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viernes, 14 de marzo de 2014

Renuencia a los remakes, capítulo 2, o el extraño caso del nuevo RoboCop

Han pasado cuatro semanas desde su estreno comercial, así que la distancia me permite hablar de ella con más libertad. Hay que vencer los prejuicios para disfrutar la reelaboración de RoboCop (José Padilha, 2014). Expresé previamente mis preocupaciones, pero afortunadamente el resultado rebasó mis expectativas. Me encontré ante un remake que disfruté enormemente y se ajusta a lo que comenté ayer. Sobre todo respeta elementos que distinguieron a su versión original, dirigida por el holandés Paul Verhoeven en 1987. Hice en su momento una verdadera súplica a los Reyes Magos: “lo que más deseo es que el espíritu crítico de su primera versión prevalezca: la violencia que sobrepasa las capacidades gubernamentales para enfrentarla, la privatización de las instituciones policíacas, la codicia empresarial, los límites de los avances científicos, el poder de los medios de comunicación, la cosificación del individuo, la pérdida de la identidad y, sobre todo, el triunfo de la condición humana”.
En el año 2028, la Policía del Mundo (el gobierno de Estados Unidos) impone la paz con ayuda de la poco escrupulosa OmniCorp, una transnacional que provee a su ejército de la más impresionante tecnología armamentística (incluido el monstruoso y brutal ED-209). No puede hacer esto en su propia casa pese al apoyo de políticos y del incendiario Patrick Novak (Samuel L. Jackson), conductor de un popular programa de “serio periodismo de investigación”. El propietario del conglomerado Raymond Sellars (Michael Keaton), una suerte de Steve Jobs, identifica la tecnofobia de la opinión pública de su país y decide colocar a un humano dentro de sus máquinas. Entra en escena Alex Murphy (Joel Kinnaman), amoroso esposo y padre de familia quien ostenta ahora un grado de Detective y presta sus servicios en el muy corrupto Departamento de Policía de Detroit. Tras un atentado casi fatal, con ayuda del genio Dr. Dennett Norton (Gary Oldman) e instigado por Sellars, ingresa a un programa que cambiará su vida –o no vida- y lo convertirá en un instrumento supremo de justicia. Uno “pintado de negro”, como resuelve su creador.
Todo está ahí, insisto. Incluso el ruido se los servomotores del héroe y el retumbar del piso cuando camina (a pesar de su diseño aerodinámico). El guión de Joshua Zetumer se permite realizar adiciones notables, como la que tiene que ver con la tecnología de las prótesis ortopédicas en la era del corredor con piernas de titanio –y presunto homicida- Oscar Pistorius. O qué decir del poco amable estratega de combate Rick Mattox (Jackie Earle Haley), entrenador y enemigo de nuestro héroe mecánico. Y ese remate con “I fought the law and the law won”, la pegajosa canción del grupo de punk británico The Clash. En lo personal adoré la puesta en escena, con una muy buena fotografía del brasileño Lula Carvalho, que por momentos se acerca al documental, y los deslumbrantes efectos visuales de Legacy Effects, que dan una nueva dimensión a la tragedia de Murphy.

Al final, lo más importante para sus distribuidores la Metro-Goldwyn-Mayer y Columbia Pictures: trae con vigor a una redituable creación a un nuevo público y abre las puertas al renacimiento de una franquicia. Y no podemos culparlos. El cine de nuestros días es una forma de entretenimiento –a veces de arte-, pero sobre todo un negocio millonario. Esto hace evidente que los nuevos días de RoboCop apenas comienzan.

jueves, 13 de marzo de 2014

Renuencia a los remakes

Regreso al viejo tema de los remakes (uso deliberadamente el anglicismo, pues casi todos lo aceptan). También los llaman, en la era de la corrección política, reelaboraciones. Coloquial y despectivamente, refritos. Este último calificativo tiene base en nuestra renuencia a aceptarlos, cosa parcialmente comprensible. Tendemos a formarnos un criterio en base a la experiencia, y de ésta hemos aprendido que muchos suelen ser malos, terribles e irrespetuosos con la obra que los origina. Esto es ultrajante. Más cuando se realizan con un propósito meramente comercial. Pero de eso ya he hablado en el pasado. Quiero defender a las minorías, porque no todos merecen ser menospreciados simplemente por tratarse de una nueva versión de una historia que conocimos y admiramos. Tomemos el caso de Drácula. Hacerlo sería descalificar el trabajo que Gary Oldman hizo en 1992, o la actuación de Sir Christopher Lee en 1957 y colocarlos por debajo de la interpretación de Bela Lugosi de 1931. Todos son vampiros memorables, con maíces distintos y que se colocan dignamente en la misma posición en nuestra memoria y afectos.
El tema de los remakes supone un gran dilema. Sigamos con el caso de Drácula. No considero uno estricto a la versión que Francis Ford Coppola –sobre un libreto de James V. Hart- dirigió en 1992. Sobre todo si tenemos en cuenta que la de 1931, dirigida por Tod Browning, usa como base un guión escrito por Garrett Fort que parte –más que de la novela de Bram Stoker- del libreto que Hamilton Deane escribió para los escenarios ingleses y que –al comprobarse su éxito- John L. Balderston adaptó para las audiencias estadounidenses. 
Algo similar ocurre con la película La mosca (Kurt Neumann, 1958), adaptación escrita por James Clavell del cuento La mosca de la cabeza blanca de George Langelaan. En 1986 el canadiense David Cronenberg llevó la historia a su universo. Escrita por el mismo Cronenberg y Charles Edward Pogue, en lugar de ofrecernos de nuevo la historia clásica, “es el drama de dos amantes, uno de ellos con una terrible enfermedad degenerativa”, como escuché decir al cineasta hace años en la Cineteca Nacional. Y nadie puede negar que brilla por méritos propios. Lo mismo sucedió con La noche de los muertos vivientes, remake que en 1991 Tom Savini hizo de la cinta que valió su pase a la posteridad a su maestro George Romero en 1968. Ambas son, con la debida distancia, maravillosas.
Incluso hay algunos remakes que logran superar a su original. Y sé que eso puede sonar a sacrilegio. Pero los hay, pese a que son escasos. Para mí siempre será más afortunada la versión de 1988 de La mancha voraz, dirigida por Chuck Russell, que la original de 1958 de Irvin Yeaworth, estelarizada por el entonces debutante Steve McQueen. Las dos son entrañables B movies, cierto, y quizá tiene mucho que ver que la segunda es parte importante de mi adolescencia.
Lo anterior me permite identificar 3 aspectos que definen a un buen remake:
1. Un buen remake nunca debe realizarse con fines puramente mercantilistas, sólo por aprovecharse de la fortuna económica o la fama de una película. Ahí están para demostrarlo los desastrosos remakes de Psicosis (Gus Van Sant, 1998) o La casa de cera (Jaume Collet-Serra, 2005).
2. Un buen remake debe poner al día de forma inteligente, afortunada y respetuosa una idea ya presentada, incorporando aspectos que demuestren su vigencia.
3. Un buen remake agrega elementos reconocibles por el aficionado –guiños-, sean elementos, actuaciones especiales, parlamentos o algo que nos permita trazar un vínculo con su original. Todo usado de forma inteligente que no le reste una identidad propia.

En resumidas cuentas, no debemos generalizar. Dicen que “el que pega primero, pega dos veces”, cierto. Pero el que disfrutemos un remake bien hecho no es un atentado contra una obra que siempre será insustituible, ni mucho menos nos convierte en traidores. Esto me será de utilidad para compartir con ustedes mi visión sobre el nuevo RoboCop. Pero eso será mañana. Espero. 

viernes, 17 de enero de 2014

Cuando los remakes nos alcancen o RoboCop para el nuevo milenio

Me invaden sentimientos encontrados que no deben interpretarse como una forma de aferrarse a lo que las personas de mi generación conocimos y admiramos en nuestra juventud. Tampoco como una negativa para aceptar lo nuevo. Creo que hay historias que rebasan épocas y personajes que ofrecen posibilidades inagotables, dignos de ser revividos una y otra vez. A lo que siempre me opondré es a la falta de respeto y creatividad, a la voracidad mercantilista, a explotar temas solamente porque demostraron su rentabilidad. Ese es el dilema que surgió en mi interior cuando el año pasado vi las primeras imágenes del diseño del nuevo RoboCop, el policía cibernético que se convirtió en figura de culto el verano de 1987 gracias a la imaginación de Edward Neumeier y Michael Miner y a la afortunada –ya mítica- película del holandés Paul Verhoeven.
De ahí que ver hace unas semanas los avances de su nueva encarnación en el actor Joel Kinnaman en la venidera cinta del brasileño José Padilha me causan atracción y muchísimas reservas. A primera vista, pese a su aspecto espectacular y la inclusión de actores de primera línea como Gary Oldman, Michael Keaton, Samuel L. Jackson y Jackie Earle Haley, parece inscribirse en la muy actual tendencia de oscurecer a los clásicos. Y me encanta la ligereza con que lo aceptan. Cuando preguntan a su creador (Keaton) sobre el color que deben usar, responde simplemente “píntenlo de negro”. El nuevo RoboCop se encuentra a medio camino entre el Batman de Christopher Nolan y un heroico Power Ranger. Amigos entrañables me han dicho que sólo bastaría pintarlo de dorado y ponerle alas para que pareciera un Caballero del Zodiaco.
Pero haciendo a un lado las bromas, lo que más extraño –además de un memorable Peter Weller y el brioso tema de Basil Poledouris-  es el diseño que en su momento nos presentó Rob Bottin: enorme, imponente, capaz de intimidar a buenos y malos, cuyos pasos hacían retumbar el suelo y sus movimientos mecánicos, acompañados del ruido de sus motores. Pero el avance de la tecnología es inevitable. El RoboCop de 2014 es esbelto, más acorde con la agilidad que requeriría el perseguir a pie a los malvados, andar en motocicleta o saltar un muro. Y hagamos una inevitable analogía: el viejo RoboCop sería un “ladrillo” Motorola SLF1024A. El nuevo, un flamante iPhone 6.
Lo que más deseo es que el espíritu crítico de su primera versión –de la buena ciencia ficción- prevalezca: la violencia que sobrepasa las capacidades gubernamentales para enfrentarla (¿les suena?), la privatización de las instituciones policíacas, la codicia empresarial, los límites de los avances científicos, el poder de los medios de comunicación, la cosificación del individuo, la pérdida de la identidad y, sobre todo, el triunfo de la condición humana.

En breve despejaremos todas las dudas. Siempre defenderé las aportaciones valiosas, sin importar su procedencia. Espero deslumbrarme en unas semanas. Sólo podemos esperar lo mejor. 

jueves, 11 de abril de 2013

Cuando el Diablo nos alcance (2)


Los remakes me provocan sentimientos encontrados, y la mayor parte de ellos los he discutido en este espacio. “Cada generación tiene el derecho a reinventar a sus clásicos”, digo con frecuencia. Pero el que se aventure a intentarlo debe ofrecer un resultado propositivo que se acerque al valor emotivo de la película que lo inspira. Cuando me reencuentro con Volver al futuro (Robert Zemeckis, 1985) deseo siempre que nunca se atrevan a hacer una nueva versión. No al menos como se rumoró en un momento, con la pop star Zack Efron como Marty McFly, papel con el que sólo puedo asociar al entrañable Michael J. Fox. Son infames, aborrecibles, cuando son irrespetuosos del material del cual proceden, son producidos por falta de creatividad o vil voracidad mercantilista. En algunos pocos casos –dignos de reconocimiento- el resultado, si bien no se equipara a la cinta original, no es decepcionante. Llega a ser incluso muy disfrutable.
Así me sucedió con Posesión infernal (2013), reelaboración de la película de culto Evil dead (1981), producida por el trinomio responsable de la primera versión: Sam Raimi (director y guionista), Bruce Campbell (protagonista) y Robert G. Tapert (productor). Ese puro hecho es prometedor. La dirigió y co escribió el uruguayo Fede Álvarez –junto con Rodo Sayagues- con la ayuda –sin crédito- de la galardonada guionista Diablo Cody. Las referencias son oportunas en este momento. Álvarez fue aplaudido por su cortometraje Ataque de pánico (2009); Cody ostenta como mejor tarjeta de presentación su trabajo en Juno (Jason Reitman, 2009). El director ha declarado que no debe considerarse necesariamente un remake, pues él la visualiza como otra historia dentro del universo creado por Raimi.
La opiómana Mia (Jane Levy) es llevada a una apartada cabaña en el bosque por su hermano David (Shiloh Fernandez) y sus amigos Eric (Lou Taylor Pucci) y la enfermera Olivia (Jessica Lucas) para ayudarla en su desintoxicación. Los acompaña Natalie (Elizabeth Blackmore), novia de David, y Abuelo, el perro de la familia.  Los sentidos de Mia, aguzados por la abstinencia, los llevan a detectar gatos muertos colgados en el sótano. Ahí encuentran también un envoltorio inquietante, asegurado con alambre de púas, que contiene el Naturom Demonto, libro maldito del que ya he hablado –convenientemente, seguro que por cuestiones de derechos, ha dejado de llamársele Necronioomicón-. Cuando Eric lee pasajes en voz alta, se desata el horror. 
Sigue un festín sanguinolento, más aún que la cinta de 1981, donde se deja ver la buena mano de Álvarez, una fotografía lóbrega de Aaron Morton, una correcta puesta en escena de Robert Gillies y una poderosa partitura de Roque Baños. Todo rinde tributo al estilo visual de Raimi, desde la cámara que viaja por el bosque a sus acercamientos frenéticos. El director ofrece una buena dosis de golpes, puñaladas, clavos y desmembramientos que dejarán satisfechos al diletante más exigente del cine gore. Dejemos a un lado las preguntas racionales. ¿Sería capaz una persona, luego de ser golpeada, apuñalada, atacada por una pistola que dispara clavos y que ha perdido mucha sangre, de ponerse de pie para defender a su amigo? El buen slasher –el horror en general- exige nuestra complicidad para pasar por alto esos detalles.
Hay también espacio para guiños al conocedor, como el protagonista con talento pictórico, el reloj de pie, la escena de la violación que comete el bosque, la aparición del Delta 88 Oldsmobile modelo 1973 de Ash (Campbell), automóvil de la juventud de Raimi y constante en todas sus películas –podemos verlo en Darkman (1990) o lo conduce el tío Ben (Cliff Robertson) en El hombre araña (2002), por sólo citar dos casos-, la clásica motosierra –y su hermana menor, un cuchillo eléctrico- o frases memorables, como el “vamos a atraparte” –que aparece sólo en los avances- o “puedo oler tu alma asquerosa”. Hay pequeños grandes premios para el que resista los créditos finales, como la grabación del Profesor Knowby (Bob Dorian) de la película de 1981 o la breve presencia de Bruce Campbell, exclamando su ya clásica línea “Groovy”.
Aunque Raimi ya ha confirmado una cuarta entrega de la serie, una secuela de El ejército de las tinieblas (1992), no se ha descartado que los caminos de Ash y Mia se unan. Eso sería deseable.
Y finalizo con mi dilema inicial. Abrazaré la posibilidad de un remake de Volver al futuro siempre y cuando trate con dignidad a su original y sea capaz de maravillarme como sigue haciendo hasta ahora. Ese es un reto mayor pues, como la original Evil dead, su estatura es inalcanzable.

miércoles, 13 de marzo de 2013

¿Podrán renacer las slasher movies?


Mi reencuentro televisivo, accidental, con el remake de Viernes 13 (Marcus Nispel, 2009) confirmó lo que sentí cuando lo vi por vez primera: fue un esfuerzo inútil, insatisfactorio, casi irrespetuoso, por tratar de revivir una redituable franquicia. Sucedió algo similar con la intentona (que si tuvo una secuela) del músico y cineasta Rob Zombie por traer a los nuevos públicos la indispensable Halloween (en 2007). Un poco más afortunada fue la puesta al día de Pesadilla en la calle del infierno, rebautizada apropiadamente como Pesadilla en Elm Street (Samuel Bayer, 2010), y aún a pesar de sus aportaciones (abundar en el pasado pedófilo de Freddy Krueger) y su competente protagonista (Jackie Earle Haley) queda a deber al aficionado de la saga, al que añora tiempos sencillos y sanguinolentos. Pareciera que los aspectos que definieron a las slasher movies han quedado atrás. La ausencia de nuevos especímenes me lleva a preguntarme si es posible que haya un resurgimiento de este subgénero del cine de horror. El más atractivo en tiempos recientes fue Scream, grita antes de morir (Wes Craven, 1996). Lo terrible es que desde su estreno han pasado casi dos décadas. Su aportación consistió en deconstruir sus convenciones: el inteligente guión de Kevin Williamson nos presentaba a Randy Meeks (Jamie Kennedy), un joven como ustedes o yo (aunque ya no lo soy tanto) que adoraba las versiones originales de los títulos que mencioné y enunciaba una serie de reglas para sobrevivir en una historia de este tipo. En ellas definía sus elementos infaltables:
1. Una locación con personalidad propia, sea una entidad (el Estado de Texas), un campamento en el bosque (Crystal Lake) o una comunidad suburbana (Haddonfield, Illinois, Woodsboro, California, o Springwood, California, todas ficticias). Porque el villano, como muchos depredadores, es territorial.
2. Un asesino terrible, preferentemente enmascarado, con un pasado tortuoso que busca venganza y víctimas a cualquier costo, débala o no el desafortunado que se cruce en su camino.
3. Corderos de sacrificio, es decir jovencitos de diferente naturaleza, desde la chica virtuosa y virginal, el estudiante sensato e inteligente, el popular y atractivo atleta, el borrachito impertinente, la voluptuosa y casquivana porrista, el rebelde sin causa o el impopular nerd. Todos jugarán diversos papeles en la intriga. No todos sobrevivirán.
4. Sexo, actividad que el malvado castigará sin piedad. Todos recordamos a las parejitas que se encontraban en pleno fornicio y eran despachadas cruelmente por el homicida en turno. En muchas maneras el slasher era un guardián de las buenas costumbres y un vigilente de la sexualidad irresponsable en la era de Ronald Reagan, el SIDA y las enfermedades infecto contagiosas.
5. Mucha, mucha sangre, que incluso debe salpicar la cámara.

Casualmente todos confluyeron en la muy afortunada La cabaña del terror (The cabin in the woods, Drew Goddard, 2012). Esta es la luz de esperanza que busco. Así que los futuros cineastas tienen un gran reto por delante.

miércoles, 23 de enero de 2013

Porque recordar es volver a vivir (grandes pendientes del 2012 parte 2)


A principios de los noventas conocí, gracias a mi querido amigo y mentor Ricardo Bernal, una obra más de Phillip Kindred Dick, el popular autor de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968), la maravillosa novela que inspiró Blade Runner (Ridley Scott, 1982). Ricardo no sólo es una de las personas que más sabe de ciencia ficción que conozco –y de otros temas relacionados con el horror y la fantasía-, sino uno de los mayores conocedores de la obra del escritor norteamericano. También incluyó el relato en una maravillosa antología titulada Cuentos de ciencia ficción (Alfaguara, 1997). Sobre él escribió en su prólogo: “Por último, y para cerrar con broche de oro, Lo recordaremos por usted perfectamente de Phillip K. Dick, quien a partir de su muerte en 1982 se ha convertido en un autor de culto, a tal grado, que algunos críticos lo han llegado a considerar como el mejor escritor norteamericano del siglo XX. El insólito argumento de este cuento sirvió de base para el guión de la película El vengador del futuro (Total recall), aunque claro, el original supera con creces a la película”. Y es cierto. El relato es estupendo, contundente, en mi humilde opinión uno de los mejores de Dick. En la narración, en un futuro no distante en la ciudad de Chicago, el apocado empleado de migración Douglas Quail acariciaba el deseo de visitar Marte, planeta con el que soñaba constantemente. Al no tener los recursos para materializar el viaje, acudía a Recuerda, S.A. para que implantaran en su memoria la experiencia, con resultados inesperados. Sobre esta base, Ronald Shusett, Dan O´Bannon y Gary Goldman (los dos primeros mejor recordados por su trabajo en Alien de Ridley Scott y el segundo por adaptar al propio Dick en Minority report: sentencia previa de Steven Spielberg y Next, el vidente de Lee Tamahori) escribieron la ya mencionada El vengador del futuro, dirigida en 1990 por el holandés Paul Verhoeven, muy reputado en aquellos días por esa joya llamada Robocop (1987). La cinta era un vehículo para el lucimiento del fortachón Arnold Schwarzenegger, quien pese a sus limitadas capacidades actorales encajaba a la perfección para el papel de un obrero de la construcción que llevaba una vida que no era la suya. Si bien se alejaba –como muchas cintas- de su fuente de procedencia,  la buena mano del director, los logrados efectos visuales de Rob Bottin, la briosa partitura de Jerry Goldsmith y su competente reparto (Rachel Ticotin, Sharon Stone, Michael Ironside y Ronny Cox) la convirtieron en un éxito de taquilla bien recibido por la crítica especializada. El joven que fui y con el que mantengo un diálogo constante la disfrutó enormemente. Hace muy poco que me reencontré con la película volví a disfrutarla. Esto fue con el pretexto del estreno de su inevitable remake, a cargo ahora del buen artesano del cine de acción Len Wiseman y protagonizada por el irlandés Colin Farrel.
La cinta no fue en absoluto una decepción. Más que una nueva adaptación del cuento de Dick, el guión de Jon Povill y Kurt Wimmer toma la historia planteada por Sushett y O´Bannon con algunos cambios notables: la trama se desarrolla ahora en la Tierra, y no parcialmente en Marte como su predecesora. A finales del siglo XXI el planeta, asolado por guerras químicas, divide a la población superviviente en dos territorios, la Federación Unida de Britania y la Colonia, ubicada en el territorio que solía ocupar Australia. Para asegurar su supervivencia y realizar sus labores, obreros debían atravesar el globo terráqueo todos los días en un transporte conocido como La Caída. En este contexto el obrero Douglas Quaid (Farrell) tiene extraños sueños que su esposa Lori (Kate Beckinsale) trata de minimizar. Pero nada es lo que parece. Una visita a la empresa Rekall y la aparición de la bella Melina (Jessica Biel) se encargan de revelarle a su “otro yo” Carl Hauser, brazo derecho del malvado canciller Cohagen (Bryan Cranston, el papá de Malcolm el de en medio) convertido en parte de la resistencia contra una sociedad totalitaria liderada por Matthias (Bill Nighy). El vertiginoso espectáculo que sigue, plagado de persecuciones, peleas y tiroteos está diseñado para empalmar con la estética de otras adaptaciones al cine de relatos de Dick, desde las ya mencionadas Blade Runner y Minority report, a otros clásicos de la ciencia ficción como la reciente versión de Yo, Robot (Alex Proyas, 2004), con sus soldados artificiales. Aunque como dije prescinde de elementos de su antecesora, como el taxista robótico Johnny Cab, el líder insurgente marciano Kuato (Marshall Bell), la intención de ocultar ese gigantesco dispositivo para dar al planeta rojo una atmósfera y la ya inolvidable persecución en la glorieta del Metro Insurgentes –los de mi edad saben que se rodó en México-, conserva detalles que todos conocemos bien, como esa mujer obesa y pelirroja en la aduana, la prostituta mutante con tres senos, o el dispositivo de localización en el cuerpo del héroe, ahora transformado en teléfono celular implantado en la palma de su mano. El resultado es satisfactorio. Quizá innecesario, pero satisfactorio. 

viernes, 19 de octubre de 2012

Crónicas del perro artificial


En 1984, con tan sólo 25 años de edad, el joven Timothy Walter Burton dirigía su tercer trabajo profesional, el cortometraje Frankenweenie, a partir de un guión de Leonard Ripp –basado en una historia de Burton- e insólitamente auspiciado por los estudios Disney, la casa productora que lo vio nacer como artista. Con la notable influencia de Frankenstein y La novia de Frankenstein (James Whale, 1931 y 1935), en tan sólo 29 minutos y en glorioso blanco y negro, contaba la historia Víctor Frankenstein (Barret Oliver, el Sebastian de La historia sin fin), un niño que vivía con sus padres Ben y Susan (Daniel Stern y Shelley Duvall) en una pacífica comunidad suburbana (símil indudable del californiano Burbank donde Burton creció). El pequeño soportaba su entorno en compañía de su fiel amigo Sparky (un maravilloso Bull terrier), quien en los primeros momentos del relato es atropellado y muerto por un automóvil. La negativa de Víctor a enfrentar su pérdida es el motor de una obra inolvidable. “Todos tienen un perro al que aman, y la idea de mantenerlo vivo impulsó la cinta”, confesó el director a Mark Salisbury en el libro Burton sobre Burton. Irónicamente, a pesar del triunfo estético que supuso, Disney despidió a Burton tan pronto concluyó el proyecto, porque era “demasiado aterrador para sus espectadores” y “dilapidó recursos de la empresa”. Tontos. Aunque la decisión me indigna, no es extraña considerando el tipo de productos que ofrecen a sus consumidores: películas que si bien forman parte de nuestra primera formación son desviaciones edulcoradas de relatos clásicos y oscuros. Pero los tiempos cambian, y los seguidores de Disney han evolucionado. Casi 30 años después, la casa del “ratón Miguelito” retoma un producto que despreció y reivindica al hombre que lo imaginó.
Frankenweenie (2012) es la reelaboración dirigida por el mismo Burton, ahora un maduro y reputado cineasta de 54 años, de uno de sus primeros trabajos. Con un guión de John August –autor de muchos de sus trabajos recientes-, lo convirtió en un flamante largometraje de 87 minutos. Esa era mi principal preocupación: cuando estiras demasiado una liga, se rompe. Tenía serias reservas sobre si la historia, que funcionaba perfectamente como corto, sobreviviría la transición a un metraje mayor. Y la respuesta es un rotundo si. Como hizo con El extraño mundo de Jack (Henry Selick, 1993), James y el durazno gigante (Henry Selick, 1996) y El cadáver de la novia (2005), el director decidió recurrir al stop motion, técnica que glorificara Willis O'Brien y Ray Harryhausen. Pero el stop motion que ahora emplea se aleja notablemente del refinamiento y tersura que vimos en Coraline (Henry Selick, 2009) o ParaNorman (Sam Fell y Chris Butler, 2012), incluso de El cadáver de la novia. Burton opta por emular los resultados que tuvo en Vincent (1982) o en El extraño mundo de Jack.
La trama es básicamente la misma, sólo que tiene notables añadidos para prologar el metraje: el siniestro Señor Rzykruski (voz de Martin Landau), claro homenaje a Vincent Price y profesor que le enseña a Víctor los misterios sobre la electricidad que Alassandro Volta y Luigi Galvani vislumbraron en su época; la darketa/emo Elsa van Helsing (voz de Winona Ryder), vecinita de Víctor que comprende su otredad y es dueña de una perrita que nos recuerda a Elsa Lachester y su caracterización más celebrada; el irritable tío de ésta, el Sr. Bergermeisterel (voz de Martin Short), alcalde de la ciudad y defensor a ultranza de la cultura holandesa; el torcido Edgar E. Gore (voz de Atticus Shaffer, el niño de La profecía del no nacido y la teleserie The middle); y la tropa de pequeñines macabros arrancados de la fuente original y el libro La melancólica muerte del chico ostra, también de Burton. Estos últimos –y sus revinientes mascotas- permiten guiños que nos remiten a otros monstruos famosos de los estudios Universal –del hombre invisible a la criatura de la Laguna Negra-  y al mejor Kaiju eiga –o cine de monstruos gigantes- japonés. De paso nos da un vistazo a la fascinación de Burton por el horror y lo gótico, de Mary Shelley a Christopher Lee y El horror de Drácula (Terece Fisher, 1958). Todo en un paquete nostálgico y emotivo, disfrutable de principio a fin.
Con sus padres (voces de Catherine O'Hara y Martin Short) como testigos, Víctor (Charlie Tahan, el niño de Soy Leyenda) aprende al final que hay cosas inevitables en la vida. “No tienes que regresar”, le dice a su perrito mientras yace inerte. Pero por fortuna hay cintas que tienen –merecen- un final feliz.
Cuando valoro el Frankenweenie de 2012, pienso en Alicia en el país de las maravillas (2010 y que como saben me decepcionó sobremanera) como una especie de pago de derecho de piso que Burton tuvo que hacer a Disney para retomar uno de los logros que cimentaron su carrera. Si es el caso, la concesión valió la pena.
                                                                                                                              

martes, 6 de septiembre de 2011

Crisis de la mediana edad (de los guionistas) o la cosecha de remakes nunca se acaba.

Las personas de mi generación visitaron el país llamado infancia en la década de los ochenta. Fue un momento colorido, que muchos se afanan en satirizar (recuerdo por lo pronto el programa de televisión Horribles ochenta). La era de Ronald Reagan, Margaret Tatcher, los zapatos Top sailer, el grupo Flans, las hamburguesas Burger Boy, dejó una huella imborrable en la memoria en nosotros. Más allá, todos recordamos el infame terremoto que azotó México una mañana de septiembre de 1985, cuyo efecto aún se siente en nuestros días. Ese mismo año brilló en la cartelera estadounidense una modesta película de horror, tan frecuentes en ese entonces (por esos años nacieron Freddy Krueger y Jason Voorhees) titulada Fright Night (los genios mexicanos del subtítulo le pusieron, adecuadamente, La hora del espanto), escrita y dirigida por Tom Holland. En honor a la verdad (y se que muchos se me lanzarán al cuello), no es una gran película. Su historia es convencional y su vampírico protagonista (Chris Sarandon) no deja de recordarme al cantautor Sergio Fachelli. Pero con el paso del tiempo, y en gran medida por la nostalgia, se ha convertido en un clásico, a la altura de especímenes muy superiores como El ansia (Tonny Scott, 1983), Al caer la oscuridad (Kathryn Bigelow, 1987) o Los muchachos perdidos (Joel Schumacher, 1987).
Buena parte de su éxito se debe, sin duda alguna, al intrépido cazador de vampiros Peter Vincent (Roddy McDowall), homenaje más que evidente a Peter Cushing, Vincent Price y las películas de la Hammer Films de la década de los cincuenta. La antigua estrella de cintas de horror –transformado en un presentador de televisión como Elvira, la Reina de las Tinieblas (Cassandra Peters)- es su mejor aportación, la que le otorgó perdurabilidad. Es cierto que tiene elementos divertidos como la mojigata Amy (Amanda Bearse) y el truculento Evil Ed (Stephen Geoffreys) que se transforma en lobo, y toca temas muy en boga en ese momento (como la sexualidad responsable entre los jóvenes y el divorcio), pero ello no es suficiente para recordarla. Necesitamos la presencia de Peter Vincent.
En unos días se estrenará su inevitable remake, tema que tanto he discutido en este espacio, con Collin Farrell como el vampiro Jerry Dandridge y David Tennant como Peter Vincent, personaje ahora influenciado –según los avances que he visto- por fenómenos televisivos contemporáneos como el escapista Chris Angel y la cultura dark. Esta tendencia –el remake- ha ocupado enormes espacios de este blog. Nos pone al tanto de la falta de creatividad de Hollywood para experimentar con nuevas historias que revitalicen al vampiro y nos hace concientes del paso del tiempo. Sólo resta esperar hasta su estreno.  

lunes, 21 de febrero de 2011

Crítica sangrienta

En complemento a mi entrada anterior, transcribo lo que mi amigo Rafael Aviña escribió sobre la versión estadounidense de Déjame entrar el pasado viernes 21 de enero de la sección Primera fila del diario capitalino Reforma.


**
Revivir el terror
Rafael Aviña

Déjame entrar (2008), original película sueca de Tomas Alfredson inspirada en la novela homónima de John Alvijde Lindqvist, presuponía una refrescante revisión al mito fílmico vampírico en un momento en el que Hollywood apostaba por cursiladas de fórmula como la saga Crepúsculo.
En ese sentido, la nueva versión estadounidense resulta atractiva, no tanto por los cambios, que en realidad son mínimos –la relación entre Abby y su supuesto padre-, o sus secuencias de acción gore poco más sangrientas que la original, o su ritmo más intenso, sino por las aportaciones al género que una producción europea de bajo imponía al mercado hollywoodense.
Resulta interesante también el hecho que Déjame entrar (Gran Bretaña-Estados Unidos, 2010) marca el regreso de la mítica compañía inglesa Hammer Films, especializada en películas de horror y fantasía y del joven realizador Matt Reeves, responsable de Cloverfield. Monstruo, hiper estilizada, subversiva y muy entretenida revisión del cine de terror paranoico de los años 50, pero desde la perspectiva de ese malestar posterior al 11 de septiembre a medio camino entre Godzilla y El proyecto de la bruja de Blair.
El gélido escenario del complejo de departamentos de Estocolmo, es trasladado a un lugar muy similar en Nuevo México a principios de la década de 1980, con un reparto muy competente en particular sus protagonistas infantiles.
Ahí se desarrolla la historia de Owen (Smit-McPhee de El último camino), un niño solitario con problemas de comunicación cuyos padres están en proceso de divorcio, objeto de abuso por parte de algunos de sus compañeros y la conmovedora relación que sostiene con Abby (Chloë Moretz, Kick-Ass), una extraña niña recién mudada al vecindario que vive con su padre (Richard Jenkins), huele mal y parece no tener nunca frío.
Al mismo tiempo, empiezan a ocurrir una serie de brutales asesinatos que la policía atribuye a un culto satánico.
Se trata sin duda de un remake bastante digno y realizado con eficacia que aprovecha la paranoia política reaganiana de los 80 y el desafoque y los escenarios en penumbra como una propuesta estética para sugerir mayor violencia.
Hay momentos de enorme intensidad como la escena final en la piscina o el instante en que Owen no permite la entrada a Abby a su hogar, en un filme válido a su vez por temas cotidianos como la marginación infantil y el tan de moda bullying escolar.

jueves, 17 de febrero de 2011

Pase usted

Quien no pertenece a la naturaleza tiene, si embargo, que obedecer ciertas leyes naturales, aunque no sepamos por qué. No puede entrar en ningún lugar a la primera intención, a menos que alguien de la casa le pida que entre. –Drácula, Bram Stoker (1897).
Un remake como Déjame entrar (Matt Reeves, 2010) puede inflamar el ánimo de más de uno. Y más si apreció profundamente, como yo, su grandiosa versión original (Tomas Alfredson, 2008). La reelaboración puede poner de nuevo en la mesa el tema de la falta de originalidad de la industria cinematográfica estadounidense, su voracidad ante fenómenos de otras latitudes –Japón y España son las primeras víctimas que me vienen a la mente- y su validez como aportación al cine de horror. ¿Era realmente necesario un remake de Déjame entrar? Las personas que vieron ambas películas tienen opiniones encontradas. Por un lado están las posturas puristas, que defienden a ultranza la original, y los que abrazaron gratamente la nueva y aseguran que es tan buena como su predecesora. Esta controversia se debe a que la película sueca es, en mi humilde opinión, la mejor cinta de vampiros en los últimos 20 años, una bocanada de aire fresco –que es a su vez fiel a la tradición- en medio de especimenes como Crepúsculo y su clon televisivo Vampiro Diaries.
En algún momento comenté que ambas cintas se basan en la novela homónima del escritor sueco John Alvijde Lindqvist (Edhasa, 2008) y cuenta la relación entre OskarOwen en el remake hollywoodense-, un niño que sufre la separación de sus padres, padece enuresis, bullying y es aficionado de la nota roja –así comenzaron muchos asesinos en serie-, y EliAbby en el remake hollywoodense-, una niña vampiro. Lo primero que debo decir a favor de la película gringa es que el propio Lindqvist, luego de verla, se declaró el escritor más feliz del planeta: “soy autor de una novela que ha inspirado dos maravillosas películas”. Y es que debemos ser justos, la nueva Déjame entrar es una cinta muy disfrutable y no me decepcionó en lo más mínimo. Su reparto –de rostros desconocidos, salvo Elias Koteas y Richard Jenkins- es competente, al igual que su puesta en escena, fotografía y la inspirada partitura de Michael Giacchino. Añade algunos detalles simpáticos, como el contexto reaganiano, los caramelos Now and later -algo así como los Sugus- y la euforia por el cubo de Rubik, tan característicos de los 80. Es cierto que tiene aspectos de los que podría prescindir –como esos efectos digitales en el ataque al peatón o el rostro deformado de la niña cuando es presa del ansia-, pero algunos notables como el voyeurismo tipo Jimmy Stewart de Owen (Kodi Smit-McPhee), el rostro desenfocado y a veces fuera de cuadro de su madre –un recurso que nuestro compatriota Carlos Enrique Taboada empleó con gran eficacia en Veneno para las hadas (1984)- o el contacto exclusivamente telefónico con su padre alcohólico: en la vida del niño, como en la trama, sus progenitores son figuras anuladas, inexistentes.
Segmentar la historia, lineal en su forma original, es una licencia que tomó el director/guionista Reeves y no afecta el resultado, quizá un toque que pretende cierta originalidad. Fuera de lo anterior, la amistad improbable entre los dos niños continúa como eje narrativo. Abby (Chloë Grace Moretz) es un personaje perturbador, no sólo por su bestialidad disfrazada de inocencia, sino por su necesidad de un protector en las horas diurnas y un proveedor eficiente de alimento. Porque para mí, desde el primer momento en que habló con Owen, la niña vio a un sucesor potencial de su “padre”. La película de Reeves pretende ofrecer más datos sobre la relación entre ambos, aunque desaprovecha los apetitos pedófilos del personaje tal como los plantea Ajvide Lindqvist en la novela, así como el tortuoso pasado de la niña vampiro –de profundizar en él tendríamos cintas muy diferentes- y sus recursos económicos. Y ya que la policía relaciona los asesinatos cometidos por el “padre” de Abby con un culto satánico, me hubiera gustado que explotara la fascinación de Owen por la nota roja periodística, quizá con recortes de las “obras” de populares asesinos de los 80, época tan abundante en perturbados de esta clase –Henry Lee Lucas fue aprehendido el 11 de junio de 1983 y procesado en Texas, por ejemplo-. Y ahora hablemos de omisiones (respecto a la cinta original). Reeves decidió eliminar una escena estupenda, la de la desafortunada Virginia –víctima de los apetitos de Eli y vampiro en proceso de conversión- atacada por los gatos de su vecino, quienes advertían el cambio que obraba en ella.
Para finalizar, la Déjame entrar de 2010 es una cinta correctamente elaborada, un remake lindo pero innecesario. Algo que se agradece es que, siendo una película distribuida por un gran estudio, dejó de lado la voracidad comercial –en esta ciudad de México salió de cartelera tres semanas después de su estreno-. Resuena en mi cabeza la sentencia de mi amigo Jorge Grajales: “si no está roto, no lo compongas”. Disfruté ambas películas, cada una por méritos propios. Pero al final, me quedo con la versión sueca. Ésa no tiene nada que pueda cuestionarle.

martes, 27 de julio de 2010

La noche de los muertos vivientes en el nuevo milenio

Una de las películas que nunca dejo de ver cada vez que me topo con ella en la televisión es La noche de los muertos vivientes (George Romero, 1968). Es una de las obras que más cautivaron mi imaginación adolescente, una metáfora terrible a la que he dedicado mi atención adulta a través de textos (en Amor al terror, 2008, Ediciones Shamra) y disertaciones públicas (en 2003 recordé su 35 aniversario en las desaparecidas Charlas de Café de la Cineteca Nacional). Más allá de academicismos, el zombi es uno de mis monstruos favoritos, uno que conserva su capacidad de atemorizarme, uno que me habla de un miedo fundamental: perder mi intelecto e identidad, convertirme en uno del montón.
El sábado por la noche me encontré casualmente con su reelaboración, que no suelen pasar en televisión, uno de los pocos remakes que no corrieron con la miserable suerte de otras cintas que pretendían actualizar obras clásicas del cine de horror. En esta ocasión se trató de la revisión que Tom Savini hizo en 1990, con la bendición del propio Romero y su coescritor John Russo, de La noche de los muertos vivientes. Savini era la elección ideal para esta labor. No sólo se encargó, en su faceta de habilidoso artesano de efectos especiales, del maquillaje de la saga zombi de Romero desde su segunda entrega –de hecho, desde Martin (1977)-, sino ha demostrado una gran sensibilidad –sanguinolenta- para explorar a éstos seres, desde su aparición especial en otras reelaboraciones (El amanecer de los muertos, Zack Snyder, 2004), divertimentos (Planeta terror, Robert Rodríguez, 2007) e infamias (Los hijos de los muertos vivientes, Tor Ramsey, 2001). Respetuosamente, Savini trae el drama de supervivencia por todos conocido para las nuevas generaciones. Sólo que lo hace de manera más vigorosa e impactante, en flamante technicolor, gracias a los avances técnicos y beneficiado por un mayor presupuesto que los autores originales. Uno de sus aciertos fue que Bárbara cobrara un papel más activo en su propia supervivencia. De ser una chica casi catatónica al toparse abruptamente con el horror (en 1968), se convirtió en una mujer aguerrida, dispuesta a defenderse y acabar por mano propia con más de un zombi (en 1990). Vindica el rol femenino en las cintas de horror. Abrió el paso a una nueva generación de mujeres combativas, como una Milla Jovovich que patea muertos al por mayor en la adaptación de un conocido videojuego. La invitación a la reflexión sigue intacta. Perviven los conflictos raciales, la familia disfuncional, la desconfianza sobre nuestra clase gobernante y la crítica a la sociedad de consumo. Lo más importante también: los “seres humanos” no somos diferentes de nuestros pares reanimados. “Ellos son nosotros y nosotros somos ellos”, acepta fatalmente la superviviente en los momentos finales de la película. Cobró sentido la otra noche que uno de mis vecinos golpeó con una escoba a un perro de la calle que buscaba cobijo de la fría lluvia. Por eso, como decía Emilio García Riera, “el cine es mejor que la vida”. Al menos los zombis sólo tienen poder en la oscuridad. Los verdaderos monstruos viven en la puerta de al lado.

lunes, 31 de mayo de 2010

Freddy regresa, parte 2 de 2.

En la Pesadilla en la calle Elm de 2010 la historia no ha cambiado radicalmente. Nancy Holbrook –Roney Mara- es una típica adolescente del pacífico pueblo californiano de Springwood. Cuando algunos de sus condiscípulos mueren misteriosamente, varios durante el sueño, sus investigaciones revelan recuerdos tortuosos: de niños fueron el festín de un pedófilo llamado Fred Krueger, a quien sus padres ajusticiaron sin misericordia. Pero este no fue el final. El malvado encontró la manera, tras su dolorosa muerte física, de consumar su venganza a través de los sueños de los hijos de sus victimarios. La variante más dramática de la cinta –y su mayor aportación- es que explora las raíces del villano Krueger, razón que le valió la titularan en España Pesadilla en la calle Elm: el inicio. Y esa es precisamente una de las grandes fallas del guión de Wesley Strick y Eric Heisserer. Si Fred Krueger es un pedófilo, ¿por qué esperar a que sus víctimas lleguen a la adolescencia para acabar con ellas? Un pedófilo, desde el punto de vista de la Psicología, sólo siente atracción por niños o preadolescentes con rasgos infantiles. Una jovencita promedio, con todo y el crecimiento de sus caracteres, jamás sería objeto de los apetitos de un criminal de esta naturaleza. Los atribulados jóvenes no se valen ya de simple café para mantenerse despiertos: ingieren anfetaminas, toman Red Bull e incluso se inyectan adrenalina directo al corazón, en una escena que no deja de recordarnos a Pulp fiction (Tarantino, 1994). El aspecto de Krueger no varió significativamente –el guante con navajas, el suéter a rayas y el infaltable sombrero siguen ahí-, pero su apariencia semeja más la de una auténtica víctima de quemaduras de tercer grado. Pero no sólo sus cicatrices cambiaron, también su humor. La interpretación de Jackie Earle Haley es más sombría, más en tono con el carácter oscuro y malvado del personaje. Ese es un aspecto que los aficionados extrañarán, el sabor nostálgico de su predecesora y sus recursos limitados que la acercaban a una película B: una de las secuencias más memorables, la del malvado Krueger al acecho en la cabecera de Nancy, es "mejorada" gracias a los efectos de computadora. Todo el conjunto, si bien es impecable, carece de personalidad. La dirección del debutante Bayer, quien se forjó al hacer videoclips para Metallica y Green Day, es pulcra, apoyada de una eficiente fotografía de Jeff Cutter. Pero todo, por alguna razón, no termina de convencer. Si tenemos en cuenta el infame resultado de muchos remakes –como la ya mencionada Viernes 13-, la nueva Pesadilla no sale mal librada. Es una película que puede verse y olvidarse. No obstante es inminente una secuela. Posiblemente es el reinicio de una franquicia redituable. Y es que Freddy Krueger, a pesar de su corta vida, ha demostrado tener capacidad de revivir continuamente como el monstruo clásico que ya es. De sus aventuras, sin duda, volveré a ver otro remake.