Mostrando entradas con la etiqueta sorpresas agradables. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta sorpresas agradables. Mostrar todas las entradas

lunes, 21 de abril de 2014

Dos veces maníaco

Regreso a ti, adorado blog–e igualmente queridos lectores- luego de casi un mes de ausencia. Y lo hago con un tema muy en deuda con mi reciente experiencia tapatía.
Son muchos los aciertos de la no suficientemente difundida reelaboración de Maniac (2012), tercer largometraje del francés Franck Khalfoun. Primeramente cuenta con un respetuoso e inteligente guión de Alexandre Aja, Grégory Levasseur y C.A. Rosenberg, que parte de la película de culto del mismo nombre, dirigida en 1980 por William Lustig y escrita y protagonizada por Joe Spinell, joya prohibida en los estantes de los videoclubes de mi niñez. Ahora el papel del asesino serial Frank Zito es heredado por Elijah Wood, cuya cara de niño bueno es diametralmente opuesta a la de su antecesor Spinell. Esa es una cualidad que los realizadores aprovecharon muy bien, tal como lo anticipó Alfred Hitchcock al elegir a Anthony Perkins para interpretar al desquiciado Norman Bates en 1960 –ya saben en dónde-. El monstruo más terrible es el que se parece a nosotros, el que vive en la puerta de al lado, el que no da motivos para desconfiar de sus intenciones. Al menos así sucedió a muchas de las víctimas de Ted Bundy o Jeffrey Dahmer, con nefastos resultados. Pero las de ellos son otras historias de horror que he tratado en otros espacios.
Bajo su máscara de sanidad, Zito esconde un pasado perturbador revelado a través de los ojos del homicida: la cinta –casi en su totalidad- se nos presenta en cámara subjetiva. La propositiva puesta en escena permite que los espectadores calcen los zapatos del criminal. Sólo vemos a Elijah cuando camina frente a ventanales, en espejos retrovisores u otras superficies reflejantes, lo cual es un alarde de técnica narrativa del cinefotógrafo Maxime Alexandre, cuyo estilo apreciamos desde su cartel promocional. Luego está la lóbrega partitura del músico francés Robin Coudert, quien firma sus obras simplemente como Rob. Todo adereza a la perfección secuencias sanguinolentas, que no escatiman en mostrar a nuestro “héroe” ejerciendo su oficio: rebanar gargantas y escalpar a inocentes damiselas.

Pero lo mejor, insisto, es Wood, con su aspecto casi frágil, inocente y bondadoso que acotó desde muy temprana edad en su debut fílmico e ineludiblemente relacionamos con su Frodo Bolzón en la trilogía El Señor de los Anillos (Peter Jackson, 2001-2003) pese a que ya lo vimos como el sádico Kevin en La ciudad del pecado (Robert Rodríguez y Frank Miller, 2005). Ya desde ahí demostró que podía dar miedo. 

viernes, 14 de marzo de 2014

Renuencia a los remakes, capítulo 2, o el extraño caso del nuevo RoboCop

Han pasado cuatro semanas desde su estreno comercial, así que la distancia me permite hablar de ella con más libertad. Hay que vencer los prejuicios para disfrutar la reelaboración de RoboCop (José Padilha, 2014). Expresé previamente mis preocupaciones, pero afortunadamente el resultado rebasó mis expectativas. Me encontré ante un remake que disfruté enormemente y se ajusta a lo que comenté ayer. Sobre todo respeta elementos que distinguieron a su versión original, dirigida por el holandés Paul Verhoeven en 1987. Hice en su momento una verdadera súplica a los Reyes Magos: “lo que más deseo es que el espíritu crítico de su primera versión prevalezca: la violencia que sobrepasa las capacidades gubernamentales para enfrentarla, la privatización de las instituciones policíacas, la codicia empresarial, los límites de los avances científicos, el poder de los medios de comunicación, la cosificación del individuo, la pérdida de la identidad y, sobre todo, el triunfo de la condición humana”.
En el año 2028, la Policía del Mundo (el gobierno de Estados Unidos) impone la paz con ayuda de la poco escrupulosa OmniCorp, una transnacional que provee a su ejército de la más impresionante tecnología armamentística (incluido el monstruoso y brutal ED-209). No puede hacer esto en su propia casa pese al apoyo de políticos y del incendiario Patrick Novak (Samuel L. Jackson), conductor de un popular programa de “serio periodismo de investigación”. El propietario del conglomerado Raymond Sellars (Michael Keaton), una suerte de Steve Jobs, identifica la tecnofobia de la opinión pública de su país y decide colocar a un humano dentro de sus máquinas. Entra en escena Alex Murphy (Joel Kinnaman), amoroso esposo y padre de familia quien ostenta ahora un grado de Detective y presta sus servicios en el muy corrupto Departamento de Policía de Detroit. Tras un atentado casi fatal, con ayuda del genio Dr. Dennett Norton (Gary Oldman) e instigado por Sellars, ingresa a un programa que cambiará su vida –o no vida- y lo convertirá en un instrumento supremo de justicia. Uno “pintado de negro”, como resuelve su creador.
Todo está ahí, insisto. Incluso el ruido se los servomotores del héroe y el retumbar del piso cuando camina (a pesar de su diseño aerodinámico). El guión de Joshua Zetumer se permite realizar adiciones notables, como la que tiene que ver con la tecnología de las prótesis ortopédicas en la era del corredor con piernas de titanio –y presunto homicida- Oscar Pistorius. O qué decir del poco amable estratega de combate Rick Mattox (Jackie Earle Haley), entrenador y enemigo de nuestro héroe mecánico. Y ese remate con “I fought the law and the law won”, la pegajosa canción del grupo de punk británico The Clash. En lo personal adoré la puesta en escena, con una muy buena fotografía del brasileño Lula Carvalho, que por momentos se acerca al documental, y los deslumbrantes efectos visuales de Legacy Effects, que dan una nueva dimensión a la tragedia de Murphy.

Al final, lo más importante para sus distribuidores la Metro-Goldwyn-Mayer y Columbia Pictures: trae con vigor a una redituable creación a un nuevo público y abre las puertas al renacimiento de una franquicia. Y no podemos culparlos. El cine de nuestros días es una forma de entretenimiento –a veces de arte-, pero sobre todo un negocio millonario. Esto hace evidente que los nuevos días de RoboCop apenas comienzan.

domingo, 2 de febrero de 2014

Frankenstein, héroe de acción

Pensaba derramar melcocha sanguinolenta las siguientes semanas, pero hago una pausa apremiante. Ahora que lo pienso, nunca he escrito en este blog –a plenitud- sobre Frankenstein, la novela indispensable que escribió en 1816 una jovencita inglesa de 17 años llamada Mary Wollstonecraft Godwin, conocida tras sus nupcias como Mary Shelley. He analizado a detalle el tema en otros espacios, como uno muy reciente en la Universidad Nacional. Dudo mucho que ella imaginara las dimensiones que su creación alcanzaría, un relato imperecedero con lecturas inagotables. “Es más una novela filosófica que fantacientífica”, piensa el comunicólogo español Román Gubern. Isaac Asimov, el admirado autor de Yo, robot, está de acuerdo con él y añade que “lo importante es que se trata del primer cuento en el que la vida se crea sin intervención divina, únicamente por medios materiales”. Vicente Quirarte asegura que “en tiempos de estudios de género, clonación e ingeniería genética, la novela de Mary Shelley dista de ser una ficción para el consumo efímero”. Esto es muy cierto. Desde su publicación en los primeros días de 1818, Frankenstein nunca ha estado fuera de circulación y se ha traducido a prácticamente todos los idiomas. Más allá, ha sido adaptada a todos los medios creados por el hombre: teatro, cine, historieta, series de televisión, Internet y videojuegos.
Precisamente la más reciente que nos ha entregado el séptimo arte es Yo, Frankenstein (2014), segundo largometraje del australiano Stuart Beattie, quien además es responsable del guión (también escribió los de Piratas del Caribe: la Maldición del Perla Negra, Colateral, 30 días de noche y G. I. Joe: el origen de Cobra). Se basa en la novela gráfica homónima de Kevin Grevioux. El caso de éste último es curioso. Es más recordado por interpretar a Raze, el enorme y fiero Lycan –el incondicional de Lucian- en Inframundo (Len Wiseman, 2003) e Inframundo: La rebelión de los Lycan (Patrick Tatopoulos, 2009) y es responsable de la idea original propició la saga. Desconocía su vasto currículum académico, su gran labor en el mundo de los cómics y que realizó el primer libreto del filme del que hoy hablo.
La película no pretende explorar –ni alcanzar- la profundidad ética, científica y moral de la obra que la inspira. Es un entretenimiento simple y llano, un espectáculo visual lleno de piruetas y combates que captura al espectador desde el inicio. Tras una versión muy libre del desenlace de la historia que conocemos, la Criatura (Aaron Eckhart) entierra el cadáver de su irresponsable padre (Aden Young), cuando un par de demonios pretenden capturarlo por órdenes de su superior. Acuden a su rescate Ophir (Caitlin Stasey) y Keziah (Mahesh Jadu), dos guerreros de la bondadosa y milenaria Orden de las Gárgolas, y lo llevan a una enorme Catedral –en una ciudad sin nombre- ante su Reina Leonore (Miranda Otto), quien prefiere llamarlo Adam, como el primer hombre según la creencia más difundida. Doscientos años después, los demonios reactivan sus planes. El malvadísimo Príncipe Naberius (Bill Nighy) y su malencarado guarura Dekar (el propio Grevioux), a través de su infame empresa y la inocente científica Terra (Yvonne Strahovski) pretenden duplicar los descubrimientos de Víctor Frankenstein, plasmados en un diario que no deja de recordarme el que Mel Brooks nos mostró en 1974 en El joven Frankenstein: “Cómo lo hice. Por Víctor Frankenstein”.
La combinación de gárgolas, demonios y ciencia parece difícil de asimilar. Pero como dije, la cinta no admite academicismos. Tampoco omite homenajes (“¡Está vivo! ¡Está vivo!”) e imágenes que remiten inmediatamente a las cintas de Inframundo, en una urbe donde estruendosas batallas pasan completamente desapercibidas. Y además, Beattie busca la excusa para mostrar el musculoso torso desnudo del protagonista, que incluso le valió la portada de la revista especializada Muscle and Fitness eso sí, lleno de cicatrices. Y finaliza con el obligado discurso heroico en la azotea de un edificio, con la Criatura asumiendo su nueva cruzada y el nombre por el que la conocemos y que, con justicia, le pertenece.

Dicho esto, considerando sus antecedentes, no me parece difícil que Frankenstein cruce su camino con el de la vampira Selene (Kate Beckinsale) de Inframundo. Si esto ocurre, la idea vino de aquí y merezco regalías por ello.

viernes, 13 de diciembre de 2013

Un depredador de Alaska

Si aún existiera Testigos del Crimen, el podcast que conduje durante 5 años con mi querida Guadalupe Gutiérrez, este hubiera sido uno de sus temas. De hecho es uno de nuestros grandes pendientes. Y si existe el lugar que las religiones llaman infierno, Robert Cristian Hansen tiene sin duda un lugar reservado en él. Mientras leen estas líneas, él purga una condena de 461 años en la Correccional de Spring Creek, en Seward, Alaska. Tiene 74 años de edad y goza de un techo y tres comidas diarias por cortesía de los contribuyentes y el Sistema Penitenciario de Estados Unidos. Se encuentra ahí por violar y asesinar cruelmente a un número no determinado de mujeres –se calculan entre 17 y 21, aunque muchos creen que el número es mayor- entre 1971 y 1983. Y en verdad, la sentencia me parece poca.
Sus actividades homicidas quedaron expuestas el 13 de junio de 1983, cuando la joven prostituta Cindy Paulson logró escapar de sus garras. A esto siguió un caso que pone en manifiesto la difícil –trágica- vida de muchas trabajadoras sexuales de Anchorage, Alaska, el trato discriminatorio que reciben cuando denuncian un delito cometido en su contra, las limitaciones del sistema legal y el mejor espíritu de los buenos representantes de la Ley.
La carrera de Hansen ha sido tratada en varios documentales televisivos –de Discovery channel esencialmente-, en series –recuerdo un episodio de La Ley y el Orden: Unidad de Víctimas Especiales-, inspiró en 2007 la película Naked fear –con Joe Mantegna- y la cinta que propicia estas líneas.
Bajo cero (The frozen ground, 2013), escrita y dirigida por el neozelandés Scott Walker, es un muy competente relato policial que se estrenó muy tarde en nuestro país –en Estados Unidos se hizo en agosto- y seguramente quedará sepultado este fin de semana en la cartelera por el estreno de la secuela de El Hobbit. Es una persecución entre el investigador Jack Halcombe que encarna Nicholas Cage –el personaje está modelado a partir de Glenn Flothe, el sabueso de la vida real- y Hansen, interpretado por John Cusack. La desgraciada Paulson es encarnada por la cantante Vanessa Hudgens, egresada de High School Musical y que aparece en Machete kills (Robert Rodríguez, 2013), con un buen resultado.
La cinta no prescinde de lugares comunes, familiares para nosotros por la televisión –los personajes con un pasado tortuoso, el jefe que en principio no apoya al protagonista, la angustiante búsqueda de evidencia y el dramático interrogatorio-, pero el conjunto es satisfactorio sin duda. “Esto es lo que eres y lo que haces”, reconoce su esposa (Radha Mitchell) a nuestro héroe. “El sistema no es perfecto, pero no dejarás de luchar por hacerlo un poco mejor”.

Y uno de los aciertos de Walker es dedicar su primer trabajo a las víctimas de Hansen, las conocidas y las desconocidas. Antes que corran los créditos finales, el director nos muestra las fotos de las que se sospecha fueron asesinadas por el monstruo, con las estremecedoras leyendas cuerpo localizado y cuerpo sin localizar. Sobrecogedor.

miércoles, 14 de agosto de 2013

Lucha de gigantes

Ahora que lo pienso, es curioso: pese a que en incontables ocasiones –y en todos los espacios a los que tengo alcance- he manifestado mi admiración hacia él, nunca había escrito sobre un largometraje concreto de Guillermo del Toro. Esta fascinación es patente si escuchan el episodio especial que CinemaNet le dedicó la semana anterior. El tapatío es un ejemplo de congruencia y compromiso hacia un género poco respetado en el panorama fílmico mundial. Sus obras lo dignifican y legitiman. Su producción, impecable y perfecta, le han valido incontables seguidores en todo el planeta. Es uno de los pocos cineastas vivos que se mueven cómodamente entre el llamado cine de autor y el cine comercial. Guillermo del Toro es, en esencia y como los fenómenos de Tod Browning, “uno de nosotros”, un niño terrible que está convencido fervientemente, como la médium que encarnó Geraldine Chaplin en El Orfanato (Juan Antonio Bayona, 2007), que “no se trata de ver para creer, sino de creer para ver”.
Su octavo largometraje, Titanes del pacífico (Pacific Rim, 2013), es una cinta colosal como sus protagonistas. El director demuestra satisfactoriamente su capacidad y buen oficio para lidiar con el peso de una producción de su tamaño. De nuevo es un tributo a las obsesiones de su primera educación sentimental, en este caso a las series y películas japonesas de monstruos –orgánicos y mecánicos- gigantes. El guión que fraguó con Travis Beecham –el segundo que no es enteramente suyo- nos lo advierte desde el primer momento. Kaiju es la expresión nipona que designa a una criatura extraña, generalmente humanoide, de grandes proporciones y enorme potencial destructivo. Estos seres fueron ampliamente explotados por los estudios cinematográficos Toho. El ejemplo más famoso lo representa, sin duda alguna, Gojira. Mejor conocido como Godzilla, el monstruoso lagarto verde se popularizó gracias al director Ishirō Honda en 1954 y abrió las puertas a un sinfín de creaciones similares, desde la polilla gigante Mothra, el pterodáctilo Rodan, la tortuga colosal Gamera, el dragón volador de tres cabezas Ghidorah o Mechagodzilla, cuyo nombre lo define a la perfección. Por otra parte están los mangas y series animadas –animes-  sobre robots gigantes –bautizados aquí Jaegers (cazadores)-, la última línea de defensa de la humanidad contra los primeros y que tienen en Mazinger Z uno de sus campeones indiscutibles. El cartel de la película resume bien su espíritu. “Para combatir monstruos, creaos monstruos”.
Lo que sigue es un relato –el más largo que nos ha entregado- donde se reúnen nuevamente algunas de las constantes del cineasta (la pérdida de la figura paterna, sus mecanismos –gigantes esta vez-, los insectos “atrapados en ámbar”) y actores indispensables –fetiches como los califica “El Gordo”- en su filmografía: el español Santiago Segura –a quien hemos visto en Blade 2 (2002), Hellboy (2004) y Hellboy 2, el Ejército Dorado (2008)- y Ron Perlman, quien además de aparecer en las cintas anteriores colabora con Del Toro desde su ópera prima La invención de Cronos (1993). Aquí encarna a Hannibal Chau (“tomé el nombre de mi personaje histórico favorito y mi apellido de mi segundo restaurante Szechuan preferido de Brooklyn”), un tratante en el mercado negro de órganos de Kaijus, un sujeto pintoresco y poco escrupuloso que aparentemente es despachado con rapidez (“¿Dónde rayos está mi bota?”).
La trama no pretende ninguna profundidad. En el no tan distante año 2020, del fondo de océano (“estamos más acostumbrados a mirar al espacio”) surgen monstruos de otra dimensión –herederos de los dinosaurios y muy en deuda con la imaginería lovecraftiana que tanto ama el director- que amenazan con diezmar a la humanidad. Los gobiernos del orbe crean una coalición para enfrentarlos (el Programa Jaeger) en forma de costosísimos gigantes mecánicos operados por dúos de pilotos (“como los dos hemisferios del cerebro humano”) y un equipo semejante al del programa espacial de la NASA o del Instituto de Investigaciones Fotónicas. Dramas provenientes de pérdidas y recuerdos terribles son el motor de una historia trepidante de principio a fin donde el principal atractivo son los monumentales combates. Nos coloca en medio de esta situación tan aparentemente remota. Mi querido Raúl Camarena dijo en redes sociales, emocionado, “ver la película en 3D es lo más cercano a estar en medio de una pelea de este tipo”.

Indiscutiblemente la experiencia se disfruta mejor si estás en la sintonía del admirador de la otredad y que, como ustedes y yo, creemos en el universo de Del Toro, un hombre que conserva el potencial de sorprendernos. Así será como lo demuestra su saturada agenda en los próximos 10 años con proyectos de cine, animación e historieta. El próximo 2014 –el 9 de octubre- cumplirá su primer medio siglo de vida, ocasión que sin duda celebraremos ampliamente. Esto aunque su trascendencia está ya asegurada.

miércoles, 26 de junio de 2013

Crónicas del hombre de acero, segunda parte

La historia es por todos conocida, pero un reinicio exige visitarla de nuevo. En el lejano planeta Kripton, el científico Jor-El (Russell Crowe) y su esposa Lara Lor-Van (Ayelet Zurer) al borde de la destrucción de su mundo, envían a su pequeño hijo Kal-El a la salvación. Ella tiene enormes reservas y anticipa lo obvio. “Será un marginado”. Él la corrige. “Lo considerarán un Dios”. El huérfano llega a la Tierra, a una pacífica comunidad rural (no recuerdo haber visto la palabra Smallville) del estado estadounidense de Kansas. El niño crece y descubre paulatinamente que es diferente al resto de sus compañeros. Sufre lo que hoy conocemos como bullying, pero aún así muestra señales tempranas del heroismo que le caracterizará. Al crecer, su padre adoptivo Jonathan Kent (Kevin Costner) le revela su origen y trata por todos los medios de advertirle de los riesgos de exponer sus poderes al mundo, mientras su madre Martha (Diane Lane) le inculca los mejores valores posibles. Aquí está el primer atractivo de El hombre de acero (Zack Snyder, 2013). El guión de David S. Goyer, urdido en contubernio con Christopher Nolan, incluye un deslumbrante prólogo en el mundo nativo del héroe pero presenta su formación terrestre en breves flashbacks, que de inmediato evoca lo que la dupla hizo en la reciente trilogía de Batman. Fue esto, junto con su impresionante éxito de crítica y taquilla, lo que abrió las puertas al proyecto. Ambos se propusieron el reto de aplicar este mismo enfoque a un personaje difícil de traer a nuestra realidad, sobre todo por el tono optimista y cándido que tenían sus aventuras originales. Y el resultado me dejó sorprendentemente satisfecho.
Al cumplir 33 años, como Jesucristo, Kal-El, quien recibió el nombre terreno de Clark Kent (Henry Cavill), viaja alrededor del mundo en busca de respuestas y en el proceso se da el tiempo para realizar hazañas extraordinarias. Llega al ártico, donde descubre una estación aislada enviada por su civilización. Ahí una proyección de su padre muerto le narra los últimos días de su raza y le advierte del malvado General Zod (Michael Shannon), un psicótico genocida aprisionado con sus seguidores -justo antes del Apocalipsis- en la dimensión estéril conocida como La Zona Fantasma. También conoce a la intrépida Lois Lane (Amy Adams), reportera del diario El Planeta, quien acompaña al comando militar que hizo el descubrimiento. Y de paso su padre le ofrece su icónico disfraz, un poco más oscuro de lo que conocemos y, como escuché decir a alguien, “con los calzones por dentro”. Pero no todo es miel sobre hojuelas. Zod escapa de su destierro y rastrea a su paisano hasta nuestro planeta con la intención de obtener información para reconstruir su mundo, literalmente, encima del nuestro.
Sigue un abrumador espectáculo de destrucción –que calculé duró más de 40 minutos y creo empata a lo que vimos en Los Vengadores (Joss Whedon, 2012)-, que comienza en el pueblo del héroe y se traslada a la gran ciudad de Metrópolis (símil de Nueva York), donde el jefe de Lois, Perry White (Laurece Fishbourne) y el resto de los ciudadanos emprenden el difícil reto de sobrevivir. Juntos, el héroe, la heroína y el País que le teme en un principio, emprenden una arriesgada ofensiva para derrotar al tirano. “Este hombre no es nuestro enemigo”, ordena a sus hombres el Coronel Hardy (Christopher Meloni). Al final, y eso es lo que muchos aficionados objetan, el héroe se ve obligado a hacer lo inimaginable.

Los huecos que tiene la historia pasan desapercibidos ante una producción impresionante, un sólido e inspirado ensamble actoral, una estupenda fotografía de Amir Mokri, una briosa partitura de Hans Zimmer y sobre todo una dirección precisa de Snyder, director que ganó mi simpatía por su buen desempeño en El amanecer de los muertos (2004), 300 (2007) y la estupenda Watchmen (2009). Visualmente deslumbrante, su trabajo me hizo respetar por vez primera a un personaje que nunca capturó mi atención. Bautizado por los medios de comunicación, su Supermán lucha con la reputación que arrastra desde tiempos de Christopher Reeve, aunque no deja de rendirle cierto homenaje (como vemos a un lado). Ahora no hay cabida para el buen humor. El único chiste lo dice al final una militar.
El Supermán de Snyder es dos veces huérfano. Para muchos esto parecerá cursi y contravendrá su naturaleza divina, pero es su parte humana la que puede generar interés. Origen más noble no puede tener: es hijo de un campesino. De ahí provienen sus valores. Cuando la milicia le externa preocupación por el riesgo potencial que representa, responde “por favor, General, crecí en Kansas”. Y su Némesis trata de señalar esto como una debilidad, “yo me crié como un guerrero, me entrené toda la vida para educar mis sentidos, tú lo hiciste en una granja”. También vindica a la figura femenina. Lois Lane no es ya una damisela en desgracia, es parte integral de la resolución del conflicto y conoce desde el primer momento su identidad secreta. En el desenlace ocurre lo obvio. Clark, sin ninguna formación periodística previa, se une a las filas de El Planeta. Pero lo sustancial está en sus orígenes, en la imagen inocente de un niño que ata una sábana en su cuello a manera de capa y corre al lado de su perro, mientras sus padres sonrientes lo observan.

El guión huye de lo esperado, como ocurrió al final de Batman inicia (Nolan, 2005) y Sherlock Holmes (Guy Ritchie, 2009): insinuar quién será el villano de la siguiente cinta. Pero eso es algo obvio para todos los conocedores del cómic. Se ha rumorado que la primera elección de Snyder para encarnar al malvado Lex Luthor es el actor Mark Strong, quien personificara al terrible Lord Blackwood en la ya mencionada aventura holmesiana. Si esto ocurre será otro motivo para esperarla con ansiedad, como se ha anunciado, en el 2014. Eso me parece apresurado, como ya dije, junto con la intención de una aventura que pretende reunir al popular ensamble de héroes de DC Comics, la Liga de la Justicia. Creo que una empresa de este tamaño, si tratan de emular los resultados de su rival Marvel Comics, requiere más tiempo. Al menos de otra buena película sobre una parte sustantiva del grupo, la Mujer Maravilla. El realismo planteado por el propio Nolan en su serie de Batman me hacía pesar que el suyo y los mundos fantásticos eran irreconciliables. Hoy ese matrimonio parece posible. Después de ver el resultado, hay una luz de esperanza. Dicen que eso es lo que muere al último. ¿Después de todo, no es ese el significado del símbolo –que siempre creí era una letra S- que lleva en su pecho?

martes, 25 de junio de 2013

Crónicas del hombre de acero, primera parte

Antes de comenzar quiero dejar algo muy claro: nunca he sido un gran aficionado de Supermán. Quienes medianamente han seguido mi trayectoria saben que lo mío –lo mío- es Batman. Y el murciélago, uno de los héroes más interesantes por su humanidad y trágico pasado, nunca ha ocultado su desprecio por él, por más que se haya ganado su respeto y formen parte de una agrupación. Le dice “el boy scout”. Para mi la creación de Joe Shuster y Jerry Siegel fue concebida como un símbolo de Estados Unidos, defensor estricto del american way of life, que a pesar de proceder de otro planeta llevaba en su uniforme los colores del imperio. “Dios existe, y es estadounidense”, decía Alan Moore sobre su versión del personaje –el Dr. Manhattan- que hoy ocupa mi atención. El asesino Bill (David Carradine), en el díptico dirigido por Quentin Tarantino, resume bien su naturaleza: “Supermán no necesita una máscara. Clark Kent es su verdadero disfraz, con su actitud tímida, su traje de tres piezas y sus anteojos. Su verdadera identidad es la del héroe. Incluso su capa es la manta que lo arropó en su viaje a la tierra”. “¡Demonios! ¡Ninguno de los que le rodean se da cuenta! ¿Están todos ciegos?”, pensaba todo el tiempo desde mi niñez. Sus aventuras, divertidas, ingenuas y optimistas, estaban siempre marcadas por un sesgo tajante entre el “bien” y el “mal”, sin cabida para los grises tan normales de la vida real. De la misma manera que sus precursores clásicos, Supermán surgió del matrimonio del cielo y la tierra. Como el Mesías de cualquier religión, Supermán tiene un padre terrenal (el Sr. Kent, de Smallville) y uno celestial (Jor-El, de Kriptón). El dios Loki (Tom Hiddlestone) resume bien su posición. “Yo no tengo conflictos con ustedes, como una hormiga no tiene conflictos con una bota”. Curiosamente es su omnipotencia la que lo aleja del resto de los mortales. Ahí la necesidad de una kriptonita que lo haga vulnerable. Pero por sobre todas las cosas estaban su buen humor, bondad y buena voluntad para con sus protegidos. Detenía por igual a asaltabancos, terroristas, catástrofes naturales, amenazas extraterrestres y se daba tiempo para rescatar gatitos atrapados en lo alto de un árbol. Al final eso y su naturaleza imperialista me hicieron repelerlo. En retrospectiva, veo que ese es un juicio severo. Como otros héroes de su era defendió valores tan necesarios para las personas durante tiempos oscuros –la Segunda Guerra Mundial- y sirvió de vehículo propagandístico e ideologizante como el Capitán América. Y él no me caía –no me cae- tan mal. Sus inevitables saltos a otras expresiones artísticas hicieron eco de esto, desde los populares seriales radiofónicos, los cortometrajes que estelarizó, las caricaturas de los estudios Fleischer, su paso a la televisión –con el trágico George Reeves-, al cine y los videojuegos. Todos son temas de la discusión más amplia. Vean por ejemplo a la exitosa película –y sus inevitables continuaciones- protagonizada por Christopher Reeve, a la que más se liga al personaje. Su tono ligero –cómico en más de una ocasión- no da cabida a la seriedad. La gente piensa que así debe ser el héroe. Ese fue el principal error que cometió el cineasta Bryan Singer en Supermán regresa (2006): repetir estilísticamente –incluido su colorido disfraz y la partitura de John Williams- lo iniciado por Richard Donner en 1978. No puede llevarse a otros medios, al pie de la letra, lo propuesto en las páginas del cómic. Un buen planteamiento, como nos enseñó el propio Singer en Hombres X y Christopher Nolan en su reinvención de Batman –al menos e sus dos primeras películas-, exige llevar sus aventuras convincentemente a la realidad, trasladar su universo al nuestro. Esa tendencia es criticada por muchos, porque humaniza a titanes. Aunque admiramos sus proezas, creo que es el lado humano lo que los acerca a nosotros. La tendencia parece hacerlos más oscuros, agregar un poco de tintura negra a sus ropas y esencia. Eso fue lo que me hizo respetar al huérfano de Kriptón por primera vez. Su posición y méritos son incuestionables. Permitió la prosperidad y evolución del noveno arte y nos marcó culturalmente. Si él no existiría Batman o el Hombre Araña. En el mes de junio que transcurre cumple sus primeros 75 años de vida, porque estoy seguro nos sucederá a todos. Que el estudio que detenta sus derechos fílmicos y se ha beneficiado de él por varias décadas, Warner Brothers, haya decidido relanzarlo para celebrar la ocasión, con tal vigor y calidad, me pareció apropiado y justo. Esa es la forma en que los mitos cobran nueva vida y aseguran su vigencia. Pero sobre eso platicaré en breve.  

jueves, 11 de abril de 2013

Cuando el Diablo nos alcance (2)


Los remakes me provocan sentimientos encontrados, y la mayor parte de ellos los he discutido en este espacio. “Cada generación tiene el derecho a reinventar a sus clásicos”, digo con frecuencia. Pero el que se aventure a intentarlo debe ofrecer un resultado propositivo que se acerque al valor emotivo de la película que lo inspira. Cuando me reencuentro con Volver al futuro (Robert Zemeckis, 1985) deseo siempre que nunca se atrevan a hacer una nueva versión. No al menos como se rumoró en un momento, con la pop star Zack Efron como Marty McFly, papel con el que sólo puedo asociar al entrañable Michael J. Fox. Son infames, aborrecibles, cuando son irrespetuosos del material del cual proceden, son producidos por falta de creatividad o vil voracidad mercantilista. En algunos pocos casos –dignos de reconocimiento- el resultado, si bien no se equipara a la cinta original, no es decepcionante. Llega a ser incluso muy disfrutable.
Así me sucedió con Posesión infernal (2013), reelaboración de la película de culto Evil dead (1981), producida por el trinomio responsable de la primera versión: Sam Raimi (director y guionista), Bruce Campbell (protagonista) y Robert G. Tapert (productor). Ese puro hecho es prometedor. La dirigió y co escribió el uruguayo Fede Álvarez –junto con Rodo Sayagues- con la ayuda –sin crédito- de la galardonada guionista Diablo Cody. Las referencias son oportunas en este momento. Álvarez fue aplaudido por su cortometraje Ataque de pánico (2009); Cody ostenta como mejor tarjeta de presentación su trabajo en Juno (Jason Reitman, 2009). El director ha declarado que no debe considerarse necesariamente un remake, pues él la visualiza como otra historia dentro del universo creado por Raimi.
La opiómana Mia (Jane Levy) es llevada a una apartada cabaña en el bosque por su hermano David (Shiloh Fernandez) y sus amigos Eric (Lou Taylor Pucci) y la enfermera Olivia (Jessica Lucas) para ayudarla en su desintoxicación. Los acompaña Natalie (Elizabeth Blackmore), novia de David, y Abuelo, el perro de la familia.  Los sentidos de Mia, aguzados por la abstinencia, los llevan a detectar gatos muertos colgados en el sótano. Ahí encuentran también un envoltorio inquietante, asegurado con alambre de púas, que contiene el Naturom Demonto, libro maldito del que ya he hablado –convenientemente, seguro que por cuestiones de derechos, ha dejado de llamársele Necronioomicón-. Cuando Eric lee pasajes en voz alta, se desata el horror. 
Sigue un festín sanguinolento, más aún que la cinta de 1981, donde se deja ver la buena mano de Álvarez, una fotografía lóbrega de Aaron Morton, una correcta puesta en escena de Robert Gillies y una poderosa partitura de Roque Baños. Todo rinde tributo al estilo visual de Raimi, desde la cámara que viaja por el bosque a sus acercamientos frenéticos. El director ofrece una buena dosis de golpes, puñaladas, clavos y desmembramientos que dejarán satisfechos al diletante más exigente del cine gore. Dejemos a un lado las preguntas racionales. ¿Sería capaz una persona, luego de ser golpeada, apuñalada, atacada por una pistola que dispara clavos y que ha perdido mucha sangre, de ponerse de pie para defender a su amigo? El buen slasher –el horror en general- exige nuestra complicidad para pasar por alto esos detalles.
Hay también espacio para guiños al conocedor, como el protagonista con talento pictórico, el reloj de pie, la escena de la violación que comete el bosque, la aparición del Delta 88 Oldsmobile modelo 1973 de Ash (Campbell), automóvil de la juventud de Raimi y constante en todas sus películas –podemos verlo en Darkman (1990) o lo conduce el tío Ben (Cliff Robertson) en El hombre araña (2002), por sólo citar dos casos-, la clásica motosierra –y su hermana menor, un cuchillo eléctrico- o frases memorables, como el “vamos a atraparte” –que aparece sólo en los avances- o “puedo oler tu alma asquerosa”. Hay pequeños grandes premios para el que resista los créditos finales, como la grabación del Profesor Knowby (Bob Dorian) de la película de 1981 o la breve presencia de Bruce Campbell, exclamando su ya clásica línea “Groovy”.
Aunque Raimi ya ha confirmado una cuarta entrega de la serie, una secuela de El ejército de las tinieblas (1992), no se ha descartado que los caminos de Ash y Mia se unan. Eso sería deseable.
Y finalizo con mi dilema inicial. Abrazaré la posibilidad de un remake de Volver al futuro siempre y cuando trate con dignidad a su original y sea capaz de maravillarme como sigue haciendo hasta ahora. Ese es un reto mayor pues, como la original Evil dead, su estatura es inalcanzable.

jueves, 21 de marzo de 2013

El complemento ideal


Los primeros días de este año hablé de la grata sorpresa que me causó Batman: el regreso del Caballero Nocturno, parte 1 (Jay Oliva, 2012), película animada –lanzada directamente al video- basada en la emblemática novela gráfica que Frank Miller nos ofreció –por entregas- en 1986. Casi inmediatamente pregunté a sus distribuidores –por la magia del Twitter- cuándo estaría a la venta su segunda parte y conclusión. Me respondieron que en el mes de marzo. Sin esperarlo, el otro día que visité mi videoclub de confianza –Blockbuster domina el mercado, así que no me molestaré en ocultar su nombre- la vi, reluciente, en el mostrador. La idea de dividir el relato en dos partes, comercial a primera vista, tiene mucho sentido en aras de respetar todos los acontecimientos que describe.
Batman: el regreso del Caballero Nocturno, parte 2 (Jay Oliva, 2013) es estupenda, una digna conclusión que supera a su predecesora. No sólo es más fiel al estilo de su fuente original, sino que hace añadidos mínimos que refuerzan la acción, como el Guasón y esa taza de café previa a la matanza en el talk-show nocturno, la persecución en el parque de diversiones y, sobre todo, el combate climático entre dos colosos, opuestos perfectos si consideramos que uno es hijo del sol y el otro de la noche. Casi todos conocen la novela, así que no corro el riesgo de estropeársela a muchos. Cuando el aparentemente retirado Batman regresa a la actividad, el Gobierno de los Estados Unidos y su presidente que se parece mucho a Ronald Reagan piden a su servidor más poderoso que “lo vuelva a meter al redil”. El que Superman se haya vuelto un vasallo del Imperio no es difícil de digerir. De hecho lo ha sido en muchas formas desde su creación en 1938. El duelo, magnificado, me emocionó tanto como la primera vez que lo atestigüé. Los pensamientos del héroe, plasmados en didascalias en su fuente primaria, se convierten en diálogos muy afortunados. Y aunque reproduje en mi entrada anterior el mejor, lo repito porque es mi favorito: “Quiero que recuerdes, en los años por venir, en tus momentos más íntimos, mi mano en tu garganta. Quiero que recuerdes al único hombre que te derrotó”.
Acabo de enterarme que en unos días la exhibidora Cinemex, de forma limitada, proyectará el díptico para deleite de los fans de Batman, que somos muchos. Será un éxito. Lo comprueban sus localidades agotadas. No pierdo la esperanza de que, en un futuro, Warner Bros. tome la decisión de hacerla en live action. 

miércoles, 23 de enero de 2013

Porque recordar es volver a vivir (grandes pendientes del 2012 parte 2)


A principios de los noventas conocí, gracias a mi querido amigo y mentor Ricardo Bernal, una obra más de Phillip Kindred Dick, el popular autor de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968), la maravillosa novela que inspiró Blade Runner (Ridley Scott, 1982). Ricardo no sólo es una de las personas que más sabe de ciencia ficción que conozco –y de otros temas relacionados con el horror y la fantasía-, sino uno de los mayores conocedores de la obra del escritor norteamericano. También incluyó el relato en una maravillosa antología titulada Cuentos de ciencia ficción (Alfaguara, 1997). Sobre él escribió en su prólogo: “Por último, y para cerrar con broche de oro, Lo recordaremos por usted perfectamente de Phillip K. Dick, quien a partir de su muerte en 1982 se ha convertido en un autor de culto, a tal grado, que algunos críticos lo han llegado a considerar como el mejor escritor norteamericano del siglo XX. El insólito argumento de este cuento sirvió de base para el guión de la película El vengador del futuro (Total recall), aunque claro, el original supera con creces a la película”. Y es cierto. El relato es estupendo, contundente, en mi humilde opinión uno de los mejores de Dick. En la narración, en un futuro no distante en la ciudad de Chicago, el apocado empleado de migración Douglas Quail acariciaba el deseo de visitar Marte, planeta con el que soñaba constantemente. Al no tener los recursos para materializar el viaje, acudía a Recuerda, S.A. para que implantaran en su memoria la experiencia, con resultados inesperados. Sobre esta base, Ronald Shusett, Dan O´Bannon y Gary Goldman (los dos primeros mejor recordados por su trabajo en Alien de Ridley Scott y el segundo por adaptar al propio Dick en Minority report: sentencia previa de Steven Spielberg y Next, el vidente de Lee Tamahori) escribieron la ya mencionada El vengador del futuro, dirigida en 1990 por el holandés Paul Verhoeven, muy reputado en aquellos días por esa joya llamada Robocop (1987). La cinta era un vehículo para el lucimiento del fortachón Arnold Schwarzenegger, quien pese a sus limitadas capacidades actorales encajaba a la perfección para el papel de un obrero de la construcción que llevaba una vida que no era la suya. Si bien se alejaba –como muchas cintas- de su fuente de procedencia,  la buena mano del director, los logrados efectos visuales de Rob Bottin, la briosa partitura de Jerry Goldsmith y su competente reparto (Rachel Ticotin, Sharon Stone, Michael Ironside y Ronny Cox) la convirtieron en un éxito de taquilla bien recibido por la crítica especializada. El joven que fui y con el que mantengo un diálogo constante la disfrutó enormemente. Hace muy poco que me reencontré con la película volví a disfrutarla. Esto fue con el pretexto del estreno de su inevitable remake, a cargo ahora del buen artesano del cine de acción Len Wiseman y protagonizada por el irlandés Colin Farrel.
La cinta no fue en absoluto una decepción. Más que una nueva adaptación del cuento de Dick, el guión de Jon Povill y Kurt Wimmer toma la historia planteada por Sushett y O´Bannon con algunos cambios notables: la trama se desarrolla ahora en la Tierra, y no parcialmente en Marte como su predecesora. A finales del siglo XXI el planeta, asolado por guerras químicas, divide a la población superviviente en dos territorios, la Federación Unida de Britania y la Colonia, ubicada en el territorio que solía ocupar Australia. Para asegurar su supervivencia y realizar sus labores, obreros debían atravesar el globo terráqueo todos los días en un transporte conocido como La Caída. En este contexto el obrero Douglas Quaid (Farrell) tiene extraños sueños que su esposa Lori (Kate Beckinsale) trata de minimizar. Pero nada es lo que parece. Una visita a la empresa Rekall y la aparición de la bella Melina (Jessica Biel) se encargan de revelarle a su “otro yo” Carl Hauser, brazo derecho del malvado canciller Cohagen (Bryan Cranston, el papá de Malcolm el de en medio) convertido en parte de la resistencia contra una sociedad totalitaria liderada por Matthias (Bill Nighy). El vertiginoso espectáculo que sigue, plagado de persecuciones, peleas y tiroteos está diseñado para empalmar con la estética de otras adaptaciones al cine de relatos de Dick, desde las ya mencionadas Blade Runner y Minority report, a otros clásicos de la ciencia ficción como la reciente versión de Yo, Robot (Alex Proyas, 2004), con sus soldados artificiales. Aunque como dije prescinde de elementos de su antecesora, como el taxista robótico Johnny Cab, el líder insurgente marciano Kuato (Marshall Bell), la intención de ocultar ese gigantesco dispositivo para dar al planeta rojo una atmósfera y la ya inolvidable persecución en la glorieta del Metro Insurgentes –los de mi edad saben que se rodó en México-, conserva detalles que todos conocemos bien, como esa mujer obesa y pelirroja en la aduana, la prostituta mutante con tres senos, o el dispositivo de localización en el cuerpo del héroe, ahora transformado en teléfono celular implantado en la palma de su mano. El resultado es satisfactorio. Quizá innecesario, pero satisfactorio. 

miércoles, 2 de enero de 2013

El regreso a lo básico


En mi primer escrito para este blog en el naciente 2013 decidí regresar a una de mis pasiones fundamentales. Los monstruos y Batman son los primeros romances de mi vida. Tengo la fortuna de mantener un diálogo constante con ellos desde entonces. Los abrazo todos los días. A horas de concluir el año pasado, me topé con una pequeña sorpresa: la adaptación animada de una de las historias que más entraño, El regreso del Caballero Oscuro. La dirigió en 2012, directamente para el video, Jay Oliva. Para mi inmensa frustración, la dividió en dos partes. La segunda estará disponible los últimos días de este mes. Pero volveré a ella más tarde.
El regreso del Caballero Oscuro fue la primera de cuatro historietas originalmente escritas e ilustradas por Frank Miller, entintadas por Klaus Janson y brillantemente coloreadas por Lynn Varley, publicadas en abril y junio de 1986. Le siguieron El Caballero Oscuro triunfante, La caza al Caballero Oscuro y La caída del Caballero Oscuro. Un año después fueron compiladas en un solo tomo, que recibió el título del primer relato. Todos los elogios que tengo para esta historia son pocos. El crítico y escritor Les Daniels la considera seminal para el universo de Batman. Forma parte de la mayor parte de las listas de las 10 mejores novelas gráficas de superhéroes que conozco. Por si fuera poco, la compilación cuenta con un lúcido ensayo introductorio de Alan Moore, autor de Watchmen, otra historia decisiva durante la década de los 80. Richard Reynolds, en Superheroes, a modern mithology, califica ambas como puntos decisivos de evolución de la historieta de superhéroes. El mensaje final de Moore, dirigido a quienes conocían por vez primera la historia, es certero: “para el resto de ustedes, que están a punto de entrar a un nuevo territorio, sólo puedo expresarles mi extrema envidia. Están a punto de encontrarse con un nuevo nivel de narración de historietas. Un nuevo mundo con nuevos placeres y dolores. Un nuevo héroe”.
 Inscrita en un universo alternativo (en el Multiverso DC, los expertos dicen que en la Tierra 31), la narración sigue a Bruce Wayne, quien tiene 55 años y está retirado de sus actividades como justiciero. Se ha enfrascado en su vida como multimillonario parrandero, adicto a las carreras de autos y al alcohol. Brinda con James Gordon, a punto de retirarse como Comisionado de Policía de Ciudad Gótica, por el décimo aniversario de la última aparición pública de Batman. Observa con fastidio la degradación en que se ha sumido la urbe, ahora dominada por una viciosa y sanguinaria banda conocida como Los Mutantes. Sigue atormentado por la muerte de sus padres y la de Jason Todd, el segundo Robin. También continúa obsesionado con la visión de un murciélago. Hastiado por la situación y por contener su verdadera esencia, decide regresar a la actividad a pesar de las objeciones de su fiel y anciano mayordomo Alfred. Su regreso causa todo tipo de reacciones, desde los que abiertamente lo apoyan (como Lana Lang, editora del diario El Planeta) hasta los que se oponen ferozmente (como el Dr. Bartholomew Wolper, el psiquiatra de Harvey Dent/Dos caras y el Guasón). Se enfrenta a ellos, al malvado Líder Mutante y a un antiguo y poderoso aliado, quien ahora se ha convertido en un sirviente del Imperio, auxiliado por sus enormes recursos (“no fue fácil sintetizarla, Clark. Tomó años y costó una fortuna. Por suerte tenía ambos”), su antiguo colega Oliver Queen (mejor conocido como Flecha Verde) y un nuevo Robin, la entusiasta jovencita Carrie Kelly, de 13 años.
En la narración es muy importante la enorme influencia de los medios de comunicación en la sociedad contemporánea, desde los debates televisivos sobre las nuevas correrías del héroe, el seguimiento noticioso a conflictos armados (como el de Corto Maltese, visto en el primer Batman de Tim Burton, quien le reconoce una gran influencia en la película que catapultó su carrera), la masacre del Guasón en un popular talk show nocturno conducido por alguien muy parecido a David Letterman o las apariciones triunfalistas de un colorido Presidente de los Estados Unidos que no deja de recordarnos a Ronald Reagan. Lo cual no deja de verificar lo dicho por el Dr. Emmet L. Brown (Christopher Lloyd) en Volver al futuro (Robert Zemeckis, 1985), que vi nuevamente estos días: “ahora entiendo por qué tienen un Presidente actor: para que se vea bien en televisión”.
Regresando a la versión animada, sólo puedo reprocharle la ausencia de los pensamientos de Batman, que dan un tono introspectivo al relato: “Debería ser una agonía. Debería ser una masa de músculos adoloridos, rotos, incapaces de moverse. Pero soy de nuevo un hombre de treinta, de veinte años. La lluvia en mi pecho es un bautizo. Volví a nacer” o “Este es el fin para ambos. Pudimos cambiar el mundo, pero míranos. Me he convertido en un botín político y tú en una broma. Quiero que recuerdes, en los años por venir, en tus momentos más íntimos, mi mano en tu garganta. Quiero que recuerdes al único hombre que te derrotó”.
Miller dio una tardía continuación a su historia, publicada entre 2000 y 2001 como El Caballero Oscuro ataca de nuevo, también conocida como DK2. La obra dividió la opinión de la crítica y los aficionados, pero de ninguna manera alcanzó el impacto y originalidad de su predecesora. Por eso me quedo con ella, ansioso por la segunda parte animada, que será un estupendo regalo de Reyes Magos.

Para todos ustedes mis mejores deseos en este naciente año. Háganlo más interesante y productivo que el anterior. Den el mejor sentido a su existencia y a la de las personas que los rodean.
                                                                                                              

viernes, 28 de diciembre de 2012

Una araña renovada (o grandes pendientes del 2012, parte 1)


En septiembre de 2011 hablé del reinicio –o reboot- de una franquicia cinematográfica con pretexto de El Planeta de los Simios: (R)evolución (Rise of the planet of the Apes, Rupert Wyatt, 2011). Discutí las dos causas que identifico para que esto ocurra, y el caso que hoy nos compete se encuentra en la segunda. Fue propiciado por el estrepitoso fracaso –de crítica y taquilla- que significó El Hombre Araña 3 (Sam Raimi, 2007), una cinta lamentable, terrible si comparamos la fortuna de sus antecesoras, de la que ya he hablado anteriormente.
Los inicios de El sorprendente Hombre Araña (Marc Webb, 2012) se encuentran en la idea trunca de Raimi por continuar la saga protagonizada por Tobey Maguire. De hecho su trama básica hubiera sido la cuarta entrega de la misma. Incluso se les da crédito a los guionistas Alvin Sargent y Steve Kloves, aunque el principal responsable es James Vanderbilt. Él se aparta del héroe tradicional como lo imaginaron Stan Lee y Steve Ditko y no sólo lo traen a este milenio de una forma con la que pueden identificarse los adolescentes de nuestros días (como ocurre en la serie de cómics Ultimate Spiderman), sino para empatar sus aventuras con el reciente universo fílmico de Marvel. Su Peter Parker (Andrew Garfield) es el nuevo nerd de este tiempo, muy alejado del apocado y tímido encarnado por Maguire: sigue siendo invisible a los ojos de sus condiscípulos y es víctima del bullying de Flash Thompson (Chris Zylka) cuando trata de defender a otra de sus presas, pero está instalado en una cómoda clase media donde usa lentes de contacto y tiene conexión a Internet en su habitación. De ahí provenían mis reservas. El Peter Parker con el que crecí conocía de cerca las carencias de la realidad. Afirma Vicente Quirarte, “Peter Parker tiene dos ventajas: el sentido del humor y la pobreza. Lo que podría hacer en su personalidad de araña –robar una casa, entrar en un banco- contradice la ética de su parte luminosa. Al igual que Babette, Parker puede afirmar, con mayor justicia que nadie: no hay héroe pobre”. Pero las sorpresas más gratas provienen de no tener ninguna expectativa, porque a pesar de tratarse de una nueva visita a una historia narrada recientemente, de sus errores e incontables lugares comunes, lo que vi ayer me gustó.
La película se remite a la infancia de Parker, con sus padres Richard (Campbell Scott) y Mary (Embeth Davidtz). Ambos lo dejan al cuidado de sus tíos Ben (Martin Sheen) y May (Sally Field) cuando tienen que huir abruptamente –él es un prestigiado científico- y posteriormente mueren en un accidente de aviación, en circunstancias misteriosas. Peter crece como un muchacho común. Se siente atraído por su bella compañera Gwen Stacy (Emma Stone), quien no sólo es hija de un capitán de la Policía neoyorkina (Denis Leary) sino pasante del genetista y herpetólogo mutilado Dr. Curt Connors (Rhys Ifans), posterior enemigo del paladín en ciernes. Siguen momentos por todos conocidos: la picadura de una araña radioactiva, el descubrimiento paulatino de sus poderes, el sabio consejo (“todo gran poder implica una gran responsabilidad”, pero dicho de una manera distinta), la muerte de la figura paterna, el desdoblamiento de la personalidad, el ascenso y reconocimiento del héroe. En el fondo de todo se encuentra la siniestra corporación dirigida por Norman Osborn, que está casi a la altura de Disney –dueños actuales del arácnido- o Walmart. Todo es aderezado con flamantes efectos digitales, que abrevan en muchos momentos de la cultura de los videojuegos (el araña trepando muros o columpiándose por Nueva York) y una inspirada partitura de James Horner.
La transformación de Connors en el malvado Hombre Lagarto sin duda nos remite a la del ilustre Henry Jekyll y su loable intento con consecuencias inesperadas. Entre las reacciones que sus colegas científicos –que abundan en el universo arácnido- pueden anticipar al ingerir una droga experimental, debería encontrarse “maldad extrema”. Y el combate con el monstruo ofrece momentos divertidos, desde la aparición obligada de Stan Lee a la recuperación de diálogos que nos recuerdan la acción entrecortada de las viñetas del cómic. Pero lo mejor es que Peter debe cumplir con sus tareas caseras, tal como lo hacía durante mi infancia. Después de salvar a la ciudad y restaurar la armonía, adolorido y lleno de raspones, abre su mochila y entrega a la tía May el cartón con huevos que le encargó.
Todos sus personajes están conectados de alguna manera. Son parte “de un universo más grande”, que incluye la ya institucional escena después de los créditos. Un universo que sin dudas tiene un potencial económico de dimensiones todavía no explotadas. Se han confirmado, por lo pronto, dos secuelas. El villano de la siguiente será el galardonado Jamie Foxx, que encarnará a Maxwell Dillon, alias Electro.  Así que hay araña para rato.