Mostrando entradas con la etiqueta personajes memorables. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta personajes memorables. Mostrar todas las entradas

miércoles, 22 de julio de 2015

Raíces momificadas

Por más que nos asuste, repugne o ahuyente, siempre sentiremos una especial atracción por lo diferente. Lo que se aleje de lo que las convenciones sociales consideren “normal” siempre será inevitable de ver, aunque sea de reojo. Eso lo comprendieron bien los habitantes del período Victoriano de Inglaterra, momento histórico contrastante donde surgieron algunas de las más importantes contribuciones al imaginario de la cultura popular contemporánea, del Extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde de Robert Louis Stevenson (1886), El retrato de Doria Gray de Orcar Wilde (1890) al Drácula de Bram Stoker (1897), todas obras inalcanzables con interpretaciones infinitas. El exotismo y misterio de otras latitudes no dejó de cautivar la imaginación del hombre victoriano, como demuestran las narraciones de Rudyard Kipling o Henry Rider Haggard. Más si consideramos que es la época donde el Imperio llegó a la cima de su supremacía económica y extendió su poderío por todo el orbe: fue el tiempo en que Alexandrina Victoria, Reina de Gran Bretaña e Irlanda, y Emperatriz de la India, gobernó a dos terceras partes de la población mundial.
La investigación y el estudio de lugares y épocas distantes fueron enormemente populares durante el reinado de Victoria. Así lo demuestran los numerosos trabajos de campo que exploradores de todas las procedencias realizaron en Egipto, entre los que siempre destacarán los del arqueólogo Howard Carter (1874-1939), quien en noviembre de 1922 dirigió un equipo que descubrió la Tumba del Emperador Tutankhamun. Las supersticiones sobre la maldición que el hallazgo/profanación desató, se fortalecieron por los misteriosos decesos de algunos de sus colaboradores, comenzando por el de George Edward Stanhope Molyneux Herbert, quinto Conde de Carnarvon, patrocinador de la búsqueda, muerto el 5 de abril de 1923 (meses después del descubrimiento) como consecuencia de una rara picadura de mosquito. Pero esa es otra historia.
La Egiptlogía se convirtió en una disciplina académica a finales del siglo XIX, y naturalmente sedujo a los más diversos literatos del momento, como la inglesa Jane C. Loudon con la casi desconocida novela ¡La Momia! o un relato del Siglo 22 (1827), el mismo Stoker con su Joya de las Siete Estrellas (1903) y Arthur Conan Doyle, quien ganó con creces un lugar en la posteridad por crear a Sherlock Holmes.
En este punto usted podrá preguntarse, querido lector, cómo fue que el padre del adalid del pensamiento lógico moderno fue encantado por esta aparente moda. Primeramente hay que aclarar que el escritor escocés tuvo una abundante obra conformada por ensayos, novelas históricas, una obra de teatro, relatos de ciencia ficción y estupendos cuentos de horror que quedaron sepultados bajo la sombra de su fascinante hermano mayor, el Príncipe de los Detectives. De las creencias de Doyle en la recta final de su vida, del espiritismo, su enemistad con su otrora aliado Harry Houdini y su participación en el controvertido caso de las Hadas de Cottingley, hablaremos en otro momento.
En Lote No. 249, narración contenida en el compendio Historias del Crepúsculo y de lo Desconocido (Valdemar, 1994), Conan Doyle da cuenta del encuentro de tres amigos, estudiantes de la Universidad de Oxford, con lo imposible de explicar en círculos racionales:
“La propia momia, una cosa horrenda, negra y arrugada, como una cabeza chamuscada en un arbusto retorcido, estaba casi afuera de la caja, con una mano que parecía más bien una garra y un huesudo antebrazo que descansaba encima de la mesa […] Aunque horriblemente descoloridas, las facciones se conservaban perfectas, y dos ojillos parecidos a avellanas surgían acechando desde las profundidades de las cuencas negras y cavernosas. La piel, cubierta de erupciones, aparecía tirante de un hueso a otro, y una maraña de cabellos gruesos y negros le caía por encima de las orejas. Dos dientes finos, semejantes a los de una rata, sobresalían por encima del labio inferior. Tal y como estaba, en una postura encogida, con las articulaciones dobladas y la cabeza estirada, aquél engendro horroroso sugería una vitalidad tan grande que el propio Smith se sobresaltó. Las costillas chupadas, recubiertas por algo que parecía pergamino, estaban al descubierto, y el abdomen hundido y de color plomizo, mostraba la larga hendidura donde el embalsamador había dejado su marca. Sin embargo, los miembros inferiores estaban envueltos en un tosco vendaje amarillento”.

Este cuento es sin duda responsable de presentarnos a las momias tal y como las conocemos: seres terribles sedientos de venganza que trascienden los tiempos y la muerte física. La imagen influenció indisputablemente la caracterización que Jack Pierce diseñó para Boris Karloff en la inolvidable película que Karl Freund dirigió en 1932, La Momia, joya de la Época de Oro de los Estudios Universal. El guión de John L. Balderston, artífice previo de Drácula (Tod Browning, 1931) y Frankenstein (James Whale, 1931) introdujo a Imothep, sin duda la más famosa momia de la cinematografía, de presencia imborrable.

*Texto originalmente publicado en Mórbido Magazine No. 3 bajo el título "De donde vienen las momias".

viernes, 6 de marzo de 2015

Cuéntame una de espías

En uno de tantos momentos afortunados de Kingsman: El Servicio Secreto (Mathew Vaughn 2014), dos actores ganadores del prestigiado premio Óscar discuten sobre las películas clásicas de espías, concretamente las del popular agente al Servicio Secreto de Su Majestad. Uno de ellos es Samuel L. Jackson, que encarna al malvado magnate de telecomunicaciones Richmond Valentine. El otro es Colin Firth, que da vida al intrépido Harry Hart, quien tiene el sobrenombre secreto de Galahad. Este último hace una afirmación sabia: “siempre pensé que las viejas películas de James Bond eran tan buenas como el villano que enfrentaba”. Ese diálogo define estupendamente el tono del quinto largometraje de Vaughn, un divertimento simple –sin pretensiones académicas ni teóricas- que busca dar un giro jovial a las viejas cintas de espías, trasladándolas vertiginosamente al siglo XXI. 
El guión que el mismo Vaugh escribió con Jane Goldman (responsable del libreto de La dama de negro) deja muy clara la procedencia inglesa de la dupla. Parten de The secret service (2012-2013), la serie de seis cómics escrita e ilustrada por sus paisanos Mark Millar y Dave Gibbons, respectivamente. Sobra decir que ambos cuentan con una sólida reputación en el medio de la historieta. Por el segundo siempre tendré una especial gratitud por las que creó al lado de Alan Moore, que incluyen títulos indispensables como Watchmen (1986-1987) y la que siempre me parecerá una de las mejores aventuras de Supermán, Para el hombre que lo tiene todo (1985). Muchos seguidores del cómic se indignarán, pues la adaptación fílmica sólo utiliza la trama básica del relato del que procede: un veterano agente del MI6 (la inteligencia británica) recluta a su problemático sobrino en una misión para salvar al mundo, con brutales y sangrientos detalles. Vaughn y Goldman eligen vincularlo a los Mitos Artúricos, presentándonos a una organización ultra secreta y poderosísima –los Kingsman del título- sin ninguna afiliación gubernamental que no deja de recordarnos lo que hemos visto en cintas como Se busca (Timur Bekmambetov, 2008, también basada en un cómic de Millar y J. G. Jones), Mini espías (Robert Rodríguez, 2001) e incluso a la saga creada por George Lucas que todos conocemos: el joven que descubre la procedencia excepcional de su padre y reclama su derecho de nacimiento.
En 1997, en una misión en el Medio Este, un agente en entrenamiento da su vida por proteger a su equipo. En reciprocidad, el líder del grupo, Galahad (Firth), da al hijo del héroe caído una medalla con la promesa de ayudarlo en cualquier momento. 17 años después el ahora joven Gary “Eggsy” Unwin (Taron Egerton) cobra la deuda, ingresando con la tutela de Galahad como candidato para ocupar el lugar de Lancelot (Jack Davenport), un miembro recientemente muerto de la organización. A cargo del casting se encuentra el sabio Merlín (Mark Strong), que rinde cuentas a Arhur (Sir Michael Caine). Él se encuentra a la cabeza de Kingsman, un grupo que opera independientemente con fondos económicos ilimitados y se oculta tras la fachada de una tradicional sastrería. Después de un arduo entrenamiento, se revela el nuevo reto: salvar al mundo de los planes genocidas del demente Valentine –que tiene serios problemas del habla-, cuyo guardaespaldas y sicaria Gazelle (Sofia Boutella), es una mortal artemarcialista con piernas prostéticas afiladas cual navajas, al estilo del maratonista Oscar Pistorius. En el cómic es un hombre, por cierto –y no usa prótesis-.
Lo que sigue es un banquete de excesos visuales, a veces políticamente incorrecto (“soy una puta católica, que actualmente disfruta una vida fuera del matrimonio con mi novio judío y negro que trabaja en una clínica militar de abortos. ¡Viva Satanás!), no apto para todas las sensibilidades. Lo demuestra la absurda censura que la misma distribuidora de la cinta, la 20th Century Fox, impuso en Latinoamérica por la masare ocurrida en una iglesia. En cambio muchos aficionados aplaudimos la aparición de Mark Hamill como el experto en el cambio climático James Arnold, en un curioso giro relacionado con el cómic –así se llama el villano y el actor aparece al inicio de la historieta-.
La aceptación que ha tenido la cinta en otras latitudes menos susceptibles consolida la posición de Vaughn: ha recaudado –hasta el momento- casi tres veces los poco más de 80 millones de dólares que costó. Esto garantizará una secuela en la que el director y guionista hará todo lo posible para que Colin Firth regrese. Porque el actor es definitivamente una de las fortalezas de la cinta. Evoca tiempos más simples, en que Roger Moore luchaba con los malos sin sudar, despeinarse ni arrugar su elegante indumentaria. Estamos en la puerta de una saga.

martes, 3 de marzo de 2015

Réquiem para Leonard Nimoy

Que las figuras que admiraste en tu infancia comiencen a fallecer es terrible. Esto marca el final tangible de una era, generalmente más simple, asociada a sucesos que definieron al adulto que eres hoy. También es signo de tu propia mortalidad. Cuando hace unos años expiró el actor Jerry Orbach, quien por más de una década encarnó a uno de los más entrañables detectives de la televisión, sentí un profundo pesar. Nunca tuve el placer de conocerlo físicamente, por lo que para muchos puede ser una reacción exagerada, pero lo seguí de manera regular en mi juventud. Su muerte –si bien anunciada por el cáncer contra el que luchaba- fue como la de un tío lejano, a quien quisiste mucho aunque no lo veías todos los días. Lo mismo ocurrió cuando mi amigo Bernardo Esquinca me informó, a través de un mensaje de texto a mi teléfono celular, del deceso de Ray Bradbury. En ese momento me encontraba rodeado de cientos de personas, en un congreso de ciencias forenses. Aun así no pude reprimir un nudo en la garganta ni el enrojecimiento en mis ojos. Ambos ejemplos, por sólo mencionar dos, fueron artistas que marcaron a generaciones de amantes de la ciencia ficción que conocieron la gloria y el reconocimiento de una manera que sólo podemos imaginar. También eran hombres, tan frágiles como tú y yo. Sabíamos que su camino en este mundo estaba por concluir, que habían vivido plenamente el tiempo en que habitaron este mundo, pero eso no hizo menos dolorosa su pérdida. Es la inevitable ley de la vida, nos guste o no.
El viernes pasado me encontraba frente al teclado en el que escribo estas palabras cuando me enteré de la muerte de Leonard Simon Nimoy, actor que obtuvo la inmortalidad gracias al papel del Sr. Spock en la odisea televisiva Viaje a las estrellas, programa creado en 1966 por otra leyenda, Gene Rodenberry. Tenía 83 años de edad, casi 84. No pude evitar sentir un vacío en el estómago. Desde hace más de un año enfrentaba una enfermedad pulmonar, aunque abandonó el tabaquismo hace casi tres décadas. Nimoy, nacido el 26 de marzo de 1931 en Boston, Massachusetts, hijo de inmigrantes judíos de Ucrania, sintió una atracción desde temprana edad por las artes escénicas. Esto lo llevó preparase y eventualmente a participar interpretando papeles menores en programas como Perry Mason, Dragnet, La Dimensión Desconocida, Bonanza, Policía de Caminos y El Agente de C.I.P.O.L. Pero su consagración definitiva llegó al portar la piel del cerebral vulcano en la serie que ya mencioné, hijo de un padre extraterrestre y una madre humana, puente entre civilizaciones que conoció de frente la discriminación y el rechazo –el bullying de nuestro tiempo- por ser un producto del mestizaje entre su elevada raza y una inferior. Es innecesario decir que inmediatamente gozó de una inusitada popularidad que siempre utilizó de la manera más benéfica. Hace unos días leí una carta que en su momento de mayor fama le envió una niña, hija de un padre blanco y una madre negra, en la que la menor le aseguraba que comprendía cabalmente el drama del niño Spock pues lo vivía cotidianamente. Nimoy le conminó a no hacer caso de las burlas de sus condiscípulos y a mantenerse fuerte, pues eso no era algo que debería avergonzarla.
Sus actos humanitarios, su labor como divulgador de las consecuencias del holocausto Nazi, su pasión por la fotografía y la poesía, su incursión en el canto, su labor teatral, su presencia en otras series de televisión –siempre lo recuerdo en Misión: Imposible o presentando la serie En busca de…-, todos quedaron sepultados por la fascinante sombra de Spock, personaje que encarnó en la televisión, el cine –en 8 ocasiones-, videojuegos y caricaturas. Spock siempre ocupó un lugar especial en una redituable franquicia muy viva a casi 50 años de su creación. Ha aparecido por igual en incontables manifestaciones de la cultura popular contemporánea. Las tiras cómicas del genial caricaturista tapatío Trino, llamadas adecuadamente Crónicas marcianas, siempre me arrancan sonoras carcajadas, con Spock como segundo oficial del Enterpice Club. Nimoy ha aparecido en numerosos episodios de las aventuras de la amarillenta familia Simpson o en el reciente sitcom The Big Bang theory. En la ficción, el veterano actor tenía una orden judicial restrictiva contra su protagonista Sheldon Cooper (Jim Parsons) por el acoso constante del brillante joven. También fue el enigmático y elusivo genio científico William Bell, fundador de la siniestra y multimillonaria transnacional Massive Dynamics, en el extinto serial Fringe. La escena final de su primera temporada, en la que la desconcertad agente federal Olivia Dunham (Anna Torv) recorre los pasillos de un edificio, llega a una oficina en la que lo recibe un hombre que se oculta en las sombras, resuena en mi memoria. Ella pregunta, “¿dónde estoy?, ¿quién es usted?”. El individuo contesta “la primera pregunta es difícil de responder. La segunda es más simple. Soy Wiliam Bell”. La cámara se aleja de la habitación y revela que se encuentran en un universo paralelo, en el que el World Trade Center neoyorkino sigue en pie. Todo en conjunto es fascinante, en palabra de su personaje más reconocido. En más de una ocasión, mis alumnos me han sometido a la cruel disyuntiva de elegir entre Viaje a las estrellas y La guerra de las galaxias, a riesgo de herir susceptibilidades y aunque soy un devoto de la mitología creada por George Lucas, siempre me decanto por la primera opción.
Hace poco tiempo actuó con su heredero fílmico, Zachary Quinto, en un comercial televisivo de la compañía automotriz Audi. El anuncio exhibía la lucha entre lo nuevo y lo aparentemente obsoleto. Ambos jugaban ajedrez a distancia, gracias a la tecnología. Quinto lo invita a continuar su duelo a la manera tradicional, en un campo de golf. El joven conduce un flamante Audi con encendido digital y utiliza la tecnología GPS, mientras Nimoy conduce un muy clásico y elegante Mercedes Benz. Al encontrarse en el campo, Quinto se muestra condescendiente para para la apuesta. El veterano le dice “técnicamente aun no entramos”, y deja inconsciente a su rival aplicándole un “pellizco vulcano”. Le dice, “nos vemos adentro”.
Los gestos de pesar por la muerte física de Nimoy abundaron. El presidente de su país, Barak Obama, declaró acertadamente “Mucho antes de que ser un cerebrito fuese cool, ya estaba Leonard Nimoy. Me encantaba Spock. Leonard fue un gran amante de las artes y las humanidades, un gran defensor de la ciencia. Pero, por supuesto, Leonard era Spock. Cool, lógico, de largas orejas y equilibrado, el centro de la optimista e incluyente visión del futuro de la humanidad de Star Trek. En 2007, tuve la oportunidad de conocerle en persona. Fue lógico saludarle con el gesto de Vulcano, el signo universal de Larga vida y prosperidad”. Pero las palabras más justas fueron las que le dedicó su hermano no consanguíneo Willian Shatner en su funeral fílmico en los momentos finales de Viaje a las estrellas II: La ira de Kahn (Nicholas Meyer, 1982), la que es para mí mejor película de la saga: “Estamos reunidos para presentar nuestros respetos finales a nuestros amados muertos. Y sin embargo hay que señalar, en medio de nuestro dolor, que esta muerte ocurre a la sombra de una nueva vida, en el amanecer de un nuevo mundo. Un mundo por el que nuestro querido amigo dio su vida para proteger y nutrir. Él no sentía este sacrificio como algo vano o vacío, y no vamos a debatir su profunda sabiduría por su actuar. De mi amigo, sólo puedo decir esto: de todas las almas que he encontrado en mis viajes, la suya era la más humana”.

Gracias por entregarnos tanto, querido Leonard Nimoy. Siempre podré verlo en las interminables repeticiones de sus programas o con sólo presionar la tecla de un control remoto. Sé que sólo regresó al espacio sideral al que siempre nos llevó, a donde usted siempre pertenecerá. Hasta ahí le envío mi cariño y un saludo vulcano.

miércoles, 11 de febrero de 2015

Recorriendo las calles del destripador

He dejado muy claro que el período Victoriano (1837-1901); es uno de mis pasajes favoritos de la Historia. El término no sólo sirve para identificar la etapa de mayor predominio mundial del Reino Unido, sino califica a una sociedad de puritanismo extremo y normas rígidas cuyo conservadurismo puede interpretarse como una reacción de temor ante un proceso de cambio acelerado y profundo. Tradición e innovación, prosperidad y miseria, aislamiento e imperialismo, revisten al reinado de Alejandrina Victoria, Reina de Gran Bretaña, Irlanda y Emperatriz de la India de una extraordinaria complejidad que repercutió en sus manifestaciones artísticas y culturales.
Sirva esta breve introducción para dirigirme al caso criminal de Jack el destripador, hecho que inevitablemente se vincula a este período. Todos los diletantes del horror conocemos su infame nombre artístico. Su aparición es como una escandalosa mancha de sangre en un ambiente aparentemente impoluto, como el de una sábana blanca. En el otoño de 1888 el mítico homicida mutiló a cinco desafortunadas prostitutas, según los recuentos y las versiones oficiales, antes de desaparecer para siempre en la niebla londinense. A casi 127 años, el destripador continúa incendiando la imaginación de investigadores y artistas de todo el mundo. De la fértil imaginación del escritor Robert Bloch a la estremecedora novela gráfica de Alan Moore y Eddie Campbell, convertida en la impecable cinta Desde el inferno (Albert y Allen Hughes, 2001), Jack ha demostrado su cabal integración al imaginario colectivo de la humanidad. Y ahora se suma con justicia el caso que inspira estas líneas.
En el ocaso de 2012 se transmitió el primer episodio de Ripper Street, serie inglesa creada por Richard Warlow que hace un recuento ficticio de lo sucedido en el pauperizado barrio tras los asesinatos del destripador. A primera vista resalta su impecable diseño de arte que rebasa sus estupendas locaciones en Dublín, Irlanda: es un estupendo retrato sociológico que resume los contrastes de una época, desde los conflictos de sus habitantes, la prostitución, la explotación de menores, los orígenes del sistema subterráneo londinense, las cicatrices mentales que causaron los conflictos bélicos del momento, los escándalos de la homosexualidad y el “amor que se niega a decir su nombre”, la violencia contra las mujeres, los avances de la Medicina y la tecnología, la incorporación del conocimiento científico en la investigación policial, el anarquismo, el nacimiento del cine snuff y el fanatismo religioso. Todo a través de un sólido elenco encabezado por el Detective Inspector Edmund Reid (Matthew Macfadyen), personaje de la vida real que estuvo a cargo de la División H de Scotland Yard destacada en la zona y de la investigación de dos homicidios relacionados con el destripador. Reid, eminente victoriano, hombre recto, idealista y de buenas costumbres, se apoya de su “brazo ejecutor”, el Detective Sargento Bennet Drake (Jerome Flynn), honesto y rudo excombatiente de la Guerra Anglo-Egipcia de 1882, y del norteamericano Capitán Homer Jackson (Adam Rothenberg), cínico, vicioso y poco escrupuloso cirujano con un pasado misterioso que formó parte de la Agencia de Detectives Pinkerton. La historia se adereza con el drama de Susan Hart (MyAnna Buring), matrona que dirige una casa de citas en la zona, la prostituta con aspiraciones artísticas Rose Erskine (Charlene McKenna), el muy corrupto y malvado Detective Inspector Jedediah Shine (Joseph Mawle) o con el fastidioso reportero Fred Best (David Dawson), hombre dispuesto a todo en aras de “alcanzar la nota”.
La serie cuenta además con fuertes cimientos que le dan verosimilitud histórica, de la aparición importante de Frederick Abberline (Clive Russell), figura clave que siguió la huella del destripador, el reputado médico Frederick Treves (Paul Ready), hombre que hizo del conocimiento público el caso de Joseph Merrick (Joseph Drake), conocido como El Hombre Elefante, Jane Cobden (Leanne Best), una de las primeras mujeres en ocupar un cargo público en Inglaterra o la mención a la carrera por el dominio de la electricidad y la figura de Thomas Edison.

Ripper Street, en mi humilde opinión, no ha recibido el reconocimiento que merece. Tuvo una vida de dos temporadas (de ocho capítulos cada una) que se transmitieron por televisión y una tercera (también de 8 episodios) que se difundió el año pasado a través del internet y espero ver a la brevedad. Ha recibido elogios de la crítica especializada y una recepción variada de la audiencia. Ganó los Irish Film and Television Awards y los prestigiados British Academy Television Craft Awards. Esto demuestra, mejor que todo, que las terribles andanzas del destripador siguen vigentes. En el segundo episodio de su primera temporada Reid, hombre bondadoso pero contradictorio como la era que lo engendró, cita un pasaje del Talmud que seguramente escucharon en La lista de Schindler (Steven Spielberg, 1993) que siempre animan a seguir adelante: “quien salva una vida, salva al mundo entero”.

lunes, 15 de diciembre de 2014

Una pequeña dosis de spoilers (sobre The Strain)

Regreso a la cuestionable libertad de hablar sobre obras que muchos no conocen. Como ya dije, vivimos en un mundo globalizado, donde los avances tecnológicos nos bombardean de todo tipo de información a todas horas, todos los días. Hace no mucho discutía sobre ello en redes sociales. ¿En cuánto tiempo es políticamente correcto hacer un spoiler? Incluso mi amigo Luis Reséndiz me compartió una tabla de valores para ampararme. Pero concedo a mi también amigo Jorge Llaguno la razón cuando me señala que siempre habrán nuevas generaciones que deseen acercarse a un libro, sin importar que tenga 200 años de aparecido. Atendiendo esto, hay que ser precavido y advertir al lector cuando se piense hacer comentarios que puedan arruinar la sorpresa del hallazgo. Hace unas semanas, inmediatamente después de su transmisión en Estados Unidos, la productora AMC publicó en medios electrónicos una fotografía que anunciaba la muerte de un personaje principal de The Walking dead antes de que ojos latinoamericanos vieran el capítulo. Es comprensible la molestia que generó este “auto gol” entre sus devotos. En el caso que hoy nos ocupa, la distancia de semanas me permite hacerlo, y ruego a quien no haya visto la recientemente concluida primera temporada de la teleserie The Strain que interrumpa la lectura de este texto. Y creo que soy exagerado, pues sucedió algo similar al programa de zombis cuando el canal FX hizo público el aspecto del gran villano de la serie, Jusef Sardú, conocido como El Amo.
La cosa no pintaba mal. Apareció desde el inicio del primer episodio, vagamente, como un manchón. Posteriormente como un bulto de tela vieja que repentinamente se erguía, despachaba a su víctima y escapaba con rapidez. Pero el efecto no duró demasiado tiempo. En mi humilde opinión, El Amo debió ser una de las principales fortalezas de la producción de Carlton Cuse, fraguada a partir de la trilogía novelística escrita por nuestro paisano Guillermo del Toro y el autor de ficción Chuck Hogan. El mismo Del Toro no fue feliz con la apariencia de El Amo, como muchos de nosotros. Y lo intuía. Un artista como él, que nos ha mostrado criaturas verdaderamente imaginativas y aterrorizantes, no podía estar complacido con el resultado. Así lo reconoció en una entrevista la publicación Speakseasy:
Creo que, sinceramente, la mitad de una criatura es la forma en la que se revela, y creo que El Amo, en retrospectiva, lo hizo con una iluminación que yo no hubiera utilizado. Estaba filmando Crimson Peak durante esos episodios, por lo que lo único que podía hacer era seguir los informes diarios de producción […] El departamento de efectos visuales no puede hacer nada respecto a la cinematografía, y pienso que la presentación de El Amo debió ser más impactante, de manera paulatina. Yo no lo veo como el típico vampiro flacucho. Es un gigante de 2.23 metros, por lo que debe tener un rostro brutal, y creo que me quedaré con eso. Asumo la responsabilidad por esa parte.
Los autores lo describen así:
El Amo lo miró desde arriba, su cabeza inclinada bajo el techo. Se llevó sus manos inmensas a su capucha y la retiró de su cráneo. Su cabeza era lampiña y sin color. Su boca, labios y ojos no tenían tonalidad alguna, y estaban ajados y desteñidos como linos raídos. Su nariz era negra y desgastada como la de una estatua al aire libre, una simple protuberancia con dos huecos negros. Su garganta palpitaba con la pantomima hambrienta de la respiración. Su piel era tan pálida que parecía transparente. Visibles detrás de la carne, como un mapa difuso de un reino antiguo y en ruinas, sus venas desprovistas de sangre, rojizas y dilatadas; eran los gusanos sanguíneos circulando, los parásitos capilares arrastrándose debajo de la piel cristalina de Amo.
No me conflictúa la elección de casting, pues quien lo interpreto, el enorme ex luchador convertido en actor Robert Maillet (lo vimos enfrentar a Robert Downey, Jr. en la primera Sherlock Holmes de Guy Ritchie), pese a que fue doblado por la penetrante voz de Robin Atkin Downes, no me convenció del todo. Más de un conocedor del tema me dijo que más que temor, le provocó abrazarlo, que era muy parecido al sapo galán y simpático Patas verdes, protagonista del serial de mi infancia Odisea Burbujas. En lo personal, creo que El Amo debió ser más cercano a la intención de su par de Penny dreadful, programa del que hablé recientemente. Juzguen ustedes.

En lo demás, aunque se omitieron muchas situaciones interesantes de los libros, se acortó la vida de algunos personajes y se agregaron algunos nuevos –al igual que muchos momentos-, el producto fue satisfactorio. Como en los libros, no hay concesiones. Los vampiros de Del Toro no discriminan. Ni siquiera a los niños. The Strain plantea un escenario promisorio para una siguiente temporada. Sólo resta esperar.

martes, 30 de septiembre de 2014

La gran paradoja

En tiempos recientes, las películas o series televisivas que se basan en materiales que se crearon originalmente en otros medios (literatura o videojuegos, fundamentalmente) han demostrado que no necesariamente tienen un gran apego a su fuente de procedencia. En algunos aspectos, no las culpo. Ya he reconocido que lo que funciona bien en la página impresa no necesariamente lo hace al trasladarse a la imagen en movimiento. Ejemplos sobran. Ayer se estrenó –en Latinoamérica- uno más de ellos, Gotham, programa desarrollado por Bruno Heller a partir de “personajes publicados por DC Comics”. Y esa forma de decirlo fue la más correcta. Hubiera deseado que apareciera la leyenda “basada en personajes creados por Bill Finger y Bob Kane”, lo que rectificaría una injusticia creativa de 75 años. Y vindicaría a Finger, quien dio nombre a la caótica urbe de su título. Pero en perspectiva, es lo más apropiado, pues sus productores han anunciado que aparecerán villanos como Víctor Fries, alias Mr. Freeze, ideado por David Wood, Sheldon Moldoff y Kane o su tocayo el psicópata Víctor Zsasz, creación de Alan Grant y Norm Breyfogle. Pero que Kane –sin restarle mérito- no haya recibido toda la gloria, es suficiente por el momento.
A primera vista, en lo referente a lo técnico, el programa es irreprochable. Fue filmado en Nueva York aunque hubiera preferido que se hiciera en Chicago, por exactitud histórica. Como se anunció, sigue los inicios de la carrera del Detective James Gordon (Ben McKenzie) en la corrupta y problemática Ciudad Gótica y el doble homicidio del acaudalado matrimonio Wayne, lo que marcará el inicio de nuestro futuro héroe. Todo presentado como una suerte de precuela que sin duda busca empatar con otros proyectos recientes de la empresa como Arrow y el venidero The Flash, y tratan de poner a DC a la par de su principal competidora, Marvel, en una pugna desigual en la que los segundos llevan una clara delantera. Pero pese a esto, otorgándole el beneficio de la duda, la serie me representa dos grandes paradojas. La primera, de triunfar el joven e idealista Gordon en su cruzada por erradicar el crimen y la corrupción en su ciudad, el surgimiento de Batman sería innecesario. Y la segunda, el crimen y la corrupción citadinos son indispensables para el nacimiento del héroe, así que somos testigos de una guerra perdida. Batman nunca sería necesario en un lugar donde sus instituciones son eficientes y se rigen por la legalidad. Y el hartazgo de Gordon lo convertirá en un futuro gran aliado, en un complemento, tal como ya nos lo demostraron Frank Miller y David Mazzucchelli en la indispensable Batman: Año Uno.
Las libertades son inevitables. El fiel seguidor de las hazañas del enmascarado en la historieta se divertirá encontrando una gran cantidad de guiños, que no comento ahora para no fortalecer la cultura del spoiler. Por lo pronto me sumo completamente al sentir de mi querido Raúl Camarena: “Al final del día es una reinvención del mito como pasó con Smallville o en cualquier película de superhéroes. No es igual el Batman de Nolan al de Burton y así. Siempre habrá puristas, pero la realidad es que si no se reinventa el mito, termina por agotarse, esa es la esencia de la adaptación. Y Gotham, sin ser perfecta, tiene mucho potencial para contar una historia de origen”.

Seguiremos informando...

viernes, 1 de agosto de 2014

Divino caníbal, o sobre Hannibal Lecter (1)

Dos policías llevan su segunda cena a un hombre en el inicio de sus cincuentas, vestido de blanco y convenientemente encerrado en una amplia jaula. El prisionero está rodeado de sus libros y dibujos, y escucha afablemente Las variaciones de Goldberg de Johann Sebastian Bach. El menú de la noche: chuletas de cordero, casi crudas, acompañadas de una guarnición de guisantes, granos de elote y una papa horneada. Los guardias, respetuosos pero precavidos, ordenan al custodiado ponerse contra los barrotes para esposarlo. Seguros de su inmobilidad, uno de los uniformados penetra en la jaula con el manjar, incluso procura no manchar los papeles que descansan en el escritorio. Antes de que puedan reaccionar, el hombre de blanco coloca las esposas al improvisado maître: se ha liberado con el alma de un bolígrafo que hábilmente escondió en su boca. Como un relámpago muerde el rostro del otro uniformado, luego le vacía su gas lacrimógeno antes de golpear repetidamente su cabeza contra la estructura metálica. El policía esposado grita de horror antes que el hombre de blanco, con el rostro ensangrentado y una expresión serena, le destroce el cráneo con su propio tolete. Los dos guardianes yacen inertes, en sendos charcos de sangre, mientras el homicida disfruta los últimos acordes su melodía. Su nombre, Hannibal Lecter. Su profesión, psiquiatra. Su naturaleza, asesino antropófago.
La anterior es una escena memorable de El silencio de los inocentes, adaptación cinematográfica de la novela homónima (se titula originalmente El silencio de los corderos) de Thomas Harris. Esta cinta valió a sus artífices, en 1991, incontables premios y el reconocimiento de la crítica y el público. Según la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Estados Unidos, es una película perfecta: ganó su prestigiado premio Óscar como Mejor Película, al Mejor Director (para Jonathan Demme), Mejor Guión Adaptado (para Ted Tally), Mejor Actor (para Anthony Hopkins) y Mejor Actriz (para Jodie Foster). Más allá, legitima a “todo un subgénero que no solo se nutre de la nota roja cotidiana, sino del suspenso, el relato policial, el horror y sus derivaciones el gore y el splatter, e incluso de la pornografía”, como bien asegura el investigador y crítico de cine Rafael Aviña.
El silencio de los inocentes es una cinta, que a casi 25 años de distancia, no puedo evitar volver a ver cuando la transmiten por televisión. Y ese efecto –que comparto con muchos- lo advirtieron muy bien Mario Candia Gómez y la Cineteca Alameda de San Luis Potosí cuando decidieron programarla dentro de su ciclo de cine “Asesinos seriales”, que tuve el placer de clausurar el sábado anterior. Con una selección compuesta de especímenes de varias partes del mundo, la muestra presentó a los espectadores una visión panorámica de estos modernos monstruos trastocados en figuras admiradas en el nuevo milenio. Y de ello sabe un poco Stephen King, quien dijo que Hannibal Lecter es el Conde Drácula de la era de las computadoras y los teléfonos celulares.

Sin importar la admiración que le tengamos, no podemos evitar reconocer la terrible verdad: Hannibal Lecter es un psicópata. Encantador, refinado, inteligente y carismático, indudablemente, pero un psicópata más allá de toda redención. Por ejemplo, su reciente vida televisiva –de la que posteriormente hablaremos- hace alarde de sus destrezas culinarias. En lo personal, después de verlo en acción no puedo evitar sentir un gran apetito. Lo curioso es que poco nos importa su ingrediente principal: carne humana. Es un antropófago y un asesino en serie despiadado. A nuestros ojos, sus víctimas pueden merecer su fatal destino. Su infame naturaleza le brinda cierta justificación. Pedófilos, cazadores y funcionarios corruptos son algunas de sus presas predilectas. “Creo que hay personas socialmente inaceptables y tienen el derecho de morir”, se dice el Caníbal, quien odia la descortesía y la vulgaridad. Nosotros elegimos pasar por alto los pecados del criminal porque no nos encontramos entre sus potenciales corderos de sacrificio.
Ese es un claro efecto que buscan muchos especímenes de la ficción contemporánea: lograr que el público se identifique con sus personajes, antihéroes a todas luces, sin importar su vocación. Más allá, que se ponga de su lado y se preocupe por su suerte cada vez que está por caer sobre ellos el peso de la Justicia. Ocurre algo semejante con Dexter Morgan, el alegre hematólogo forense, padre de familia, leal hermano y asesino serial de medio tiempo creado por el novelista estadounidense Jeffrey Lindsay –e interpretado en la televisión por Michael C. Hall, de quien hablaremos en otro momento- o el apocado profesor de Química convertido en narcotraficante Walter White (Bryan Cranston) en la laureada teleserie Breaking bad. Ambos casos, el de Dexter y White, dejaron un hueco en la televisión de nuestros días, imposible de llenar.
No debe extrañarnos nuestra respuesta. Algunos héroes se mueven en la misma línea. En su primera aparición, paralela a la del protagonista, James Gordon –detective en ese entonces- reprobaba las correrías de Batman, porque en esencia se encontraba al margen de la ley. En aras de conseguir un bien mayor, el enmascarado no dudaba en cometer delitos como lesiones, amenazas, privación ilegal de la libertad, daño en propiedad ajena o allanamiento de morada. Y ni hablar del valor legal que tendrían las evidencias que vincularan a sus enemigos con actividades criminales. “En su momento, Batman pagará por sus delitos”, aseguró a los medios el Fiscal de Distrito Harvey Dent (Aaron Eckhart) en la segunda entrega de la saga de Christopher Nolan. Ambos –Gordon y Dent- atestiguaron que si bien sus métodos eran diferentes a los del hombre murciélago, compartían ideales. ¿El fin justifica entonces los medios?

Pero el moverse por encima de la Ley, sobrepasar las normas creadas por el hombre, ha permitido a Lecter posicionarse poderosamente en nuestros afectos. Más porque representa la oscuridad que todos llevamos dentro. ¿Quién, en algún momento de nuestras vidas, no ha deseado matar a alguien? Sea al abusador que nos victimiza todos los días en la escuela, a la persona que nos traicionó o rompió el corazón, al profesor que utiliza su posición para martirizarnos indebidamene, al jefe que abusa impunemente de su autoridad o al conductor de un vehículo de transporte público que casi nos provoca chocar en nuestro vehículo. Nos detenemos por muchas razones, llámenles moral, ética, religión o leyes. Lecter no tiene esas ataduras. Por eso es tan atrayente. Realiza lo que nosotros no. Al final, lo más prohibido es lo más deseado.

jueves, 5 de junio de 2014

Dulcificar la maldad

Desde principios del año 2011, comenzó a circular en Hollywood la noticia de la intención de los Estudios Disney de producir una película live action -o de acción en vivo- que volvía a narrar los eventos de su clásica cinta animada La bella durmiente (Clyde Geronimi, Les Clark, Eric Larson y Wolfgang Reitherman, 1959), pero desde la óptica de su antagonista, la malvada hada despechada Maléfica. Tim Burton, a quien todos conocemos, inicialmente recibió la encomienda del proyecto por su entonces renacida relación con la productora, pero finalmente lo abandonó y cedió el timón a Robert Stromberg, cuya experiencia como Director de Arte de Alicia en el País de las Maravillas (Burton, 2010) -que le mereció el prestigiado premio Óscar- y Oz, el Poderoso (Sam Raimi, 2013), lo hacía ideal -al menos en lo visual- para el reto. Cuando a mediados de 2012 se confirmó la participación de Angelina Jolie como la protagonista, más de uno quedó satisfecho.  Y es que siendo justo, el papel está hecho a su medida y resulta lo más atractivo de la película. Aunque Jolie ha participado en productos comerciales como 60 segudos (Dominic Sena, 2000) o el díptico Lara Croft: Tomb Raider (Simon West en 2001 y Jan de Bont en 2003), ha estelarizado películas interesantes donde ha demostrado verdadera capacidad actoral, como Inocencia interrumpida  (James Mangold, 1999) o El sustituto (Changeling, Clint Eastwood, 2008), que le han valido galardones y el reconocimiento de la crítica especializada. Este tipo de decisiones dan credibilidad a un personaje. Lo fortalecen. Un gran villano merece -debe- ser interpretado por un gran actor. Cuando en otoño de 2012 fue difundida la primera fotografía de Jolie caracterizada como la villana, el entusiasmo de todos creció. Incluido el mío, pese a mis enormes reservas. Mi recelo era justificado: se trataba, después de todo, de una película de Disney.
Ayer que vi la cinta, confirmé todos mis temores. Y no es que sea mala. Es espectacular, un derroche visual gracias a la sobria fotografía de Dean Semler. Cada dólar que se gastó en su realización se refleja en la pantalla. La culpa es del guión de Linda Woolverton, quien ya había hecho de las suyas en la Alicia de Tim Burton. Pero en el último de los casos, el resultado es responsabilidad de los estudios Disney, quienes históricamente han hecho muy clara su tendencia a edulcorar historias que conocimos en nuestra más tierna infancia, brutales en el fondo, en aras de satisfacer a las buenas conciencias y ganar millonadas en el proceso. La pobre Maléfica, la segunda villana más atractiva de la casa, es despojada de su terrible encanto y se convierte al final en una de sus princesas.
Visualizo tres errores fundamentales en una película que, siendo abrumadoramente realista, nunca debió existir. No aporta nada al personaje y, lejos de ello, traiciona su espíritu más elemental de la forma más infame:
1. Lo dije en el pasado: "El mal existe y a veces sólo necesitamos saber eso [...] Los grandes villanos no siempre requieren un origen. Los espacios en blanco y las interrogantes hacen trabajar la imaginación del lector, lo obligan a poner atención a los pequeños detalles que explican la personalidad del personaje. El exceso de datos no siempre se agradece". Ahora Maléfica (Ella Purnell) es una pequeña hada bondadosa,  virtuosa, fuerte y protectora de las criaturas mágicas con las que cohabita en el maravilloso reino de Los Páramos, con unas impresionantes y poderosas alas con las que cruza el firmamento. Sus vecinos, los insidiosos seres humanos, se encuentran en pugna permanente con ellos. Se enamora del joven Stefan (Michael Higgins), un plebeyo noble en apariencia pero increíblemente ambicioso. Al crecer, Maléfica (Jolie) derrota aparatosamente las intenciones invasoras de sus rivales y su moribundo Rey Henry (Kenneth Cranham) ofrece la sucesión de su corona a quien lo vengue. Así Stefan (Sharlto Copley) comete la traición más abominable, lo que da el pretexto perfecto para que nuestra heroína descienda a las tinieblas. Hasta ahí el asunto es tolerable. Insisto que es innecesario, pero es tolerable.
2. Una vez que te vuelves a la oscuridad, no hay marcha atrás. Si logras escapar de sus garras es por una razón poderosa, como sucedió a Darth Vader (David Prowse), luego de una profunda reflexión que duró toda la cinta, al ver en peligro de muerte a su hijo Luke (Mark Hamill) en el desenlace de El regreso del Jedi (Richard Marquand, 1983). La redención nunca se da por razones sensibleras, poco profundas, coronadas por lágrimas sinceras, que cortan de tajo las motivaciones de la malvada. La bella Aurora (Elle Fanning, radiante) siempre sería el recordatorio de la infamia y el mal de los que es capaz el hombre. Jamás podría inspirar la compasión de un personaje como Maléfica. Mucho menos a salvar su vida en más de una ocasión, desde sus primeros días. Si a esas vamos, Maléfica merecía su venganza.
3. Los excesos visuales, porque los avances tecnológicos no siempre se agradecen. Esos paisajes de ensueño y sus criaturas, mostrados hasta el hartazgo, no dejan de recordarme a las imágenes artificiales y coloridas de El Hobbit o a Las Crónicas de Narnia. Las tres hadas buenas Flora, Faura y Primavera (Imelda Staunton, Juno Temple y Lesley Manville), con su pequeño tamaño, rostros digitales y graciosas ocurrencias, tratan de dar momentos hilarantes al relato.  Y si Disney es partidario de los animales parlantes, ¿cuál fue la intención de transformar intermitentemente en humano al cuervo Diaval (Sam Riley)?
El filme se ha ganado con creces el desprecio de la crítica, incluido el mío. Pero en lo que a los estudios importa, su éxito comercial, ya ha recuperado su inversión y promete convertirse en un éxito contundente a nivel mundial. Lo peor de todo es que les impulsará a dar luz verde a una secuela. Y peor aún, a producciones similares donde harán lo mismo a célebres villanos como la Malvada Reina de Blanca Nieves o el Capitán Garfio de Peter Pan. Ya comenzaron de hecho, como lo anticipa ese teaser trailer de Cenicienta. Podemos esperar entonces películas donde la manzana envenenada inducía un estado letárgico a la pálida jovencita para ser tratada en el futuro por alguna enfermedad mortal, o a un pirata maltratado en su infancia que perseguía implacablemente al efebo que se rehusaba a crecer para prevenirlo de la maldad interna de sus Niños Perdidos. Porque según Disney todos los malos tienen, en lo más íntimo, un corazón de oro.

El futuro no es nada promisorio. 

lunes, 19 de mayo de 2014

Qué verde era mi monstruo

Las últimas semanas que he platicado con distinguidos amigos, cinéfilos irredentos, sobre las expectativas que les causaba el regreso de Godzilla a la pantalla grande, confirmé algo que presentía: la emoción que siento es un asunto generacional. Mis interlocutores –el más viejo de ellos no rebasa los 30 años de edad- no conocieron como yo al coloso verde, que me deslumbraba en aquellas sesiones televisivas matinales de mi infancia. No son tan cercanos a él. No lo vieron en esas matinés de películas de los nipones Estudios Toho, ni en la emblemática cinta de 1954 de Ishirō Honda. La referencia más inmediata para ellos es la versión estadounidense que Roland Emmerich dirigió en 1998. Y a pesar que a la distancia puedo reconocerle algunos méritos, el resultado no fue el más afortunado. Fue incapaz de acarrearle nuevos y devotos aficionados al monstruo. En mi caso concreto, me pregunto si ese encanto era producido por tratarse de una época más sencilla e ingenua, donde la magia se conseguía gracias a un hombre disfrazado en un incómodo traje de látex, avanzando con dificultad y destruyendo los edificios de una burda ciudad en miniatura. Y aunque ahora me encuentro con la versión más realista de ese cuadro, con una impresionante puesta en escena, con los más notables avances técnicos del séptimo arte, por alguna razón no logro trasladarme a mi tierna niñez. ¿Es una forma de resistencia a lo nuevo? ¿O simplemente Godzilla funciona mejor en el esquema en que lo conocí?
Este es quizá el principal obstáculo de este nuevo esfuerzo, dirigido por el británico Gareth Edwards, responsable de Monstruos, zona infectada (2010), antecedente que lo califica para la labor. Más que una estricta reelaboración –remake-, el Godzilla de 2014 es el intento de reiniciar una popular franquicia y presentarla a las nuevas audiencias, las de la era del Internet y los teléfonos inteligentes. El guión de Max Borenstein –en el que realmente intervinieron más manos- fue escrito bajo la mirada vigilante de los estudios Toho. Remonta los orígenes del monstruo a las pruebas nucleares tan populares en los años cincuenta, reforzando la gran metáfora de éste como una fuerza imparable de la naturaleza y cimentándolo como un hijo distinguido de la Era del Átomo. La historia tiene el tino de comenzar en Japón, donde Joe Brody (Bryan Cranston) es supervisor de la planta de energía nuclear de Janjira, cerca de Tokio. Ahí ocurre el primer aviso de una serie de eventos desafortunados. 15 años después, el vástago de Brody (Aaron Taylor-Johnson) es un soldado del Ejército de Estados Unidos, especialista en el manejo de artefactos peligrosos, y se involucra contra su voluntad en el combate a una amenaza que pone en peligro no sólo a su bella esposa Elle (Elizabeth Olsen) y a su hijito Sam (Carson Bolde), sino a la civilización como la conocemos. Pronto la Policía del Mundo, la benévola milicia gringa, advierte que se trata de un MUTO (Organismo Terrestre Masivo No Identificado, por sus siglas en inglés), y toma todas las medidas para contenerlo. Aunque como, frente a un desastre natural, poco tienen que hacer.
La película, con una poderosa partitura de Alexandre Desplat y una sobria fotografía de Seamus McGarvey –que en muchos momentos recuerda a Pacific Rim (Guillermo del Toro, 2013)-, no prescinde de guiños al conocedor, desde esa etiqueta en el contenedor en el hogar abandonado de los Brody o el sensacional seguimiento de los medios de comunicación televisivos. Lo curioso es que, como ahí se concluye, la película no retrata al Godzilla de su primera época, al que gustaba destruir todo a su paso. Lo revela más bien como un salvador encargado de restituir el balance –aunque no es otra cosa que un macho alfa-. Como un héroe. Lo hace políticamente correcto para soportar en sus hombros el peso de futuras secuelas.

Sobre el aspecto de Godzilla no polemizaré –es cierto que su estatura, complexión y estridencia han cambiado en sus sesenta años de vida-. Simplemente diré que se encuentra perfectamente a la altura de mis recuerdos. Su rugido, majestuoso e imponente, evoca sin el menor reproche esos tiempos asombrosos de los que hablaba. Verlo escupir su halo radioactivo –su “aliento atómico”- a sus enemigos, luego de que sus vértebras se iluminen de azul, es espectacular. Demuestra que hay lagarto gigante para rato.

lunes, 21 de abril de 2014

Dos veces maníaco

Regreso a ti, adorado blog–e igualmente queridos lectores- luego de casi un mes de ausencia. Y lo hago con un tema muy en deuda con mi reciente experiencia tapatía.
Son muchos los aciertos de la no suficientemente difundida reelaboración de Maniac (2012), tercer largometraje del francés Franck Khalfoun. Primeramente cuenta con un respetuoso e inteligente guión de Alexandre Aja, Grégory Levasseur y C.A. Rosenberg, que parte de la película de culto del mismo nombre, dirigida en 1980 por William Lustig y escrita y protagonizada por Joe Spinell, joya prohibida en los estantes de los videoclubes de mi niñez. Ahora el papel del asesino serial Frank Zito es heredado por Elijah Wood, cuya cara de niño bueno es diametralmente opuesta a la de su antecesor Spinell. Esa es una cualidad que los realizadores aprovecharon muy bien, tal como lo anticipó Alfred Hitchcock al elegir a Anthony Perkins para interpretar al desquiciado Norman Bates en 1960 –ya saben en dónde-. El monstruo más terrible es el que se parece a nosotros, el que vive en la puerta de al lado, el que no da motivos para desconfiar de sus intenciones. Al menos así sucedió a muchas de las víctimas de Ted Bundy o Jeffrey Dahmer, con nefastos resultados. Pero las de ellos son otras historias de horror que he tratado en otros espacios.
Bajo su máscara de sanidad, Zito esconde un pasado perturbador revelado a través de los ojos del homicida: la cinta –casi en su totalidad- se nos presenta en cámara subjetiva. La propositiva puesta en escena permite que los espectadores calcen los zapatos del criminal. Sólo vemos a Elijah cuando camina frente a ventanales, en espejos retrovisores u otras superficies reflejantes, lo cual es un alarde de técnica narrativa del cinefotógrafo Maxime Alexandre, cuyo estilo apreciamos desde su cartel promocional. Luego está la lóbrega partitura del músico francés Robin Coudert, quien firma sus obras simplemente como Rob. Todo adereza a la perfección secuencias sanguinolentas, que no escatiman en mostrar a nuestro “héroe” ejerciendo su oficio: rebanar gargantas y escalpar a inocentes damiselas.

Pero lo mejor, insisto, es Wood, con su aspecto casi frágil, inocente y bondadoso que acotó desde muy temprana edad en su debut fílmico e ineludiblemente relacionamos con su Frodo Bolzón en la trilogía El Señor de los Anillos (Peter Jackson, 2001-2003) pese a que ya lo vimos como el sádico Kevin en La ciudad del pecado (Robert Rodríguez y Frank Miller, 2005). Ya desde ahí demostró que podía dar miedo.