jueves, 17 de junio de 2010

¿Quién teme a los payasos?

Lon Chaney, el entrañable actor conocido como “El hombre de los mil rostros”, advirtió correctamente que el payaso, extrayéndolo de su entorno circense, inocente y doméstico, poseía una de las imágenes más aterradoras. En sintonía está Robert Bloch, discípulo de H. P. Lovecraft y autor de “Psicosis”, quien pensaba que representa la esencia del verdadero horror. Si reflexionamos a profundidad, el payaso es un agente de la anarquía y el caos. Su rostro maquillado, su nariz roja y sus ropas extravagantes son la antítesis de lo “normal”, un desafío descarado a todas las convenciones de la sociedad. Cuando acuden al circo, por gentileza de sus padres, los niños reaccionan de diversas formas ante los inocentes bufones: algunos sienten la más genuina simpatía por ellos, otros la más profunda aversión, incluso un terror indecible. Y digo terror –no horror- porque rechazan inmediatamente su aspecto físico. Es éste el que los atemoriza. Un payaso, en un callejón oscuro, a la medianoche, es capaz de asustar a cualquiera. Muchas veces la ficción se ha valido de la capacidad de estos personajes para aterrar a su público. Pennywise, el payaso que baila, villano alienígena de la novela “Eso” (1986) de Stephen King, se aprovecha de su colorido como arma de seducción para acercarse a sus víctimas. Esto tiene símil en la realidad, que siempre supera a la ficción. John Wayne Gacy, amable vecino del suburbio de Norwood Park en Chicago, hombre de familia, empresario y asesino en serie de medio tiempo, acostumbraba disfrazarse como Pogo el payaso para hacer las más nobles acciones comunitarias. En su otra identidad, la verdadera, asesinó a 33 chicos de entre 9 y 20 años. A diferencia de la creencia popular, Gacy nunca utilizaba su colorido disfraz para realizar sus faenas homicidas. El maquillaje era su “máscara de sanidad”, la forma de encajar en su entorno. El criminal fue ejecutado el año 1994 por sus acciones. Más reciente es la encarnación del malogrado actor Heath Ledger como el malvado Guasón, enemigo de Batman. En El Caballero de la Noche (Nolan, 2007), es un asesino despiadado que se reinventa con cada víctima, un hombre “que sólo quiere ver el mundo arder”. Su apariencia –establecida desde las historietas- es la de un payaso y sirve como contraste evidente con la personalidad sombría de su némesis. Su rostro está desfigurado por enormes cicatrices que cubre con maquillaje para adquirir el aspecto de un arlequín demoníaco e inspirar miedo. Y lo logra. Bob Kane, uno de los creadores de Batman –porque Bill Finger nuca ha recibido el reconocimiento adecuado-, se inspiró en el aspecto del actor alemán Conrad Veidt en la película El hombre que ríe (Paul Leni, 1928) para crear al criminal. Como el Guasón de Ledger, su sonrisa está marcada permanentemente en su rostro, lo cual demuestra que este gesto no siempre es divertido.

lunes, 14 de junio de 2010

Dexter, tercer acto

Sigamos hablando de televisión. Muchas series contemporáneas tienen un infausto destino, y esto se debe a la calidad de sus historias. Amas de casa desesperadas, en su primera temporada, inició como una propuesta prometedora pero derivó en el más grande absurdo; 24 agotó inmediatamente lo innovador de su narración; Héroes erró el rumbo de lo que parecía una interesante visita al mundo de los superhéroes. Pero he aquí un caso afortunado. El martes pasado fue el final de la tercera temporada de las aventuras de Dexter Morgan (Michael C. Hall), el analista de indicios hemáticos de la Policía de Miami que en su tiempo libre es un experimentado homicida. El personaje comprueba lo que afirma mi amigo Ricardo Bernal: los asesinos en serie son los superhéroes del nuevo milenio. Y es que es imposible que no nos atraigan estos personajes. Ellos se atreven a lo que nosotros no y viven más allá de las normas sociales, religiosas, legales y éticas. Dexter es especialmente relevante en una sociedad –como la nuestra- donde la justicia no siempre llega a quien la merece. El personaje tiene un código que lo lleva a matar a quienes mataron impunemente y escaparon del sistema por errores o tecnicismos. En ese sentido se erige, aunque tenemos plena conciencia que lo que hace está mal, en una especie de justiciero, “no el que la ciudad necesita, sino el que merece”, para citar a los clásicos. Es un asesino que realiza lo que correspondería a los gobiernos. Triste pero cierto. Triste pero quizá necesario.
Dexter terminó pues su tercer ciclo, uno marcado por la soledad y la búsqueda de aceptación, porque el hombre por naturaleza es un animal gregario. Esto lo llevó a relacionarse con Miguel Prado (Jimmy Smiths), un torcido Fiscal de Distrito que se convirtió en su amigo, aprendiz y socio. El vínculo no fructificó y tuvo un desenlace inevitable. Las mejores historias de Batman no incluyen a Robin. Dexter aprovechó para saldar cuentas con un nuevo asesino, “El Desollador” y también emprendió otra aventura, la de la vida en pareja. Su novia Rita Bennet, (Julie Benz) madre divorciada de dos hijos, sobreviviente de un matrimonio violento –la pobre mujer no se distingue por saber elegir a los hombres-, es la fachada que Dexter necesita para aparentar normalidad ante la sociedad, su “máscara de sanidad”, como dijera el psiquiatra estadounidense Hervey Cleckley. Ahora tendrán un hijo y por ello, como muchas parejas, se casaron. Siempre pensé que el héroe –porque nos guste o no Dexter lo es- está condenado a la soledad. En ocasiones el compromiso resta interés a estos personajes. Pensemos en Peter Parker, alias Spiderman, o en el ogro Shrek. Pero en el caso de Dexter su posición como hombre de familia es un nuevo reto, como seguramente lo fue para John Wayne Gacy, el asesino en serie que era un devoto esposo de medio tiempo. Cumplir sus actividades homicidas con las presiones de la vida conyugal será una proeza indudable. La escena final de la temporada, con el baile nupcial de Dexter y su flamante esposa, es sumamente reveladora de lo que nos espera: la gota de sangre de Dexter sobre la blancura inmaculada del vestido de Rita. No puedo esperar.
Por cierto, pueden escuchar el podcast que Testigos del Crimen le dedicó hace tiempo.

viernes, 11 de junio de 2010

Fé de erratas

Bajos instintos es una película de 1992. En la anterior entrada de este blog escribí erróneamente que era de 1990. Mea culpa.

jueves, 10 de junio de 2010

Dos finales y un final final

Dos series televisivas de reciente vida llegaron a sus finales de temporada la semana pasada. La primera fue Fringe, esa original pieza concebida por J. J. Abrams y sus ingeniosos cómplices Alex Kurtzman y Roberto Orci, digna heredera de populares programas como Kolchak, el cazador nocturno y Los expedientes secretos X. La pugna de dos universos paralelos (el nuestro, donde el World Trade Center neoyorkino fue derribado el 11 de septiembre, y el otro, donde las torres gemelas aún siguen en pie y Eric Stoltz protagonizó Volver al Futuro) apenas comienza y promete nuevas emociones: la agente federal Olivia Dunham (Ana Torv) quedó atrapada “del otro lado del espejo”, a merced de Walternativo (John Noble), el siniestro Secretario de Defensa de los Estados Unidos de esos rumbos. Mientras tanto la Olivia alterna (o Bolivia, según los guionistas) se apega a Peter Bishop (Joshua Jackson) pues es de vital importancia para los planes del enemigo. El recurso de los universos paralelos no es nuevo (es ampliamente explotado en las historietas de DC y Marvel), pero sí muy interesante.
La otra serie que concluyó ciclo fue V, reelaboración de la ya clásica serie ochentera Invasión extraterrestre, esa donde unos malvados reptiles alienígenas pretendían conquistar la Tierra, cuales lobos con piel de ovejas. La serie, como Fringe, se nutre sin duda de la paranoia del 11 de septiembre. La resistencia se revela, por conveniencia de la manipulación mediática invasora, como un grupo terrorista –la Quinta Columna- que opera en células, de forma similar a Al Qaeda. Su primera victoria, la infiltración en una de sus naves y la destrucción de miles de huevos de lagartos, sólo desató la ira de Anna (Morena Baccarin), quien aceleró el inicio de un plan que seguramente tendrá consecuencias nefastas para nuestro planeta. Pero estamos a salvo por el momento. Eso será para su segunda temporada.
Y finalizo con una nota amarga (al menos para mí). Se anunció la cancelación de La Ley y el Orden, el policial televisivo más antiguo, laureado y original en su tipo. Este es un motivo de profunda tristeza, pues lo vi por vez primera hace 20 años cuando era un tierno estudiante del CCH Sur. Sus personajes, que han rotado a lo largo de los años, se convirtieron en figuras esenciales de mi formación. Cuando el actor Jerry Orbach, quien encarnó por 12 temporadas al veterano detective Lennie Briscoe, murió de cáncer en 2004, experimenté un duelo inusual. Y es que me hice viejo a la par de sus protagonistas. Aún no puedo comprender el criterio para sacarla del aire. Es cierto, es una serie de fórmula (ocurre un crimen, hay una investigación policial plagada de misterio y ocasionalmente acción, se captura al probable responsable, se sigue su proceso judicial, hay giros legales y una condena), pero toma muchas de sus historias de la nota roja cotidiana, lo cual asegura su vigencia. No creo –como muchos piensan- que la inclusión de nuevos personajes sea responsable de su cancelación. Los detectives Lupo (Jeremy Sisto) y Bernard (Anthony Anderson) son miembros de una nueva generación de policías, una que usa el Internet y sus modernas Palms para hacer su trabajo. No olvidemos que la serie influenció la técnica narrativa de los programas de televisión contemporáneos: su escenario es la ciudad de Nueva York, una de las urbes más complejas de la sociedad occidental; el seguimiento de las investigaciones, que no pierde tiempo en detalles innecesarios, está realizado cámara en mano, lo que le otorga un aspecto documental. Sus dos filiales, La Ley y el Orden: Intento Criminal y La Ley y el Orden: Unidad de Víctimas Especiales, sobrevivirán. En la última acaba de aparecer como invitada la actriz Sharon Stone, quien se hiciera famosa por cruzar las piernas en Bajos instintos (Verhoeven, 1990), como la nueva Asistente del Fiscal de Distrito –que fue compañera del detective Eliot Stabler (Christopher Meloni) e investiga a un supuesto filicida, crimen hoy tan de moda por el horrible caso de los niños de Tepito-. El episodio fue bueno. Que La Ley y el Orden termine, eso sí es bajo.

lunes, 7 de junio de 2010

Los niños de hoy y el cine

Nos encontramos en la cuenta regresiva al inicio del mundial de futbol. Karl Marx pensaba que este deporte, junto con la religión, es el opio de los pueblos. Mientras tanto vayamos a lo nuestro. Algunas películas para niños no son ya del estilo de mis más entrañables recuerdos infantiles. Acabo de ver dos que me significaban grandes pendientes: Donde viven los monstruos (Were the wild things are, 2009) y El fantástico señor Zorro (The fantastic Mr. Fox, 2009), dirigidas por Spike Jonz y Wes Anderson, dos jóvenes cineastas norteamericanos, atípicos, irreverentes, que no serían la primera opción de un gran estudio para adaptar memorables relatos infantiles para la pantalla grande.
Vayamos por partes, como el descuartizador. A Jonz debemos interesantes cintas como ¿Quieres ser John Malkovich? (1999) y El ladrón de orquídeas (2002). En ambas demuestra su buen oficio y predilección por historias poco convencionales. Donde viven lo monstruos narra las andanzas de Max (Max Records), un niño de 8 años que persigue a su perro y comete todo tipo de estropicios enfundado en un inocente disfraz de lobo. Su indisciplina se desprende del divorcio de sus padres, del desapego de su hermana y del intento de su madre (Catherine Keener) por rehacer su vida sentimental. Tras un exabrupto, huye de casa y se embarca a una tierra imaginaria, un mundo de evasión habitado por enormes monstruos –de aspecto salvaje pero enternecedor- de quienes se autoproclama rey. El más problemático de ellos, Carol, puede interpretarse como una especie de alter ego del infante: rebelde sin causa, peleado con sus semejantes y muy propenso a la destrucción. Con él y los otros monstruos entabla una relación que le permite aceptar su situación y reconciliarse con la vida. La película, que evita en exceso los sentimentalismos y lugares comunes, se erige como un relato de paz recuperada con una buena rebanada de pastel de chocolate como broche de oro. Los monstruos son personas disfrazadas con enormes botargas –tipo Dr. Simi- con rostros animados por computadora y partes animatrónicas, con voces –en inglés- de actores como James Gandolfini –alias Tony Soprano-, Catherine O´Hara –la madre excéntrica en Beetlejuice-, Forest Withaker y Cris Cooper –el doblaje en español no es tan malo-. La cinta, escrita por el propio Jonze y Dave Eggers, es una tardía adaptación del libro homónimo de Maurice Sendak, quien funge como coproductor. En el año de su publicación, 1963, el divorcio era algo poco común en la sociedad –por innumerables razones-, motivo inminente de marginalidad. Hoy es algo cotidiano. En un grupo de primaria promedio, el raro es el niño cuyos padres están felizmente casados. Tal vez de ello se desprende el tono poco emotivo de la cinta, que creo es su mayor defecto como película infantil. Pasajes increíblemente sentimentales –como el aullido colectivo de despedida- pasan casi desapercibidos.
Caso similar es El fantástico señor Zorro, adaptación del libro del escritor estadounidense Roald Dahl, quien recibe su crédito en el mismo inicio de la cinta. A la imaginación del señor Dahl debemos historias que han sido llevadas a la televisión y el cine, como el episodio Cordero para cenar de Alfred Hitchcock presenta, Las brujas (Nicolas Roeg, 1990, cuyo remake viene en camino) y Charlie y la fábrica de chocolate (Tim Burton, 2005). A partir de un guión de Noah Baumbach, Wes Anderson nos narra la historia del señor Zorro del título, un ladrón de pichones aparentemente reformado por la paternidad con voz de George Clooney. Está felizmente casado con la señora Zorro (voz de Meryl Streep), tienen un hijo con problemas de crecimiento (voz de Jason Schwartzman), escribe una columna en el diario local y vive en la casa-árbol de sus sueños. Pero algo hierve oculto en su pecho pues es, en sus propias palabras, “un animal salvaje”. Por ello urde un plan para robar –con ayuda de su amigo zarigüeya- tres granjas locales. Esto desata la ira de los propietarios de los ranchos, quienes emprenden una aparatosa cruzada para exterminar a los culpables. El señor Zorro pone así en juego su integridad, la de su familia y la de su comunidad entera. Anderson, a quien debemos divertidas y extrañas cintas como Rushmore (1998), Los excéntricos Tenebaums (2001), La vida acuática con Steve Zissou (2004) y Viaje a Darjeeling (2007), ejecuta a la perfección la más tradicional de las técnicas de animación, el stop motion –en el mejor homenaje al trabajo de la productora Rankin/Bass-, pero por alguna razón el relato, con todo y lo vistoso de sus personajes y escenarios, no logra enganchar. O quién sabe. Tal vez estos cineastas tienen en cuenta el cambio de ánimo de los nuevos espectadores, el nuevo cine que merecen. Tal vez yo soy el anticuado. ¿Ustedes qué piensan?

sábado, 5 de junio de 2010

Voto de confianza

Charles Baudelaire y Fernando Savater, como tantos escritores, piensan que la literatura es la infancia recuperada a voluntad. Lo mismo puede decirse del cine. Muchos de los primeros recuerdos de mi vida están relacionados con aquellos viajes periódicos al desaparecido cine Continental, en la Ciudad de México. Mi madre, valiéndose de privilegios de su condición de empleada de la Procuraduría de Justicia, me llevaba los sábados a deleitarme con películas de Walt Disney, viejas o de reciente estreno. En ese sacrosanto recinto aprendí que la imaginación es uno de los aspectos más maravillosos de la condición humana. No puedo evitar recordar esto cuando veo en el Periférico espectaculares que anuncian el inminente estreno de la tercera parte de la serie Toy story, que iniciara en el año de 1995 bajo la dirección de John Lasseter, artífice e iniciador del imperio de animación por computadora Pixar, estudio continuador indiscutible de la tradición Disney y que ha conservado la delantera en el campo. Si Toy story demostró originalidad y frescura –la cual extendió a una exitosa secuela (Lasseter y Ash Brannon, 1999)- es tal vez inferior a sus hermanas mayores Ratatouille (Brad Bird, 2007), Wall-E (Andrew Stanton, 2008) y Up, una aventura de altura (Pete Docter, 2009). Y esto no sólo por los notables avances tecnológicos que la compañía alcanza entre cada cinta, sino por su depurada técnica narrativa, por lo atractivo de su historias –que pueden disfrutar por igual chicos y grandes- y por la profundidad de las mismas. Remy, la humilde rata con aspiraciones culinarias, reconoce su verdadera vocación en el momento más conmovedor de la cinta que protagoniza: “porque yo soy el chef”, asegura resuelto a su padre y hermano. Al final es recompensado. Es calificado como “el mejor chef de Francia” por su principal detractor y posterior admirador. Si la calidad que las historias de Pixar es similar en esta nueva incursión, auguro el mejor resultado para Toy story 3. Veamos si tengo razón al confiar.
Es irónico que hable de una película infantil en el día en que se cumple el primer aniversario del incendio que cobrara tantas víctimas. Porque no sólo son víctimas los 49 pequeños muertos en la guardería ABC, o las docenas de niños con afecciones crónicas. Lo son también las docenas de padres, abuelos y tíos que nunca aceptarán la pérdida de sus seres amados. Ojalá desde el Cielo, porque los inocentes no pueden estar en otro lugar, les envíen fuerza a sus deudos para aprender a vivir sin ellos. A pesar de la indolencia de los gobiernos, la justicia para ellos debe llegar.

jueves, 3 de junio de 2010

Grand finale

Como los medios bien se han encargado de informarnos, el caso de la pequeña Paulette Guevara llegó a un desenlace anticipado semanas atrás: muerte accidental. Dejemos a un lado los errores evidentes en la pesquisa, las fallas imperdonables en la preservación de la escena del crimen, el reducido espacio al pie de la cama y un pequeño cadáver inodoro. Al final la muerte de Paulette sólo refuerza la incredulidad de la gente en sus instituciones. La renuncia de la cabeza de la investigación, que claramente obedeció a intereses políticos, no deja satisfecha a una opinión pública con una capacidad de indignación selectiva –parece que las ejecuciones y decapitaciones se han convertido en algo cotidiano-. En las encuestas, el 80 por ciento de la población no cree en la resolución oficial y piensa que se trató de un homicidio encubierto. El responsable de la muerte de la niña –si lo hubo, según la Procuraduría mexiquense- nunca recibirá castigo alguno y su identidad permanecerá como un misterio, como la de Jack el destripador y los asesinos de John F. Kennedy, Jimmy Hoffa y Paco Stanley. Lo único gratificante, si es que lo hay, es que no he perdido mi capacidad de asombro.