jueves, 28 de junio de 2012

Oscuras maravillas


Alicia en el país de las maravillas (1865) es el relato más reconocido del académico y matemático inglés  Charles Lutdwige Dodgson, quien firmaba los escritos que sus colegas jamás reconocerían como Lewis Carroll. En él y su continuación, Alicia a través del espejo (1871), encontramos todo tipo de simbolismos que han sido el deleite de psicoanalistas de nuestra era. Son textos de lecturas inagotables. Las novelas son críticas claras a la razón y el rigor que dominaba el periodo victoriano, reflexiones brillantes sobre los temores del niño en su transición a la pubertad, ese momento donde su persona aún no está definida, con sus incontables cambios corporales y anímicos. Son textos influyentes, continuamente trasladados a todos los medios. Hablemos de cine (por sólo citar un campo), desde la versión edulcorada de Disney (Alicia en el país de las maravillas, Clyde Geromini, 1951), el estupendo cortometraje del checo Jan Švankmajer (Alice, 1988) y la espectacular (pero fallida, en mi humilde opinión) adaptación de Tim Burton (Alicia en el país de las maravillas, 2010). Y en las artes escénicas no ocurre algo distinto. La bibliografía documenta estupendos ejemplos de obras, óperas, espectáculos dancísticos y lecturas dramatizadas. Eso nos lleva inevitablemente a Eduardo Ruiz Saviñón.
Co-fundador de la propuesta mexicana denominada Teatro Gótico, Eduardo ha dignificado y defendido a lo largo de 40 años el horror y la fantasía (géneros no reconocidos en su medio) a través de montajes como El caballo asesinado, El vampiro de Londres, El Vampiro, Juegos profanos, El fantasma del Hotel Alsace, Asfódelos, Yo es otro (sinceramente suyo, Henry Jekyll), De niños y otros horrores, Macario, El de la triste figura, El hombre que fue Drácula, Zombicentenario y la obra que inspira estas líneas, entre muchísimas otras. Sobre él, su hermano de elección Vicente Quirarte piensa que es un hombre que “ha sabido y podido mantenerse fiel a los fantasmas que desde sus primeros años lo encontraron para iniciarlo y convertirlo en lo que ahora es: un cazador de sombras que anhela la claridad, un alquimista que purifica el horror para transformarlo en belleza”. A lo largo de los años, Eduardo regresa cíclicamente a una de las puestas que más ama, Alicia subterránea. La han hecho carne en diferentes foros actores talentosísimos como la imprescindible Elena de Haro (corazón y Suprema Sacerdotisa del Teatro Gótico), Luis Miguel Lombara, Simón Guevara, Adrián Joskowicz, José Roberto Hill (q.e.p.d.) y Leonardo Mackey. En todos los casos Eduardo y sus intérpretes han encontrado una de las líneas argumentales más interesantes del relato: el sueño de la pequeña Alicia con su viaje al inframundo, su locura y sus personajes delirantes es, en realidad, una pesadilla.
Esta nueva versión de Alicia subterránea, visualmente, es la que más se acerca a la imaginación retorcida de Eduardo. Ahora encarnada con mucha fortuna por Fracesca Guillén, Alicia inicia en un viaje en barco con el mismísimo Carroll (Javier Díaz Dueñas, brillante), cae en las garras de Morfeo y, literalmente, a un reino que no domina la lógica, donde se topa con seres demenciales como un conejo obsesionado con la hora, una oruga, un fantasma, un gato que sonríe y ultraja a la infante, una avispa con peluca, una liebre enloquecida y un sombrerero que celebran una extraña fiesta del té y la soberana del lugar, una Reina de Corazones que juega al croquet con cadáveres de flamingos y cabezas de bebés y ordena decapitaciones a ultranza, todos interpretados por Díaz Dueñas y Leonardo Mackey.
El montaje brilla en su parte visual, con escenografía, diseño de vestuario y pintura escénica de Liliana Mercenario Pomeroy, virtuosa artista avecindada en Cuernavaca, y un diseño de arte y máscaras de Roberto Ortiz, creativo del maquillaje laureado por su trabajo en cintas como Apocalypto (Mel Gibson, 2006), Kilómetro 31 (Rigoberto Castañeda, 2006), El infierno (Luis Estrada, 2010) y Pastorela (Emilio Portes, 2011), apoyado por el talento y vigor de Priscilla Pomeroy. Todo lo anterior, junto a la música original de Juan Pablo Villa, convierte el espectáculo en una experiencia que el diletante de lo oscuro no puede perderse. Con la obra Eduardo pretende continuar la tradición de su teatro, pero sobre todo llegar a nuevos públicos. El Teatro Gótico tiene una gran cantidad de adeptos ganados a pulso, pero nunca deja de nutrir sus filas. Como el horror y la fantasía, su búsqueda es inacabable.
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Alicia subterránea se presenta en el Telón de Asfalto. Consulta sus horarios aquí.


*Las fotos fueron tomadas por mi querido Guillermo Benítez.

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