domingo, 5 de septiembre de 2010

¿Festejar o no festejar?

Estamos instalados en el mes de la Patria. A riesgo de ser tachado de miserable, traidor o descalificativos similares, creo que no hay mucho que festejar por los inminentes bicentenario de la Independencia y centenario de la Revolución mexicanos. La crisis económica, la indolencia de la clase política, la violencia rampante que cunde por el país, el discurso de odio que enarbolan importantes figuras religiosas, restan lustre a estas fiestas tan publicitadas por los medios. El régimen, orgulloso de sus "logros", ha hecho llegar a nuestras casas un libro que conmemora estos episodios de nuestra historia, producido una canción alusiva a las fechas -a la que luego despojaron de reconocimiento oficial- y enviado banderitas tricolores por correo. Las autoridades pregonan que debemos festejar a bombo y platillo y han destinado a ello cantidades obscenas de dinero. Hasta anunciaron la edificación de monumento cuya construcción estará completada hasta el próximo año. Yo creo que no se debe festejar por el simple pretexto de la ocasión. Los ideales que inspiraron a los próceres -legítimos, vigentes y más que necesarios- están corrompidos por los poderes fácticos de la nación. Pero a final de cuentas, como dijo un "terrorista" de la ficción, para vislumbrar a los verdaderos culpables sólo debemos mirarnos al espejo. Aclaro que no soy mezquino, como ha calificado el Secretario de Educación a todos los que no compartimos su visión artificialmente optimista. Prefiero considerarme realista, y a veces la realidad es terrible.
Porque afortunadamente no todo es malo, celebro la pasión, el entusiasmo y la creatividad de cientos de mexicanos que a lo largo de la historia nos han legado las más diversas e importantes aportaciones a la cultura, a la imaginación y a la inteligencia. Celebro la erudición y la sencillez de mi amigo Vicente Quirarte y sus indispensables ensayos Sintaxis del vampiro, Del monstruo considerado como una de las bellas artes y de la obra de teatro El fantasma del Hotel Alsace. A mi maestro y amigo Ricardo Bernal, la persona que me enseñó que el horror y la fantasía adquieren respetabilidad cuando los estudias de manera seria. A mi también amigo Rafael Aviña, explorador incansable de oscuridades que rebasan las de la sala del cine. A Doris Camarena, creadora e investigadora de las zonas más espeluznantes de la mente humana. Al teatro de Eduardo Ruiz Saviñón, quien me enseñó que "el miedo es otra forma de purificación". A los maravillosos Elena de Haro, Luis Miguel Lombana, Mauricio Davison, Nicolás Núñez, Guillermo Henry, Homero Matturano, Lourdes Garza, Miguel Solórzano, José Roberto Hill, Antonio Monroi, José Montini y Pilar Flores del Valle -con una mención especial para el perro Fedor- actores que hicieron tangibles muchas de mis pesadillas. A Rosina Larrañaga y Horacio Merchan, corazón y alma de la compañía Titirimundi. Al desaparecido Manuel Núñez Nava, por su sensibilidad y sus estupendas traducciones de Drácula y La joya de las siete estrellas. A Alberto Chimal, quien muy recientemente completó Policiano, la obra de teatro que dejara inconclusa Edgar Allan Poe. A Norma Lazo y su Mecanismo del miedo, brillante apología de la literatura de horror enfrentada a la incomprensión. A Bernardo Fernández BEF y su Llanto de los niños muertos. A Bernardo Esquinca y sus Niños de paja. A José Luis Zárate y su Ruta del hielo y la sal. A mi amada Ana Luisa Campos con su Niño Juárez y El niño que soñó con Poe, obras de teatro que rinden homenaje a ese maravilloso país llamado infancia. A las enseñanzas del criminalista Rafael Moreno, quien advierte sabiamente que "la razón y la imaginación son los ojos de la inteligencia". A la constancia de Pablo Guisa, por creer en el miedo y dedicarle un festival de cine. De todos sólo menciono algunos de sus incontables logros. Y omito a muchos otros brillantes mexicanos sin restarles mérito alguno. Entre ellos destacan Bernardo Couto, Juan Rulfo, Francisco Tario, Jorge Ibargüengoitia, Octavio Paz, Emiliano González, Amparo Dávila, Juan José Arreola, Carlos Fuentes, Carlos Enrique Taboada, José Emilio Pacheco y Guillermo del Toro, todos hijos de este país que posee una capacidad inmensa de brillar. Y sobre todo celebro a ustedes, los lectores de este blog, que demuestran con cada palabra que devoran que ese género menospreciado llamado horror puede hablar de nuestra naturaleza y acercarnos a lo maravilloso.
También recordaremos el 2010 por las muertes físicas de Gabriel Vargas, Carlos Monsiváis y Germán Dehesa, pero todos ellos ocupan ya un lugar en la eternidad. Son doblemente inmortales.

10 comentarios:

  1. A todos ellos sí vale la pena festejarlos.

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  2. Una realista más que se une a tus filas ;)
    Como bien dices, la realidad a veces es terrible pero todos los escritores que mencionaste y otros tantos, hacen esa realidad soportable.
    Te escribo desde mi nuevo blog.
    saludos

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  3. Muy cierto, amigos. Y omití, por decuido, a muchísimos otros escritores, actores, músicos, artistas plásticos, dramaturgos y demás estudiosos de lo fantástico y las zonas oscuras de la mente humana, quienes comulgan conmigo -como diría Vicente- que "la oscuridad es otra luz". Saludos, Miguel. Besos, Maggie.

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  4. No hay nada que festejar y sí mucho en que reflexionar, y bueno el talento de muchos mexicanos, más que celebrarlo debemos consolidarlo y apreciarlo en su medida exacta. Creo que en el festejo institucional sale a relucir (si sale) la gente valiosa del país igual que sale la pobre abuelita de paseo cada 10 de mayo, después se queda en el olvido :(

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  5. Yo celebro a la gente como tú, Roberto. Gracias por esta entrada.

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  6. ¡Nooooooo! Recién veo la foto del gran cuadro de Edgar Allan Poe cargado por dos personas que quiero (bueno, quiero a una, por la otra no sé qué siento, jajajaja). ¡Me encanta esa fotografía!

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  7. Muchas gracias, amigas. Sus comentarios hacen que escribir este blog valga la pena, son motivo de auténtica celebración. Un beso a todas. Y un abrazo a tí, Miguel.

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  8. Hasta ahora lo veo, pero un saludo Maestro Coria, un beso Analú. Un abrazo fuerte para ambos

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