miércoles, 12 de septiembre de 2012

Batman es un Criminalista (parte 1)


He abandonado este blog las últimas semanas,  por motivos poderosos (de los que hablaré en breve). Uno de ellos fue la conferencia que ofrecí ayer en el Instituto Nacional de Ciencias Penales, reto y anhelo que legitima una cruzada de años, pero sobre todo significa el matrimonio de dos aspectos importantísimos de mi vida. Ante un Auditorio Alfonso Quiroz Cuarón completamente lleno, hablé del héroe de mi infancia por más de una hora y posteriormente tuve una nutrida sesión de preguntas y respuestas con personas de las más distintas procedencias. La que más me entusiasmó fue una Maestra de secundaria preocupada por vincular a sus alumnos con la lectura y la historieta como medio de acercamiento al conocimiento. Por ello reproduzco (en dos partes) el texto que preparé para la ocasión. Que lo disfruten. 
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Batman es un Criminalista
(Locura, crimen, justicia y ciencias forenses)
Roberto Coria Monter
Coordinación General de Servicios Periciales, PGJDF


Mil gracias a Álvaro Vizcaíno y Citlali Marroquín, Secretario Académico y Secretaria General de Extensión de este Instituto Nacional de Ciencias Penales y a todo su espléndido personal, por abrirme las puertas de su casa. Gracias a todos por estar aquí.
Hoy, 11 de septiembre, es una fecha con una infame memoria. Exorcicémosla explorando territorios más amables. Mis mejores pensamientos para las víctimas de los hechos que todos conocemos.

Esta tarde compartiré con ustedes una posición arriesgada para alguien de mi perfil. Esto emana del hecho que las personas dedicadas a las Ciencias Jurídicas y Forenses no suelen atender a manifestaciones artísticas como la historieta, a la que suele calificarse de una expresión menor, sin mucho valor académico. Adquiero valor a través del ejemplo de dos personas afines a ellas: Gerardo Laveaga, anterior Director de este INACIPE, hombre de leyes y letras, que comparte la convicción de inculcar el hábito de la lectura de literatura policial entre los aspirantes a Agente del Ministerio Público de la Federación. Bajo su generoso auspicio participé hace unos años en el coloquio Edgar Allan Poe y las ciencias forenses, en este mismo instituto, organizado para celebrar el bicentenario de este autor indispensable. Y de Rafael Moreno González, pilar de la Criminalística en México, maestro de docenas generaciones de estos profesionistas e investigador emérito de esta casa académica. Entre sus incontables publicaciones figura una fundamental: Sherlock Holmes y la investigación criminalística –editada por esta misma institución-, trabajo donde expone principios básicos de la materia a través de la más famosa creación de Arthur Conan Doyle. En el ya mencionado coloquio, el Dr. Moreno dijo algo que resume muchos de los aspectos que defiendo en mi actividad profesional: “la razón y la imaginación son los ojos de la inteligencia”. El que esta plática se lleve a cabo el un auditorio que tiene el nombre del más reputado criminólogo que ha dado México demuestra esta máxima.

I
Desde su primera aparición en mayo de 1939, en las postrimerías de la Gran Depresión Estadounidense y la Guerra Civil española y los albores de la Segunda Guerra Mundial, Batman –conocido en ese entonces como The Bat-man- ha demostrado tener vidas inagotables. Esto ha rebasado su fuente de procedencia y se ha realizado a través de sus encarnaciones en seriales cinematográficos y radiofónicos, televisión, caricaturas, películas y videojuegos. Les ruego que en los siguientes minutos olviden la divertida figura de Adam West, que en los años sesenta llevó a una popularidad sin precedentes al personaje y lo arraigó aún más al imaginario colectivo de la cultura occidental.
Tercera víctima y único sobreviviente de un doble homicidio, nacido del horror y modelado por la pérdida y la disciplina, Batman posee un especial significado en una época donde el crimen se ha convertido en parte de nuestra experiencia cotidiana. El diseño original del héroe, con su capa y máscara azules, su vestimenta gris, su cinturón amarillo y su característico emblema con forma de murciélago, son autoría del dibujante neoyorkino Bob Kane. A él suele atribuirse todo el mérito. Pero la labor del escritor Bill Finger fue crucial y no ha recibido el reconocimiento que merece. No sólo escribió algunas de sus aventuras más importantes, sino fue el encargado de darle un origen, lo que da sentido y trascendencia.
Rastrear la fascinación que sentimos por personajes como Batman exige que analicemos la trascendencia de la figura del héroe, especialmente apreciada en todas las culturas. Desde la mitología clásica hasta la tradición histórica, los héroes han sido fuente de inspiración para la gente de todas las épocas. Al igual que personajes como Hércules o Sansón, el cómic –hoy llamado Noveno Arte- nos ha suministrado de una nueva forma de figura mitológica que ha constituido todo un género: el superhéroe. Algunos de estos modernos titanes, de la misma manera que sus precursores clásicos, surgieron del matrimonio del cielo y la tierra: como el Mesías de cualquier religión, Superman tiene un padre terreno (el Sr. Kent, de Smallville) y un padre celestial (Jor-El, de Kriptón), aunque estructuralmente su omnipotencia lo aproxime más a la figura de Zeus, soberano del cielo. Otros, por el contrario, proceden de la oscuridad: al igual que Hades, señor del inframundo y los diamantes, Batman se mueve en las tinieblas gracias al goce de la fortuna heredada por sus padres muertos. “Todo el mundo ama a los héroes”, dice en una estupenda película una anciana a su atribulado sobrino. “En cierta manera todos tenemos un héroe en nuestro interior. Nos ayuda a actuar con honestidad, nos da fortaleza, nos ennoblece y llegado el momento nos permite morir con dignidad, aun cuando a veces para mantener su firmeza tenga que renunciar a lo que más quiere”.
Estéticamente, y como explica el comunicólogo español Román Gubern en su ensayo El discurso del cómic, los superhéroes se caracterizan por la perfección anatómica según los cánones grecolatinos. Pero más allá de su representación visual, estos personajes de ficción exaltan los valores más luminosos del ser humano: la templanza, la lealtad, la entrega, la compasión, el sacrificio, la sed de justicia y libertad. Precisamente ahí radica su aceptación entre los jóvenes, como afirman los investigadores Scott Vollum y Cary D. Adkinson del Colegio de Justicia Criminal de la Universidad Estatal Sam Houston de Texas. “El crimen prospera por la indulgencia de la sociedad”, dijo su mentor y eventual enemigo al héroe en su renacer cinematográfico. Lo cierto es que es una de las grandes constantes de la humanidad, un cáncer que deja secuelas físicas y mentales en todo lo que toca. “Envenena la mente y el alma. Trae pesar y muerte. Y al final, sólo deja desesperación”. Si lo definimos según los cánones vigentes, lo constituyen todas las acciones u omisiones que contravienen las leyes  y son meritorios de una sanción. En ese sentido, Batman propone dos reflexiones trascendentes: la repercusión y formas del fenómeno criminal en las sociedades contemporáneas y la efectividad de las corporaciones policíacas para combatirlo. Comencemos por la segunda. Desde tiempos antiguos, desde sus organizaciones más elementales, el hombre ha tenido la necesidad de organismos que persigan y sancionen las conductas que atenten contra la colectividad. El caso del criminal francés convertido en policía Eugène François Vidocq (1755-1857) es uno de los más notorios. En 1811 fundó la  Brigade de la Sûreté, uno de los primeros cuerpos policíacos civiles plenamente organizados del orbe y modelo más importante en la creación del Scotland Yard de Inglaterra o del Buró Federal de Investigaciones de los Estados Unidos. Si bien los métodos e integrantes de la Sûreté suelen ser cuestionados por su integridad ética y moral –eran antiguos compañeros presidiarios de Vidocq-, su esfuerzo inspiró el perfeccionamiento y evidenció la necesidad de este tipo de fuerzas –la figura de Vidocq influyó en las creaciones de literatos como Honoré de Balzac, Víctor Hugo y Edgar Allan Poe-. En la actualidad la percepción popular de las fuerzas del orden no ha cambiado. La fama que les acarrean sus malos elementos trasciende sus incontables logros. Ese fue el sentido que los creadores de Batman trataron de dar a su ficticia Ciudad Gótica, una urbe de pesadilla, sumida en la corrupción y dominada por las clases criminales, más similar al Chicago de los años treinta que a la idílica Nueva York –esa es la Metrópolis de Supermán-, con sus rascacielos y su positivismo. Este es el escenario de las aventuras de un justiciero inusual, uno que responde a las necesidades apremiantes de la población. En sus primeras apariciones, Batman combatió amenazas domésticas, como el crimen organizado, que no dejaba de tener en Alphonse Gabriel Capone (1899-1947) uno de sus principales estandartes. Delincuente carismático y brutal, Capone fue la principal figura de la era de los grandes gángsteres, de la Era de la Prohibición. Durante casi una década gobernó un imperio sustentado en el juego, el alcohol ilegal y la prostitución, mismo al que puso fin en 1931 la cruzada de Eliot Ness, agente del Departamento del Tesoro, y su grupo conocido por la posteridad como Los intocables. Para conocer más al respecto, recomiendo ampliamente la versión de los hechos del cineasta Brian de Palma (1987). En muchas formas, al igual que el Inspector Lestrade de las aventuras de Sherlock Holmes, Ness inspiró a la dupla Kane-Finger en la creación de James Gordon, cabeza del Departamento de Policía de Ciudad Gótica. En su primera aparición, paralela a la del protagonista, Gordon reprobaba sus correrías, porque en esencia Batman se encuentra al margen de la ley. En aras de conseguir un bien mayor, el enmascarado no duda en cometer delitos como daño en propiedad ajena o allanamiento de morada. “En su momento, Batman pagará por sus delitos”, aseguró el Fiscal de Distrito Harvey Dent en la segunda entrega de la saga de Christopher Nolan. Gordon atestiguó que si bien sus métodos eran diferentes, ambos compartían ideales. Desde ese entonces se convirtieron en fieles aliados. La imagen del policía –eventualmente convertido en Comisionado- encendiendo un potente reflector en la azotea del Departamento de Policía,  proyectando en el cielo nocturno la imagen de un murciélago, es memorable. A pesar de su cercanía, Gordon no conoce la verdadera identidad del justiciero. En cambio, todos contamos con ese privilegio. 
Batman es Bruce WayneBruno Díaz, según la traducción que todos conocemos-. Kane y Finger decidieron darle  un origen en Detective Comics No. 33 (noviembre de 1939). Lo idearon a los 8 años de edad. El pequeño Bruce asistió con sus acaudalados padres –el Dr. Thomas Wayne y su esposa Martha- al cine. Al salir fueron sorprendidos en un oscuro callejón por un ladrón –identificado años más tarde como Joe Chill- con pistola en mano. Al resistirse al asalto, los padres del pequeño fueron acribillados por el delincuente, mientras éste contempla la escena, aterrorizado. El delincuente huyó mientras el niño sollozaba sobre los cadáveres. Bruce creció bajo la custodia del fiel mayordomo de la familia Alfred Pennyworth. Estudió criminología, psicología, ciencias forenses, acrobacia y artes marciales. Se convirtió a sí mismo en un instrumento supremo de justicia: luchador, experto forense, amo de los disfraces y artista de las fugas a la altura de Harry Houdini. Al cumplir los 18 años utilizó su fortuna para viajar alrededor del mundo, en busca de quienes le pudieran enseñar cómo combatir al crimen. Al regresar años después a Ciudad Gótica, se dio cuenta que sus habilidades no eran suficientes. Es así como sucedió este famoso momento:
Un hombre joven, bien parecido, vestido con una elegante chaqueta, cavila recorriendo las amplias habitaciones de su mansión ancestral, mientras las nubes ocultan a medias la luna.
El individuo musita. “Los delincuentes son un grupo supersticioso y cobarde, de manera que mi disfraz debe ser capaz de aterrorizarlos. Debe representar a una criatura nocturna, terrible, siniestra”.
Se escucha de pronto un estruendo, a la vez que se abre una ventana. Entra entonces volando un enorme murciélago en la habitación. “¡Un presagio! ¡Eso es!”, se entusiasma. “Me convertiré en un murciélago”.

Inicialmente, Kane tuvo varias inspiraciones para crear al personaje: en su niñez  se topó con un libro sobre Leonardo DaVinci, y quedó maravillado con la ilustración de una máquina voladora que el artista italiano había creado 500 años atrás. Esta mostraba a un individuo con unas enormes alas de murciélago y una inscripción que decía “su pájaro no debería tener otras alas que no fueran las de un murciélago”. Su segunda influencia fue –como dije- la película La marca del Zorro (1920), protagonizada por la leyenda del cine Douglas Fairbanks. El actor personificaba a un aburrido aristócrata durante el día, pero que por las noches se convertía en El Zorro. Ocultaba su rostro tras una máscara y salía de su cueva en su brioso caballo negro, para luchar a favor de los oprimidos. La tercera inspiración fue la sombría película Los susurros del Murciélago (1930) con Chester Morris, que interpretaba a un villano que vestía un disfraz de murciélago para cometer fechorías. También fue importante la atmósfera de otras famosas películas de la época, como Drácula (1931) de Tod Browning, estelarizada por Bela Lugosi. Kane también tuvo en cuenta el furor que despertaban héroes de la radio y de las novelas pulp, una forma literaria de gran popularidad en la década de los veintes y treintas. En estas, que recibieron su nombre por estar impresas en papel de baja calidad hecho con pulpa de madera, se desarrolló un género de gran popularidad, el relato detectivesco o hard boiled. Escritores como Raymond Chandler y Dashiell Hammet retrataron la sordidez del bajo mundo en historias donde sus duros detectives combaten el crimen en las calles, enfrentándose a la miseria, la corrupción y el vicio. Este género literario va a marcar el estilo del llamado Film Noir de los años cuarenta. Y en la línea detectivesca no podemos dejar de mencionar a Dick Tracy, el intrépido policía creado por el caricaturista Chester Gould, quien combatía a una grotesca galería de gángsteres empleando artefactos de alta tecnología, como su popular reloj de mano –este artefacto será llevado a notas altísimas en las películas del paladín y luchador de medio tiempo conocido como El Santo-. En el pulp también surgieron héroes como el aventurero Lamont Cranston, quien por las noches se convertía en La Sombra o Breet Reid, editor y dueño del periódico Sentinela, que por las noches se convertía en el Avispón Verde.

II
El crimen, pues, creó a  Batman. Él mismo reconoce: “En mis momentos oscuros, me acosa la noción de que el asesinato de mis padres fue lo mejor que me ha pasado. Pienso con cinismo que eso le dio un sentido a mi vida y los medios para realizarlo”.
El desdoblamiento de Bruce Wayne en Batman, si bien atractivo y emocionante, ejemplifica que éste no se caracteriza por su sanidad mental. ¿Qué necesidad tiene una persona de su perfil –millonario, filántropo, parrandero empedernido- de cubrir su rostro para salir a enfrentar al fenómeno que marcó su infancia todas las noches, sometiéndose a todo tipo de riesgos? El psicólogo español Enrique Rojas  ha delimitado en un decálogo el que sería el perfil psicológico de una persona sana:
  1. Una persona madura y equilibrada debe ser consciente de sí misma desde un prisma de realismo. Esto es, conoce tanto sus actitudes como sus limitaciones.
  2. Cuenta con un modelo de identidad.
  3. Una persona equilibrada se comporta tal como es, procurando corregir los aspectos de su personalidad que no sean adecuados ni positivos para la convivencia.
  4. Cuenta con un proyecto de vida.
  5. Este proyecto de vida debe tener el menor número de contradicciones posibles.
  6. La estabilidad psicológica precisa conseguir una perfecta ecuación entre la vida afectiva y la intelectual.
  7. Es imprescindible contar con una organización temporal sana.
  8. Una persona equilibrada es dueña de sí misma, siendo capaz de resistir las presiones del ambiente y las circunstancias, sin perder por ello las riendas de su vida.
  9. En una persona madura, la sexualidad debe estar situada en un tercer o cuarto plano de interés.
  10. Se debe contar con una sana constitución temporal y psicológica.
Batman no posee una plena conciencia de sí mismo ni de sus acciones, y esto lo demuestra el hecho de que en muchas ocasiones extralimita sus capacidades en sus faenas diarias contra la delincuencia. Desde su infancia, Bruce Wayne sufrió la pérdida de sus padres, situación que le obligó a valerse por sí mismo –a pesar de los cuidados y las comodidades que le rodearon-  y crear un modelo de identidad propio –no tuvo a un padre o un hermano mayor como ejemplos-. Ni Bruce Wayne ni Batman poseen un modelo de vida, simplemente son arrastrados por las circunstancias y niegan la posibilidad de opciones al respecto. Batman se ocupa únicamente de su labor: acabar con el crimen en Ciudad Gótica y entiende esto como una responsabilidad que no puede rehusar. Batman no manifiesta ninguna ecuación entre su vida afectiva e intelectual. Le interesa el bienestar de quienes le rodean –como buen héroe- pero las relaciones interpersonales no son su principal preocupación. En él la parte dominante es la razón, aspecto que subsanó la carencia de afecto que sufrió desde la infancia.
Y si la psique de Batman no es la más saludable, la de sus adversarios de ninguna manera es mejor. Ese es precisamente su atractivo. La lucha del héroe contra la criminalidad no tendría el mismo impacto sin la colorida y variopinta galería de enemigos que desde hace décadas habitan las páginas de sus historias. Y no es que los gángsteres y demás delincuentes no sean menos peligrosos. Los villanos, tradicionalmente, son los que provocan el conflicto tan necesario en toda narración y resaltan las virtudes del héroe. “El bien no hace gran literatura”, dice mi amigo Vicente Quirarte. Los villanos del detective oscuro tienen una gran deuda con los postulados del criminólogo italiano Cesare Lombroso (1835-1909), quien identificó al que llamaba delincuente loco moral, un individuo con personalidad antisocial dotado de una gran inteligencia, carente de sentimientos y remordimientos. Este tipo de sujetos fueron llamados posteriormente psicópatas y hoy, con más tiento, personas con trastorno antisocial de la personalidad. Pero por lo que respecta a su apariencia, extravagante y casi monstruosa en muchos casos, se acerca a lo dicho por el erudito italiano: “los delincuentes representan una reversión a un tipo subhumano, caracterizados por un aspecto semejante a primates u hombres primitivos, como si se tratara de modernos salvajes cuyo comportamiento es contrario a las expectativas y reglas de la moderna sociedad civilizada”.  Esta tendencia fue explotada por Chester Gould en las ya mencionadas aventuras de Dick Tracy. Más allá de su apariencia, criminales de los tipos más variados son parte frecuente de las aventuras del héroe, dignos todos de pertenecer a un catálogo de enfermedades mentales e inquilinos alguna vez del Asilo Elizabeth Arkham para Criminales Dementes. Creado por el escritor Dennis O'Neil en 1974, es un espacio indispensable para contener a delincuentes que rebasaban lo común –para estos últimos se encuentra la Penitenciaría de Blackgate-. Concebidos en tiempos medievales como refugios –del griego antiguo asylum, que significa refugio-, las instituciones de esta naturaleza admitían a las personas con perturbaciones mentales que no encajaban con la sociedad. Las condiciones en que operaban eran inhumanas, pero con el transcurso de los años evolucionaron hasta emplear tratamientos más civilizados. Durante la Revolución Francesa brilla, por ejemplo, el Asilo de Charenton, donde fuera huésped distinguido Donatien Alphonse François, Marqués de Sade (1740-1814) o en tiempos más recientes el célebre manicomio de La Castañeda, hogar temporal de criminales y otros genios, entre los que destaca el conocido Gregorio Cárdenas Hernández (1915-1999), conocido como El estrangulador de Tacuba. Pero en lo que concierne a territorios más inofensivos, entre los enemigos de Batman  destacan las personalidades más variadas: el megalómano Ra´s al Ghul; el esquizofrénico Arnold Wesker apodado El Ventrílocuo; el trágico Fiscal de Distrito Harvey Dent apodado posteriormente Dos caras; el pirómano Garfield Lynns, alias Luciérnaga; el obsesivo compulsivo Temple Fugate, alias El Relojero; el esquizofrénico paranoide Jervis Tetch, que es conocido como El Sombrerero.
Llegamos así al Guasón, tal vez el más emblemático villano de la historia del cómic. Enemigo natural de nuestro personaje, representa la antítesis de su naturaleza y métodos. Es un criminal psicópata, sádico e impredecible, que asesina sólo por diversión. “Hay hombres que sólo quieren ver al mundo arder”, dice de nuevo Alfred. En su libro Los lenguajes del cómic, Daniel Barbieri dice: “el rostro caricaturesco del Guasón en las muy serias aventuras de Batman representa la abyección y la crueldad. Único rostro de caricatura en medio de figuras realistas, el Guasón se destaca por su absurdidad. Salpica de absurdo vicisitudes de otro modo demasiado previsibles. No por casualidad entre los coprotagonistas de la serie de Batman, el Guasón es desde siempre el que obtiene el mayor éxito, el enemigo preferido del lector”. El Guasón, creado por Kane y Finger, apareció por vez primera en Barman No. 1, en la primavera de 1940. Originalmente era un asesino con mucho humor que empleaba un veneno especial que aniquilaba a sus víctimas e imprimía en su rostro una macabra sonrisa. Estaba destinado a morir en su segunda aparición, pero los editores se dieron cuenta de su potencial y desde ese entonces se convirtió en una presencia frecuente en sus aventuras. Un par de años después paró de asesinar y se convirtió en un bromista que dejaba cáscaras de plátano en su escape para evitar ser capturado. Kane y Finger lo concibieron a partir de la imagen del actor alemán Conrad Veidt en la película expresionista El hombre que ríe (1928), adaptada de la novela de Víctor Hugo. Desde entonces, al igual que su enemigo, el Guasón ha tenido las más variadas encarnaciones, desde las más simpáticas hasta las más aterradoras y brutales. 
Entre las últimas –mis preferidas- brilla la del malogrado actor Heath Ledger (1979-2008), quien el martes 22 de enero de 2008, aproximadamente a las 14:45 horas, tiempo local, fue encontrado muerto en su departamento del número 421 de Broome Street, en el barrio del Soho, en Manhattan, Nueva York. Se ha especulado incansablemente sobre las causas de su deceso. Depresión y suicidio son las más notables. Pero se mantendrá vivo gracias a su obra. Recibió el prestigiado premio Oscar de manera póstuma por su interpretación como el Guasón en la segunda película de la saga de Christopher Nolan. Un alumno me preguntó si prefería al Guasón que encarnó Jack Nicholson (Tim Burton, 1989) o al del desaparecido Ledger, y sobre la validez de hacer nuevas versiones de una historia. Respondí que cada generación tiene el derecho de reinventar a sus clásicos y que son dos visiones actorales distintas sobre un personaje memorable, como igualmente entrañables son los Dráculas que personificaron Bela Lugosi, Christopher Lee y Gary Oldman. El crítico de cine Gustavo García describió al Guasón de Nicholson como un “vándalo estético”, más en deuda con la intención original de Kane y Finger y la oscuridad de los primeros años de Burton. El de Ledger se nutre del enfoque sombrío y profundamente psicológico de novelas gráficas como La broma asesina y El Asilo Arkham, pero sobre todo de la visión de un cineasta talentoso que apuesta por el realismo y por contextualizar las hazañas de un héroe del cómic a una época donde el crimen, la violencia interpersonal y la sed de justicia son preocupaciones de cada día. El Guasón de Ledger es un criminal despiadado, sin ataduras. “No tienes nada con qué amenazarme”, advierte al héroe. Su único objetivo es el caos y poner en jaque a un gobierno que durante décadas alimentó al monstruo que ahora es incapaz de combatir. “No se trata de dinero, sino de enviar un mensaje”, reconoce. Eso me recuerda la interminable ola ejecuciones del narcotráfico reseñadas diariamente en los medios de comunicación. El Guasón de Ledger advierte algo aterrador por certero: “la locura es igual que la gravedad, sólo necesita un pequeño empujón”.


viernes, 31 de agosto de 2012

Abominable eternidad

"¿Cómo expresar mi sensación ante esta catástrofe, o describir el engendro que con tanto esfuerzo e infinito trabajo había creado? Sus miembros estaban bien proporcionados y había seleccionado sus rasgos por hermosos. ¡Hermosos! ¡Santo cielo! Su piel amarillenta apenas si ocultaba el entramado de músculos y arterias; tenía el pelo negro, largo y lustroso, los dientes blanquísimos; pero todo ello no hacía más que resaltar el horrible contraste con sus ojos acuosos, que parecían casi del mismo color que las pálidas órbitas en las que se hundían, el rostro arrugado, y los finos y negruzcos labios". Mary Shelley. Frankenstein (1818).

viernes, 24 de agosto de 2012

Réquiem para Tony Scott


La madrugada del lunes, justo antes de abandonarme en brazos de Morfeo, escuché un resumen informativo en la radio donde anunciaban el suicidio del cineasta británico Anthony David Scott, conocido en su medio como Tony Scott, hermano del talentosísimo Ridley y artífice de la compañía productora Scott Free. Se arrojó al medio día del domingo anterior del puente Vincent Thomas en San Pedro, California. Tenía 68 años de edad.
Una muerte de este tipo nunca deja de ser sorpresiva, trágica. Se ha dado cuenta que Scott dejó un recado ante mortem –popularmente conocido como “recado póstumo”-, del que seguramente se conocerá su contenido en algunas semanas. En el medio artístico es algo que reviste de un aura de misterio al suceso, como ocurrió en los casos del pintor holandés Vincent van Gogh, el poeta coahuilense Manuel Acuña, la escritora inglesa Virginia Woolf, el actor mexicano Pedro Armendáriz, la poetisa estadounidense Sylvia Plath, los escritores estadounidenses Ernest Hemingway, Robert Hayward Barlow –de quien hablé hace muy poco- y Hunter S. Thompson, la bella actriz checa –naturalizada mexicana- Miroslava Šternová, hasta sucesos que perviven hoy en día –en la cultura popular- como homicidios disfrazados de suicidio. Las muertes del actor George Reeves, la actriz Marilyn Monroe, y del cantautor Kurt Cobain –todos estadounidenses- son algunas de las más conocidas.
Tony Scott fue un cineasta con una filmografía variopinta, lograda en muchos casos, con altos valores estéticos. Su procedencia de la cultura del videoclip y la publicidad son palpables, desde sucesos de taquilla como Top Gun (1986), vehículos para el lucimiento de comediantes –exitosos en ese momento- como Eddie Murphy en Un detective suelto en Hollywood II (1987), Días de trueno (1990), el trepidante buddy film El último Boy Scout  (1991), el thriller romántico de La Fuga (1993), la inteligente Marea Roja (1995), la psicótica El Fanático (1996), Enemigo del Estado (1998), Juego de espías (2001), Hombre en llamas (2004), el caso real de la cazarecompensas Dominó (2005), Déjà Vu (2006), Asalto al tren 123 (2009) y su último trabajo Imparable (2010).
Pero para los interesados en los géneros que estudia este blog, su ópera prima,  El Ansia (The Hunger, 1983), le otorgó la pertenencia al gran panteón fílmico destinado a los grandes. Basada en la novela homónima de Whitley Strieber, Scott encontró los elementos que la convertirían en un objeto de culto instantáneo: un estupendo ensamble actoral –Catherine Deneuve, David Bowie y Susan Sarandon-, una atmósfera que se debate entre la oscuridad del submundo gótico y la opulencia de esos grandes espacios neoyorkinos –hábilmente retratada por Stephen Goldblatt-, una eficiente partitura de Denny Jaeger y Michel Rubini y la emblemática aparición inicial de Peter Murphy y Bauhaus cantando su clásico Bela Lugosi is dead. Su título en español es muy apropiado, según nos recuerda Mark Rein Hagen en Vampiro: La mascarada, pues describe efectivamente las urgencias de los vampiros de Scott: “La llamamos Ansia, pero el término es lamentablemente inadecuado. Los mortales conocen el hambre, incluso la inanición, pero eso no es nada. El Ansia reemplaza a casi cualquier otra necesidad, cualquier otro impulso conocido por los vivos –comida, bebida, reproducción, ambición, seguridad- y es más urgente que una combinación de todos. Más que un impulso, es una droga, a la cual nacemos con una desesperanzada adicción. Al beber sangre no sólo garantizamos nuestra sobrevivencia, sino experimentamos un placer más allá de cualquier descripción. El Ansia es un éxtasis físico, mental y espiritual que ensombrece todos los placeres de la existencia mortal. Ser un vampiro es estar atrapado por el Ansia. Tal es la paradoja de nuestra vida. Es la maldición de mis semejantes”.

Muchos suelen cuestionar al suicida por su falta de valor para enfrentar la adversidad. Yo lo hacía hasta hace poco tiempo. El manuscrito de la próxima novela de un querido amigo me hizo pensar lo contrario: esté afectado por un padecimiento físico o mental, es la última decisión lúcida de una persona que tiene el valor para poner el punto final. Es la única forma de liberarse definitivamente de las ataduras del mundo terrenal, del sufrimiento. Y como tal debemos respetarlo. Tony Scott no saltó al vacío ni se abandonó de la vida. Fue al encuentro del último secreto. Debe estar en un lugar mejor. Hasta ahí le envío mi gratitud y mejores pensamientos.     

jueves, 23 de agosto de 2012

Cordial invitación 2


En el mes de mayo de 1939, durante la postrimería de la Gran Depresión estadounidense, hizo su primera aparición –en las páginas deDetective Comics número 27- el superhéroe conocido como The Bat-man.
Erigido hoy en día como uno de los más populares personajes de ficción –comparado por muchos estudiosos con Sherlock Holmes- y visitado incansablemente por el radio, la televisión, el cine, los videojuegos y el internet, ha sido sujeto de las más variadas interpretaciones. Tercera víctima y único sobreviviente de un doble homicidio, nacido del horror y modelado por la pérdida y la disciplina, el detective enmascarado posee un especial significado en una época donde el crimen se ha convertido en parte de nuestra cotidianeidad.
El héroe es una figura especialmente apreciada en todas las culturas. Desde la mitología clásica hasta la tradición histórica, los héroes han sido fuente de inspiración para la gente de todas las épocas. Se vuelven espacialmente relevantes en este momento pues exaltan los valores más luminosos del ser humano: la lealtad, la entrega, la compasión, el sacrificio y, sobre todo, la sed de justicia.
Disciplinas como el Derecho Penal, la Victimología, la Criminalística y la Psicología Forense pueden ofrecernos una lectura para nuestros días de este popular héroe y su universo. Hoy vuelve a ser notable gracias a Batman: El Caballero de la Noche asciende (2012), la tercera entrega y conclusión de la saga iniciada por Christopher Nolan, una cinta que ha generado las opiniones más polarizadas. Pero sin importar lo que se diga de ella, la dimensión del personaje impera. Porque Batman es incorruptible, imperecedero.
Espero que puedan acompañarme en la conferencia Batman es un Criminalista, que ofreceré el próximo martes 11 de septiembre de 2012 en el Instituto Nacional de Ciencias Penales de esta capital. Más información aquí

martes, 21 de agosto de 2012

Cordial invitación 1

El horror y la fantasía suelen considerarse géneros menores en este país. El que decide explorarlos se convierte en un cruzado fiel a convicciones que no todo el mundo comparte. El próximo viernes 24 de agosto, a las 15:00 horas, conversaré a este respeto con mi querido amigo Bernardo Esquinca, con pretexto de la presentación de Demonia, su más reciente libro, en el Cine Lido del Cetro Cultural Bella Época, en el marco del Festival Macabro. Es un horario poco común, pero espero verlos por allá.

lunes, 6 de agosto de 2012

Oda de amor al horror



Así puedo definir a ParaNorman (Chris Butler y Sam Fell, 2012), una cinta que me recordó las raíces de mi fascinación por el que muchos consideran un género menor. Se inscribe también en la tradición de las mejores películas stop motion, técnica que se origina en los albores del cine y alcanzó momentos gloriosos a través de la obra de Ray Harryhausen, las aportaciones del cineasta checo Jan Švankmajer, y un grado de encanto y sofisticación con ejemplos entrañables como El extraño mundo de Jack (Henry Selick, 1993) o Coraline (Henry Selick, 2009). Precisamente el mismo estudio que produjo la anterior, Laika, es responsable de este nuevo logro.
Norman Babcock (voz en inglés de Kodi Smit-McPhee, protagonista del remake estadounidense de Déjame entrar) es un niño que vive en el ficticio pueblo de Blithe Hollow, Nueva Inglaterra, una comunidad reconocida –cual Salem, Massachusetts- por su historia ligada a la brujería. De hecho una terrible maldición se ha convertido en una atracción local, con docenas de tiendas, parafernalia de todo tipo y representaciones teatrales infantiles.
Norman es un chico retraído, de cabello rebelde, víctima de bullying y la incomprensión de su familia y comunidad. No sólo porque es fanático de las películas de horror –especialmente las de zombis- sino porque tiene un don particular: como el pequeño Cole (Haley Joel Osment) de Sexto sentido (M. Night Shyamalan, 1999), ve gente muerta. Lejos de asustarlo, es algo cotidiano para él. Conversa con su difunta abuela, saluda a los fantasmas con que se topa camino a su escuela –entre ellos una aviadora que me recuerda a Amelia Earhart, un gángster y un rebelde sin causa- e incluso juega con el perro muerto de su único amigo. Con la guía de su extravagante vecino el Sr. Prenderghast (voz en inglés de John Goodman), pronto utilizará su virtud para salvar al pueblo que tanto lo repudia.
Además de incontables homenajes al cine de serie B, la principal virtud de la cinta es la enseñanza del respeto hacia lo diferente, tan necesario en nuestro tiempo. La maldición sobre la que gira la historia se desató por miedo e incomprensión, combinación que ha generado algunos de los crímenes más aberrantes de la historia de la humanidad. Por lo que respecta a la parte técnica, la manufactura de la película es deslumbrante –vean la presentación al finalizar los créditos-, con una inspirada partitura de Jon Brion y sobre todo un guión eficiente del propio codirector Butler que huye de sentimentalismos y fórmulas de cintas similares para niños.  
A diferencia de Norman y muchos de mis amigos y alumnos, mis padres jamás censuraron mis gustos, por extraños que les parecían. Por el contrario, gracias a eso comparto estas líneas con ustedes y he obtenido incontables satisfacciones. Los aficionados al horror podemos sentir empatía con ese niño con pantuflas de zombi, una habitación tapizada con carteles de películas de miedo y que gruñe como monstruo al lavarse los dientes, porque todos hicimos eso en algún momento de nuestras vidas. En muchos sentidos, todos somos Norman

viernes, 3 de agosto de 2012

Lo que vendrá.


En el mes de mayo de 1939, durante la postrimería de la Gran Depresión, hizo su primera aparición –en las páginas de Detective Comics número 27- el superhéroe conocido como The Bat-man.
Erigido hoy en día como uno de los más populares personajes de ficción –comparado por muchos estudiosos con Sherlock Holmes- y visitado incansablemente por el radio, la televisión, el cine y el internet, ha sido sujeto de las más variadas interpretaciones. Tercera víctima y único sobreviviente de un doble homicidio, nacido del horror y modelado por la pérdida y la disciplina, el detective enmascarado posee un especial significado en una época donde el crimen se ha convertido en parte de nuestra cotidianeidad.
El héroe es una figura especialmente apreciada en todas las culturas. Desde la mitología clásica hasta la tradición histórica, los héroes han sido fuente de inspiración para la gente de todas las épocas. Se vuelven espacialmente relevantes en este momento pues exaltan los valores más luminosos del ser humano: la lealtad, la entrega, la compasión, el sacrificio y, sobre todo, la sed de justicia.
Disciplinas como el Derecho Penal, la Victimología, la Criminalística y la Psicología Forense pueden ofrecernos una lectura para nuestros días de este popular héroe y su universo. Hoy vuelve a ser notable gracias a Batman: El Caballero de la Noche asciende (2012), la tercera entrega y conclusión de la saga iniciada por Christopher Nolan, una cinta que ha generado las opiniones más polarizadas. Pero sin importar lo que se diga de ella, la dimensión del personaje impera. Porque Batman es incorruptible, imperecedero.