Es curioso que escriba estas líneas justamente hoy que John Carpenter cumple 64 años de vida.
El fenómeno de las precuelas –historias que anteceden a un relato ya popular- es algo que cada vez ocurre con mayor frecuencia en el ámbito cinematográfico. Es cuestionable porque puede interpretarse como voracidad comercial –pregunten a George Lucas si sabe algo de eso- o falta de arrojo para aventurarse con nuevas historias. Se nutren de una curiosidad morbosa del espectador y de una necesidad de conocer datos que no fortalecen algunas historias que se han convertido en auténticos mitos. El primer encuentro con el Maligno del Padre Lankester Merrin (Max von Sydow) de El exorcista de (William Friedkin, 1973) es narrado por Renny Harlin en El exorcista, el comienzo(2004) e interpretado eficazmente por Stellan Skarsgård. Su versión alterna y no aprobada por los estudios Warner para su estreno comercial, Dominion, una precuela de El exorcista, de Paul Schrader (2005), es una mejor cinta. El escritor norteamericano Thomas Harris decidió dar un origen a su célebre asesino serialHannibal Lecter en 2006 en Hannibal, el origen del mal (lo anticipaba desde 1999 en su novela Hannibal). El cineasta Peter Webber lo convirtió en un largometraje el año siguiente. Si bien los resultados con bellos, eficazmente realizados, no aportan mucho al aficionado. Hace unas semanas, con motivos de una trivia, mi amigo y cofrade Antonio Camarillo me preguntó por una buena precuela de cine de horror. Sin pensarlo respondí que The nightcomers (Michael Winner, 1971). La conocí gracias a las obsesiones de otro cofrade, Eduardo Ruiz Saviñón. No recuerdo si fue estrenada en nuestro país. Antecede los hechos descritos por Henry James en Otra vuelta de tuerca (1898), con Marlon Brandocomo el malvado y poco escrupuloso Peter Quint. Como todos saben, el Señor James nos lo presentó como un fantasma. En la cinta de Winner está “vivito y coleando”. En esa forma es más estremecedor. No desperdiciaré su valioso tiempo (ni el mío) hablando de desilusiones. Mejor me referiré a hallazgos afortunados.

Al final, pese al sano esparcimiento y a que disfruté la experiencia, pervivió una sensación de vacío que puedo atribuir al –que he bautizado como- Síndrome del Abuelo Simpson o a que, efectivamente, no me ofreció nada nuevo. Me inclino a lo segundo.
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