martes, 3 de diciembre de 2013

La ropa no hace al vampiro, o lástima de capita

Bastaron sólo tres episodios (dos y medio, en realidad) para confirmar mis enormes reservas sobre la nueva vida televisiva de Drácula.
La serie, por más espectacular que sea, se aleja en lo sustancial a la novela que inmortalizó al irlandés Bram Stoker. Sus productores ni siquiera tienen la decencia de reconocerle su mérito autoral (ni al inicio ni al final de cada capítulo) con las leyendas “basada en la novela o personajes creados por”. Eso, a la larga, no sé si será un beneficio. Insisto, el producto es visualmente impecable, pero decepcionante en lo sustancial. Muchos la defenderán como una interesante reinterpretación del mito, pero si lo que se buscaba era hacer algo nuevo debieron desligarse completamente de la fuente original. Eso sólo crea altas expectativas y hace patente el afán de lucrar con una creación que ha comprobado con creces su universalidad y alto valor comercial.
Posee parlamentos y situaciones que inmediatamente repelen al conocedor y a la persona que va más allá del torso desnudo de su productor y protagonista Jonathan Rhys Meyers: “convertirla en algo como yo sería una abominación”, o ese dramático y caricaturesco golpe que da a las teclas de un piano para rematar su maldad. Donde yo crecí los vampiros no se lamentan de ser vampiros. Personajes con esos dilemas existenciales abundan en la narrativa, como el Louise de Pont Du Lac de Anne Rice. Y eso no es malo. Pero siempre tienen como contrapeso el espíritu byroniano y malévolo de seres como Lestat de Lioncourt. Y volviendo al programa, pasa por alto aspectos obvios. Renfield (Nonso Anozie) es su sirviente, no su consejero sentimental. Jonathan Harker es un hombre de su época –como el propio Stoker-, pero es respetuoso, abierto y pensante, no el típico Victoriano de Oliver Jackson-Cohen. “Ya se le pasará a mi vieja eso de ser médico”. Por otra parte una pareja de enamorados nunca se besaría abiertamente en público, ni las mujeres caminarían despreocupadamente por la calle con el cabello suelto –a lo Amanda Miguel- y mostrando sus brazos desnudos. Luego están las incongruencias. “Convirtamos a nuestro gran enemigo en un ser poderosísimo, al fin nunca escapará de su cautiverio y con el paso de los siglos el odio que nos tiene desaparecerá” o “Masacremos a la familia de este individuo. Que nos vea y dejémoslo vivir para que sufra. Al fin nunca querrá vengarse”. Tonterías ambas. Y por otro lado, Rhys Meyers no es la mejor elección para interpretar al vampiro. No proyecta la malignidad ni el misterio que el personaje requiere. Por momentos (muchos) me parece falso, fuera de lugar. 
No sigo más, pues corro el riesgo de lucir como un anciano quejumbroso. Creo que tengo dos veces el derecho a sentirme indignado con el resultado: como espectador y entendido del tema. Si conozco de algo, como es evidente en mi trayectoria, es de Drácula. Y lo que se nos presentó se desvía enormemente de una novela que es eterna, como su protagonista y el hombre que la creó.

Todavía me pregunto si algún día veré una nueva adaptación digna. Mientras tanto, espero atento. 

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