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martes, 3 de marzo de 2015

Réquiem para Leonard Nimoy

Que las figuras que admiraste en tu infancia comiencen a fallecer es terrible. Esto marca el final tangible de una era, generalmente más simple, asociada a sucesos que definieron al adulto que eres hoy. También es signo de tu propia mortalidad. Cuando hace unos años expiró el actor Jerry Orbach, quien por más de una década encarnó a uno de los más entrañables detectives de la televisión, sentí un profundo pesar. Nunca tuve el placer de conocerlo físicamente, por lo que para muchos puede ser una reacción exagerada, pero lo seguí de manera regular en mi juventud. Su muerte –si bien anunciada por el cáncer contra el que luchaba- fue como la de un tío lejano, a quien quisiste mucho aunque no lo veías todos los días. Lo mismo ocurrió cuando mi amigo Bernardo Esquinca me informó, a través de un mensaje de texto a mi teléfono celular, del deceso de Ray Bradbury. En ese momento me encontraba rodeado de cientos de personas, en un congreso de ciencias forenses. Aun así no pude reprimir un nudo en la garganta ni el enrojecimiento en mis ojos. Ambos ejemplos, por sólo mencionar dos, fueron artistas que marcaron a generaciones de amantes de la ciencia ficción que conocieron la gloria y el reconocimiento de una manera que sólo podemos imaginar. También eran hombres, tan frágiles como tú y yo. Sabíamos que su camino en este mundo estaba por concluir, que habían vivido plenamente el tiempo en que habitaron este mundo, pero eso no hizo menos dolorosa su pérdida. Es la inevitable ley de la vida, nos guste o no.
El viernes pasado me encontraba frente al teclado en el que escribo estas palabras cuando me enteré de la muerte de Leonard Simon Nimoy, actor que obtuvo la inmortalidad gracias al papel del Sr. Spock en la odisea televisiva Viaje a las estrellas, programa creado en 1966 por otra leyenda, Gene Rodenberry. Tenía 83 años de edad, casi 84. No pude evitar sentir un vacío en el estómago. Desde hace más de un año enfrentaba una enfermedad pulmonar, aunque abandonó el tabaquismo hace casi tres décadas. Nimoy, nacido el 26 de marzo de 1931 en Boston, Massachusetts, hijo de inmigrantes judíos de Ucrania, sintió una atracción desde temprana edad por las artes escénicas. Esto lo llevó preparase y eventualmente a participar interpretando papeles menores en programas como Perry Mason, Dragnet, La Dimensión Desconocida, Bonanza, Policía de Caminos y El Agente de C.I.P.O.L. Pero su consagración definitiva llegó al portar la piel del cerebral vulcano en la serie que ya mencioné, hijo de un padre extraterrestre y una madre humana, puente entre civilizaciones que conoció de frente la discriminación y el rechazo –el bullying de nuestro tiempo- por ser un producto del mestizaje entre su elevada raza y una inferior. Es innecesario decir que inmediatamente gozó de una inusitada popularidad que siempre utilizó de la manera más benéfica. Hace unos días leí una carta que en su momento de mayor fama le envió una niña, hija de un padre blanco y una madre negra, en la que la menor le aseguraba que comprendía cabalmente el drama del niño Spock pues lo vivía cotidianamente. Nimoy le conminó a no hacer caso de las burlas de sus condiscípulos y a mantenerse fuerte, pues eso no era algo que debería avergonzarla.
Sus actos humanitarios, su labor como divulgador de las consecuencias del holocausto Nazi, su pasión por la fotografía y la poesía, su incursión en el canto, su labor teatral, su presencia en otras series de televisión –siempre lo recuerdo en Misión: Imposible o presentando la serie En busca de…-, todos quedaron sepultados por la fascinante sombra de Spock, personaje que encarnó en la televisión, el cine –en 8 ocasiones-, videojuegos y caricaturas. Spock siempre ocupó un lugar especial en una redituable franquicia muy viva a casi 50 años de su creación. Ha aparecido por igual en incontables manifestaciones de la cultura popular contemporánea. Las tiras cómicas del genial caricaturista tapatío Trino, llamadas adecuadamente Crónicas marcianas, siempre me arrancan sonoras carcajadas, con Spock como segundo oficial del Enterpice Club. Nimoy ha aparecido en numerosos episodios de las aventuras de la amarillenta familia Simpson o en el reciente sitcom The Big Bang theory. En la ficción, el veterano actor tenía una orden judicial restrictiva contra su protagonista Sheldon Cooper (Jim Parsons) por el acoso constante del brillante joven. También fue el enigmático y elusivo genio científico William Bell, fundador de la siniestra y multimillonaria transnacional Massive Dynamics, en el extinto serial Fringe. La escena final de su primera temporada, en la que la desconcertad agente federal Olivia Dunham (Anna Torv) recorre los pasillos de un edificio, llega a una oficina en la que lo recibe un hombre que se oculta en las sombras, resuena en mi memoria. Ella pregunta, “¿dónde estoy?, ¿quién es usted?”. El individuo contesta “la primera pregunta es difícil de responder. La segunda es más simple. Soy Wiliam Bell”. La cámara se aleja de la habitación y revela que se encuentran en un universo paralelo, en el que el World Trade Center neoyorkino sigue en pie. Todo en conjunto es fascinante, en palabra de su personaje más reconocido. En más de una ocasión, mis alumnos me han sometido a la cruel disyuntiva de elegir entre Viaje a las estrellas y La guerra de las galaxias, a riesgo de herir susceptibilidades y aunque soy un devoto de la mitología creada por George Lucas, siempre me decanto por la primera opción.
Hace poco tiempo actuó con su heredero fílmico, Zachary Quinto, en un comercial televisivo de la compañía automotriz Audi. El anuncio exhibía la lucha entre lo nuevo y lo aparentemente obsoleto. Ambos jugaban ajedrez a distancia, gracias a la tecnología. Quinto lo invita a continuar su duelo a la manera tradicional, en un campo de golf. El joven conduce un flamante Audi con encendido digital y utiliza la tecnología GPS, mientras Nimoy conduce un muy clásico y elegante Mercedes Benz. Al encontrarse en el campo, Quinto se muestra condescendiente para para la apuesta. El veterano le dice “técnicamente aun no entramos”, y deja inconsciente a su rival aplicándole un “pellizco vulcano”. Le dice, “nos vemos adentro”.
Los gestos de pesar por la muerte física de Nimoy abundaron. El presidente de su país, Barak Obama, declaró acertadamente “Mucho antes de que ser un cerebrito fuese cool, ya estaba Leonard Nimoy. Me encantaba Spock. Leonard fue un gran amante de las artes y las humanidades, un gran defensor de la ciencia. Pero, por supuesto, Leonard era Spock. Cool, lógico, de largas orejas y equilibrado, el centro de la optimista e incluyente visión del futuro de la humanidad de Star Trek. En 2007, tuve la oportunidad de conocerle en persona. Fue lógico saludarle con el gesto de Vulcano, el signo universal de Larga vida y prosperidad”. Pero las palabras más justas fueron las que le dedicó su hermano no consanguíneo Willian Shatner en su funeral fílmico en los momentos finales de Viaje a las estrellas II: La ira de Kahn (Nicholas Meyer, 1982), la que es para mí mejor película de la saga: “Estamos reunidos para presentar nuestros respetos finales a nuestros amados muertos. Y sin embargo hay que señalar, en medio de nuestro dolor, que esta muerte ocurre a la sombra de una nueva vida, en el amanecer de un nuevo mundo. Un mundo por el que nuestro querido amigo dio su vida para proteger y nutrir. Él no sentía este sacrificio como algo vano o vacío, y no vamos a debatir su profunda sabiduría por su actuar. De mi amigo, sólo puedo decir esto: de todas las almas que he encontrado en mis viajes, la suya era la más humana”.

Gracias por entregarnos tanto, querido Leonard Nimoy. Siempre podré verlo en las interminables repeticiones de sus programas o con sólo presionar la tecla de un control remoto. Sé que sólo regresó al espacio sideral al que siempre nos llevó, a donde usted siempre pertenecerá. Hasta ahí le envío mi cariño y un saludo vulcano.

martes, 12 de agosto de 2014

Réquiem para Robin Williams

Robin Williams era la clase de actor que tenía dos tipos de públicos: el que lo adoraba o reconocía sus méritos y el que lo detestaba apasionadamente. El segundo grupo lo calificaba como un comediante sobrevalorado e insufrible, que obtuvo notoriedad por interpretar papeles sensibleros. En cierta manera puedo comprenderlos. Esto porque aún yo, su declarado admirador, estaba consciente de sus excesos. Él mismo los reconocía y hacía escarnio de ello. Cuando en 1991 promocionaba la desigual Hook, el regreso del Capitán Garfio, decía con ironía “por un lado tenemos al hombre que estelarizó Popeye (Robert Altman, 1980) y por el otro al que estelarizó Ishtar (por Dustin Hoffman, coprotagonista de la cinta de 1987 de Elaine May). Comencemos”. Los argumentos de sus detractores se fortalecen si vemos Un mujeriego en apuros (Cadillac man, Roger Donaldson, 1990), Juguetes (Toys, Barry Levinson, 1992), y recientemente Locas vacaciones sobre ruedas (RV, Barry Sonnenfeld, 2006) o Licencia para casarse (Ken Kwapis, 2007), entre muchas fallidas películas.
Ayer los medios de comunicación anunciaron su muerte, en circunstancias aún no aclaradas, que apuntan al suicidio por asfixia. Mucho se especulará de ello en los siguientes días. La nota no dejó de sorprenderme, pues es una figura que sigo desde mis primeros días como cinéfilo y le debo muchas de las actuaciones que más he disfrutado.
Nació como Robin McLaurin Williams el 21 de julio de 1951 en la ciudad de Chicago, Illinois. Abandonó sus estudios en política con la intención de convertirse en actor. Ingresó a la prestigiada Julliard School de Nueva York, donde estudió actuación al lado Christopher Reeves bajo la tutela del talentoso histrión John Houseman. Posteriormente obtuvo sus primeras oportunidades en la televisión hasta conseguir el papel que catapultó su carrera, el del alienígena Mork en Mork del planeta Ork (o Mork y Mindy, en su idioma original). Inevitablemente migró al cine. Cintas como El mundo según Garp (George Roy Hill, 1982) o Moscú en Nueva York (Paul Mazursky, 1984) cimentaron su carrera hasta que el papel del subversivo conductor de radio Adrian Cronauer en Buenos días, Vietman (Barry Levinson, 1987) le mereció el reconocimiento internacional y numerosas nominaciones  reconocidos premios. Su grito (la orden que daba nombre y marcaba el inicio de su programa) me despertó esta mañana en el noticiero radiofónico. Luego siguió su fugaz y casi desapercibida aparición en Las aventuras del Barón Munchausen (Terry Gilliam, 1988) hasta llegar a La Sociedad de los Poetas Muertos (Peter Weir, 1989), donde su desafiante e inspirador pedagogo John Keating hizo que el público que me acompañaba en el desaparecido cine Viveros le aplaudiera al término de la función, aquél verano de 1989. Despertares (Penny Marshall, 1990), Pescador de ilusiones (The Fisher King, Terry Gilliam, 1991), Aladino (Ron Clements y John Musker, 1991, donde dio voz al Genio de la lámpara), Papá por siempre (Mrs. Doubtfire, Chris Columbus, 1993), Jumanji (Joe Johnston, 1995) o El Agente Secreto (Christopher Hampton, 1997) lo llevaron hasta su consagración definitiva, la que le valió el codiciado premio Óscar, Mente indomable (Good Will Hunting, Gus Van Sant, 1997).
De ahí tuvo una trayectoria variada que incluyó títulos como Flubber, el invento de siglo (Les Mayfield 1997), Día de los padres (Ivan Reitman, 1997), Patch Addams Tom Shadyac, 1998), Más allá de los sueños (Vincent Ward, 1998), El Hombre Bicentenario (Chris Columbus, 1999) y las que quizá son las que más se alejan de sus papeles tradicionales: el remake estadounidense de Insomnia (Christopher Nolan, 2002) y Retrato de una obsesión (Mark Romanek, 2002), cintas donde encarnaba a dos futuros asesinos en serie. Poco conocida y digna de recordarse es La memoria de los muertos (The Final Cut, Omar Naim, 2004), donde daba vida a Alan Hakman, una suerte de editor de pecados. Con ellas luchó por librarse de su imagen tradicional. Por ejemplo, en August Rush, encuentra tu destino (Kirsten Sheridan, 2007) caracterizaba a un moderno Fagin dickensiano y en El mayordomo de la Casa Blanca (Les Daniels, 2013) al Presidente Dwight D. Eisenhower.
Sus apariciones en televisión fueron muy disfrutables, desde Homicidios, la vida en la calle y Friends a Plaza Sésamo y La Ley y el Orden: Unidad de Víctimas Especiales, donde dio vida al homicida del médico que mató por negligencia profesional a su esposa y que se convirtió en un crítico del sistema. Incluso logró que el paranoico detective Munch (Richard Belzer) se enfrascara en una multitudinaria pelea con almohadas.
Que se haya quitado la vida no me parece del todo improbable. Luego de ver la que sería la última teleserie que protagonizó, The crazy ones, no pude evitar sentir que estaba en plena decadencia. Esto a pesar que se mofaba de alguna manera de su propia situación: personificaba a un talentoso ejecutivo de publicidad, divorciado y adicto en recuperación que trataba de reestablecer la relación con su hija. Se anunció la cancelación del programa el 10 de mayo pasado, luego de sólo una temporada de vida. Es de todos conocida su adicción al alcohol y las drogas, que data desde su ascenso a la popularidad y contra las que luchaba intermitentemente desde entonces. También que se encontraba en un estado de depresión pese a que en redes sociales se dejó ver siempre optimista y simpático. Ayer Susan Schneider, su tercera esposa, declaró algo que resume el sentir de muchos: “Esta mañana, perdí a mi esposo y a mi mejor amigo, mientras el mundo perdió a uno de sus más queridos artistas y hermosos seres humanos. (...) Mientras es recordado, tenemos la esperanza de que la atención no se centre en su muerte, sino en los incontables momentos de alegría y risa que dio a millones”.

Así es como prefiero recordarlo, porque me encuentro entre esos millones de personas. Como dije en el pasado, muchos cuestionan al suicida por su aparente falta de valor para enfrentar la adversidad. La abrumadora realidad es que, esté afectado por un padecimiento físico o mental, el suicidio es la última decisión lúcida de una persona que tiene el valor para poner el punto final. Y como tal debemos respetarla. Pensaré que Robin Wiliams fue tragado por un mágico juego de mesa y regresará, en plenitud, en tiempos mejores. Unos muy parecidos a los recuerdos de mi juventud. Confío que hasta ahí le llegarán mi gratitud y mejores pensamientos. 

martes, 25 de febrero de 2014

Réquiem por Harold Ramis

El guionista, productor, actor y director Harold Allen Raimis dejó de respirar en su casa, la mañana del pasado lunes, debido a complicaciones de la vasculitis inflamatoria autoinmune con la que luchó por cuatro años. Acababa de cumplir 69.
En muchos sentidos fue un héroe anónimo. Inició su carrera como escritor en su natal Chicago, donde descubrió una afinidad natural por la comedia, género en el que se movió cómodamente por cuatro décadas y le permitió posicionarse en el negocio del espectáculo. Su labor cimentó populares programas de televisión como el canadiense Second City Television y Saturday Night Live, verdadera tradición estadounidense, donde se relacionó con celebridades de la comedia de la época como John Belushi, Rodney Dangerfield, Chevy Chase, John Candy, Rick Mornis, Martin Short, Dan Aykroyd y, tal vez el más popular de todos, Bill Murray. Sobra decir que Ramis tuvo una discreta participación actoral en muchos de ellos, pero el campo en el que recibió mayor reconocimiento fue la escritura y la dirección, que rebasó la televisión y lo instaló sólidamente en la industria cinematográfica. 
Le debemos hilarantes cintas como Caddyshack (creo que aquí la rebautizaron como Los locos del golf, 1980), los guiones de El pelotón chiflado (Stripes, Ivan Reitman, 1981), las películas desprendidas de la revista National Lampoon (Sátira nacional), Colegio de animales (National Lampoon´s Animal House, John Landis, 1978), Vacaciones (National Lampoon´s Vacation, dirigida también por él en1983), Mis otros yo (Multiplicity, 1996), Analízame (Analyze this, 1999), Al diablo con el diablo (Bedazzled, 2000) y, la mejor de todas, Hechizo del tiempo (Groundhog day 1993), aparente comedia romántica que resume la esencia del horror y lo fantástico.
Pero sin duda será mejor recordado por su papel del cerebral parapsicólogo Egon Spengler en Los Cazafantasmas (Ivan Reitman, 1984), filme que fusiona exitosamente la comedia y el horror a partir de un libreto del mismo Ramis y su colega Dan Aykroyd. Su éxito abrumador propició una dispareja pero entrañable secuela –en 1989- y un colorido serial de dibujos animados. Todos forman parte indispensable de mi educación sentimental. De ellos disertaré en un futuro no distante. Es una deuda de honor.
La partida de Ramis deja en la orfandad parcial un proyecto muchas veces aplazado: su idea de escribir con Aykroyd una tercera aventura de Los Cazafantasmas. Su iniciativa me parecía riesgosa en muchos sentidos. El propio Bill Murray, cuya carrera se benefició de su socarrón parapsicólogo Peter Venkman, negó en repetidas ocasiones cualquier vínculo con la producción. Seguramente advertía el inclemente paso del tiempo. Ramis, por su parte, debió estar convencido de la vigencia de los clásicos y del potencial económico de la nostalgia –pregunten si sirve a Sylvester Stallone-. Porque en apariencia su comedia parecería superada por lo escatológico, el cinismo y la vulgaridad que reina en nuestros días. No sé si veremos cristalizado su anhelo. Una parte de mí, en el fondo, lo desea.

Ramis fue al encuentro del mundo que exploró su personaje más popular. Su legado pervivirá sin duda alguna. Debió partir con la satisfacción del que gozó plenamente su oficio y conoció en vida, más allá de cualquier duda, las risas y la gratitud de su público y generaciones posteriores. Descanse en paz. 

lunes, 27 de enero de 2014

El ejemplo de José Emilio Pacheco

Ayer dejó de existir físicamente el laureado poeta, narrador, ensayista y traductor José Emilio Pacheco. Su aportación a las letras nacionales es invaluable y sólo aumenta el pesar por su partida. Uno de sus alumnos más aventajados y uno de sus amigos más entrañables es Vicente Quirarte, figura indispensable en este blog. Con su amable permiso reproduzco este retrato, como un humilde tributo a su genio y grandeza. Hace un rato escuché decir en la radio a su amada Cristina "me cuesta trabajo hablar en pasado de alguien tan presente en mi vida". Lo mismo podemos decir todos, aunque su legad es imperecedero.


El ejemplo de José Emilio Pacheco
Vicente Quirarte

En la página 45 de Las batallas en el desierto, uno de nuestros escasos libros clásicos que gozan de fama pero además de numerosos y cada vez más jóvenes lectores, José Emilio Pacheco hace el retrato de Carlos, ese niño héroe que se atreve a entrar en el más solitario de los combates. Cuando el psiquiatra lo interroga sobre aquello que más detesta, el personaje responde: “La crueldad con la gente y con los animales, la violencia, los gritos, la presunción, los abusos de los hermanos mayores, la aritmética, que haya quienes no tienen para comer mientras otros se quedan con todo; encontrar dientes de ajo en el arroz o en los guisados; que poden los árboles o los destruyan; ver que tiren el pan a la basura.”
Quien conoce la obra de José Emilio Pacheco o ha gozado el privilegio de su cercanía, puede hallar en las características anteriores un retrato del autor. La personalidad de Carlos, el niño que en su edad adulta tiene el valor de recordar, es un resumen de los valores defendidos por José Emilio Pacheco, esos que lo han llevado a construir una escritura que admite varias fraternidades pero al final nos deja con la sensación de estar ante un estilo que, por diversos motivos, hacemos inmediatamente nuestro. Mis alumnos de la Universidad Hebrea de Jerusalén, que para el curso Historia  y Literatura leyeron Las Batallas en el desierto, me agradecieron haber compartido con ellos la odisea de Carlos y no haber necesitado acudir a diccionario para descifrarla. Para un miembro del Colegio Nacional, que pertenece a tan alta institución por el modo cimero en que utiliza el lenguaje, semejante opinión parecería una ofensa. En el caso de José Emilio se trata de un elogio y un agradecimiento. Elogio, porque la limpieza de su sintaxis es fruto de una intensa lucha con el lenguaje; agradecimiento, porque pocos ejemplos tenemos en nuestras letras de una correspondencia tan fiel entre las palabras y las cosas.
El altruismo y las buenas intenciones no bastan para hacer literatura. En un amplio espectro que va de John Donne a Mafalda, José Emilio Pacheco sufre auténticamente como si cada una de las dolencias del mundo fueran la suya. Lo admirable es que, con base en las rebeliones inmediatas que todo ser sensible experimenta ante los desequilibrios de la creación, él haya podido construir una obra unánimemente admirada por su compleja sencillez, por su envidiable claridad, por su honestidad avasallante, por su maestría para borrar la primera persona del singular y fundirla, imperceptible y permanentemente, con la primera persona del plural. José Emilio Pacheco ha logrado, con sus letras articuladas en los diversos géneros, el triunfo del nosotros considerado como obra de arte. La familiaridad de los lectores con su escritura ha llegado a ser tan próxima que ha logrado, en nuestro imaginario, perder su apellido para ganar el más próximo y cálido de José Emilio.
Existen los escritores que construyen la gran obra y después guardan silencio. Y existen los que piensan que no basta romper el cerco individual, sino que es necesario volver a decir de otro modo lo mismo. En 1956, un muchacho de diecisiete años publica “Tríptico del gato” en la revista Estaciones. El texto parece obra de un autor experimentado: la cuidadosa disección del animal doméstico y siniestro está realizada con la maestría de Durero al reproducir cada uno de los detalles en la armadura natural del rinoceronte; con el buril seguro y obsesivo  de un maestro mexicano de José Emilio, Juan José Arreola, que trazó cada una de las criaturas de su Bestiario.  Más que el hallazgo metafórico, la idea que modela el concepto; más que el retrato lírico, el ensayo que es conceptualidad musculada, sabiduría esencial.  Todo parecía anunciar, en “Tríptico del gato”, que ese joven autor, lector tanto de Jules Renard como de tratados de zoología, era de la estirpe de aquellos que labran libros perfectos. Más de medio siglo después, José Emilio Pacheco es el hermano más fiel de ese joven: aún es el niño grande, rebelde ante los entuertos del mundo.  Ahora es también el maestro que enseña sin pontificar, que ilumina sin querer deslumbrar, que rescata sin exigir una recompensa ni siquiera nominal. “En defensa del anonimato”, título de uno de sus poemas, es una fe de vida y uno de los principales emblemas de su quehacer.
Entre 1963 y 1967, el joven José Emilio Pacheco publicó tres libros perfectos, articulados en diferentes géneros: los cuentos de El viento distante, los poemas de  Los elementos de la noche y la novela  Morirás lejos. Tradición y vanguardia, clasicismo y experimentación se dan la mano en los trabajos de un autor que parecía haber nacido hecho. Sus temas y obsesiones pasan en esas obras lista de presente: la solidaridad con los condenados de la tierra, el huracán implacable de la Historia, la materia en constante transformación, la infancia como territorio del descubrimiento y anticipo del futuro desastre. Sin embargo, nunca los concibió como obras terminadas. Sus libros son, como la obra maestra de Michael Ende, la historia interminable y, en su perfecto mecanismo, cada una de sus piezas narrativas es un ejemplo del género. En sus homenajes a la pulp fiction, José Emilio es nuestro Tarantino; en sus magistrales cuentos de fantasmas, no olvida el consejo de Montague Rhode James en el sentido de dejar la puerta abierta con objeto de permitir, mínimamente, la explicación racional. En Morirás lejos obliga a replantear las estructuras narrativas tradicionales, en una novela que aún hoy mantiene su vigor formal y su peso moral.
Maestro en todos los géneros literarios que cultiva, José Emilio dejó de apostar todas sus cartas a la idea de El Libro, para emprender, mediante textos breves e intensos, un combate contra la ignorancia, la indiferencia y el olvido. Con sus ediciones, prólogos, notas e inventarios, José Emilio es uno de los más importantes historiadores y críticos de la literatura mexicana, uno de nuestros auténticos educadores. Su importancia proviene no solo de su fecundidad  sino de su preocupación por aventurar nuevos juicios o por corregir rumbos trillados.  El gran escritor se adelanta en la práctica a los teóricos literarios. La intertextualidad, la deconstrucción, la escritura del desastre son constantes en los textos de José Emilio, siempre de manera activa, nunca como ejercicios de retórica. A él no se le ocurriría llamarse historiador de las mentalidades, pero sus inventarios constituyen, en conjunto, un Tratado de la Vida Privada como no lo ha hecho ninguno de nuestros historiadores, sobre todo de un siglo contra cuyas calamidades no ha dejado de advertirnos y cuyos esplendores ha celebrado.
En la feria de vanidades de nuestra República Literaria, José Emilio Pacheco escapa a toda clasificación. La versatilidad de su trabajo lo hace indefinible; no concede entrevistas, casi nunca  presenta sus libros, se niega rotunda y valientemente a responder encuestas sobre temas de los que se espera que el escritor sepa todo.  La modestia es su principal enemiga pero también el arma que se vuelve contra quienes, en busca de elementos para criticarlo, lo quisieran más mundano, más débil, más expuesto a las mezquindades de nuestro a veces tan innoble oficio.
José Emilio es uno de nuestros grandes escritores porque es el más inseguro de todos. Su exigencia es uno de las lecciones que nunca agradeceremos suficientemente. No se trata sólo de que todo lo hace bien, sino que en cada una de sus actividades propone caminos nuevos. Sus intentos, en su opinión modestos, y que son auténticos logros, siempre trascienden la  primera intensión. A fuerza de huir la originalidad, es uno de nuestros escritores más originales. De ahí que cada vez sea más común la frase “yo quisiera hacer esto como lo hace José Emilio”.
En un fin de siglo donde la palabra libro pretende ser sustituida por el término soporte papel, José Emilio ha sido fiel al texto impreso, en una que es literalmente, columna de la cultura mexicana, de la cultura desde México. Pocos espacios nuestros gozan del horizonte de expectación de Inventario, palabra que, de acuerdo con María Moliner, significa “Lista de lo encontrado. Lista de cosas valorables”. En cualquiera que lo practica, el oficio es motivo de gratitud. Si quien lo firma es el monograma JEP, es digno de nuestro homenaje. José Emilio descubre, pero nos hace creer que está encontrando y, más aún, que nosotros con él somos responsables y partícipes de la iluminación. Quiere ser el cronista en su más original sentido: la conciencia de la tribu, el encargado de mantener viva la llama de la historia. Edmundo Valadés, en un volumen que reúne colaboraciones de su columna Excerpta, escribió la siguiente dedicatoria: “A José Emilio Pacheco que lo hace mejor.” ¿Por qué cada Inventario es leído, disfrutado y atesorado, más allá de la intención pragmática y presente para la cual fue escrito? Difícilmente habrá un lector suyo que no conserve alguno de esos Inventarios donde el autor reinventa el término donde todo cabe: la agudeza  de José Emilio, su amor a la verdad, su huida del lugar común lo obligan en cada una de sus jornadas a dar fe de las cosas como si por primera vez ocurrieran. Para citar una de sus obsesiones más caras, aquellos textos donde habla de temas familiares son como el naufragio del Titanic: aunque todos conocemos las líneas generales de la historia, siempre queremos que nos la vuelvan a contar. Si quien nos la dice se llama José Emilio Pacheco, entonces no dudamos. De Nahui Ollin a la anatomía de la torta, de las diversas hipótesis sobre el asesinato de Álvaro Obregón al silencio de Jean-Arthur Rimbaud, de la indagación sobre el murciélago a los innumerables y siempre nuevos retratos del mar, José Emilio no propone ni dispone: expone. Sus lectores no tenemos más remedio que aceptar las conclusiones del más dotado de nuestros Sherlock Holmes, que siempre deja atrás a los numerosos Lestrade que firman y cobran en la nómina de nuestra academia. Visionario y erudito, detective y juez, José Emilio tiene una especial habilidad para encontrar misterios donde otros miran soluciones fáciles.
El trabajo de José Emilio Pacheco que convencionalmente llamamos periodístico, tiene en la tradición mexicana una genealogía definida. De Luis de la Rosa a Francisco Zarco, de Ignacio Manuel Altamirano a Manuel Gutiérrez Nájera, de Amado Nervo a Martín Luis Guzmán, José Emilio pertenece a la estirpe de autores que pudieron haberse dado el lujo de labrar la obra maestra, como lo hicieron, pero además cumplieron el deber de registrar en la página efímera el momento que pasa. Escritores profesionales, trascendieron el qué para insertarse en la herencia más vasta del cómo. José Emilio escribe sobre todo y sobre todos, pero siempre para hallar la nota nueva o señalar el camino para el futuro investigador, para el poeta o el novelista en ciernes.
Hablar sobre José Emilio Pacheco conduce de manera casi inevitable a recordar a Alfonso Reyes. Talento, poligrafía y preocupación universal son cualidades que evidentemente los hermanan, pero es justo establecer también sus diferencias. Alfonso Reyes decía que publicar era una forma de limpiar de papeles el escritorio. Con todo, Reyes creía en la transformación de lo periódico en permanente: la odisea no siempre afortunada de la página diaria a la del libro que enfrentará los vientos del futuro. En este sentido, José Emilio es el peor enemigo del interesado en su obra. Al mismo tiempo, y por tal motivo, su mejor aliado. En alguna  ocasión, Ediciones Era y la UNAM proyectaron publicar íntegramente los Inventarios. El trabajo de recopilación lo había realizado, paciente y apasionadamente, sin becas ni estipendios institucionales, Carlos Muciño, de ocupación lector de José Emilio y uno de sus mejores geógrafos. Con ejemplar obstinación, cortés y convincente, José Emilio se negó hasta que los editores desistimos del intento. Su principal argumento: la palabra, fulgurante en el momento de la articulación, se pierde en esa forma de cárcel que es el libro consagratorio y a veces amedrentador. Los libros que leímos, ávidos y vírgenes, pobres y felices, en ediciones baratas durante nuestra adolescencia, pierden su frescura en los volúmenes marmóreos.
Ser poeta y ser inteligente es una de las dualidades más difíciles de sobrellevar. José Emilio nació con ambas alas, y si su obra tiene esa tensión esencial es porque su actividad primordial es la poesía. José Emilio nunca emociona a su poesía: por eso nos emociona. Si sus dos primeros libros lo muestran continuador de la gran tradición de la poesía como fiesta del intelecto, a partir de No me preguntes cómo pasa el tiempo da un giro radical. Sin abandonar su preocupación por lo mexicano, José Emilio mira la tierra, sus devastaciones, sus ruinas, pero también sus treguas y epifanías. Su poesía se convierte en un inventario del paso de los días, donde no cuenta el testimonio personal sino se privilegia la voz del poeta. En sus libros de expresión cada vez más depurada,  dentro de su difícil sencillez, José Emilio brinda una constante lección del maestro, un permanente examen de la vista.
No hay lenguaje unívoco, y menos en la poesía, pero José Emilio ha logrado, a fuerza de perfeccionar su estilo, una claridad semántica que no excluye la emoción, una emoción desapasionada donde el yo se vuelve un nosotros, una conciencia crítica que, tras convencerse y convencernos de la brutalidad del mundo, nos obliga a apreciar mejor sus fugaces bellezas. Las correspondencias entre sus temas y las repeticiones deliberadas son frecuentes, y en el cuerpo de la poesía reunida se complementan y amplifican, borran sus costuras para dejarnos frente a la integridad y la congruencia de su discurso. Baste citar tres de sus temas mayores: el mar, la niñez, la ciudad, que reaparecen con distinto ropaje en cada libro y son compañeros de la obra narrativa de José Emilio, tan breve como intensa, tan necesaria como su poesía. La primera sección de La arena errante -metáfora de la niñez y el futuro desastre- acompaña la aventura del niño que narra su iniciación vital en “El principio de placer”.     
José Emilio es un poeta de poemas, pero también de series que por su unidad integran momentos inolvidables de nuestra tradición: si la “Elegía del retorno” es el mejor poema extenso escrito sobre el terremoto de 1985, es porque en él historia y poesía se funden para construir un poema épico. Sus poemas dedicados a los animales alcanzan la categoría de grabados verbales por el vigor y la objetividad con que el poeta los burila. Una serie como “Circo de noche” es memorable porque en cada poema José Emilio combina, sin que se noten, la rabia y la ternura, la compasión y la objetividad.
Víctor Hugo, uno de los escritores más citados y admirados por José Emilio Pacheco, cubrió con su genio la segunda mitad del siglo XIX. También lo hizo Guillermo Prieto, quien creyó en el dogma romántico y liberal de que la educación es el arma para conquistar el presente y pensar en un incierto futuro. Polígrafo como ambos, José Emilio Pacheco ha construido un monumento verbal que es entre nosotros el más completo testimonio del siglo XX con sus héroes y canallas, sus desiertos y oasis, y de un siglo XXI en que da a la luz sus poemas más luminosamente oscuros.  Un libro clásico se equipara a este trabajo ejemplar: De rerum natura de Lucrecio. Como él, José Emilio Pacheco ha elegido la humilde y difícil labor de recordar a sus hermanos de planeta la naturaleza de las cosas, la conciencia de navegar acompañados en “esta molécula de esplendor y miseria que llamamos la Tierra.”

martes, 23 de julio de 2013

Réquiem para Dennis Farina

La salida en 2004 del actor Jerry Orbach de uno de mis más entrañables seriales televisivos, La Ley y el Orden, dejó un vacío que parecía imposible de llenar. Y eso fue algo cierto. Sus productores tuvieron la difícil labor de buscar un reemplazo a su altura. La respuesta fue Dennis Farina, quien dejó de existir físicamente ayer, debido a una afección pulmonar, a la edad de 69 años. La muerte es algo cotidiano para mí en muchos sentidos. Todos nacemos con una fecha de caducidad asignada. Esto causa reacciones diferentes en cada uno de nosotros. En mi caso, la partida de Farina fue semejante a la de un tío distante pero no por eso menos querido. Su carrera actoral siempre estuvo ligada –al menos en sus inicios- con la del productor y director Michael Mann, quien no sólo lo introdujo como un villano en su popular programa ochentero Miami Vice y le asignó el papel del gurú cazador de asesinos en serie Jack Crawford en su poco conocida joya Sabueso (Manhunter, 1986), sino le ofreció el protagónico de Historia del crimen (1986-1988), programa elemental de mi adolescencia. Ahí personificaba al Detective Michael Torello, cabeza de la Unidad de Crímenes Mayores del Departamento de Policía de Las Vegas, grupo que tenía la firme convicción de enfrentar al crimen organizado –representado en el joven mafioso Ray Luca (Anthony Denison)- de una urbe pujante y corrupta. Su tema musical, la famosa canción Runaway de Del Shanon, evoca grandes momentos de mi formación. Por lo que respecta al policial que mencioné en un principio, Farina aportó sangre nueva en un momento en que la necesitaba, los bríos y la agresividad que Orbach era ya incapaz de proveer en la última época de su vida. Su detective Joe Fontana, personaje fanfarrón por momentos –“me arruinó este buen par de zapatos Gucci”-, representaba la experiencia de la “vieja escuela” y los más sólidos ideales de justicia. Aunque el dispendio era lo suyo –su fajo de billetes o sus rajes de diseñador-, su estilo de vida –solterón empedernido- nunca fue sujeto de escrutinio o puso en duda su posición como agente de la Ley. Fuga a la medianoche (Martin Brest, 1988), El nombre del juego (Get shorty, Barry Sonnenfeld, 1995), Rescatando el Soldado Ryan (Steven Spielberg, 1998) o Snatch, cerdos y diamantes (Guy Ritchie, 2000) son sólo algunas de las películas donde siempre podremos vernos.

Tu partida no deja de llenarme de tristeza, Dennis Farina. En cambio, me llena de felicidad imaginarte en un mundo mejor. 

miércoles, 19 de junio de 2013

Carta abierta del humano del Señor Chester






Partiste hace dos semanas, Chester, y apenas hoy reúno fuerza para escribirte estas líneas. Nos pertenecimos desde el primer momento. Si existe el concepto que suele llamarse “amor a primera vista”, define exactamente la vez que nuestra querida Shelsy te puso en mis brazos. “Mira Roberto, éste es Chester”. Te conocí antes en una sala de cine, durante la proyección de Mi encuentro conmigo. La película me señaló un gran faltante en mi vida. Naciste el 28 de mayo de 2001 y ya tenías el nombre del anhelo de un niño. No lloraste al separarte de tu madre. Manejamos juntos –porque mirabas atento la ventana- hacia un mundo nuevo, lleno de posibilidades. Podría enumerar todos los momentos gratos que vivimos durante doce años  y siete días, pero los recuerdas bien: los besos que me diste al despertar de nuestra primera noche, tus primeras sesiones de entrenamiento, todas las cosas que devoraste, el hueso “tribilinesco” de tu cabeza, tu aspecto de zancudo, tu primer ladrido –ese honor pertenece a Ana Luisa-, las veces que me derribó tu entusiasmo y fuerza cada vez más grandes, todos nuestros paseos en el parque, la sabia afirmación de un señor al saludarte –“Si Dios tuviera un perro, sería un Golden retriever”-, las sonrisas que arrancabas a las personas que te veían con tu correa en el hocico, paseándote a ti mismo. Hace unos años, sin conocerte, mi amigo Néstor preguntó a Ana “¿este es el perro del señor Coria?”. La repuesta correcta invariablemente me hace sentir el hombre más afortunado de este mundo. Yo soy el humano del Señor Chester. Nos dejas un gran vacío. Tu sillón –la sucursal de tu Oficina de Director la Jipiteca Nacional-, tus platos, una de las ramas que te maravillaban, tu collar que sólo evoca tu autoridad, elegancia y grandeza. Me he referido a la parte física, porque tu legado –tu memoria- es mayor. Lo que provocaste en las personas cuya vida tocaste es incalculable. Nuestra vecinita Alexa –quien siempre te abrazaba, aunque nunca te encantó-  lloró amargamente al enterarse de tu muerte. Te llevó un alegre girasol, que acompañó la urna con tus cenizas. Ana Luisa dice que me hiciste el corazón más grande. Permitiste que entrara en él los gatitos Tomás y Albóndiga que tanto te quieren. Aun así siento una inmensa tristeza cada vez que cruzo la puerta de la casa y no estás para recibirme y anunciar mi llegada, pero la supera la felicidad al imaginar la dicha que sentiste cuando te recibió tu mentor Bobby, nuestra amada Mina, los patitos Conejo y Kikina, la bella Brigitte, tus papás Feba y Botero. Sus corazones laten ahora al mismo ritmo. Sé que estás en un lugar mejor. Y también estoy seguro que nos veremos de nuevo en unos años. Me haré digno de ese reencuentro. Moira se encarga de confortarme a la mínima excusa, como le instruiste. Aprenderé a sobrellevar la pérdida, a vivir con tu ausencia corpórea. Pero te aseguro que me acompañas a cada instante. Estarás en mis últimos pensamientos. Luego te veré correr hacia mí en el pasto más verde, ambos en plenitud, majestuoso como eres. Gracias por todo, mi leal amigo. Me ayudaste a conjurar los temores del pequeño Rusty. Cuando cumpla 40 años podré decir con felicidad que tengo novia, soy piloto y tengo al mejor perro del mundo. Hasta entonces, mi cariño es tuyo. Tu Roberto.

viernes, 22 de febrero de 2013

Réquiem para Joaquín Cordero


El pasado martes 19 de febrero de 2013 dejó de respirar Joaquín Cordero Aurrecoechea, un actor al que siempre guardaré un especial cariño. Tenía 80 años de edad. Lo conocí en El libro de piedra (1968), la ya clásica cinta de Carlos Enrique Taboada. Con gran dignidad daba vida a Eugenio Ruvalcaba, el atribulado padre de una niña que conocía de frente a la otredad. Su interpretación, segura y creíble, daba gran dignidad a temas poco respetados por muchos: el horror y la fantasía. A pesar que en su amplia carrera en cine y televisión recorrió todos los géneros, de la comedia romántica al drama, del cine de luchadores al melodrama familiar, siempre lo recordaremos por sus apariciones en cintas que conocimos en la infancia y significaron nuestras primeras aproximaciones a estos territorios. A la anterior sumo Orlak, el infierno de Frankenstein (Rafael Baledón, 1960), El monstruo de los volcanes (Jaime Salvador, 1963), El Museo del horror (Rafael Baledón, 1964), Cien gritos de terror (Ramón Obón, 1965), Doctor Satán y la magia negra (Miguel Morayta, 1966) y por supuesto, una de sus más entrañables, La loba (Rafael Baledón, 1965). Sobre esta última hablaré abundantemente el un futuro no lejano.
Fue despedido tanto por sus pares actores como por figuras del mundo intelectual. Fue más que justo que su cuerpo se homenajeara en el Palacio de Bellas Artes, señal de su importancia y trascendencia. Rafael Tovar y de Teresa, actual Director del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, le dirigió unas palabras de despedida que nos dan una idea de su dimensión:
Hoy, Joaquín Cordero se reúne con Alma, su esposa durante sesenta y dos años. Joaquín, en vida, decía que mucho de lo que hizo en la actuación se lo debe a la gente, y así lo vimos todos en las pantallas de los cines y en la televisión o en los escenarios, haciendo su tarea actoral, consolidando año con año una carrera que afortunadamente fue de muchas décadas y dejó testimonios que nunca se olvidarán.
Joaquín Cordero tuvo la oportunidad de encarnar muchos personajes emblemáticos que identifican a nuestro cine. Lo mismo fue el médico citadino que regresa a su pueblo natal a luchar contra las costumbres salvajes en 'El río y la muerte', de Luis Buñuel, o el pendenciero de rancho en 'Yo soy gallo donde quiera'; fue sacerdote, entrenador deportivo, ranchero y abogado. Todo lo encarnó porque para un actor no hay nada imposible. Lo mismo fue el boxeador Lalo Gallardo, el amigo de Pepe el 'Toro', con quien encontró la amistad y fue fiel a sus principios, que muere en el ring a manos de su mejor amigo en la cinta que forma parte de la identidad e historia de México.
Cordero representa al actor versátil, dedicado, confiable dueño del personaje, al que le daba cuerpo de su cuerpo, pero también representa al hombre de los compromisos, inquebrantable con su profesión y su familia. La herencia que nos deja es muy grande y será más grande con el tiempo. Descanse en paz.

lunes, 11 de febrero de 2013

Adiós a la División Fringe (2008-2013)


Una pausa obligatoria (porque quería seguir con Psicosis y Alfred Hitchcock). En sus inicios hablé de la teleserie Fringe, producto del ingenio de J. J. Abrams, Roberto Orci y Alex Kurtzman, trinomio que estoy seguro tiene mucho por ofrecernos. Ayer, tras cinco temporadas, ví su desenlace. De forma inesperada, porque después de incontables reclamos sobre su tardanza por Twitter a su distribuidora en Latinoamérica, Warner Channel, tomaron la inexplicable decisión de transmitir los 13 episodios finales el fin de semana, en lo que llamaron La maratón Fringe. Debo decir que el resultado no me decepcionó en lo más mínimo. Fue ese uno de los aspectos que me hizo admirarla: a lo largo de 100 episodios, fue constante en su nivel argumental y en su impecable factura, con efectos especiales de primer nivel. No fue la pérdida de interés de sus huestes de seguidores la que la condenó, sino fallidas decisiones institucionales de programación. La crítica, casi siempre de forma unánime, alabó la calidad del producto. Observó que la serie, de una fórmula convencional (el “monstruo de la semana”), evolucionó en un maduro programa de ciencia ficción, con una temática definida que giraba en torno a un universo paralelo y la alteración de la línea temporal.
El actor australiano John Noble, sin duda uno de sus principales atractivos, supo modificar la imagen del “científico loco”. Su Walter Bishop siempre hizo alarde de su intelecto superior pero dando cabida a todo tipo de conductas, de su abierto consumo de alucinógenos  a extravagancias deliciosas, de su vaca de laboratorio Gene, insólitas peticiones (“revisa su ano” o “córtenle la mano al cadáver y llévenla a mi laboratorio”) a acciones inesperadas e inverosímiles en una crisis (mientas graba en video instrucciones que definirán el destino de la humanidad, se detiene abruptamente en la vidriera de una panadería cuando exhiben producto recién salido del horno y pregunta “¿son de zarzamora?”). En la prestigiada Comic Con, Noble llamó a su conclusión “la temporada de los fans”. Y es que la serie supo atender las opiniones de sus admiradores, que crecieron hasta convertirla en un objeto casi de culto. Para ellos nunca faltaron referencias a decisivas obras de nuestra educación sentimental, como las películas Estados alterados (Ken Russell, 1980) y Volver al futuro (Robert Zemeckis, 1985) o mitologías contemporáneas como la saga Viaje a las estrellas (Star Trek). No fue gratuito que Leonard Nimoy, el inmortal Señor Spock, encarnara a uno de sus personajes más importantes y ambiguos, el genio científico William Bell, antiguo asociado de Walter y cabeza de la todopoderosa Massive Dynamics, centro importante de la intriga; que Chistopher Lloyd, el inolvidable Dr. Emmet Brown, encarnara a una leyenda musical que hizo ver a Walter las consecuencias de sus acciones; o que Peter Weller, el igualmente entrañable Robocop, interpretara a un científico obsesionado con el amor perdido que muestra a Walter el significado de la esperanza en su mundo dominado por la lógica. Si el escenario de la temporada final de la serie era un futuro distópico muy en deuda con la novela 1984 de George Orwell (en su brillante cortinilla de entrada leíamos conceptos como “libre pensamiento”, “privacidad”, “debido proceso” y “libertad”) y da sentido a símbolos (como el sapo, el caballito de mar, la mano con seis dedos y la manzana partida a la mitad con fetos humanos en lugar se semillas que veíamos en su salida a comerciales) y situaciones de temporadas pasadas (esos parásitos que se incubaban en las personas, el misterioso “hombre-puercoespín”, o las mariposas con alas cortantes), el eje central es la redención. El intento de Walter por jugar a ser Dios (“sólo hay cabida para un Dios en este laboratorio”) y sus actos irresponsables pusieron en riesgo no sólo a sus seres amados, sino a toda nuestra civilización. Por eso el científico está dispuesto a hacer el último sacrificio, alimentado por algo tan inocente y maravilloso como los significados de un tulipán blanco.
Extrañaré a Walter, a Olivia Dunham (Anna Torv), a Peter Bishop (Joshua Jackson), a la fiel Astrid Farnsworth (Jasika Nicole), al férreo Phillip Broyles (Lance Reddick), a la misteriosa Nina Sharp (Blair Brown), al idealista Lincoln Lee (Seth Gabel), al malvado David Robert Jones (Jared Harris), al bondadoso Septiembre (Michael Cerveris) y a todo el equipo de la División Fringe. Se fueron en el momento preciso, en la plenitud de toda buena serie. Comprueba la máxima popular: “de lo bueno, poco”.

viernes, 24 de agosto de 2012

Réquiem para Tony Scott


La madrugada del lunes, justo antes de abandonarme en brazos de Morfeo, escuché un resumen informativo en la radio donde anunciaban el suicidio del cineasta británico Anthony David Scott, conocido en su medio como Tony Scott, hermano del talentosísimo Ridley y artífice de la compañía productora Scott Free. Se arrojó al medio día del domingo anterior del puente Vincent Thomas en San Pedro, California. Tenía 68 años de edad.
Una muerte de este tipo nunca deja de ser sorpresiva, trágica. Se ha dado cuenta que Scott dejó un recado ante mortem –popularmente conocido como “recado póstumo”-, del que seguramente se conocerá su contenido en algunas semanas. En el medio artístico es algo que reviste de un aura de misterio al suceso, como ocurrió en los casos del pintor holandés Vincent van Gogh, el poeta coahuilense Manuel Acuña, la escritora inglesa Virginia Woolf, el actor mexicano Pedro Armendáriz, la poetisa estadounidense Sylvia Plath, los escritores estadounidenses Ernest Hemingway, Robert Hayward Barlow –de quien hablé hace muy poco- y Hunter S. Thompson, la bella actriz checa –naturalizada mexicana- Miroslava Šternová, hasta sucesos que perviven hoy en día –en la cultura popular- como homicidios disfrazados de suicidio. Las muertes del actor George Reeves, la actriz Marilyn Monroe, y del cantautor Kurt Cobain –todos estadounidenses- son algunas de las más conocidas.
Tony Scott fue un cineasta con una filmografía variopinta, lograda en muchos casos, con altos valores estéticos. Su procedencia de la cultura del videoclip y la publicidad son palpables, desde sucesos de taquilla como Top Gun (1986), vehículos para el lucimiento de comediantes –exitosos en ese momento- como Eddie Murphy en Un detective suelto en Hollywood II (1987), Días de trueno (1990), el trepidante buddy film El último Boy Scout  (1991), el thriller romántico de La Fuga (1993), la inteligente Marea Roja (1995), la psicótica El Fanático (1996), Enemigo del Estado (1998), Juego de espías (2001), Hombre en llamas (2004), el caso real de la cazarecompensas Dominó (2005), Déjà Vu (2006), Asalto al tren 123 (2009) y su último trabajo Imparable (2010).
Pero para los interesados en los géneros que estudia este blog, su ópera prima,  El Ansia (The Hunger, 1983), le otorgó la pertenencia al gran panteón fílmico destinado a los grandes. Basada en la novela homónima de Whitley Strieber, Scott encontró los elementos que la convertirían en un objeto de culto instantáneo: un estupendo ensamble actoral –Catherine Deneuve, David Bowie y Susan Sarandon-, una atmósfera que se debate entre la oscuridad del submundo gótico y la opulencia de esos grandes espacios neoyorkinos –hábilmente retratada por Stephen Goldblatt-, una eficiente partitura de Denny Jaeger y Michel Rubini y la emblemática aparición inicial de Peter Murphy y Bauhaus cantando su clásico Bela Lugosi is dead. Su título en español es muy apropiado, según nos recuerda Mark Rein Hagen en Vampiro: La mascarada, pues describe efectivamente las urgencias de los vampiros de Scott: “La llamamos Ansia, pero el término es lamentablemente inadecuado. Los mortales conocen el hambre, incluso la inanición, pero eso no es nada. El Ansia reemplaza a casi cualquier otra necesidad, cualquier otro impulso conocido por los vivos –comida, bebida, reproducción, ambición, seguridad- y es más urgente que una combinación de todos. Más que un impulso, es una droga, a la cual nacemos con una desesperanzada adicción. Al beber sangre no sólo garantizamos nuestra sobrevivencia, sino experimentamos un placer más allá de cualquier descripción. El Ansia es un éxtasis físico, mental y espiritual que ensombrece todos los placeres de la existencia mortal. Ser un vampiro es estar atrapado por el Ansia. Tal es la paradoja de nuestra vida. Es la maldición de mis semejantes”.

Muchos suelen cuestionar al suicida por su falta de valor para enfrentar la adversidad. Yo lo hacía hasta hace poco tiempo. El manuscrito de la próxima novela de un querido amigo me hizo pensar lo contrario: esté afectado por un padecimiento físico o mental, es la última decisión lúcida de una persona que tiene el valor para poner el punto final. Es la única forma de liberarse definitivamente de las ataduras del mundo terrenal, del sufrimiento. Y como tal debemos respetarlo. Tony Scott no saltó al vacío ni se abandonó de la vida. Fue al encuentro del último secreto. Debe estar en un lugar mejor. Hasta ahí le envío mi gratitud y mejores pensamientos.     

lunes, 23 de julio de 2012

Horror en toda su magnitud


Escribo estas líneas con sentimientos encontrados. Acudimos al cine para maravillarnos.  Algunas películas están ligadas indeleblemente a los mejores momentos de nuestras vidas. Al apagarse la luz en la sala y comenzar la magia, no sólo recuperamos la infancia por un instante, también nos distraemos de la angustiante realidad. Pero las personas que asistieron con ilusión la madrugada del pasado 20 de julio al estreno de Batman. El Caballero de la Noche asciende (Christopher Nolan, 2012) a ese cine en Aurora, Colorado, experimentaron el horror en toda su magnitud. Mucho se dice que el probable responsable, James Holmes, un joven de 24 años que postulaba por un Doctorado en Neurociencias, cometió la masacre inspirado por el más popular enemigo del héroe. “Yo soy el Guasón”, alegan dijo al ser detenido. También se habla de paralelos con las correrías del personaje en el cómic, sobre todo con The Dark Knight retuns (1985) de Frank Miller. Y ello sería erróneo, pues en el relato el Guasón –supuestamente redimido por la psiquiatría moderna- asesina con su popular gas de la risa a los asistentes de un talk show nocturno. Ciertos medios no dejan de recalcar que el hecho ocurrió a sólo 35 kilómetros de la tristemente célebre Escuela Preparatoria de Columbine. Y regresado al agresor, es irónico que comparta apellido con otro paladín de la justicia.
Pero lo realmente importante: las víctimas mortales fueron hijos de alguien. Hermanos de alguien. Esposos de alguien. Padres de alguien. Eso aumenta la tragedia, porque las bajas no son las únicas víctimas. El Presidente de Estados Unidos Barak Obama, a diferencia de otros mandatarios, viajó ayer a la ciudad de Aurora para brindar apoyo los afectados. Como les dijo, “todos estamos en lágrimas”.

A la memoria de
Alex Sullivan, que celebraba su cumpleaños 27.
John Larimer, miembro de 27 años de la marina estadounidense.
Jessica Ghawi, cronista deportiva de 24 años, quien recientemente sobrevivió un tiroteo en un centro comercial de Toronto.
Micayla Medek, joven de 23 años.
Jon Blunk, un joven de 26 años que sirvió de escudo a su novia, Jansen Young.
Alex Teves, de 24 años, quien recientemente había obtenido un grado de Maestría.
Alexander "AJ" Boik, de 18 años, quien recientemente se había graduado de la preparatoria.
Gordon Cowden, de 51 años y padre de dos.
Rebecca Wingo, de 32 años.
Matt McQuinn, de 27 años, quien protegía a su novia, Samantha Yowler.
Veronica Moser-Sullivan, una niña de 6 años, cuya madre Ashley Moser se encuentra en condición crítica.
Jesse Childress, sargento de 29 años de la Fuerza Aérea Estadounidense. 

miércoles, 6 de junio de 2012

El País de Bradbury


Me enteré de su muerte física a través de mi querido Bernardo Esquinca, quien es otro de sus devotos. Tenía 91 años y se encontraba en su hogar de California, querido Ray Bradbury, seguramente rodeado por sus seres amados. Aunque este desenlace es inevitable para todos, la noticia no deja de ser impactante.No saberlo entre nosotros estrujó -estruja- mi corazón. Usted partió con incontables logros, reconocimientos y satisfacciones. La mayor es sin duda haber incendiado la imaginación y la fantasía de millones de lectores de todo el mundo.  A diferencia de Guy Montag, el suyo fue un fuego más poderoso Su ausencia es más ensordecedora que cualquier trueno.  "Para muchos estadounidenses, la noticia de la muerte de Ray Bradbury trajo inmediatamente imágenes de su trabajo grabadas en nuestra mente, con frecuencia desde una edad temprana", dijo el Presidente de su país. También reconoció que su obra "dio nueva forma a nuestra cultura y expandió nuestro mundo". Siempre podremos visitarlo en sus historias, en su País de Octubre, bajo El árbol de las Brujas. Ahora todos los días son suyos. 

lunes, 12 de septiembre de 2011

La pesadilla interminable

No tenía intención de escribir sobre el tema, pero no puedo evitarlo. Prácticamente todo el pasado fin de semana, la televisión revivió los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York. El recuerdo es imborrable. Todos podemos relatar lo que hacíamos en ese momento al enterarnos de la noticia (yo acababa de llegar a mi entonces oficina en los Servicios Periciales de Iztapalapa cuando José Gutiérrez Vivó dio la nota en el desaparecido noticiero Monitor). A lo largo de los años hemos visto cientos de veces las imágenes de los dos aviones estrellándose contra las torres del World Trade Center. Hemos visto idénticas ocasiones el espectacular incendio que causó en ellas, con docenas de personas arrojándose al vacío desde los pisos superiores para escapar de las llamas. Hemos visto los dos edificios colapsarse en medio de una gigantesca nube de polvo y escombros. Conocemos, gracias a la impresionante cobertura que los medios informativos dieron al suceso, los testimonios de cientos de testigos y víctimas. Pero el hecho no deja de ser sobrecogedor. En un momento donde las noticias terribles se han convertido en algo cotidiano en nuestra sociedad y donde la historia nos demuestra que tal vez no es la mayor tragedia que ha conocido la raza humana, los efectos en la memoria y sentir de la sociedad occidental son no tienen  precedentes. Esa es la esencia del auténtico horror. Lo que más me impresionó fueron los videos tomados por transeúntes donde los bomberos de la Ciudad de Nueva York contemplaban, con miedo e incredulidad evidentes en sus rostros, las dimensiones de la conflagración y a pesar de ello se internaron en el infierno en busca de ayudar a las víctimas. Eran –porque muchos no sobrevivieron- hombres con familias y sueños, con motivos para vivir. Mayor expresión de heroísmo, imposible.
Con orgullo, el Presidente de Estados Unidos anunció hace unos meses la muerte del responsable intelectual de la masacre, Osama Bin Laden, líder de la organización terrorista Al Qaeda que, irónicamente, gozó del apoyo de anteriores administraciones estadounidenses. Por ello se han hecho las más variadas teorías de conspiración gubernamental. No discutiré sobre su posibilidad o imposibilidad (de los Gobiernos puedo esperar todo), ni si el pueblo estadounidense merecía el atentado tras cientos de años de abusos contra otras culturas, ni compararé la magnitud del hecho respecto a otras desgracias, como la que actualmente vivimos en nuestro país. Las muertes sin sentido son abominables aquí, en cualquier época, en cualquier lugar.
Inevitablemente las bellas artes se nutrieron del suceso, sea como un tributo a las víctimas o como un homenaje póstumo a los cientos de héroes que la enfrentaron. El cine trató de capturar el episodio en cintas como Vuelo 93 (Paul Greengrass, 2006) y Las torres gemelas (Oliver Stone, 2006). Pero mucho antes de estas cintas, el complejo de edificios ocupó un lugar importante en la industria fílmica estadounidense como símbolo y representante de la más grande de sus ciudades, de la capital del Imperio. Las escaló un gigantesco y popular gorila en King Kong (John Guillermin, 1976), fueron vistas en Los Cazafantasmas (Ivan Reitman, 1984) y destruidas por invasores extraterrestres en Día de la Independencia (Roland Emmerich, 1996), las visitó el insoportable Kevin McAllister (Macauley Culkin) en Mi pobre angelito 2, perdido en Nueva York (Chris Columbus, 1992) e incluso usadas por El Hombre Araña (Sam Raimi, 2002) para tender una red que atrapara un helicóptero piloteado por asaltabancos, en un trailer que se suprimió tras los atentados.
El lugar que ocuparan las Torres, conocido como la Zona Cero, fue elegido por Guillermo del Toro y Chuck Hogan en su novela Nocturna  como guarida y nido del Amo, el malvado vampiro Jusef Sardú. Cuando su protagonista, el epidemiólogo Ephraim Goodweather, preguntó a su guía y mentor Abraham Setrakian por qué había elegido ese lugar, el anciano respondió: “Porque se sintió atraído. Los topos construyen sus madrigueras en los troncos muertos de los árboles caídos. La gangrena nace en las heridas. Sus orígenes están en la tragedia y el dolor”.
Pero el momento que mejor captura el deseo del pueblo estadounidense –que la desgracia nunca hubiera ocurrido- ocurre la escena final de la primera temporada de la teleserie Fringe. La agente Olivia Dunham (Anna Torv) discute con William Bell (Leonard Nimoy), fundador y propietario de la siniestra Massive Dynamics y éste le pregunta si tiene conciencia dónde se encuentra. La cámara se aleja y revela que ocupan una oficina en la Torre Sur del World Trade Center. Evidentemente se trata de un universo paralelo, eje central del programa. Pero no estamos en otro lugar. Aún cuando así fuera, estoy seguro que habría desgracias de otro tipo.