía sobre Batman (Batman, el Caballero de la Noche, 2008), a la hora de recrear al Guasón (Heath Ledger), se aparta de la historieta, con el villano que cae a un depósito de químicos que quita la pigmentación de su rostro y cabello, y le provoca una sonrisa permanente. En su lugar, rodea su boca de dos cicatrices, cubre su rostro de maquillaje y le tiñe el cabello, lo que le da un aspecto atemorizante, como el de un payaso salido del infierno. Conserva su vestimenta morada y verde, con la elegancia extravagante que le distingue. Algo similar hizo Sam Raimi con la apariencia de Otto Octavius (Alfred Molina), mejor conocido como el Dr. Pulpo en El Hombre Araña 2 (2004). En lugar de vestirlo con un disfraz verde y anteojos que parece pertenecieron a Elton John, se limita a una elemental gabardina verde olivo y gafas oscuras comunes y corrientes. Incluso podría perdonársele que se alejara tanto de la imagen tradicional del Duende Verde (Willem Dafoe) en El Hombre Araña (2002), con un resultado que parece un híbrido del malvado y C3-PO, o uno de los Power Rangers. Esto podría explicarse por su cercanía con la tecnología, como CEO de la enorme corporación Osborn. En una de tantas alucinantes historias que a lo largo de los años nos han ofrecido la familia Simpson, en una que recrea el origen de mi héroe favorito (creo que a estas alturas no necesito decir cuál es), un agonizante Homero le dice a Bart: “Véngame, hijo. De manera extravagante y poco práctica”.
Esta mañana me encontré con una de las primeras fotografías en locación del galardonado actor Jamie Foxx, que en la venidera secuela de El sorprendente Hombre Araña (Marc Webb, 2012) encarnará al criminal Maxwell Dillon, alias Electro. De entrada la barrera racial se suponía poderosa, pues el actor afroamericano se pondrá los zapatos un personaje de raza blanca. La imagen lo muestra cubierto de un maquillaje azulado, que no deja de recordarme al Dr. Manhattan (Billy Crudup) de Watchmen (Zack Snyder, 2009), a Maxie Zeus en la novela gráfica Arham Asylum (1989) de Grant Morrison y Dave McKean o a las recientes –y de corta vida- aventuras animadas del arácnido que televisaba la cadena MTV. Creo que ese es el camino lógico: mostrarlo como un ser de energía eléctrica, no ataviarlo con un extraño disfraz verde con amarillo, con una gigantesca estrella cubriéndole el rostro. El mismo Foxx se negó a esta posibilidad.  Evidentemente los efectos por computadora complementarán su actuación. Comprobaremos el resultado, como anunciaron los Estudios Marvel, el 2 de mayo de 2014.  

viernes, 28 de diciembre de 2012

Una araña renovada (o grandes pendientes del 2012, parte 1)


En septiembre de 2011 hablé del reinicio –o reboot- de una franquicia cinematográfica con pretexto de El Planeta de los Simios: (R)evolución (Rise of the planet of the Apes, Rupert Wyatt, 2011). Discutí las dos causas que identifico para que esto ocurra, y el caso que hoy nos compete se encuentra en la segunda. Fue propiciado por el estrepitoso fracaso –de crítica y taquilla- que significó El Hombre Araña 3 (Sam Raimi, 2007), una cinta lamentable, terrible si comparamos la fortuna de sus antecesoras, de la que ya he hablado anteriormente.
Los inicios de El sorprendente Hombre Araña (Marc Webb, 2012) se encuentran en la idea trunca de Raimi por continuar la saga protagonizada por Tobey Maguire. De hecho su trama básica hubiera sido la cuarta entrega de la misma. Incluso se les da crédito a los guionistas Alvin Sargent y Steve Kloves, aunque el principal responsable es James Vanderbilt. Él se aparta del héroe tradicional como lo imaginaron Stan Lee y Steve Ditko y no sólo lo traen a este milenio de una forma con la que pueden identificarse los adolescentes de nuestros días (como ocurre en la serie de cómics Ultimate Spiderman), sino para empatar sus aventuras con el reciente universo fílmico de Marvel. Su Peter Parker (Andrew Garfield) es el nuevo nerd de este tiempo, muy alejado del apocado y tímido encarnado por Maguire: sigue siendo invisible a los ojos de sus condiscípulos y es víctima del bullying de Flash Thompson (Chris Zylka) cuando trata de defender a otra de sus presas, pero está instalado en una cómoda clase media donde usa lentes de contacto y tiene conexión a Internet en su habitación. De ahí provenían mis reservas. El Peter Parker con el que crecí conocía de cerca las carencias de la realidad. Afirma Vicente Quirarte, “Peter Parker tiene dos ventajas: el sentido del humor y la pobreza. Lo que podría hacer en su personalidad de araña –robar una casa, entrar en un banco- contradice la ética de su parte luminosa. Al igual que Babette, Parker puede afirmar, con mayor justicia que nadie: no hay héroe pobre”. Pero las sorpresas más gratas provienen de no tener ninguna expectativa, porque a pesar de tratarse de una nueva visita a una historia narrada recientemente, de sus errores e incontables lugares comunes, lo que vi ayer me gustó.
La película se remite a la infancia de Parker, con sus padres Richard (Campbell Scott) y Mary (Embeth Davidtz). Ambos lo dejan al cuidado de sus tíos Ben (Martin Sheen) y May (Sally Field) cuando tienen que huir abruptamente –él es un prestigiado científico- y posteriormente mueren en un accidente de aviación, en circunstancias misteriosas. Peter crece como un muchacho común. Se siente atraído por su bella compañera Gwen Stacy (Emma Stone), quien no sólo es hija de un capitán de la Policía neoyorkina (Denis Leary) sino pasante del genetista y herpetólogo mutilado Dr. Curt Connors (Rhys Ifans), posterior enemigo del paladín en ciernes. Siguen momentos por todos conocidos: la picadura de una araña radioactiva, el descubrimiento paulatino de sus poderes, el sabio consejo (“todo gran poder implica una gran responsabilidad”, pero dicho de una manera distinta), la muerte de la figura paterna, el desdoblamiento de la personalidad, el ascenso y reconocimiento del héroe. En el fondo de todo se encuentra la siniestra corporación dirigida por Norman Osborn, que está casi a la altura de Disney –dueños actuales del arácnido- o Walmart. Todo es aderezado con flamantes efectos digitales, que abrevan en muchos momentos de la cultura de los videojuegos (el araña trepando muros o columpiándose por Nueva York) y una inspirada partitura de James Horner.
La transformación de Connors en el malvado Hombre Lagarto sin duda nos remite a la del ilustre Henry Jekyll y su loable intento con consecuencias inesperadas. Entre las reacciones que sus colegas científicos –que abundan en el universo arácnido- pueden anticipar al ingerir una droga experimental, debería encontrarse “maldad extrema”. Y el combate con el monstruo ofrece momentos divertidos, desde la aparición obligada de Stan Lee a la recuperación de diálogos que nos recuerdan la acción entrecortada de las viñetas del cómic. Pero lo mejor es que Peter debe cumplir con sus tareas caseras, tal como lo hacía durante mi infancia. Después de salvar a la ciudad y restaurar la armonía, adolorido y lleno de raspones, abre su mochila y entrega a la tía May el cartón con huevos que le encargó.
Todos sus personajes están conectados de alguna manera. Son parte “de un universo más grande”, que incluye la ya institucional escena después de los créditos. Un universo que sin dudas tiene un potencial económico de dimensiones todavía no explotadas. Se han confirmado, por lo pronto, dos secuelas. El villano de la siguiente será el galardonado Jamie Foxx, que encarnará a Maxwell Dillon, alias Electro.  Así que hay araña para rato.


jueves, 24 de mayo de 2012

De dioses y monstruos



Un aspecto que deliberadamente dejé de lado cuando escribí sobre la exitosísima cinta Los Vengadores (TheAvengers, JossWhedon, 2012) es sin duda uno de los que más aplaudo: el antagonista. En más de una ocasión he manifestado mi afición por los villanos (los de la ficción). Son los que ponen “sabor al caldo”, los personajes más atractivos no sólo porque ofrecen el conflicto indispensable en toda obra, sino porque resaltan las virtudes del héroe y se mueven fuera de sus normas. “Somos iguales, pero tú eres más aburrido”, le dijo JimMoriarty (Andrew Scott) a Sherlock Holmes (BenedictCumberblacht) en la traslación del detective al nuevo milenio. Pero regresemos aLoki, el Dios del Caos. Esta es la primera ocasión que es llevado a la pantalla grande. La encarnación de Tom Hiddlestone es estupenda, a la altura de los grandes villanos del cómic y de tiempos recientes en el cine. Observemos su diálogo con la Viuda Negra (Scarlett Johansson), por ejemplo, que –guardando las distancias- no deja de recordarme al de HannibalLecter (Anthony Hopkins) y ClariceStarling (Jodie Foster) en el hospital psiquiátrico en Baltimore. El Loki que vemos en un ser despiadado, que se regodea por los demonios personales de sus inferiores. Su patetismo original, debidamente retratado en la cuestionable Thor (Kenneth Brannagh, 2010) es aquí el que alimenta un genuino deseo de venganza y superioridad, al grado de hacer un pacto con el Diablo (los Chitauri) para conseguir sus propósitos.
El discurso de Loki no es distinto al de muchos personajes de la vida real. “Ustedes nacieron para ser gobernados” y “una hormiga no tiene problemas ante una bota”, piensa. Ese pensamiento tiene sin duda parecido con muchos penosos momentos de nuestro pasado, hoy tan en riesgo de repetirse dado el clima electoral. Como en las marchas de los últimos días –en distintas partes del país- y ese hombre entrado en años de la película, muchos no estamos dispuestos a arrodillarnos ante el poder corrompido. Pese a su posición divina, al final Hulk le recuerda su realidad tras unos buenos azotes. “Dios debilucho”, le dice. Y el malvado sólo deja escapar un gemido.
Pero basta de superhéroes por el momento. Recuperaré la crítica que mi buen amigo Rafael Aviña publicó sobre el filme el pasado viernes 27 de abril en la sección Primera Fila del diario Reforma. Nos vemos la siguiente semana. Tengo un “cuervito” que comerme.
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Lucha de egos
Rafael Aviña

TheAvengers: Los Vengadores (EU, 2012) representa sin duda la reunión más importante de héroes emblemáticos de Marvel. Y el responsable directo de este asombro es JossWhedon, un realizador con una filmografía de bajo perfil.
Guionista de Buffy, la cazavampiros y creador de la teleserie homónima, del filme de ciencia ficción serie B Serenity y coguionista de Toystory, consigue uno de los relatos más entretenidos y sólidos de esa amplia saga dedicada a los superhéroes de la historieta.
En colaboración con su coargumentistaZackPenn, Whedon evita las farragosas presentaciones de los personajes y se va directo al punto, tomando como partida el legendario relato aparecido en septiembre de 1963 firmado por Stan Lee y Jack Kirby.
La primera sorpresa es que coloca en el centro de la acción a un villano en realidad aterrador y perturbado, a la altura de los guardianes del bien que le harán frente.
Loki (Tom Hiddlestone) –nada que ver con su papel en la fallida Thor- con ayuda de una raza alienígena: los Chitauris, logra apoderarse del Tesseract, artefacto con una energía capaz de destruir a la Tierra y recluta contra su voluntad al eficaz arquero Halcón (Jeremy Brenner) en la espectacular secuencia de arranque.
Lo que sigue, es la inminente incorporación de héroes para colaborar por el restablecimiento del orden y la paz mundial que comanda Nick Fury (Samuel L. Jackson).
No obstante, los elegidos: Capitán América (Chris Evans), ItonMan (Robert Downey, Jr.), Thor (Chris Hemsworth), Dr. Banner/Hulk (Mark Ruffalo) y NatashaRomanoff “Viuda Negra” (Scarlett Johansson), tendrán quue lidiar primero con sus propias personalidades complejas y divididas para aprender a trabajar en equipo: una misión más complicada que su lucha contra Loki.
A pesar de un guión que repite una fórmula establecida y algunas secuencias donde se notan las costuras a los efectos, TheAvengers: Los Vengadoresequilibra de manera perfecta un gran diseño de propucción (el cvaos final en Nueva York), una notable banda sonora de Alan Silvestri, una acción brutal, rítmica y siempre en ascenso.
A esto se suma la química de las distintas personalidades y, sobre todo, un humor ácido y constante, con IronMan a la cabeza y como sorpresa final, Hulk acaba robándose a los espectadores. 

viernes, 18 de mayo de 2012

A donde nos llevaron todos los caminos


Para Abel Cobos, quien también cree en los héroes.

Pese a que la Historia nos ha enseñado que basta que dos personas (o naciones) se sienten frente a frente y firmen un papel, las grandes alianzas no se forjan de la noche a la mañana. El respeto y la confianza surgen a través de la convivencia, de comprobar la comunión de ideales y objetivos. Por eso me parecieron infundadas algunas opiniones sobre Los Vengadores (JossWhedon, 2012): “¿Qué mensaje nos dan, si nuestros defensores se la pasan peleándose la primera parte de la película?”. Esto era inevitable y comprensible si tenemos en cuenta que se trata del primer encuentro de personajes con formaciones y procedencias tan diferentes, de completos desconocidos. Hay quienes hablan de “amores a primera vista”, pero en el mundo real las cosas no suelen ser tan fáciles.
La tan esperada reunión del más popular equipo de superhéroes de Marvel Comics no decepciona en lo más mínimo. Es un espectáculo deslumbrante, lleno de efectos especiales, mucha acción, momentos refrescantes,todo realizado con la convicción de acarrear a los grandes públicos (y su dinero) a las salas de cine. Aunque nos encontramos ante un blockbuster, el guión de Whedon y ZackPennes preciso: no pierde tiempo en plantear antecedentes (esos ya los vimos previamente) y se centra en la formación de un equipo de “personas sobresalientes” enfrentadas –para no variar- a un mal que amenaza a la humanidad. Nick Fury (Samuel L. Jackson), director de la agencia ultra secreta S.H.I.E.L.D. y cazador de talentos, sufre el robo del poderoso cubo Tesseract por parte del malvado dios asgaardianoLoki (Tom Hiddlestone), lo que lo obliga a ensamblar un equipo conformado por el Steve Rogers/Capitán América (Chris Evans), (el “genio científico, multimillonario, filántropo y playboy”) Tony Stark/Ironman (Robert Downey, Jr.), el irascible Dr. Bruce Banner/Hulk (Mark Ruffalo), la letal espía NatashaRomanoff/Viuda Negra (Scarlett Johansson) y, eventualmente, el poderoso dios Thor (Chris Hemsworth) y el mortífero arquero Clint Barton/Ojo de Halcón (Jeremy Brenner), todos parte de una iniciativa gubernamental y conocidos como Los Vengadores (el anglicismo puede ser contagioso y sonar menos amenazante, pero así los conocí cuando era niño).
Lo que más alabo del trabajo de los guionistas es la manera en que logran equilibrar la presencia e importancia de tantos personajes –tantos egos-, una de mis principales preocupaciones conforme se estrenaban las aventuras individuales de cada héroe pues sabíamos que se encaminaban a un encuentro. Las últimas entregas remataban (al final de los créditos, como en cinta de James Bond 007) con la leyendas como  “Thor regresará en Los Vengadores”, o“El Capitán América regresará en Los Vengadores”. Es innegable el peso de Robert Downey, Jr. en el elenco. No sólo es el de mayor trayectoria y capacidad actoral, sino que su carrera se encuentra en su mejor momento. Por eso su figura se encuentra en primer plano en la publicidad del filme –por delante de la del líder del grupo, el Capitán América-  y posee algunas de las mejores líneas de la historia (“Dr. Banner, soy un gran aficionado de su trabajo, sobre todo de la forma en que al enojarse se transforma en un gigantesco monstruo verde”, “Si no logramos salvar a la Tierra, puedes estar seguro que la vengaremos” o “¿Nadie me besó?”). Ello no disminuye a sus compañeros. Todos tienen una presencia justificada en la trama. El Capitán demuestra sus dotes como estratega militar y símbolo en momentos difíciles, Thor como la mejor opción para enfrentar a un igual y Hulk como la fuerza bruta en una batalla que parecería imposible ganar (“mi secreto es que siempre estoy enojado”). Es él quien termina robándose la cinta. En un principio objetaba, fiel a la idea de la continuidad, que Edward Norton (quien encarnó al verdoso en la aventura previa) fuera relevado por Ruffalo. Inmediatamente pensé que su negativa a participar se debió a su reserva a compartir créditos con otro actor talentoso como Downey, Jr, a no ocupar el centro del reflector. Esto lo refuerzan las opiniones de sus coprotagonistas y directores de otras producciones. Todos lo señalan como una persona conflictiva, difícil para trabajar. Al final creo que el gran perdedor es el propio Norton pues esto habría reactivado su carrera. Ruffalo dio grandes matices al personaje, como esa aura de melancolía y tragedia que le dieron Stan Lee y Jack Kirbycuando lo crearon en 1962.
En la ya tradicional escena final se nos revela al nuevo enemigo: Thanos, equivalente de Darkseid del Universo DC. Y posteriormente, en una secuencia no mostrada en Latinoamérica, los paladines –a sugerencia de Stark- saborean un delicioso shawarma, platillo árabe a base de carne de cordero, res, pollo o pavo con diferentes especias cocinados al carbón, muy similar a nuestros locales tacos al pastor. Mejor modo de celebrar una victoria, imposible.

viernes, 30 de marzo de 2012

Grandes decepciones

En el verano de 2007 asistí entusiasmado al estreno de El hombre araña 3, la nueva película de Sam Raimi en la que había depositado mis más altas expectativas. Ello porque su cinta previa (El hombre araña 2, 2004) es maravillosa. No sólo cuenta con un inteligente guión de Alvin Sargent –a partir de una historia de Alfred Gough, Miles Millar y Michael Chabon- pleno de momentos trepidantes y emotivos (el héroe  reconocido tras arriesgar su vida para salvar a los inocentes en el metro), un villano eficiente –Alfred Molina como el Dr. Pulpo-, reflexiones muy afortunadas  (“todo el mundo ama a los héroes”, “no moriré como un monstruo”) y un desenlace prometedor (“ve por ellos, Tigre”). Pero todo se disipó desde los primeros momentos la tercera entrega. Y la culpa es de la historia, el cimiento de toda película. Siempre he creído que buenas actuaciones –porque Thomas Haden Church como El hombre de arena fue una gran elección-, una buena puesta en escena y efectos especiales deslumbrantes no compensan a un guión débil, lleno de defectos y momentos absurdos. El libreto de los hermanos Raimi (Ivan y Sam) y Alvin Sargent asesinó a la gallina de los huevos de oro, pues fue responsable de que Columbia pictures decidiera reiniciar la franquicia, como lo veremos en unos meses. En mi experiencia reciente, a los únicos hermanos que les ha funcionado escribir a cuatro manos es a los Nolan (Christopher y Jonathan). Precisamente estos últimos tendrán la responsabilidad de romper el fatal destino de las terceras partes de los filmes de superhéroes en El caballero oscuro asciende, el verano de este 2012. Porque Superman 3 (Richard Lester, 1983) y Batman eternamente (Joel Schumacher, 1995)  son pésimas, y Hombres X 3, la batalla final (Brett Rattner, 2006) me dejó mucho a deber. Pero regresando a la tercera aventura del arácnido, la programan frecuentemente en la televisión de paga y el otro día decidí darle otra oportunidad. Por eso escribo estas líneas. Acabé nuevamente decepcionado y confirmé plenamente mi sentir. No obstante tiene muchos momentos dignos de reconocerle, más allá de su premisa (“disculpe usted, han pasado varios años, pero quien creíamos que asesinó a su tío no lo mató en realidad”), la escena del omellete entre Harry (James Franco) y Mary Jane (Kirsten Dunst), la inclusión forzada de Gwen Stacy (Bryce Dallas Howard) y su papá (James Cromwell), el fleco de Peter Parker (Tobey McGuire) para resaltar que es malo, el bailecito para provocar celos, el combate en relevos entre los técnicos (el Araña y el Duende Jr.) y los rudos (Venom y el Arenero) y su cobertura mediática en vivo,  o el antagonista transportado por el viento al ser aliviado por el perdón, todos insoportables. Entre esos aspectos positivos están:
1. Tras su transformación en el malvado Hombre de arena, Flint Marko recupera su forma humana al principio trabajosamente, luego con resolución gracias al poderoso recuerdo de su hija. La escena es bella, con una cámara que se desplaza desde lo más íntimo de su nueva forma, apoyada de la partitura de Deborah Lurie.
2. Entre 1982 y 1988, tras los eventos –en los cómics- denominados Guerras secretas, el héroe comenzó a vestir un disfraz negro. En su momento pensé que se trataba de una estrategia mercadológica para renovar su imagen, pero sus guionistas tenían motivos poderosos detrás: el traje era en realidad un ente alienígeno que poco a poco se apoderaba de la voluntad de su portador y lo arrastraba, como al adicto, a la oscuridad. Con ayuda de Los 4 fantásticos, el héroe se libraba de su victimario. En la cinta de Raimi no requirió del auxilio de sus colegas, pues descubrió que las vibraciones del tañer de la campana de una iglesia surtía el efecto deseado. Pero lo importante: las secuencias en que Peter lucha por librarse del disfraz son estupendas, todas cortesía de los gráficos computarizados.
3. Topher Grace como el malvado Eddie Brock, Jr./Venom no fue una mala elección, pese a que su complexión estaba muy alejada de su musculoso par de las historietas. El villano aquí es el opuesto de Peter Parker, incluso se le parece físicamente. Es el Araña desde el otro lado del espejo. Lo único malo fueron sus colmillos, tal vez incluidos para denotar que era muy malo.
Pese a todo, no puedo reprimir una pregunta: ¿cómo pudo, Mr. Raimi?

jueves, 4 de agosto de 2011

Crónicas del primer vengador, parte 2 de 3.

No ví Capitán América, el Primer Vengador (Joe Johnston, 2011) como hubiera deseado. La sala a la que usualmente acudo sólo la programaba doblada al español y si bien el resultado era aceptable, no puede igualar a su forma original. Comprendí el sentir de muchos cinéfilos españoles, quienes tienen que ver obligatoriamente cintas de otros países dobladas a su lengua por motivos nacionalistas que datan de los primeros años del siglo pasado. Pero esa es otra historia.
Asistí a ver la cinta con gran escepticismo: el recuerdo de la atroz adaptación que se hizo del héroe en 1990 (dirigido por Albert Pyun) era poderoso y dudaba que Chris Evans fuera una buena elección para interpretar al protagonista, pues esperaba que los productores seleccionaran a un actor de la talla de Robert Downey, Jr. –quien encarnó de la forma más acertada a Tony  Stark/Ironman-, de Samuel L. Jackson que interpreta al reclutador de personal Nick Fury, o de Edward Norton, quien personificó a Bruce Banner/Hulk –en el futuro será reemplazado por el actor Mark Rufallo- . Y sobre todo porque Evans tiene el peso de haber vestido el uniforme de Johnny Storm –mejor conocido como La Antorcha Humana- en las dos cuestionables adaptaciones de Los 4 Fantásticos (Tim Story, 2005 y 2007). Todas mis reservas quedaron disipadas cuando salí de la sala. El desempeño de Evans es más que adecuado. Se encuentra a la altura del símbolo que representa. En la primera parte de la cinta refleja estupendamente la fragilidad del personaje, pero sobre todo su patriotismo, tenacidad y capacidad de anteponer el bienestar de otros sobre el suyo. Steve Rogers no odia a los Nazis, sólo a los abusivos. En la segunda parte de la película responde la exigencia que le hace su creador. “Un hombre débil comprende el valor de la fortaleza, el verdadero significado del poder”, le dijo.
Capitán América, el Primer Vengador es una gran película, un divertimento impecablemente realizado que satisface con creces al admirador del héroe a pesar que toma elementos –personajes y situaciones- de diferentes etapas del héroe. También completa el círculo de las recientes adaptaciones al cine de las figuras más reconocidas de Marvel Comics (Hulk, Ironman, Thor) y sienta el precedente perfecto para su tan anticipada cinta Los Vengadores (Josh Weddon, a estrenarse en mayo de 2012), de la cual vemos avances al finalizar los créditos. Ahora vayamos por partes.
Una cinta de fantasía que inicia o se desarrolla durante un episodio histórico verificable en los libros de historia siempre gozará de verosimilitud narrativa, como sucedió en Rocketeer (Johnston, 1991), Hellboy (Guillermo del Toro, 2004) y Hombres X, primera generación (Matthew Vaughn, 2011). Lo demuestran también las películas de Indiana Jones (Steven Spielberg, 1981, 1984 y 1989), Los niños de Brasil (Franklin J. Schaffner, 1978) o Bastardos sin gloria (Quentin Tarantino, 2009). Adolfo Hitler y la Alemania Nazi siempre serán figuras indeleblemente relacionadas con el mal por sus atroces acciones y, por tanto, atractivas para todo tipo de artistas. Recientemente un documental de Discovery Channel reveló su inquietante presencia en México en la era del presidente Lázaro Cárdenas. ¿Se imaginan una aventura situada en este entorno? Pero no nos desviemos.
Capitán América, el Primer Vengador puede apreciarse como cinta de época. Se nutre de las preocupaciones que dominaban ese momento histórico y de la necesidad social de símbolos que representaran los valores y el sentimiento de protección que tanto anhelaba el pueblo estadounidense –y de todas las naciones libres-. Así como los soldados que izaron la bandera de Estados Unidos durante la célebre batalla en Iwo Jima (episodio narrado por Clint Eastwood en La conquista del honor, 2006), el Capitán América emprende una gira para recaudar fondos para el Ejército. El guión de  Christopher Markus y Stephen McFreely aprovecha la anécdota para, de paso, rendir homenaje al viejo serial que protagonizara Dick Purcell y a las historietas originales creadas por Joe Simon y Jack Kirby. Peggy Carter (Hayley Atwell) no sólo es el interés romántico del protagonista, sino un homenaje a las pin-ups de la época.
Otro aspecto que da gran dignidad a la película es la presencia de Stanley Tucci (como el profesor Abraham Erskine, creador del Capitán) y Tommy Lee Jones (como el Coronel Chester Phillips, tormento y apoyo del héroe). Y no podía faltar la obligada aparición de Stan Lee, ahora en un flamante uniforme.
Sus efectos visuales son sensacionales. El más brillante de ellos –y de mayor duración- involucra el rostro de Chris Evans –hombre enorme y musculoso- en el pequeño y enclenque cuerpo del joven aspirante a soldado Steve Rogers, técnica similar a la que David Fincher empleó para rejuvenecer a Brad Pitt en El curioso caso de Benjamin Button (2010).
Y finalmente algo de lo que no quedo del todo conforme. En su momento celebré la elección de Hugo Weaving (Mr. Smith en la saga Matrix) para hacer el papel del villano Johann Schmidt/Cráneo rojo, pero el resultado final no fue capaz de sorprenderme. No deja de recordarme al actor Scott Paulin en esa horrible adaptación noventera. Cuando preparaba el rodaje de Batman, el caballero de la noche (2009), Christopher Nolan reparó que debía ser realista al momento de recrear el rostro desfigurado de Harvey Dent/Dos caras (Aaron Eckhart): “un actor maquillado siempre tendrá añadidos en su piel, cuando deseamos que muestre menos”. Creo que la caracterización de Weaving debió seguir este principio. No pude percatarme de su cuestionable acento alemán como señaló mi amigo Carlos del Río en su podcast Cinemanet pues, como señalé en un principio, tuve el infortunio de ver la cinta doblada al español.
Pero lo anterior no demerita el resultado. En su línea final, el Capitán América reconoce la tragedia que su condición heroica implica: “tenía una cita”.

jueves, 9 de junio de 2011

Temporada de mutantes, parte 2 de 2

Lo primero que me deslumbró de Hombres X (Bryan Singer, 2000) es que el estupendo guión de David Hayter –a partir de una historia de Tom DeSanto y el mismo Singer- iniciara en el campo de concentración de Auschwitz, Polonia, en 1944, exhibiendo la brutal realidad de ese momento histórico. Esto no sólo es fiel a la historieta, sino sienta el precedente perfecto que explica las motivaciones del personaje que aporta el conflicto. Y no menciono el acierto de presentarnos a Xavier y Magneto como dos hombres entrados en años –además Patrick Stewart e Ian McKellen, dos laureados actores de teatro, son grandes amigos-, siguiendo la lógica del paso del tiempo. Y a pesar de todas sus virtudes, el purista puede criticar que no es fiel del todo a la historieta pues emplea libremente personajes y situaciones de diferentes épocas de la serie. A pesar de todo, se convirtió en un éxito.
Su inevitable secuela, Hombres X 2 (Bryan Singer, 2003), es simplemente una de las mejores continuaciones basadas en superhéroes de historieta. Sólo su deslumbrante inicio, el ataque del Sorprendente Nightcrawler (Alan Cummings) a la Casa Blanca, alarde de efectos visuales, vale con creces el costo de la entrada. En cambio no fue tan afortunada –al menos argumentalmente- su tercera aventura, Hombres X, la batalla final (Brett Ratner, 2006), que incorporó nuevos personajes sólo para dar mayor vistosidad a la producción. El guión de Zak Penn y Simon Kinberg desaprovechó, por ejemplo, la adición de Warren Worthington III (Ben Foster), alias Ángel, o de Cain Marko (Vinnie Jones), también conocido como Juggernaut, el malvado hermano de Xavier en las historietas –lazo del que prescinde el guión de David Hayter-. De Hombres X, orígenes: Wolverine (Gavin Hood, 2009), cinta confeccionada para el lucimiento de Hugh Jackman,  me reservo el derecho a platicar en otra ocasión.
Hombres X: primera generación (Matthew Vaughn, 2011) forma parte del fenómeno de las precuelas precuelitis, lo bautizó un amigo- pero ofrece un resultado interesante por diferentes razones. En primer lugar diré que es un acierto enorme que esté ambientada en la época donde se gestó la historieta original –los convulsos años 60-, con numerosas alusiones a las tensiones políticas del momento –con discursos de John F. Kennedy y apariciones de Nikita Kruschev incluidos- y una trama que tiene la crisis cubana de misiles en el centro. El diseño de producción y musicalización recrean fielmente la estética de la época en la que nuestros padres vivieron su juventud. La cinta parece sacada de un  episodio de Mad men. Otro acierto es que el vestuario de Sammy Sheldon empleara los distintivos colores azul oscuro y amarillo de los uniformes originales que dibujó Jack Kirby en su momento, candor que reproduce también la vestimenta morada de Magneto en su desenlace –con todo y su distintivo casco-. Curiosas son las referencias a Frankenstein de Mary Shelley y El extraño caso del Dr. Jekyll y el señor Hyde de Robert Louis Stevenson, así como las breves apariciones de Rebeca Romjinla Mystique original- y Hugh Jackman quien corta de tajo, como su Wolverine, las intenciones de los protagonistas. De ellos (James McAvoy como Xavier y Michael Fassbender como Magneto) es palpable el estrecho lazo que forjaron en un momento donde comenzaban a explorar la magnitud de sus poderes. Además que Magneto fuera en parte responsable de la invalidez de su amigo es un excelente detalle.
Pero a pesar que disfruté la cinta hay algo que debo objetar: aunque Bryan Singer estuvo involucrado, el guión de Ashley Miller, Zack Stentz, Jane Goldman y Matthew Vaughn falla en ligar coherentemente los acontecimientos que describe y las subsecuentes aventuras –fílmicas- de los Hombres X. Me asaltan por ello preguntas dignas de un fanático obstinado. ¿Una vez expuesta la existencia de los mutantes, el Gobierno de Estados Unidos –su Agencia Central de Inteligencia y su Departamento de Defensa- los dejaría existir pacíficamente por 40 años si son una “amenaza para la seguridad nacional”? ¿Por qué esperó Magneto tanto tiempo, desde los eventos que describe la película, para dar su siguiente gran ataque en la Isla Ellis? ¿Charles y Magneto olvidaron que conocían la existencia de Wolverine? ¿Si Charles y Magneto disolvieron su sociedad al final de la película, por qué reclutan juntos a Jean Gray en los 70, y Xavier aún puede caminar? ¿Si la Moira a la que se dirige el resurrecto Xavier en el epílogo de la tercera parte es su amada Moira McTaggert, agente de la CIA en la precuela, por qué ésta realiza las labores de un médico? En disculpa diré que ella era de hecho su colega e interés romántico en los cómics. Mi amada Ana Luisa resumió acertadamente el problema: “demasiados cocineros echan a perder el mole”. La intervención de tantas manos en la saga se hace evidente, y en definitiva esta es su mayor debilidad.
No menciono el caos que caracteriza a la serie, una de las más complejas y ricas en personajes de la industria de las historietas. Estos han tenido por momentos diferentes afiliaciones grupales e intereses, explorado dimensiones paralelas, viajado en el tiempo y enfrentado amenazas extraterrestres. Para el gran lector de los Hombres X, recomiendo ampliamente el libro Ultimate X Men (Doring Kindersley, 2000), de Peter Sanders, que incluye además un prólogo de Stan Lee.
Sin gozar de poderes especiales –por su impresionante éxito de taquilla- visualizo en el futuro una nueva aventura del grupo de héroes. Posiblemente un episodio que preceda el fenómeno creado por Synger. Porque nadie puede cuestionarle que abrió las puertas al Hombre Araña de Sam Raimi o al Batman de Christopher Nolan. Por ese simple hecho, se merece reconocimiento eterno.
A la película que inspiró éste texto, siempre agradeceré una frase que creo deberíamos defender todos los días:
"Mutantes y orgullosos".

lunes, 6 de junio de 2011

Temporada de mutantes, parte 1 de 2

“Todos somos parte de una minoría”, me dijo mi amada el día en que inició una nueva etapa de mi vida. Los judíos, los musulmanes, los homosexuales, los vegetarianos, los defensores de los animales, los darketos, los que leemos literatura de horror, los que padecemos Esclerosis múltiple, todos conocemos bien el significado de la otredad, de no encajar en los estándares que impone la mayoría, de estar fuera de la norma. Eso ha reforzado la simpatía que ya sentía por los Hombres X, el grupo de heroicos mutantes creados en 1963 por Stan Lee y Jack Kirby, trasladados acertadamente a la pantalla grande por Bryan Singer en el año 2000. Pese a su naturaleza extraordinaria, estos superhéroes se encuentran entre los más humanos de todos. No son dioses ni proceden de otro planeta, ni fueron expuestos a radiaciones en el espacio o mordidos por una araña de laboratorio. Tampoco sufrieron la pérdida de sus padres ni fueron marcados por ver el rostro del mal. Simplemente son ellos mismos, nacieron así. Ya lo anticipaba el estupendo prólogo de la película de Singer, “la mutación es la clave de nuestra evolución. Nos permitió convertirnos en la especie dominante del planeta. Normalmente es un proceso lento, que toma miles y miles de años. Pero cada cierto par de milenios, la evolución da un salto”.
Los Hombres X vieron la luz en una época tumultuosa, donde importantes conflictos sociales y políticos ocupaban la preocupación de las personas. Eran los tiempos de las revueltas estudiantiles, del movimiento hippie, de la Guerra de Vietnam. Un momento donde diferentes y poderosas formas de pensamiento se enfrentaban, a veces de manera cruenta. En un extremo, un hombre de color llamado Martin Luther King, quien tenía un sueño, pregonaba la convivencia armónica de los distintos grupos raciales en Estados Unidos; en el otro lado el activista afroamericano Malcom Little, auto denominado Malcolm X, hacía evidente la brecha cultural entre las clases dominantes (blancas, por supuesto) y los abusos que históricamente habían cometido contra “su gente”. Su malestar, legítimo a todas luces, era en muchos sentidos un llamado al odio. Y de ello no surgió nada bueno, como lo demuestra la historia.
En un terreno más amable, el de las historietas, Luther King y Malcolm X tuvieron dos símiles estupendos: Charles Xavier, el más poderoso telépata, conocido como el Profesor X, y Eric Magnus Lensherr, amo del magnetismo, terrorista para muchos, conocido como Magneto. Ambos representaban corrientes opuestas y anticipaban una línea dramática que retomó una serie de televisión como la casi extinta –afortunadamente- Smallville: los más formidables adversarios comienzan siendo amigos. Ese vínculo tan estrecho hace más acérrima la rivalidad. He ahí la virtud de uno de los avances –o trailers- de Hombres X: primera generación (Matthew Vaughn, 2011), “antes que fueran el Profesor X y Magneto, eran aliados”.
Antes de seguir jugaré al abogado del diablo. Nunca he considerado a Magneto un villano. El personaje es fruto de nefastas circunstancias que definieron su vida. Conoció los horrores de la Alemania Nazi, la incomprensión y el rechazo, primero por su religión –judío- y luego por sus habilidades extraordinarias. Fue prisionero de un campo de concentración –Auschwitz-. Era inevitable que al crecer notara un alarmante paralelo entre sus experiencias infantiles y las acciones de la sociedad occidental, que temiera la aniquilación de “su gente”. Magneto (Sir Ian McKellen, grandioso) lleva en su brazo el número que le tatuaron sus victimarios y a pesar que Xavier le conmina a la esperanza, él no percibe avances significativos en la humanidad. “Nosotros somos el futuro, Charles, no ellos. Ellos ya no importan”, sentencia. 

miércoles, 5 de enero de 2011

El avispón vuela de nuevo

Otro reto para El Avispón Verde, su ayudante Kato y su arsenal móvil la Belleza Negra. En los archivos policíacos, el Avispón aparece como criminal, pero es en realidad Britt Reid, dueño del periódico Centinela. Su doble identidad es conocida sólo por su secretaria y el Fiscal de Distrito. Ahora, para proteger los derechos y las vidas de los ciudadanos, aparece el Avispón Verde. –De la narración inicial de la serie de televisión El Avispón Verde, 1966.
En mi más tierna infancia, consideré al Avispón Verde como un héroe de segunda división. La percepción que tuve de él se definió por el éxito y el colorido de las repeticiones de la popular serie televisiva protagonizada por Adam West. Y es que quedé cautivado por los simpáticos combates del paladín de Ciudad Gótica, por sus grotescos y caricaturescos adversarios –que eran para mí lo mejor del programa-, por la vistosa y extensa parafernalia de la que disponía y por el candor del Departamento de Policía de esa imaginaria urbe –y de todos los personajes-. Todo contrastaba con los austeros y cotidianos escenarios en los que se movía el Avispón Verde, por más que fuera auxiliado por un hábil artemarcialista –que a la postre descubrí era el talentoso Bruce Lee-, tuviera una fortuna similar a la de Bruno Díaz –o Bruce Wayne, para ser correctos- y dispusiera de un lujoso sedán negro dotado de todo tipo de armas. La competencia era desleal. Así lo advirtió uno de sus creadores, Frank W. Trendle, cuando trató de impulsar el proyecto televisivo durante los años sesenta. Esto se reflejó en la breve vida del programa, de apenas un año. Ni el crossover entre ambas emisiones televisivas benefició al héroe de abrigo, sombrero y antifaz verde.
A la distancia, reconozco que el Avispón es un héroe menos atractivo que Batman, pero éste no existiría sin los cimientos que le ofreció el primero. De hecho, es un personaje muy digno. El Avispón apareció en enero de 1936, tres años antes que el Caballero Oscuro. Fue creado por el ya mencionado Trendle y Fran Striker y protagonizaba un serial radiofónico –el medio más popular de la era- y posteriormente uno cinematográfico. Todo en la época posterior a la Gran Depresión y en pleno esplendor de los grandes gángsteres. Era, como Batman, un paladín que la gente decente anhelaba. Era un justiciero que no se tentaba el corazón para perseguir a la maldad.  Estos elementos, su realismo y brutalidad, lo convirtieron en un éxito. Pero también fueron responsables de la pobre respuesta de su adaptación televisiva.
Una sorpresa fue descubrir, mientras hacía mis compras navideñas, el cartel de su nueva encarnación cinematográfica –de próximo estreno- dirigida por el francés Michel GondryEterno resplandor de una mente sin recuerdos (2004), La ciencia del sueño (2006)- y protagonizada por el actor –comediante, de hecho- y guionista canadiense Seth Rogen. Mi emoción se mezcló con escepticismo, pues de entrada los involucrados me parecen una elección insólita  para tal empresa. La incertidumbre sobre el tono de la película creció -¿sería una comedia, una parodia, algo onírico?- tras ver su avance. Dudo sobre la elección del protagonista, sobre todo cuando la imagen del actor Van Williams –su intérprete de la serie sesentera- está tan arraigada en el imaginario colectivo y cuando recuerdo a Rogen, joven gordito y bonachón que está por entrar en sus treintas. Personalmente hubiera preferido, como se contempló hace algunos años, a George Clooney. Pero concedamos el beneficio de la duda a los productores. En su momento el grueso de los fanáticos desconfió de que Heath Ledger interpretara al Guasón. Por lo demás, la película presume la participación de Tom Wilkinson, Christoph Waltz –el malvado Hans Landa de Bastardos sin gloria (Quentin Tarantino, 2009)- y Cameron Díaz. En un par de semanas se disiparán las dudas. Un sitio de Internet recomienda verla con cautela, así que procedamos con precaución. Esperemos sea la primera película venturosa de este naciente año. Y a propósito, muy feliz 2011 a todos.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Bitácora de viaje, segunda de dos partes.

Menos sutiles han sido otros asesinos que el cine de horror ha creado, representantes del género y auténticos mitos contemporáneos que han privado del sueño a más de una persona. “Uno de los acontecimientos más importantes el cine de los ochenta fue la proliferación de un subgénero que se abría paso entre charcos de sangre, despellejamientos y tripas al descubierto: el cine de horror gore y su versión splatter”, recuerda Rafael Aviña. Estos nuevos monstruos se mueven entre lo real y lo sobrenatural, advierten a la juventud desbocada –a punta de cuchillo y machete- sobre la moral y la sexualidad responsable en la era del VIH y las enfermedades de transmisión sexual, pero sobre todo representan la suma de nuestros miedos más elementales de la infacia –a la noche, a lo diferente, a quedarnos solos en una habitación a oscuras-. El claro precursor de esta deliciosa galería de personajes, el sanguinario Michael Myers, nació en el verano de 1978 gracias a la imaginación de John Carpenter y Debra Hill. Todos conocemos su historia: de niño toma –sin razón aparente- un cuchillo y masacra a su hermana mayor con un cuchillo carnicero la noche de Halloween. Años después escapa de la institución mental donde fue confinado y obedece el llamado de la sangre. En el libreto –originalmente titulado The babysitter murders- los autores se refieren al personaje como “The shape”. Michael Myers y sus herederos se convirtieron no sólo en espléndidas alegorías de la represión sexual, sino en presencias indestructibles, tanto en el celuloide como en el imaginario popular. Esto lo refuerza la fatal afirmación del pequeño Tommy: “tú no puedes matar al coco”.
En complemento está el caso de Jason Voorhees, víctima convertido en un imponente asesino sobrenatural que usaba una máscara de hockey –desde la tercera parte de la serie-, astro de la kilométrica saga de Viernes 13, que vio por primera vez la oscuridad de la sala de cine en 1980 –en México con el título Martes 13-, bajo la dirección de Sean S. Cunningham. Muchos vieron –y siguen viendo- en Jason una copia de Michael Myers. “Concebida como un plagio del Halloween de Carpenter, la pegajosa serie […] se convirtió en un hito del horror gore de bajo presupuesto con adolescentes de por medio”, insiste Rafael Aviña. “Sin embargo, lo más destacable fue sin duda, la aportación y el estrellato definitivo de Tom Savini, maquillador y creador de los más repugnantes efectos de destripamientos, mutilaciones y demás parafernalia splatter”.
El heredero incuestionable de estos homicidas –o al menos el más meritorio- es el asesino de Scream (1996), de Wes Craven. La película es de hecho una inteligente deconstrucción de este subgénero del cine de horror, con una protagonista (Drew Barrymore) despachada en los primeros minutos de la cinta (como Janeth Leigh en Psicosis), múltiples sospechosos, un asesino vicioso con cuchillo en mano y mucha, mucha sangre. La historia de Craven –a la que inicialmente iba a titular Scary movie- introduce a una de las figuras más emblemáticas del cine de horror de finales del siglo pasado: la del asesino con túnica negra y una máscara que nos recuerda a la pintura El Grito del artista noruego Edvard Munch.
El triunvirato sanguinario ha renacido en los últimos años –signo de agotamiento de la industria hollywoodense para muchos-, con desiguales resultados. Leatherface tuvo una fortuna aceptable de la mano de Marcus Niespel, al igual que Michael Myers –con su actualización a cargo de Rob Zombie en 2007-. En cambio, es infausto el regreso a la vida de Jason –irónicamente a cargo del mismo Niespel-. La película es el mejor ejemplo de la trivialización de un monstruo clásico, infestada de jóvenes actores de televisión y un argumento que si bien era promisorio –incluir como una suerte de prólogo a la desquiciada señora Voorhees fue un acierto- termina por agotar y decepcionar al diletante del cine de horror. El nuevo Jason se convirtió en un asesino incongruente y predecible que mantenía cautivas a algunas de sus víctimas –por motivos que aún ignoro- en su intrincada madriguera secreta. Su espíritu original era liquidarlas en el momento, sin la menor contemplación, y seguir adelante en busca de un nuevo cordero de sacrificio. Era una máquina de matar. Eso lo definía. De la serie Scream es inminente una nueva entrega, seguramente movida –como otras cintas- por la nostalgia y porque demostró ser un producto económicamente redituable. Mis expectativas son altas. Sólo nos queda esperar.
De sus incontables homenajes, clones, plagios y otros sacrilegios –el psicópata con máscara de lechuza en Aquarius (Michelle Soavi, 1986), el Pescador de Sé lo que hicieron el verano pasado (1997), el asesino de Leyenda Urbana (1998) o El coleccionista (2009)-, no digamos nada.

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Algunos monstruos, como los vampiros –hoy tan de moda por voraces y desafortunadas sagas-, también usan máscaras. Y no como la que portó el Conde Drácula (Richard Roxburg) en ese baile en Van Helsing (Sommers, 2004). En el juego de rol que creó Mark Rein Hagen, Vampire, the masquerade, los seductores monstruos aparecen ante la sociedad como empresarios y dueños de medios de comunicación, disfraz que data de la época de la Inquisición y usan para pasar inadvertidos ante la raza humana. “La fuerza del vampiro radica en que nadie cree en él”, dijo un sabio. Y uno de los monstruos de Rein Hagen lo complementó: “Hemos pasado 5 siglos escenificando la que llamamos La Mascarada para ocultarnos de ustedes, pero al final todo se reduce a algo muy simple: los vampiros no queremos que los mortales sepan que estamos entre ustedes, del mismo modo que el lobo no desea que el cordero sepa que está merodeándolo”. En esta historia el crimen más penado para un vampiro es revelar este secreto, la base de su estructura social. Cosa similar sucede en Blade (Norrington, 1998), donde los vampiros han celebrado un pacto secreto con la clase política humana para coexistir “civilizadamente”. “Están en todas partes. Ellos controlan a la policía”, advierte el mentor del héroe a la damisela en desgracia. Pero el vampiro será objeto de veneración de una futura emisión de Mórbido.

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El uso de las máscaras es un recurso frecuente del cine de horror y se sustenta en uno de los miedos más elementales: tememos lo que no vemos. Escuché hace muy poco que “los muros y las máscaras que hay que llevar, junto con la mentiras, son la raíz del mal que padece nuestra sociedad”. Así como el mal, las máscaras son una constante de la especie humana. Todos las usamos, de una u otra forma. ¿Qué hay detrás de la tuya?

Bibliografía

1. Aviña, Rafael. El cine de la paranoia. Times editores, México. 1999.
2. Clekley, Hervey. The Mask of Sanity: An Attempt to Clarify Some Issues About the So-Called Psychopathic Personality. Mosby Co. Georgia, 1988.
3. Douglas, John. Mindhunter: Inside the FBI's Elite Serial Crime Unit. Pocket books, Nueva York. 1996.
4. Gubern, Román. Máscaras de la ficción. Anagrama, Barcelona. 2002.
5. Jones, Stephen. Clive Barker´s A-Z of horror. Harper Prism, Nueva York. 1996.
6. Lardín, Rubén. Las diez caras del miedo. Midons editores, Valencia. 1996.
7. Plaza, Francisco. Asesinos de cine. Midons editores, Valencia. 1998.
8. Rein Hagen, Mark. Vampire,the masquerade. White Wolf Publising, California. 1998.
9. Ressler, Robert. Whoever Fights Monsters: My twenty years tracking serial killers for the FBI. St. Martin's Paperbacks, Nueva York. 1993.
10. -------------------. I Have Lived in the Monster: Inside the minds of the world's most notorious serial killers. St. Martin's True Crime Library, Nueva York. 1998.
11. Schechter, Harold. The A to Z encyclopedia of serial killers. Pocket books, Nueva York. 2001.
12. Valencia, Manuel. Guillot, Eduardo. Sangre, sudor y vísceras. Historia del cine Gore. Ediciones La Máscara, Valencia. 1996.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Bitácora de viaje, primera de dos partes.

La tarde del pasado 30 de octubre ofrecí una plática en la tercera emisión de Mórbido en el espacio conocido como La Cofradía, en el pueblo mágico de Tlalpujahua, Michoacán. Antes de comenzar rendí honor -o debo decir, horror- a quien honos merece: a Pablo Guisa Koestinger, a Miguel Ángel Marín, a Karyna Martínez, a Abraham Castillo, a Antonio Camarillo, a Andrea Quiroz, a Laura Rojas y a todo el estupendo staff del Festival por sus atenciones y por mentener vivo un espacio tan necesario en una época dominada por un horror que rebasa en de la oscuridad del cine. He aquí, en dos partes, lo que preparé para esa ocasión.

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Máscaras de sanidad y otros horrores
Tercer Festival Mórbido, Tlalpujahua, Michoacán
Roberto Coria

Para Ana Luisa Campos y Casandra Vicario,
que tanto gozan del miedo que provocan las máscaras.

¿A quién le importa el tipo de los sueños? El psicópata de la máscara de hockey es real.
--Linderman en Freddy vs. Jason (2003)


En un momento del metraje de la reelaboración para el nuevo milenio de La masacre de Texas (Niespel, 2005), el enorme asesino conocido como Leatherface fabrica una máscara con la piel de su víctima anterior. Cuando ha terminado, retira de su cabeza la máscara que usaba previamente para colocarse la nueva. Antes de ello observamos su tétrico rostro grisáceo, carcomido por una enfermedad de la piel. Esta exhibición fue severamente criticada por los aficionados de la cinta original. En ella, dirigida por Tobe Hooper en 1974, el homicida jamás muestra su cara. Y tal vez eso –y no su sierra de cadena- sea lo más aterrador. Para Hooper el mal no tiene rostro, adopta el del fruto de sus apetitos. El estudioso del horror sabe que la vocación costurera de Leatherface está inspirada en la del granjero Edward Theodore Gein, quien en 1957 conmocionó a la sociedad estadounidense tras ser expuesta su carrera como sastre, necrófilo y homicida. Gein sirvió de ejemplo también para que el escritor Robert Bloch escribiera su emblemática novela Psicosis –magistralmente llevada a la pantalla grande por Alfred Hitchcock- y para que Thomas Harris modelara al personaje de James Gumb, asesino serial y modista de medio tiempo, en su novela El silencio de los corderos, trasladada con maestría a la gran pantalla por Jonathan Demme en 1991.














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“El que disimula no representa, sino que quiere hacerse invisible, pasar desapercibido, sin renunciar a su ser”, aseguraba Octavio Paz en El laberinto de la soledad. La máscara, en primera instancia, oculta la identidad y le ofrece anonimato y cierta libertad a quien la porta. Se han utilizado desde la antigüedad con propósitos ceremoniales y prácticos. Su raíz etimológica más inmediata proviene de la palabra francesa masque o de la italiana maschera, aunque puede remontarse a la expresión latina mascus. Su uso ceremonial data del antiguo Egipto, a Grecia, a Roma, a las culturas africanas y mesoamericanas. Los caballeros del medioevo contendían cubiertos tras ellas. El teatro clásico las emplea con fines lúdicos: dos máscaras –una sonriente y otra que llora- lo representan. Edgar Allan Poe (en 1842) le dio a la Muerte una máscara que semejaba “el semblante de un cadáver ya rígido”. Se les colocaban a los condenados para humillarlos públicamente, como dispositivo de tortura o punitivo corporal. Los verdugos la usan para cumplir una cuestionable forma de justicia. Se les realiza a algunos cadáveres recientes para asentar un registro permanente de su aspecto al sobrevenirle la muerte. Las usa el delincuente para evitar ser reconocido durante un robo. Han salvado la vida de los soldados en el campo de batalla. Están presentes en los cruceros, para divertirnos y recordarnos nuestra miseria y la corrupción de la clase política. Fueron –los cubrebocas- un elemento cotidiano durante la reciente epidemia de influenza. Pero posee incontables connotaciones, generalmente asociadas con el deseo del portador de asumir la identidad de otra persona, con los propósitos más variados. Por ejemplo, el Estado de Michoacán es reconocido internacionalmente por la tradicional “danza de los viejitos”. Doña Canda, una distinguida originaria del vecino pueblo de Ocuilán de Arteaga, recuerda que en la época de la Revolución, se untaba el rostro de las mujeres jóvenes con el agua donde cocían el nixtamal para que se arrugaran y lucieran poco atractivas y avejentadas para los bandoleros que acostumbraban robárselas. Oscar Wilde pensaba que “una máscara dice más que una cara”. Y a veces es muy cierto.

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Como la máscara y sus representaciones en el cine de fantasía y horror es el protagonista de esta tercera emisión de Mórbido, y tal como observamos en su cartel promocional, debemos hacer un paréntesis para recordar el cine mexicano de luchadores, esas aventuras filmadas con “presupuestos irrisorios e historias tan ingenuas como delirantes” que lograron dar un carácter mítico a máscaras como las de El Huracán Ramírez, Blue Demon, Mil Máscaras, y la más admirable de todo el género, la de Rodolfo Guzmán Huerta, mejor conocido como El Santo, con una filmografía de 54 películas que ahora mismo descansan, en palabras de José Xavier Návar, “en el Olimpo del Pancracio fílmico”. A Návar, cinéfago voraz, debemos eruditos y lúdicos estudios sobre estos colosos cinematográficos. “Como todo género, el Cine de Luchadores tuvo un nacimiento convulso a principios de los cincuenta en el eterno devenir entre el bien y el mal cotizando tanto a enmascarados que actuaban sin ser actores, como a histriones que luchaban sin casi saber qué era un candado asesino o unas patadas a la filomena”, asegura el investigador. Y precisamente la máscara es herramienta para la resolución de ese ancestral conflicto –el del bien contra el mal-. “Muchos aventureros de la cultura popular han basado su atractivo en una doble personalidad secreta y contradictoria, como héroes bifrontes que parecen un eco de la imagen del dios Jano, que los romanos representaban siempre con dos caras opuestas”, recuerda el comunicólogo español Román Gubern. Esa dualidad produjo mitos basados en la doble identidad secreta, desde el Pimpinela Escarlata de la baronesa Emmuska Orczy hasta el justiciero enmascarado conocido como El Zorro, creación de Johnston McCulley, que bien puede considerarse como el antecedente de superhéroes que tienen en El Fantasma, de Lee Falk, en el Hombre Araña, de Stan Lee y Steve Ditko, en el anarquista enmascarado conocido como V, de Alan Moore y David Lloyd, en Rorschach, de Alan Moore y Dave Gibbons y en, mi favorito particular, Batman, de Bob Kane y Bill Finger, a algunos de sus más brillantes representantes. Deliberadamente omito al todopoderoso Supermán, creación de Joe Shuster y Jerry Siegel, porque él no porta una máscara –físicamente-. Pero, como acertadamente advierte el asesino Bill (David Carradine) en el segundo volumen del díptico dirigido por Quentin Tarantino, “Supermán no necesita una máscara. Clark Kent es su verdadero disfraz, con su actitud tímida, su traje de tres piezas y sus anteojos. Su verdadera identidad es la del héroe. Incluso su capa es la manta que lo arropó en su viaje a la tierra”. Con la protección de sus personalidades secretas los héroes pueden realizar las acciones más nobles y arriesgadas. Porque su heroísmo los coloca –a ellos y sus seres amados- en posiciones peligrosas. La máscara los protege. La máscara los hace libres.

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Esta liberación no siempre es constructiva. En 1941 el psiquiatra estadounidense Hervey Milton Cleckley (1903-1984) acuñó el término “máscara de sanidad” para designar al disfraz que portan los psicópatas –o personas con trastorno antisocial de la personalidad- para aparentar normalidad y ser funcionales ante la sociedad. Clekley observó en ellos 16 signos inequívocos para identificarlos, que deben ser persistentes y no ocasionales:

1. Inexistencia de alucinaciones u otras manifestaciones de pensamiento irracional.
2. Ausencia de nerviosismo o de manifestaciones neuróticas.
3. Encanto externo y notable inteligencia.
4. Egocentrismo patológico e incapacidad de amar.
5. Gran pobreza de reacciones afectivas básicas.
6. Vida sexual impersonal, trivial y poco integrada.
7. Falta de sentimientos de culpa y de vergüenza.

8. Indigno de confianza.
9. Mentiras e hipocresía.
10. Pérdida específica de la intuición.
11. Incapacidad para seguir cualquier plan de vida.
12. Conducta antisocial sin aparente remordimiento.
13. Amenazas de suicidio raramente cumplidas.
14. Razonamiento insuficiente o falta de capacidad para aprender la experiencia vivida.
15. Irresponsabilidad en las relaciones interpersonales.
16. Comportamiento fantástico y poco regulable en el consumo de alcohol y drogas.

Los individuos que usan la máscara de sanidad que identifica Clekley no sufren pues una deformidad física, como aseguraba Cesare Lombroso (1835-1909) un siglo atrás, sino mental. Quienes cruzan la fina línea hacia el homicidio, denominados asesinos en serie, “no tienen moral ni escrúpulos. Su conciencia está muerta”, afirmó Richard Ramírez, bautizado por los medios como “el merodeador nocturno” por sus hábitos depredadores. Pero el aspecto del asesino serial no tiene que ser atemorizante, como el de Ramírez, con su mirada vacía, su sonrisa burlona y su cuerpo cubierto de tatuajes. Tras el amoroso y caritativo hombre de familia que pretendía ser John Wayne Gacy se ocultaba el homicida de 33 varones de entre 9 y 20 años de edad. Gacy no usaba una máscara para cometer sus crímenes, sino el maquillaje de un payaso como
herramienta de seducción y una forma de mimetizarse socialmente –incurren en un error frecuente los estudiosos que afirman que daba rienda suelta a su oficio carnicero ataviado de payaso, aunque la imagen es interesante por estremecedora-.
Con el referente del payaso, es especial el caso del delincuente sin nombre conocido como El Guasón, “un agente del caos” que utiliza maquillaje para vestir su deformidad y producir miedo en sus víctimas, del mismo modo que el malogrado Eric cubría su rostro con una careta para deambular por los sótanos de la Casa de la Ópera de Paris. Machine, el sádico asesino de la película 8mm. de Joel Schumacher, reúsa despojarse de la suya, aún cuando Nicholas Cage le apunta con una pistola a la cabeza. Y es que, como bien me hizo notar mi esposa, “Sin ella no es nadie; es un hombre ordinario. Un hijito de mami”. También en el terreno de la ficción, recordemos a Patrick Bateman –que en su apellido rinde homenaje a otro popular asesino de la ficción-, el yuppie hedonista, carismático, exitoso, melómano, adicto a la pornografía, al sexo violento y homicida que protagoniza la novela Psicópata americano de Brett Easton Ellis. En su traslación a la pantalla grande –dirigida en el año 2000 por Mary Harron-, el personaje (Christian Bale) reflexiona mientras se retira una mascarilla facial para mantener la lozanía de su rostro de 27 años: “Tengo todas las características de un ser humano, piel, sangre, cabello… pero ninguna emoción clara e identificable, salvo codicia y desprecio. Algo horrible está sucediendo dentro de mí y no sé por qué. Mi sed nocturna de sangre se ha desbordado a mis días. Me siento letal, al borde del furor. Creo que mi máscara de sanidad está por desaparecer”.
En la televisión brilla el caso de Dexter Morgan (Michael C. Hall) –personaje creado por el novelista Jeff Lindsay- , el amable analista de indicios hemáticos convertido en asesino serial –un asesino serial de asesinos, de hecho-. En uno de sus más brillantes episodios, justo antes de dejar caer la jaula sobre su siguiente víctima –un abusivo psiquiatra-, le realiza una liberadora confesión en medio de una sesión terapéutica: “soy un asesino en serie”. Es liberadora porque Dexter está conciente del peso de su necesidad de ser socialmente aceptado: mantiene una relación sentimental con una madre soltera, es confidente, apoyo incondicional y consejero de su hermana (“si pudiera sentir amor por alguien, sería por Debra”) y tiene una relación cordial con sus compañeros de trabajo –incluso participa en un equipo de boliche y bebe cervezas con ellos-, todo esto sin experimentar sentimiento o vínculo alguno. Tanto Bateman como Dexter, sin olvidar a sus pares de la vida real, usan máscaras de sanidad de las que se despojan a la menor provocación. Demuestran que el monstruo más terrible es el que encuentra a nuestro lado, el que no utiliza una máscara de hockey o una de halloween, el que vive dentro de nosotros. El que puede estar en el asiento contiguo.