martes, 24 de agosto de 2010

Temporada de caza

El cineasta texano Robert Rodríguez es heredero indiscutible de Roger Corman. Ambos se distinguen por la factura económica de sus películas. La opera prima del primero, El mariachi (1996), se filmó con el casi ridículo presupuesto de 7 mil dólares y obtuvo una ganancia de 2 millones. Esto no sólo le valió el reconocimiento internacional, sino le abrió las puertas de la gran industria hollywoodense a través de la productora Dimension Films, subsidiaria de New Line Cinema especializada en cine de horror y fantasía. Bajo este sello nos presentó Del crepúsculo al amanecer (1996), divertido neo-western de vampiros que homenajea a directores que a simple vista parecen tan disímiles como Sergio Leone –con sus spaguetti westerns- y a Federico Curiel –con su serie de aventuras del Santo-. Mientras Corman reciclaba musicalización, vestuario y decorados de sus películas previas, Rodríguez utiliza recursos caseros en sus producciones: en el patio trasero de su casa instaló su propio estudio –Troublemaker studios-, donde realiza su propia edición, banda sonora y efectos especiales. En ese lugar se gestó la inofesiva saga de Mini espías (2001-2003) o esa joya neo noir llamada Sin City (2005). A Rodríguez y Corman los diferencían la época, la proyección comercial y el acceso a la tecnología. Son dos artistas cortados por la misma tijera, pero de distintas generaciones, dos realizadores que se alejan de academicismos y nos ofrecen cintas sencillas que sólo buscan entretenernos.
Me resultó un poco extraño leer en los avances de los cines “Robert Rodríguez presenta Depredadores”, y más aún que la película fuera estelarizada por el ganador del Oscar Adrien Brody. No porque Rodíguez esté involucrado en una gran producción –el hombre siempre ha mostrado una morbosa fascinación por el cine gore, por la sangre como espectáculo, y vaya que el cazador alienígeno se adecúa a esto, además en 1994 los estudios Fox le encargaron escribir una secuela no filmada- ni porque sea indigno de un actor galardonado participar en una cinta de esta clase, sino porque el cineasta no me parece muy cercano de la franquicia que iniciara John McTiernan en 1988 y porque no es en definitiva el tipo de películas del protagonista de El pianista (Roman Polanski, 2004).
Aún recuerdo cuando vi la prmera entrega de Depradador. Era un tierno adolescente de 16 o 17 años que descubría la magia los videoclubes y muchas personas me habían advertido que era “demasiado sangrienta”. Eso, obviamente, la hizo más atractiva. En la pantalla de la televisión estaban el grandulón e inexpresivo Arnold Schwarzenegger y un comando de aguerridos mercenarios en una misión de rescate en una jungla centroamericana. Inesperadamnte, la operación se veía obstaculizada por una entidad invisible que masacraba inmisericorde, uno por uno, a los personajes. Los cadáveres de algunos pendían, ensangrentados, de los árboles. Era como si los cazara. Recordé inmediatamente un cuento del francés Guy de Maupassant que recién había descubierto, El Horla (1887), donde un ser similar –imaginario o no- atormentaba al protagonista:

Regresé muy contento al hotel, caminando por el centro. Al codearme con la multitud, pensé, no sin ironía, en mis terrores y suposiciones de la semana pasada, pues creí, sí, creí que un ser invisible vivía bajo mi techo. Cuán débil es nuestra razón y cuán rápidamente se extravía cuando nos estremece un hecho incomprensible.

También al relato El Wendigo (1910) del escritor inglés Algernon Blackwood, que narraba el fatal encuentro de un grupo de cazadores con un ente terrible en los bosques norteamericanos.

Aquel año se organizaron numerosas partidas de caza, pero apenas si se llegó a descubrir rastro alguno; los alces parecían excepcionalmente tímidos aquella temporada y los chasqueados Nemrods regresaron al seno de sus respectivas familias formulando las mejores excusas que se les ocurrieron. El doctor Cathcart, como otros muchos, regresó sin un solo trofeo. Pero trajo, en cambio, el recuerdo de una experiencia que, según confiesa, vale por todos los alces cazados en su vida. Y es que Cathcart, de Aberdeen, aparte de los alces, estaba interesado en otras cosas; entre ellas, en las extravagancias de la mente humana. Sin embargo, esta singular historia no figura en su libro La Alucinación colectiva por la sencilla razón de que (así lo confesó una vez a un colega suyo) vivió los hechos demasiado de cerca para poder opinar con entera objetividad.

Todos los ejemplos anteriores son un buen pretexto para ir de caza, sea a la librería o al cine.

2 comentarios:

  1. Grandes cuentos los que mencionas. Clásicos e imprescindibles. "¡Mis pies de fuego, mis candentes pies de fuego!"
    Todavía no veo la película...

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  2. Muy cierto, Miguel. Dos cuentos indispensables. Confieso que tampoco la he visto, por eso me detuve a opinar sobre ella. Ya la comentaremos. Un abrazo:

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