miércoles, 23 de enero de 2013

Porque recordar es volver a vivir (grandes pendientes del 2012 parte 2)


A principios de los noventas conocí, gracias a mi querido amigo y mentor Ricardo Bernal, una obra más de Phillip Kindred Dick, el popular autor de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968), la maravillosa novela que inspiró Blade Runner (Ridley Scott, 1982). Ricardo no sólo es una de las personas que más sabe de ciencia ficción que conozco –y de otros temas relacionados con el horror y la fantasía-, sino uno de los mayores conocedores de la obra del escritor norteamericano. También incluyó el relato en una maravillosa antología titulada Cuentos de ciencia ficción (Alfaguara, 1997). Sobre él escribió en su prólogo: “Por último, y para cerrar con broche de oro, Lo recordaremos por usted perfectamente de Phillip K. Dick, quien a partir de su muerte en 1982 se ha convertido en un autor de culto, a tal grado, que algunos críticos lo han llegado a considerar como el mejor escritor norteamericano del siglo XX. El insólito argumento de este cuento sirvió de base para el guión de la película El vengador del futuro (Total recall), aunque claro, el original supera con creces a la película”. Y es cierto. El relato es estupendo, contundente, en mi humilde opinión uno de los mejores de Dick. En la narración, en un futuro no distante en la ciudad de Chicago, el apocado empleado de migración Douglas Quail acariciaba el deseo de visitar Marte, planeta con el que soñaba constantemente. Al no tener los recursos para materializar el viaje, acudía a Recuerda, S.A. para que implantaran en su memoria la experiencia, con resultados inesperados. Sobre esta base, Ronald Shusett, Dan O´Bannon y Gary Goldman (los dos primeros mejor recordados por su trabajo en Alien de Ridley Scott y el segundo por adaptar al propio Dick en Minority report: sentencia previa de Steven Spielberg y Next, el vidente de Lee Tamahori) escribieron la ya mencionada El vengador del futuro, dirigida en 1990 por el holandés Paul Verhoeven, muy reputado en aquellos días por esa joya llamada Robocop (1987). La cinta era un vehículo para el lucimiento del fortachón Arnold Schwarzenegger, quien pese a sus limitadas capacidades actorales encajaba a la perfección para el papel de un obrero de la construcción que llevaba una vida que no era la suya. Si bien se alejaba –como muchas cintas- de su fuente de procedencia,  la buena mano del director, los logrados efectos visuales de Rob Bottin, la briosa partitura de Jerry Goldsmith y su competente reparto (Rachel Ticotin, Sharon Stone, Michael Ironside y Ronny Cox) la convirtieron en un éxito de taquilla bien recibido por la crítica especializada. El joven que fui y con el que mantengo un diálogo constante la disfrutó enormemente. Hace muy poco que me reencontré con la película volví a disfrutarla. Esto fue con el pretexto del estreno de su inevitable remake, a cargo ahora del buen artesano del cine de acción Len Wiseman y protagonizada por el irlandés Colin Farrel.
La cinta no fue en absoluto una decepción. Más que una nueva adaptación del cuento de Dick, el guión de Jon Povill y Kurt Wimmer toma la historia planteada por Sushett y O´Bannon con algunos cambios notables: la trama se desarrolla ahora en la Tierra, y no parcialmente en Marte como su predecesora. A finales del siglo XXI el planeta, asolado por guerras químicas, divide a la población superviviente en dos territorios, la Federación Unida de Britania y la Colonia, ubicada en el territorio que solía ocupar Australia. Para asegurar su supervivencia y realizar sus labores, obreros debían atravesar el globo terráqueo todos los días en un transporte conocido como La Caída. En este contexto el obrero Douglas Quaid (Farrell) tiene extraños sueños que su esposa Lori (Kate Beckinsale) trata de minimizar. Pero nada es lo que parece. Una visita a la empresa Rekall y la aparición de la bella Melina (Jessica Biel) se encargan de revelarle a su “otro yo” Carl Hauser, brazo derecho del malvado canciller Cohagen (Bryan Cranston, el papá de Malcolm el de en medio) convertido en parte de la resistencia contra una sociedad totalitaria liderada por Matthias (Bill Nighy). El vertiginoso espectáculo que sigue, plagado de persecuciones, peleas y tiroteos está diseñado para empalmar con la estética de otras adaptaciones al cine de relatos de Dick, desde las ya mencionadas Blade Runner y Minority report, a otros clásicos de la ciencia ficción como la reciente versión de Yo, Robot (Alex Proyas, 2004), con sus soldados artificiales. Aunque como dije prescinde de elementos de su antecesora, como el taxista robótico Johnny Cab, el líder insurgente marciano Kuato (Marshall Bell), la intención de ocultar ese gigantesco dispositivo para dar al planeta rojo una atmósfera y la ya inolvidable persecución en la glorieta del Metro Insurgentes –los de mi edad saben que se rodó en México-, conserva detalles que todos conocemos bien, como esa mujer obesa y pelirroja en la aduana, la prostituta mutante con tres senos, o el dispositivo de localización en el cuerpo del héroe, ahora transformado en teléfono celular implantado en la palma de su mano. El resultado es satisfactorio. Quizá innecesario, pero satisfactorio. 

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