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miércoles, 11 de febrero de 2015

Recorriendo las calles del destripador

He dejado muy claro que el período Victoriano (1837-1901); es uno de mis pasajes favoritos de la Historia. El término no sólo sirve para identificar la etapa de mayor predominio mundial del Reino Unido, sino califica a una sociedad de puritanismo extremo y normas rígidas cuyo conservadurismo puede interpretarse como una reacción de temor ante un proceso de cambio acelerado y profundo. Tradición e innovación, prosperidad y miseria, aislamiento e imperialismo, revisten al reinado de Alejandrina Victoria, Reina de Gran Bretaña, Irlanda y Emperatriz de la India de una extraordinaria complejidad que repercutió en sus manifestaciones artísticas y culturales.
Sirva esta breve introducción para dirigirme al caso criminal de Jack el destripador, hecho que inevitablemente se vincula a este período. Todos los diletantes del horror conocemos su infame nombre artístico. Su aparición es como una escandalosa mancha de sangre en un ambiente aparentemente impoluto, como el de una sábana blanca. En el otoño de 1888 el mítico homicida mutiló a cinco desafortunadas prostitutas, según los recuentos y las versiones oficiales, antes de desaparecer para siempre en la niebla londinense. A casi 127 años, el destripador continúa incendiando la imaginación de investigadores y artistas de todo el mundo. De la fértil imaginación del escritor Robert Bloch a la estremecedora novela gráfica de Alan Moore y Eddie Campbell, convertida en la impecable cinta Desde el inferno (Albert y Allen Hughes, 2001), Jack ha demostrado su cabal integración al imaginario colectivo de la humanidad. Y ahora se suma con justicia el caso que inspira estas líneas.
En el ocaso de 2012 se transmitió el primer episodio de Ripper Street, serie inglesa creada por Richard Warlow que hace un recuento ficticio de lo sucedido en el pauperizado barrio tras los asesinatos del destripador. A primera vista resalta su impecable diseño de arte que rebasa sus estupendas locaciones en Dublín, Irlanda: es un estupendo retrato sociológico que resume los contrastes de una época, desde los conflictos de sus habitantes, la prostitución, la explotación de menores, los orígenes del sistema subterráneo londinense, las cicatrices mentales que causaron los conflictos bélicos del momento, los escándalos de la homosexualidad y el “amor que se niega a decir su nombre”, la violencia contra las mujeres, los avances de la Medicina y la tecnología, la incorporación del conocimiento científico en la investigación policial, el anarquismo, el nacimiento del cine snuff y el fanatismo religioso. Todo a través de un sólido elenco encabezado por el Detective Inspector Edmund Reid (Matthew Macfadyen), personaje de la vida real que estuvo a cargo de la División H de Scotland Yard destacada en la zona y de la investigación de dos homicidios relacionados con el destripador. Reid, eminente victoriano, hombre recto, idealista y de buenas costumbres, se apoya de su “brazo ejecutor”, el Detective Sargento Bennet Drake (Jerome Flynn), honesto y rudo excombatiente de la Guerra Anglo-Egipcia de 1882, y del norteamericano Capitán Homer Jackson (Adam Rothenberg), cínico, vicioso y poco escrupuloso cirujano con un pasado misterioso que formó parte de la Agencia de Detectives Pinkerton. La historia se adereza con el drama de Susan Hart (MyAnna Buring), matrona que dirige una casa de citas en la zona, la prostituta con aspiraciones artísticas Rose Erskine (Charlene McKenna), el muy corrupto y malvado Detective Inspector Jedediah Shine (Joseph Mawle) o con el fastidioso reportero Fred Best (David Dawson), hombre dispuesto a todo en aras de “alcanzar la nota”.
La serie cuenta además con fuertes cimientos que le dan verosimilitud histórica, de la aparición importante de Frederick Abberline (Clive Russell), figura clave que siguió la huella del destripador, el reputado médico Frederick Treves (Paul Ready), hombre que hizo del conocimiento público el caso de Joseph Merrick (Joseph Drake), conocido como El Hombre Elefante, Jane Cobden (Leanne Best), una de las primeras mujeres en ocupar un cargo público en Inglaterra o la mención a la carrera por el dominio de la electricidad y la figura de Thomas Edison.

Ripper Street, en mi humilde opinión, no ha recibido el reconocimiento que merece. Tuvo una vida de dos temporadas (de ocho capítulos cada una) que se transmitieron por televisión y una tercera (también de 8 episodios) que se difundió el año pasado a través del internet y espero ver a la brevedad. Ha recibido elogios de la crítica especializada y una recepción variada de la audiencia. Ganó los Irish Film and Television Awards y los prestigiados British Academy Television Craft Awards. Esto demuestra, mejor que todo, que las terribles andanzas del destripador siguen vigentes. En el segundo episodio de su primera temporada Reid, hombre bondadoso pero contradictorio como la era que lo engendró, cita un pasaje del Talmud que seguramente escucharon en La lista de Schindler (Steven Spielberg, 1993) que siempre animan a seguir adelante: “quien salva una vida, salva al mundo entero”.

lunes, 15 de diciembre de 2014

Una pequeña dosis de spoilers (sobre The Strain)

Regreso a la cuestionable libertad de hablar sobre obras que muchos no conocen. Como ya dije, vivimos en un mundo globalizado, donde los avances tecnológicos nos bombardean de todo tipo de información a todas horas, todos los días. Hace no mucho discutía sobre ello en redes sociales. ¿En cuánto tiempo es políticamente correcto hacer un spoiler? Incluso mi amigo Luis Reséndiz me compartió una tabla de valores para ampararme. Pero concedo a mi también amigo Jorge Llaguno la razón cuando me señala que siempre habrán nuevas generaciones que deseen acercarse a un libro, sin importar que tenga 200 años de aparecido. Atendiendo esto, hay que ser precavido y advertir al lector cuando se piense hacer comentarios que puedan arruinar la sorpresa del hallazgo. Hace unas semanas, inmediatamente después de su transmisión en Estados Unidos, la productora AMC publicó en medios electrónicos una fotografía que anunciaba la muerte de un personaje principal de The Walking dead antes de que ojos latinoamericanos vieran el capítulo. Es comprensible la molestia que generó este “auto gol” entre sus devotos. En el caso que hoy nos ocupa, la distancia de semanas me permite hacerlo, y ruego a quien no haya visto la recientemente concluida primera temporada de la teleserie The Strain que interrumpa la lectura de este texto. Y creo que soy exagerado, pues sucedió algo similar al programa de zombis cuando el canal FX hizo público el aspecto del gran villano de la serie, Jusef Sardú, conocido como El Amo.
La cosa no pintaba mal. Apareció desde el inicio del primer episodio, vagamente, como un manchón. Posteriormente como un bulto de tela vieja que repentinamente se erguía, despachaba a su víctima y escapaba con rapidez. Pero el efecto no duró demasiado tiempo. En mi humilde opinión, El Amo debió ser una de las principales fortalezas de la producción de Carlton Cuse, fraguada a partir de la trilogía novelística escrita por nuestro paisano Guillermo del Toro y el autor de ficción Chuck Hogan. El mismo Del Toro no fue feliz con la apariencia de El Amo, como muchos de nosotros. Y lo intuía. Un artista como él, que nos ha mostrado criaturas verdaderamente imaginativas y aterrorizantes, no podía estar complacido con el resultado. Así lo reconoció en una entrevista la publicación Speakseasy:
Creo que, sinceramente, la mitad de una criatura es la forma en la que se revela, y creo que El Amo, en retrospectiva, lo hizo con una iluminación que yo no hubiera utilizado. Estaba filmando Crimson Peak durante esos episodios, por lo que lo único que podía hacer era seguir los informes diarios de producción […] El departamento de efectos visuales no puede hacer nada respecto a la cinematografía, y pienso que la presentación de El Amo debió ser más impactante, de manera paulatina. Yo no lo veo como el típico vampiro flacucho. Es un gigante de 2.23 metros, por lo que debe tener un rostro brutal, y creo que me quedaré con eso. Asumo la responsabilidad por esa parte.
Los autores lo describen así:
El Amo lo miró desde arriba, su cabeza inclinada bajo el techo. Se llevó sus manos inmensas a su capucha y la retiró de su cráneo. Su cabeza era lampiña y sin color. Su boca, labios y ojos no tenían tonalidad alguna, y estaban ajados y desteñidos como linos raídos. Su nariz era negra y desgastada como la de una estatua al aire libre, una simple protuberancia con dos huecos negros. Su garganta palpitaba con la pantomima hambrienta de la respiración. Su piel era tan pálida que parecía transparente. Visibles detrás de la carne, como un mapa difuso de un reino antiguo y en ruinas, sus venas desprovistas de sangre, rojizas y dilatadas; eran los gusanos sanguíneos circulando, los parásitos capilares arrastrándose debajo de la piel cristalina de Amo.
No me conflictúa la elección de casting, pues quien lo interpreto, el enorme ex luchador convertido en actor Robert Maillet (lo vimos enfrentar a Robert Downey, Jr. en la primera Sherlock Holmes de Guy Ritchie), pese a que fue doblado por la penetrante voz de Robin Atkin Downes, no me convenció del todo. Más de un conocedor del tema me dijo que más que temor, le provocó abrazarlo, que era muy parecido al sapo galán y simpático Patas verdes, protagonista del serial de mi infancia Odisea Burbujas. En lo personal, creo que El Amo debió ser más cercano a la intención de su par de Penny dreadful, programa del que hablé recientemente. Juzguen ustedes.

En lo demás, aunque se omitieron muchas situaciones interesantes de los libros, se acortó la vida de algunos personajes y se agregaron algunos nuevos –al igual que muchos momentos-, el producto fue satisfactorio. Como en los libros, no hay concesiones. Los vampiros de Del Toro no discriminan. Ni siquiera a los niños. The Strain plantea un escenario promisorio para una siguiente temporada. Sólo resta esperar.

martes, 14 de octubre de 2014

Virus y vampiros (sin spoilers)

Escribir sobre películas o series de televisión que la mayoría de tus correligionarios –porque el horror y los vampiros son nuestro credo- no han visto, me supone un gran dilema. Lo último que deseo es estropear la sorpresa a nadie, fomentar la cultura del llamado spoiler. No olvido cómo un joven Homero Simpson dijo a su futura esposa Marge, al salir de ver El Imperio Contraataca (Irvin Kershner, 1980) y ante furiosos aficionados, “quién hubiera pensado que Darth Vader era el padre de Luke”. Como nos lo enseñó el amarillento personaje, no todos los spoilers son intencionales. Por otra parte, está mi entusiasmo. Es cierto que las obligaciones cotidianas muchas veces te impiden mantenerte actualizado, pero vivimos en un mundo globalizado donde se puede acceder con gran facilidad a la información gracias a la tecnología. Por ello, a más de cinco años de su publicación, hablaré mayormente sobre la trilogía de novelas que propició la serie de televisión desarrollada por Carlton Cuse –el mismo de Bates motel- que se estrenará –en Latinoamérica- en unas horas.
Lo primero que diré es que The Strain es una historia que reivindica al vampiro clásico que me gusta: malvado, consciente que se encuentra a la cabeza de la cadena alimenticia. No brilla ni vive en los bosques como las hadas de Disney ni los engendros de Sthepanie Meyer. Su procedencia es completamente –al menos en un principio- explicable desde la arista de la ciencia y la racionalidad. Lo vemos desde su título, La Cepa, tomado del nombre que da la Biología o la Epidemiología a variantes taxonómicas de virus, bacterias u hongos. Escritos por nuestro paisano Guillermo del Toro y el autor de ficción Chuck Hogan, los libros son un verdadero examen para los devotos del cineasta. Su universo completo está ahí, desde referencias a situaciones y personajes que bien conocemos a través de sus películas y menciones a sus obsesiones y sus seres amados, desde su esposa Lorenza hasta su cinefotógrafo de cabecera Guillermo Navarro. La narración entera, plena de detalles e historias tangenciales, fue concebida para ser trasladada a la pantalla chica. Este medio es el que más le conviene. En su momento se habló de la intención del tapatío de llevarla al cine, pero esto la hubiera limitado terriblemente. Cada uno de los libros ofrece, por lo menos, material para una temporada completa.
Me animé a ver la serie, estrenada en Estados Unidos hace varias semanas, gracias al internet y a la falta de respuesta de sus exhibidores –el Canal FX de Latinoamérica- en las redes sociales ante mis insistentes preguntas sobre su fecha de estreno en nuestro país. Su inicio, en deuda indiscutible con Drácula de Bram Stoker, es inmediatamente prometedor: Un enorme avión Boeing 767, procedente de Berlín, aterriza en el aeropuerto internacional John F. Kennedy de la Ciudad de Nueva York e inmediatamente interrumpe comunicaciones con las autoridades. Apaga sus luces interiores y tiene sus ventanillas cerradas, excepto una. La paranoia posterior al 11 de septiembre pone en alerta inmediata a todas las corporaciones gubernamentales, entre ellas el Centro de Control de Enfermedades (CDC, en sus siglas en inglés), por las enormes posibilidades de un nuevo ataque terrorista. Luego de una tensa espera, ingresan en el aparato. El primero en hacerlo es el Dr. Ephraim Goodweather (Corey Stoll), cabeza del Proyecto Canario de la institución, un grupo especial de respuesta rápida a amenazas biológicas. Junto a su colega, la Dra. Nora Martínez (Mía Maestro), hace un terrible descubrimiento: sus 206 ocupantes –pasajeros y tripulación- están muertos y hay cuatro sobrevivientes. Este es el inicio de una pesadilla que amenaza con diezmar a la humanidad. “El fin de nuestra civilización es el inicio de la suya”, decía su publicidad. Esto llevará a los científicos a integrarse a un poco ortodoxo equipo de cazadores de vampiros: el ucraniano exterminador de ratas Vasiliy Fet (Kevin Durand) y el pandillero latino Agustín Elizalde (Miguel Gómez), todos dirigidos por el anciano Abraham Setrakian (David Bradley), sobreviviente del Holocausto Nazi que ha visto dos rostros de la verdadera maldad. Todo envuelve la llegada de Jusef Sardú, también conocido como El Amo (el gigantón Robert Maillet con la voz de Robin Atkin Downes), ayudado por su acólito Thomas Eichhorst (Richard Sammel) y la alianza profana que hizo con el moribundo magnate Eldritch Palmer (Jonathan Hyde), cabeza del siniestro Grupo Stoneheart y homenaje a la novela Los tres estigmas de Eldritch Palmer de Phillip K. Dick.
La factura del programa es impecable, desde su fotografía (debemos la de cuatro episodios al mexicano Gabriel Beristáin, quien ya colaboró con “El Gordo” en Blade 2) hasta su puesta en escena que da vida de forma convincente a los monstruos tal y como fueron concebidos por Del Toro y Hogan. También están sus guiños, desde la narración de Lance Henriksen, la fugaz aparición del mago del maquillaje Rick Baker hasta la de Doug Jones, a quienes recordarán como Abe Sapien en el –aún- díptico de Hellboy o como el Fauno en la más laureada de sus obras.
Y repito que todo está ahí, como sus tan queridos subterráneos. Su Goodweather no es otro que el epidemiólogo Peter Mann (Jeremy Northam) de Mimic (1997) o el malvado Palmer, ansioso por obtener la vida eterna, es sin duda el Dieter de la Guardia (Claudio Brook) de su ópera prima La invención de Cronos (1992) o el decadente vampiro Eli Damaskinos (Thomas Kretschmann) de Blade 2 (2002), con sus órganos corporales en frascos de vidrio. Los vampiros de la dupla provienen sin duda de la cepa bautizada como Reaper en Blade 2, calvos y con ese apéndice en sus bocas con el que beben la sangre de sus víctimas en lugar de los tradicionales colmillos.

Antes que la serie concluyera su primera temporada, por su gran aceptación entre el público y la crítica, sus productores anunciaron la realización de una segunda. Ya comentaremos más de ella en un futuro no lejano.

lunes, 21 de abril de 2014

Dos veces maníaco

Regreso a ti, adorado blog–e igualmente queridos lectores- luego de casi un mes de ausencia. Y lo hago con un tema muy en deuda con mi reciente experiencia tapatía.
Son muchos los aciertos de la no suficientemente difundida reelaboración de Maniac (2012), tercer largometraje del francés Franck Khalfoun. Primeramente cuenta con un respetuoso e inteligente guión de Alexandre Aja, Grégory Levasseur y C.A. Rosenberg, que parte de la película de culto del mismo nombre, dirigida en 1980 por William Lustig y escrita y protagonizada por Joe Spinell, joya prohibida en los estantes de los videoclubes de mi niñez. Ahora el papel del asesino serial Frank Zito es heredado por Elijah Wood, cuya cara de niño bueno es diametralmente opuesta a la de su antecesor Spinell. Esa es una cualidad que los realizadores aprovecharon muy bien, tal como lo anticipó Alfred Hitchcock al elegir a Anthony Perkins para interpretar al desquiciado Norman Bates en 1960 –ya saben en dónde-. El monstruo más terrible es el que se parece a nosotros, el que vive en la puerta de al lado, el que no da motivos para desconfiar de sus intenciones. Al menos así sucedió a muchas de las víctimas de Ted Bundy o Jeffrey Dahmer, con nefastos resultados. Pero las de ellos son otras historias de horror que he tratado en otros espacios.
Bajo su máscara de sanidad, Zito esconde un pasado perturbador revelado a través de los ojos del homicida: la cinta –casi en su totalidad- se nos presenta en cámara subjetiva. La propositiva puesta en escena permite que los espectadores calcen los zapatos del criminal. Sólo vemos a Elijah cuando camina frente a ventanales, en espejos retrovisores u otras superficies reflejantes, lo cual es un alarde de técnica narrativa del cinefotógrafo Maxime Alexandre, cuyo estilo apreciamos desde su cartel promocional. Luego está la lóbrega partitura del músico francés Robin Coudert, quien firma sus obras simplemente como Rob. Todo adereza a la perfección secuencias sanguinolentas, que no escatiman en mostrar a nuestro “héroe” ejerciendo su oficio: rebanar gargantas y escalpar a inocentes damiselas.

Pero lo mejor, insisto, es Wood, con su aspecto casi frágil, inocente y bondadoso que acotó desde muy temprana edad en su debut fílmico e ineludiblemente relacionamos con su Frodo Bolzón en la trilogía El Señor de los Anillos (Peter Jackson, 2001-2003) pese a que ya lo vimos como el sádico Kevin en La ciudad del pecado (Robert Rodríguez y Frank Miller, 2005). Ya desde ahí demostró que podía dar miedo. 

lunes, 25 de noviembre de 2013

Sentimientos encontrados, o Drácula contra los monopolios energéticos

Uno de los platos fuertes del pasado Festival Mórbido –del que ya platicaré en un futuro no lejano- fue la premier del primer episodio de la nueva encarnación televisiva de Drácula, co producción británica-estadounidense creada por Cole Haddon, de la que ya hablé hace varias semanas. Al finalizar el capítulo tuve sentimientos encontrados. Primeramente quedé deslumbrado por su factura, portentosa y que por muchos momentos me hizo sentir que veía una gran producción cinematográfica. Luego vinieron los cambios, algunos sutiles y otros dramáticos: Mina Murray (Jessica De Gouw) es la primera estudiante (mujer) de Medicina en Inglaterra y uno de sus profesores es Abraham Van Helsing (Thomas Kretschmann). El voivoda Vlad Drácula (Jonathan Rhys Meyers), luego de ser cautivo por su enemiga Orden del Dragón siglos atrás, es devuelto a la vida en 1881 por un aliado insólito y, 8 años después, se infiltra en la sociedad victoriana bajo el disfraz del genio científico estadounidense Alexander Grayson, desterrado a las islas por Thomas Alva Edison. Conserva a su fiel servidor R. M. Renfield (Nonso Anozie), ahora un solemne hombre de color que ya no está obsesionado con los insectos. Jonathan Harker (Oliver Jackson-Cohen) sigue pretendiendo a Mina –no se atreve a dar el paso para conquistarla y sólo la presenta en sociedad como “su amiga”- pero de ser un abogado en bienes raíces se convirtió en un intrépido reportero. El refugio del vampiro, la ruinosa Abadía Carfax, se ha convertido en una fastuosa mansión. Por supuesto no podía faltar la provocativa Lucy Westenra (Katie McGrath). Fue curioso que su vestido de fiesta, rojo como la pasión, contrastara con el de Mina, azul como la virtud y la nobleza.
Y luego vinieron guiños que ya son ritos de paso establecidos por Bram Stoker: “Bienvenidos a mi casa y dejen algo de la felicidad que traen consigo” o la respuesta insinuada del vampiro “yo nunca bebo vino”. También están presentes hechos que caracterizaron la época, como los crímenes de Jack el destripador o el auge económico del Imperio facilitado, entre otras cosas, por su gran industria. Precisamente ahí está la motivación del protagonista: lleva a cabo una venganza contra la milenaria Orden del Dragón, que basa ahora su vasto poder en el monopolio de la industria petrolera. Y Drácula anticipó muy bien lo comprendido por Eliot Ness en su guerra contra el crimen de Chicago: si quieres destruir a tus enemigos, pégales donde más les duele. En el bolsillo. Por supuesto los malos no se quedaran sin dar batalla. Poseen a su asesina en jefe, Lady Jayne Wetherby (Victoria Smurfit), que tiene cautiva a una vampira en busca de obtener información sobre su enemigo.
Todo, insólitamente, se adhiere al Canon establecido por Stoker: Harker facilitará que el vampiro se posicione en Inglaterra –antes le vendió su guarida, hoy parece que lo apoyará desde el Cuarto Poder-, Mina sigue siendo el prototipo de la Brave New Woman, Lucy la chica coqueta de sociedad y Drácula aún tiene un encono desmedido contra la sociedad occidental. Ahí se encuentra la comunión con el rescatador misterioso que mencioné hace un rato: “nuestro odio nació en el mismo lugar”. Y esto, por más que nos alarme, tiene sentido estratégico. “Los enemigos de mis enemigos son mis amigos”, dicen algunos. No pienso que su trato sea definitivo. Ninguna sociedad de negocios es eterna.
Aún tengo reservas. Como he dicho hasta el cansancio, Drácula no es una historia de amores interrumpidos ni de reencarnaciones. No sé qué tan necesarias son las secuencias de acción, que oscilan entre Matrix (hermanos Wachowski), 300 (Zack Snyder) y el más reciente díptico sobre Sherlock Holmes dirigido por Guy Ritchie. Tal vez pretenden dar un sello propio al programa, pero francamente a estas alturas del partido identificamos las fuentes que las inspiraron. Tampoco comprendo el afán de que el señor Rhys Meyers aparezca sin camisa cada vez que sea posible. Bueno, eso sin duda tiene fines comerciales que apreciarán muchos –mujeres y hombres- y tal vez sea parte –junto con las escenas sexualmente explícitas- de los contenidos eróticos subyacentes de la novela.

Esta noche veré su segundo episodio. Eso nos dará más elementos para formarnos una opinión definitiva.

lunes, 30 de septiembre de 2013

Reestreno de "Renfield, el apóstol de Drácula"

El próximo miércoles 2 de octubre, a las 20:30 horas en el Teatro Helénico del Centro Cultural, se reestrenará "Renfield, el apóstol de Drácula", monólogo escrito por su servidor con el talentoso Guillermo Henry, bajo la dirección de Eduardo Ruiz Saviñón. Los boletos cuestan $150.00 y están disponibles en taquilla o (con cargo extra) en Ticketmaster. No falten. Va la sinopsis:
Después de viajar a Transilvania para asegurar una transacción con el aristócrata Conde Drácula, el agente en bienes raíces R. M. Renfield regresa enloquecido a su natal Londres, donde es recluido en una institución para enfermos mentales. Sus guardianes lo llaman, por su particular tipo de manía, “el comedor de insectos”. Entre los muros opresivos del manicomio narra los detalles de su viaje a la oscuridad, uno hecho a través bosques tenebrosos hasta llegar a un castillo en ruinas habitado por un sanguinario vampiro y tres seductores demonios de la perversidad. Al final, Renfield descubre su verdadero papel en los acontecimientos descritos en una de las obras fundamentales de la literatura universal. Comenzó como su invitado, pero es el apóstol de Drácula.

jueves, 26 de septiembre de 2013

Regreso triunfal a la Tierra de los Vampiros

Esta es una deuda de sangre. 2002 fue un año decisivo en la carrera de Guillermo del Toro. A punto de partir a España a filmar El espinazo del diablo, ejecutivos hollywoodenses se aproximaron a él para encargarle la dirección de Blade 2, la secuela directa de la cinta que Stephen Norrington realizara en 1998. Era un candidato ideal para ellos, sin duda. Otros cineastas, deslumbrados por el llamado al Olimpo, habrían cancelado todos sus compromisos, sin cuestionar. Afortunadamente, el tapatío supo darse su lugar. “Tendrán que esperar”, les dijo e hizo sus maletas. Al regresar puso manos a la obra, apoyado de cerca por Peter Frankfurt, productor de la cinta, y por su mismísimo protagonista Wesley Snipes. La noticia por sí misma me emocionó profundamente. Por si fuera poco me enteré que mi buen amigo Gabriel Beristáin trabajaría en el proyecto como cinefotógrafo. Tres años atrás le ofrecí mis conocimientos en ciencias forenses cuando realizó su debut como director, El grito (1999), relato policiaco nunca estrenado en México y destinado, por razones que no discutiré ahora, al mercado del video. Nuestra comunicación por correo electrónico fue la experiencia más emocionante. Desde la República Checa, lugar del rodaje, me enviaba fotografías que captaba in situ. Mayor privilegio era imposible.
Pero primero lo primero. Blade, creado por Marv Wolfman y Gene Colan en 1973, surgió como un personaje de apoyo en la serie La tumba de Drácula, esfuerzo de Marvel comics por ofrecer a los devotos del horror un producto atractivo. Y como sucedió a muchos héroes de su tipo, creció hasta adquirir mayor importancia. Lo hacían notorio dos cosas: era negro –afromericano, si atendemos la corrección política- y además dhampiro, híbrido de un ser humano y un hijo de las tinieblas, justo como Nada –personaje de la novela La música de los vampiros de Poppy Z. Brite- o el paladín Vampire Hunter D. De tal suerte poseía lo mejor de ambos mundos, “todos los poderes de un vampiro y ninguna de sus debilidades”.
El resultado superó con creces a su predecesora. No porque esta fuera mala, sino porque nuestro paisano logró imprimirle su sello personal y le abrió las puertas, con ojos renovados, a un mercado del que estaba desencantado. La obra tenía un estilo reconocible y consolidaba las obsesiones del director. Fue, en muchas formas, un anticipo de lo que vino el siguiente año y en el medio impreso en la primera década del nuevo milenio. Después de lo ocurrido en su primera aventura, con información sacada a la fuerza al vampiro Rush (Santiago Segura), Blade (Snipes, en un papel hecho a la medida) recorre Europa en busca de su amigo y mentor Abraham Whistler (Kris Kristofferson), quien no murió tras intentar suicidarse y es cautivo de sus enemigos. Cual drogadicto, Whistler es rehabilitado por el héroe y su nuevo armero Scud (Norman Reedus, el Daryl de The walking dead). Es contactado entonces por la Nación de Vampiros, a través de Nyssa (Leonor Varela), hija de su malvado líder Eli Damaskinos (Thomas Kretschmann) y su “casi humano” abogado Karel Kounen (Karel Roden), para combatir a una nueva amenaza que pone en riesgo a los dos mundos: el virus Reaper –los vampiros de los vampiros-, representada en su terrible paciente cero Jared Nomak (Luke Goss), tal como nos lo reveló el estupendo prólogo del guión de David S. Goyer, que tuvo que trabajar para incorporar la visión del tapatío. A regañadientes, Blade es dotado de un equipo de mercenarios (chupasangres, por supuesto) para enfrentar el reto, conocidos como The Bloodpack y conformado por Chupa (Matt Schulze), Asad (Danny John-Jules), Snowman (Donnie Yen), Verlaine (Marit Velle Kile), Priest (Tony Curran) y Reinhardt (Ron Perlman), mole prepotente con una gran aversión hacia Blade.
Continúa un festín de disparos, piruetas y persecuciones en el que Del Toro se regodea al utilizar situaciones por la que aprendimos a admirarlo. Está por ejemplo el dispositivo de acceso que identifica a los vampiros por su tipo de sangre, que funciona como La invención de Cronos; las partes anatómicas de Damaskinos, que guarda en frascos cual Diether de la Guardia; los sucios alcantarillados que vimos desde Mimic; las secuencias de combate que fusionan el más puro estilo oriental y lo mejor de la lucha libre mexicana. Luego está la parte estilística. Las imágenes que el director logró, trabajando hombro con hombro con Gabriel, son un triunfo: “quiero que la noche se vea amarilla”, le pidió. Y así fue. La cinta también representó la segunda colaboración del “gordo” con Marco Beltrami, quien compuso una briosa partitura que no omite ritmos electrónicos, y la reunión de un cuadro actoral ya común en la filmografía de Del Toro: Perlman, Reedus, y adiciones como Goss, Roden y Segura. Y muy encima coloco el aspecto de los Reapers, giro completo a la visión tradicional del vampiro. Calvos, increíblemente agresivos, con una mandíbula –tipo Depredador- con la que se aferran a su presa y una lengua retráctil –semejante a la de un camaleón-, son el mejor esfuerzo por explicar al monstruo desde un punto de vista biológico. Así lo demuestra la secuencia de necropsia, brillante. O está esa piscina de sangre donde Damaskinos –cual Erszebeth Bathory- recobra la vitalidad, y la sangre gelatinizada con la que se nutre. “Jell-O para vampiros”, pensé.
Blade 2 es un divertimento total, eficiente a más no poder. Recuerdo bien como el público en la sala de cine –y me incluyo, por supuesto- aplaudió cuando el héroe, luego de derrotar a un pequeño ejército, atrapó en el aire sus famosos anteojos negros y se los colocó, presto para la confrontación final. La película triplicó su inversión, y no dudo que inmediatamente los productores hayan pensado ofrecerle a nuestro paisano la realización de una tercera –esa terminó dirigiéndola el propio Goyer-, pero ya estaba en otro lugar. Se dirigía a uno mejor, para el bien de todos sus adeptos. 

martes, 10 de septiembre de 2013

Sobre el final de temporada de Bates motel

Ayer concluyó en Latinoamérica la primera temporada de Bates motel, la teleserie desarrollada por Carlton Cuse, Kerry Ehrin y Anthony Cipriano a partir de Psicosis, la inolvidable novela que Robert Bloch escribió en 1960. El resultado me causa opiniones encontradas, mayormente favorables. El programa parte de un par de actores precisos y eficientes: el otrora infante Freddie Highmore como el joven Norman Bates –en un papel que parece un traje a la medida- y Vera Farmiga como su abnegada madre Norma. A simple vista la sabia elección de reparto parecía suficiente, pero las cosas comenzaron a desviarse. Al tercer episodio comencé a pensar que un rayo nunca cae dos veces en el mismo lugar. ¿Cuáles son las posibilidades que el escenario del nacimiento de un futuro psicópata estuviera enmarcado por una historia de trata de blancas y narcotráfico? ¿Acaso la serie no debía girar en torno a la enfermiza relación de madre e hijo y cómo éste se convierte en un asesino travestido? Los personajes de apoyo –el hermanastro incómodo (Max Thieriot), el sheriff malaleche (Nestor Carbonell), su asistente calenturiento (Mike Vogel), la noviecita con la cabeza vacía (Nicola Peltz), la enamorada con fibrosis quística (Olivia Cooke)-, la promisoria carrera literaria de Norman y sus fallas argumentales son irrelevantes ante los mejores momentos de la serie, que son los que se acercan a la historia de Bloch: sus extravíos emocionales –blackouts les dicen también-, cuando Norman, en pleno arrebato de desamor, habla como su madre –incluso con su tono-, o su reacción al presenciar cómo un auto atropella al perrito que rescató de la calle. Mientras carga a su mascota inerte, exclama fuera de sí “debemos llevarlo con el papá de Emma. Él repara cosas muertas”. Evidentemente se refiere al oficio del señor Decody (Ian Hart) y a su futuro pasatiempo, la taxidermia.


La cereza en el pastel fue contemplar a su primera víctima –porque yo aún no me trago que fuera su padre-, esa desafortunada maestra asaltacunas (Keegan Connor Tracy). Su amable respuesta entre el público ha valido a la serie el beneficio de una segunda temporada, así que sabremos de los Bates muy pronto.

martes, 20 de agosto de 2013

Fue su primera vez

La expresión latina opera prima se usa para designar al primer trabajo oficial de un artista. Cuando se trata de un cineasta, este esfuerzo le sirve como una tarjeta de presentación. Hace evidente su estilo y capacidades, y nos permite atisbar –con un alto grado de precisión- cómo serán sus obras posteriores. De haberlas, por supuesto. En el medio musical estadounidense, hay algo que se conoce como one hit wonder. Es una suerte de examen profesional. En el caso del tapatío Guillermo del Toro, las altas expectativas que ocasionó aquél año 1993 fueron satisfechas con creces. Yo era apenas un tierno muchacho de 20 años. Instalado en la sala de cine, rodeado por pocos pero entusiastas cinéfilos, el resultado me sorprendió. 
Su debut cinematográfico, La invención de Cronos, es afortunado e insólito en muchos sentidos. Por una parte es un espléndido espécimen de géneros olvidados para ese entonces en el panorama fílmico nacional y que conocieron días de gloria y bonanza: el horror y la fantasía. Por otra, revela a un narrador eficiente –recordemos que la escribió y dirigió- y fiel a obsesiones poco reconocidas: el horror y la fantasía (conste que lo repetí a propósito). Y finalmente tiene altísimos valores de producción pese a su magro presupuesto. Con tan sólo 29 años de edad, del Toro ingresaba a un medio difícil –hostil a veces- donde luchaba contra ideas anquilosadas y todos los prejuicios del mundo. Hoy, 20 años después, sus miles de seguidores alrededor del mundo podemos decir que fuimos testigos del inicio de una de las carreras más venturosas en tiempos recientes. Cronos –así le decimos sus devotos- es una cinta cercana a la perfección. Aporta sangre nueva a uno de mis monstruos preferidos –el vampiro, claro está- de una manera inteligente y original. Es una de mis películas favoritas y lo confieso con orgullo en todos los espacios donde el tema sale a colación. Y, colmo de las ironías, por primera vez escribo sobre ella. Lo hago con pretexto de su más reciente largometraje, del que ya hablé con anterioridad, y seguramente seguiré con el resto de su filmografía.
Los inicios de Guillermo del Toro no son distintos de los nuestros. Por encima de todo, es un gran cinéfilo, devorador por igual de cintas de horror mexicanas como estadounidenses, italianas y japonesas. Era, como dijo el crítico de cine Leonardo García Tsao en el prólogo al guión (publicado por ediciones El Milagro en 1995), “un chavo imberbe de Guadalajara que le gustaban los cómics y las películas de horror”. Su vocación lo llevó a realizar rudimentarios cortometrajes –su madre misma protagonizó bajo sus órdenes Matilde y Geometría- y posteriormente evolucionó al terreno de los comerciales y la televisión, donde desempeñó los más diversos roles, desde asistente de director, maquillista, realizador de efectos especiales y artista de story boards. Por esos momentos comenzó a fraguar dos historias –proyectos de tesis para la Universidad de Guadalajara- tituladas El vampiro de Aurora Gris y El espinazo del diablo (a ella llegaré en un futuro no distante). Posteriormente realizó sus “pininos” en el semillero televisivo titulado Hora marcada (1986-1989), serial episódico donde realizó algunos memorables capítulos. Fundó una firma especializada en efectos llamada Necropia, en la que conoció a la que sería su esposa, Lorenza. Conoció al que habría de convertirse en su cinefotógrafo de cabecera, Humberto Navarro, quien le presentó a su hermana Bertha Navarro. Ella, como la buena productora que era, le orientó para hacer realidad uno de sus sueños. Y le estamos muy agradecidos por ello.
Todo aficionado de estos temas conoce muy bien La invención de Cronos, pero recordémosla. En un maravilloso prólogo ambientado en 1536 y narrado por Jorge Martínez de Hoyos, el alquimista Uberto Fulcanelli (Mario Iván Martínez) escapa de la Inquisición y se establece en Veracruz. Está obsesionado por conseguir la vida eterna. Posteriormente viajamos 400 años después, hasta un edificio colapsado. Entre escombros, con el pecho mortalmente atravesado por un madero, con el rostro pálido y deformado, yace el alquimista que pronuncia sus últimas palabras, “suo tempore”. La cámara recorre la casa del difunto, tal como hicieron las autoridades de la época. Ahí pende un cadáver que se desangra sobre cuencos y vasijas. El alquimista consiguió su objetivo a través de un ingenioso dispositivo conocido como La invención de Cronos, que reposa secretamente en el interior de la estatua de un ángel.
Inicia una historia de amor y horror, con maravillosos momentos de comedia –el embalsamador encarnado por Daniel Giménez Cacho es estupendo- y drama, con incontables alegorías a la religión, al tiempo que avanza inmisericorde, a la eternidad, a la inocencia y el sacrificio. El anticuario Jesús Gris (Federico Luppi) y su esposa Mercedes (Margarita Isabel) crían a su nieta Aurora (Tamara Shanath), luego de que sus padres mueren en un accidente. El anciano, gris como su apellido, cruza su camino con Ángel de la Guardia (Ron Perlman), sobrino del decadente y moribundo millonario Diether de la Guardia (Claudio Brook, maravilloso), quien le ordena comprar estatuas de ángeles a cualquier costo. En una de ellas, accidentalmente  revelado por los insectos tan queridos por “El Gordo”, el viejo y la niña descubren lo que ansiosamente desea de la Guadia: el dispositivo del título, diseñado por el talentoso José Fors. La razón es simple. Al igual el alquimista, el industrial desea la inmortalidad. Sin desearlo, Gris la obtiene. A un altísimo costo.
Con una belleza poética –la niña arropando a su abuelo vampiro en un ataúd improvisado en su baúl de juguetes o los ángeles envueltos en plástico en la guarida del villano- y heroica –“lo mío es nada más dolor”-, la película es indispensable en todos los sentidos. Deja muy en claro aspectos que van a coincidir y definir el trabajo del director: los insectos, los engranes y la maquinaria de relojería, la infancia, los dilemas no resueltos con la figura paterna y su noción de lo monstruoso. Porque algo que defiende el tapatío es que el monstruo no necesariamente es malo. Es más terrible el personaje de Ron Perlman, obsesionado con el aspecto de su nariz y su ambición desmedida por la fortuna de su pariente, que el personaje ficticio más feo. Y las principales aportaciones de del Toro al mito son dos: su protagonista es un anciano decadente que lame incluso la sangre del piso de un baño y un proceso de vampirización –libre de colmillos- donde un insecto milenario, atrapado en un dispositivo a medio camino entre un juguete de cuerda y un Huevo de Fabergé, es el gran dador de un don deseado y cuestionado por todos.

Al finalizar su introducción al texto, García Tsao tuvo dones proféticos. “No he visto aún la película terminada, pero el guión de La invención de Cronos es un anticipo de lo que quizá resulte ser el mejor espécimen del cine de horror nacional. Su cuidadosa elaboración, sus versiones pensadas y repensadas a lo largo de los años, me hacen suponer una victoria fácil sobre los átomos malignos que suelen acechar cualquier intento de cine fantástico en México”. No sé si es “el mejor espécimen del cine de horror nacional”, pero sin dudarlo es uno de sus mejores representantes en los últimos 30 años. Casi inmediatamente pudo comprobarse cuánta razón tenía el crítico. Su airoso paso por festivales nacionales e internacionales, sus incontables premios y la respuesta de los espectadores demuestran lo que comprobamos desde la butaca y el remate de García. “Este chavo imberbe de Guadalajara tiene talento”.

martes, 9 de julio de 2013

¿Qué destino le depara a Dexter?

Tengo sentimientos encontrados. La popular creación del dramaturgo y novelista estadounidense Jeff Lindsay, que ha cobrado una vida más perdurable gracias a su encarnación televisiva, llegará a su final después de 7 años, 8 temporadas y 96 episodios. Ayer, de forma discreta e inesperada, se transmitió en México el primer capítulo de su desenlace anunciado. No evito el reconocimiento y fascinación que Dexter Morgan (Michael C. Hall) me provoca, pero siempre he sido enfático al reconocer su naturaleza. Por más carismático, eficaz y justiciero que sea, es un criminal. No más, no menos. Esto puede parecer severo pues, acorde al reglamento que le marcó su padre, sólo asesina a personas que escaparon del imperfecto sistema judicial que crearon los hombres. Dexter es juez, jurado y ejecutor. ¿La mayor parte de las víctimas de Dexter merecían morir? Cierto. ¿Es esto correcto? En absoluto. A lo largo de su carrera nos ha demostrado que es capaz de equivocarse, sea asesinando de manera accidental o propiciando que otros maten en su nombre a personas que por más insoportables que nos parezcan sólo obedecían las reglas que nos separan de la barbarie. Ahí es cuando la cosa me disgusta. Una figura clave en el drama se transforma radicalmente por esto. Vive conscientemente en el Infierno como una forma de martirio. La aparición de la neuropsiquiatra Evelyn Vogel (Charlotte Rampling) pone a nuestro héroe en un riesgo inminente. “No puedes matarme, Dexter. No encajo en el Código de Harry”. ¿Logrará ella tener éxito donde falló el difunto Frank Lundy (Keith Carradine), el agente especial rock star? Más allá. ¿Qué final merece un personaje de su tipo? ¿Escapar felizmente? ¿Llegar a la vejez? ¿Ver crecer prósperamente a su retoño? ¿Suicidarse? ¿Ser atrapado y recibir una inyección letal? ¿Desaparecer y convertirse en un mito como Jack el destripador? Me inclino por lo último. Lo sabremos en unas semanas. Lo que estoy seguro es que lo extrañaremos y la televisión no será la misma. 

miércoles, 12 de junio de 2013

Entre caníbales te veas

Uno de los principales obstáculos que muchos han tenido para disfrutar la teleserie Hannibal, desarrollada para la televisión estadounidense por Bryan Fuller, es la enorme e indeleble huella que Sir Anthony Hopkins imprimió al personaje protagónico en tres películas. Es cierto que su actuación es memorable –tiene un premio Oscar e incontables galardones que lo demuestra-, y que siempre guardaré un entrañable cariño por ella, pero el desempeño del actor danés Mads Mikkelsen es digno, a la altura de la creación de Thomas Harris. Para validarlo debemos comenzar por reconocer que el Hannibal Lecter que conocimos en El silencio de los inocentes (Jonathan Demme, 1991), frío, estremecedor, con sus “alubias y un buen chianti”, capaz de asesinar a sangre fría a dos policías que fueron corteses con él, es muy distinto a sus sucesivas apariciones. En Hannibal (Ridley Scott, 1999) es un personaje que crea una identidad con la que da rienda suelta a su parte luminosa para pasar desapercibido y escapar de su truculento pasado. Vive cómodamente en la bella ciudad italiana de Florencia, bebe un espresso en una alegre cafetería, asiste a un recital de canto, concursa para obtener una posición como curador de un palacio –mata a su antecesor para facilitar las cosas, por supuesto- y se da el permiso de asentir afablemente “Oki-doki”. Es un asesino deliberada y conscientemente domesticado. Hasta que vuelve a las andadas. En Dragón rojo (Brett Ratner, 2002), el remake-precuela de la historia, veo a un Hopkins que se auto parodia. Repite intencionalmente matices que le valieron el reconocimiento del público y la crítica, de forma caricaturesca a veces. Recuerden el tono chillón y exagerado con que dice “he is refining his methods. He is evolving”. Y no le reprocho nada. Funciona para mi. En el momento que nos ofrece un rostro que no conocemos es en su deslumbrante prólogo, donde lo vemos disfrutar un concierto de cámara –y seleccionar a su siguiente víctima, el flautista Benjamin Raspail (Tim Wheater)-, deleitar a sus invitados con suculentos manjares (“si te dijera qué contiene, querida, no querrías probarlo”) y atacar a su perseguidor Will Graham (Edward Norton). Ese es el Hannibal que ahora nos ofrece Mikkelsen, un inteligente y encantador psicópata.
Pero tengamos en cuenta que al buen Doctor Lecter lo han interpretado otros dos actores. El primero fue el escocés Brian Cox en Sabueso (Manhunter, Michael Mann, 1986). Por alguna razón el Sr. Mann, guionista también de la cinta, decidió llamarlo Hanibal Lektor. Su presencia es más bien mundana, vulgar por momentos. No proyecta el encanto y refinamiento que posteriormente conocimos y adoramos. El francés Gaspard Ulliel lo encarnó en su juventud en Hannibal: el origen del mal (Peter Webber, 2007). La historia –innecesaria, como he dicho, y culpa del propio Harris- le da antecedentes nobiliarios y de profundo respeto por la cultura japonesa –que no conocimos antes-.
Y esto nos lleva de regreso a Mikkelsen. Con notables antecedentes –su villano Le Chiffre en Casino Royale (Martin Campbell, 2006) es estupendo-, logra imprimir la frialdad y sofisticación que el malvado requiere. Es capaz de hacer una llamada para evitar comprometer su posición (“ellos saben”) y reprimir la rabia al leer en su moderna tablet las noticias que le dan el mérito de sus hazañas a un farsante. Lo mejor es verlo en acción. No sólo al matar a la joven aprendiz –que no deja de recordarme a Clarice Starling- Miriam Lass (Anna Chlumsky, la otrora niña de Mi primer beso), sino al ejecutar deslumbrantes y apetitosos platillos con los órganos humanos de sus recientes matanzas, esto último asesorado por el talentoso chef español José Andrés, quien ostenta el cargo de “consultor gastronómico caníbal”.

Al final debatir cuál Hannibal es mejor, el de Hopkins o Mikkelsen, es tan peligroso como identificar al Conde Drácula definitivo. ¿O ustedes a quién prefieren? ¿A Bela Lugosi, a Christopher Lee o a Gary Oldman? Difícil, ¿verdad? Son grandiosos actores que hacen a un personaje memorable, con todas las variaciones posibles. Lo mejor, todas son enteramente disfrutables. 

martes, 14 de mayo de 2013

Deuda de sangre


Han pasado casi 20 años desde la primera vez que la vi. Es una referencia obligada en mis clases de Criminalística en una Maestría en Derecho Penal. Forma parte privilegiada de mi videoteca. Y sin embargo jamás había escrito sobre ella. El otro día la reencontré en la televisión y ratifiqué todo lo que sentí en su momento: el segundo largometraje de  David Fincher, Seven (1995) es una estupenda película, un gran ejercicio estilístico y sobrecogedor. “Se coloca entre los ejemplos notables de un cine que parece extraer lo mejor del thriller, del horror, del suspenso policíaco y del drama psicológico”, que “acude a una atmósfera evidentemente negra y apocalíptica para situar su relato en delirantes terrenos alegóricos”, dice Rafael Aviña en El cine de la paranoia (Times editores, 1999).
El eficiente guión de Andrew Kevin Walker se sitúa en una ciudad sin nombre –que nos recuerda a Nueva York pero puede tratarse de cualquier gran urbe del fin de siglo pasado, incluso nuestro doméstico Distrito Federal-, gris, decadente, donde la lluvia incesante es parte del paisaje. Ahí es trasladado el joven y entusiasta detective David Mills (Brad Pitt), quien es tutelado por el veterano detective William Somerset (Morgan Freeman), hombre hastiado por la degradación y la violencia que está a punto de jubilarse. Acuden entonces a una escena del crimen poco común para investigar el homicidio de un hombre impresionantemente obeso, atado de pies y manos, que tiene la cara hundida en un plato de spaghetti. En el estómago del difunto son encontrados fragmentos de linóleo que hacen a Somerset regresar al lugar. Ahí descubre, tras el refrigerador, la palabra “gula” escrita en grasa. Ese es el inicio de una serie de crímenes que retan todo lo conocido por la dupla. “No puedo involucrarme en esto”, admite Somerset a su jefe (R. Lee Ermey). Trata de encaminar al novato –quien ha asumido las riendas de la pesquisa- haciendo investigación por las noches en una bella biblioteca. El asesinato de un reputado abogado penalista –donde en su alfombra fue escrita con su sangre la palabra “codicia”- hace evidente un patrón. Un psicópata asesina personas según los siete pecados capitales de la religión cristiana. Tracy (Gwyneth Paltrow), la esposa de Mills, trata de acercar al par. Tras una velada inesperadamente divertida, estudian las fotografías del segundo crimen y regresan a la escena donde descubren evidencia valiosa –unas huellas digitales tras un cuadro- que lo llevan al que piensan es responsable pero es realidad es la siguiente víctima –un vendedor de drogas y acosador de niños donde localizan la palabra “pereza”-. El tono comienza a subir. Una modelo desfigurada orillada al suicidio –la soberbia- y una prostituta desgarrada por un horrible juguete sexual que el villano obligó a usar a uno de sus clientes –la lujuria- están por completar el ciclo. En el proceso Somerset se convierte en confidente de Tracy, quien le revela su enorme infelicidad por vivir en esa ciudad y que está embarazada –Mills no lo sabe-. La policía parece acercarse al criminal, quien responde al nombre de John Doe. Los héroes llegan por medios poco ortodoxos a su guarida, donde luego de una frenética persecución reciben una llamada del criminal donde les reconoce su mérito y advierte que los hechos lo obligarán a acelerar sus planes. Inesperadamente, Doe (Kevin Spacey) se entrega, con los pulpejos de sus dedos y la camisa ensangrentados. Promete revelar el paradero de otras víctimas que las autoridades no conocen sólo si es acompañado por sus cazadores. Seguidos en helicóptero por un equipo especial, son llevados por Doe a un paraje en despoblado donde son interceptados por una camioneta de un servicio de paquetería. Mientras Mills vigila a Doe, Somerset acude a ver qué ocurre. Recibe una caja con manchas de sangre, que lo hace retroceder de horror al abrirla. Tras recuperar la compostura, advierte al líder del escuadrón táctico (John C. McGinley).  “California, mantente alejado. John Doe tiene el control”. Regresa a toda prisa hasta Mills y Doe, quien le ha revelado lo que sucedió: “fui a su casa, detective, y traté de jugar con su esposa al hombre común. Y como no pude hacerlo me llevé un recuerdo. Su hermosa cabeza. Me rogó por su vida y por la del niño que llevaba en su vientre”. Mills se niega a creer lo que el malvado le dijo, y el silencio del el veterano no ayuda mucho. “Como maté a su esposa, la envidia es mi pecado”, reconoce Doe e insta a Mills, quien le apunta a la cabeza, para cometer el restante. “Conviértete en ira”. Somerset trata de disuadirlo. “Si lo matas, habrá ganado”. Mills lucha contra lo inevitable, pero el recuerdo de la sonrisa de su amada le da claridad. Descarga su arma en Doe, ante la impotencia de su compañero. En el último momento Mills se encuentra bajo custodia policial. El jefe le dice Somerset que su carrera está terminada, pero serán indulgentes. El detective parte, abrumado, y dice que estará cerca. Mientras el autopatrulla se aleja, lo escuchamos citar una línea de Por quién doblan las campanas de Ernest Hemingway. “El mundo es un lugar maravilloso y vale la pena luchar por él. Estoy de acuerdo con lo segundo”.
Recordarla no deja de impresionarme.
La procedencia del mundo de los anuncios comerciales y los videoclips de Fincher es evidente en su buena mano, apoyada por una sombría fotografía del franco-iraní Darius Khondji, un lúgubre diseño de arte de Gary Wissner, una elaborada y original secuencia de créditos iniciales y una partitura de Howard Shore. Su elenco es memorable, comenzando por un siempre vigoroso Freeman y un Pitt que lucha en cada cinta por alejarse de su imagen de “niño bonito”. Y lo mejor es Kevin Spacey como un asesino sádico con poderosas motivaciones religiosas “que no le pide nada a Búfalo Bill o Hannibal Lecter”. Su procedencia desconocida, sus recursos materiales ilimitados y su paciencia lo hacen más relevante y lo colocan al lado de otros grandes villanos, como el Guasón. En Estados Unidos se le llama John Doe a individuos cuya identidad se desconoce, así que en esencia puede ser cualquiera. No requerimos conocer sus antecedentes. El mal existe. A veces sin justificación. Por crear un personaje inolvidable, Spacey obtuvo premios de la crítica y el reconocimiento del público.
A casi dos décadas le encontré algunos de defectos en lo que concierne a mi experticia –las ciencias forenses-: un Somerset que retira una nota del asesino sin guantes y sin haberla fijado fotográficamente, un Mills que camina sin precaución al lado de manchas de sangre, un Somerset que trepa a un mueble donde pueden haber huellas dactilares del asesino. Pero esos son tecnicismos violados en aras del efecto dramático. Aunque la película tiene fuertes cimientos en la realidad, podemos pasarlos por alto. Su efecto nos hace olvidarlo.
En lo material, la cinta costó modestos 30 millones de dólares y ha recaudado desde su estreno más de 220. Más allá, posee una estatura que desprendió una versión novelada del guión por Anthony Bruno (Ediciones B, Barcelona, 1999) y ha inspirado innumerables especímenes del cine y la televisión, de Resurrección (Russell Mulcahy, 1999) a la fallida The Following. Más exitosa, imposible.
“Esto no tendrá un final feliz”, anticipa Somerset a la mitad del metraje. En lo que respecta a la historia, acertó. En cuanto a nosotros, se equivocó. Por fortuna.