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lunes, 25 de noviembre de 2013

Sentimientos encontrados, o Drácula contra los monopolios energéticos

Uno de los platos fuertes del pasado Festival Mórbido –del que ya platicaré en un futuro no lejano- fue la premier del primer episodio de la nueva encarnación televisiva de Drácula, co producción británica-estadounidense creada por Cole Haddon, de la que ya hablé hace varias semanas. Al finalizar el capítulo tuve sentimientos encontrados. Primeramente quedé deslumbrado por su factura, portentosa y que por muchos momentos me hizo sentir que veía una gran producción cinematográfica. Luego vinieron los cambios, algunos sutiles y otros dramáticos: Mina Murray (Jessica De Gouw) es la primera estudiante (mujer) de Medicina en Inglaterra y uno de sus profesores es Abraham Van Helsing (Thomas Kretschmann). El voivoda Vlad Drácula (Jonathan Rhys Meyers), luego de ser cautivo por su enemiga Orden del Dragón siglos atrás, es devuelto a la vida en 1881 por un aliado insólito y, 8 años después, se infiltra en la sociedad victoriana bajo el disfraz del genio científico estadounidense Alexander Grayson, desterrado a las islas por Thomas Alva Edison. Conserva a su fiel servidor R. M. Renfield (Nonso Anozie), ahora un solemne hombre de color que ya no está obsesionado con los insectos. Jonathan Harker (Oliver Jackson-Cohen) sigue pretendiendo a Mina –no se atreve a dar el paso para conquistarla y sólo la presenta en sociedad como “su amiga”- pero de ser un abogado en bienes raíces se convirtió en un intrépido reportero. El refugio del vampiro, la ruinosa Abadía Carfax, se ha convertido en una fastuosa mansión. Por supuesto no podía faltar la provocativa Lucy Westenra (Katie McGrath). Fue curioso que su vestido de fiesta, rojo como la pasión, contrastara con el de Mina, azul como la virtud y la nobleza.
Y luego vinieron guiños que ya son ritos de paso establecidos por Bram Stoker: “Bienvenidos a mi casa y dejen algo de la felicidad que traen consigo” o la respuesta insinuada del vampiro “yo nunca bebo vino”. También están presentes hechos que caracterizaron la época, como los crímenes de Jack el destripador o el auge económico del Imperio facilitado, entre otras cosas, por su gran industria. Precisamente ahí está la motivación del protagonista: lleva a cabo una venganza contra la milenaria Orden del Dragón, que basa ahora su vasto poder en el monopolio de la industria petrolera. Y Drácula anticipó muy bien lo comprendido por Eliot Ness en su guerra contra el crimen de Chicago: si quieres destruir a tus enemigos, pégales donde más les duele. En el bolsillo. Por supuesto los malos no se quedaran sin dar batalla. Poseen a su asesina en jefe, Lady Jayne Wetherby (Victoria Smurfit), que tiene cautiva a una vampira en busca de obtener información sobre su enemigo.
Todo, insólitamente, se adhiere al Canon establecido por Stoker: Harker facilitará que el vampiro se posicione en Inglaterra –antes le vendió su guarida, hoy parece que lo apoyará desde el Cuarto Poder-, Mina sigue siendo el prototipo de la Brave New Woman, Lucy la chica coqueta de sociedad y Drácula aún tiene un encono desmedido contra la sociedad occidental. Ahí se encuentra la comunión con el rescatador misterioso que mencioné hace un rato: “nuestro odio nació en el mismo lugar”. Y esto, por más que nos alarme, tiene sentido estratégico. “Los enemigos de mis enemigos son mis amigos”, dicen algunos. No pienso que su trato sea definitivo. Ninguna sociedad de negocios es eterna.
Aún tengo reservas. Como he dicho hasta el cansancio, Drácula no es una historia de amores interrumpidos ni de reencarnaciones. No sé qué tan necesarias son las secuencias de acción, que oscilan entre Matrix (hermanos Wachowski), 300 (Zack Snyder) y el más reciente díptico sobre Sherlock Holmes dirigido por Guy Ritchie. Tal vez pretenden dar un sello propio al programa, pero francamente a estas alturas del partido identificamos las fuentes que las inspiraron. Tampoco comprendo el afán de que el señor Rhys Meyers aparezca sin camisa cada vez que sea posible. Bueno, eso sin duda tiene fines comerciales que apreciarán muchos –mujeres y hombres- y tal vez sea parte –junto con las escenas sexualmente explícitas- de los contenidos eróticos subyacentes de la novela.

Esta noche veré su segundo episodio. Eso nos dará más elementos para formarnos una opinión definitiva.

jueves, 23 de mayo de 2013

Vampiros en la televisión contemporánea

Los vampiros son mi primer romance literario. Son el tema con que más me he vinculado a través de cursos, conferencias y obras de teatro. Aunque he estudiado otras figuras, no puedo resistir el llamado de la sangre. Eso comprueba el embrujo que ejerce en casi todos los aficionados del horror. Hoy escribo de él nuevamente por el avance –trailer le dicen hoy- de la teleserie que la cadena estadounidense NBC estrenará en breve. El proyecto es protagonizado por el irlandés Jonathan Rhys Meyers, mejor conocido por interpretar al Rey Enrique VIII en el drama The Tudors. Curioso. Ahora tiene el difícil reto de encarnar al Rey de los Vampiros con digitad y eficiencia. Las imágenes trazan un vínculo con el personaje histórico que inspiró en parte a Bram Stoker para concebir su creación más perdurable, el príncipe Vlad III, conocido como Drácula, Hijo del Dragón, por los honores conquistados por su padre. El proyecto, pese al deslumbrante espectáculo visual que promete, provoca mis más grandes reservas. No por las capacidades del estelar, pues creo que Rhys Meyers es un actor competente, sino por la aportación que haría al mito. No digiero a un vampiro haciéndose pasar por un inventor estadounidense para infiltrarse en la sociedad británica y de paso llevarle la energía eléctrica, para comenzar. El eje será, como en el guión que escribió James V. Hart para Drácula de Bram Stoker (Francis Ford Coppola, 1992), una historia de amor y reencarnaciones. Y aunque la estatura e incontables méritos de la cinta que dirigió uno de los mejores cineastas vivos me hace pasar por alto esta licencia, Drácula no es una historia de amor. La insistencia me alarma por la proximidad al fenómeno Crepúsculo. Ya conoceremos el resultado. Lo único incuestionable es la perdurabilidad del vampiro. Vean y juzguen. 


Renfield va a Monterrey


lunes, 4 de febrero de 2013

Curso "El canon de Drácula", la herencia de Bram Stoker


La División de Educación Continua de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM presentan el curso interdisciplinario

El canon de Drácula
La herencia de Bram Stoker

Coordinación: Vicente Quirarte y Roberto Coria
Ponentes invitados: Doctor Víctor Grovas Hajj, Eduardo Ruiz Saviñón, Doctor José Ricardo Chaves, Mtra. María Emilia Chávez Lara, Hernán Lara Zavala, Doctor Arnoldo Kraus, Ángel Miquel, Guillermo Henry, Antonio Camarillo, José Luis Zárate, Pablo Guisa e Ignacio Solares.

Así como el discípulo supera y a veces termina por borrar al maestro, las grandes creaciones adquieren vida más autónoma y perdurable que la de su creador. Sucede con Don Quijote, Moby Dick o Frankenstein, y así ocurre en el caso del irlandés Bram Stoker. Autor de casi 16 libros de ficción, biografía, estudios folklóricos e interpretación histórica, la posteridad lo conoce como el autor de Drácula, aunque en el instante de su muerte, ocurrida hace cien años, el 20 de abril de 1912, no lo señalaron así los obituarios. La mayor parte de ellos ensalzaba el noble trabajo llevado a cabo por el ejemplar gerente del Lyceum en beneficio del teatro. El Times trazó una ligera pincelada del Stoker más familiar para sus futuros lectores al subrayar que era “el maestro de una particularmente fantástica y aterradora forma de ficción”.
Del mismo modo en que su contemporáneo Arthur Conan Doyle debe su prestigio a las aventuras de Sherlock Holmes y no a las obras históricas por las cuales quería pasar a la posteridad, la fama de Stoker proviene de haber sido el hombre que escribió Drácula, expresión formulada por uno de sus primeros biógrafos.[1] Desde su publicación en 1897, la novela nunca ha dejado de estar en circulación y se suceden nuevas ediciones. Sin embargo, sólo hasta 1983 abandonaría el terreno marginal de la literatura sensacionalista para ingresar en los clásicos de la Universidad de Oxford.
El presente curso pretende estudiar al autor y su tiempo, así como la herencia dejada por su obra mayor en diversas áreas del conocimiento.

Temario

Sesión 1 (9 febrero). “Un hombre llamado Bram Stoker”, por Vicente Quirarte (IIB, UNAM) y “Reminiscencias de Henry Irving”, por Doctor Víctor Grovas (Universidad del Claustro de Sor Juana).

Sesión 2 (16 febrero)  “El vampiro literario antes de Drácula”, por Roberto Coria (ENAP-UNAM) y “El hombre que fue Drácula”, obra de teatro de Roberto Coria, comentada por su autor y su director Eduardo Ruiz Saviñón.

Sesión 3 (23 febrero). “Vampirismo, magia y sexualidad en el fin del siglo XIX”, por Doctor José Ricardo Chaves (Instituto de Investigaciones Filológicas, UNAM).

Sesión 4 (2 marzo). “Visión de la literatura victoriana”, por Hernán Lara Zavala (FFyL, UNAM) y “El horror del cólera y otras epidemias”, por Doctor Arnoldo Kraus (Instituto de Bioética, UNAM).

Sesión 5 (9 marzo). “Lectura comentada de la novela Drácula”, por Vicente Quirarte y proyección de la película “Nosferatu”, comentada de Ángel Miquel (Universidad Autónoma de Morelos).

Sesión 6 (16 marzo). “Drácula”, con comentario y lectura de la obra teatral de Hamilton Deanne y John Balderston por el actor Guillermo Henry. Dirección: Eduardo Ruiz Saviñón, y proyección de la película “Drácula” de Tod Browning, comentada por Antonio Camarillo (SAE Institute).

Sesión 7 (6 abril). “La ruta del hielo y de la sal”, con comentarios del autor José Luis Zárate y proyección de “El vampiro” de Fernando Méndez, comentada por Pablo Guisa (Festival Mórbido).

Sesión 8 (13 abril). “Las voces de Drácula. Fred Saberhagen, Elizabeth Kostova e Ian Holt”, por Roberto Coria y “Christopher Lee y la saga de Hammer”, con la proyección de “Dracula Rises from the Grave”, comentada por Roberto Coria.

Sesión 9 (20 abril). “Otra entrevista con el vampiro. Ceacescu, Cortázar y Drácula”, por Ignacio Solares (Revista de la Universidad de México) y “Vlad de Carlos Fuentes”, por Vicente Quirarte (IIB, UNAM)

Sesión 10 (27 abril). “Drácula de Bram Stoker” de Francis Ford Coppola, proyección de la película y mesa redonda de conclusiones con la presencia de docentes participantes en el curso.

Duración: 40 horas

Horario: Sábados de 10 a 14 horas

Fechas: del 9 de febrero al 27 de abril de 2013
(9, 16, 23 de febrero; 2, 9, 16 de marzo; 6, 13, 20, 27 de abril)

Informes e inscripciones:
Coordinación de Educación Continua de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.
Circuito Estadio Olímpico Universitario s/n, frente a la Dirección General de Actividades Deportivas y Recreativas de Ciudad Universitaria, México D.F.

Teléfonos
5622-2903
5622-8222 ext. 41899 y 41900
5622-2904

El temario completo está disponible en este link.

jueves, 13 de septiembre de 2012

Hugo Gutiérrez Vega y el triunfo de todos.

El martes pasado, Hugo Gutiérrez Vega (Guadalajara, 1934 ), brillante poeta y ensayista mexicano, ingresó como Miembro de Número a la Academia Mexicana de la Lengua. Ocupa la silla XXXVII, que pertenecía a otro grande, Don Alí Chumacero. La labor de Gutiérrez Vega, aparentemente alejada de los temas de este blog, tiene una gran cercanía con ellos. Entre sus incontables méritos intelectuales, fue un devoto e incansable colaborador del Teatro Gótico de Eduardo Ruiz Saviñón, con quien tiene una gran amistad. Lo vi hace años en la Casa del Lago Juan José Arreola de la UNAM actuando en una adaptación de Los perros de Tíndalos de Howard Phillips Lovecraft. 
Del muro de Facebook de Eduardo, tomo una fotografía donde aparecen ambos, acompañados de otro grande, Juan López Moctezuma. Hace unos años, Don Hugo dedicó unas amables palabras, en La Jornada Semanal, a mi obra de teatro El hombre que fue Drácula. Dio su autorización para que fueran incluidas en la segunda edición del texto, publicado por Libros de Godot. Las reproduzco como un homenaje a su genio. Porque el más reciente logro -su ingreso a la Academia- es más que merecido. Todos los que lo admiramos estamos de fiesta. 
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IRVING, STOKER Y DRÁCULA
Hugo Gutiérrez Vega


Sir Henry Irving fue el patriarca de una familia teatral. Se llamaba John Brodribb y, por sus indiscutibles meritos, se le permitió usar el nombre de Henry I. En 1895 fue nombrado caballero del Imperio Británico (fue el primero de la profesión cómica que recibió tamaña distinción) y recibió doctorados Honoris causa por las universidades de Dublin, Cambridge y Glasgow. En su tiempo se le comparaba con Mounet-Sully, el gran actor francés, y sus composiciones de personajes hacían que algunos críticos recordarán a Kean y a Garrick, los geniales actores británicos. 
Sir Henry pertenece a esa raza de hombres de teatro en el sentido más estricto del término. Siguieron su camino, algunos años más tarde, sus hijos y nietos, así como actores como Richardson, Guiness, Olivier, Gielgud, O' Toole, Burton, Finney y Bates entre otros maestros de la escena londinense. La vida de Sir Henry estuvo ligada al hermoso Lyceum, teatro que pereció en un incendio horriblemente real. Ahí representó sus personajes shakesperianos, el Jingle en la adaptación teatral del Pickwick, de Dickens, el protagonista de esa curiosidad que es Una historia de Waterloo , la única pieza teatral de Sir Arthur Conan Doyle, así como varias obras de Sardou, de Merivale y la adaptación de Wills al Fausto de Goethe. 
Pienso que estos datos no son ociosos y, en cambio, son necesarios para ubicar el hermoso texto de Roberto Coria, editado por Vicente Quirarte y llevado a escena por Eduardo Ruiz Saviñón con el título de El hombre que fue Drácula . Y así lo pienso por la sencilla razón de que esta pieza contiene una serie de profundas reflexiones sobre la profesión teatral y sobre el cotidiano milagro artístico de cada puesta en escena. 
Coria imagina a Bram Stoker, el genio irlandés, autor de Drácula trabajando para Sir Henry Irving en el Lyceum. Desde que se abre el telón, el director reúne en su personaje colgado en lo más alto del escenario del Ruiz de Alarcón, a Sir Henry con Drácula y, ya en el suelo del escenario, con Ricardo III y su monólogo que, en la traducción de Coria, nos habla del “invierno de nuestro infortunio”.  
Bram Stoker, su Drácula-Henry I, Ellen Terry, Florence, esposa de Bram, Sir Arthur Conan Doyle y Armenius Vámbery, también Van Helsing, son los personajes de esta historia de vampiros y de grandes divos que tienen, en su ánimo, muchos aspectos vampíricos. 
La dirección de Eduardo Ruiz Saviñón es exacta y llena de matices que dan variedad a una temática que va desde la idea del teatro sobre el teatro hasta los mundos especiales de lo gótico. 
Nicolás Núñez es un Henry I insuflado y prepotente y un Drácula emboscado en un Ricardo III contrahecho, malvado y lamentable. Nicolás nos descubre todos los matices y contradicciones de su personaje y profundiza en el alma de un actor que dedicó su vida entera a los escenarios. Eduardo Von es un Stoker decidido a cumplir su vocación literaria, tímido, pero seguro de la futura grandeza de su obra. Elena de Haro brilla, en compañía de un disciplinado perro lanudo, en el papel de la gran diva de la escena londinense, Ellen Terry; Priscila Pomeroy nos sorprende con su buena personificación de Florence y de Lucy Westenra; Guillermo Henry es un Conan Doyle con abrigo de Holmes y Antonio Monroi hace un Van Helsing afiebrado y persistente. Notables son la escenografía y la iluminación de Sergio Villegas. Todos ellos actualizan el texto de Coria y aportan una nueva muestra al Teatro Gótico mexicano que los vampiros honorarios Saviñón-Quirarte han venido plasmando en los últimos años de nuestro panorama teatral.
Henry I-Drácula, su empleado y víctima Bram Stoker y el eterno Conde descrito por Van Helsing, el perseguidor de vampiros, son el marco en el que se mueve una serie de observaciones sobre la esencia del teatro. No en balde Quirarte nos dice que esta obra es “un homenaje al teatro y al actor”. Henry I-Drácula-Ricardo III penden de una cuerda en lo alto del escenario y, por arte de magia teatral, caen al suelo y son, al mismo tiempo, vampiro, lobo, conjunto de ratas, pero, sobre todo, seres que se mueven en un constante “invierno de nuestro infortunio” y en la magia total de la puesta en escena.

miércoles, 9 de mayo de 2012

Deuda de sangre


Han pasado 20 años desde su estreno. He hablado ampliamente de ella en mis cursos. La veo de nuevo casi cada vez que la transmiten en televisión. Pero apenas hoy escribo sobre Drácula de Bram Stoker, la cinta de 1992 dirigida por Francis Ford Coppola. Comprobé su perdurabilidad la noche del pasado 19 de abril, cuando Radio UNAM la programó en un maratón de cine que honraba la memoria de su autor en el centenario de su entrada a la inmortalidad. Esto fue en su sala Julián Carrillo, un foro con capacidad de casi 250 personas. Tuve el honor de presentarla. Contra lo que anticipaba –a pesar de la hora, el difícil acceso y de ser un espacio donde no se acostumbra exhibir cine- el auditorio estaba casi lleno. Esto fue motivo de mi más grata sorpresa: una película reconocida, que puede conseguirse con gran facilidad en DVD, reunió a tantas personas para disfrutarla en pantalla grande, como una experiencia colectiva –así debe ser el cine- y con la complicidad de la oscuridad –como demanda todo buen vampiro-. Me emocionaba pensar que en los últimos momentos del metraje, cuando la valiente cofradía internacional de cazadores vampiros cabalgaran para restaurar el bien, el reloj marcaría la medianoche. No pude comprobarlo, pues tan pronto terminé mi introducción tuve que subir a los estudios para participar en el aniversario de Carpe noctem, el programa conducido por Zeltzin Miquixtli y Zanoni Blanco. Pero esa es otra historia.
¿Cómo hacerle justicia a esta película entrañable? Para comenzar diré, sin duda alguna, que es la adaptación más fiel de la ya clásica novela (haciendo a un lado la historia de amor). No sólo por su narrativa –epistolar, como la propuso Bram Stoker, a través de entradas de diarios, grabaciones fonográficas, reportes periodísticos-, el respeto a sus personajes principales –es la primera vez que se incluyó a Quicey Morris (Bill Campbell)-, subtemas y espíritu general. De esto –no ser fieles al libro- no puede  culparse a sus adaptaciones previas, como las protagonizadas por Bela Lugosi o Frank Langella, si tenemos en cuenta que se basan en la pieza teatral de  Hamilton Deane y John L. Balderston. El Drácula de Coppola es una película redonda, casi perfecta. Cuenta (y perdón por el abuso de adjetivos) con un grandioso guión de James V. Hart, excelentes actuaciones, un estupendo diseño de producción de Thomas Sanders, un magnífico diseño de arte de Andrew Precht, una fotografía sobresaliente de Michael Ballhaus, un vestuario exquisito de Eiko Ishioka, una poderosa partitura de Wojciech Kilar –que usaron incluso en American horror story- todo bajo la dirección de un maestro de la cinematografía contemporánea. De cada aspecto podría hablar ampliamente, pero trataré de mesurarme y mencionaré sólo de algunos.
El guión de Hart es preciso, fiel a la atmósfera y contenidos subyacentes planteados por el autor irlandés. Especialmente en lo relativo al contenido sexual no descubierto por los lectores de su tiempo. Por momentos es como un sueño erótico; por otros como una pesadilla. La escena donde las tras novias vampiro (Monica Bellucci, Michaela Bercu y Florina Kendrick) seducen a Jonathan Harker (Keanu Reeves) es inquietante, una violación tumultuaria, como cuando Jack Seward (Richard E. Grant), Arthur Holmwood (Cary Elwes), Quincey Morris y Abraham Van Helsing (Anthony Hopkins) clavan una estaca a la vampirizada Lucy Westenra (Sadie Frost). Tiene muchos momentos afortunados,  como ese declarado homenaje a los albores del cine –que nació como el inmortal vampiro transilvano en el ocaso de siglo antepasado-, las mención a otra brave new woman como Marie Curie, ese anunciante callejero que promovía a Henry Irving –el hombre que fue Drácula- en el Teatro Lyceum o la alusión necesaria al Hada Verde del Ajenjo. El guionista también se toma la libertad de dar al relato un prólogo, donde nos presenta inequívocamente la identidad del malvado protagonista, cosa que sólo se insinúa en la novela de Stoker. Esto era inevitable considerando el peso de su referente histórico –el Voivoda Vlad Drácula- y ya había ocurrido antes en esa versión de Dan Curtis (1974) estelarizada por Jack Palance (que por cierto cuenta con un guión de Richard Matheson). También están sus narraciones paralelas –muy usadas por Coppola en su trilogía El Padrino-, como la boda de los Harker y la primera muerte de Lucy. Si algo le reproché en su momento es su historia de amor interrumpido. Con el tiempo la comprendí como una necesidad comercial de Columbia Pictures. La verdad, a la distancia, no me disgusta.
El vestuario de Ishioka, que le valió con justicia un premio Óscar, es rico en texturas, colores y simbolismos. Prescinde del frac, el medallón y la capa negra que todos conocemos para moverse en una dirección más acorde al relato. Por ejemplo, la primera capa de Drácula. Roja, que en esa toma en picada semeja una gran gota de sangre, o el vestuario de Mina dominado por tonos verdes, asociado con la vida y en algunas culturas con el amor y el deseo carnal.
Y por supuesto está su elenco. Por un lado, los matices inexpresivos de Keanu Reeves son perfectos para su personaje: un caballero victoriano reprimido, poco emotivo. En el otro está el verdadero protagonista, el Conde Drácula, interpretado por Gary Oldman, uno de los más talentosos actores de su generación, capaz de mostrarnos tragedia, carisma, pasión y la más genuina malevolencia. Y una mención especial para Hopkins, quien se hizo merecedor del papel luego de su laureada actuación como Hannibal Lecter en El silencio de inocentes.
En fin. Nos encontramos ante una película irrepetible. Por eso me preocupa la venidera adaptación de Dario Argento que, aún con sus triunfos pasados e incontables méritos, dudo pueda superarla.  La de Coppola es la versión definitiva.
           

viernes, 20 de abril de 2012

Hundimiento y resurrección de Bram Stoker

Hoy se cumplen 100 años de la entrada a la inmortalidad de Bram Stoker. Entre muchas ficciones interesantes, ensayos de interpretación histórica, su labor en la escena teatral de su tiempo, brilla su obra más reconocida, Drácula (1897), novela a la que debo mucho y que forma ya parte de los clásicos de la literatura universal. La Revista de la Universidad de México, dignamente encabezada por Ignacio Solares, dedica una parte de su número 98 -el de abril de este año- al autor irlandés. La publicación me ofreció el honor de ser parte de este homenaje con un par de escenas de El hombre que fue Drácula, al lado de mi amigo y mentor Vicente Quirarte, quien me dio el permiso para reproducir su tributo a uno de tantos escritores cuya admiración nos hermana. Que lo disfruten.
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Hundimiento y resurrección de Bram Stoker

Vicente Quirarte

  

…el ingenioso Bram Stoker, quien creó varias impactantes concepciones horroríficas en una serie de novelas cuya pobre técnica tristemente disminuye su efecto real. La madriguera del gusano blanco, sobre una gigantesca entidad primitiva que acecha en la cripta de un viejo castillo,  arruina una magnífica idea debido a un desarrollo casi infantil. La joya de las siete estrellas, que trata acerca de una extraña resurrección egipcia, está escrita con mejor estilo. Pero la mejor de todas es Drácula, que se ha convertido casi en modelo de explotación moderna del temible mito del vampiro. El Conde Drácula, un vampiro, acecha en un horrible castillo de los Cárpatos, pero finalmente emigra a Inglaterra con la intención de poblar el país de otros vampiros. La manera en que un caballero inglés se enfrenta al horror de Drácula, y cómo el mortal plan de dominación es finalmente derrotado, son elementos que se unen para formar una historia que actualmente tiene un lugar justamente ganado en las letras inglesas.
Howard Phillips Lovecraft

Casi la medianoche del domingo 14 de abril de 1912 en el Océano Atlántico. Sobre un mar de  tranquilidad inverosímil, la criatura movible más grande creada por el hombre impactó lateralmente contra un témpano. En diez segundos, ese otro gigante que había tardado siglos para formarse y tres meses en llegar desde Groenlandia a la inesperada cita, hirió de muerte al Titanic. Su rápido, majestuoso y trágico hundimiento en que se pusieron a prueba virtudes y defectos de la especie humana, daba comienzo a una suma de historias que este 2012 alcanzan un siglo de existencia.
Al igual que otros lectores conmocionados por el hecho, Florence Balcombe entró a la habitación de enfermo de su esposo, Bram Stoker, para comunicarle la noticia que habría de ocupar las páginas de los periódicos de un mundo que reducía sus distancias gracias al cable trasatlántico. Los diarios mexicanos, que dedicaban sus titulares a los encarnizados combates entre zapatistas y tropas federales, recibieron la noticia a las 7:15 de la noche del 15 de abril. En su edición del día siguiente, El Imparcial publica en la parte inferior izquierda: “Una inmensa catástrofe marítima llena de luto al mundo entero”. Y el 17, a ocho columnas: “El naufragio del Titanic es el más espantoso que registra la Historia”.
El 20 de abril, una semana después del hundimiento, Bram Stoker se sumergía en otra forma del sueño. El certificado médico proporcionaba tres causas de muerte: “Ataxia locomotora de seis meses, riñón contraído. Fatiga”. Otras versiones dicen que de sífilis terciaria. Si así hubiera sido, la naturaleza hubiera imitado nuevamente al arte. Los enfermos de ese mal veían sus dientes adelgazarse, particularmente los caninos, razón por la cual Stoker hubiera tenido un aspecto físico semejante al monstruo que le concedió, como al Titanic, una forma de inmortalidad.
Así como el discípulo supera y a veces termina por borrar al maestro, las grandes creaciones adquieren vida más autónoma y perdurable que la de su creador. Sucede con Don Quijote, Moby Dick o Frankenstein, y así ocurre en el caso del irlandés Bram Stoker. Autor de casi 16 libros de ficción, biografía, estudios folklóricos e interpretación histórica, la posteridad lo conoce como el autor de Drácula, aunque en el instante de su muerte no lo señalaron así los obituarios. La mayor parte de ellos ensalzaba el noble trabajo llevado a cabo por el ejemplar gerente del Lyceum en beneficio del teatro. El Times trazó una ligera pincelada del Stoker más familiar para sus futuros lectores al subrayar que era “el maestro de una particularmente fantástica y aterradora forma de ficción”.
Del mismo modo en que su contemporáneo Arthur Conan Doyle debe su prestigio a las aventuras de Sherlock Holmes y no a las obras históricas por las cuales quería pasar a la posteridad, la fama de Stoker proviene de haber sido el hombre que escribió Drácula, expresión formulada por uno de sus primeros biógrafos.[1] Desde su publicación en 1897, la novela nunca ha dejado de estar en circulación y se suceden nuevas ediciones. Sin embargo, sólo hasta 1983 abandonaría el terreno marginal de la literatura sensacionalista para ingresar en los clásicos de la Universidad de Oxford.
Abraham Stoker, tercer hijo de una familia de siete hermanos, nació el 8 de noviembre de 1847 en Clontarf, población costera cinco kilómetros al norte de Dublín, y donde el rey Brian Boru se enfrentó y venció a los invasores daneses en 1014. La familia se había trasladado allí para huir de las emanaciones malsanas de la capital irlandesa. De su padre Abraham, servidor público en el castillo de Dublín, el niño Stoker heredaría la mística por el trabajo administrativo y el amor al teatro. De su madre, Charlotte, la tenacidad y la pasión por las tradiciones irlandesas: además de criar una numerosa familia de siete hijos, se dio tiempo para realizar una labor social impresionante: apoyó escuelas para sordomudos, bajo el argumento de que las había en otros países europeos; defendió a las mujeres trabajadoras y el derecho que tenían a ser capacitadas.       
El año de la llegada de Bram al mundo fue en muchos sentidos dramático. Una serie de misteriosas fiebres atacaron a la niñez, y nuestro futuro autor fue uno de los más afectados. Hasta los siete años, permaneció la mayor parte del tiempo en cama, mirando a través de la ventana el mar y los navíos que habrían de desempeñar un papel fundamental en su obra. Por otro lado, escuchaba constantemente hablar sobre dos enemigos que se cernían sobre su país: el cólera y el hambre. El futuro autor de Drácula  nació en medio de una crisis agrícola sin precedentes, circunstancia que llevó a numerosos irlandeses a buscar fortuna en América. Varios de esos emigrantes formarían el Batallón de San Patricio, que combatió y murió del lado mexicano en la guerra contra Estados Unidos, de 1846 a 1847, año este último del nacimiento de Bram.
Sus largas permanencias en cama eran compensadas por leyendas y sucesos reales contados por su madre. Charlotte tenía 14 años cuando atestiguó la epidemia de cólera que diezmó a la población del Oeste de Irlanda. Tales experiencias, que Bram solicitó a su madre por escrito, fueron el germen de su historia “The Invisible Giant” y posteriormente de algunas de las páginas más dramáticas de Drácula.  Las vivencias del cólera deben haber impresionado al niño y después al adulto, que indirectamente las trasladó a su novela mayor. La angustia de la población por vencer a la plaga recuerda la de los personajes de Stoker para enfrentarse al mal inoculado por el vampiro.
La llegada del cólera como una enfermedad letal e imprevisible, el temor anyte ante ese mal que hizo retroceder a la orgullosa Europa en proceso de industrialización a las tinieblas de la Edad Media, traen a la mente la llegada del Demeter, sobre todo en los Nosferatu de  Murnau y Werner Herzog, cuando el velero –siniestramente silencioso en ambas películas- llega a Occidente con su  carga de muerte para fecundar a los fantasmas tangibles del horror:

En los días de mi temprana juventud, el mundo se vio seriamente conmovido ante el terror de una nueva y terrible plaga, la cual iba sembrando desolación en todos aquellos lugares por los que pasaba. Mostraba tal regularidad en sus avances, que la gente podía muy bien decir dónde iba a aparecer luego y hasta casi el día en que era de esperársele…Contribuían a acentuar sus horrores lo extraño y misterioso de su contacto, así como el anhelo del hombre de contar con la experiencia o el conocimiento acerca de su naturaleza, cuando no la mejor forma de resistir sus ataques.

De tal manera, los primeros años de Bram estuvieron marcados por fantasmas  y supersticiones. Pero también por el pasado heroico de la historia irlandesa, en el cual siempre creyó y cuya huella es perceptible en varios de los libros por él escritos. Como si su naturaleza se rebelara contra la debilidad de los primeros años, el Bram que entra en la pubertad alcanza un desarrollo físico impresionante. Ingresa a Trinity College, donde también habrá de estudiar Oscar Wilde, participa en actividades estudiantiles, es un magnífico nadador, un gran caminante, jugador de rugby, y obtiene medallas en historia y composición. Así se describe en su juventud: “Mido seis pies y dos pulgadas…soy feo pero fuerte y determinado y tengo una gran protuberancia encima de las cejas. Tengo una mandíbula sólida, boca grande y labios gruesos, nariz sensitiva y pelo fuerte”.
Comienza a cortejar a Florence Balcombe, considerada por muchos “la mujer más hermosa de su tiempo”. Wilde fue uno de sus pretendientes. Florence eligió finalmente a Bram, por considerar que su talento literario lo llevaría más lejos. La amistad entre Wilde y Stoker fue intensa y duradera. De acuerdo con un testimonio, el primero recibió su visita y su ayuda económica cuando vivía, olvidado de todos y bajo  un nombre falso -Melmoth- en el ajado Hotel Alsace de París, donde moriría en 1900. Casi al mismo tiempo que su relación con Florence, Stoker conoció a otra de las figuras capitales de su vida. Admirador permanente del teatro, comenzó a escribir reseñas. Una de las más entusiastas fue la dedicada al actor Henry Irving (1838-1905), quien quedó gratamente impresionado y quiso conocer al joven. El primer encuentro tuvo lugar en el Hotel Shelbourne de Dublín. Sin saberlo entonces el crítico, daba inicio una vampirización que duraría hasta la muerte del actor. Irving era un hombre de personalidad arrolladora, y su intención era lograr que el teatro fuera tan importante y respetable como el Derecho o la Medicina. Para lograrlo necesitaba a una persona joven, emprendedora y organizada, que pudiera llevar sus asuntos. El candidato ideal era Stoker. Al igual que el futuro Drácula encuentra en Jonathan Harker el vehículo para apoderarse del escenario llamado Inglaterra,  el actor reconoció en el joven a quien podía acompañarlo en su aventura: tener su propio teatro. Stoker fue administrador del célebre Lyceum, secretario fiel, confidente. Había ocasiones en que contestaba hasta cincuenta cartas diarias a los admiradores del maestro. Otra semejanza con la futura ficción: el vampiro ordenará a Harker el contenido de las cartas que debe mandar a sus destinatarios. Escribe no lo que quiere sino aquello a lo que se ve obligado. Es entonces cuando el segundo hace uno de sus descubrimientos más aterradores: el castillo de Drácula es una prisión y Harker es su prisionero.
La anterior es una entre muchas analogías. Florence y Bram contraen finalmente matrimonio. Al anunciar su deseo de ir en viaje de bodas, el todopoderoso se niega. La escena de la vida real evoca otra de Drácula: cuando las tres mujeres que junto con el vampiro habitan el castillo atacan a Harker, aquél las aleja con el grito, revelador y multívoco: “Este hombre me pertenece.”
Una de las representaciones más exitosas de Irving fue la que hizo de Mefistófeles en Fausto de Goethe. Tenía más de 250 actores en escena, efectos especiales y decorados bajo la supervisión personal de Stoker. Lo anterior, aunado al hecho de que el actor principal utilizara un traje rojo para su personaje, hicieron de la obra uno de los grandes acontecimientos del escenario inglés. De las fotografías de semejante representación, se conserva una de Irving en la cual tiene un extraordinario parecido con Bela Lugosi, el actor húngaro que, 19 años tras la muerte de Stoker, y con la supervisión personal de su viuda, habría de personificar a Drácula, primero en la obra teatral y luego en la más conocida versión fílmica dirigida por Tod Browning.
En 1887, Stoker acompaña a Irving en una exitosa gira por Estados Unidos. Al año siguiente, mientras en Londres tienen lugar las actuaciones del asesino de mujeres que firmaba Jack el Destripador, Irving estrena Macbeth, una de sus actuaciones memorables. El papel de Lady Macbeth será desempeñado por Ellen Terry, otra de las grandes figuras del escenario inglés.
Luego de la función, Irving continuaba siendo la figura central: en la parte posterior del teatro Lyceum estaba el Beefsteak Room, donde era obligatorio, para todo caballero que se preciara de serlo, haber estado alguna vez. Fue allí, de acuerdo con la leyenda, donde el profesor Arminius Vambery, de la Universidad de Budapest, reveló a Stoker algunos de los misterios de los vampiros que desde tiempos ancestrales existían en su natal Transilvania, que nuestro autor habría de transformar en emblema de la geografía literaria. Etimológicamente, la palabra significa “tras la selva”. Stoker nunca estuvo allí, pero su capacidad de soñador y de investigador lo llevó a conocer Transilvania con profundidad, sobre todo tras la lectura atenta del libro The Land Beyond the Forest de Emily Gerard. Todo parecía conducir a la novela que pensaba escribir sobre un vampiro, y que inicialmente llevaba el título The Un-Dead. (El No Muerto). Por fortuna, en el último momento su autor tuvo la lucidez para cambiarlo al siniestro y breve nombre propio Drácula, como habría de aparecer en 1897. 
Irving muere en 1905, tras una representación –al igual que Molière- colmado de gloria, pero arruinado económicamente.  Stoker lo veló con una lealtad sólo semejante a la del perro Fussie, el ser que gozaba de los mayores cuidados del gran solitario que fue Irving. Sus restos fueron depositados en la Abadía de Westminster,  espacio que el imperio destina a sus poetas, sus monarcas y sus guerreros. Stoker le sobrevive hasta 1912. Sus últimos años fueron difíciles. Su salud física y económica eran precarias y su temperamento se volvió más melancólico. Después de Drácula escribió otros diez libros. Uno de los más notables, por lo que dice lateralmente sobre su vida y su amo, fue Personal Reminiscences of Henry Irving.
En su libro sobre la vida Bram Stoker, el más actualizado y completo que existe, Barbara Belford[2] propone una lectura psicológica de la novela y la manera cómo el autor proyecta sus obsesiones y personajes. Desde su punto de vista, existen las siguientes correspondencias entre la ficción y la realidad: Drácula sería una representación del omipotente Henry Irving;  Van Helsing, que lleva el mismo nombre del padre de Bram, la figura protectora, sabia y generosa; Lucy Westenra, la belleza y la superficialidad de su esposa, Florence Balcombe; Jonathan Harker, el propio Stoker; Mina Harker, autónoma, pensante, una imagen de Charlotte, madre de Stoker.
Así como Drácula es el arquetipo del vampiro como príncipe de las tinieblas, Van Helsing, su Némesis, su antagonista, reúne las características completas del cazador de vampiros: sus armas no serán exclusivamente la estaca de madera y el martillo, herramientas tan ampliamente difundidas por el cine, sino una cultura amplia y profunda que le permita delimitar los alcances del vampiro y los modos de combatirlo. Doctor en numerosas disciplinas, con Van Helsing surge la figura del detective psíquico, oficio que habrá de lleva a su forma más completa Algernon Blackwood en su personaje John Silence, investigador de lo oculto.[3] El capítulo 18 de Drácula es uno de los más importantes porque en él Van Helsing revela a sus compañeros qué y quién es el enemigo contra el cual deben oponer sus respectivas armas. Como gran orquestador de la aventura, Van Helsing intuye que la debilidad del vampiro se halla en su soledad, así como su fuerza reside en que nadie cree en él.
Tanto los lectores contemporáneos como los posteriores han censurado a Stoker el excesivo sentimentalismo, las lágrimas y ayes que abundan en el libro. Cierto. El autor debía ser concesivo con el gusto de su tiempo. La reina Victoria llegó al trono cuando aún no cumplía los 20 años, y su gobierno se caracterizó por la entrega, la prudencia y la fuerza que utilizó con los suyos. Eran tiempos contradictorios, de esplendor y miseria, de nobleza e hipocresía. Los victorianos creían en los beneficios de la revolución industrial y los logros de la ciencia y la técnica, pero también, ante el ocaso de la religión, fueron devotos de lo oculto. En 1888, un rosacruz masón llamado William Wyne Wescott fundó la Sociedad Secreta The Golden Dawn, a la que no perteneció formalmente Stoker, aunque estaba al tanto de sus trabajos. Sí lo hicieron, en cambio, Constance Wilde, William Butler Yeats y Arthur Conan Doyle.  
Uno de los instantes más altos en la confrontación de los humanos con el vampiro -el otro, el ajeno, el exiliado- es que sólo la fraternidad y la unión son capaces de vencer al demonio. Sólo el amor vence al mal y sólo mediante él será posible “cruzar las aguas amargas antes de llegar a las dulces”. Para tal objeto, continúa Van Helsing, es preciso ser “valientes de corazón y despojarse de egoísmo”, porque la egolatría es el arma suprema y la perdición del vampiro. Lo anterior permite comprender que de la condición de amenazador pasa a la de amenazado. Van Helsing y sus aliados vencen al vampiro y demuestran, en la novela de Stoker, que el vampiro puede ser destruido. Lo vence, finalmente, el poder de las letras. Lo vence la mano de Mina Harker, que mediante la taquigrafía y la máquina de escribir –nuevas armas del imperio- reúne las piezas sueltas del discurso alucinante donde se arma la anatomía del vampiro. La mano femenina y frágil halla su brazo armado en Jonathan Harker, que hunde su cuchillo kukri –usado por el ejército británico en sus guerras colonialistas, inclusive en las Malvinas- en el cuerpo del ofensor de su honra.  
En términos generales, y teóricos, el vampiro es inmortal. Fiel a tal precepto, Stoker escribió una novela que pareciera tener semejante destino. El efecto que produce en sucesivos lectores e intérpretes es tan poderoso como la mirada del vampiro, capaz de dominar a sus víctimas inclusive a la luz del día y cuando yace en su ataúd.
Drácula es una obra para la inquietante lectura y para los eruditos que no dejan de hallar en ella nuevos significados. Una de sus virtudes mayores es que admite la relectura y no obstante el conocimiento del desarrollo y final de la trama, podemos volver a ella con sucesivos y nuevos estremecimientos. El lector que tiene la suerte de aventurarse por primera vez en la novela puede estar seguro de dos cosas: no podrá soltar el libro ni se atreverá a incorporarse de la cama para apagar la luz. El que emprende un nuevo viaje en compañía de Jonathan Harker, dotado de un arsenal intertextual y proveído de diversos códigos culturales, no se sentirá defraudado. Drácula fue escrita por Bram Stoker en un instante cuando el contenido latente era más poderoso que el contenido manifiesto. Sus enigmas son los de siempre: la muerte y las formas de retardarla. O de vencerla.
Afirma José Emilio Pacheco que todos conocemos la historia del Titanic pero todos queremos que nos la vuelvan a contar. De igual manera, podemos enumerar, aun sin haber leído la novela, las características generales de Drácula. De cada nueva historia o película de vampiros exigimos que nos cause un estremecimiento inédito o descubra un rincón desconocido de nuestros miedos. El Titanic no termina de hundirse, aunque se encuentre sumergido en las profundidades del Atlántico. Bram Stoker, al igual que su vampiro, no acaba de morir.
 




[1] Daniel Farson. The Man who wrote Dracula: A Biography of Bram Stoker. London, Michael Joseph, 1975.
[2] Belford, Barbara. Bram Stoker. A Biography of the Author of Dracula. New York, Alfred A. Knopf, 1996. A la misma autora se debe una biografía sobre Oscar Wilde. 
[3] Algernon Blackwood. John Silence, investigador de lo oculto. Traducción de Francisco Torres Oliver, Santiago García y Javier Sánchez García-Gutiérrez. Madrid, Valdemar, 2002. Para una evolución de la figura del cazador de vampiros, puede verse el libro de Peter Haining The Vampire Hunter´s Casebook. London, Warner Books, 1996.

viernes, 2 de marzo de 2012

Presentación de la segunda edición de El hombre que fue Drácula

Ayer fue un día maravilloso. La Sala Bernardo Quintana del Palacio de Minería, dentro de la XXXIII edición de la Feria Internacional del Libro, estaba abarrotada de devotos del teatro y Bram Stoker para atestiguar la presentación de la segunda edición de El hombre que fue Drácula, suma de la pasión de muchos talentos. Fue una ocasión verdaderamente emotiva, pues estuve rodeado de grandes amigos y miembros de mi familia –carnal y no consanguínea-. He aquí lo que dije, tras recibir las generosas palabras de mis cofrades y de ponerme por un momento en los zapatos de uno de mis autores elementales.
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Presentación de la segunda edición de El hombre que fue Drácula
Roberto Coria

Es un honor que me acompañen a presentar por segunda ocasión uno de los trabajos que más satisfacciones me han brindado, de nueva cuenta en este maravilloso Palacio de Minería, a la luz de nuestra Universidad Nacional. Primeramente quiero agradecer a mis Maestros –mis hermanos de elección- Vicente Quirarte y Eduardo Ruiz Saviñón por guiarme pacientemente en esta travesía, por enriquecerla con su sabiduría y pasión. El poeta dijo que “escribir es el más solitario de los oficios”. Tiene razón, pero yo tuve la mejor compañía posible.
La novela “Drácula” es parte imprescindible de mi primera educación sentimental. Por eso la historia conjetural de los acontecimientos que llevaron a Bram Stoker a escribirla era una idea irresistible. El hombre que fue Drácula es un homenaje al teatro, la imaginación, la capacidad creadora y, sobre todo, a la amistad. Como el grupo de valientes que se unió para derrotar al vampiro, este texto es la suma de las pasiones de muchos individuos. Ésta se vio recompensada cuando le mereció a Eduardo el Premio a Mejor Dirección de la Asociación de Periodistas de Teatro en 2008 y a Nicolás Núñez ser nominado a Mejor Actor por su interpretación de Henry Irving, el más grande actor de su tiempo, el hombre que fue Drácula.
Bram Stoker dedicó su creación más memorable, la que significó un viaje de siete años, no al todopoderoso Irving, ni a su amor no consumado Ellen Terry o a sus consanguíneos, sino a su amigo Hall Caine, quien no sólo creyó en su talento sino le demostró que la imaginación puede hacer realidad los sueños. Yo dediqué este trabajo a tres mujeres formidables. Dos están aquí esta tarde. Una dio alas de murciélago a mi imaginación y la otra me acompaña a volar con ellas todos los días. 
Por lo que respecta a la obra de teatro debo agradecer a los formidables Nicolás Núñez, Luis Miguel Lombana, Elena de Haro, Priscilla Pomeroy, Antonio Monroi y Guillermo Henry –quien generosamente compartió su talento con nosotros- y al perro Fédor. Porque Eduardo se atrevió a romper una máxima de la dirección escénica: nunca trabajes con niños ni perros. También expreso mi gratitud a Ana Luisa Campos, Abraham Feria, Sergio Villegas, a nuestros eternos Armando Matturano y Manuel Núñez Nava, Nuria Marroquín, Víctor Colunga, Enrique Singer, Aarón Fitch y Delia de la O de Teatro UNAM, a los maravillosos Mauricio Davison y Germán Robles –ellos develaron la placa de la primera temporada- y a la planta técnica del teatro Juan Ruiz de Alarcón de la UNAM, sin cuyo entusiasmo no podría llevarse a cabo el que Hugo Gutiérrez Vega llama “el milagro cotidiano de la puesta en escena”. Sobre la edición que hoy nos reúne, agradezco a mis editores Maricela de la Torre y Guillermo Palma de Libros de Godot, quienes confiaron en el texto desde sus inicios, al gran Hugo Gutiérrez Vega, Víctor Grovas Hajj y al propio Vicente por compartir entrañables textos sobre Bram Stoker, a la Embajada de Irlanda, a la Universidad Nacional Autónoma de México y a todos ustedes, por regalarme su tarde para mantener vivo el legado de uno de mis autores indispensables. 
Mucho se ha criticado a Bram Stoker en tiempos recientes: se ha dicho que su prosa es torpe, llena de adjetivos, que sus historias son previsibles. Yo pienso que el autor de una obra maestra, una que se mantiene tan vigente como el día de su primera publicación, que nunca ha estado fuera de circulación y que ha inspirado a tantos artistas y lectores, es un gran escritor. 
Para finalizar, comparto con ustedes algo que a simple vista no parecería relevante en una actividad como esta. Mañana se cumplirá un año de la muerte física de Mina, una golden retrieber maravillosa –aunque nunca supimos su verdadera raza-. Cuando me encontró le di inmediatamente el nombre de la heroína del señor Stoker, una mujer virtuosa, independiente, valerosa. Una sobreviviente. Cuando hace varios años Eduardo nos informó del deceso de Donovan, su leal amigo y compañero, recordó cómo Lord Byron calificó de forma póstuma a su perro Boatswain, “una criatura que fue bella sin vanidad, fuerte sin insolencia, valiente sin ferocidad y que tuvo todas las virtudes de los hombres y ninguno de sus defectos”. Esta tarde es para ti, Mina, cuyo nombre honra al autor irlandés en el centenario de su ingreso a la inmortalidad. Stoker me enseña cotidianamente que aún en los momentos más adversos la vocación del escritor y la fantasía nos dan fortaleza para emprender todos los viajes.



martes, 21 de febrero de 2012

El padre de todos los vampiros

El próximo domingo 26 de febrero de 2012 a las 18:00 horas, en el salón de la Academia de Ingeniería del Palacio de Minería, dentro de su Feria del Libro, mi amigo Vicente Quirarte ofrecerá la conferencia "El padre de todos los vampiros: los cien años de Bram Stoker". Indispensable. Allá nos vemos.

Presentación de la 2da edición de "El hombre que fue Drácula"

El próximo jueves 1 de marzo de 2012 a las 17:00 horas, en el Auditorio Bernardo Quintana del Palacio de Minería, dentro de su tradicional Feria del Libro, tendré el placer de presentar la 2da edición de mi obra "El hombre que fue Drácula", publicada por Libros de Godot. Esta nueva edición contará con ensayos de Hugo Gutiérrez Vega, Vicente Quirarte y Víctor Grovas Hajj, todos celebrando a Bram Stoker y su creación más perdurable Me acompañarán padrinos de lujo: Eduardo Ruiz Saviñón y Vicente Quirarte. ¡Allá los veo!

jueves, 11 de marzo de 2010

La Cátedra Bram Stoker

Los lazos culturales y afectivos entre Irlanda y México con enormes.
Ayer tuve el privilegio de ser invitado a la edificación de uno más de ellos: la firma del convenio que inaugura la Cátedra Bram Stoker, entre la Universidad del Claustro de Sor Juana y la Embajada de Irlanda en México. Presidieron el acto la Rectora del recinto, Carmen López Portillo, y el Embajador de Irlanda en México, Eamon Hickey. Les acompañaron el Dr. Paolo Pagliai, Coordinador de Humanidades de la institución, quien brindó a una disertación sobre la valía de la aportación literaria de Bram Stoker, quien suele ser considerado un escritor de segunda división, recordado mayormente por escribir la novela que cimienta la afición contemporánea por los vampiros. Siempre me he manifestado, como Pagliai, en desacuerdo con las pobres evaluaciones de Stoker. Quien escribe una obra maestra es un gran escritor. A Stoker debemos un relato perdurable, uno que ha trascendido prácticamente a todos los países, que ofrece la posibilidad de incontables interpretaciones e influenciado a las personas por generaciones. El resto de su obra (cuento, ensayo, biografía, novela histórica) habla de sus otras facetas y aún está por explorarse. La exposición del Dr. Pagliai, principal impulsor del proyecto, dignifica la aportación de un hombre “que defendió su insobornable vocación literaria”, como dijo mi amigo Vicente Quirarte. Le siguió el Dr. Víctor Grovas Hajj, profesor e investigador de la UCSJ, quien leyó un lúcido ensayo sobre la vida de Stoker. Finalmente Miles Doherty, Agregado Cultural de la Embajada, leyó en inglés un capítulo de “Drácula”, un encuentro entre el Dr. Seward y el enloquecido Renfield, al que le siguió la traducción en español de Pagliai. La Rectora y el Embajador cortaron como cierre del acto el listón que inauguró la muestra del artista visual irlandés Joe Elgin. Todo se coronó con una buena cerveza irlandesa, esas “que pueden cortarse con cuchillo”.
Las actividades de la Cátedra Bram Stoker están por anunciarse y tendré el placer de mantener al tanto a los diletantes del horror y la fantasía, quienes creen -como el irlandés- que ambos son parte sustancial de nuestra naturaleza y, sobre todo, un acto de libertad.