jueves, 29 de octubre de 2009

Testimonios de Tlalpujahua 2.

Poetas, caníbales y otros dementes
el asesino serial en el cine

Roberto Coria
Segundo Festival Mórbido, Tlalpujahua, Michoacán.


Dos policías llevan su segunda cena a un hombre en el inicio de sus cincuentas, vestido de blanco y convenientemente encerrado en una amplia jaula. El prisionero está rodeado de sus libros y dibujos, y escucha afablemente Las variaciones de Goldberg de Johann Sebastian Bach. El menú de la noche: chuletas de cordero, casi crudas, acompañadas de una guarnición de guisantes, granos de elote y una papa horneada. Los guardias, respetuosos pero precavidos, ordenan al custodiado ponerse contra los barrotes para esposarlo. Seguros de su inmobilidad, uno de los uniformados penetra en la jaula con el manjar, incluso procura no manchar los papeles que descansan en el escritorio. Antes de que puedan reaccionar, el hombre de blanco coloca las esposas al improvisado maître; se ha liberado con el alma de un bolígrafo que hábilmente escondió en su boca. Como un relámpago muerde el rostro del otro uniformado, luego le vacía su gas lacrimógeno antes de golpear repetidamente su cabeza contra la estructura metálica. El policía esposado grita de horror antes que el hombre de blanco, con el rostro ensangrentado y una expresión serena, le destroce el cráneo con su propio tolete. Los dos guardianes yacen inertes, en sendos charcos de sangre, mientras el homicida disfruta los últimos acordes su melodía. Su nombre, Hannibal Lecter. Su profesión, psiquiatra. Su naturaleza, asesino antropófago.

La anterior es una escena memorable de El silencio de los inocentes, adaptación cinematográfica de la novela homónima de Thomas Harris. Esta cinta valió a sus artífices, en 1991, incontables premios y el reconocimiento de la crítica y el público. Más allá, legitima a “todo un subgénero que no solo se nutre de la nota roja cotidiana, sino del suspenso, el relato policial, el horror y sus derivaciones el gore y el splatter, e incluso de la pornografía”, como bien asegura el investigador y crítico de cine Rafael Aviña.
Recordamos El silencio de los inocentes porque era una de las joyas de la videoteca que la Procuraduría de Justicia de la capital del país descubrió el 8 de octubre de 2007 entre las pertenencias de José Luis Calva Zepeda, en el interior del departamento 17 del edificio número 198 de la calle de Mosqueta, colonia Guerrero, en el centro de la ciudad de México. En la habitación contigua yacían los restos de Alejandra Galeana Gararvito, de 32 años, mujer divorciada, madre de dos hijos y empleada de una farmacia. Parte de su cuerpo fue mutilado y encontrado a medio cocer en una sartén. En sus posteriores declaraciones Calva Zepeda, hombre de 38 años, supuesto escritor, poeta y dramaturgo, se declaró admirador de Hannibal Lecter y se definió como “gastrónomo de afición, no de degustación, sino de elaboración”.
Los medios de comunicación se cebaron en el caso, inusual a todas luces en la nota roja nacional. Calva Zepeda fue apodado “el poeta caníbal”, aunque el calificativo no se ajusta a ninguna de sus acciones. Sin embargo ha permeado al imaginario popular como un asesino en serie, miembro de una ya no tan rara estirpe que protagoniza novelas, películas, documentales, series de televisión e historietas. En ella destaca más adecuadamente –en nuestro hermoso México- Gregorio Cárdenas Hernández, “el estrangulador de Tacuba”, bautizado así por los crímenes que cometió en 1942. Pero esa es otra historia.

“La crónica” de Mario Beauregard, cortometraje ganador del Cuarto Festival de Cortometraje Del cine a la calle, nos invita a discutir sobre este fenómeno y sobre la deshumanización de la sociedad en los primeros años del nuevo milenio.

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Hannibal Lecter, el reputado asesino en serie, es el Conde Drácula de la era de las computadoras y los teléfonos celulares, según Stephen King. Si atendemos la definición del Manual de Clasificación Criminal de la Oficina Federal de Investigaciones de Estados Unidos, el asesino en serie es “el individuo que comete tres o más homicidios en ocasiones y lugares diferentes con un periodo refractario entre cada crimen”. Podemos robustecer el concepto. Dennis Rader, “el asesino BTK”, realizó su furor homicida de manera intermitente durante 17 años; John Wayne Gacy, “Pogo el payaso”, usaba su sótano para cometer sus matanzas y ocultar los cadáveres; Henry Lee Lucas sació su sed de sangre en compañía de Otis Toole en diversos lugares de Estados Unidos. En un sentido más amplio, y con las lamentables enseñanzas de la historia, podríamos decir que es la persona –o personas- que comete tres o más homicidios en distintas ocasiones –o locaciones- en un periodo que puede comprender días o años por motivos arraigados en la psique del sujeto. Sus acciones muestran tendencias sádicas y sexuales. Esto nos permite evitar los abusos del calificativo en la escena nacional: las nefastas hermanas González Valenzuela, apodadas Las Poquianchis, no son asesinas en serie. Tampoco Adolfo de Jesús Constanzo y sus huestes, también llamados Los narcosatánicos de Matamoros. Todos ellos perseguían intereses materiales: el adecuado funcionamiento del negocio de lenocinio y prostitución de las primeras y la bendición del negocio de tráfico de drogas para los segundos. Podríamos entonces cuestionar si José Luis Calva Zepeda es un asesino en serie. También si es un verdadero caníbal. Los estudios histopatológicos practicados a la carne encontrada en el sartén del departamento de la calle de Mosqueta, revelaron que pertenecían a Alejandra Galeana Garavito. Sin embargo es imposible establecer si José Luis Calva Zepeda comió de ellos.

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Como un fenómeno social, en opinión de Robert K. Ressler –agente especial del FBI que acuñó el término serial killer-, el asesinato en serie tiene cerca de 125 años de edad y es parte de una ola de violencia interpersonal que se ha elevado desde mediados del siglo XIX. Está conectado con la creciente complejidad de la sociedad, con nuestra interrelación con los medios de comunicación y la enajenación de los individuos. Pero de ninguna forma es un fenómeno nuevo. Durante la Edad Media el desconocimiento del fenómeno se tradujo en atribuir crímenes atroces a vampiros u hombres lobos. Las personas de la era anterior a Sigmund Freud pensaban que las causas sobrenaturales eran la única explicación lógica para los asesinatos que salían de lo ordinario. En la Escocia de 1660 se documenta el caso de Alexander Sawney Beane, patriarca de un clan de caníbales que depredó los bosques cercanos a Glasgow. Tras atribuirse la matanza a entidades sobrenaturales por 26 años, el testimonio de un sobreviviente hizo terrenal el miedo de las personas. Los Beane fueron apresados, juzgados, torturados, ejecutados y sus restos arrojados a la hoguera. Antes de morir Sawney Beane afirmó que la carne humana sabía mejor que la de cualquier animal.
Los asesinatos que el hombre conocido como “Jack el destripador” cometió en el otoño de 1888 en el barrio londinense de Whitechapel constituyen el primer gran caso documentado sobre asesinato serial. El homicida ganó la posteridad por las cinco desafortunadas prostitutas que mutiló y por las cartas que supuestamente envió a la prensa. Entre ellas destaca la recibida por la Agencia Central de Noticias, fechada el 25 de septiembre de 1888:

Querido Jefe:
Aún sigo escuchando que Scotland Yard me ha capturado. He reído cuando se creen tan listos y declaran estar en la pista correcta. Voy tras las prostitutas y quiero destriparlas a todas hasta que esté satisfecho. El último fue un gran trabajo. No le di a la dama tiempo de gritar. ¿Cómo podrán atraparme ahora? Amo lo que hago y quiero comenzar de nuevo. Pronto escucharán de mis divertidos juegos. Guardé un poco de sangre en una botella después de la faena para escribir esta carta, pero cuando la utilicé estaba espesa como pegamento. Bastará con tinta roja, espero. Ja, Ja. La siguiente vez cortaré las orejas de la mujer y se las enviaré a los oficiales de policía sólo por diversión. Guarden esta carta hasta mi siguiente trabajo y entonces publíquenla. Mi cuchillo es tan lindo y afilado, y quiero ponerme a trabajar tan pronto como sea posible. Buena suerte.
Sinceramente suyo,
Jack el Destripador.

Sobra decir que la verdadera identidad del Destripador nunca fue descubierta. Hoy en día pervive como un misterio, una amenaza para los niños que rehúsan ir a dormir. Su “obra” ha sido llevada al cine en muchas ocasiones, desde la naciente virtud de un principiante Alfred Hitchcock (El inquilino, 1927), la imaginación de Nicholas Meyer (Escape al futuro, 1979) o el refinamiento de los hermanos Hughes (Desde el infierno, 2001).
El carácter mítico del Destripador nos obliga a preguntarnos sobre los motivos de su perdurabilidad. Andrei Romanovich Chikatilo asesinó a más de 53 adolescentes en la provincia ucraniana de Rostov entre 1978 y 1992; Luis Alfredo Garavito Cubillos tomó las vidas de más de 172 menores en la provincia de Quindio, Colombia, entre 1992 y 1999; el asesino de Whitechapel a 5. ¿Qué hace más aberrantes los crímenes de un asesino en serie? ¿La cantidad de víctimas? ¿Si son niños, mujeres o ancianos? ¿El entorno social? Investigadores de todo el mundo han tratado de responder estas incógnitas. Psiquiatras forenses han elaborado índices de maldad que aparecen en el horario estelar de la televisión de paga. Lo único certero son las nefastas consecuencias. Los padres, parejas, hijos y demás deudos también son víctimas del homicidio de una persona. El crimen deja cicatrices en todo lo que toca.

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Para comprender nuestra fascinación por el cine de asesinos seriales, debemos remontarnos al origen mismo del hombre y al doble significado que se atribuyó a la sangre desde la época de las cavernas: ese fluido vital presente en el nacimiento y la menstruación, cuya pérdida significaba la muerte del cazador herido. Vida y muerte. Eros y thanatos. Los principales tabloides de las grandes ciudades exhiben el más cruento homicidio de la jornada en su primera plana; en la contraportada una mujer en diminuto atuendo luce sus encantos.
Desde los sacrificios en el Coliseo romano y las decapitaciones públicas durante la revolución francesa a William Shakespeare y la tragedia isabelina, el hombre ha encontrado en el derramamiento de sangre una forma de diversión. Uno de los mejores representantes de esta cultura sanguinaria es el Teathre du Grand Guignol, establecimiento fundado en una capilla gótica del distrito parisino de Montmartre, zona conocida en la época por el descarado ejercicio de la prostitución y su alto índice delincuencial. El foro fue abierto en el año de 1897 –mismo año de la publicación de Drácula- gracias al entusiasmo de Oscar Méténier, antiguo funcionario de la Sureté, quien escribió un repertorio de obras basadas en sus experiencias en la policía parisina, en creencias populares y la nota roja cotidiana. Homicidios, asesinatos pasionales, ejecuciones, desmembramientos, incestos, prostitución, alcoholismo y desastres naturales eran los temas más recurrentes, todo con el mayor realismo posible. ¡Más sangre, más sangre!, eran los gritos habituales del director tras bambalinas. Fluidos reales, pintura del rojo más estridente y vísceras de animales que salpicaban incluso al público, eran técnicas que anticipaban los mejores momentos del cine gore. Maxa, una de las principales actrices de la compañía, reconocida como la “Gran Sacerdotisa del Templo del Horror”, aseguró haber sido asesinada más de diez mil ocasiones, ultrajada más de trescientas, descuartizada, destripada y devorada por un puma para entretenimiento del público. El teatro se convirtió en un éxito contundente que garantizaba por función el desmayo de al menos dos espectadores. Fue una visita obligada para todo turista, una atracción al nivel del Museo de Louvre o la torre Eiffel. Pero los horrores de la realidad eventualmente triunfaron sobre los horrores de la imaginación. Tras la ocupación de Paris por la Alemania nazi, el teatro fue cerrado por promover valores negativos. Colmo de las ironías.

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El arte imita a la realidad, aunque ésta rebasa a la ficción. George Bernard Shaw dijo alguna vez que la diferencia entre el artista y el homicida residía en que el primero es reconocido en su momento más brillante, mientras el segundo en el más bajo. Trazar un esbozo de una historia natural del cine de asesinos seriales es una labor difícil si consideramos -como afirmara Thomas de Quincey- que el asesinato también puede ser considerado como una de las bellas artes. Mencionemos algunos de sus mejores especímenes.
Si seguimos una línea cronológica, podemos considerar a M el maldito (1931) como la primera gran película sobre asesinato serial. Aunque muchos especialistas señalan que está basada en los crímenes de populares homicidas alemanes de su tiempo como Peter Kürten o Fritz Haarmann, el talentoso Fritz Lang –su director y guionista- pretendía criticar al régimen nacional socialista que eventualmente lo declaró su enemigo –su título original era El asesino está entre nosotros-. La actuación de un joven Peter Lorre es sencillamente virtuosa como un asesino acosado por sus demonios y perseguido por las autoridades y el bajo mundo. Se adelanta claramente estudio científico del fenómeno que va a aquejar a generaciones venideras. Sometido a juicio, el asesino trata de explicarse: “matar es como una adicción, no puedo detenerme”.
Digna de mencionarse es la película mexicana El hombre sin rostro (1950) de Juan Bustillo Oro, donde Arturo de Córdova interpreta a un detective que se convierte en un indolente asesino de prostitutas. La cinta tuvo la asesoría del psiquiatra Gregorio Oneto Barenque, célebre por dirigir el manicomio donde se recluyera Gregorio Cárdenas Hernández días antes que sus crímenes fueran expuestos en 1942.
Robert Bloch, antiguo discípulo de H.P. Lovecraft, vivía en el pueblo de Weyauwega, Winsconsin, cuando la mañana del sábado 6 de noviembre de 1957 la policía irrumpió en el granero de un habitante del vecino poblado de Plainfield y descubrieron horrores que pernearon al ámbito social y cultural. Edward Theodore Gein, hombre tímido, taciturno y aparentemente inofensivo, se entregó durante años a la necrofilia, el robo de osamentas, al homicidio y a la artesanía con piel humana. Las acciones de Ed Gein inspiraron a Bloch para escribir la novela Psicosis, magistralmente llevada al cine por Alfred Hitchcok en el año 1961. Su éxito artístico y comercial (costó 800 mil dólares y recaudó más de 16 millones) garantizó una pequeña franquicia fílmica –de la que destaca Psicosis 4, el comienzo (Mick Garris, 1990)- e inspiró películas notables como Masacre en cadena (Tobe Hooper, 1974), su respetuoso remake (Marcus Niespel, 2003), y la ya comentada El silencio de los inocentes (Jonathan Demme, 1991).
Muchas son las cintas que merecen ser vistas por el diletante del “cine truculento”: El estrangulador de Boston (Richard Fleischer, 1968), El profeta Mimí (José Estrada, 1973), Martin (George Romero, 1977), Sabueso (Michael Mann, 1986), Henry, retrato de un asesino en serie (John McNaughton, 1989), Asesinos por naturaleza (Oliver Stone, 1995), Ciudadano X (Chris Gerolmo, 1995), La noche del asesino (Spike Lee, 1999), Romasanta (Paco Plaza, 2004), Amores asesinos (Todd Robinson, 2006) y Zodiaco (David Fincher, 2007). Todas ellas, y cientos más que necesariamente omito, demuestran que el asesino en serie es el monstruo más terrible, más que un vampiro o un hombre lobo. Puede estar sentado a su lado. Se parece a ustedes o a mí.


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Si todo poeta es nuestro contemporáneo, como asegura Vicente Quirarte, los crímenes de José Luis Calva Zepeda –caníbal o no- y el cortometraje de Mario Beauregard son radiografías de un fenómeno de nuestros días, de una sociedad fascinada por los monstruos que engendra y aplaude. Ver cine de asesinos seriales es ver la oscuridad de la conciencia humana. Es nuestro reflejo, nos guste o no. Si miramos a nuestro alrededor podremos advertir que la violencia están en todas partes: en los titulares de los periódicos sensacionalistas, en la mirada vacía de los niños de la calle, en el campo de batalla, en los animales que maltratamos sin misericordia, en nuestras ambiciones secretas e inconfesables, en nuestras pesadillas. Es parte de nuestra existencia. El cine de asesinos seriales comprueba, como afirma un célebre asesino, que la locura es igual que la gravedad: sólo necesita un pequeño empujón.


Bibliografía

1. Aviña, Rafael. Grandes crímenes: de la nota roja a la pantalla grande. Times editores, México. 1993.
2. Douglas, John. Mindhunter: Inside the FBI's Elite Serial Crime Unit. Pocket books, Nueva York. 1996.
3. Jones, Stephen. Clive Barker´s A-Z of horror. Harper Prism, Nueva York. 1996.
4. Lazo, Norma. Sin clemencia, los crímenes que conmocionaron a México. Ed. Grijalbo Mondadori, México. 2007.
5. Ressler, Robert. Whoever Fights Monsters: My twenty years tracking serial killers for the FBI. St. Martin's Paperbacks, Nueva York. 1993.
6. -------------------. I Have Lived in the Monster: Inside the minds of the world's most notorious serial killers. St. Martin's True Crime Library, Nueva York. 1998.
7. Schechter, Harold. The A to Z encyclopedia of serial killers. Pocket books, Nueva York. 2001. 8. Valencia, Manuel. Guillot, Eduardo. Sangre, sudor y vísceras. Historia del cine Gore. Ediciones La Máscara, Valencia. 1996.

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