Una noche de julio de 1985 crucé el umbral, en compañía de mis padres, del desaparecido cine Dorado 70. Me llevaban a ver Volver al futuro, entusiasmado porque Steven Spielberg –mi ídolo entonces por Tiburón (1975) y E.T. (1982)- endosaba su nombre a la producción. Durante casi dos horas me reí, angustié, emocioné y comprobé –como el cinéfilo de 12 años que era- que el cine era una experiencia mágica. Hace unos días, gracias a un video que colocó en la red mi amigo Carlos del Río, cobré conciencia que habían pasado 25 años desde aquella velada inolvidable. En el video, extraído por algún devoto del celuloide, aparecieron los actores Michael J. Fox y Christopher Lloyd aceptando un Scream award, galardón otorgado por los seguidores del horror y la fantasía, por la trascendencia de la cinta. Y no puedo evitar confesar que ver a la dupla –el primero presa del terrible Mal de Parkinson-, la mezcla de la fabulosa partitura de Alan Silvestri y la música de Huey Lewis and the news acompañando segmentos notables de la película y el automóvil diseñado por Giorgetto Giugiaro para la De Lorean Motor Company, me conmovió profundamente, casi hasta las lágrimas.
Con el paso de los años pude descubrir la influencia de Julio Verne y H. G. Wells en el guión de Robert Zemeckis y Bob Gale, de la memorable imagen donde el actor de cine mudo Harold Lloyd cuelga de un reloj en la cinta ¡Por fin a salvo! (1923) y del cine de ciencia ficción y de serie B de los años cincuenta –parte importante de la trama es el más popular personaje de La Guerra de las Galaxias (Lucas, 1977)-.
Volver al futuro tuvo dos secuelas que, si bien son divertidas, no hacen justicia a su hermana mayor. Es inevitable reconocer la influencia que generó en series de televisión contemporáneas como Héroes o Fringe. La última hace referencia a un mundo paralelo al nuestro, donde la cinta es protagonizada por Eric Stoltz, el actor que originalmente iba a encarnar a Marty McFly.
La trama de Volver al futuro es conocida por todos. La programan continuamente en la televisión abierta y de paga. Forma parte de la colección de películas de casi todas las personas de mi generación. Por eso reproduciré la opinión autorizada de Ernesto Diezmartínez, justa y emotiva, aparecida esta mañana en la sección Primera fila del periódico Reforma, con motivo de su reestreno en los cines.
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Recuerdos del porvenir
Ernesto Diezmartínez
El recuerdo es imborrable. Y apenas hoy, a 25 años, le hago justicia.
Me refiero a que la última imagen de Volver al futuro (Back to the future, EU, 1985) –el DeLorean volando en el aire- se grabó en mi memoria desde su estreno.
Pero, curiosamente, nunca había escrito al respecto, por más que sea una de mis películas favoritas de los 80. Ahora, ante el reestreno por los 25 años del filme, pago mi deuda.
El cuarto largometraje de Robert Zemeckis puede no ser el más influyente de su carrera –yo apostaría por la fusión de acción viva y animación de ¿Quién engañó a Roger Rabbit? (1988)- ni ha sido la más premiada –ese honor es de Forrest Gump (1994)-, pero sí es la más cercana a la perfección. Y, de lejos, la más divertida.
Parte inicial de una trilogía que se volvería farragosa en su segunda parte y encantadoramente autoparódica en su tercer episodio ubicado en el lejano oeste, Volver al futuro representa no sólo el mejor momento para Zemeckis, sino que terminó convertida en una película definitoria de todo su reparto, especialmente del protagonista Michael J. Fox.
Marty McFly, el adolecente encarnado por Fox, viaja accidentalmente al pasado, mediante una máquina del tiempo muy particular –el emblemático DeLorean- construida por su profesor de prepa, el científico-loco Doc Brown (Christopher Lloyd).
Así viaja a 1955, conoce a su destrampada mamá (Lea Thompson), a su perdedor papá George (Crispin Glover) y, sin quererlo, pone en peligro su propia existencia.
La cinta funciona como preciso mecanismo de relojería: casa diálogo o hecho que McFly escucha/dice/vive en 1985 tendrá relación con algo que sucederá en 1955 y viceversa.
Pero estamos lejos de una ciencia-ficción-rompe-cocos: las paradojas temporales de la cinta se resuelven con una livianidad y una gracia envidiables, a través de una mecánica perfecta del gag verval y visual, y un emocionante desenlace anacrónicamente griffithiano, con autosalvación de último minuto y con el reloj, implacable, avanzando. Una obra maestra.
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Hoy, 25 años después, Volver al futuro se mantiene vigente y demuestra que el viaje en el tiempo sí es posible. Sólo se necesita de una bolsa de palomitas y la voluntad para presionar la tecla de un control remoto.
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viernes, 5 de noviembre de 2010
lunes, 7 de junio de 2010
Los niños de hoy y el cine

Vayamos por partes, como el descuartizador. A Jonz debemos interesantes cintas como ¿Quieres ser John Malkovich? (1999) y El ladrón de orquídeas (2002). En ambas demuestra su buen oficio y predilección por historias poco convencionales. Donde viven lo monstruos narra las andanzas de Max (Max Records), un niño de 8 años que persigue a su perro y comete todo tipo de estropicios enfundado en un inocente disfraz de lobo. Su indisciplina se desprende del divorcio de sus padres, del desapego de su hermana y del intento de su madre (Catherine Keener) por rehacer su vida sentimental.



lunes, 17 de mayo de 2010
Freddy regresa, parte 1 de 2.

Esta vez el maquillaje de Freddy lo usa el competente actor de carácter Jackie Earle Haley, a quien viéramos como un pedófilo en Secretos íntimos (Todd Field, 2006), como el héroe marginal Rorschach en Watchmen (Zack Snyder, 2009) y como un pirómano en La isla siniestra (Martin Scorsese, 2010). Su experiencia habla por sí misma. Tiene un peso enorme en sus hombros, pues su colega y antecesor Robert Englund se convirtió en un actor de culto y asociamos invariablemente su rostro con el homicida onírico. Aún recubierto de látex, era capaz de transmitirnos el retorcido placer de su venganza. Era una especie de bufón diabólico capaz de cortarse los dedos, arrancarse el rostro en medio de estridentes carcajadas o transformarse en voluptuosas enfermeras. De hecho, en mi memoria y afectos, Freddy Krueger siempre será Robert Englund.
Esas fueron las principales dificultades que anticipé para Pesadilla en la calle Elm (Samuel Bayer, 2010).
Tradicionalmente los remakes de cintas clásicas de horror no suelen ser muy afortunados. Recordemos la nueva versión de Psicosis que hizo Gus Van Sant en 1998. Citaré nuevamente a Viernes 13 (2009), ejemplo de la trivialización de un monstruo clásico para la generación Next, infestada de jóvenes actores de televisión y un argumento que si bien era promisorio –incluir como una suerte de prólogo a la desquiciada señora Voorhies fue un acierto- termina por agotar y decepcionar al diletante del cine de horror. La película es ínfimamente menor que el esfuerzo previo de su director el señor Niespel. Lo primero que agradecí de su renovación de La masacre de Texas (2003) fue que se desarrollara en los años setenta, época en que transcurre su predecesora, un elenco competente formado mayormente por desconocidos –con excepción de Jessica Biel y R. Lee Ermey-, que vindicara el papel femenino de la cinta de horror tradicional –donde la heroína es una víctima más que sólo sabe gritar- y que respetara el eje de la historia que Tobe Hooper y Kim Henkel popularizaron en 1974, incluida su intención documental. Las estrellas de ambas cintas, Jason y Leatherface, no variaron dramáticamente su apariencia física gracias a que, afortunadamente, ambos usan máscaras para cometer sus carnicerías –de este tema hablaré en la tercera emisión del Festival Mórbido-. Pero el nuevo Jason se convirtió en un asesino incongruente y predecible que mantenía cautivas a algunas de sus víctimas –por motivos que aún ignoro- en su intrincada madriguera secreta. Su espíritu original era liquidarlas en el momento y seguir adelante en busca del siguiente cordero de sacrificio. Eso lo definía.
jueves, 8 de abril de 2010
Invasiones actualizadas

Así me sentí con “V”, serie homónima de la que conocimos en 1983 (escrita por Kenneth Johnson) bajo el título de “Invasión extraterrestre”, estrenada hace unos días en la televisión de paga.
Debo decir que si bien su inicio no me maravilló –en gran medida por la enorme cantidad de obras sobre encuentros con civilizaciones alienígenas, desde El día que la Tierra se detuvo, hasta el Día de la Independencia y Sector 9- no fue para nada decepcionante. La cosa fue así: alrededor del planeta (Tierra), 29 naves extraterrestres se posan sobre sus principales ciudades (en Latinoamérica sólo en Brasil, seguramente por ser sede de los futuros Juegos Olímpicos). El terror cunde inmediatamente. Las bases de las naves se convierten en poderosas pantallas que emiten el mensaje de paz de Anna (la actriz brasileña Morena Baccarin), líder de la incursión forastera, representante de una raza feliz por haber encontrado vida inteligente (¿nosotros, los que estamos destruyendo el mundo?). Pronto el acercamiento detona un aumento en la asistencia de los fieles a las iglesias, motivado si duda por el miedo a lo desconocido, tan ancestral en el hombre. Los “visitantes” ofrecen tecnología y bienestar a sus anfitriones, con un plan de salud que supera con creces al del presidente Obama. Pronto los beneficiados pasan de la devoción al fanatismo, movidos los más jóvenes por la belleza física de los visitantes, herramienta no advertida de seducción, y por la propaganda que éstos realizan. Al final descubrimos que tras el rostro bondadoso de los extraterrestres no sólo se oculta una agenda secreta, sino una verde piel escamosa y ojos de reptil. Un minúsculo grupo de personas, la resistencia, se erigen como el último bastión de una humanidad en peligro. Entre sus miembros destacan un joven sacerdote (Joel Gretsch), un infiltrado (Morris Chestnut) y una madre agente del FBI (Elizabeth Mitchell).


Veamos si “V” es capaz de mantener nuestro interés.
Como si no tuviéramos ya demasiadas series para ver…
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