domingo, 10 de octubre de 2010

Siete engranajes para accionar un mecanismo

La semana pasada tuve el privilegio de presentar el nuevo libro de Norma Lazo, El mecanismo del miedo. Ella, humilde en exceso y reticente a hablar ante sus admiradores, preparó este texto que nunca llegó a oídos de los asistentes al acto. Como una exclusiva, con el generoso permiso de la autora, helo aquí para todos ustedes. Constituye un vistazo a la génesis del libro. Que lo disfruten.
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Siete engranajes para accionar un mecanismo
Norma Lazo
  1. Una vieja casona digna de un escenario gótico. Cuando tenía seis años mi familia y yo nos mudamos a vivir a casa de mi abuela. Nadie nos dijo las razones detrás de esa decisión. Al parecer los negocios no andaban bien aunque en ese momento nos lo comunicaron como si se tratara de un juego. La vieja casona de mi abuela inflamó mi imaginación desde el primer día. Era una casa antigua con seis recámaras, techos altos —imposibles de ser alcanzados— y un palomar que se descascaraba con el tiempo. De esa etapa de mi vida empiezan mis primeros recuerdos de querer ser escritora. No tenía claro lo que significaba dedicarse a esta profesión, pero de manera instintiva lo convertí en algo ritual y en un secreto que no podría compartir con nadie más. En aquel momento sólo deseaba parecerme a los personajes que descubrí en las solapas de los libros que leía y que poco a poco me seducirían por completo.
  2. Una caja de libros sui generis. Antes de que mi familia llegara a vivir a casa de mi abuela ella tuvo una pensión para ayudarse económicamente. Para cuando nosotros llegamos solamente quedaba un pensionado que apenas veíamos: un hombre extraño que usaba los pantalones hasta el inicio de su diafragma. Pero no fue el único inquilino que pasó por ahí. En la recámara que fue de alguno de ellos encontré una caja de libros. Todos los títulos eran de literatura de horror. La caja de libros estaba destinada a la basura. Yo me empeciné en que debía ser mía. Después de hacer las clásicas promesas que hacen los niños para jamás cumplirlas después—me voy a portar bien, no pelearé con mis hermanos, haré mi tarea temprano, etcétera— me permitieron conservarlos. Pero no conté con que los libros acendrarían ciertos rasgos míos que más tarde me llevarían a constantes enfrentamientos con mis padres.
  3. Una lectura prohibida. Mis padres no tardaron en atar cabos entre mis pánicos nocturnos y aquella caja de libros. Sintieron curiosidad y los hojearon. En ese momento decidieron que no se trataba de una lectura para una niña de mi edad y amenazaron con tirarlos a la basura. Volví a hacer promesas falsas. Les dije que si ellos no los botaban yo ya no los leería. Me creyeron nuevamente. Así que la lectura se convirtió en algo prohibido. Nadie en la casa sabía que de noche, cuando ya todos dormían, yo continuaba abrevando de las historias macabras —y si no lograba dormir no importaba: siempre podía saltar a la cama de alguno de mis hermanos mayores que me hacían un espacio a su lado sin cuestionarme. Así terminé de leer los libros de aquella caja, por las noches, con la luz tenue de una lámpara y muerta de miedo.
  4. Un primer amor. El primer autor que me marcó y motivó mi vocación de escritora fue Edgar Allan Poe. Recuerdo un retrato suyo en la solapa de Historias Extraordinarias. Llevaba puesta una levita y yo pensé que se trataba de una capa. Fue entonces que decidí amarrarme una toalla en el cuello para parecerme a él. Me sentaba a trabajar en la Olivetti gris que mi madre acababa de comprar, con una jarra de té de manzanilla recién hecho al lado. No sé de dónde saqué semejante idea, pero como estaba segura de que Poe era oriundo de Inglaterra —y por lo tanto debía tomar té como hacen los ingleses— entonces yo también tenía que tomarlo para poder parecerme a él. Dejé el té y volví al café después de descubrir que Poe era estadounidense.
  5. La nostalgia por los temores infantiles. En esta época en la que los sucesos de violencia me rebasan y la realidad me duele cada vez más, empecé a extrañar las cosas fantásticas a las que les temía de niña: un habitante inesperado bajo la cama, cosas que burbujean en los armarios, juguetes que por las noches adquieren vida propia. Todas las noches sentía miedo. Debía dejar la luz prendida o tomar a mi abuela de la mano hasta quedarme dormida, como lo hacía Poe con Muddy, su nana. Pero siempre sabía que llegaría el amanecer y, con la luz del sol, todo volvería a la normalidad, así que mis temores desaparecían hasta que la noche llegaba nuevamente. Extraño aquella certeza que tenía de niña de que el sol iba a salir.
  6. La fascinación por el otro que es diferente, en este caso, el monstruo. Con los monstruos siempre tuve una relación ambivalente: me asustaban al mismo tiempo que me encantaban. Creo que no podía evitar ver en sus vidas un filo de la tragedia humana y rasgos de mí misma. Sin tener claro por qué, había algo que me hacía sentir compasión por algunos y admiración por otros. Si bien los monstruos me atrajeron de manera instintiva, hoy me atraen más porque siempre serán un comentario sobre la otredad, sobre aquello que nos es ajeno y, por lo tanto, tiene algo de nosotros mismos. Nuestro espejo. Nuestra sombras. Nuestros monstruos.
  7. Un ejercicio de memoria. Escribir El mecanismo del miedo también significó un ejercicio de memoria, que, como todos, está reconstruido con fantasías, mentiras, exageraciones y omisiones, aunque estemos seguros de que todo lo que decimos sea verdad. La caja de libros que hallé en casa de mi abuela se convirtió en una biblioteca enorme y especializada. Mi abuela, una mujer sencilla de creencias santeras que nunca terminó la primaria, se convirtió en una abuela culta que restauraba primeras ediciones de libros que se convirtieron en clásicos de terror. Mis temores abstractos de niña se volvieron recreaciones fieles de pasajes de libros que en aquella época consideré de lo más aterradores. La Olivetti nueva de mi madre se transformó en una vieja Olivetti portátil. Escribir es imaginar y echar mano de la memoria: somos lo que recordamos y un montón de espejos rotos que intentamos unir.

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