miércoles, 14 de octubre de 2009

Viaje al país de Lovecraft.

La Universidad Nacional Autónoma de México, casa generosa y siempre abierta a la inteligencia tolerante, recibirá el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en escasos días. Uno más de sus orgullos es la Revista de la Universidad de México, que acertadamente dirige Ignacio Solares. En su edición de marzo de 2009 apareció un ensayo que mi amigo Vicente Quirarte dedicó a uno de los autores de su primera educación sentimental: Howard Phillips Lovecraft. A continuación reproduzco el texto tal como fue publicado en la página web de la revista. Además de ser una espléndida guía para todo el que tiene el poder económico para visitar Priovidence, es un emotivo homenaje para el hombre que sabe soñar despierto. Que lo disfrutren.

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Viaje al país de Lovecraft
Vicente Quirarte

A medio camino entre la guía turística y la arqueología fantástica, Vicente Quirarte nos sumerge en el espacio tiempo de Providence, la mítica ciudad de Howard Phillips Lovecraft. No es exagerado preguntarse si quien ha visitado ese país es el mismo que ha salido de él. Para quienes hemos leído su obra inquietante, esta pequeña crónica ya forma parte del ciclo mitológico del gran escritor estadounidense.



¿Gobernar? ¿Quién gobierna en el mundo de los sueños?
¿Cuándo llegará el día en que gobiernen los lacayos?
Ésa es su vida, y trata fielmente de vivirla:
Que le dejen vivirla. No en la ciudad, el nido
Ya está sobre las cimas nevadas de las sierras
Más altas de su reino. Carretela, trineo,
Por las sendas: flotilla nívea, por los ríos y lagos,
Le esperan siempre, prestos a levantarle
Adonde vive su reino verdadero, que no es de este mundo:
Donde el sueño le espera, donde la soledad le aguarda,
Donde la soledad y el sueño le ciñen su única corona.
Luis Cernuda


Para Antonio Toca

En estos primeros años del siglo XXI aún es recomendable tomar el tren más lento que existe para llegar a la ciudad de Providence, en Rhode Island. De preferencia por la mañana, cuando apenas despierta la propia Pennsylvania Station de Nueva York, la ciudad parece recién nacida, aún cómplice de la noche, y presenta el aspecto que amenazaba a Howard Phillips Lovecraft. Al igual que otros seres sensibles, profundamente arraigados a su ciudad natal, que eligieron viajar más en el alma que en el cuerpo, la Ciudad Imperio resultó para él una desilusión y una tortura: “al buscar la maravilla y la inspiración entre los atestados laberintos de antiguas callejuelas que serpentean sin fin entre patios olvidados, plazas y muelles, en dirección a más patios, plazas y muelles igualmente olvidados, y en las modernas torres ciclópeas y pináculos que se yerguen tenebrosos y babilónicos bajo unas lunas menguantes, no había encontrado más que una sensación de espanto y opresión que amenazaba con someterme, paralizarme y aniquilarme”. Las palabras anteriores fueron escritas en 1925 por un escritor que deseaba apasionadamente serlo. Para lograr ese objetivo le dijeron que debía estar en Nueva York, lugar donde todo sucedía. Se disciplinó y aceptó hacerlo, aunque de inmediato ansiara volver a la ciudad donde aprendió a soñar y donde moriría soñando.
En el instante de su muerte, ocurrida a los cuarenta y siete años de edad en la ciudad que lo vio nacer, Howard Phillips Lovecraft (1890-1937) era conocido por escasos aunque brillantes y lúcidos lectores, así como por la cofradía de discípulos que supo provocar y proteger. Él, que nunca tuvo más poder que el de su pluma, ejercería un hechizo de alcances inimaginables. Con el paso de los años su figura fue creciendo hasta convertirse en un clásico, y tanto su vida como su obra han merecido la admiración y el reconocimiento de sucesivas generaciones. Se cuestionan su estilo, sus reiteraciones, sus desenlaces previsibles. Lo que nadie pone en duda es que logró acuñar un adjetivo del que pocos autores pueden vanagloriarse: decimos lovecraftiano para definir lo indefinible, para nombrar lo innombrable. Ya en el siglo XXI, ha tenido lugar una nueva consagración. En su país natal, The Library of America lo incluyó, en 2005, en el catálogo de autores que integran el canon de la literatura en lengua inglesa, en una colección que se precia de preservar la mejor y más significativa escritura de Estados Unidos, en bellos y durables volúmenes, con textos autorizados. De manera significativa y re veladora, aunque se consigna que la selección de la obra fue llevada a cabo por un devoto de la literatura de horror como lo es Peter Straub, el libro carece de un estudio crítico que otorgue al escritor y a su obra el lugar de honor que merece al lado de Herman Melville o William Faulkner. Para su país de origen, Lovecraft es todavía el raro y el excéntrico al que la Academia norteamericana y el Olimpo literario se niegan a admitir con todos sus honores en sus selectas filas. Marginalidad es motivo de admiración, particularmente entre los jóvenes. Otra ha sido la fortuna del escritor en nuestra lengua. En España, la benemérita Editorial Valdemar —refugio de los devotos que saben que la oscuridad es otra luz— ha publicado en 2007 el segundo volumen de la Narrativa completa de Lovecraft ,preparada por José Antonio Molina Foix: una edición crítica y prolijamente anotada como no existe en la tierra natal del escritor. En este tren casi tan lento como el utilizado por Lovecraft es posible recorrer la costa este de Estados Unidos con la misma parsimonia con que lo hacía el escritor en los frecuentes tránsitos que hacía entre la ciudad imperio y Providence. Por el camino se tocan puntos que su pluma transformó para siempre e incorporó a una mitología que crece y se fecunda con el paso de los años: Arkham, Dunwich, Miskatonic son ciudades invisibles cuyas características reales es posible reconocer en paisajes que aún hoy se conservan, como sucede en las narraciones de William Faulkner o Juan Rulfo.

Llegar a la ciudad y no tomar un taxi. Tampoco preguntar. Tratar de adivinar “las callejas limpias de Nueva Inglaterra, por donde circula la fragante brisa marina del atardecer”. Mirar la estructura esbelta del Hotel Biltmore, que se levanta allí desde 1922 y es por lo tanto contemporáneo moderno de la juventud de Lovecraft, y en esa primera visión panorámica de la ciudad, es el único edificio de su tiempo. Lo demás está ocupado por nuevas estructuras que impiden ver de inmediato la perspectiva de la ciudad, y en las cuales resaltan los iconos de un mundo globalizado que hubiera horrorizado al conservador caballero de Rhode Island, lo mismo que los corredores, ciclistas y patinadores que a lo largo del río, bronceados y fornidos, practican su deporte maquillados y vestidos como si fueran a una fiesta. Como bien señala el polémico poeta y novelista francés Michel Houlebecq, en su libro H.P. Lovecraft, contra el mundo, contra la vida: “los escritores de literatura fantástica son, por regla general, reaccionarios, por la sencilla razón de que son especial, podríamos decir profesionalmente conscientes de la existencia del mal”. Sin embargo, una vez que se transpone el puente de acero y el río Providence, la ciudad del escritor se despliega en una fotografía fuera del tiempo. Las cúpulas de las numerosas iglesias, las casas georgianas van reafirmando la cartografía trazada por Lovecraft en sus relatos y explican por qué él, animal bípedo por excelencia, amaba llegar a la estación del tren o el autobús y hacer a pie el trayecto hacia su casa. En una de las páginas de El caso de Charles Dexter Ward, uno de sus múltiples alter ego, consuma su devoción por la ciudad que lo vio nacer:
La entrada en Providence por las amplias avenidas de Reservoir y Elwood le dejó sin respiración… En la plaza donde confluyen las calles Broad, Weybosset y Empire
vio extenderse ante él a la luz del crepúsculo las casas y las cúpulas, las agujas y los chapiteles del barrio antiguo, ese paisaje tan bello y que tanto recordaba. Sintió también una extraña sensación mientras el vehículo avanzaba hasta la terminal situada atrás del Biltmore revelando a su paso la gran cúpula y la verdura suave, salpicada de tejados, de la vieja colina situada más allá del río y la esbelta torre colonial de la iglesia Baptista cuya silueta rosada destacaba a la mágica luz del atardecer sobre el verde fresco y primaveral del escarpado fondo.

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El Hotel que he reservado a través de la red se llama, por supuesto, Providence, y ocupa el local donde antes estuvo una tienda departamental. La generosidad de Dore Ashton, que me ha permitido estar una semana entera en su casa de Nueva York, logra pagar una noche en este lugar impoluto, pequeño, conservador, lujoso. Como joya de su corona ostenta el restaurante L’Epicurio. Frente a mi ventana se levantan una iglesia de ladrillo rojo, y aunque sepa que se llama Grace Church, como lector y devoto lovecraftiano decido que sea la misma donde tiene lugar su aterrador, inolvidable cuento The Haunter of the Dark. Alrededor de la iglesia pulula esa fauna común al viejo núcleo de las viejas ciudades, y cuyo carácter siniestro nace de que parecen nacidos con la ciudad misma, desde su fundación. Hombres solos y temibles, valientes pero tímidos, que han borrado su biografía y viven y ostentan su soledad en medio de la multitud.

Ciudad de colinas y estudiantes, Providence ofrece de inmediato los edificios que amaba la curiosidad intelectual de Lovecraft. En la biblioteca John Hay de la Universidad de Brown, a la que el joven Howard no pudo ingresar debido a la profunda depresión en la que cayó tras concluir el bachillerato, se encuentran custodiados actualmente sus papeles con el mismo celo con que se guardaba bajo llave el pavoroso Necronomicon. Uno de los viejos edificios que sale de inmediato al paso es la biblioteca del Atheneum, amada particularmente por Lovecraft porque era un sitio frecuentado por Edgar Allan Poe y donde conoció a Sarah Whitman, última mujer a la que públicamente cortejara. Además de la admiración natural que le despertaba el maestro, Lovecraft opinaba, como él, en palabras de Baudelaire, “que la mayor desgracia de su país consistía en no tener aristocracia de raza, atendido, según decía, que en todo pueblo que carece de ella no puede menos de corromperse el culto de lo bello, disminuir y desaparecer”. Para mi desilusión, no se encuentran en los hermosos anaqueles de esa acogedora biblioteca las primeras ediciones del escritor de Providence. Pero sí está una obra cuya lectura modifica de manera radical su biografía: Lord of a Visible World. An Autobiography in Letters, donde J.T. Joshi y David E. Schultz proporcionan, a través de las palabras del escritor, la vida de un niño poseedor de una de las infancias más plenas, imaginativas y felices de las que pueda darse noticia. La química, la astronomía, el periodismo, la bicicleta y la investigación detectivesca hicieron de Lovecraft un niño que en Providence halló, vivió y agotó el paraíso en la tierra. El libro es una selección de las setenta y cinco mil cartas, mensajes y postales que Howard escribió a lo largo de sus cuarenta y cinco años de existencia. Sorprende en la cantidad, la calidad y la penetración que tienen, la manera en que el escritor supo hacer de sí mismo su mejor creación y equipararse, subraya Joshi, a otros maestros del arte epistolar como Cicerón, Horace Walpole o Voltaire. En reivindación a la biografía de Sprague de Camp, que además de haber sido durante muchos años la única, Joshi ha publicado una nueva vida de Lovecraft, que combate la leyenda negra y maniquea establecida por el primer biógrafo. Considerado con justicia, como el mayor erudito de Lovecraft en lengua inglesa, Joshi es además autor de una enciclopedia lovecraftiana y una edición anotada del extenso ensayo “Supernatural horror in literature”, una de cuyas mejores y primeras traducciones al español fue hecha por Jorge Velasco y publicada hace más de tres décadas en esta misma Revista de la Universidad de México.

Inglaterra ha tenido la afortunada idea de honrar a Sir Arthur Conan Doyle no con una estatua suya sino mediante una escultura a su creación más memorable. En Edimburgo primero y más recientemente en Londres, a la salida de la estación Baker Street, sendas esculturas de Sherlock Holmes lo ponen otra vez en la calle, su coto de caza predilecto. En Providence no hay, por fortuna, para recordar a Lovecraft una escultura de las criaturas abominables y amorfas nacidas de su imaginación. En cambio, la ciudad ha tenido el buen gusto de colocar en un prado a las afueras de la biblioteca una placa donde figura la ya célebre e icónica silueta que representa el perfil del escritor, y cuyo origen fue tan humilde como pasajero: la mandó hacer, junto con las de los amigos que lo acompañaban, en el parque de diversiones de Coney Island. En la placa conmemorativa no se habla de él como escritor de obras fantásticas, sino se rinde homenaje a su amor a la ciudad en una estrofa de uno de sus poemas dedicados a ella.

En el restaurante L’Epicurio del Hotel Providence todo es lujoso pero falso. Prefiero salir a recorrer la ciudad de noche para recordar solidariamente a Lovecraft que, como los niños, comía helados y odiaba los maravillosos mariscos que sólo se dan en sus mares fríos. De vuelta a mi cuarto de hotel, mientras consumo mis magras raciones, condimentadas por el hambre y la fatiga, miro a través de la ventana: los solitarios de Grace Church se disponen a resistir la noche. A lo largo de ella, en los cuartos vecinos hay lamentos y ruidos extraños. Es la imaginación exaltada por Lovecraft, me digo. Más tarde, mi amigo Gilberto Prado Galán me dirá que en su visita a Providence se enterará de que en la ciudad está prohibida la prostitución, pero que los hoteles de todas las categorías la permiten y la propician entre cuatro paredes.

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Amanecer en la ciudad. El mapa turístico de Providence amable, superficial, inofensivo, no incluye por supuesto el cementerio. Tengo que acudir al libro Lovecraft’s Providence de Henry L. Beckwith Jr., que mi amigo Pablo Soler Frost, explorador de esta ciudad en años previos, tuvo la generosidad de regalarme. No hay escala en el mapa que conduce al cementerio de Swan Point, pero calculo que debe estar a unos tres kilómetros del centro. Imposible abandonar Providence sin hacer una visita a ese lugar donde Lovecraft fue al encuentro de la verdadera sombra. Me pongo los tenis y corro a lo largo de Angell Street, en cuyo número 454 nació Lovecraft, aunque la casa ya no existe. Permanece la que se levanta en el número598, a uno de cuyos departamentos se cambió la familia tras la muerte del padre. Remonto esa calle de ortografía particular —llamada así en honor de Thomas Angell— como la recorrió Lovecraft, con la certeza y el solo privilegio que tienen los auténticos solitarios de encontrar una emoción distinta en cada caminata. En el trayecto encuentro el Hospital Butler, donde estuvo interno primero el padre y posteriormente la madre de Lovecraft. Continúo por Blackwood Road, que luego se transforma en Blackstone Boulevard, una amplia avenida con camellón. El camino es más largo de lo que suponía pero cinco kilómetros después encuentro el majestuoso Swan Point Cemetery, Serving New England since 1847, es decir, el año en que la bandera de las barras y las estrellas ondeó para nuestra vergüenza sobre Palacio Nacional. Silencioso, ordenado, pulcro hasta el exceso, como suelen ser los cementerios de Estados Unidos, y particularmente de Nueva Inglaterra. Aunque llevo apuntada la fecha del sepelio de Lovecraft, para localizar su tumba no hay necesidad de que tenga contacto alguno con la raza humana. Antes de entrar en la oficina a preguntar informes, me sale al paso una máquina que me ordena, silenciosamente, que oprima sus teclas. Me proporciona la localización de la tumba y tomo un mapa para guiarme. Las instrucciones parecen precisas: caminar a lo largo de la Holly Avenue, cruzar el Alfred Stone Memorial, el estanque con una enorme roca en el centro y desembocar en la sección 281 de Hemlock Avenue. Llego al lote indicado pero tras media hora de búsqueda no encuentro a mi escritor. Ninguna persona a la cual preguntar. Ningún panteonero fiel, con su cubeta estridente y servicial como los que brotan como hongos en nuestros camposantos. Como no he traído cámara al cementerio, tengo pretexto para decir a mis amigos que lo son también de Lovecraft que sí hallé la tumba pero que no pude fotografiarla. ¿Me creerían Luis Chumacero, Roberto Coria, Antonio Toca, Mauricio Molina, Francisco de León? Si yo fuera ellos, no. Paso por enésima vez frente a la tumba de la familia Potter, cuyo apellido, por razones obvias, es el que más resalta entre sus vecinos. El cielo comienza a encapotarse de manera extraña para estos días de abril. Sopla un viento semejante al de la película The Omen y siento, como debe de ser, miedo, la primera y más antigua de las emociones humanas, como escribe el maestro. A punto de abandonar la búsqueda, paso otra vez por la monumental cripta de los Potter y miro hacia abajo: tres mínimas placas ostentan los nombres de la familia Lovecraft. He aquí la paz final, maestro, amigo. Para grandeza de su discreción y su elegancia, no hay flechas que lleven a su tumba. Sólo el viento que limpia y renueva la vida en este lugar donde habita la muerte. Sólo el apellido familiar que usted honró con resultados que jamás pudo haber imaginado. Estoico y cortés ante la enfermedad, fue paciente ejemplar para médicos y enfermeras que trataron de hacer lo más tolerable posible su cáncer estomacal. La última de las cartas que escribió revela no al hombre hosco y solitario que el sensacionalismo ha querido ofrecernos, sino a un caballero preocupado por las enormes minucias de los otros.

Peregrinación cumplida. Para volver al mundo de los vivos, salgo corriendo del cementerio. Me sale al paso una mujer policía más grande y negra que su patrulla y me asesta un categórico: “This is no place for jogging”.Tiene razón. Salgo, humillado y ofendido, con paso lento, a recorrer la distancia que me separa de la puerta del cementerio. Las palabras de la policía son un insulto —como resultan serlo mi sudor, mis pantalones cortos— pero también un homenaje a Lovecraft, un llamado al respeto, articulado por la representante de una de las razas que él detestaba. Escuchemos otra vez a Houlebecq:
Así que ya no se trata del racismo bien educado de los WASP, sino del odio brutal del animal que ha caído en una trampa, que se ve obligado a compartir la jaula con animales de especies diferentes y temibles.

De vuelta en el centro de la ciudad, desemboco en el río y subo hasta el parque Crescent, paseo predilecto de Lovecraft. A lo largo de estas balaustradas caminaba, en sus bancas leía o se abstraía en la contemplación de una ciudad que nunca lo cansaba y donde seguramente aceptó la declaración de amor de Sarah Green, la única mujer con la que tuvo intimidad y que sería su esposa durante dos años. Al igual que los grandes solitarios que no encuentran en una pareja convencional la correspondencia para su sed de vida, Providence devolvió a Howard con creces sus caminatas y retornos, su anclaje en calles y edificios que le recordaban tiempos mejores, acaso míticos e imposibles. Aquí fue feliz porque aquí decidió descubrir su máquina del tiempo. No inventar sino descubrir. Como Hawthorne y Melville, quiso encontrar un país de nunca jamás en tierras y en tiempos donde se adoraba casi exclusivamente al becerro de oro. ¿Para qué hacer infiernos en este paraíso? Tal vez para apreciar mejor lo que destruimos. Los monstruos de Lovecraft tienen nombres y rostros, pero en una de las múltiples lecturas que su obra permite, esas entidades que amenazan a la especie humana y le reclamaban su lugar en el planeta que llamamos las Tierra son las guerras, los huracanes, los tsunami, la peste negra aparecida en el siglo XX, contra la cual no hay cura y que convierte en realidad algunas de las metáforas más fuertes y amenazadoras de “El horror de Dunwich”.

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Para despedirse mejor de la ciudad de Lovecraft es conveniente hacerlo en una librería de segunda mano. Cellar Stories se ostenta como el más grande negocio de libros raros y usados de Rhode Island. No hay aparador. Para llegar a ella hay que subir unos escalones desvencijados que conducen a un segundo piso donde se exhibe, en ordenado caos, un arsenal bibliográfico que va de lo desechable a lo maravilloso. No tienen por desgracia –y también por fortuna- la primera edición de Al Azif, escrito hacia 730 d.C., en Damasco, por el árabe loco Abdul Alhazred, traducido al griego en 950 como el Necronomicon por Theodorus Phileras, pero la sección de grabados de la tienda es casi tan ordenada, selecta y sorprendente como la colección de libros de vampiros. En la parte dedicada a Lovecraft, tengo la fortuna de hallar un ejemplar de una edición de 1944 preparada por August Derleth, amigo, colaborador y el cierto modo albacea del maestro: un libro de pasta dura honra a quien nunca ocupó la portada de las revistas donde colaboraba, y cuyo único libro alcanzó doscientos ejemplares. Sin embargo, lo más lovecraftiano es encontrar libros que ostentan el nombre de Brett Rutherford, su dueño original: una biografía de Vlad Tepes, una colección de relatos de Algernon Blackwood y The Natural History of the Vampire de Anthony Masters. Las ediciones, todas en pasta dura, están asombrosamente bien cuidadas: el lomo intacto, los discretos y escasos subrayados siempre a lápiz. Cada volumen ostenta su orgulloso ex libris, cuidadosamente pegado: un cráneo, un sapo a punto de dar un salto, y el nombre del antiguo dueño en prolija caligrafía. Cuando pregunto al encargado de la librería quién era esa persona, responde que un hombre joven, estudiante de la Universidad, que tuvo que abandonar sus estudios y vender sus libros. Su filiación corresponde impecablemente a la de los personajes de los cuentos de Lovecraft: jóvenes solitarios, apasionados, sedientos de un prohibido y peligroso conocimiento. Nunca sabemos qué comen o si sudan, ni de qué color es su camisa. Sólo que van el encuentro del horror. Por eso el mejor personaje de Lovecraft es el lector de Lovecraft. Mejor si es joven y cree que el miedo en la página es una forma de purificación. Naturalmente, nunca aman ni tienen una pareja sentimental, porque, como bien dice Houlebecq, “en el universo de Lovecraft, la crueldad no es un refinamiento intelectual; es una pulsación bestial, que se asocia a la perfección con la más lóbrega estupidez. Y los individuos corteses, refinados, de maneras delicadas…son las víctimas ideales”.

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En el tren de vuelta a Nueva York reviso la pesca bibliográfica de la jornada, a la luz luminosa del maestro Lovecraft. Vuelven a pasar lista los libros por él leídos. El libro de Joshi recoge la última carta escrita por nuestro autor, donde aparece un hombre valeroso, con una gran deferencia hacia la dignidad propia y por ende hacia la dignidad de los otros.
En el volumen de los cuentos de Lovecraft preparados por Joyce Carol Oates, brilla el fragmento indeleble de una carta del maestro, que es la mejor despedida para la ciudad de sus sueños. Los que vivió con los ojos cerrados y aquéllos que conjuró, con más frecuencia, en ese país de sombras largas llamado la vigilia:

Para todos los intentos y propósitos estoy por naturaleza más aislado de la humanidad que el propio Nathaniel Hawthorne, quien vagaba solitario en medio de las multitudes…la gente de un lugar no me importa en absoluto sino como un componente del paisaje general y el escenario…mi vida se encuentra no entre la gente sino en escenas. Mis afectos locales no son personales sino topográficos y arquitectónicos…Lo mío es la Nueva Inglaterra, de una forma o de otra. Providence es parte de mí. Yo soy Providence.


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