martes, 14 de mayo de 2013

Deuda de sangre


Han pasado casi 20 años desde la primera vez que la vi. Es una referencia obligada en mis clases de Criminalística en una Maestría en Derecho Penal. Forma parte privilegiada de mi videoteca. Y sin embargo jamás había escrito sobre ella. El otro día la reencontré en la televisión y ratifiqué todo lo que sentí en su momento: el segundo largometraje de  David Fincher, Seven (1995) es una estupenda película, un gran ejercicio estilístico y sobrecogedor. “Se coloca entre los ejemplos notables de un cine que parece extraer lo mejor del thriller, del horror, del suspenso policíaco y del drama psicológico”, que “acude a una atmósfera evidentemente negra y apocalíptica para situar su relato en delirantes terrenos alegóricos”, dice Rafael Aviña en El cine de la paranoia (Times editores, 1999).
El eficiente guión de Andrew Kevin Walker se sitúa en una ciudad sin nombre –que nos recuerda a Nueva York pero puede tratarse de cualquier gran urbe del fin de siglo pasado, incluso nuestro doméstico Distrito Federal-, gris, decadente, donde la lluvia incesante es parte del paisaje. Ahí es trasladado el joven y entusiasta detective David Mills (Brad Pitt), quien es tutelado por el veterano detective William Somerset (Morgan Freeman), hombre hastiado por la degradación y la violencia que está a punto de jubilarse. Acuden entonces a una escena del crimen poco común para investigar el homicidio de un hombre impresionantemente obeso, atado de pies y manos, que tiene la cara hundida en un plato de spaghetti. En el estómago del difunto son encontrados fragmentos de linóleo que hacen a Somerset regresar al lugar. Ahí descubre, tras el refrigerador, la palabra “gula” escrita en grasa. Ese es el inicio de una serie de crímenes que retan todo lo conocido por la dupla. “No puedo involucrarme en esto”, admite Somerset a su jefe (R. Lee Ermey). Trata de encaminar al novato –quien ha asumido las riendas de la pesquisa- haciendo investigación por las noches en una bella biblioteca. El asesinato de un reputado abogado penalista –donde en su alfombra fue escrita con su sangre la palabra “codicia”- hace evidente un patrón. Un psicópata asesina personas según los siete pecados capitales de la religión cristiana. Tracy (Gwyneth Paltrow), la esposa de Mills, trata de acercar al par. Tras una velada inesperadamente divertida, estudian las fotografías del segundo crimen y regresan a la escena donde descubren evidencia valiosa –unas huellas digitales tras un cuadro- que lo llevan al que piensan es responsable pero es realidad es la siguiente víctima –un vendedor de drogas y acosador de niños donde localizan la palabra “pereza”-. El tono comienza a subir. Una modelo desfigurada orillada al suicidio –la soberbia- y una prostituta desgarrada por un horrible juguete sexual que el villano obligó a usar a uno de sus clientes –la lujuria- están por completar el ciclo. En el proceso Somerset se convierte en confidente de Tracy, quien le revela su enorme infelicidad por vivir en esa ciudad y que está embarazada –Mills no lo sabe-. La policía parece acercarse al criminal, quien responde al nombre de John Doe. Los héroes llegan por medios poco ortodoxos a su guarida, donde luego de una frenética persecución reciben una llamada del criminal donde les reconoce su mérito y advierte que los hechos lo obligarán a acelerar sus planes. Inesperadamente, Doe (Kevin Spacey) se entrega, con los pulpejos de sus dedos y la camisa ensangrentados. Promete revelar el paradero de otras víctimas que las autoridades no conocen sólo si es acompañado por sus cazadores. Seguidos en helicóptero por un equipo especial, son llevados por Doe a un paraje en despoblado donde son interceptados por una camioneta de un servicio de paquetería. Mientras Mills vigila a Doe, Somerset acude a ver qué ocurre. Recibe una caja con manchas de sangre, que lo hace retroceder de horror al abrirla. Tras recuperar la compostura, advierte al líder del escuadrón táctico (John C. McGinley).  “California, mantente alejado. John Doe tiene el control”. Regresa a toda prisa hasta Mills y Doe, quien le ha revelado lo que sucedió: “fui a su casa, detective, y traté de jugar con su esposa al hombre común. Y como no pude hacerlo me llevé un recuerdo. Su hermosa cabeza. Me rogó por su vida y por la del niño que llevaba en su vientre”. Mills se niega a creer lo que el malvado le dijo, y el silencio del el veterano no ayuda mucho. “Como maté a su esposa, la envidia es mi pecado”, reconoce Doe e insta a Mills, quien le apunta a la cabeza, para cometer el restante. “Conviértete en ira”. Somerset trata de disuadirlo. “Si lo matas, habrá ganado”. Mills lucha contra lo inevitable, pero el recuerdo de la sonrisa de su amada le da claridad. Descarga su arma en Doe, ante la impotencia de su compañero. En el último momento Mills se encuentra bajo custodia policial. El jefe le dice Somerset que su carrera está terminada, pero serán indulgentes. El detective parte, abrumado, y dice que estará cerca. Mientras el autopatrulla se aleja, lo escuchamos citar una línea de Por quién doblan las campanas de Ernest Hemingway. “El mundo es un lugar maravilloso y vale la pena luchar por él. Estoy de acuerdo con lo segundo”.
Recordarla no deja de impresionarme.
La procedencia del mundo de los anuncios comerciales y los videoclips de Fincher es evidente en su buena mano, apoyada por una sombría fotografía del franco-iraní Darius Khondji, un lúgubre diseño de arte de Gary Wissner, una elaborada y original secuencia de créditos iniciales y una partitura de Howard Shore. Su elenco es memorable, comenzando por un siempre vigoroso Freeman y un Pitt que lucha en cada cinta por alejarse de su imagen de “niño bonito”. Y lo mejor es Kevin Spacey como un asesino sádico con poderosas motivaciones religiosas “que no le pide nada a Búfalo Bill o Hannibal Lecter”. Su procedencia desconocida, sus recursos materiales ilimitados y su paciencia lo hacen más relevante y lo colocan al lado de otros grandes villanos, como el Guasón. En Estados Unidos se le llama John Doe a individuos cuya identidad se desconoce, así que en esencia puede ser cualquiera. No requerimos conocer sus antecedentes. El mal existe. A veces sin justificación. Por crear un personaje inolvidable, Spacey obtuvo premios de la crítica y el reconocimiento del público.
A casi dos décadas le encontré algunos de defectos en lo que concierne a mi experticia –las ciencias forenses-: un Somerset que retira una nota del asesino sin guantes y sin haberla fijado fotográficamente, un Mills que camina sin precaución al lado de manchas de sangre, un Somerset que trepa a un mueble donde pueden haber huellas dactilares del asesino. Pero esos son tecnicismos violados en aras del efecto dramático. Aunque la película tiene fuertes cimientos en la realidad, podemos pasarlos por alto. Su efecto nos hace olvidarlo.
En lo material, la cinta costó modestos 30 millones de dólares y ha recaudado desde su estreno más de 220. Más allá, posee una estatura que desprendió una versión novelada del guión por Anthony Bruno (Ediciones B, Barcelona, 1999) y ha inspirado innumerables especímenes del cine y la televisión, de Resurrección (Russell Mulcahy, 1999) a la fallida The Following. Más exitosa, imposible.
“Esto no tendrá un final feliz”, anticipa Somerset a la mitad del metraje. En lo que respecta a la historia, acertó. En cuanto a nosotros, se equivocó. Por fortuna. 

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