miércoles, 22 de julio de 2015

Raíces momificadas

Por más que nos asuste, repugne o ahuyente, siempre sentiremos una especial atracción por lo diferente. Lo que se aleje de lo que las convenciones sociales consideren “normal” siempre será inevitable de ver, aunque sea de reojo. Eso lo comprendieron bien los habitantes del período Victoriano de Inglaterra, momento histórico contrastante donde surgieron algunas de las más importantes contribuciones al imaginario de la cultura popular contemporánea, del Extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde de Robert Louis Stevenson (1886), El retrato de Doria Gray de Orcar Wilde (1890) al Drácula de Bram Stoker (1897), todas obras inalcanzables con interpretaciones infinitas. El exotismo y misterio de otras latitudes no dejó de cautivar la imaginación del hombre victoriano, como demuestran las narraciones de Rudyard Kipling o Henry Rider Haggard. Más si consideramos que es la época donde el Imperio llegó a la cima de su supremacía económica y extendió su poderío por todo el orbe: fue el tiempo en que Alexandrina Victoria, Reina de Gran Bretaña e Irlanda, y Emperatriz de la India, gobernó a dos terceras partes de la población mundial.
La investigación y el estudio de lugares y épocas distantes fueron enormemente populares durante el reinado de Victoria. Así lo demuestran los numerosos trabajos de campo que exploradores de todas las procedencias realizaron en Egipto, entre los que siempre destacarán los del arqueólogo Howard Carter (1874-1939), quien en noviembre de 1922 dirigió un equipo que descubrió la Tumba del Emperador Tutankhamun. Las supersticiones sobre la maldición que el hallazgo/profanación desató, se fortalecieron por los misteriosos decesos de algunos de sus colaboradores, comenzando por el de George Edward Stanhope Molyneux Herbert, quinto Conde de Carnarvon, patrocinador de la búsqueda, muerto el 5 de abril de 1923 (meses después del descubrimiento) como consecuencia de una rara picadura de mosquito. Pero esa es otra historia.
La Egiptlogía se convirtió en una disciplina académica a finales del siglo XIX, y naturalmente sedujo a los más diversos literatos del momento, como la inglesa Jane C. Loudon con la casi desconocida novela ¡La Momia! o un relato del Siglo 22 (1827), el mismo Stoker con su Joya de las Siete Estrellas (1903) y Arthur Conan Doyle, quien ganó con creces un lugar en la posteridad por crear a Sherlock Holmes.
En este punto usted podrá preguntarse, querido lector, cómo fue que el padre del adalid del pensamiento lógico moderno fue encantado por esta aparente moda. Primeramente hay que aclarar que el escritor escocés tuvo una abundante obra conformada por ensayos, novelas históricas, una obra de teatro, relatos de ciencia ficción y estupendos cuentos de horror que quedaron sepultados bajo la sombra de su fascinante hermano mayor, el Príncipe de los Detectives. De las creencias de Doyle en la recta final de su vida, del espiritismo, su enemistad con su otrora aliado Harry Houdini y su participación en el controvertido caso de las Hadas de Cottingley, hablaremos en otro momento.
En Lote No. 249, narración contenida en el compendio Historias del Crepúsculo y de lo Desconocido (Valdemar, 1994), Conan Doyle da cuenta del encuentro de tres amigos, estudiantes de la Universidad de Oxford, con lo imposible de explicar en círculos racionales:
“La propia momia, una cosa horrenda, negra y arrugada, como una cabeza chamuscada en un arbusto retorcido, estaba casi afuera de la caja, con una mano que parecía más bien una garra y un huesudo antebrazo que descansaba encima de la mesa […] Aunque horriblemente descoloridas, las facciones se conservaban perfectas, y dos ojillos parecidos a avellanas surgían acechando desde las profundidades de las cuencas negras y cavernosas. La piel, cubierta de erupciones, aparecía tirante de un hueso a otro, y una maraña de cabellos gruesos y negros le caía por encima de las orejas. Dos dientes finos, semejantes a los de una rata, sobresalían por encima del labio inferior. Tal y como estaba, en una postura encogida, con las articulaciones dobladas y la cabeza estirada, aquél engendro horroroso sugería una vitalidad tan grande que el propio Smith se sobresaltó. Las costillas chupadas, recubiertas por algo que parecía pergamino, estaban al descubierto, y el abdomen hundido y de color plomizo, mostraba la larga hendidura donde el embalsamador había dejado su marca. Sin embargo, los miembros inferiores estaban envueltos en un tosco vendaje amarillento”.

Este cuento es sin duda responsable de presentarnos a las momias tal y como las conocemos: seres terribles sedientos de venganza que trascienden los tiempos y la muerte física. La imagen influenció indisputablemente la caracterización que Jack Pierce diseñó para Boris Karloff en la inolvidable película que Karl Freund dirigió en 1932, La Momia, joya de la Época de Oro de los Estudios Universal. El guión de John L. Balderston, artífice previo de Drácula (Tod Browning, 1931) y Frankenstein (James Whale, 1931) introdujo a Imothep, sin duda la más famosa momia de la cinematografía, de presencia imborrable.

*Texto originalmente publicado en Mórbido Magazine No. 3 bajo el título "De donde vienen las momias".

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